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Full text of "Luis Alberto De Herrera 1930 La Mision Ponsonby. Vol. 1"

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LUIS ALBERTO DE HERRERA 


LA MISION PONSONBY 

(Comentario) 


Homenaje a la patria 


M 


1930 



LA MISIÓN PONSONBY 




LUIS ALBERTO/^ HERRERA 


La Misión Ponsonby 


1930 




Notas explicativas 


Londres, Febrero 20 de 1928. — Señor ministro : Cono- 
cida es la caracterizada intervención, que tuvo lord John 
Ponsonby, ministro de Inglaterra, primero, en Buenos 
Aires y, luego, en Río de Janeiro, en las negociaciones 
que llevaron, en 1828, al reconocimiento de nuestra in- 
dependencia, ya entonces conquistada por la fuerza de 
las armas. 

La documentación, muy importante, por cierto, refe- 
rente a ese gran episodio de la historia sud-americana. 
permanece, en mucha parte, en el olvido de los archivos. 
Util, bajo todos conceptos, y muy interesante, es romper 
ese silencio, a fin de realzar los nobles orígenes de la que 
llamaremos nuestra segunda independencia, en relación a 
la edificada antes, como gran cimiento, por la gloriosa 
resistencia artiguista. 

En ocasión de la embajada especial a Londres, se me 
ocurrió procurar copia oficial de aquellos antecedentes. 
Respondiendo a una gestión preliminar, iniciada por mí 
desde París, nuestro muy digno encargado de negocios, 
señor 'Carlos de Santiago, se puso en comunicación con 
sir Frederick Ponsonby, sobrino nieto del ilustre pleni- 
potenciario citado, encontrando en él la mejor acogida. 

La circunstancia de pertenecer este caballero a la corte, 
me permitió conocerle personalmente el día de nuestra 
recepción en Buckingham Palace. Enterado el rey, en la 
conversación de sobremesa, de tan enaltecedora vincula- 
ción de sangre, me hizo el honor de presentármelo y de 
exhortarle a. secundar mi propósito investigador, com- 
pletado por la idea, también aplaudida por el soberano, 
de colocar una corona de flores 1 , como justo recuerdo y en 
nombre del gobierno de la república, sobre la tumba del 
insigne diplomático; lo que así se cumplió. 

Las mayores facilidades, calurosamente agradecidas, 
encontró mi gestión en el Foreign Office, en cuyo local 
y en presencia de sus autoridades me hizo, más tarde, 
entrega lord Bessborough, jefe de la familia, de un re- 
trato de su antecesor, que fué, a la vez, ilustre amigo del 


6 LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Uruguay, cien años atrás, a fin de que lo entregara, a 
mi turno, al gobierno do la nación, como lo haré inme- 
diatamente que llegue a Montevideo. Es reproducción del 
único que existe, actualmente en poder del mayor general 
sir John Ponsonby. 

Contesté en los términos del caso, agradeciendo tanta 
cortesía y solidaridad amistosa. Por separado, envío co- 
pia de ambas alocuciones. (1) 

Excuso destacar la significación cordial de esa cere- 
monia, armónica, por lo demás, con la invariable y siem- 
pre afectuosa relación que siempre nos ha ligado a la 
gran nación británica. 

Y bien, señor ministro, la deferencia del Foreign Of- 
fice me ha permitido reunir casi toda la documentación 
referente a la mediación de lord John Ponsonby en la 
declaración de nuestra independencia ante el mundo. 

Constituye ella varios voluminosos legajos y esclarece, 
definitiva y auténticamente, sucesos poco divulgados en 
su concepto estricto y de singular relieve histórico, que 
ilustran, por otra parte, el nombre de la república. 

Como los tres mil ochocientos pesos votados por el par- 
lamento para sufragar los gastos de la embajada, no han 
sido invertidos en su totalidad, se me ocurre aplicar el 
remanente de dos mil pesos, salvo mejor criterio del señor 
ministro, a la publicación de los documentos diplomáticos 
que acabo de mencionar, a la que dedicaré cuidadosa aten- 
ción. 

A la vez de recabar la necesaria autorización, reitero 
a Y. E. las seguridades de mi muy alta consideración. 
— Luis Alberto de Herrera. 

A S. E. el señor don Rufino T. Domínguez, ministro 
de relaciones exteriores. Montevideo. 


Montevideo, Abril 11 de 1928. — Señor consejero: He 
tenido el honor de recibir la nota número 38/928, de Fe- 
brero 20 próximo pasado, que, en calidad de embajador 
extraordinario y plenipotenciario de la répública en mi- 
sión especial, me dirigió usted, desde Londres, para en- 
terarme de la importante gestión que llevó a cabo, con 
éxito feliz, a fin de obtener copia oficial de los valiosos 


(1) Véase el apéndice del II tomo. 



LA MISIÓN PONSONBT 


7 


antecedentes, que se custodian en los archivos británicos 
sobre las negociaciones que llevaron, en 1828, al reco- 
nocimiento de nuestra independencia, por parte de In- 
glaterra, y en las que tuvo tan señalada intervención el 
representante diplomático de ese país, primero, en Bue- 
nos Aires y, después, en Río de Janeiro, lord John Pon- 
sonby. 

Me he impuesto, con el interés patriótico que es de 
imaginar, de todo lo que me comunica usted, en la. nota 
que contesto y, de modo muy especial, del propósito que 
me manifiesta de destinar a la publicación de los referi- 
dos qptecedentes, con autorización que solicita, parte del 
viático que le fué acordado con motivo de la comisión di- 
plomática que desempeñó. 

En respuesta, me es grato expresar a usted que, aun- 
que considero innecesaria la autorización que me pide 
para efectuar la publicación mencionada, se la acuerdo, 
complacidísimo, agregando a la anuencia que le mani-i 
fiesto en ésta el aplauso que merece la decisión suya de 
que me da noticia y que habla bien alto de los sentimien-, 
tos patrióticos que lo animan. 

Reitero al señor consejero, con este motivo, las seguri- 
dades de mi muj^ alta consideración. — Rufino T. Do- 
mínguez. 

Señor consejero nacional doctor don Luis Alberto de 
Herrera. 


8 


LUIS ALBERTO LE HERRERA 


I 

LA MEDIACION INGLESA 

Las notas que anteceden explican, sencillamente, el 
carácter y origen de estas páginas. Ellas tienen por único 
propósito acrecer la información auténtica sobre las ne- 
gociaciones diplomáticas seguidas por Inglaterra, apfe los 
gobiernos de Buenos Aires y Río Janeiro, a partir de 
1826, para llegar a la paz, por requerimiento de ambos. 
Y es bueno precisar que esa mediación nació por esa 
petición insistente, a fin, de asentar bien una verdad a 
menudo desnaturalizada por los cronistas y hasta por 
los propios actores. 

En procura de esa mediación, golpean en Londres las 
dos cancillerías y, mientras Canning se resiste a enta- 
blarla, se agotan los argumentos para disuadirlo. 'Cuando, 
poco después, accede al apremio, las nuevas naciones sa- 
ludan con alborozo la probabilidad de una solución ami- 
gable. Las dos la necesitan y la quieren. Al arranque 
pasional se sobrepone el consejo del buen sentido, como 
que faltan las victorias totales y sobran los motivos de 
inquietud interior. 

El general San Martín veía claro, desde la remota ri- 
bera, cual si redoblara su eminencia moral la alta sere- 
nidad que presta la experiencia. 

En Julio 21 de 1827 agradece al general Guido la no- 
ticia de “ nuestros triunfos de Ituzaingó y Uruguay : 
amibas victorias pueden contribuir a acelerar la conclu- 
sión de la deseada paz; sin embargo, diré a usted fran- 
camente que, no viendo en ninguna de las dos el carácter 
de decisivas, temo mucho que, si el emperador conoce 
— como debe — el estado de nuestros recursos pecunia- 
rios y, más que todo, el de nuestras provincias, se resista 
.a concluirla y, sin más que prolongar un año más la gue- 
rra, nos ponga en situación muy crítica Funda, luego, 
con precisión militar, sus dichos y prosigue : Le» que 

han contado con el espíritu republicano de los brasileros, 
creo que se han equivocado ”... “ En conclusión, si la 



LA MISIÓN PONSONBY 


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influencia del gabinete británico, unida a la precaria si- 
tuación en que se encuentra el Portugal, no deciden al 
emperador a la paz, mis cortas luces no alcanzan a ver 
remedio a nuestra situación, a menos que no venga en 
nuestro auxilio una de aquellas caprichosas vicisitudes 
de la suerte, que tanto han contribuido en la guerra de 
la independencia a sacarnos del abismo. Usted dirá, señor 
don Tomás, que el telescopio con que miro los sucesos 
está sumamente empañado ; ¡ ojalá así sea ! Pero, en lo 
interior, confieso a usted que la camisa no se me pega 
al cuerpo, como dice el adagio. ” 

La misma zozobra que agitaba la expatriación del ca- 
pitán eximio, prendía en los espíritus reflexivos, sin que 
pudieran desvanecerla ni los éxitos gloriosos, sin resul- 
tancia definitiva, ni las reacciones oficiales. 

Había traducido ya esa ansiedad la misión de los de- 
legados Alvear y Díaz Yelez ante el general Bolívar. 
Según sus instrucciones, ellos debían procurar “una in- 
timación, hecha a nombre de estas repúblicas, para que 
deje a la provincia de Montevideo en libertad de dispo- 
ner de su suerte, protestando, en caso contrario, de usar 
de todos sus medios para libertarla”. 

Por supuesto que el ataque diplomático era dirigido 
contra el Imperio y la acción colectiva era la conjunta 
del Perú, Colombia, Chile y las Provincias Unidas del 
Plata. 

“ Conviniendo el general Bolívar en esta idea, será 
del cargo del estado del Río de la Plata nombrar el mi- 
nistro que, a nombre de las repúblicas aliadas, pase a 
la corte del Brasil a llenar los objetos que van indicados. ’ * 
“ Si la interpelación resultaba, se celebraría un tratado 
definitivo entre dichas repúblicas y el Brasil, garantido, 
si se creyese así eotiveniente, por la Gran Bretaña. ” 
Bueno es señalar la espontaneidad con que se mencio- 
naba, cual prenda de seguridad, la fianza moral de In- 
glaterra. Luego, y a pesar de hermosas victorias, se os- 
curecería tanto el horizonte que, quien propone en esa 
ocasión que se libre a los orientales de su suerte, dos años 
después suscribe el tratado de adjudicación, como una 
cosa, de nuestro país al Imperio, sin oír nuestra voluntad 
y contra ella. 

Cierto es que paso tan temerario de don Manuel José 




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LUIS ALBERTO DE HERRERA 


García levantó una tempestad de protestas y apuró la 
caída del gobierno de Rivadavia ; pero sus sucesores tam- 
poco pueden salir del círculo de fuego en que se agitan, 
impotentes. Todo el brío varonil de Dorrego se estrella, 
siñ fruto real, contra las dificultades enormes. 

¿Podía jactarse el Imperio de una situación interna- 
cional mejor? 

Quizás sí, en cuanto al mayor caudal de recursos; pero 
eran tan di veis as y de tal magnitud las complicaciones 
desatadas que, en efectividad, nada eficiente aportaba a 
su situación su mejor erario. Tardó en reconocerlo, y bien 
lo acredita la respuesta que se da a lord Ponsonby, cuan- 
do, a su paso por Río y de acuerdo a las órdenes de Can- 
ning, pide, después de pacientes y porfiadas conferen- 
cias, bases de arreglo para llevar a Buenos Aires: sólo se 
promete — y se considera suficiente — el reconocimiento 
de la independencia de Tas Provincias Unidas. 

No en vano se negó el mediador a ser mensajero de 
oferta tan vacua, manifestando que “ no solamente la 
creía ineficaz sino, tan evidentemente ineficaz, que era 
más a propósito para aumentar en Buenos Aires la irri- 
tación que para conducir a la restauración de sentimien- 
tos amistosos 

Cual si leyera en el cercano futuro, Ponsonby, en no- 
tas realmente luminosas, apunta los peligros de tal extre- 
mismo. 

Si nada se cede, todo puede perderse : el ejército repu- 
blicano, insiste, se apresta a penetrar en el territorio im- 
perial. Así exhorta, seis meses antes del 20 de Febrero! 

Pero era tanta la ofuscación de la otra parte, que el 
mariscal Barbacena decía en su proclama de 17 de Fe- 
brero, casi en la víspera de Ituzaingó:- “ A victoria é 
certa, e na cidade de Buenos Ayres vingaremos as hosti- 
lidades eomettidas ñas pequeñas povoaQÓes de Bagé e 
San Gabriel ”. 

Represalia tan imposible de cumplir como el clamo- 
roso “¡a Berlín!”, que luego resonaría en la historia, 
con la diferencia de que Ituzaingó estuvo muy lejos de 
valer un Sedan para el triunfador; por razones varias, 
no siendo la mínima el desamparo militar, aun de los 
propios vencedores, a la vez vencidos por la inmensidad 
del escenario. Para cualquiera de los contendientes, el 



LA MISIÓN PONSONBY 


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avance a fondo, tan prometido en las proclamas y que 
nunca de ellas salió, era abrir la marcha a Moscou. 

Y muy hecha debía estar la convicción de que nada 
resolverían en definitiva las armas, cuando, sin previd 
acuerdo, por propia y callada inspiración, .cada parte 
ocurre, en demanda de socorro diplomático, ante la misma 
gran potencia europea. 

Escritores de uno y otro sector ensayan reducir la im- 
portancia del episodio, que ocupa plaza principal, aunque 
no se quiera, desde que de él arranca, en línea directa; 
la celebración de la paz. Sin embargo, de otro modo 
atestiguan los documentos que van apareciendo, por tanto 
tiempo sólo fragmentariamente conocidos. 

Más que ingratitud, es un mal entendido amor propio 
el que lanza a estas negaciones. Se violenta el sentido 
positivo de los acontecimientos, pidiéndole a esta o a 
aquella frase una significación capital, que no poseyó, 
para persuadir de que la mediación inglesa no tuvo la 
entidad que la tradición le asigna, como si no hubiera 
sido de toda lógica que las nacientes patrias, puestas por 
el azar en terrible conflicto, cuando ni constituidas esta- 
ban, ocurrieran por ayuda, consejo y solución a una na- 
ción de reconocido poder, pero más pujante aún por su 
prestigio universal que por su fuerza* misma. 

SOLICITADA POR AMBAS PARTES 

Antes de estallar la guerra, don Manuel de Sarratea, 
ministro argentino en Londres, solicitaba del gobierno 
inglés, con expresa autorización del suyo, que bajó sus 
auspicios se iniciara una negociación ante el Imperio, a 
fin de evitarla. 

Coincidían estas manifestaciones con otras, idénticas, 
del barón de Itabayana, representante brasilero en In- 
glaterra. Se las confirma en Río Janeiro, ante sir Char- 
les Stuart, mediador ya en las diferencias surgidas entre 
Portugal y su vástago americano. 

Con fecha Agosto 17 de 1825, el gobierno brasilero 
reitera el pedido. Categóricos y angustiados son los tér- 
minos : “ . . . Nessas circunstancias, considerando o impe- 
rador que só a intervengo do governo de S. M. britán- 
nica podería ter segura efficacia junto ao governo das 



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LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Provincias Unidas do Rio de la Plata, para que se evi- 
tassem as hostilidades, que alem de repugnarem aos in- 
teresses da humanidade em geral e particularmente dos 
dois paizes, podiam trazer incalculaveis prejuizos a Gran 
Bretanha, sollicitava, por tudo isso, com a mais firme 
confianza e satisfaQáo a officiosa intervengo no as- 
sumpto ”. 

Rivadavia, .anterior enviado ante Saint James, tam- 
bién había -pedido “la poderosa cooperación” de Ingla- 
terra para que la Provincia Oriental fuese evacuada por 
el ejército imperial y que “ el gobierno británico le diera 
esperanzas de conseguir ese resultado y de dirigirse en 
tal sentido al Brasil”. 

Don Manuel José García, ministro de relaciones exte- 
riores, renueva la gestión ante míster Parish, primer 
cónsul inglés en Buenos Aires. Le encarece, sin perder 
la dignidad, pero le encarece, que obtenga esa mediación. 
Parish así lo escribe a Canning ; éste, se rehúsa. En nota 
de Junio 16 de 1825, Canning le notifica a sir Charles 
Stuart, su ministro en Río, que “en esa cuestión entre 
el Brasil y Buenos Aires S. E. no debe entrar”. Precede 
estas tajantes palabras de otras, también muy expresivas: 
“ Buenos Aires solicitó nuestra intervención junto a la 
corte de Río Janeiro, para conseguir la evacuación de 
Montevideo por la guarnición brasilera. Un contrapedido 
nos ha sido presentado de Río de Janeiro. Nos hemos ne- 
gado a intervenir en una disputa en que no tenemos in- 
terés ”. 

Evocamos, apenas, algunos de los apremios conocidos. 
Otros hemos de recordar, aunque los apuntados bastan 
para comprobar el afán con que ambos beligerantes re- 
caban la ingerencia pacificadora de Inglaterra. Sólo a 
ella ocurren, lo que también vale la pena destacar. 

Ante una nueva reiteración, de ambas partes, Canning 
acepta al cometido mediador, que tanto se solicita de su 
país y en términos que importan un homenaje. Así lo 
comunica al Imperio y a las Provincias Unidas, por nota 
de «Marzo 18 de 1826. 

Entra, pues, a terciar la cancillería inglesa, en forma 
irreprochable, sin que su intervención apaciguadora sea 
fruto de la maniobra. 



LA, MISIÓN PONSONBY 


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Su eminente director entrega a Ponsonby instrucciones 
selladas por la prudencia .y la sabiduría política. Clara, 
firme y limpia es su intención. Por nota de Febrero 28 
de 1826, las amplía. La cierra con estas dignas palabras: 
“ No sé cómo expresar a Y. E., en la medida que quisiera, 
la ansiedad del gobierno de S. M. por restaurar y con- 
servar la paz entre los nuevos estados de América y el 
profundo interés que, en la opinión de este gobierno, 
esos estados deben poner en evitar dar motivo, por sus 
querellas, a la intervención de los extraños en sus asun- 
tos ”. 

Fluye de esas líneas un gran consejo que, dentro de su 
sobriedad, daba la fóymula de la felicidad de estos países, 
como que el avance ilegítimo del extranjero y las apar- 
cerías con él de sus partidos han sido la máxima causa 
de sus pasadas desventuras. 

AMERICA Y CANNING 

Y bien asistido de derecho estaba para dirigirse a las 
nuevas repúblicas, con acento casi paternal, el gran hom- 
bre público que acababa de imponer al viejo mundo el 
reconocimiento de las independencias colombianas. 

Porque la figura radiante de Canning presenta a la 
estima, al respeto y a la admiración creciente de las pa- 
trias americanas el rasgo famoso definido por su heroica 
lucha en pro del reconocimiento de las mismas por la 
Gran Bretaña. 

Descollante suceso, ampliamente divulgado por su pro- 
pia importancia mundial. Sin embargo, y a trueque de 
repetir su versión, tan sabida, nos es indispensable re- 
cordarlo aquí para oponer su belleza idealista a la vul- 
garidad de los lamentables comentarios que pretenden 
disminuir el mérito de la política británica de aquellos 
días inciertos — que ella hizo augúrales—, a título de que 
el interés de su marina mercante y de sus manufacturas 
obró como uno de sus mayores acicates. 

En buena hora así, desde que tan honorables y confe- 
sados motivos iban asociados al triunfo de la justicia y 
de los principios liberales. 

Titánica fué la pugna de Canning. Solo, contra todos 
se bate, sin alcanzar éxito : contra el rey, contra Welling- 




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LUIS ALBERTO DE HERRERA 


ton — el de Waterloo — , contra sus colegas de ministerio 
y contra el parlamento. “AU the cabinet was against 
him exeept lord Liverpool”, afirma un contemporáneo. 
Sí, apenas tiene de su lado a Liverpool. Pero, aunque 
tan destituido de sostén, trae consigo algo que vale por 
todo lo que no cuenta: su genio y la visión esclarecida 
de la nueva ruta que sus ojos ven al alcance de la mano, 
tentando a la inteligencia humana. El instante era so- 
nado de culminar la obra trascendental del descubri- 
miento. Redondeada estaba la faz geográfica del uni- 
verso : faltaba completar su fisonomía internacional. Li- 
brado a 'Canning el honor excelso de ratificar, en el 
campo de las ciencias políticas, la revelación espiritual 
de un mundo, descifrado, antes, en el concepto de los 
hechos materiales, por la hazaña de los conquistadores. 
Como ellos esforzado, se lanza a la contienda desigual 
con alma encendida. Frente a la Santa Alianza, que sueña 
con restablecer el absolutismo y devolver a la metrópoli, 
por la violencia, las perdidas colonias, Canning alza su 
magnífica disidencia. Otorgar fe de bautismo a un he- 
misferio, cuajado de incógnitas y anarquías, parece des- 
cabellada aventura a los hombres de Europa, que con- 
servan viva la sensación de los excesos revolucionarios 
y de los formidables esfuerzos requeridos para refrenar- 
los, a través de un cuarto de siglo. ¡ De Marat a Napoleón 
— terrible reactivo — pasando por Robespierre y Danton ! 

Grande es el gesto que se propone. 

La elocuencia de Canning y la fama de sus aciertos 
arrollan la dificultad. Cede Brougham, cede Peel y, hasta 
el mariscal de Waterloo, más soberano que el rey, tam- 
bién cede. Es que Canning no da salida: o pasa su pro- 
posición, o renuncia. La última discusión del gobierno 
dura tres horas. Canning está en el apogeo de su gloria. 
Imposible resistirle, y así lo trasmite Wellington al señor 
de Buckingham Palaee. Eran los primeras días de Agosto 
de 1823. En la patria del gobierno libre, el monarca, in- 
dolente y glotón, no tenía mucho tiempo para dedicar a 
estos grandes problemas, y, a pesar de que su reaecio- 
narismo lo llama en otro sentido, asiente al hecho con- 
sumado. 

Entonces Inglaterra habla su decisiva palabra. Reco- 
noce a las repúblicas occidentales, todavía tan incohe- 





C ANNING 




LA, MISIÓN PONSONBY 


rentas y borrosas. Fue esa la respuesta del liberalismo 
británico, desde su roca, al reto de las restauraciones 
despóticas, que partía de Viena. Y como la Santa Alianza 
también se sometió, sin animarse a concretar en actos 
bélicos su murmurada protesta, quedando en la nada loá 
trágicos vaticinios de quienes responsabilizaban a Can- 
ning por la catástrofe que preveían; como nada de lo 
anunciado ocurrió, afirmándose el prestigio de la diplo- 
macia británica y las excelentes perspectivas ofrecidas 
por los nuevos mercados, nunca brilló a mayor altura la 
estrella del estadista insigne, a quien adeudan estatua 
todas las repúblicas de nuestro hemisferio. 

Ceñía su frente tan fresco laurel cuando aparece como 
mediador, por expreso y reiterado pedido de ambas par- 
tes, entre el Imperio y las Provincias Unidas. 

Antes de producirse la guerra, en su nota citada a sir 
Charles Stuart, le había recomendado que “evitara ad- 
mitir en cualquier estipulación entre Portugal y el Bra- 
sil, referente a Montevideo, cualquier expresión que pa- 
reciera eliminar las pretensiones de Buenos Aires”. 

A pesar de distancias, con singular precisión hiere el 
fondo del litigio, su misma esencia: “-Si el Brasil he- 
redó los derechos de Portugal a ocupar Montevideo, hasta 
que ciertas condiciones de reocupación, por España fue- 
ran cumplidas, por otra parte, Buenos Aires pretende 
heredar los derechos de España a una posesión perma- 
nente en aquel arreglo ”, 

Definidos quedan para la cancillería inglesa los tér- 
minos del pleito : los dos contendientes tienen razón. Si 
lo que de ella les falta no pueden alcanzarlo por las ar- 
mas — como no lo pudieron — la transacción impondrá su 
equidad. Fué lo que sucedió. Con acierto de vidente, 
penetró Canning en lo venidero. Antes que nadie, com- 
prendió que una nacionalidad perfilaba su ser en el fondo 
de nuestra resistencia, desesperada, a todo dueño. Con- 
cebida estaba por la historia nuestra patria, y en cinta 
de ella las improvisadas milicias triunfantes en Sarandí 
y en el Rincón. 

Con anticipación a esos éxitos locales, Canning arranca 
al destino su secreto y, mientras los rivales no se apean 
de su ensueño dominador, le transmite a Ponsonby fórmu- 
las cordiales, recalcando — un año antes de Ituzaingó — 



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LUIS ALBERTO DE HERRERA 


sobre esta: “ Que la ciudad y territorio de Montevideo 
se hicieran y permanecieran independientes de cualquier 
otro país, en una situación semejante a la de las ciudades 
hanseáticas de Europa ”. 

No vivió lo bastante el canciller para asistir al adve- 
nimiento definitivo de la nueva y gloriosa república del 
Sur ; mas su mérito descollante es haberla sentido venir. . . 

LA GESTION DE PONSONBY 

Auxiliándose con el detalle, algunos 'escritores pretenden 
reducir el alcance de esa fecunda influencia externa, que 
cristaliza, con viva elocuencia, en la misión de lord Pon- 
sonby. Desde luego, el entusiasmo nativo lleva a perder 
el sentido de las proporciones, al extremo de creer, con 
cierta ingenuidad, que la Argentina y el Brasil, todavía 
en trance de formación, toleraron, sin mayor interés, la 
mediación británica o fueron, en diversas ocasiones, con 
ella desdeñosos o severos. 

No; a esos buenos oficios se abrazan, ansiosamente, los 
contendientes y, si en algún instante lo olvidan, muy 
pronto la realidad cruel les toca en el hombro con su 
ruda advertencia. 

Por lo demás, pone Inglaterra tanta paciencia y cor- 
dura en su gestión, sobreponiéndose a la actitud, a me- 
nudo incongruente e informal de los beligerantes, que no 
presta motivos para la irritada censura. 

Como no agravia, no provoca agravios. 

En determinada oportunidad, la displicencia originada 
por el propio infortunio, o por la incapacidad de las pro- 
pias armas, inclina a la injusticia; pero, de inmediato, la 
equidad cobra sus derechos. 

Ejempio, las vagas amenazas deslizadas contra lord 
Ponsonby, huésped diplomático de Buenos Aires, cuando 
conócese la noticia de la convención García. Como lle- 
gan, se desvanecen, aunque el plenipotenciario suele re- 
cibir, de rechazo, las críticas que caracterizan la contro- 
versia de los partidos nacientes. Caso pintoresco el ofre- 
cido por una de tantas hojas de publicidad efímera, que 
determinó la siguiente resolución oficial: “ El gobierno 
ha visto, con el mayor disgusto, en el periódico titulado 
“El Hijo Negro del Diablo” un artículo en el que. ata- 
cándose los respetos del excmo. ministro plenipotenciario 



LA MISIÓN PONSONBY 


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y embajador de S. M. B., se pone, a la vez, en ridículo 
el importante negocio que motivó su envío por la pode- 
rosa nación que ha tomado sobre sí el empeño de mediar 
en nuestras diferencias con el emperador del Brasil, ha- 
ciendo los oficios de un verdadero amigo, — y con el ob- 
jeto de satisfacer a aquel honorable lord y a la nación 
a quien representa, ha dispuesto que el ministro fiscal 
del estado, haciéndose eco de tan poderosos motivos, pro- 
ceda a acusar a aquel periódico con arreglo' a la ley. Lo 
que se comunicará al fiscal del estado para su inteligen- 
cia y efectos ulteriores. — José María Roxas 

Rastreando en los diarios de la época, hemos encon- 
trado esta nota, de color local, que ilustra sobre el tiempo 
y el ambiente. Ella también muestra la alta dignidad 
con que se ejercía entonces la función de gobierno y acre- 
dita tanto valor cívico para afrontar la censura barata 
como bien heredada hidalguía castellana. 

A la semana, falló el tribunal, declarando no haber 
existido abuso de la libertad de la prensa. 

Cuando, un año después, terminada su misión, parte el 
plenipotenciario inglés, para hacerse cargo de la legación 
en Río Janeiro, el gobernador Dorrego le rinde honores 
excepcionales. 

Con la mesura de su raza, lo comunicó el mismo Pon- 
sonby a su gobierno: “ Todas las autoridades y funcio- 
narios fueron invitados y asistieron a la audiencia. Hubo 
una guardia de honor y saludos de la fortaleza a mi lle- 
gada y partida. Dirigí una alocución a S. E.,, tan concisa 
como pude, dentro de lo correcto, evitando cuidadosa- 
mente mezclar la política. S. E. contestó en los términos 
correspondientes ”. 

Como veremos, una noble amist.ad habían sellado el 
ilustre Dorrego y el destacado diplomático, a cuya escla- 
recida memoria aún no han rendido el debido tributo 
argentinos, brasileros y orientales. Sobre todos gravita 
la deuda, porque lord Ponsonby, hombre de corazón y 
de fino talento, sirvió, con ánimo generoso y con mucho 
denuedo, la causa de la paz, convencido de que la guerra 
era riesgo inmenso alzado en el camino de estas jóvenes 
naciones. Su constante anhelo fué liberarlas de su ca- 
lamidad, sirviendo, con suprema lealtad, los intereses 
fundamentales de América. A ninguno engaña, pero a 




18 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


todos conduce. Incita a zanjar diferencias y no vacila 
en amonestar con blanda frase, sin herir, cuando lo juzga 
necesario. En Río Janeiro subraya, delicada pero tenaz- 
mente, y hasta exagera, los riesgos de la campaña, alu- 
diendo a los recursos del adversario platense ; en Buenos 
Aires, aplaea la tensión de otro patriotismo exaltado e 
invita a meditar sobre los elementos ingentes de que puede 
echar mano el imperial. A los orientales también los con- 
templa y exhorta ano dilatar en demasía sus aspiraciones. 
Más cerca de los sucesos, confirma, sobre el terreno, lo 
que el genio de Oanning adivinara, esto es: que en la 
opuesta ribera del río estaba en brotación una naciona- 
lidad, batida en más de cien años de rústica virilidad. 

¿Más rústica, acaso, que las vecinas? 

¡ Oh, no ! A nuestro respecto, entonces trazó la pluma 
elegante de Ponsonby esta pintura: “ La Banda Orien- 
tal es casi tan grande como Inglaterra. Tiene el mejor 
puerto del Plata dentro de sus límites. El suelo es par- 
ticularmente fértil y el clima el mejor, con mucho, de 
estas regiones; está bien regado y, en parte, provisto de 
buenos montes. Muchos de sus habitantes tienen grandes 
posesiones. Son tan cultos como cualquier persona de 
Buenos Aires y capaces de constituir un gobierno inde- 
pendiente, probablemente tan bien administrado y con- 
ducido como cualquiera de los gobiernos de Sud América. 
El pueblo es impetuoso y salvaje, pero no más que el de 
aquí y, yo creo, como el de todo el continente ”. 

Pué idea dominante en Ponsonby alcanzar la liquida- 
ción honrosa de la contienda. Ni unos ni otros estaban 
en condición de proseguirla. Problemas internos de ca- 
rácter vital, los tenían en constante acosamiento. Su recta 
intención lo aparta de las actitudes tendenciosas. Nunca 
desciende a ser aparcero, porque jamás olvida que es me- 
diador. 

De ahí que su gestión no satisfaga totalmente a nin- 
guno, pues a los mismos orientales les opone obstáculo, 
en la aspiración azarosa de retener las Misiones, intré- 
pidamente invadidas y reconquistadas por el general Ri- 
vera. 

Sale de Buenos Aires entre la indiferencia pública; 
quizás, bajo su inquina. 

“El Tiempo”, órgano importante, así lo despide en su 



LA MISIÓN PONSONBY 


19 


número' del 29 de Julio de 1828: ‘‘Lord Ponsonby se 
ha ido ayer. Buen viaje Difícil decií menos. En Río 
Janeiro ponen prisa en ultimar, antes de que él llegue, 
las negociaciones de paz. 

INJUSTICIA DE GUIDO 

Innegable la autoridad, como deponente, del general 
Guido para traducir ese estado de espíritu : ‘ ‘ Recordaré 
con aprecio y profundo respeto el interés desplegado por 
el marqués de Aracaty y sus ilustres colegas para que 
yo accediese a las proposiciones del ministro imperial, el 
día mismo en que el telégrafo anunciaba la llegada de la 
fragata de guerra que transportaba al lord ”. Refiere, 
luego, al apremio de Aracaty, quien le insistía: “ S. M. 
desea ardientemente que el asunto se termine por nosotros 
solos, sin otra intervención que la nuestra 

En tal forma se expresa el general Guido, en su cono- 
cida carta de Octubre 31 de 1842, a José Clemente Pe- 
reira. Eístá en Río, donde gallardamente representa a la 
Confederación Argentina y su sabia política internacio- 
nal de resistencia, indomable, a las intervenciones euro- 
peas y a sus armas. 

Sabido es que la provocó el pedido de terciar en nues- 
tros asuntos, hecho al gobierno inglés por el doctor Ellauri, 
a título de que él ‘ ‘ dictó los términos del tratado ’ ’, según 
lo noticiaba “The Morning He raid ’ \ 

En plena Guerra Grande, con las escuadras francesa 
e inglesa bloqueando indefinidamente el Plata, no era 
momento apropiado para expresarse con alta serenidad, 
aunque ella fuese atributiva del espíritu selecto y mode- 
rado que así se manifestaba. 

De nuevo, en nota de Enero 11 de 1846 al ministro 
Arana, refiere el general Guido a las tratativas del año 
28: “Ni los negociadores argentinos, ni los de S. M. I., 
en aquella época, deseaban la menor participación del 
ministro británico en sus transacciones diplomáticas; no 
porque fuesen equívocas, por entonces, la política ni la 
tendencia del gobierno de la Gran Bretaña en el ajuste 
de la paz entre los dos estados beligerantes, sino porque, 
encontrando éstos en sí mismos una garantía sólida para 
sus convenios, rehuían de asociar a ellos la influencia de 



20 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


una nación poderosa y trasatlántica, cuya política se ni- 
veló siempre por intereses egoístas ”. 

Hace el efecto de que el general Guido, siempre orde- 
nado en sus ideas y también en sus papeles, como que en 
su manejo se había formado, quería dejar arreglada hasta 
la última foja de un expediente histórico en que fuera 
brillante protagonista. 

Mucha autoridad posee, en el caso, su palabra. A nin- 
guna cede paso. Sin embargo, no se exige mayor esfuerzo 
para mostrar la inconsistencia de sus negaciones, como 
que en la misma nota que las contiene afirma: “ Debo 
declarar haberme visto forzado a retirar mis pretensiones 
a las Misiones, por haberse el ministro de S. M. B. pro- 
nunciado tan abiertamente en favor de la resistencia del 
emperador sobre este punto, que llegó a ligar la conti- 
nuación de sus oficios mediadores a la no insistencia de 
los ministros argentinos y a amagar retirarse, si se in- 
culcaba en la retención de aquel territorio, ya para la 
República Argentina, ya para un nuevo estado en la 
Banda Oriental del Uruguay ”. 

Un párrafo destruye lo que el anterior construyera, de 
igual modo que la alusión áspera a la política exterior 
inglesa, acusada de interesada, no guarda armonía con 
el reconocimiento explícito, líneas antes, de no haber 
sido equívocas, por entonces, la política, ni la tendencia, 
del gobierno de la Gran Bretaña. 

Declara el general Guido que ambas partes deseaban, 
con afán, cerrar trato sin la ingerencia del mediador: 
“ Sem otra intromissao que a nossa ”, habría dicho el 
emperador. 

Intención por diversas razones comprensible, pero que 
el mismo deponente reduce a la nada cuando reconoce 
que debió rectificar sus actitudes por influencia resolu- 
toria del mediador. Esa decisiva intervención la precisó 
lord Ponsonby en su nota al general Lavalleja, de Agosto 
31 de 1828: “ Puedo informar a Y. E. que, si los ple- 
nipotenciarios republicanos no hubiesen cedido en este 
punto, la paz jamás se habría realizado ”. 

Así se expresaba, a los ocho días de haberse casi roto 
las negociaciones, en la sesión del 25 de Agosto, pues de 
la evacuación de las Misiones hacían cuestión fundamen- 
tal los imperiales : “ Aconsejé, del modo más enérgico, 



LA, MISIÓN PONSQNBY 


21 


a los ministros argentinos, que cediesen ”, dice el lord. 

No hay en sus asertos jactancia, sin objeto y reñida 
con su cordura y suprema dignidad. 

BLOQUEO Y COMERCIO 

Cuando el lector recorra la copiosa correspondencia 
suya, que este libro recoge, estamos seguros que compar- 
tirá el elogio, que no escatimamos, al diplomático insigne 
que, en todos los instantes de su lucidísima y abnegada 
misión en América, siempre planeó a gran altura como 
estadista, pacificador y hombre de sentimiento. 

No es exacto, y ahí radica la injusticia de algunos es- 
critores, que lord Ponsonby sirviera a unos en perjuicio 
de otros. Ningún móvil tendencioso, y mucho menos su- 
balterno, impulsa sus actos, dirigidos, con lógica y leal- 
tad inalterables, a obtener la cesación de la guerra. Tal 
era su cometido, y a él dedicó, con admirable paciencia 
y tino, su voluntad tranquila, que no necesitó adiestrarse 
en la tenacidad, como que en la sangre la traía. 

Ni con unos, ni con otros: con todos. Así puede defi- 
nirse su regla de conducta en la emergencia. 

Sobre el campo, mide el problema en sus complejos 
aspectos. 

Llega sin prejuicios, con la sola consigna de procurar 
la concordia, en beneficio de los beligerantes y aun de su 
propio país, si se quiere. 

¿Hay bastardía, acaso, en la aspiración de abrir al 
comercio británico y a la libertad nuevos puertos y ho- 
rizontes ? 

Nada tarda en comprender que el mejor servicio a 
rendir a la causa americana y a los combatientes con- 
siste en sellar la paz. A la vista está el absurdo de un 
conflicto que se define por el choque de dos impotencias. 

¡En vano se alza, delirante, el armado brazo! Nadie 
puede hacer suya la victoria que dicta condiciones; y, 
como la fiera altivez no deja a las partes declinar de la 
bélica apostura, él dirá, por ellas, la palabra de conci- 
liación que sube de las almas, pero que el labio apenas 
se atreve a balbucear. 

Para eso, pidieron, ambas, la mediación que lo lanza 
al través del océano. 




22 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


En ninguna hora defrauda la confianza que, en blanco, 
se le ha girado. Pocas misiones tan brillantes y de éxito 
más fecundo registraran los anales de América : tan lim- 
pia en procedimientos y tan esencialmente desinteresada. 
No la mueven aspiraciones territoriales, ni traduce pro- 
pósitos arbitrarios. Responde, simplemente, a las direc- 
tivas de una política internacional orgánica y previsora 
que, antes que nadie, adquiere la sensación sagaz del por- 
venir de las patrias confirmadas, en lote, por el genio de 
Canning. Su visión aquilata lo que otros miran y no ven. 
Y, si no lo advirtiera, la industria inglesa, el trabajo in- 
glés, las manufacturas y las naves inglesas* factores todos 
de expansión y de progreso, se encargarían de recordarle 
las exigencias vitales de un pueblo, forjado en las pujas 
del comercio y de las cruzadas marítimas. 

El bloque del Río de la Plata perjudicaba a sus abas- 
tecedores. Inglaterra y Francia, en primer término ; más, 
aún, a la primera que a la segunda, por la mayor inten- 
sidad de sus transacciones. Pero se exagera el alcance de 
estos motivos lícitos de interés cuando se les supone im- 
perando como cuestión capital en los consejos de la polí- 
tica europea, tan absorbida por cavilaciones de mucha 
trascendencia local y militantes. 

Por otra parte, nada había que ocultar en la materia. 
Aunque el tema comercial suene a prosaico, nada más 
honroso para las naciones que el anhelo de conquistar 
mercado, ensanchando el radio de sus fábricas y de su 
producción. En la actualidad, para su honor, esa emu- 
lación es la característica de las actividades raciales. 

En su nota de Setiembre 28 de 1825, sir Charles Stuart 
le manifiesta al gabinete jde Río Janeiro que “las cir- 
cunstancias podrán obligar al gobierno de S. M.. a que, 
a lo menos, determine las medidas convenientes para 
proteger nuestro comercio y para los fines de impedir 
que súbditos británicos participen en una contienda ex- 
traña y opuestos los unos a los otros”. 

El intercambio, que a todos beneficia, no se resignaría 
a las perturbaciones, tan onerosas, derivadas de un blo- 
queo imperfecto, declarado sobre un estuario y que no 
se hacía efectivo, ni a sufrir los avances de los corsarios, 
autorizados por las Provincias Unidas. Bien lo certifican 
las enojosas cuestiones en que el Imperio se vió envuelto 


LA. MISIÓN PONSONBY 


23 


con Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña. De la 
primera, debió soportar la humillación de que sus naves 
de guerra entraran amenazantes, con violación de las 
formas más elementales de cortesía internacional, en el 
puerto de Río de Janeiro; la segunda, llegó al extremo 
de retirar su representante diplomático; con la tercera, 
también hubo algunos nudos, que se desataron cordial- 
mente, en vez de cortarse. Precisemos esas referencias. 
El 6 de Julio de 1827, la escuadra del almirante Poussin 
vadeó la barra del puerto de Río, sin recabar permiso, 
ni contestar con salvas de ordenanza, en represalia ar- 
mada a la captura de los barcos “Jules”, “Courrier” 
y “Saint Salvador”. En Marzo del mismo año, el minis- 
tro norteamericano, Coudy Raguet, pedía sus pasaportes 
•y se retiraba, sin dar explicaciones. Las reclamaciones 
inglesas versaban sobre apresamiento de naves o ejercicio 
excesivo del bloqueo, imputado al almirante Pinto Gue- 
des, que disponía de los barcos neutros que capturaba, 
sin esperar sentencia de los tribunales de presas. Estas 
transgresiones del derecho establecido, originaron muchas 
molestias a la cancillería imperial, que debió pagar fuer- 
tes indemnizaciones. 

Estas simples referencias, autorizan a afirmar que, si 
bien fué Inglaterra la nación más perjudicada en su in- 
tercambio, por el bloqueo, fué, sin embargo, la que menos 
dificultades opuso a la diplomacia brasilera. En forma 
regular resuelve las diferencias producidas y no se lanza a 
la odiosa represalia, aunque también pudo invocar causas 
fundadas, que motivarían repetidas reclamaciones, cuya 
justicia luego se reconoció. Como todos los neutrales, 
quiere la paz, que permitirá .a su industria ensayar la 
conquista de nuevos mercados. No tiene por qué ocultar 
ese anhelo, perfectamente honorable. Cuando el ministro 
Manuel José García exploraba el ánimo de Mr. Parish, 
aun antes de estallar la guerra, en favor de una media- 
ción británica, para conjurarla, éste escribía a Canning, 
señalando los daños que, en caso de ruptura, recibirían 
los intereses de su nación; y, en nota de Junio 10 de 
1825, a la vez de ponderar los bienes de la mediación, 
que “ahorraría un mundo de calamidades que han de 
ser la consecuencia de una guerra, no solamente para 
este país, sino también para el Brasil”, insistía en los 



24 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


perjuicios que sufrirían “los comerciantes neutrales, 
siempre etí la suposición de que el río fuera bloqueado 
por lord Cochrane, u otras personas al servicio del Bra- 
sil” 

Aunque se hubiera intentado disimularlo — y nadie lo 
intentó — era evidente que al intercambio europeo no 
convenía el conflicto argentino-brasilero. Ambos belige- 
rantes, por lo demás, no debían fundar desconfianzas en 
tal antecedente, desde que, a pesar de su autoridad, in- 
sisten, muchas veces, ante Inglaterra, en demanda de sus 
buenos oficios pacificadores. 

Lo que no priva que, tanto en Río de Janeiro como en 
Buenos Aires, zumbara al oído de Ponsonby la incómoda 
aserción, alentada por la fácil credulidad popular. Poco 
puede sorprender esa cavilación de los días iniciales,' 
cuando, en tiempos muy posteriores, la hemos alcanzado 
a ver descalificando, como a vulgar explotador, al extran- 
jero animoso que nos enseñara, por el porfiado esfuerzo, 
a intensificar la riqueza social. 

Picado, quizás, por el fastidio, el mediador un día cla- 
ramente aborda el tema ante el nuevo gobernante. Posee 
interés el relato que de la incidencia le hace a Canning, 
después de referir a otros puntos, en su nota de Julio 
20 de 1827: “Manifesté a S. E. que había observado 
que prevalecía el hábito de atribuir al gobierno británico 
miras interesadas con respecto a este país ; que estas ver- 
siones eran propaladas por personas que debían estar 
mejor enteradas que nadie de la verdad y altamente co- 
locadas en el país; y que yo creía conveniente, para el 
bien común, demostrar a S. E. que la malicia o la igno- 
rancia eran la causa de esos díceres 

Rectamente, va al fondo del asunto, pues prosigue : 
“ Le expresé cortesmente al respecto que mi intención 
era hablar, entendiendo que el mejor modo de evidenciar 
la falsedad de esos cargos consistía en probar que ellos 
no podían ser ciertos. Por lo tanto, con su autorización, 
examinaría los intereses que podían influenciar la con- 
ducta del gobierno británico con respecto a este país. Le 
precisé a S. E. el monto de nuestro comercio y del valor 
de la propiedad, en tierras y casas, perteneciente a in- 
gleses radicados aquí, y, una vez puestos de acuerdo, me- 
diante preguntas y respuestas, sobre el valor que podía 



LA MISIÓN PONSONBY 


25 


asignárseles, le interrogué si él creía que el gobierno del 
país más rico del universo podía ser perturbado en sus 
decisiones por tan insignificantes motivos pecuniarios, 
inferiores en monto aun al caudal que muchos comer- 
ciantes de Inglaterra mueven, diariamente, con desinterés 
y hasta con indiferencia 

Y todavía más: “Le rogué que volviera los ojos a 
todos los asuntos políticos de actualidad y que me seña- 
lara', si le era posible, cuál podía imaginarse que afectara 
a la Gran Bretaña en el más remoto grado. Siendo tal 
el caso, me producía asombro que hubiera un hombre de 
sentido común que diera crédito a tan absurdas versio- 
nes 

En el curso de una larga entrevista, y ya al calor de 
una naciente y leal amistad, así le habla el mediador a 
don Manuel Dorrego: “ Agregué que la Gran Bretaña 
había demostrado a la república una muy "marcada sim- 
patía, porque constituía un país nuevo, al que esa vo- 
luntad le era conveniente y porque la inteligente política 
de los ministros de S. M. les hacía ver en la mayor pros- 
peridad, aun de los países más remotos, el acrecenta- 
miento del honor del propio y del bienestar general ”. 

Hay cierto dejo de amargura en los conceptos de lord 
Ponsonby, dolido en lo hondo ante la apreciación injusta 
del objeto de su misión, mantenida siempre en un alto 
plano, como lo probarán cien veces los documentos que 
llenan y honran estas páginas. 

Según su final aserto, el presidente oyó con agrado 
sus manifestaciones, dirigidas a “destruir absurdas fal- 
sedades”. 

Libre de sospecha subalterna está la mediación inglesa, 
y si las notas luminosas de Ponsonby no la esclarecieran, 
a cada vuelta, por la justeza de la frase y porcia inten- 
sidad vidente del pensamiento, que se adelanta a la época, 
ahí estaría vindicándola, con palabra de eternidad, nues- 
tra independencia, que concluye de madurar en esos años, 
cuajados de desconcierto y también de voluntad viril. 

Xada mancha la jornada diplomática, cuya reputación 
ha de ensancharse, más y más, con el correr de los años 
y el mayor conocimiento de sus intimidades. 



26 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


NUESTRO URUGUAY 

Conocido es el reproche entonces circulado : Inglaterra 
quería crear una nacionalidad, interpuesta, entre las dos 
que prolongaban en América la rivalidad de españoles 
y portugueses. 

Las patrias no nacen por arte de encantamiento. No 
hay conjuro, por poderoso que sea, capaz de darles an- 
damiento efectivo, cuando ellas espiritualmente no exis- 
ten. Necesitan alma; la que aun para su mármol per- 
fecto pidiera, en vano, el artífice inmortal. Los pueblos 
no se decretan: se forjan. Y el nuestro, no saldría, ni 
salió, de las carteras diplomáticas. Si acaso, las canci- 
llerías, ante el estorbo constituido por nuestra soberanía 
valiente y porfiada, como todo lo que vive y merece vivir, 
reconocieron el invencible obstáculo y a él se adaptaron. 
Invencible, no por nuestra fuerza, bien precaria, sino 
por el sentimiento profundo e indomable que alentara 
tantas insurrecciones y permitiera resistir, sin desmayo, 
todos los yugos y cristalizar esperanzas definitivas en las 
horas gloriosísimas de Sarandí, Rincón, Santa Teresa y 
Misiones. Si de abatir por el peso abrumador de las ar- 
mas se habla, como de cosa fácil y radical, no existieran 
las nacionalidades, porque aun las más pujantes de la 
actualidad han sufrido opresiones que parecieron sin 
término y junto a las cuales las nuestras fueron nada. 
Sin embargo, ahí están ellas florecientes, como resucitada 
está, otra vez, esa Polonia que tres imperios cortaron en 
pedazos, sin siquiera tomarse el trabajo de buscar la 
coyuntura, para que doliera menos. Y ¡oh milagro, oh 
pasmosa y consoladora virtud de la justicia y del dere- 
cho, que no son palabras que lleva el vendaval: Polonia 
renace, cuando sólo era un recuerdo, perdido en la le- 
yenda, mientras sus dominadores caen ! 

Para que haya una nacionalidad, es indispensable que 
antes una entraña reciba su óvulo y lo caliente hasta 
echarlo al mundo: un parto como cualquier otro y, como 
todos, bendito. 

La patria de los orientales, la trabajaron, la amasaron, 
sabiéndolo o no, —el detalle, a ciencia cierta, poco im- 
porta — los propios orientales. 




LA, MISIÓN PONSONBT 


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Menos conciencia de la independencia que luego alcan- 
zaron, renegada hasta 1816, y aún después, poseían los 
patriotas de Mayo, en la opuesta ribera. Que éste o aquel 
limítrofe allegó noble ayuda, en una u en otra emergen- 
cia, nadie lo niega, aunque, si a cuentas estrictas fuéra- 
mos, habría que oponer a la suma, la resta de la tenaci- 
dad antes puesta en extirparnos, en los días amargos del 
viejo Artigas y en los más amargos que le precedieron y 
siguieron ! 

Patria en germen, a la par de todas las sudamericanas, 
éramos nosotros. Nadie tuvo que crearnos, porque ya 
existíamos y plena constancia de ello adquirieron los 
diversos poderes que intentaron subyugarnos, a partir de 
los propios fronterizos, tan obstinados en su propósito 
absorbente. 

Inglaterra tuvo el acierto de verlo y de comprenderlo 
así, del mismo modo que adivinó, antes que las demás 
cortes de Europa, enfrascadas en sus pleitos dinásticos, 
el inmenso futuro de las sociedades políticas del nuevo 
hemisferio. Sin diferencia, ella alienta los ensayos de 
emancipación de todas las repúblicas incipientes, que 
afanosamente tantean su destino. Su dominio de los ma- 
res, en pleno apogeo, bien se concierta con el crecimiento 
de su intercambio. Cae el poderío español y su rival, 
que sintió cuando la independencia de Estados Unidos, 
la hostilidad peninsular, la devuelve, con mucha eficacia, 
al desatar su drama la revolución sudamericana.; sin 
agregar que a ella, instintivamente, se aproximan los 
espíritus liberales. 

Por ímpetu orgánico, ni el pueblo, ni la política britá- 
nica, podían alistarse junto al absolutismo, aunque en un 
cruce de los caminos se encontraran. Alguna vez, como 
en la resistencia napoleónica, marchan del brazo, nunca 
abrazados. Metternich y Canning encarnan esos concep- 
tos distintos. Perfectamente explicable, pues, que en la 
tierra madre del gobierno representativo, la simpatía pú- 
blica y la oficial se inclinaran hacia los oprimidos de le- 
janos climas. Pero al impulso natural de la opinión suma 
la diplomacia sus sagaces previsiones: conviene al ma- 
yor desarrollo de la propia industria el desgaje que se 
inicia. La influencia moral y material que en los nego- 
cios universales pierde España, cayendo más hondo en su 



28 


LUIS ALBORTO DO HERRERA 


decadencia y pobreza, la recojerá, muy acrecida, Ingla- 
terra, creadora de manufacturas, dueña de navios y es- 
cuadras que triunfan, por su número y por su pujanza, 
en la paz y en la guerra. 

Admira cómo 'Canning poseyó la adivinación cierta del 
porvenir. No obedece a la pasión cuando, refiriéndose 
al reconocimiento de las repúblicas nacientes, afirma: 
“Está consumado... Es un acontecimiento que cam- 
biará la faz del mundo en forma casi tan importante 
como el descubrimiento del continente hoy libertado”. 

Es la alta inteligencia del estadista, iluminando el ar- 
cano. No abunda en artificios, ni echa mano de senti- 
mentalismos adocenados. Domina el tablero y juega sa- 
biamente sus piezas. Con el interés fundamental de su 
nación —y para servirla ocupa el puente de mando — 
coinciden los anhelos que se agitan al través del océano, 
en regiones casi ignotas. Intima convergencia, que suce- 
sos acumulados afianzan. Bien la define Canning cuando, 
en vísperas del congreso de Verona, con fecha Noviem- 
bre 8 de 1822, le escribe a Wellington: “Cada día 
me convenzo más de que en la presente situación del 
mundo, en el estado actual de la península y en la situa- 
ción de este país, las cuestiones americanas son, incom- 
parablemente más importantes para nosotros que las eu- 
ropeas, y que si no aprovechamos la oportunidad para 
intervenir en ellas, a tiempo, en nuestro beneficio, nos 
arrepentiremos de haber perdido una ocasión que jamás 
volverá a presentarse”. 

Por manera que todas las independencias sudamerica- 
nas suscitan la atención solícita de Inglaterra. Quiere y 
necesita el resquebrajamiento del imperio colonial de Es- 
paña: lo quiere, porque su riqueza y su industria recla- 
man nuevos espacios, y lo necesita, porque sus masas 
obreras, empobrecidas y sin trabajo, lo exigen. 

Las guerras contra el despotismo napoleónico han de- 
jado una liquidación de ruinas, acrecida poy las pertur- 
baciones económicas derivadas del maqumismo, que re- 
duce la utilización del material humano y multiplica la 
producción. Como siempre, razones fundadas, que arrai- 
gan en la rivalidad comercial, gravitan sobre los aconte- 
cimientos y los perfilan. 

Cuando Chateaubriand procura la mediación europea, 



LA MISIÓN PONSONBY 


29 


a fin de restituirle a Fernando VII las perdidas posesio- 
nes de ultramar, Canning se opone, en términos categó- 
ricos, y, cual si tuviera apuro en cerrarse la retirada y 
repetir sus golpes mortales a la reacción absolutista que 
en tal sentido se proyecta, autoriza, en Agosto de 1824, 
la conclusión de un tratado de comercio con las Provin- 
cias Unidas, seguido, en Enero de 1825 por los que ce- 
lebra con Colombia y México. El 18 de Octubre de ese 
año, hace lo mismo con el Brasil. Pero se equivocaría 
quien juzgara estas actitudes como episodios aislados 
cuando, en realidad, ellas simplemente vigorizan, en la 
hora del desenlace, las líneas de la política que en todo 
tiempo siguió Inglaterra respecto al hemisferio occidental. 

Quiebra el poder marítimo de España, que con sus pro- 
pios errores ayuda a quienes antes la tuvieran por formi- 
dable antagonista, y, roto el paralelismo de fuerzas, 
afirma su preponderancia mundial. En determinado mo- 
mento, uno de sus marinos, forzando o no sus instruc- 
ciones — que bien aclarado no está — intenta la conquista 
del Río de la Plata. 

Comprometido el honor y quizás abierto el apetito al 
buen manjar, se repite la jornada para lavar una derrota 
inesperada. La innata cordura del atacante acepta la en- 
señanza que arranca de la doble y severa lección recibida 
y retorna a la fórmula tradicional, esto es: seguir de 
cerca los sucesos, sin precipitarlos. Mientras las socie- 
dades políticas sudamericanas no alcancen la emancipa- 
ción, cuyos síntomas apuntan por todos los extremos, lo 
mejor es que continúen en poder de su enflaquecida 
metrópoli: su misma debilidad para servirlas en su ini- 
cial intercambio — por ella hecho delito — recomienda la 
prolongación de su dominio. 'Cualquiera que lo sustituya, 
será peor, porque será más poderoso y, por ende, más te- 
mible para los terceros. 

La rivalidad de Francia siempre cruza su sombra. 

Esa misma política, asentada sobre la prudente pa- 
ciencia, la practicaba ya entonces Estados Unidos con re- 
lación a las colonias hispánicas de su contorno : con tal 
de que no sean de otros, que sigan siendo de España. Y 
en cuanto a todo el hemisferio, tomado en conjunto, la 
doctrina de Monroe, al trazar una raya de polo a polo, 
tendió, con amenaza, ante los ojos sorprendidos de Eu- 
ropa, el mismo criterio. 



30 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


La lógica le aconseja a Inglaterra no propiciar la re- 
constitución del imperio colonial de España. Lo sabe 
imposible ; sin embargo, vigila. Tampoco aspira a su ani- 
quilamiento: su mejor aliado es, en la emergencia, el 
tiempo. 

Por eso, su diplomacia, resiste enérgicamente al inter- 
vencionismo que la Santa Alianza insinúa en el Con- 
greso de Aix-la-Chapelle, apesar de que el rey Jorge IV 
abomina de las revoluciones y encarna prejuicios absolu- 
tistas. ¡Tan apuradas andan las cosas que, muy pronto, 
él mismo tendrá que concurrir, con su aprobación deci- 
siva, al reconocimiento de las repúblicas que cual brujas 
le espantan! 

No hay maquiavelismo en la política exterior inglesa. 
Sólo, sí, una gestión cuidadosa, impersonal y articulada, 
que se marca ruta y la sigue y en ella ahonda, al través 
de hombres y reinados, firmeza y claridad de vistas, 
servidas por un espíritu liberal, que armoniza con el am- 
biente moderno de las ideas. Además el pueblo que viene 
atestiguando, desde siglos, cómo se realiza la libertad, 
sin confundirla con demagogias, cuenta a su favor la in- 
mensa ventaja de que apoya sus actividades en el res- 
peto orgánico a la conciencia humana. 

♦ INGLATERRA Y LA PAZ DEL 28 

Las repúblicas americanas contaron, siempre, con la 
simpatía, cuando no con el cordial apoyo, de la Gran 
Bretaña y de su raza. Bolívar encuentra en Londres la 
más positiva hospitalidad y auxilio. De Cochrane, Brown 
y Grenfell, abajo, marinos ingleses afirman sobre las 
aguas el derecho de los nuevos pabellones. 

En los sucesos interiores de cada nación trasatlántica, 
poco suena la política británica, que tiene por regla no 
invadir las ajenas jurisdicciones. 

Por excepción, rompe esa regla. Si lord Strangford 
constituye una potencia en Río, es porque la familia real 
de Portugal, hasta para abandonar Lisboa implora el 
amparo del inglés. Clama por sus armas para resistir y 
rechazar la invasión napoleónica y, sin su apoyo perma- 
nente, se siente flaquear. Y si lord Strangford, por su 
cancillería, decide la celebración del tratado de 1812, 




LA MISIÓN PONSONBY 


31 


que detiene a las armas lusitanas en su marcha al Sur, 
responde, simplemente, al afligido petitorio del gobierno 
de las Provincias Unidas. Grandes servicios, solicitados 
con mucho encarecimiento, que, pasado el mal trance, no 
hay apuro en recordar, y acaso sí en disminuir, como 
que, al fin de cuentas, las colectividades no practican la 
gratitud mejor que los hombres! 

Apremio semejante lleva a recabar la mediación in- 
glesa antes y después de estallada la guerra con el Brasil. 

La nota que en Agosto 24 de 1826 pasa el ministro, ge- 
neral de la Cruz, al señor Porbes, representante de Es- 
tados Unidos, habla bien claro : * ‘ Finalmente, el gobierno 
de las Provincias Unidas ha creído de su deber tentar el 
único medio que le restaba. Instruido del empeño que 
Inglaterra había contraído para terminar las diferencias 
existentes entre Brasil y Portugal, y de que se hallaba 
no menos empeñada, por razones bien obvias, en evitar 
todo motivo de discusión y guerra entre el Imperio y 
las repúblicas americanas, y teniendo igualmente pre- 
sente la conducta amigable que la Gran Bretaña ha acre- 
ditado siempre en favor de las Provincias Unidas y, con 
especialidad, cuando por intermedio de su ministro en el 
Brasil, lord Strangford, se obtuvo la celebración del tra- 
tado de 1812, en el que quedaron garantidos los límites 
de ambos estados, consideró conveniente manifestar el 
gobierno de S. M. B. sus deseos de que interpusiese sus 
buenos oficios con el Brasil, a fin de terminar, amiga- 
blemente, la cuestión pendiente sobre la Banda Oriental 
del Río de la Plata; y establecer definitivamente los lí- 
mites de uno y otro estado, de un modo que precava, en 
lo futuro, todo motivo de guerra y discusiones. El go- 
bierno de S. M. B. se dignó admitir esta proposición y, 
en consecuencia, ha dado sus instrucciones a los ministros 
que han sido encargados de esta negociación'’. 

Conceptos categóricos, que honran, por su sinceridad, 
al ministro que los suscribe. Los contradice, evidente- 
mente, años después, el general Guido en su carta, ya 
mencionada, de Octubre 31 de 1842 a José Clemente Pe- 
reira, cuando declara que, afirmar que “la independen- 
cia de la República Oriental del Uruguay y su constitu- 
ción en estado separado, fuera obra especial de la Gran 
Bretaña, en Agosto de 1828, y, de hecho, de lord Pon- 




32 


LTJIS ALBEttTO DE HERRERA 


sonby, y que éste dictara los términos del tratado de paz, 
era una completa rebelión contra la verdad y una escan- 
dalosa usurpación de sus derechos como negociadores”. 

Sorprenden los anteriores asertos, aunque no la par- 
cialidad de que puedan adolecer, como que emanan de 
uno de los protagonistas. ¿ Cabe creer que, más que la 
cancillería inglesa, lo fueran quienes bajo su patrocinio 
moral negociaban? 

Un descollante estadista y escritor brasilero, cuyos li- 
bros, muy recientes y documentados, proyectan luz nueva 
sobre el pasado, nos ofrece este juicio: “A intervengo 
ingleza, poderosa e decisiva, impediría as luctas e asegu- 
raría a paz”. 

Con mayor precisión y eficacia no se diría más verdad. 

Sencillo comentario, que resume todos. Casi un siglo 
después, esa es la respuesta que la investigación honda 
da a la renegación injusta del general Guido, quien, para 
articularla, debió olvidar totalmente sus propias actitu- 
des. En efecto, basta recordar que, cuando surgió la di- 
ficultad, al parecer insubsanable, de la desocupación de 
las Misiones Orientales, los plenipotenciarios argentinos 
declararon su deseo de oir la opinión de lord Ponsonby, 
a la sazón en Río Janeiro, y, a ese fin, propusieron — ob- 
teniéndola — la suspensión de la conferencia. Así clau- 
suróse la reunión del 23 de Agosto de 1828. 

¿Qué mayor certificación del sustancial influjo britá- 
nico ? Y resulta, a la verdad, incomprensible que el pro- 
pio solicitante de ese cuarto de hora de espera para con- 
sultar, como explícitamente se dijo, al representante del 
gobierno inglés, negara, en años posteriores, el alcance, 
decisivo, de la mediación de Inglaterra. 

Por nota, se dirigen al mediador, enterándole de la di- 
ficultad surgida. 

No se ha hecho pública su respuesta, lo que es sensible, 
porque todo quedaría bien aclarado, aunque la actitud 
transigente que adoptan los plenipotenciarios Guido y 
Balcarce, en la sesión inmediata, permite adivinar cual 
fué el consejo del diplomático consultado. No pudo ser 
otro que el de ceder en el punto, acompañado por la afir- 
mación de que, en cuanto a la ocupación de las Misiones, 
el emperador .no transaba. Así era. Existe notoriedad al 
respecto. Por lo demás, lord Ponsonby procedía con en- 



LA MISIÓN PONSONBY 


33 


tera lealtad, cumpliendo limpiamente su cometido de 
amigable componedor. 

En su nota, de fecha Agosto 27 de 1828, acompañando 
copia de la famosa convención suscrita ese mismo día y 
conducida por un buque de guerra inglés, le historia a 
Parish, encargado de negocios en Buenos Aires, el su- 
ceso recién consumado. De todo su texto brota, aunque 
las palabras no lo digan, la sensación del carácter prota- 
gonista que en los hechos tuvo el mediador. Y el mismo 
concepto emana de los diversos documentos que suscribe, 
ya sea dirigidos a su cancillería o a los contendientes. 

En la nota de la referencia, manifiesta que ha exhor- 
tado a los ministros, en la forma más expresiva, a acep- 
tar ciertas condiciones propuestas por el gobierno impe- 
rial, de las que “yo sabía que el emperador no desistiría, 
pero respecto a las que había alguna resistencia de parte 
de los plenipotenciarios republicanos : refiero particular- 
mente a la evacuación de las Misiones”. . . No prolonga- 
mos la transcripción porque, siendo tan jugoso el docu- 
mento, sería necesario ^reproducirlo todo, cuando, luego, 
irá íntegro. 

En Agosto 29, Ponsonby le comunica a lord Aberdeen, 
el éxito alcanzado. Aunque pone en el lenguaje la distin- 
guida serenidad que caracteriza su estilo, trasciende el 
grado de su pujante influjo: “No han sido escasas las 
dificultades que ha habido que vencer para eulminar en 
el perfeccionamiento de ese acuerdo y yo he creído de 
mi deber usar un lenguaje enérgico con los que creaban 
obstáculos y consideré merecedores de ser tratados con 
reprobación”. 

Esa manifestación, hecha al superior, en la confiden- 
cia de notas privadas, no llamadas a la publicidad, da la 
tesitura exacta de los acontecimientos y permite adivinar 
el significado resolutorio de la intervención británica en 
su larga y compleja gestión pacificadora. 

El propio general Guido, que en cierto instante o, me- 
jor dicho, en su evocación — muchos años después — pa- 
rece negarla, quizás no sabía que hasta le adeudaba, en 
mucha parte, al mediador, su brillante investidura. De- 
cíale Ponsonby a Aberdeen: “El general Guido ha pro- 
cedido con igual prudencia y habilidad en toda esta ne- 
gociación. Yo me había asegurado de él (el subrayado 




34 


LITIS ALBERTO DE BERRERA 


es del texto) antes de dejar Buenos Aires ; pero ha ex- 
cedido a mis previsiones en la capacidad que ha desple- 
gado en la tramitación de asuntos delicados: espero que 
llegará a ser un eminente y poderoso miembro del go- 
bierno, porque creo que se inclina al lado de Inglaterra 
y que será muy útil”. 

Hay, pues, eierta ingenuidad en desconocer la gravi- 
tación de factores lógicamente incontrastables en las cir- 
cunstancias. Cien años después, ¿no hemos visto a mu- 
chas repúblicas sudamericanas embanderarse en la con- 
flagración europea — simpatías aparte — rindiéndose a 
la tenaz e imperiosa sugestión de las grandes potencias, 
apesar de no tener aquéllas agravio alguno que cobrar de 
los imperios centrales? 

Y si viva está semejante memoria, de ayer, ¿cómo ad- 
herir al aserto que supone al Brasil y a la Argentina, 
en sus principios, prescindiendo, en el arreglo de sus 
diferencias bélicas, del concurso — por ellos encarecida- 
mente solicitado — de la diplomacia inglesa? 


NEGAR IjA EVIDENCIA 

Escritores de ambas procedencias se empeñan en dis- 
minuir esa mediación, lo que no debe extrañar, desde que 
el general Guido, con su autoridad testimonial, había 
dicho y ratificado, en dos épocas distintas, lo mismo. 

Ya hemos reproducido sus párrafos más contundentes 
en tal sentido. Pero en su nota de Enero 11 de 1846 hay 
una flagrante contradicción, pues mientras, por una 
parte, le asigna a lord Ponsonby “ el único y simple 
carácter de mediador”, en líneas anteriores declara que, 
ante “la tenaz resistencia del emperador don Pedro I a 
la devolución de las Misiones Orientales ”... “los mi- 
nistros argentinos se hallaron, sin embargo, en un mo- 
mento crítico”; y agrega que “el empeño de S. M. de 
retener la plaza de Montevideo por más largo tiempo 
que el que permitían las conveniencias de la república 
y las seguridades de la paz, daban motivo a desconfiar 
del buen éxito de la negociación, y creyeron (los minis- 
tros) que podían asegurarlo, si la legación británica, 
secundando las pretensiones de los ministros argentinos, 
garantiese, por lo menos, la restitución de la plaza, re- 
moviendo toda incertidumbre”. 




LA MISIÓN PON SON BY 


35 


Paralizada estaba la negociación y, para salvar la di- 
ficultad en pie, se ocurre a lord Ponsonby, por nota de 
fecha 19 de Agosto. También se le solicita, a título de 
pedido de informes sobre el punto, la garantía británica 
— que él niega, por no estar autorizado a prestarla — 
para la convención de paz en debate. En su respuesta 
recuerda, quizás como ligero reproche, que el señor ple- 
nipotenciario Balcarce, miembro del gobierno, cuando el 
exponente había residido en Buenos Aires, estaba al co- 
rriente de esa resolución. 

Hay algo más. En la penúltima conferencia, los se- 
ñores Guido y Balcarce aluden a la navegación del Río 
de la Plata y, por considerarla importantísima y funda- 
mental, proponen el artículo siguiente: “ Ambas partes 
contratantes se comprometen a solicitar, juntas o sepa- 
radamente, de S. M. el rey de la Gran Bretaña, su ga- 
rantía para la libre navegación del Río de la Plata, por 
espacio de quince años 

Objetaron los representantes imperiales que esa cues- 
tión convenía dejarla para el tratado definitivo de paz 
y resolverla, solos, ambos contratantes, a lo que se re- 
plicó, por los plenipotenciarios argentinos, que, estando 
todos concordes en la utilidad de la libre navegación del 
estuario, “no debía excusarse medio alguno para darle 
toda la extensión y estabilidad posible, a cuyo fin, juz- 
gaban la garantía de Inglaterra de un poderoso influjo”. 

'Con estos antecedentes, aportados por el mismo gene- 
ral Guido, cuesta comprender como él pudo proclamar 
— en su carta a José Clemente Pereira — “una completa 
rebelión contra la verdad” la marcada ingerencia de la 
Gran Bretaña y de lord Ponsonby en el negociado que 
condujo a la paz y al reconocimiento de nuestra inde- 
pendencia. 

Insiste Guido: “ El tratado se firmó y al ministro 
mediador no le cupo otro papel en este desenlace que el 
de presenciarlo y aoeleíarlo, inculcando amistosamente 
ante los negociadores argentinos la utilidad de ceder en 
el punto de las Misiones ”. 

Antes, ha dicho que se decide a escribir la carta co- 
mentada, “para evitarle al historiador una decepción in- 
juriosa para la honra del Brasil y de la Confederación. 
Argentina”, agregando, más adelante: “ V. E. compren- 



36 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


derá que, al referir a un hecho clásico, no tengo ánimo de 
negarle al gobierno británico el plausible anhelo que mos- 
tró al procurar un arreglo entre las partes beligerantes, 
no. Reclamo, solamente, un derecho exclusivamente nues- 
tro: una obra concluida sin sumisión a dictados extra- 
ños ”. 

Para desvirtuar afirmaciones tan categóricas, es nece- 
sario reproducirlas, aunque, como ya lo anotáramos, des- 
virtuadas están ellas por la palabra del deponente; y 
podríamos aún decir que su propia conducta, en la emer- 
gencia, bastaría para destruirlas. 

En efecto, cuando los plenipotenciarios imperiales ma- 
nifestaron que, “si los de Buenos Aires no abandonaban 
el artículo propuesto, de nada valía cuanto se había he- 
cho y la negociación quedaba rota”, los plenipotenciarios 
argentinos se dirigieron a lord Ponsonby, encareciéndole, 
ante la inminencia del fracaso, que encauzara los sucesos 
hacia una solución feliz. 

Fue el “momento crítico”, definido así por el mismo 
general Guido. Y Ponsonby da la solución anhelada, 
como plenamente lo abona la carta, dirigida a Guido, 
solo, por la cual disipa las cavilaciones rioplatenses, de- 
clarando su certidumbre de que el emperador del Brasil 
“cumplirá religiosamente las cláusulas de la convención 
de paz que acepte”. Prosigue: “Está en el interés de 
S. M. imperial mantener su promesa”, agregando que 
“la violación de ella promovería las más serias cuestio- 
nes con el gobierno inglés, porque ese gobierno tiene de- 
recho de esperar de ambos beligerantes que la mediación 
interpuesta por S. M. británica, por los deseos de Buenos 
Aires y el Brasil, no sea tratada con ligereza y falta de 
respeto”. 

Al afirmar que el emperador será fiel al compromiso 
que contraiga, manifiesta que, para creerlo así, tiene 
“los más sólidos motivos”. 

Dicho por cualquier hombre público y, sobre todo, por 
un caballero inglés, este brevísimo aserto, que vale una 
fi anz a, posee fuerza sacramental. 

Evidentemente, el mediador traducía lo que oyera de 
labios imperiales, como lo certifican, sin lugar a duda, 
•los documentos, siendo notorio que, a esa altura de los 
acontecimientos, don Pedro I aceptaba nuestra indepen- 
dencia lisa y llana. 



LA MISIÓN PONSONBY 


37 


Abunda, también, Ponsonby en consideraciones ten- 
dientes a reducir la resistencia del negociador Balcaree. 

La situación se planteaba en términos precisos. 

Después de una serie de conferencias, desarrolladas sin 
mayor tropiezo, los ministros brasileros, el 23 de Agosto, 
presentaron el proyecto, acordado y discutido, de con- 
vención preliminar. Los argentinos exigieron que se man- 
tuviera la ocupación de las Misiones hasta que se eva- 
cuara Montevideo. La negativa imperial fué categórica. 
El 26, de nuevo se ratifican ambas partes en sus extre- 
mos, levantándose la sesión. Horas después, celebran los 
delegados argentinos otra conferencia con lord Ponsonby, 
quien los induce a ceder, como cedieron. • 

Bien lo acredita la nota confidencial — recién comen- 
tada — de esa misma fecha, por él dirigida al general 
Guido. 

Al día siguiente, o sea el 27 de Agosto de 1828, desde 
entonces memorable, se firma la paz. Clara fluye la fi- 
losofía de los sucesos. 



38 


r.fJIS ALBERTO DE HERRERA 


II 

LAS CONFERENCIAS DE AGOSTO 

Es recurso frágil intentar desconocerla, en razón de que 
casi todo estaba hecho cuando lord Ponsonby arribó a 
Río de Janeiro. Y, sin embargo, muy a tiempo llega, 
podría observarse, porque mucho se necesitaron y viva- 
mente fueron requeridos sus buenos oficios. 

: Se alega que Balcarce y Guido estaban en la capital 

fluminense desde antes, y que el mediador recién el 18 
llegó, presentando sus credenciales el 21. 

También se argumenta con el hecho, verdadero, de que 
no hizo acto de presencia en las reuniones celebradas. 

Para contestar tales probanzas, bastaría repetir que, 
más de una vez, se interrumpieron las conferencias, en 
esos agitados días, a fin de recoger sus opiniones 6 pro- 
curar su intervención conciliadora, aunque son ellas, en 
esencia, tan deleznables, que, solas, se desploman. 

Porque, aunque el mediador hubiera estado ausente, a 
cientos de leguas, igualmente positiva y visible fuera su 
influencia en el gran desenlace. 

Su tacto y distinción de procederes lo llevan a no apa- 
recer tutelando a los embajadores argentinos, que actua- 
ban con fuero propio. Ellos partieron en un buque inglés; 
con posterioridad, embarcóse el mediador. 

Lo que posiblemente no advierten quienes fundan jui- 
cio sobre este asunto de fechas, desprovisto, en realidad, 
de toda importancia, es que, cuando los plenipotenciarios 
rioplatenses salen para el Brasil, ya una laboriosa y hábil 
gestión previa les ha allanado el camino, asegurando, 
dentro de lo posible, el éxito de su misión. 

Ahí radica el nervio de la cuestión. Esa es, precisa- 
mente, la obra inteligente y feliz de la diplomacia inglesa, 
que, con imperturbable serenidad, desarrolla sus bien 
orientadas energías hacia el fin cordial que se persigue, 
hasta alcanzarlo. 



LA MISIÓN PONSONBY 


39 


Se padece ingenuidad y se incurre en mucha injusticia 
cuando, por la trabajosa dialéctica, se ensaya desviar el 
juicio postumo. Y, a la verdad, que pudo conseguirse, 
pues la noticia documentada, en toda su extensión, dé 
la mediación inglesa, ha tardado largos años en salir de 
los archivos, no habiéndose hecho por la cancillería amiga 
el menor movimiento para romper el silencio y las ver- 
siones desnaturalizadas crecidas a su inmediación. 

Bien lo demuestra el concepto deficiente que se tuviera 
sobre la misión de lord Ponsonby y sus largos alcances, 
al extremo de que prosperaran asertos inexactos, refren- 
dados por el propio general Guido; aunque, para expli- 
carlos, quizás no sea improcedente adelantar que pagó 
tributo a las circunstancias, pues, cuando así se pronun- 
cia, su país hállase en conflicto con Inglaterra, asociada 
a Francia en el bloqueo del Plata. 

Recuérdese que la causa ocasional de su carta a José 
Clemente Pereira fué la obertura del ministro Ellauri, 
en 1842, ante la cancillería de Londres, pidiendo su in- 
tervención armada, a pretexto, humillante y excesivo, de 
que nuestra independencia era su obra. Bien ganada 
fuera por el esfuerzo heroico — tendido a través de va- 
rios lustros — de nuestros mayores. En la última etapa 
de la evolución de ese pujante ideal, el británico amplia- 
mente nos ayudó a obtener el reconocimiento de un hecho 
vital, ya consumado. Habíale escrito Ponsonby a su co- 
lega Gordon, en Marzo 25 de 1828: “ Es a Lavalleja a 
quien debemos la paz, en gran parte al menos. No creo 
que nunca la hubiéramos alcanzado por medios honrados, 
sin su cooperación ”. . . “ Ha prometido limitarse a. ase- 
gurar la independencia de su país y parar ahí ”... 

Motiva la indignación patriótica de Guido un artículo 
aparecido el 3 de Agosto de 1842 en el “Morning He raid”, 
de Londres, órgano ministerial, con júbilo reproducido 
por “El Nacional” del doctor Florencio Varela, preco- 
nizador entusiasta de las intervenciones europeas y que 
en su porfiada y dolorosa gestión sustituye al doctor 
Ellauri. Al impugnarlo, decía: “No se sabe qué ad- 
mirar más en este paso, si el amilanamiento del ministro 
suplicante para lisonjear con un embuste clásico de lord 
Aberdeen, o la impavidez con que la prensa de Monte- 
video, transcribiendo tales artículos, pretende echar ufl 



40 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


velo sobre los sacrificios que a los buenos orientales costó 
su independencia ”. 

Ampliamente justificado estaba el reproche, desde que 
el ministro Eliauri, invocando indebidamente la conven- 
ción del año 28, incurría en la temeridad de hacerla a 
Inglaterra señora de nuestros destinos en los días inde- 
pendientes. Arranca esa penosa nota, de fecha Agosto 
20 de 1842, que agrega otra foja al proceso de una di- 
plomacia ya condenada, con el pedido de un tratado y 
‘‘siendo para la república del Uruguay urgentísimo el 
procurarse <m protector poderoso ”... 

Abunda en explicaciones sobre la situación rioplatense 
y dice sobre la república: “ Esta, que, en cierto modo, 
puede decirse que debe su existencia política a la Ingla- 
terra, tiene confianza de que no será abandonada por 
ella en el terrible conflicto en que se encuentra. Tengo 
sobre esto algunas ofertas de V. E. que respeto y miro 
como infalibles ”. 

Sí, la diplomacia inglesa había concurrido a afianzar 
nuestra emancipación, ya sellada, por las armas y por la 
voz profunda del destino; pero inmensa distancia separa 
esa colaboración en el ideal autonómico, por todos alen- 
tado, de la aventura desesperada que pretendiera darle 
a Inglaterra, años después y ya constituidos, interven- 
ción irregular en nuestras disensiones. 

Tal ingerencia estaba en desacuerdo con una política 
tradicional que, apenas pudo, se reintegró, en los asuntos 
del Río de la Plata, a su orientación orgánica. En nota 
al ministro Eliauri, de Julio 18 de 1843, lord Aberdeen 
rechaza el pedido de revocación del ministro en Buenos 
Aires, señor Mandeville, pues “su conducta ha merecido, 
en su mayor parte, su aprobación”. Ese requerimiento, 
emanado de don Santiago Vázquez, lo lleva a decir : 
“ Y verdaderamente el abajo firmado cree de su deber 
añadir que el pedimento es de Tina naturaleza tal, que el 
gobierno del Uruguay no se halla bastantemente autori- 
zado para elevarlo ”. Asimismo declara que, “aunque el 
gobierno de S. M. está deseoso y ansioso de aprovechar 
toda oportunidad de usar de sus buenos oficios para el 
restablecimiento de la paz entre las repúblicas del Uru- 
guay y Buenos Aires, no es su intención tomar una in- 
tervención armada en la guerra entre dichos estados . 




LA MISIÓN PONSONBY 


41 


Ese apartamiento de las luchas internas rige el pen- 
samiento oficial británico antes y después de nuestra in- 
dependencia. Las notas que publicamos, a cada instante 
así lo transparentan. Por la de Ponsonby a Parish, de 
Enero 5 de 1829, nos enteramos de su repudio de la si- 
tuación política, servida por el crimen de Navarro. “Ellos 
pueden pretender establecer gobierno, escribe, pero, con 
él, S. M. nada tiene que hacer en asuntos políticos. ’ ’ 

Da cuenta de esta actitud a lord Aberdeen, que acaba, 
de sustituir en la cancillería a Canning y manifiesta: 
“ Escribiendo como lo he hecho, privadamente, al gene- 
ral Guido, he entrado a fondo en el comentario de la 
ruina que probablemente caerá sobre su país como con- 
secuencia del último derrocamiento de la constitución y 
del horrible asesinato del jefe legal de la nación ”. . . 

Ligado por el afecto al gobernador Dorrego, no puede 
callar su indignación ante su oscuro sacrificio y termi- 
nantemente se resiste a apoyar en Río de Janeiro, como 
se lo pide Parish, a solicitud del nuevo gobierno, la mi- 
sión que se anuncia del general Guido para suscribir el 
tratado definitivo de paz: “ Por lo tanto, he conside- 
rado conveniente enterarlo de que yo no intervendré 
como ministro mediador, ni prestaré protección, o ayuda, 
a ninguna misión emanada del gobierno de Buenos Ai- 
res ”. 

Autoridad grande tiene Ponsonby ante su cancillería, 
a la que tan brillantemente acaba de interpretar, y con- 
sideración merece la nobleza de su gesto ; sin embargo, la 
nota de lord Aberdeen, de Marzo 26 de 1829, entraña 
una categórica rectificación, tan categórica, que a ella 
debe atribuirse su inmediato pedido de licencia, ‘ ‘ a causa 
de salud”, “graciosamente concedida por S. M.”, que 
cierra, con cierta brusquedad, v su memorable actuación 
en América. El superior, funda, resueltamente, su dis- 
crepancia, no porque sea su intento * ‘ atenuar la conducta 
y sucesos de la reciente revolución producida en Buenos 
Aires”, sino porque “deseo recordarle que el único ob- 
jeto tenido en cuenta por este gobierno para sancionar 
una intervención de un ministro británico, ha sido, in- 
variablemente, a fin de obtener la cesación de las hosti- 
lidades e impedir, efectivamente, su renovación en el 
hemisferio occidental ’ \ 




42 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Insiste : ‘ ‘ Sería, por lo tanto, contradecir, en cierto 
sentido, nuestra política, si V. E. adoptase una línea de 
conducta que pudiese demorar el arreglo definitivo de 
las diferencias existentes entre el Brasil y Buenos Ai- 
res ”. Y agrega: “ Nuestros buenos oficios no deben 
rehusarse para concurrir, bajo cualquier circunstancia, 
a la obra de pacificación ”... “ parece que no hay justo 
motivo para que V. EL rehúse ofrecer sus buenos oficios 
en Río de Janeiro, si ellos pueden conducir a una paz 
permanente entre las partes, cuyas contenciones, si por 
desgracia fuesen renovadas, tienen que ser altamente 
perjudiciales a los intereses británicos. ” 

Así, claramente, se manifiesta: conviene a los intere- 
ses de Inglaterra la paz de estas distantes regiones ; pero 
nada enturbia su conducta. Su beneficio se confunde con 
el de la civilización, pues estriba en el mayor desarrollo 
del intercambio y en el afianzamiento del gobierno pro- 
pio, armonizando también con el de los beligerantes, ago- 
tados e impotentes para vencer. Tremendas dificultades, 
de toda naturaleza, asaltan a las jóvenes naciones en 
pugna, siendo inestimable el servicio que ellas entonces 
recibieron de la cancillería inglesa, cuya serena eficiencia 
y elevación moral resplandecen en el caso. Se desarrolla 
la difícil negociación sin sufrir desmedro en su prestigio. 
Inglaterra nada pide y hasta se rehúsa, fiel a sus viejas 
normas, a prestar garantías que vivamente se le solicitan, 
como acabamos de verlo, para la libre navegación del 
estuario. 


EL CONSEJO DEL MEDIADOR 

Su anhelo, nunca ocultado, se concreta a vigorizar la 
existencia de las nuevas naciones occidentales y a con- 
quistar los mercados que su advenimiento abre al mundo. 
La visión certera de sus estadistas se adelanta a los tiem- 
pos y adivina las inmensas posibilidades que la emanci- 
pación sudamericana, episodio enorme, ofrece al trabajo 
y a la ambición del naciente industrialismo europeo. 

Con toda precisión, expuso Canning esas grandes vistas 
al explicar, en los comunes, los sucesos del continente. 
Era en 1824. Francia acababa de invadir España. Su 
ejército se derramaba, sin encontrar* valla, por el terri- 



LA MISIÓN l’ONSONBT 


43 


torio de la infortunada metrópoli, devorada por la anar- 
quía. La opinión pública británica, con memoria, muy 
fresca, del imperialismo napoleónico, rechazaba esa in- 
vasión, hecha a título pacificador. Máximo piloto, Can- 
ning no se arredra y, replicando a quienes le reprochan 
su presunta flaqueza, quita importancia a un aconteci- 
miento que, como fué, estima incidental y exclama : “¿No 
puede, acaso, obtenerse una compensación por las ofensas 
y vindicarse la política de nuestros antecesores por me- 
dios más adecuados a los tiempos actuales ? La ocupación 
de España por Francia, ¿acaso nos pone en la impres- 
cindible necesidad de bloquear a Cádiz para evitar las 
consecuencias de ese acto ? ¡ No ! Seguí otro camino. Bus^ 
qué elementos de compensación en otro hemisferio. Con- 
templando a España tal como la conocieron nuestros 
antecesores, resolví que, si Francia dominaba a España, 
no sería a España con sus Indias: llamé a la existencia 
al Nuevo Mundo para restablecer el equilibrio del an- 
tiguo ’ \ 

Frase final tan célebre que, al repetirla, por antono- 
masia se nombra a Canning. 

Ella da la definición de una gran política, de luminosa 
huella, que se iniciara con Pitt. En otras circunstancias 
y emanada de otros labios, pudo trasudar jactancia, so- 
bre todo si se hubiera atribuido al propio conjuro la 
redención de un continente. No ; alude el ministro in- 
mortal a la consagración, en el orden de las relaciones 
internacionales, de una nueva entidad. 

Téngase presente que se habla por la nación incon- 
trastable en los mares, mucho más, todavía, después de 
Trafalgar. Sin temor a piratas, sus barcos afrontan el 
océano, traen y llevan mercancías, como si la difusión 
de la libertad, del comercio y de las ideas civilizadas 
fuera en ella, más que en ninguna otra, cometido histó- 
rico. 

Lo cumple, otra vez, cuando acepta la mediación, que 
tanto se le solicita, para alcanzar la paz entre el Imperio 
y las Provincias Unidas. Ponsonby fielmente traduce 
esos leales anhelos de paz, con su serena gestión diplo- 
mática. Con alta prudencia y tino la desarrolla, callando, 
en vez de pregonar, sus éxitos. Trae una clara orienta- 
ción y nada de ella lo aparta. Unos y otros, ensayan 



44 


LUIS ALBERTO LE HERRERA 


.utilizarlo como vehículo de sus propósitos exclusivos, y 
él a todos resiste, salvando incólume su alta imparciali- 
dad. Su tranquila firmeza suele irritar; por donde no 
sorprende el aserto de Guido al ministro Arana, en nota 
de Enero 11 de 1846, de que los negociadores de 1828 
“no habían deseado la menor participación del ministro 
británico en sus transacciones diplomáticas”. 

¡E pur se muove! Antes, dijera el ministro Guido, en 
su carta ya citada, de 1842, a José Clemente Pereyra: 
“ V. E. no puede haber olvidado que, presidiendo nues- 
tras discusiones un espíritu puramente americano, nos 
apresuramos a suprimir todo obstáculo que nos impidiese 
alcanzar la paz ”... 

El párrafo antecedente es más airado, siempre alu- 
diendo al artículo del “Morning Herald” y a la misión 
Ellauri: “ Nada me sorprendería esta invectiva, si ella 
saliese de pluma de un escritor inglés, fanatizado por el 
renombre de su patria; pero articulada, según se ve, por 
el ministro de 'Montevideo, me entristece la idea de tan 
inopinada aberración de un americano ; y ella nos coloca 
en la necesidad de combatirla de cualquier manera para 
evitarle al historiador una decepción injuriosa para la 
honra y fama del Brasil y de la Confederación Argen- 
tina ”. 

Repetimos que el general Guido, por respetable que 
fuera su inspiración patriótica, refleja en su negativa 
una parte mínima y muy convencional de verdad. Den- 
tro de ella está, si refiere al ref rendamiento de la con- 
vención; pero bien a su margen se coloca, si pretende 
desconocer el influjo considerable que en la elaboración 
del magno acontecimiento tuvo el diplomático inglés. 

El signo externo de la paz, no lleva su firma, que 
tampoco cabía; sin embargo, en la esencia de la nego- 
ciación, vibra su impulso, al extremo de poderse decir 
que toda la obra de fondo es suya. Y, más que estas pa- 
labras, lo abonaran las notas que ahora hacemos públicas 
y que, tanto como a nuestros mayores, realzan a la can- 
cillería que colaboró en la confirmación de nuestro des- 
tino autonómico. 

Quizás indujo a error la suprema corrección del me- 
diador, que desdeñó la apariencia banal, absorbido por 
la fecunda empresa librada a su cordura; y, tal vez, por 



LA MISIÓN PONSONBY 


45 


su parte, el general Guido prefirió olvidar — pues, es im- 
posible lo ignorase — que el envío de los negociadores fué 
el resultado promisor y directo de la acción tenacísima 
de lord Ponsonby junto al gobernador Dorrego. Gordon, 
en Río de Janeiro, hábilmente le secunda, y cuando los 
negociadores allá recalan, todo está preparado y conver- 
sado. En realidad, sólo falta darle forma y resolver los 
detalles. Y ya hemos visto que cuando alguna de esas 
cláusulas provoca tropiezos, por costar meterla en el texto 
protocolar, se suspende la conferencia, a título, confesado, 
de consultar al mediador. 

LA ACTITUD BRITANICA 

Los grandes actores en el memorable suceso no son los 
que aparecen en el primer plano, a los ojos del público. 
Hay que buscarlos más atrás, entre las bambalinas, y son 
Ponsonby y el emperador, correspondiendo el segundo 
puesto a éste — primero por la investidura — en virtud 
de que él, a pesar de su jerarquía suprema y de su vehe- 
mencia patriótica, debe subordinar sus ímpetus, y los 
subordina, como lo viene de hacer Dorrego en Buenos 
Aires, a los poderosos razonamientos de Inglaterra, que 
habla por labios de su ecuánime embajador. 

Y ningún desmedro importa ese acatamiento coneiente 
y abnegado a tan elevado consejo, porque jamás la ame- 
naza depresiva se mezcló en los diálogos, ni lugar hubo 
a mezclarla, como que se procuró siempre desatar la di- 
ficultad en vez de cortarla con imperio, lo que tampoco 
cabía, por ser tan prestigiosa y sana la intervención cor- 
dial del amigable componedor. 

. .Cuya política se niveló siempre por intereses egoís- 
tas ” y a esa Inglaterra refiriendo, había escrito Guido, 
en su carta de 1846. al ministro Arana. Lo recordamos 
otra vez, porque cuesta convencerse de que así pensara 
hombre público tan avezado y de tanta experiencia y 
capacidad política. 

Nos apartaría de la impuesta ruta el comentario de- 
tenido de semejante afirmación; pero, limitado el juicio 
a los asuntos sudamericanos, y en especial a los riopla- 
tenses y brasileros, puede proclamarse que la influencia 
de la diplomacia británica les ha sido intensamente pro- 
picia. Porque, a los efectos del conjunto, nada valen los 



46 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


episodios aislados y sin la menor correlación orgánica, 
que pudieran alegarse aquí o allá. Uno de esos 'desvíos, 
provocado por el triste pedido local de las intervenciones 
extranjeras en el Plata, de 1840 a 1850, probablemente 
gravitó sobre el espíritu americanista del general Guido; 
aunque en esa misma dolorosa emergencia la sabia ener- 
gía de lord Palmerston vuelve a cauce la tradicional con- 
ducta, caracterizada por la prescindencia en las disen- 
siones ajenas. Sabido es que la larga y tan sospechosa 
intervención francesa — que nunca acababa — provocó la 
inglesa, que las acabó. También, entonces, le reprochan 
egoísmo a Inglaterra quienes le imploran que ponga pie 
en estos países, sin detenerse a meditar sobre los riesgos, 
tan graves, de la aventura. Es cierto que, con tal de 
aplastar al adversario criollo, se prefería al aliado ex- 
tranjero y, en el afán de “europeizarnos”, pronto, como 
si las razas y los pueblos brotaran y se moldearan en días, 
se aceptaron los más reprobables medios compulsivos. 

En cuanto a la república, notorio es que el final de 
esas culpables alianzas fué sacrificar casi la mitad de 
nuestro haber territorial para servir y pagar interven- 
ciones armadas, que ahora empiezan a verse bajo su ver- 
dadera luz, cuando la solución casera de los conflictos 
propios ya venía en la corriente del nuevo tiempo. 

Levantada como ninguna luce la diplomacia inglesa, 
cuando la emancipación de este continente. Representa 
a la nación más poderosa del universo. Por muchos años, 
perdura la catástrofe de nuestra metrópoli, incapaz e 
impotente para mantener su dominio colonial. Inglaterra 
comprende y abarca las perspectivas que al intercambio 
mundial ofrecen las nacientes patrias. Y claro está que 
refiero a sus conductores, a sus estadistas, a sus cancille- 
res, a sus guías; ni mucho, ni poco, a monarcas más o 
menos mediocres, pero que tienen, sin embargo, la sin- 
gular cordura, atributiva de su pueblo, de dejar hacer 
a los que pueden y saben. 

Probablemente el mayor obstáculo con que tropieza 
Canning, al desarrollar las concepciones de su genio po- 
lítico, es el rey a quien sirve; aquel sibarita Jorge IV, a 
quien debió amenazar con su renuncia para obligarlo a 
recapacitar y que sólo cede ante el temor de la revelación 
de sus manejos ocultos, al margen del ministerio, con la 
Santa Alianza. 



LA MISIÓN PONSONBT 


47 


Hablan por la gran nación, invocan con derecho su 
personería, quienes ejercen el gobierno de la opinión en 
nna sociedad donde ella existe y manda. Habla por ella 
Disraeli, gran ministro de la reina Victoria, después, 
cuando declara públicamente que, si los rebeldes sudame- 
ricanos “no eran pura y francamente patriotas, no sa- 
bemos qué nombres deben ser inscriptos en el pergamino 
de la gratitud nacional”. Habla y decide por ella, Cast- 
lereagh, anticipándose a Canning, cuando, jefe del go- 
bierno, reconoce las nuevas banderas de las ex colonias 
de España, por manos tan frágiles agitadas. Habla por 
ella, ‘Canning, cuando alborozado le escribe a lord Gran- 
ville, comunicándole el gran suceso, o sea el reconoci- 
miento de las independencia sudamericanas: “ El hecho 
está consumado ; se ha clavado el clavo. La América Es- 
pañola es libre y, si no confundimos nuestros asuntos de 
una manera calamitosa, es británica ”, 

Lenguaje preciso, claro, que resuena como un marti- 
llazo y cuya expresión final marca la aspiración legítima 
de ensanchar, por sus cabales, la influencia de la propia 
nación. 

No puede imputarse bastardía a gestos tan eminentes, 
que han torcido la historia del mundo y apurado el as- 
censo de la civilización. 

Nadie discute que a la espalda de Canning, avivando 
su celo y su audacia renovadora, están los fabricantes, 
los hombres de negocios, las firmas bancarias y hasta sus 
electores del distrito de Liverpool. Dígase más: también 
está el pasado, mandando con la voz secular de una raza 
que no nació para ser simple costra de rocas olvidadas 
entre las olas del mar, porque ella trae formidable im- 
pulsión, rompe la niebla y batalla y se multiplica y se 
derrama por los confines. El británico no proclama de- 
rechos, al modo continental: prefiere construirlos, para 
sí y para los demás, aunque huyendo siempre de sus apa- 
ratosas definiciones. El respeto de la ajena conciencia, 
empezando por reivindicarlo para la propia, es inherente 
a su naturaleza y, también, el repudio instintivo de la 
inútil declamación, que tanto tiempo nos hiciera perder 
en la sobresaltada adolescencia. Ver sombra en el interés 
honesto que explica y alienta los actos individuales y 
colectivos, equivaldría a macular la generalidad de las 



48 


LUIS ALBERTO LE HERRERA 


acciones humanas, aun de las más bellas; y, en cuanto 
a las naciones, nada más enaltecedor que el espectáculo 
de su rivalidad y de su ardiente puja para imponer, por 
la inteligencia y la pronta energía, plaza para su pro- 
ducción industrial, lo que se traduce en florecimiento y 
bienestar: dicha y cultura. Cuando pase la pasión pri- 
mera, que, cual telón de boca, todavía impide penetrar a 
fondo en el escenario, algo, o mucho, dirá la historia de 
las profundas razones económicas que fatalmente lanza- 
ron al drama, hace poco, a las grandes potencias de Eu- 
ropa. 

A principios del siglo pasado, ya se señalan esas in- 
quietudes mercantiles, que luego lo llenan con estrépito 
de máquinas, esclareciéndolo. 

Sorprende, pues, que espíritu tan refinado como el 
general Guido aluda, con rudeza, al egoísmo de la po- 
lítica británica, cuando, si existió con respecto a nuestro 
continente, habríamos tenido la singular fortuna de que 
nunca dejara de coincidir con los principios liberales y 
con la voluntad autonómica de sus pueblos. 

Con admirable sagacidad, ya lo comprendió así don 
Pedro Trápani, aun dentro del hervor de sucesos en que 
él mismo era callado protagonista. 

En Abril 26 de 1827, le escribía a Lavalleja: “ Es 
indudable que el ministerio inglés está fuertemente in- 
teresado en que la guerra termine, pero, convencido de 
nuestra justa causa, está dispuesto a contribuir por su 
parte a este objeto ” ; y, luego de referir a nuestra tan 
deseada independencia y al riesgo de que el emperador 
se negase a la transacción llevada a Río por don Manuel 
José García, infiriendo desaire a Inglaterra, agregaba: 
“ Nosotros, por nuestra parte, ganaríamos en el concepto 
de esa nación sabia, liberal y poderosa, cüyas buenas 
relaciones debemos procurar cultivar, así como con las 
demás ”... 


UNA POLITICA SABIA 

Era la prolongación, en el tiempo y en la sabiduría, 
de la sólida política exterior iniciada por Artigas, cuya 
luminosa ruta la marcan tratados precursores con Esta- 
dos Unidos y el inglés. Conducta tradicional, tendida a 
lo largo de toda nuestra historia y que permite afirmar 



LA MISIÓN PONSONBY 


49 


que la amistad anglo-urjiguaya viene de los orígenes de 
la propia nacionalidad, vigorosa desde la raíz. 

En vez de reconocer ampliamente esa gran deuda mo- 
ral, contraída por todos los sudamericanos, muy espe- 
cialmente por los de la zona atlántica, suele preferirse 
escudriñar móviles subalternos donde sólo existió una 
gestión inteligente y moderna. 

Tiempo perdido, en tanto no se demuestre — lo que es 
imposible, por carecer de todo fundamento — que la can- 
cillería británica, para servir sus ambiciones de dominio, 
lanzó a nuestros pueblos, los unos contra los otros, o azuzó 
sus querellas, o prolongó su anarquía, o quiso coparlos y 
apoderarse de parte de su territorio. 

Aludimos al ciclo independiente y su preliminar, pues 
las invasiones de 1806-7, repetimos, episodios aislados, 
cierran un capítulo anterior y, por 'su carácter excep- 
cional, confirman la regla. Natural, lícita y plausible 
era la aspiración europea de ensanchar su intercambio 
por el lado de occidente. Muestran el nuevo camino, du- 
rante el siglo XVIII, los veleros que rompen el arcano 
de mares, todavía misteriosos, permutando mercaderías 
por cueros, que furtivamente embarcan en los puertos 
del Plata. •Con injusticia, se rebaja al francés Moreau 
y a sus rivales ingleses y holandeses, que con audacia y 
pingüe beneficio hacen de Maldonado su fondeadero. Tan 
errado denominar piratas a quienes, a fuerza de coraje, 
reivindicaban los derechos del comercio libre, frente al 
sofocante monopolio, como inicuo sería, luego, extender, 
cual lápida, sobre el nombre de Artigas y sus patriotas, 
el calificativo de contrabandistas. 

Inglaterra sirvió, poderosamente, la causa de los in- 
dependientes en toda la extensión de América. 

Ni debe disminuirse esta colaboración, a menudo de- 
cisiva, ni tampoco enaltecerla hasta extremos románticos. 
Procedió, como proceden las naciones organizadas, bajo 
el acicate de razones que, como es comprensible, en pri- 
mer término atañían a su propia ventaja; lo contrario, 
importaría admitir el absurdo. 

Obedece, entonces, Inglaterra, con respecto a España, 
a la impulsión histórica que, más de dos siglos atrás, la 
llevara a chocar con Felipe II. 

Cuando el desastre de la Gran Armada la adueña de- 




50 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


finitivamente de las aguas, sus barcos acosan a los ga- 
leones y violan, por todos los extremos, el dogma prohi- 
bicionista de la metrópoli, que sólo consiente, por oonta- 
dísimos puertos, la entrada y salida a las Américaís, go- 
bernadas en la ausencia de la realidad y con disciplina 
de monasterio: tampoco entrará, en este otro recinto, el 
pecado de la carne, traducido por la tentación del libre 
comercio. 

Decreto de abstinencia que condena al estancamiento 
y a su miseria a una parte considerable del globo, cua- 
jada de riquezas; a pesar de severísimas penas, seria 
contradicho y roto, cada vez con más brío, por las po- 
blaciones en secuestro. 

Con su aspiración de contactos externos coincide y se 
concierta el anhelo extranjero de penetrarlas. 

Dentro de las imperfecciones navieras de la época, 
franceses y británicos, antiguos rivales, se disputan pre- 
ferencias. Bosquejan las emulaciones que ahora se repi- 
ten, idénticas, sólo diferenciadas por la magnitud y com- 
plejidad del hermoso espectáculo y por la intervención 
de competidores universales. 

A medida que cede el poder material de España, cam- 
bia de aspecto y tiende a desaparecer el largo antago- 
nismo de Inglaterra. 

Con clara y firme palabra, Canning describió, en los 
comunes, la nueva situación: “En aquellos tiempos no 
se creía segura ninguna paz para este país mientras la 
corona de España continuara sobre la cabeza de Tin Bor- 
bón. . . Además, señor, la España de lo presente ¿es la 
misma España que tanto __ temían los estadistas de los 
tiempos de Guillermo y de Ana ? ¿ Es, en realidad, la 
nación de cuya pujanza se esperaba que echase a Ingla- 
terra fuera de su órbita? No, señor; aquella España era 
otra ; era la España en los límites de cuyo imperio no se 
ponía jamás el sol; era la España con las Indias, que 
despertaba los celos y alarmaba la imaginación de nues- 
tros antepasados”. 

La nación esencialmente navegante se dispone a reco- 
ger el cetro que de las manos, antes rivales, cae. La ba- 
talla diplomática sucederá a la de las armas, porque ya 
el adversario no está en la declinante metrópoli sino en 
las naciones, jóvenes y viejas, que se aprestan a disputar 




LA MISIÓN PONSONBY 


51 


su herencia. Hemos nombrado a Estados Unidos, na- 
ciente, y a la Francia secular. 

Entonces la política inglesa deriva hacia la defensa, 
en cuanto haya lugar, de los derechos españoles sobre 
estas posesiones. 

Bajo el último 'Carlos y Fernando “el bien amado”, 
tanto ‘se debilita 1a. madre patria, invadida hoy por José 
Bonaparte y mañana por el duque de Angulema, que, a 
fin de evitar peligros mayores, Inglaterra le ofrece, en 
todos los campos, amplio escudo, como, un siglo después, 
para desmontar nuevas supremacías, ayudará sin desmayo 
a Francia en su terrible crisis. La resistencia de Welling- 
ton, en Andalucía, la reedita Haig, en 1914, en Flandes. 

Cuando la revolución extiende su fuego por nuestro 
continente, Inglaterra no demora en apercibirse de que 
el mundo asiste a sucesos definitivos. Su cancillería re- 
chaza la participación que España le ofrece en una con- 
ferencia para considerar los asuntos americanos. La re- 
siste porque en su seno dominaría la Santa Alianza y 
Canning no admite ya la posibilidad de que ella, en re- 
presentación del absolutismo, aplaste a las colonias, más 
que rebeldes, emancipadas. 

Dentro de ese concepto, le propone cordialmente a Es- 
paña que preste su asentimiento a la separación pacífica 
de las nuevas repúblicas. Ein cambio, se compromete a 
apoyar su derecho en -Cuba, que todavía duerme, ajena 
a la sublevación de sus hermanas. Recibe total repulsa. 
A ella replica Canning, con deferencia y lealtad, dispo- 
niendo que el representante británico comunique al go- 
bierno de Madrid que “S. M. se reserva el derecho de 
tomar, a su debido tiempo, las medidas que crea conve- 
nientes con respecto a los diversos estados de la América 
Española, sin comunicarlas previamente a la corte de 
Madrid”. 

Esta nota, de fines de 1823, tiene importancia cardi- 
nal; quizás no se alaba bastante su trascendencia. Sólo 
la supera en alcances, mejor dicho, en su luminosa con- 
firmación, la del 31 de Diciembre de. 1824, que sobra 
para encender una perenne gratitud. 

Duele extractarla, pero a ello nos limitaremos, a fin 
de no apartarnos de nuestro tema. Para que lo trasmita, 
se le dice al ministro inglés en Madrid que su gobierno 



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LUIS ALBERTO PE HERRERA 


ha resuelto reconocer a las repúblicas sudamericanas, ya 
con atributos de tales. En suspenso, por no poseer in- 
formación suficiente, deja el caso de Chile. En cuanto 
al Perú, donde todavía radica el poder español, lo reco- 
noce dependiente de su soberanía. La deficiencia de las 
comunicaciones no permitía saber que, tres semanas atrás, 
se había librado en Ayacucho la última batalla por la 
emancipación de América; aunque, por lo demás, no se 
requería mucha perspicacia para adivinar el final de 
aquel precario imperio. 

Prosigue : ‘ ‘ En lo que se refiere a Méjico y Colombia, 
así como también a Buenos Aires, S. M., velando pater- 
nalmente por el comercio y por la navegación de sus do- 
minios, se ha servido decidir que, en adelante, deben to- 
marse medidas para negociar tratados de comercio. El 
efecto de dichos tratados, una vez ratificados por S. M., 
será el reconocimiento diplomático de los gobiernos de 
facto de aquellos tres países 

La moderación de los términos, tratándose de tan de- 
cisiva y autorizada manifestación, nunca conseguirá dis- 
minuir su inmensa proyección. Nadie lo sabe mejor que 
el genial estadista que, para adquirir derecho de expre- 
sarse así, abriendo válvula al sentimiento agitado de su 
corazón, ha necesitado vencer a su rey, a sus colegas de 
gabinete y a una recia oposición. Por eso, arranca la 
célebre nota: “No debe esperarse que haya delicadeza 
de forma o gentileza de expresión capaz de reconciliar 
a la corte de España con la sustancia de esta comunica- 
ción; pero los ministros de S. M. C. han estado prepa- 
rados para recibirla, desde hace tiempo, tanto por el 
progreso de los acontecimientos, como por el lenguaje y 
la conducta del gobierno británico ”. 

Y es tan definitivo el propósito y tanta la gravedad 
asignada a la actitud, que se cierra la nota, diciendo : 
“ Leeréis este despacho al ministro de S. M. C. ”. Pero, 
a los efectos de nuestro comentario, sólo destacaremos lo 
que allí se alega, con acierto y verdad, sobre las nuevas 
necesidades económicas, sumadas a la evidencia de que 
la metrópoli es impotente para retener sus colonias; “ni 
puede concebirse que una porción tan grande del globo 
continúe sin existencia reconocida o definitiva conexión 
con los gobiernos de Etaropa, cuyos súbditos mantienen 



LA MISIÓN PONSONBT 


53 


un cambio diario con ella, porque se plantearía a dichos 
gobiernos una situación embarazosa y muy perjudicial 
para los intereses de sus súbditos, así como también, en 
general, para las empresas comerciales de todo el mundo ’ 

El inevitable argumento económico se filtra por todos 
los párrafos, pues, si en uno se afirma que “los estados 
de Méjico y Colombia han avanzado gradualmente en la 
consolidación de sus instituciones internas”, en el inme- 
diato se agrega que “el comercio y la navegación de los 
súbditos de S. M. en aquella parte del mundo ha aumen- 
tado en una proporción correspondiente”. Luego, se de- 
clara que en los tratados a suscribir “S. M. ha prohibido 
que se inserte cualquiera estipulación que pueda ser per- 
judicial para el comercio de otras naciones”. 

Esa es la firme orientación de la política inglesa: con- 
seguir que se abran, para sí y para el mundo, los empo- 
rios americanos. A idéntica inflexión obedece la política 
de las demás potencias en condiciones de exportar a tra- 
vés del océano, aunque, como Inglaterra holgadamente 
excede a todas por la importancia de sus flotas mercante 
y de guerra, nadie iguala el peso de sus dichos. 

Durante el ministerio Pitt, a causa del incremento ma- 
nufacturero, acentúase el deseo de robustecer el intercam- 
bio con América, cuyas más tentadoras escalas eran, por 
el Sur atlántico, las márgenes del río' inmenso que da 
salida a varias naciones. 

Por la libertad de las aguas del Plata pugnó siempre 
la cancillería británica; y ese anhelo, consagrado, es tan 
persistente que, a través de un siglo, lo vemos retoñai 
en el formal aserto, hecho en 1905, de que ella aplicaría 
a las aguas del estuario el principio universal de las tres 
millas, al que sigue, en 1915, con la estación en ellas del 
crucero “Glasgow”, durante la guerra europea, sin que 
se oyera la protesta de ningún ribereño. 

Aire y espacio para las ideas y para el libre tráfico 
es lo que siempre, con la naturalidad de las grandes y 
honestas verdades, se proclama y reclama en todo tiempo ; 
y es realmente desconcertante que los mismos que solici- 
taran, a dúo y con angustia, la mediación británica, le 
atribuyeran, luego de consumada, móviles inferiores, que 
nunca tuvo. 

Aún antes de ser expresada, Canning descuenta la 



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LUIS ALBERTO DE HERRERA 


venidera inconsecuencia, escribiéndole a Ponsonby, con 
fecha Noviembre 27 de 1826: “ Tienen mucho dél ca- 
rácter ibérico los habitantes de las fundaciones coloniales 
de España y nada hay en él más llamativo <}ue su fasti- 
dio ante el consejo ajeno y su sospecha ante los servicios 
desinteresados 

Con cierto acaloramiento verbal, reñido con su noble 
equidad, el general Guido llegó a negarlos en el caso de 
las negociaciones del año 28. 

Quizás obedeció a la sincera vanidad que suele apode- 
rarse de nosotros cuando — porque mucho halaga — aca- 
bamos por creernos gestores únicos de un suceso desta- 
cado en el que colaboramos con mérito. 

El primero en reconocérselo a Guido fué el propio 
Ponsonby, escribiéndole desde París, en Marzo 31 de 
1830: “ Espero que concluiréis satisfactoriamente vues- 
tro tratado definitivo con el Brasil, y que he de tener el 
placer de encontrarme allí con los mismos negociadores, 
tan hábiles como de espíritu conciliador, a cuyo empeño 
se debe la gran bendición de la paz obtenida por los dos 
países ”. 

Prodiga generosidad lord Ponsonby, pues, sin desco- 
nocer el ajeno merecimiento, notorio es el alcance deci- 
sivo de su actuación. Nadie mejor enterado que él ; pero 
el modo británico no cuenta entre sus defectos la jac- 
tancia. 


UN RECIENTE LIBRO BRASILERO 

Evidencia meridiana darán a esa fecunda gestión estas 
páginas que, al recoger su brillante correspondencia ofi- 
cial, solas hacen el alegato y glorifican al estadista, al 
diplomático insigne que comprendió, como nadie en su 
época, elevando hasta Canning la sabiduría de su buen 
consejo, con elegante y respetuosa levedad insinuado, el 
generoso porvenir de estas repúblicas. 

Hay algo de puerilidad en el empeño, apuntado aquí 
o allá, de reducir la magnitud del favor entonces recibido 
y jamás por el dador cobrado. 

El coronel Souza Docea, distinguido escritor brasilero, 
incurre, a nuestro juicio, en ese viejo error cuando, en 
su reciente libro sobre la convención de 1828, presenta 



LA MISIÓN PON SONBY 


55 


a la cancillería imperial arrogante y desdeñosa con el 
mediador. 

Sin embargo, al bosquejar el cuadro de las dificultades 
creadas al Imperio por la invasión de los Treinta y Tres 
y por sus conexiones argentinas, declara: “ Sciente o 
governo brasileiro de todas essas medidas sorrateiras 
e perigosas e vendo prestes a irupgáo violenta da guerra 
franca, procurou conjurar-la pedindo a mediagáo do 
governo britannico ”. 

Y prosigue : ‘ ‘ Para isso se dirigiu a sir Charles Stuart, 
aproveitando a oceasiao de se achar esse diplomata no 
Rio de Janeiro no exercicio das funccóes de plenipoten- 
ciario e mediador ñas differengas entre o Brasil e Por- 
tugal, para que extendesse sua intervengan no sentido 
de evitar a guerra entre o Brasil e a Argentina, até que 
o governo inglez, inteirado por seu intermedio do estado 
real dos acontecimientos, interviesse decisivamente no as- 
sumpto”. 

Exacto el cuadro. Pero cuando se plantea una situa- 
ción en tales términos y, en previsión de un conflicto 
bélico, se piden buenos oficios, que se conceptúan deci- 
sivos, para conjurarlo, mal puede suponerse que se trate 
con displicencia a quien deferentemente accede y los in- 
terpone. Y si en semejante forma se procura el auxilio 
de la cancillería inglesa, cuando todavía parece fácil la 
empresa guerrera, ¡qué no decir después de Ituzaingó! 

Al referir el escritor a las conferencias tenidas por 
Ponsonby, en Río, con el canciller brasilero, comenta : 
“ As recusas enérgicas e inteligentes, manifestadas por 
Inhambupe, ferira-o fundo em seu orgulho e accendera- 
lhe n’alma o desejo de fazer a paz entre o Brasil e a 
Argentina, mais como um despique do que como um acto 
de humanidade. Assim perturbado, perdeu a linha e des- 
ceu a pratica de ardís, para a realisagáo de seu desejo”. 

Antes, ya lo ha presentado. ‘ ‘ ferido em seu orgulho”, 
con motivo “das enérgicas e incisivas respostas officiaes 
as suas notas e da attitude' do governo brasileiro em riao 
abrir máo da Cisplatina”. 

De paso, y ante este último aserto, cabría destacar la 
incongruencia que media entre esta declaración sobre la 
resistencia a soltar la Cisplatina — “nao abrir mao” — y 
la tesis del libro, dirigido a probar que nuestra indepen- 



56 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


dencia •es adeudada en mucho al Brasil y en poco a In- 
glaterra; lo que — también de paso — impugnamos, se- 
ñalando cual razón profunda de ese suceso la heroica 
tenacidad de los nativos, porque, como sagazmente lo 
comprendió y dijo lord Ponsonby, leyendo a fondo en 
la entraña del sentimiento artiguista: “ Es una verdad 
indiscutible que a los orientales les disgusta estar some- 
tidos a Buenos Aires casi tanto como al Brasil y que la 
independencia es su más ardiente anhelo ”. 

Así perfílase el pensamiento central: “ O apregoado 
sonho libertario da Argentina pelo Uruguay se transfor- 
mara en pesadello liberticida, de que o despertou para a 
realidade o eco potente do Brasil ao estender, como um 
escudo, sobre a cabera do paiz nascente, sua protectora 
máo ’ \ 

Por ahora, no entramos a apreciar la justeza, o su au- 
sencia, de comentarios tan tendenciosos.* 

Para contestarlos, seguramente bastaría con recordar 
la misión del marqués de Santo Amaro, que fué a Europa, 
en 1830, a gestionar de las potencias autorización para 
apoderarse, otra vez, de nuestro territorio, al año y me- 
ses de reconocerse nuestra autonomía! 

Pero retornemos a Ponsonby. El coronel Souza Docca 
siempre persiste en presentarlo cual agente apasionado 
de una intriga diplomática, y sufriendo correctivo, por 
encima de su excepcional investidura, cuyo señalado ca- 
rácter a menudo desconoce. 

Véase: “ Mais una vez, Ponsonby era repellido em 
seus intentos pela firmeza do gabinete brasileiro na ma- 
nutengo de suas ideas”; “...encontrando inicialmente 
resistencia no Brasil, volta-se para a Argentina”; 
“ . . . desouvido ahí, retornou ao Brasil, por intermedio 
de Gordon”; “...abrasado, porem, pelo despeito, insis- 
tiu na a presenta§áo da proposta mutilada”; “ . . .essa 
impertinencia teve o castigo merecido”; “...sempre, 
porem, arriscou urna insinuacáo ou urna amenaza, vellada 
ou positiva, foi repellido convenientemente”; “ . . .desen- 
gañado assim o illustre lord, arrumou as malas e partiu 
para Buenos Aires, onde nao foi melhor succedido que 
no Brasil”; “...o ministro britannico, do alto de seu 
orgulho olympico, había julgado fútil essa proposito”; 



LA MISIÓN PONSONBY 


57 


“ . . .Ponsonby era pertinaz na mais alto grado’’; “ . . .a 
Inglaterra, por seus ministros, nada podía fazer”. 

En distintas páginas, recogemos estas apreciaciones, 
que pudieran ser calificadas de novelescas, si no las se- 
llara una evidente buena fe y ardorosa, aunque mal in- 
formada, devoción patriótica. Aunque casi nos rectifica- 
mos, porque el propio autor nos entera de que, para es- 
cribir, ha gozado el singular privilegio de examinar, sin 
limitaciones, el archivo de Itamaraty, al extremo de que 
“ os documentos brasileiros de que longamente nos uti- 
lisamos sao, em sua maioria, pela primeira vez revela- 
dos 

Y bien : la dirección crítica tomada por el coronel 
Souza Docca es tan visiblemente desviada, que no se in- 
curre en temeridad afirmando que, si él ha tenido a la 
vista legajos muy copiosos, no ha alcanzado la fortuna 
de penetrar en su espíritu. Quizás agregaríamos que ni 
su letra corrobora los rotundos dichos, por cuanto no se 
acompaña la prueba maciza que los abone. 

Desfilan, en tropel, las referencias fragmentarias, que 
bien sabido es con cuánta docilidad suelen deponer cuan- 
do, a pedazos y con mucho brío, se toma el pensamiento 
de los documentos. 

Es tan firme la obsesión del escritor, empeñado en 
demostrar que nuestra independencia fué gracia del Im- 
perio, retaceada por las Provincias Unidas, que se embe- 
lesa con la versión, verídica y conocida, de que el em- 
perador insistió en que el reconocimiento de nuestra au- 
tonomía fuera absoluto, total, a la misma hora en que 
el gobernador Dorrego la anhelara temporaria. 

Y descuaja del conjunto este episodio final, atribu- 
yéndole una significación decisiva, que np tuvo, como 
que no excedió de una incidencia del desenlace, ya es- 
crito e inevitable. 

La posición, en el tiempo, de las actitudes, les quita 
o les da importancia; a ésta, resueltamente se la quita 
la circunstancia de haberse accedido, en 1828, a lo que 
consumado, en forma históricamente irrevocable, había 
sido ya por la suerte de las armas republicanas y por la 
voluntad heroica del pueblo oriental, que la hazaña ful- 
gurante de Rivera y de sus bravos coronara. 

Se rindió acatamiento, entonces, a lo que con porfiada 
intransigencia se resistiera en 1826 y 27. 


58 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Con giros resonantes no se destruye esta evidencia, 
edificada sobre inapelables papeles oficiales. Decía don 
Pedro I, en su “falla do throno”, el 3 de Mayo de 1827, 
al inaugurar las sesiones legislativas : ‘ ‘ Esta guerra, que 
já da outra vez deste mesmo logar eu vos annunciei sua 
existencia, ainda continua e continuará em quanto a pro- 
vincia Cisplatina, que é nossa, nao estiver livre de táes 
invasores, e Buenos Aires nao reconhecer a indepen- 
dencia da nagao brasileira, e a integridade do Imperio 
com a incorporado da Cisplatina, que livre e expontá- 
neamente quiz fazer parte deste mesmo Imperio 

En persona, bien medido el alcance de sus conceptos, 
así habla el emperador a las cámaras de su país. 

Terminó con estos otros: “ Tornando aos negocios do 
Imperio, estou intimamente persuadido que todos aquelles 
que nao pensam relativamente a elles do mesmo modo 
que nesta minha imperial falla me exprimo, nao sao ver- 
daderamente amigos do Imperio, nao sao imperialistas 
oonstitucionaes, mas sim disfamados monstros, que só 
estáo esperando occasiáo de poderem saciar sua sede na 
sangue daquelles que defendem o throno, a patria e a 
religiáo ”. 

Otro es el lenguaje, un año después. Al iniciar el pe- 
ríodo parlamentario, con fecha 3 de Mayo de 1828, dijo 
el emperador: “ Entabalei negoeiagoes de paz com o go- 
verno da república de Buenos Aires, estabelecendo bases 
para urna convengáo justa e decorosa, como exigem a 
honra nacional e a dignidade de meu imperial throno. 
Se esta república nao acquiseer as disposigóes, mui libe- 
raes e generosas, que atestam a face do mundo a boa fe 
e moderagáo do governo imperial, e mister continuar a 
guerra, e continua-la com duplicada f orga : tal e a minha 
immutavel resolugáo 

Ya estaba en germen la paz y aceptado, en principio, 
el desgaje, lógicamente tan doloroso para el dominador, 
de la Cisplatina, provincia nominal del Imperio desde el 
25 de Agosto de 1825, como que, de esa feeha en adelante 
y para siempre, la voluntad de sus hijos rigió su destino. 

Se cede, no por favor, ni realizando acto magnánimo, 
sino porque los acontecimientos se han eslabonado en 
forma tal que es impuesto someterse y recibir y acatar, 
apesar de cerrar todavía el puño, su formidable veredicto. 




IA MISIÓN X’ONSONBT 


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JORNADA QUE HACE ESQUINA 

Aún el gobierno de las Provincias Unidas intenta dar 
marcha atrás y pleitear soluciones alrededor del hecho 
producido, que irradia su verdad a la misma hora en 
que ambos fronterizos discuten por el codiciado solar. 
Cuentan en su haber los argentinos, batallas navales y 
terrestres; sin embargo, desisten de la acariciada espe- 
ranza de ver flotar su insignia en ambas márgenes del 
Plata. Es que esas jornadas y otros factores han mar- 
eado ruta. Vano afán seguir discutiendo hasta dónde fué 
victoriosa para los republicanos la contienda material li- 
brada en Ituzaingó. Su valor de esencia radica en sus 
consecuencias enormes. Poco interesa a la filosofía his- 
tórica saber si allí se tomaron, o no, cañones .y banderas, 
si son de ese campo las que se guardan en la catedral 
de Buenos Aires y si Alvear durmió esa noche, muy 
convencidamente, sobre laureles. Es cierto que a los po- 
cos días y por tiempo efímero, se apodera de Bagó y sus 
depósitos; pero es también cierto que luego retrocede y 
que, cediendo sin cesar terreno, antes de un mes acampa 
en Corrales, muy al sur del sitio por sus armas hecho 
glorioso. 

Si se quiere, agréguese en su contra, aún más, recor- 
dando el oficio reservado que, désde allí y con fecha 25 
de Marzo de 1827, dirige al ministro de la guerra, ente- 
rándole de la descomposición del mal llamado ejército 
que tiene a sus órdenes, tirando orientales y argentinos 
cada uno por su lado : “La deserción del primer cuerpo 
ha sido horrorosa, tanto que, formándolo dos mil qui- 
nientos hombres, cuando se abrió la campaña, mil es lo 
más que tiene al presente. Es verdad que a esto ha con- 
tribuido sobremanera la conducta observada por el gene- 
ral Lavalleja, conducta que le hace poco honor y de que 
el general en jefe ha sabido aprovecharse para ponerlo 
en la nulidad de que jamás debió haber salido 

Enconada crítica de la rebeldía oriental, de su inque- 
brantable voluntad nativa, y réplica, quizás, a la frase 
aquella de Lavalleja cuando, en rueda de jefes, Alvear 
le reprochara desobediencia a una orden suya: “ ¡Yo 



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LUIS ALBERTO DE HERRERA 


no soy de los generales que miran al enemigo con ante- 
ojos! ”. 

Poco importa todo eso y aún mucho más, fácil de en- 
contrar, si se persiste en el análisis fragmentario de ver- 
siones más o menos verídicas. En cambio, pesa, vale y 
decide la significación trascendental e irrevocable del 
acontecimiento. Ni unos, ni otros, pueden, en definitiva, 
vencer. A la vista queda, bien certificada, esa impoten- 
cia que regirá, fatalmente, el sesgo de los ulteriores su- 
cesos. 

Ituzaingó hace esquina: cambia el curso de la historia 
regional. 

Aunque resalte como un contrasentido, pocas semanas 
después se envía a don Manuel José García a Río, a ne- 
gociar cualquier cosa y de cualquier modo. “Sáquenos, 
a todo trance, de este pantano”, habría dicho el trágico 
doctor Agüero. — “¿A todo trance, señor don Julián?”, 
interrogara el comisionado, replicado, con afirmación : 
‘ ‘ De otro modo caemos en la demagogia y en la barbarie. 
Salvar al país es lo primero. Usted sabe que esta es mi 
opinión”. 

Pecha Abril 19 de 1827 lleva el nombramiento. Justo 
a los dos años del arranque inmortal de los Treinta y 
Tres, acordaba la sapiencia de los hombres de la ciudad 
disponer, entre dos conversaciones diplomáticas, de nues- 
tra suerte y de nuestro territorio, regalado como un pa- 
ñuelo, con olvido de los sacrificios y hazañas que lo un- 
gieran libre! Ya los rectificarían, para bien del ameri- 
canismo, las montoneras federales! 

El fulminante desplome de Rivadavia llamaría a la 
realidad, dando la medida de la aberración tamaña. 

Ese desfallecimiento de los hombres de dogma, que 
tanto han perturbado con sus alternativas extremistas 
la evolución natural de estos países, y por cuyas quime- 
ras mares de sangre se han derramado, originó la humi- 
llación y la paradoja de que los favorecidos por las armas 
pidieran la paz, indecorosa, como si por ellas hubieran 
sido vencidos! 

Desviación incidental, que el estallido rabioso del pue- 
blo en un instante corrige, cual es su costumbre y ma- 
ravillosa virtud, cuando la hora suena. Restablecida la 
lógica de los sucesos; casi lapidado García; caído un ré- 




LA MISIÓN PONSONBY 


61 


gimen; ascendido otro; rota la constitución, mal pegada, 
por el zarpazo de las masas y de los caudillos, de nuevo 
las fuerzas visibles empujan hacia el desenlace impuesto 
por la jornada de Ituzaingó, amén de nuestra irreduc- 
tible rebeldía. 

Desde esa fecha culminante — y ahí radica su tras- 
cendencia — ya nadie piensa, en serio, que los pendones 
imperiales se claven en Buenos Aires, como lo prometiera 
el mariscal Barbacena en su proclama de San Gabriel. 

Pero la enseñanza alcanza también al otro bando, que 
se persuade de su impotencia para avanzar. Hay en- 
cuentros de los que, en cierto sentido, todos salen venci- 
dos. Ituzaingó es uno de ellos. Allí quedó quebrado el 
ensueño militar de ambas partes. 

¡NO SE LLEGARÁ AL PLATA! 

En su comunicado al ministro de la guerra, Alvear 
todavía se abraza a lo imposible: “Si el ejército repu- 
blicano hubiera tenido mil infantes más de los que traía, 
aunque hubiese venido con mil caballos menos, habría 
terminado la campaña a los quince días de su llegada a 
Ballés”!... 

Insiste: “ En un mes estaría en Puerto Alegre, Río 
Grande y Río Pardo ”. Olvida, cuando esto escribe, que 
llena todo el documento la expresión de sus adversidades 
y que lo fecha a muchas leguas a la retaguardia del 
campo donde triunfara. 

Contéstale el general Cruz con una ardorosa incitación 
a la ofensiva, a fondo y resolutoria, ya “que los pasos 
dados por el gobierno para obtener una paz favorable y 
digna no han satisfecho, hasta ahora, el objeto deseado”. 
Porque lo anhela mucho, pide el éxito total, que lleve a. 
la solución: “Mas, para que esto pueda obtenerse más 
fácilmente, es preciso, es urgentísimo, que por la parte 
del señor general no se pierda momento, ni se deje cosa 
por hacer para conseguir cuantas ventajas sean posibles 
sobre el enemigo, destruyéndolo y aterrándolo en cuantas 
partes se presente y haciéndole sentir todos los males de 
la guerra en su propio territorio”. . . 

Todo eso, ansiosamente se demanda de un general que 
dispone de menos de cinco mil hombres, incluyendo los 
milicianos de Lavalleja, que en racimos se van, porque 




62 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


ellos son orientales y sólo por los suyos quieren ser man- 
dados. 

Ilustrativa la respuesta del comandante Ignacio Oribe, 
destacado en Tupambaé, a quien se ordena retorne: “He 
recibido la comunicación de V. E., datada del 5 del que 
rige, en la que me ordena pase con el regimiento a in- 
corporarme al ejército, haciéndome responsable de la me- 
nor demora al cumplimiento, lo que ejecuté con dos- 
cientos hombres que tenía reunidos. Ein la primera no- 
che, se han ido 150. Este motivo me obligó a hacer una 
junta de capitanes y se resolvió dar parte a V. E., por 
cuanto se hacía imposible poner un soldado al otro lado 
del Río Negro, por la notable deserción. Dentro de ocho 
días, veré si puedo reunirlos y convencerlos de la neee- 
( sidad que hay de concluir con los enemigos. Esta deter- 
minación la he creído en beneficio del país, por empe- 
zarse a sentir en el vecindario los males de los desertores. 
Yo espero que V. E. se dignará aceptar esta determina- 
ción en beneficio de la paz y, mucho más, cuando me 
hallo enteramente a pie 

Labrado por el escepticismo, que acabará por domi- 
narlo y llevarlo a la renuncia, Alvear entera del episodio 
al gobierno, diciendo: “ Al poner este hecho en conoci- 
miento del señor ministro, el infrascripto cree darle una 
prueba del estado de anarquía de que aún se resienten 
los orientales y del modo en que se podrá contar con ellos 
para una guerra cuya base es el orden y el respeto a los 
individuos y a las propiedades 

No ; la causa de ese desgano de los orientales era más 
honda de lo que se suponía. Fincaba en su aferramiento 
al ideal autonómico y a la propia tierra. 

Por ahí se va al encuentro de la explicación real, que 
otros talvez esquivan, apenas encubierta por la reiterada 
indisciplina, reprochada a los jefes regionales, cuya cre- 
ciente hosquedad arranca de su desacuerdo con los de 
afuera. Por algo tienen denominación propia, forjaron 
una historia propia y se labraron cauce propio, desta- 
cándose al frente, dentro de los torbellinos iniciales. En 
confirmación de la impotencia de los vencedores de Itu- 
zaingó para intensificar la campaña, recordemos que el 
'general Alvear, al anunciarle al superior el avance .que 
proyecta, a la vez de acariciar esperanzas de triunfo, 




LA MISIÓN PONSONBY 


63 


“siempre que la lucha no se prolongue más allá de cierto 
término”, concluye diciendo que, “si su opinión pudiese 
influir en los destinos de la república, él aconsejaría que 
se hiciese la paz lo más pronto posible, atendidas las cir- 
cunstancias en que ella se encuentra”. Verdad que, en 
el párrafo anterior, declara: “ El señor ministro puede 
asegurar a S. E. el excmo. señor presidente, que el ejér- 
cito entrará a Río G-rande, que perecerá o destruirá 
cuanto se opusiese a su marcha y que sólo dejará de 
conseguirlo si todos sus caballos quedan muertos sobre 
la marcha, lo que talvez no sea extraño que suceda ”. 

Ninguno de los prometidos extremos se cumple: ni el 
ejército perece, ni destruye al enemigo. Simplemente in- 
vade su territorio, toma Bagé, que no resiste, vence en 
Camacuá, a un paso de allí, y retorna al sur. El 13 de 
Abril había proclamado Alvear a sus tropas, al arran- 
carlas al sopor de su campamento de Corrales, y el l.° de 
Junio comunica que retrocede hacia Meló, porque “ha 
creído indicado el momento de desistir del empeño de 
una nueva campaña en el invierno, que no podía conti- 
nuar sin evidente peligro del ejército”. 

Afianza, luego, las razones de su retirada : “ Cuando 
el general en jefe se movió de los Corrales, previo que, 
si no adquiría movilidad, se hallaría en una posición 
falsa, que cada día sería peor y que expondría al ejército 
a una ruina cierta, si el enemigo llegaba a conocer todo 
el mal que podía hacerle impunemente, pues bastaban 
grupos armados de vecinos para destruirlo ”. 

Evidentemente no se está en presencia de un soldado 
tallado en la madera de Bolívar o de Artigas, que en la 
adversidad terrible se crecían, para cosechar nuevas y 
prodigiosas victorias, aquél, para sufrir nuevos contras- 
tes y persistir, siempre igual, en la indomable resistencia, 
éste. Tampoco estamos delante de un caudillo o soldado 
de hierro, como lo fueron, cada uno en su cuerda, Rivera 
y Oribe, u Oribe y Rivera, que siempre serán primeros, 
como quiera que se les coloque. 

Y, en seguida, Alvear se va. Al través de sus notas, 
espasmódicas, se le siente irse. El 28 de Junio de 1827 
renuncia, después de planear en una famosa comunica- 
ción lo que otros tendrán que hacer y que él no hace, 
“pues su responsabilidad eomo general en jefe es muy 



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LUIS ALBERTO DE HEBBEBA 


grande y no podrá en las circunstancias satisfacer a ella 
dignamente ’ 

¡De otro empuje eran los formidables conductores de 
muchedumbres mal armadas que liemos conocido y que 
se repiten — pocas veces — en el pasado dramático de 
ambos pueblos del Plata! 

Al iniciar su efímero avance, particípale Alvear al 
ministro de la guerra que “se pone en marcha, a abrir 
de nuevo la campaña, apesar de los graves inconvenien- 
tes que por todas partes le rodean y que ha expuesto en 
notas precedentes. El espera que este último esfuerzo 
será secundado por la fortuna : que a él deba la república 
la paz con el Imperio”. 

Aspiraciones victoriosas, que no salen del papal, porque 
los acontecimientos han llegado a su punto muerto. 

Las anteriores incidencias guerreras, ni dan ni quitan. 
El romancesco ímpetu de Leonardo Olivera tomando, a 
caballo, con un puñado de gauchos, Santa Teresa, bas- 
tión que parecía inexpugnable, pone broche al año 25, el 
año magnífico de la patria; pero sólo labra una hazaña 
sobre la piedra de la fortaleza colonial. 

La posterior y mayor del general Rivera, en las Mi- 
siones, a pesar de su resonancia, tampoco decide, aunque 
madura el desenlace, que mucho se aproxima desde que 
unos y otros se penetran de que el suspirado triunfo es 
anhelo superior a su orgánica debilidad. 

Como en'Ituzaingó se quiebra esa ambición, pues, si 
unos resultan victoriosos, la realidad histórica y militar 
es que todos salen machucados y convencidos de su im- 
potencia para asumir una ofensiva vital, por eso, tan 
memorable jornada marcó un jalón definitivo, fuera de 
la mucha gloria que reflejara sobre las armas de los re- 
publicanos de ambas orillas. 

De su suelo y por su exclusivo esfuerzo arrojaran, an- 
tes,' los orientales al extranjero, como lo reconoce en su 
nota al Imperio, de Noviembre 4 de 1825, don Manuel 
José García: “ Habiendo los habitantes de la Provincia 
Oriental recuperado por sus propios esfuerzos la libertad 
de su territorio ”... Sin embargo, Sarandí y Rincón, 
aunque arrolladoras sobre el campo, no. resolvían la con- 
tienda entre núcleos tan desiguales. Viva estaba la me- 
moria del sacrificio artiguista, aplastado por el conquis- 



LA MISIÓN PONSONBT 


65 


tador. ¿ No se repetiría el pasado infortunio ? ¿ Era pre- 
sumible que el Imperio' se conformara con tan desairados 
reveses ? 

La intervención argentina en la contienda dió otro 
caudal a la resistencia y el 20 de Febrero quedó compro- 
bado que el rumbo al Plata era infranqueable. 

De ahí, la significación trascendental de Ituzaingó, por 
encima de los rasgos secundarios. 

LA ERRADA VERSION 

De su sentencia pretenden prescindir ambas partes, 
pues si la una se entrega a discreción, cuando la nego- 
ciación García, para librarse, según se cree, de la anar- 
quía, la otra se vuelve airada, clamando por revancha. 
Notorio es el estado de irritación belicosa en que entró 
el emperador a raíz del contraste de sus tropas 1 ; pero no 
tarda en someterse, también, al veredicto de una realidad 
irreparable. 

Empujan en el mismo sentido el relativo fracaso del 
bloqueo, la pertinaz y creciente hostilidad de los corsa- 
rios y serias dificultades internas y diplomáticas. 

¿ Cómo, pues, admitir los conceptos radicales del coronel 
Souza Docca, en cuanto a la índole de la mediación bri- 
tánica y al tratamiento displicente por ella sufrido ? 

Hay en sus asertos, uno, efi que estamos de completo 
acuerdo: “ Quem entretanto, se der ao trabalho de re- 
lancear os olhos pelos nossos archivos diplomáticos, veri- 
ficará que Ponsonby foi recebido e tratado no Brasil, de 
igual para igual ”. 

Inadmisible fuera lo contrario, descontando, desde 
luego, que la cancillería" imperial no lo hubiese tolerado ; 
aunque se impone agregar que jamás el mediador intentó 
violar las leyes de la cortesía en las diversas etapas de su 
larga y laboriosa gestión. 

Pero es candoroso suponer, apesar de la igualdad de 
jerarquías jurídicas, que la palabra siempre tranquila, 
digna y hábil del intermediario, tan encarecidamente 
llamado por los beligerantes, que no sabían cómo salir 
de sus dificultades — por ellas ahogados—, que, esa alta 
palabra, requerida cual consejo de paz, fuera escuchada 
como la de cualquier otro plenipotenciario acreditado 



66 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 

l , 


en la córte y, en correspondencia a su constante genti- 
leza, no provocara prudente y considerada respuesta. 

Sostener lo contrario, va contra toda regla lógica. 
Quien, colocado en apuro, pide con ansiedad ayuda, no la 
recibe, cuando llega, con gesto agrio. Y menos cabe pen- 
sarlo así en el caso de la cancillería imperial, cuyd ca- 
racterística fué siempre la discreción, en ella proverbial. 

No; padece profundo error el coronel Souza Docca, 
cuando presume y afirma cosa distinta. 

Parece imposible que presenté al embajador británico 
desdeñado y casi deshecho por la rigidez del ministro 
Inhambupe; que diga que Ponsonby, vencido, “teve que 
aeceitar o alvitre e entrou em entendimento com sir Ro- 
berto Gordon”. . . ; que persista en que, “assim pertur- 
bado, perdeu a linha e desceu a pratica de ardis”...; 
que aluda a las “enérgicas e incisivas respostas officiaes 
a suas notas”. . ., y, finalmente, que en esta forma sin- 
tetice su juicio sobre la gestión del mediador, después de 
presentarlo repudiado en el Brasil: “ Novamente repel- 
lido aquí, torna a Argentina é consegue, afinal, um 
triumpho ephemero ”. 

No hay eufemismo : desairado aquí y allá, allá y aquí, 
casi como un fugitivo aparece el “pertinaz britannieo” 
que diera “irrita veis mostras do orgulho bretáo”... 

Y bien: tales asertos son sencillamente equivocados. 
En la forma altamente cdhsiderada que procede, rectifi- 
camos al fogoso y distinguido escritor. No es enmienda 
de forma la que le oponemos: atañe a la misma esencia 
de sus dichos. 

Por cierto que no nos atreveríamos a articularla de 
manera tan categórica, si no conociéramos las notas a 
que refiere el señor coronel y si no tuviéramos baje los 
ojos su. copia auténtica en el instante que a ellas refe- 
rimos. 

Nos bastaría, pues, remitirnos a su texto, que llena 
el segundo volumen; pero, ya que el autor concreta el 
comentario sobre algunas, nos adelantamos, aunque sea 
en un pasaje, a la contundente probanza que fluye déla 
copiosa documentación. 

Dice el coronel Souza Docca: “ Intambupe terminou 
stia resposta dedicando apenas cuatro linbas a estirada 
parte final da carta de Ponsonby,- dizendo isto, simple- 



LA MISIÓN PONSONBY 


67 


mente, que é de urna intenso ferina ” ; y sigue una ob- 
servación secundaria, sin la menor importancia, sobre la 
independencia argentina: se ha reconocido la de Buenos 
Aires, no la de las “chamadas Provincias Unidas do Rio 
da Prata”. 

Salvedad ministerial demasiado nimia, que sólo acre- 
dita upa tozudez singular, como que todavía, en 1826, se 
insinúan dudas sobre el alcance de la declaratoria hecha 
en Tucumán, en 1816!. .. 

Sorprende el impetuoso juicio del autor, mucho más 
si se advierte que sólo extracta las dos primeras comu- 
nicaciones cambiadas entre Inhambupe y Ponsonby, ha- 
ciendo simple y mutilada referencia a las ocho restantes, 
en su mayor parte fundamentales, que reflejan honor 
sobre sus signatarios. Dentro de un capítulo de menos 
de treinta páginas de texto holgado, coloca esa extensa 
documentación y su comentario, cortado y tendencioso. 
Para abonarlo y como ejemplo, nos bastaría referir a la 
de Agosto 7 de 1826: con la que al mediador “respondeu 
incisiva e rígidamente o gabinete brasileiro ’ 

Aunque breve, sólo reproduce sus dos últimos párra- 
fos, que nada tienen de incisivos, omitiendo el primero, 
que reza así: “ Tengo el honor de acusar recibo de la 
nota que V. E. me dirigió el 30 del mes pasado, donde, 
en respuesta a la mía del 25 del mismo mes, declina pro- 
poner las bases que yo esperaba que V. E. nos sugeriría 
como las más indicadas para entrar en alguna negocia- 
ción eficaz para poner fin a las hostilidades existentes, 
por desgracia, entre el Imperio y el gobierno de Buenos 
Aires 

De donde se desprende — lo que no menciona el cro- 
nista — que el mediador se ha rehusado a proponer bases 
de paz, pedidas por el propio gobierno imperial. 

Como se ve, presentada la nota en conjunto, se altera 
radicalmente su significado, limpio de toda expresión 
desagradable. En contrario, traído al frente el párrafo 
omitido, se advierte un gran anhelo, muy natural, de 
concluir la guerra, que lleva al extremo de deplorar la 
no presentación de ansiadas bases. Ese mismo espíritu 
flota en toda la correspondencia; y ya que el coronel 
Souza Doeca la presenta incompleta, apremiado, quizás, 
por el carácter rápido de su afanoso escrito, encendido 



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LUIS ALBERTO DE HERRERA 


por la pasión pátriótica, que tantas exageraciones dis- 
culpa siempre, vamos a subrayarla en lo principal. El 
testimonio fehaciente de esos viejos papeles diplomáticos, 
rectificará, con suprema autoridad, los asertos que con 
la mayor cortesía impugnamos. 

El 18 de Marzo del año 26, Canning envía a Ponsonby 
una nota para el ministro de relaciones exteriores del 
Imperio, Inhambupe, que ‘ ‘ debe entregar inmediatamente 
de su llegada a Río de Janeiro”. Para su conocimiento, 
le acompaña copia. Posee verdadero interés esa comuni- 
cación. En ella, Canning anuncia, con todo realce, la 
misión confiada a Ponsonby, en virtud de “las repetidas 
manifestaciones del deseo del gobierno brasilero de que 
S. M. intervenga en esta infortunada querella”. . * Tam- 
bién recalca que “el gobierno de Buenos Aires ha solici- 
tado de igual manera la intervención de S. M. y ha su- 
gerido una base sobre la cual podría abrirse una nego- 
ciación de paz entre los dos poderes beligerantes. Lord 
Ponsonby está encargado de esta obertura. Si aceptada, 
ella puede conducir a la paz, que es el principal anhelo 
de S. ¡M. Si declinada, es de esperar que el gobierno de 
S. M. I. estará preparado para sugerir alguna otra base 
de negociación, en términos tales que lord Ponsonby 
pueda presentarla al gobierno de Buenos Aires”. 

Es indispensable destacar estos conceptos esenciales, 
que rigen el desempeño del plenipotenciario, ya que se 
tiende a desnaturalizar los motivos que gravitaran sobre 
su pensamiento y que decidieron su actitud. 

En nota de la misma fecha, Canning le precisa sus 
puntos de vista sobre la misión confiada a su celo. Es 
poderosa y cordial. Ha escapado al conocimiento del co- 
ronel Souza Docca; pero, incorporada a estas páginas, 
fácil le será al lector apreciar su valor informativo res- 
pecto a los orígenes de la mediación británica. 

Ahora, sólo destacaremos aquellos rasgos que definen, 
con indiscutible exactitud, su significado. 

Afirma que “el deseo del gobierno brasilero del apoyo 
y consejo de S. M. para el arreglo de sus diferencias con 
Buenos Aires, ha sido tan vehementemente expresado en 
la correspondencia que V. E. ya conoce — cuyo extracto 
está incluido en mi despacho anterior — , que S. M. se 
considera autorizado a esperar que la iniciativa tomada 
será debidamente apreciada por S. M. I.”. 



LA MISIÓN PONSONB? 


69 


Ahí está la realidad. Esas palabras son su estrictp 
reflejo. «Así nació la mediación : por apremio de los 
exhaustos contendientes. 

LAS PRIMERAS BASES 

I 

También don Manuel de Sarratea “le había expresado* 
en forma menos oficial, el ansioso deseo del gobierno de 
Buenos Aires de que S. M. interponga su valiosa influen- 
cia ante el gabinete de Río Janeiro”. 

Con esta rotundez se pronuncia, en oficios ajenos a . la 
notoriedad, que sólo cien años después salen del silencio 
y del injusto olvido. 

En esa misma nota, se entera a Ponsonby, para que 
las trasmita al gobierno imperial, , de “ las bases sobre las 
que el gobierno de Buenos Aires está dispuesto a fundar 
un arreglo ” . . . 

Consisten en la entrega de la Cisplatina a las Provin- 
cias Unidas y en el pago al Brasil de una indemnización, 
etcétera. 

Se extiende Canning en sólidas consideraciones sobre 
esta propuesta, que estima equitativa : ‘ ‘ Cualquiera que 
sea la probabilidad de éxito de esta proposición, sería 
muy conveniente someterla al emperador del Brasil ’ ’ , 
Pero a su espíritu claro no escapan las contingencias 
inesperadas que pueden alterar los términos? ,“ De nin- 
guna manera desconozco que si, a su llegada, la suerte 
de las armas hubiera sido favorable a las armas brasi- 
leras, talvez no encontraría inclinación a aceptar esa 
obertura para entrar en negociaciones, pro paz, de una 
manera sincera y formal ”. 

Pesa, luego, las razones que talvez el Imperio oponga 
y certeramente las contesta. Una de las más valederas 
será la referente a la libre navegación del gran río, pre- 
sumida en riesgo, por “el poder que le daría a Buenos 
Aires la posesión de ambas márgenes del Río de la Plata ’ \ 

Siempre refiriendo a nuestro territorio, agrega: “ No 
puede negarse, por consiguiente, que, suponiendo le fuera 
transferido a Buenos Aires, mediante una compensación 
pecuniaria convenida con el Brasil, sería, además, razo- 
nable que se tomaran todas las precauciones justas, según 
estipulaciones precisas, en el tratado de arreglo, a fin de 
asegurar al Brasil un ininterrumpido goce de la nave- 



70 


LUIS ALBERTO LE HERRERA - 


gación del Río de la Plata. S. M. no rehusarla prestar 
su garantía para la estricta observancia de tales estipu- 
laciones, si le fuera requerida ”. 

Nada sospechable hay en tales manifestaciones. Se ha 
hecho lugar a un requerimiento de pacificación y, en el 
afán sincero de cumplirlo, se plantean las fórmulas de 
solución oídas y recibidas. 

De ahí que siga: “ Se ha sugerido, como V. Ei. está 
ya enterado, que Montevideo, o toda la Banda Oriental, 
con Montevideo por capital, podría ser erigida en un 
estado separado e independiente. Nosotros no estamos, 
aquí, en condiciones de juzgar hasta dónde semejante 
arreglo sería practicable y hasta qué punto el territorio 
y población de ese nuevo estado estarán capacitados para 
adquirir y acertadamente desenvolver una existencia po- 
lítica independiente. Con respecto a este arreglo, V. E. 
no debe ofrecer la garantía de S. M., ni alentar ninguna 
demanda en ese sentido ”. 

Estas palabras son de Canning : su firma las certifica. 
Huelga mentar su importancia ilustrativa. Contra lo que 
a menudo se ha supuesto, resulta que la idea de la inde- 
pendencia oriental le fué sugerida a la cancillería inglesa, 
que la recibe sin calor; en contrario, quitándoselo, por 
cuanto prohibe a sú plenipotenciario que preste la ga- 
rantía de su país, si ella se consuma. Este aserto quizás 
parezca inconciliable con la afirmación, verdadera, de 
que Inglaterra concurrió eficientemente al reconocimiento 
de nuestra autonomía; sin embargo, sólo apunta un as- 
pecto inicial de la negociación, que pronto se modifica. 
¿Por la presión de nuevos motivos? ¿Bajo el imperio de 
circunstancias sobrevinientes ? No lo podríamos asegurar ; 
pero nos permitimos no creerlo así, por cuanto Canning 
le entrega a Ponsonby dos fórmulas de transacción: con 
tal de alcanzarla, cualquiera de ellas, u otra, será buena. 

Vale la pena comprobarlo ya que, a impulso de una 
impresión apurada, o defectuosa, se repiten, a menudo, 
frases hechas sobre la mediación británica, atribuyéndole 
un carácter avieso, que estuvo muy lejos de poseer. 

Con claridad bien explícita, definió Inglaterra su po- 
sición. El primero, como el último día de su gestión 
amistosa, habló el mismo lenguaje, diciendo siempre a 
ambos beligerantes que, para su propia salud, debían 
transar las diferencias pendientes. 




LA MISIÓN PONSONBT 


71 


¿Puede achacársele culpa por la inevitable repercusión 
de los éxitos nativos, culminados por Ituzaingó y las 
jornadas navales? ¿Acaso Canning ya no aludiera a ese 
azar ? 

En resumen, si el Imperio perdió la -Cisplatina, fué 
porque le faltó fuerza para retenerla; y si de las manos 
de las Provincias Unidas también escapó, fué, igualmente, 
porque éstas no pudieron conservarla. En lo íntimo, las 
dos se reservaban el derecho de recuperarla. 

Es, por lo demás, halagadora para nuestro patriotismo 
la certificación de que al hecho consumado de la criolla 
y triunfante rebeldía tuvieran todos que adaptar su cri- 
terio y su conducta. 

Por esfuerzo propio, habían los orientales arrojado de 
su suelo al conquistador, cuyo último retroceso sobre 
Montevideo y la Colonia era el signo de su derrota, sin 
posible reparación. 

Esa acción vital y el gobierno establecido, como con- 
secuencia, impusieron soluciones, aunque su precio fuera 
la pasajera incorporación a otra soberanía. 

Por encima de detalles, ahí radica la fuerza de la fa- 
mosa declaratoria del 25 de Agosto y la trascendencia de 
fecha tan central y sustantiva, grabada a fuego en nues- 
tra historia por hazañas y abnegaciones que en vano se 
pretendiera neutralizar por las cancillerías. 

Ideal truncado en los días trágicos y tan gloriosos de 
la odisea artiguista, renace en el poema de los Treinta y 
Tres. ¡Esta vez saldrá, entero, de las entrañas del sa- 
crificio ! 


NEGACIÓN DE LA GARANTÍA 

Y nótese que, si Canning autoriza al mediador a ofre- 
cer la garantía de Inglaterra, en el caso de mantener las 
Provincias Unidas su dominio sobre nuestro solar y para 
asegurarle al Brasil la libre navegación del Plata, le or- 
dena, del mudo más terminante, que la niegue, en el caso 
de nuestra independencia. Antecedentes que arrojan luz 
sobre el pasado, oscurecido por versiones tendenciosas 
y que muestran a nuestros mayores afianzando nuestra 
emancipación por su hercúleo esfuerzo e infatigable vo- 
luntad. Abierto el cauce, por él corren sucesos decisivos, 
configurados por su torrente. Adquirida tenían ellos la 


72 


LUIS ALBERTO Í)E HERRERA 


libertad, bien agarrada contra el pecho. ¡ Ardua empresa 
arrebatarle lo suyo a una raza viril, criada en lá prueba ! 
El hueso era duro y hubo que abandonarlo: llamado el 
apartador, la tratativa, honorable para todos, oerró el 
proceso. 

Jamás habría mencionado Canning esa solución, si 
hasta él alguien no hubiera llevado noticia de Sarandí 
y Rincón y de sus frutos redentores. 

Incurre en algún error el coronel Souza Doeca cuando 
escribe: ... “ e veem af firmando aos> pes juntos, histo- 
riadores platinos e brasileiros, que Ponsonby propoz, ao 
mesmo tempó, ao governo brasileiro, a cessáo da Provin- 
cia Cisplatina as Provincias Unidas do Prata, mediante 
indemnisagáo pecuniaria ou a independencia daquella 
provincia, que devia ficar em situagáo semelhante a das 
cidades hanseáticas. Nao era curial que possem conjun- 
tamente propostas essas duas bases, como Vem sendo af- 
firmado, e nao foram. Nao constam ellas da nota official 
de Ponsonby, nem de sua carta confidencial de 4 de Ju- 
nho de 1826 

Asómbra tan categórica negación cuando, precisamente, 
de todos los párrafos de esa brillante y bien articulada 
comunicación brota el alegato en favor de la indepen- 
dencia oriental. 

Nos remitimos al texto íntegro del notable documento, 
más adelante reproducido, sin perjuicio dé reproducir, 
ahora, algunos giros, que ratifican este aserto. 

A título de hacerlo en privado, deja el mediador que 
se expanda su vigoroso pensamiento: “Me dirijo a V. E., 
en gran parte, como a un particular e invoco ese con- 
cepto para que todo lo que diga quede completamente 
confidencial entre nosotros; y quito de mis cualidades 
públicas tanto cuanto pueda ser necesario para mante- 
nerme libre de aparecer mezclándome en asuntos que no 
me conciernen”. 

Insiste en la cordial excusa: “ En una palabra, le 
hablo a V. E. como lord Ponsonby y lo hago con el in- 
terés y el conocimiento que poseo del caso cómo repre- 
sentante de mi soberano; y como esta carta no ha sido 
escrita para S. M. I., no me será necesario vestir mis 
ideas con el lenguaje ceremonioso que su dignidad au- 
gusta me impondría, de otra manera, usar. Entro, pues, 
á mi recapitulación ”. 




LA MISIÓN PONSONBY 


73 


Hábil y elegante preliminar, seguido de una exposi- 
ción, iluminada por la pasión generosa, que procura 
convencer, cuyos argumentos se ligan naturalmente, den- 
tro de la más irreprochable cordialidad y siempre ten- 
didos hacia la tesis principal, o sea la necesidad, para bien 
de todos, de alcanzar la paz. ¿De qué modo conseguirla! 
Pues rindiéndose a lo inevitable : resignándose a la pér- 
dida de la ¡Cisplatina. 

“ En nuestra primera conversación, me tomé la liber- 
tad de recalcar a V. E. mi deseo de evitar una discusión 
sobre los derechos de S. M. I. al territorio de la Banda 
Oriental y a la ciudad de Montevideo. ” 

Entonces “abordé el examen (sin ninguna referencia 
a derecho) del valor que tenía para el Brasil el dominio 
en disputa, como un bien, si fuese detenido, y como un 
perjuicio, si fuese abandonado . \ 

Así, de plano, entra a la cuestión :\“ Lo que sé del 
asunto es suficiente para permitirme decir, y aún creer, 
que el valor de la Banda Oriental y ciudad de Montevi- 
deo es para el emperador de poco volumen e importan- 
cia 

El tema rueda siempre sobre el territorio discutido, 
que tanto cuesta dejar. Corrección impecable de fondo 
y de forma. “ De nuevo a lo que refiere al honor de 
S. M. I. Se -dice que el honor de S. M. I. lo obliga a la 
prosecución del fin que se ha propuesto alcanzar, es de- 
cir, el sometimiento de los rebeldes a su autoridad legí- 
tima. Seguramente S. M. I. está demasiado elevado por 
su propio valer y por lo que ha hecho en las más nobles 
empresas humanas para ser afectado en su honor por el 
trivial concepto de mantener, o no mantener, determi- 
nado acto político, al que está comprometido por obli- 
gaciones morales ”. 

Corre fluida la frase, “en términos de la más perfecta 
franqueza y con cuidado escrupuloso de que, por una 
mal entendida delicadeza, no aparezca debilitada la plena 
y libre expresión de mis pensamientos, o alterada la ver- 
dad y su pureza en lo más mínimo. Y. E. no sólo me ha 
concedido esta libertad, sino que ha tenido la bondad de 
desearla y, ciertamente, yo me consideraría indigno de esa 
muestra de confianza, si no hablara libremente, aun en 
los términos más vigorosos, sobre asuntos en los cuales 
van envueltos el bienestar de este país, su futuro destino, 



74 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


el carácter de las instituciones políticas de Sud América 
y, posiblemente, aún la paz de Europa”. 

Trazos elocuentes y felices, aun arrancados, sin arte, 
de la nota poderosa en que engarzan. Ellos permiten 
aquilatar las altas aptitudes diplomáticas de lord Pon- 
sonby y demuestran el error en que incurre el coronel- 
Souza Docea. ¿ Cómo sostener, en presencia de conceptos 
tales, que el mediador nada dijo en su carta del 4 de 
Junio — sólo por revestir carácter confidencial puede 
denominarse así a documento de tanto lastre^— respecto 
a la independencia uruguaya, cuando ese y no otro es 
el asunto, absorbente, que llena sus copiosos pliegos? 

Sin embargo, ratifica: “ Na carta citada, entretanto, 
nenhuma referencia ha. sobre a segunda parte da pro- 
posta ”. . . ; es decir, respecto a. nuestra constitución en 
estado independiente, que figuraba luego, como lo hemos 
apuntado, en las instrucciones enviadas por Canning. Lo 
reconoce y precisa el autor: “ Das instrucgoes dadas por 
Canning a Ponsonby, en 28 de Fevereiro de 1826, cons- 
tava effectivamente aquella segunda parte. Ponsonby, 
entretanto, a annullou, conforme já referimos, negan- 
do-se obstinadamente a apparecer como proponente. So- 
mente mais tarde, de modo indirecto e por intermedio da 
Argentina, como se ha de ver, foi que suggeriu a inde- 
pendencia do Uruguay ”... 

De manifiesto hemos puesto el error — los errores — 
contenidos en sucesivos asertos. Probablemente, el deseo, 
muy sincero, de atribuir a su emperador la iniciativa a 
favor del reconocimiento de nuestra autonomía, idea que 
es la tesis de la obra, conduce al escritor entusiasta a 
mirar los sucesos, en más de un pasaje, como ellos no 
fueron y a leer con apuro los documentos que la con- 
tradicen. 

. Porque ellos, en la incidencia, deponen en oposición 
con quien tan erradamente traslada al papel su testimo- 
nio, por cuanto las cosas ocurrieron al revés de lo que 
tan briosamente se ¡asegura, sin detenerse a pensar que 
serio fundamento habrán tenido para aseverarlo así, ‘ ‘ aos 
pes juntos, os historiadores platinos e brasileiros ”. 

Efectivamente, en vez de no aludir a la segunda parte 
de sus instrucciones, o sea a nuestra emancipación, Pon- 
sonby la pasa al primer término y de ella hace el eje de 
sus alegaciones. 




LA MISIÓN PONSONBY 


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No sabemos por qué; pero así fué. Talvez, ya en el 
escenario, comprendió que la solución estaba por ese lado : 
que era la más fácil y la única factible. Sin tampoco 
abrazarse a ella con exclusividad, obsérvese bien, pues, 
cuando la negociación García nos reintegra al Imperio, 
el mediador aconseja al gobierno de las Provincias Uni- 
das que apruebe tal acuerdo.' 

ACTITUD DE INHAMBUPE 

Antecedentes que procede evocar y que consolidan el 
concepto de que la independencia no la adeudamos los 
orientales al favor de nadie y, sí, y en primera línea, a 
la férrea voluntad autonómica de nuestros mayores, que 
crearon, con su varonil empuje, acontecimientos ^ con- 
secuencias definitivas, muy reñidos con la conveniencia 
fría de los demás. 

.Referimos sobre todo a los limítrofes, qire avanzan y 
retroceden en sus actitudes, como es lógico, según se en- 
sanchan o estrechan sus probabilidades. 

En cuanto a Inglaterra, actúa con el honesto y repo- 
sado anhelo de alcanzar la paz. Sabe que sólo por ella 
realizarán su destino las nuevas naciones, y le alónente la 
procura. La fórmula que la consiga, con decoro eomún, 
será la mejor. 

Colocado sobre el terreno, lord Ponsonby se apercibe 
de que nuestra independencia — ya consumada por las 
armas y que sólo demanda sanción escrita — es la más 
viable de las soluciones, como que a nadie adjudica la 
victoria. 

En tal sentido, dirige su gestión. El coronel Souza 
Docca la niega. Para hacerlo así, remonta la corriente 
de todas las versiones, . sin allegar nuevos elementos de 
convicción: se reduce a recorrer, a contrapelo, las notáis^ 
cambiadas entre Inhambupe y Ponsonby, conocidas, por 
lo menos, en sus líneas generales. Con la diferencia, fun- 
damental, de que les arranca una filosofía que no tienen : 
rebatida por su misma letra. 

Sin incurrir, pues, en ligereza, existe plena razón para 
rechazar sus afirmaciones, bajo tacha de equivocación. 
Para dar mayor relieve, si necesario fuese, a su yerro, 
podríamos referirnos a la nota oficial que Ponsonby le 



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LUIS ALBERTO BE HERRERA 


pasa a Canning* en Mayo 26 de 1526, enterándole de la 
conferencia celebrada ese mismo día. con el. ministro de 
relaciones exteriores del Imperio, vizconde de Inhambupe, 
‘ * para informarle de que, por mandato del rey, mi señor, 
era portador de proposiciones sobre euya base podrían 
abrirse negociaciones de paz entre el Brasil y las Pro- 
vincias Unidas del Río de la Plata”. 

El segundo párrafo alude, invariablemente cortés, al 
‘ ‘ pedido del gobierno brasero del- concurso de S. M. para 
alcanzar el término de 1* querella con Buenos Aires”. 

Así raya en el tercer» • ‘ ‘ Expuse la proposición becha 
por el gobierno de Bu<mos Aires : la insinuación de hacer 
de la Banda Oriental un estado independiente, teniendo 
a Montevideo por capital, y la esperanza de mi gobierno 
de que el gobierno brasilero haría alguna proposición 
propia, a fin de iniciar las negociaciones de paz, si es 
que la proposiciór y la insinuación anunciada no le fue- 
ran satisfactorias- Sabía que el ministro estaba en per- 
fecto conocimiento de todo lo que yo estaba encargado 
de proponer!^ • 

Con toda ytecisión está articulado el pensamiento. Im- 
posible abluirle vaguedad. El ministro Inhambupe, 
que, segía afirma Ponsonby, no ignoraba cuál sería su 
obertip», dijo que “aprovecharía la primera oportunidad 
parajtrasmitir a S. M. I. la proposición formulada y que 
me hurí a conocer rápidamente SU determinación al res- 
pecto ’ 

víjuego, Inhambupe aborda el tema: “habló con bas- 
cante amplitud sobre la historia de las relaciones entre 
el Brasil y los habitantes de Montevideo y la Banda 
Oriental”. Refiere a su reconocimiento de la dominación 
imperial, aunque, “sin embargo, hizo poco o ningún hin- 
capié en los derechos del Brasil a la posesión de aquella 
ciudad y territorio”. 

Añade el mediador: “ Me' abstuve de combatir esos 
argumentos, aúnque fácilmente pude haberlo hecho, cre- 
yendo más oportuno tratar, antes de recurrir a esas me- 
didas, de inducirlo a considerar la actual situación' del 
Brasil y a examinar el hecho de si era ó no ventajoso 
para el emperador mantener su posesión de lá Banda 
Oriental ”. 

Ante tan certificada constancia, ¿ cómo admitir el de*- 


LA MISIÓN PONSONBY 


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safuero opuesto por el coronel Souza Docca a la más 
establecida y cierta versión, autenticada por la voz, ya 
sin eco pasional y fría — por eso más valedera — de las 
notas oficiales? 

Apartándose de su testimonio, apesar de citarlo tanto, 
insiste: “E inxacto que a habilidade da mediagáo ingleza 
cónsistise, era 1826, na proposigáo do reconhecimento da 
independencia do Uruguay, porque lord Ponsonby ini- 
ciou sua mediagáo, no Rio de Janeiro, en Maio de 1826, 
propondo, nao o reconhecimento da independencia do 
Uruguay, mas a reincorporagao deste as Provincias Uni- 
das, mediante urna indemnigáo pecuniaria do governo de 
Buenos Aires ao Brasil 

Es cierto esto y es cierto aquello. Las dos proposicio- 
nes brotan, clarísimas, de labios del mediador, siendo 
afianzada la primera — es decir, la de nuestra indepen- 
dencia — por abundantes razonamientos, que muy leal y 
definidamente se exponen. 

Por eso, resulta sorprendente otro extravío crítico del 
señor coronel, que así se manifiesta: “ A velha raposa 
britannica percebeu talvez a cilada, e para nao se desco- 
brir e com o fim de esvaeeer duvidas, preferiu, embora, 
annullando a segunda parte de suas instrucgoes com re- 
lagáo a independencia do Uruguay, preferiu, como dizia- 
mos, declarar que nao se aehava autorizado a fazer pro- 
posigáo específica para negoeiagáo da paz 

Tales afirmaciones quedan reducidas a simples y rui- 
dosas palabras, ante la comprobación documentada, dé 
irrefutables acentos. 

No hubo celada, ni nada semejante. Concretas las ins- 
trucciones emanadas de Canning, con fidelidad interpre- 
tadas y cumplidas por Ponsonby. En conversaciones pre- 
liminares con Inhambupe, en la nota inmediata — de Ju- 
nio 4 de 1826 — y en las subsiguientes, el mediador siem- 
pre alude a nuestra segregación del Imperio, ya como 
país independiente, ya como reincorporado a las Provin- 
cias Unidas. 

Incurre, por lo demás, el autor en un visible error 
cronológico y trabuca las notas y su significado conjunto 
cuando asevera que el mediador se rehusó a hacer pro- 
posiciones de paz. 



78 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


I Si desde la primera conversación con el canciller im- 
perial las articula, como venimos de verlo! 

¡ SÍ la extensa y poderosa nota referida, del 4 de Junio, 
es un constante alegato en favor de la paz y de la única 
base considerada factible, o sea nuestro desprendimiento 
territorial, en una u otra forma! 

Así se le plantea el caso al ministro Inhambupe, de 
viva voz y también por nota, sólidamente fundada: “ Mí 
gobierno ha sometido al gobierno del Brasil las propo- 
siciones hechas por el gobierno de las Provincias Unidas 
del Plata, porque lo juzgá apropiado para producir un 
resultado feliz para ambas partes. Mi gobierno ha su- 
gerido otra base, posible, sobre la cual podrían fundarse 
negociaciones, y ha expresado, además, la esperanza de 
que el gobierno brasilero hará alguna propuesta para 
iniciar negociaciones de paz, si la ofrecida, en nombre 
de las Provincias Unidas del Plata, y la sugerida por mi 
gobierno, no fueran satisfactorias al gobierno de S. M. I.” 

¿Cómo negar, pues, en presencia de estas categóricas 
oberturas, que el mediador no propuso bases de arreglo? 
Las dio, las explicó y elocuentemente las sostuvo. Lo que 
se olvida es que, luego de oídas y de controvertidas, fue- 
ron desechadas, avanzándose otras, que Ponsonby consi- 
deró, de plano, inaceptables, como lo eran. 

Sin rodeos, lo expresa en el citado oficio : ‘ ‘ Mencioné 
a V. E., en nuestra conversación, con la franqueza a que 
es acreedor, los temores que yo tenía de que la base 
que V. E. me enunció como la que el gobierno brasilero 
deseaba que yo llevase a Buenos Aires y sobre la cual 
quería comenzar negociaciones de paz, era de tal natu- 
raleza que no podía pensarse, de ninguna manera, que 
tuviera la menor probabilidad de éxito, y que yo mismo 
dudaba si me sería posible, dentro de mis instrucciones, 
consentir en ser su portador ”. 

I En qué consistía la contrabase, motivo de esta anun- 
ciada repulsa? Ya lo hemos dicho: en la oferta del re- 
conocimiento del gobierno de las Provincias Unidas, a 
cambio del reconocimiento, al Imperio, de su soberanía 
sobre nuestro territorio. 

Era natural que el mediador se rehusara a ser mensa- 
jero de semejante extravagancia, más cercana del agravio 
que de una solución cordial: “que no solamente la creía 




LA MISIÓN PONSONBY 


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ineficaz, sino tan evidentemente ineficaz, que era más a 
propósito para aumentar en Buenos Aires la irritación 
que para conducir a la restauración de sentimientos amis- 
tosos”. 

Se ceñía, no sólo a la cordura, sino también, y sobre 
todo, a sus instrucciones. La cordura, le inducía certe- 
ramente a escribir: “ S. M. el rey, mi señor, me ha or- 
denado ser el portador de tales proposiciones del Brasil 
al gobierno de las Provincias Unidas del Plata; pero es 
innecesario decir que las bases que lleve de aquí a Bue- 
nos Aires un ministro de S. M. el rey de la Gran Bretaña, 
en su nombre y por su orden, deben ser tales que tengan 
probabilidades de producir algún resultado pacífico : no 
deben, pues, ser meras palabras o un obvio recurso para 
eludir los manifiestos deseos de un aliado tan allegado 
y de un monarca tan poderoso ”. 

Sus instrucciones, bien explícitas, también le marcaban 
esa línea de conducta: “ Si la proposición del gobierno 
de Buenos Aires no es aceptable para el de Río de Ja- 
neiro, toca a los ministras brasileros, a menos de que ellos 
estén dispuestos a arriesgarlo todo — aun la suerte misma 
de los azares de la guerra — sugerir alguna modificación 
de esta propuesta y otras bases sobre las cuales la nego- 
ciación para el arreglo de los puntos en litigio pueda ser 
establecida. No corresponde al gobierno británico sugerir 
determinada contraproposición; pero V. E. trasmitirá al 
gobierno de Buenos Aires cualquier proyecto del gobierno 
brasilero capaz, según el criterio de V. E., de conducir, 
en algún modo, a la feliz terminación de las hostilidades. 
Queda librada a su discreción la apreciación de este 
asunto, inclinándose a recibir la comunicación, para Bue- 
nos Aires, de cualquier proposición que no sea absoluta- 
mente de carácter ofensivo 

Poseía semejante carácter, no permitiendo, siquiera, 
iniciar el debate, por ser inaceptable, la formulada alre- 
dedor del reconocimiento de la independencia argentina. 

Ya que se omite el recuerdo de este episodio, cuya reve- 
lación pone en su centro el asunto, es necesario reproducir 
los dos primeros párrafos, muy ilustrativos, de Ponsonby 
a Canning, en su nota de Junio 5 de 1826: “ El l.° de 
Junio tuve una entrevista con el vizconde de Inhambupe, 
a mi pedido, en la que me informó que S. M. I., habiendo 



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LUIS ALBERTO DE HERRERA 


tomado en consideración la proposición del gobierno de 
Buenos Aires, de la cual era portador, y la sugestión 
formulada de erigir a la Banda Oriental, con Montevideo 
por capital, en estado independiente, había decidido re- 
chazar la primera y no adoptar la segunda; pero que, 
en conformidad con los anhelos de S. M. B., el gobierno 
de S. M. I. había preparado una proposición propia, que 
deseaba que yo trasmitiera al gobierno de Buenos Aires, 
como base para fundar negociaciones de paz. 

“La propuesta fué hecha en los siguientes términos 
(los tomé por escrito de boca del señor ministro y luego 
se los leí, a fin de asegurarme de su perfecta exactitud ; 
la redacción francesa es del vizconde) : «Sa. Magosté Im- 
periale reconnait la Banda Oriental comme partie inte- 
grante de son empire; et S. M. I. recomnaitra la Confe- 
deraron des Etats Unis de la Plata». 

“ Expresé, en los términos más suaves,’ mi sorpresa 
por la anterior propuesta y la imposibilidad de que ella 
llevara a un arreglo amistoso; y le insinué, ligeramente, 
mi duda de que yo pudiera ser su portador ”. 

Y así sigue el oficio, transparente por la serena efi- 
ciencia de sus razonamientos. 

Como puede, por lo demás, apreciarse, a cada rato 
aparece mencionada y sustentada por el mediador la 
idea de constituir a la Cisplatina en nación indepen- 
diente, contra la rotunda y errada denegación del coronel 
Souza Docca, que todavía la amplifica cuando presenta 
a Ponsonby esquivo y rehusándose a formular bases de 
paz. Cita, al efecto, su nota de Julio 30 de 1826; pero 
sin relacionarla con las anteriores. Ella contesta la de 
Inhambupe, de 29 de Julio, que éste cierra diciendo: 
“ Sin embargo, si V. E. juzga que hay, a su juicio, al- 
guna manera de poner término a la guerra, por medio 
de negociaciones, espero que V. E. me enviará, por es- 
crito, la base que considere preferible para alcanzar un 
fin tan ventajoso, y yo me apresuraré a llevarla al co- 
nocimiento imperial, para trasmitir, luego, a V. E. su 
determinación ’ ’. 

Posiblemente, para argumentar como lo hace, el autor 
sólo tuvo presente la parte en que Ponsonby replica : 
““el abajo firmado se considera impedido, por su posi- 
ción, de tomar sobre sí el sugerir al gobierno brasilero 




LA MISIÓN PONSONBY 


81 


alg una proposición que sirva de base para fundar esas 
negociaciones de paz ”. Quizás escapó a su apreciación 
el párrafo final, referente siempre al arreglo : “El abajo 
firmado tiene la desagradable necesidad de manifestar 
que no ve en la contraproposición presentada por él go- 
bierno brasilero el menor síntoma de tal posibilidad ”. 

De esta nota, que, sola, lo refuta, como que, si hubo 
contrapropuesta imperial, obligadamente debió ser pre- 
cedida de una proposición, deduce el coronel Souza Docca 
que ©1 mediador “preferiu declarar que no se achava a 
fazer proposito específica”. . etc. 

Juicio tan perentorio como inexacto. Hemos acumu- 
lado transcripciones que así lo acreditan. 

Pero aún podríamos agregar que la negativa del me- 
diador de llevar a Buenos Aires la inaceptable contra- 
oferta imperial — varias veces mencionada — , determinó 
otra nueva, también sin mayor asidero, pero más ate- 
nuada. 

En nota del 10 de Junio, Inhambupe, luego de una 
extensa réplica, le dice a Ponsonby que “S. M. el em- 
perador, deseoso de poner término a esta contienda, en 
beneficio común, y apreciando, sobremanera, la media- 
ción de la Gran Bretaña en asunto de tanta trascenden- 
cia, me autoriza a decir a Y. E. que la base de paz es 
que Buenos Aires reconozca, simple e ilimitadamente, la 
incorporación del estado Cisplatino al Brasil, como parte 
de este Imperio ; y, en compensación, Montevideo será 
declarado puerto libre para todas las naciones. Además 
de esto, su puerto será un abrigo para los buques de 
Bjienos Aires, sin pagar ningún derecho, y, sobre esta 
base, se hará un tratado de paz ”... 

Natural que llegara a fórmula tan alambicada después 
de haber sentado “la absoluta necesidad en que nos en- 
contramos de retener in perpetuum la provincia de Mon- 
tevideo y de no cederla ni aun en la más pequeña parte ’ ’. 

No en vano contesta Ponsonby, por nota de Junio 12, 
diciendo : ‘ ‘ pero debo tomarme la libertad de confesar el 
profundo dolor que siento al no encontrar en la propo- 
sición de que S. M. I. me hace el honor de hacerme por- 
tador ante los Estados Unidos de la Plata, nada que 
pueda, probablemente, llevar a una sólida pacificación”. 

Mas es tan grande el deseo de concurrir a una solución 



82 


LUIS ALBERTO DE HERSEKA 


cordial, que agrega: “ V. E. puede, sin embargo, quedar 
completamente seguro de que no ahorraré ningún es- 
fuerzo para promover cualquier proyecto que tenga por 
objeto la restauración de lá paz, en condiciones justas, 
beneficiosas y favorables”. 

Por tal no tiene la que se le. bosqueja. No vacila en 
insinuarlo, aunque siendo aceptable como punto de par- 
tida, al revés de la primitiva que se le ofreciera, consiente 
en ser su portador: “ Pido a V. E. que me trasmita la 
proposición que S. M. I. ha determinado confiarme, en 
forma que yo pueda hacerla conocer auténticamente en 
Buenos Aires ”. 

A este cambio de impresiones, con membrete “confi- 
dencial”, suceden notas que recogen, con mayor empaque, 
su espíritu. 

En nota informativa a Canning, de Junio 13, Ponsonby 
alude a la respuesta de Inhambupe y escribe: “ En ella 
está contenida la proposición que el gobierno brasileño 
ha resuelto enviar al gobierno de la Plata. Creo que es 
suficientemente distinta de lo que fué — en estilo, por 
las adiciones hechas — como para autorizadme a ser su 
portador y que pueda ser ventajoso para la paz hacer, 
por lo menos, alguna obertura ”. Más adelante, la define 
“aunque, en sí misma, casi fútil”. 

En presencia de estos testimonios documentales, que 
podríamos ampliar, sólo por confusión cabe suponer ba- 
tido al mediador en Río de Janeiro y negándose a for- 
mular bases de paz. De entrada, las articuló, y es recién 
cuando tropieza con la intransigencia oficial, o, mejor 
dicho, imperial, que opta por dejar a la cancillería de 
Río dentro de las dificultades nacidas de sus exageradas 
demandas. Entonces, se limita a ser mensajero de una 
propuesta que considera banal, pero que señala un prin- 
cipio de negociación. Al tomar, aislada, esta frase de 
un a nota, también aislada, con olvido de las iniciales 
bases propuestas, el coronel Souza Doeca se desvió, sin 
advertirlo, de la evidencia histórica» 

Con fácil entusiasmo y sin cuidarse demasiado del or- 
den cronológico de los sucesos, llega a conclusiones extra- 
viadas, cuya falla fundamental se le escapa. La suelta 
fantasía cruza, al galope, por los dominios de la inves- 
tigación, prefiriendo el camino travieso — que acorta dis- 



LA MISIÓN PONSONBY 


83 


tancias y evita obstáculos naturales — al trillo, más largo 
y de agrio recorrido, que sube y baja las cuestas. 

Rápidamente destruye lo que otros antes dijeron y, 
sobre ese escombro, edifica, con igual apresuramiento, 
nuevas premisas, que trepidan apenas creadas porque no 
afianzan su cimiento sobre la roca viva de la verdad 
retrospectiva. Tal su resuelta y equivocadísima afirma- 
ción de que lord Ponsonby nada dijo de nuestra inde- 
pendencia al pasar por Río de Janeiro y que sólo más 
tarde, en forma indirecta y por intermedio de la Argen- 
tina, la sugirió. 

No basta haber tenido abiertos, de par en par, los 
preciosos archivos de Itamaraty, si a paso de carga, cual 
cuadra a un bravo soldado, se avanza hacia ellos, pa- 
sando, como sobre ascuas, por encima de las atestigua- 
ciones que perturban la concebida y tendenciosa cons- 
trucción mental. Abrazado, con excesiva pasión, a la te- 
sis que por verídica tiene, el autor así excomulga a quie- 
nes con él discrepan: “ Vejamos o romance, architectado 
pelos fazedores de historia, sem o respeito nem a respon- 
sabilidade que sente e acarreta o historiador. Vejamos 
tambem a phantasia creada pelos poetas, eternos revol- 
lados contra o prosaísmo das cousas deste mundo. Ve- 
jamos, enfim, a supposiQáo capciosa dos apaixonados, no 
ridículo afan de amoldar tudo ao seu sabor depravado 

Nada resta agregar sobre este libro del coronel Souza 
Doeea, que, por ser muy reciente y sonoroso, reclama 
atención. En uno de sus varios aspectos inexactos lo 
hemos comentado, tratando de poner al pie la prueba de 
la sencilla enmienda. 




84 


LUIS albebt'o de herrera 


IH 

¡. ■■ 

LA VOZ URUGUAYA 

' Según sea brasilera o argentina la apreciación sobre lá 
paz del año 28 y sus orígenes, se inclina hacia lá derecha, 
o la izquierda, el comentario. Probablemente, como tan 
a menudo ocurre, la verdad postuma coseche sus espigas 
en indistintos campos. Escritores uruguayos empiezan 
ya, con su serio aporte, a cobrar tercería en el debate 
sereno derivado de tan gran suceso. Poder en forma 
para cóm^arecer en el juicio también presentan, éstos, 
como qué invisten la representación morál de la raza 
viril y apasionada por su terruño que con su invencible 
agitación obligó á süs fronterizos a cambiar de ideas y 
de' postura. 

Aunque a veces moleste, hay qüe oir el toque de esa 
otra campana. 

Aí final, suele ponerse, Cual causa secundaria, lo que 
por el encabezamiento del capítulo debiera andar,* es de- 
cir, la mediación británica. 

Apuntados están los cuatro factores qué, queriéndolo 
ó no‘, créan circunstancias resolutorias qüe conducen, por 
ende, á la independencia oriental. 

Vacuo es el aserto de que éstos la querían y aquéllos 
la renegaban, o viceversa, pues, al través de tres años de 
controversia diplomática y armada, a menudo modifican 
su punto de vista los contendores. 

Ejemplo corroborante el ofrecido por la cancillería 
brasilera. Cierto es, si referido a los años 25, 26 y 27, 
que resistió desesperadamente nuestra independencia ; 
pero también es cierto, si referido a 1828, desde sus prin- 
cipios, que se rinde al hecho por las armas consumado y 
que pugna por reconocerlo en forma integral, después de 
muchas dudas. 

Alternativas semejantes ofrece la cancillería argentina, 
que salta de la incorporación al renunciamiento, total, 



LA MISION PONSONBY 


85 


de la misión García y que, luego, se aferra a la última 
esperanza — la independencia temporaria— para acatar, 
también, al fin, la realidad vivá, que a todos, menos a 
los orientales, molesta y defrauda. 

Porque don Pedro I, en el último cuadro del drama 
patriótico, acepta nuestro derecho y lo sostiene, frente 
a su merma, propuesta como recursó postrero por el go- 
bernador Dorrego, se intenta atribuir a aquél la pater- 
nidad de una obra redentora, labrada, en esencia, por la 
mano del destino y de nuestros mayores, que, juntas, 
tejieron la trenza! 

Sin perjuicio de reconocer la relativa gallardía de la* 
actitud imperial — -y decimos relativa, porque en seguida 
envía a Europa ál marqués de Santo Amaro para conse- 
guir nuestro desnucamiento — , corresponde proclamar 
que su gesto, a esta altura, careció, dé importancia posi- 
tiva. Para demostrarlo, bastaría suponer lo peor para 
las aspiraciones pacíficas, o sea, que hubieran fracasado 
las negociaciones. 

¿ Acaso eso habría significado, no ya la muerte, si- 
quiera el desfallecimiento de la autonomía uruguaya? 

¿ Quién podría arrancarles sú goce a los orientales, due- 
ños y señores de su territorio, con Montevideo en asedio 
y militarmente ya copado? 

Un nuevo interregno se habría producido, de acciones 
mediocres e indecisas, mientras allá por las Misiones la 
proeza riverista alargaba su llama. . . 

Agotados estaban los unos y los otros. Paralizadós y 
ociosos, aislados los titulados ejércitos en úna inmensa 
región y huérfanos hasta de la voluntad de prolongar 
una lucha sin resultados visibles, que ya llevaba dos años 
de fatigoso, de abrumador arrastre. 

Las Provincias Unidas no podían más ; el Imperio tam- 
poco. Además de sus contrastes bélicos y de las disen- 
siones internas, ya veremos Cómo Inglaterra apuró la 
solución, para bien de todos. 

Rota la constitución, allá, avanzaban sobre Buenos Ai- 
res las vanguardias, todavía inconexas pero ya retadoras, 
de la fuerte y fecunda reacción federal, salida de madre. 

En el Brasil, asomaba su desmelenada cabeza la cons- 
piración republicana, fuera de que ya se había apagado 
lá fe en la victoria. 



86 


LUI 3 ALBERTO I>E HERRERA 


Por otra parte, en ambas filas prendía la persuasión 
de que ya el territorio disputado a nadie aprovecharía, 
como que su suerte estaba jugada a favor de los nativos. 

El pecado de don Manuel José García fué allanarse, 
primero, a la gran desilusión de la reconquista. Enton- 
ces, como el clínico que corta un miembro gangrenado, 
para salvar al paciente, nos dió por perdidos y... ¡allá 
nosotros ! ¡ Y así ocurría después de Ituzaingó ! 

En esa hora, creyó el emperador, a su vez, recuperar- 
nos. Las notas van y vienen, los esfuerzos dialécticos se 
suceden, hasta que, bajo la sazón del tiempo y del con- 
»eej o británico, que no cesa en su martilleo, también don 
Pedro, cuya voluntad era absolutamente decisiva, declina 
de su ensueño y de sus cerradas negativas. Todos que- 
rían la paz, todos la necesitaban: ella era inevitable. Ca- 
bría afirmar que, en los hechos, ella ya existía, desde que 
las operaciones militares no excedían del escopeteo de 
las descubiertas. En cuanto al bloqueo, crecían las pro- 
testas europeas y era de escaso efecto. 

Concluida estaba la guerra. Ninguno podía alcanzar 
un triunfo positivo. Ante todos aleteaba su desoladora 
realidad igual evidencia: la Cisplatina no sería para 
ninguno, como que a ambos faltaba fuerza para reivin- 
dicarla por las armas y los orientales no querían ser ni 
brasileros ni argentinos. 

¿Qué grave daño habría, pues, sufrido el destino au- 
tonómico de nuestra tierra, si la paz de Agosto del 28 
hubiera fracasado? 

Apenas interrumpidas, se habrían reanudado las ne- 
gociaciones, porque otro medio de solución no quedaba 
y era perentorio, urgentísimo, llegar a ella. La precipi- 
taban sucesos cada vez más apremiantes. A quienes me- 
nos complicaciones creaba la continuación de una guerra, 
ya imposible, era a los orientales, con su campaña libre 
de usurpadores y en el pleno ejercicio del gobierno pro- 
pio. Con ser doctrinariamente la más débil, su posición 
era la más firme, pues, unificados en la misma aspira- 
ción, ignoraban aún la mella de las anarquías partida- 
rias, cuyo contagio pronto conocerían. 

Por ellos se rompieron las hostilidades y por ellos se 
clausurarían. En efecto, el fiero localismo de nuestros 
criollos quebró todas las tenazas. De ahí que, aun cuando 
nuestra soberanía, todavía negada, pero más palpitante 


LA MISIÓN PONSONBY 


87 


que nunca, no tuvo representación en las deliberaciones 
de paz, estuvo siempre presente allí, como que imprimió 
rumbos a los negociadores, obligándolos, con su obstáculo, 
a adaptar a ella su decisión. 

Inútil pretender suprimirnos ; inútil intentar absorber- 
nos ; inútil empeñarse en prescindir de nosotros. Eramos 
un hecho vital, indestructible, y era indispensable reco- 
nocernos la adquirida personería, aunque mucho doliera 
y costara. ¡ No había abortivo capaz de malograr la nueva 
existencia ! 

Aunque los papeles diplomáticos lo callen, o lo disi- 
mulen, así fué. Los mismos orientales no pueden sus- 
traerse al inescrutable designio de la historia, como que, 
en la alborada de la Agraciada, redobla su corriente la 
energía racial que de atrás venía, que de las honduras 
del tiempo colonial arranca, que tuvo en Artigas su mag- 
nífico intérprete y que tiene en su descendencia la misma 
resuelta impulsión libre ! 

Los ministros Guido y Balcarce se rinden a la elocuen- 
cia de ese arraigadísimo sentimiento cuando, desde Río 
de Janeiro, impugnan el nuevo punto de vista de su go- 
bierno en pro de la independencia a término: “ En or- 
den al segundo, los ministros que suscriben juzgan que, 
cuanto mayores sean los progresos de la expedición del 
Norte, tantos más derechos creerán haber adquirido los 
orientales para conquistar una independencia que, sin 
esos títulos nuevos, ha sido siempre objeto de su idolatría, 
por más que las circunstancias particulares en que se han 
visto los hayan reducido algunas veces a adoptar el ar- 
bitrio de la simulación ”. 

Así se pensaba ya, hace cien años, de la voluntad au- 
tonómica de nuestros criollos. Y a la meditación sincera 
de los críticos extremistas ofrécese el sentido honorable 
y justo del último concepto, que alude a la necesidad, 
que impusiera, en más de una ocasión, a los nativos sofo- 
car el estallido de sus aspiraciones. 

Sereno y elevado juicio, que debiera acallar las dema- 
sías irreverentes de quienes se empinan, sobre papeles, 
para imputar claudicaciones a los fundadores, llámense 
Lavalleja, Rivera u Oribe y sus tenientes. En cualquier 
párrafo de cualquiera de los oficios que suscriben ellos, 
o las autoridades que al conjuro de sus arrestos liberta- 



88 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


dores brotan, ¡hay base para «1 comentario impío de los 
altaneros jueces, que al encuentro de su fama salen ai 
celebrarse el centenario de su construcción soberbia. 

NUESTROS PRÓ CEBES 

¿Qué presa más fácil para el vilipendio barato que la 
gloriosa asamblea de la ¡Florida, que, primero, declara 
‘ ‘ irritos, nulos, disueítos y de ningún valor para siempre 
todos los actos de incorporación a Portugal y al Brasil”; 
que, luego, refrenda nuestra “plenitud de derechos, li- 
bertades y prerrogativas inherentes a los demás pueblos 
de la tierra”; y que, finalmente, suscribe la incorpora- 
ción a las Provincias Unidas, “por ser la libre y espon- 
tánea voluntad de los pueblos que la componen”? 

¡ Cuánta contradicción aparente y, sin embargo, cuánta 
abnegación y cuánta sabiduría patriótica! 

Por todos lados encontrará carniza la garra despia- 
dada. Al soltarse a volar los Treinta y Tres, Lavalleja 
exclama, como un héroe antiguo: “ ¡Ahora a vencer o 
morir, compañeros! ”. 

¿ Por qué y para qué ?, diría algún gárrulo censor. En 
efecto — proseguirá — su proclama escrita no contiene una 
sola palabra de independencia y habla de “la gran na- 
ción argentina, de que sois parte”. 

Más aún : cuando le comunica el ministro, general 
Rondeau, en 1828, la gran nueva, contesta en nota cir- 
cunspecta, que se cierra con el párrafo conocido, que así 
arranca: “Si la guerra no ha podido terminarse sino 
desligando a la Banda Oriental de la República Argen- 
tina ”. . . 

En cuanto al general Rivera, rudo debate puede arti- 
cularse alrededor de su título de barón de Taenarimbó, o 
de su enigmática actitud del primer instante de la epo- 
peya. ¿ Sorprendido por los Treinta y Tres, o de acuerdo 
con ellos? ¡ Bah ! Poca cosa resulta el cargo, si se evocan 
las glorias pasadas del bravo oficial de Artigas y las ve- 
nideras del Rincón, las Misiones, etc. 

En cuanto al general Oribe, vano empeño pretender 
reducir su renombre por la dura persecución llevada 
contra aquél, por orden superior, en la persuasión de 
evitar mayores males. ¡ Bah ! Este otro bravo oficial de 



LA MISIÓN PONSONBY 


89 


Artigas, héroe de la Agraciada, de Sarandí e Ituzaingó 
y vencedor del Cerro contra el imperial, alza también 
su gloriosa estampa por encima del tropel de los tiempos 
inorgánicos y de su implacable pasión. 

Lagunas, inconexiones y mucha contradicción externa 
ofrece la conducta de todos los proceres de la revolución 
americana, sin que por ello se achique su fama, ni sufra 
desmedro capital su azarosa carrera de redentores. 

En conjunto hay que mirarlos y tomarlos, sin Some- 
terlos a la crueldad del análisis microscópico, que hasta 
de la impureza de la gota cristalina convence. Lo esen- 
cial es determinar si la línea que, con el de llegada, ata 
al punto de partida, presenta, apesar de sus obligados 
desvíos de la recta teórica, la unidad de un gran propó- 
sito, esclarecido por un gran ideal. 

Y el cuadro de los servidores de nuestra independencia 
está cuajado de varones de esa viril enjundia. 

Por la libertad de su tierra, en masa corren al sacri- 
ficio. Eso, nada más que eso, sólo eso, es lo que ellos 
quieren, aunque, en alguna vuelta del camino, aparezcan 
de espaldas al rumbo, que bien escrito traen en el agitado 
corazón y en la mente! 

Los contemporáneos lo comprendieron, al fin, acabando 
por descubrirse ante la aspiración indomable que, para 
no perecer, en horas de agotamiento y de angustia infi- 
nita, se escudara en el mimetismo: en el “arbitrio de la 
simulación”, certeramente apuntado por Guido y Bal- 
caree, quienes, al insistir en favor del reconocimiento de 
la independencia total, agregan: “ Esta base, en el sen- 
tir de los ministros infrascriptos, cuenta en su favor con 
la opinión general de la parte pensadora de ambos es- 
tados, con la del pueblo oriental, que afecta y eoiioce sus 
verdaderos intereses, y con el sufragio de la potencia 
mediadora, cuya última circunstancia es notoria hasta la 
evidencia a los ministros que suscriben ”. 

Interesante la referencia última. Apenas se sale del 
modo ceremonioso, brota, espontánea, la mención de la 
> cooperación británica, que fué amplia y elevada. 

Como que no arde en el espíritu del mediador la pasión 
de los antagonistas, es de toda lógica que viera más claro 
que ellos en aquella hora de tantas incertidumbres y com- 
plicaciones. 



90 


LUIS ALBERTO BE HERRERA 


El reconocimiento de la independencia uruguaya venía 
en sus instrucciones, de fecha Febrero 28 de 1826, como 
una disyuntiva: “ Segunda: que la ciudad y territorio 
de Montevideo se hicieran y permanecieran independien- 
tes de cualquier otro país, en una situación semejante a 
la de las ciudades hanseáticas en Europa ”. 

En la nota de Marzo 18 de 1826, dirigida 1 ‘ a impartir 
a V. E. instrucciones más precisas”, la expresa Canning 
que ese propósito le “indujo a diferir la partida de V. E., 
a la espera de que don M. de Sarratea recibiese alguna 
comunicación de su gobierno ”. 

Prosigue: “ Mis esperanzas no han sido defraudadas. 
He recibido de don M. de Sarratea, recientemente, un 
memorándum con una nota explicativa (cuyas copias ad- 
junto), repitiendo, en cumplimiento de nuevas instruc- 
ciones recibidas de su gobierno, lo que ya me había ex- 
presado, en forma menos oficial : el ansioso deseo del 
gobierno de Buenos Aires de que S. M. interponga su 
valiosa influencia ante el gobierno de Río de Janeiro ”. 

Enuncia, luego, la base de cesión a Buenos Aires de 
la Oisplatina, mediante indemnización, o su posible erec- 
ción en “estado separado e independiente”. Eso, “se ha 
sugerido”. 

Da la impresión de que la iniciativa partiera del mi- 
nistro argentino, del memorándum de Sarratea, aunque 
de las notas de Ponsonby resultaría, a veces, iniciativa 
inglesa. Sembrada la idea — o compartida — Canning la 
lanza, como una fórmula más. No sabe, dice, hasta qué 
punto es ella factible. Ponsonby estudiará el caso, sobre 
el terreno, aunque desde luego — lo recordamos otra vez — 
aquél rehúsa la garantía de Inglaterra para esa solución. 

Por man era que, de los antecedentes conocidos, se des- 
prende que la primera insinuación en pro del reconoci- 
miento de nuestro ser, como nación, partió de labios ar- 
gentinos y británicos. Es de justicia precisarlo y reco- 
nocerlo. Canning explora la obertura, sin ponerle mayor 
calor ; aunque, su sola palabra, poderoso andamiento le 
imprime. 



LA MISIÓN PONSONBY 


91 


IMPOTENCIA DE LOS BELIGERANTES 

Nada queda, pues, del plan,, muy calculado, atribuido 
por algunos a la cancillería de Saint James, en sentido 
de alcanzar determinada finalidad diplomática, traducida 
por nuestra independencia. Lo que sí deseaba Inglaterra, 
a la par de Francia, también anhelosa de extender su 
comercio, era la clausura de la guerra, para todos per- 
judicial. En ningún momento calla tan legítima aspira- 
ción. Ese punto de vista rige siempre las actividades de 
la mediación: ¡hay que arreglarse, hay que transar la 
diferencia ! 

¿ Cómo y cuándo ? Averiguarlo y conseguirlo constituye 
el cometido de lord Ponsonby, espíritu selecto, adornado 
de capacidades armoniosas. 

Librado queda casi a su propio esfuerzo, siendo tan 
demoradas entonces las comunicaciones interoceánicas; 
sin telégrafos y sin barcos rápidos. Las circunstancias y 
su brillante desempeño, maduran la solución. El adve- 
nimiento de una nueva patria en América resolverá el 
difícil problema. No hay otra salida: ni las Provincias 
Unidas pueden arrollar al Imperio, ni el Imperio puede 
arrollar a las Provincias Unidas. Además, y en primer 
término, la voluntad armada de los orientales ha creado 
un hecho nuevo e irrevocable: la autonomía oriental. 

Expresábale el gobernador Dorrego al coronel Manuel 
Pueyrredón, a mediados del año 1828 : “ Necesitamos 
la paz, ¡la paz! No podemos continuar la guerra. Riva- 
davia ha dejado el país en esqueleto, exhausto totalmente 
el tesoro. En el parque no hay una bala que tirar a la 
escuadra enemiga. Hago esfuerzos inauditos para mon- 
tar la fundición; no hay un fusil, ni un grano de pól- 
vora, ni con qué comprarla. Nuestra escuadra, que tan- 
tos servicios hace, está impaga y sin repuestos; nuestro 
estado no puede ser peor ”... “ Cuando Rivadavia no 
pudo marchar , tenía razón, expresó la verdad ”. 

Confesiones de impotencia, articuladas por el ciuda- 
dano fuerte, denodado, que había llevado al gobierno un 
fervoroso impulso. En la reorganización del ejército, en 
la incitación a la ofensiva, en el ímpetu triunfal pusiera 



92 


LUIS ACERTO DE HERRERA 


toda su fe de soldado ; sin embargo, el desaliento también 
le invade, ante la inutilidad del esfuerzo activo, que en 
nada eficiente alcapza a cuajar,. .Obtiene contingentes 
provinciales, lanza empréstitos, compra buques, refuerza 
la oficialidad, transmite órdenes, por todos los extremos 
llama a la energía : todo será en vano. El avance que se 
procura no se consigue. Es que la paz ya está en los 
espíritus, dictada por los hechos : sólo falta suscribirla. 

Esa gran página la llena, como figura central, lord 
Ponsonby. Una permanencia de meses en Río le permite 
adquirir sensación exacta de la situación brasilera y del 
ambiente local, compleihentada, respecto al medio argen- 
tino, por su larga residencia en Buenos Aires. 

Trápani, con patriótica diligencia, le allega datos, pre- 
cisos, sobre la condición de los orientales y sobre sus 
anhelos. 

Mejor informado, en consecuencia, qüe nadie sobre el 
conjunto del problema y con el prestigio de su alta in- 
vestidura, a la que todos los ojos se vuelven , 5 está en 
aptitud excepcional para realizar el bien que se le pide 
y que él se siente capaz de alcanzar. Tiene todas las 
cartas en la mano y con imperturbable serenidad se sienta 
a jugar la partida. Ya posee conciencia del caso y ha 
tlegido una solución, la que le parece más viable y para 
los contrincantes menos dura: la independencia oriental. 

¿Acaso incurre en temeridad? ¿No es precisamente 
esa la fórmula sugerida a Canning ? ¿ En fecha posterior, 
el renunciamiento argentino no va mucho más allá, al 
extremo de pactar el enviado García la reincorporación 
al Imperio? Cierto que fuerza la letra de sus instruccio- 
nes, aunque no sea claro el punto donde empieza el des- 
acuerdo con sus propios poderdantes, que, luego, no va- 
cilaran en apedrear su casa y, algo más, su nombre. 

Que trajera la paz, se le dijo, se le imploró, y cuando 
con ella a cuestas retorna, se le lapida, por claudicante 
del patriotismo. 

El consejo de ministros, a prisa reunido,, “atendiendo 
a que dicho enviado, no sólo ha traspasado sus instruc- 
ciones, sino contravenido la letra y espíritu de ellas y 
a que las estipulaciones que contiene dicha convención 
destruyen el honor nacional y atacan la independencia 
y todos los intereses esenciales de la república, el go- 




LA MISIÓN PONSONBY 


93 


bierno ha acordado y resuelve repelerla, como de hecho 
queda repelida”. Esto ocurre el 24 de Junio. El 27, 
Rivadavia renuncia, y el 28 da un manifiesto al país, 
fulminatorio : “El ciudadano a quien se confió este en- 
cargo, traspasando la autorización de que estaba reves- 
tido, nos ha traído, en vez de un tratado de paz, la sen- 
tencia de nuestra ignominia y la señal de nuestra degra- 
dación”. La contienda de los partidos se mezcla en la 
disputa y contra el negociador infeliz todos se vuelven : 
los unos, como Rivadavia y la oligarquía unitaria, para 
ponerse a salvo y no correr su impopularidad ; los otros, 
como Borrego y los primaces federales, en confirmación 
de su acerba crítica. Y, sin embargo, poco después, apla- 
cado el fácil furor, se oye y se medita la explicación 
penosa y García recupera la perdida consideración. Es 
que la impotencia, a regañadientes confesada, alza su 
infranqueable muro. Muy lejos están los días de quimera 
en que don Valentín Gómez fuera a Río a convencer,, 
como de una evidencia, de la necesidad de devolver, por 
las buenas, la Provincia Oriental que, luego, por las ma- 
las, tampoco fuera posible rescatar. 

LAS MISIONES DEL 23 Y 27 

Las' misiones Qómez, en 1823, y García, en 1827, defi- 
nen dos estados de ánimo muy diversos. Extremo opti- 
mismo, allá; aquí, el mayor desaliento. 

Al primero, se le envía en plena paz: “Todo el mérito, 
pues, de la comisión está en obtener, por vía de conven- 
cimiento y de su hábil conducta, el objeto primero, sal- 
vando a las Provincias Unidas de la necesidad de una 
guerra”. ¡Bien elegido un clérigo para salir a los ca- 
minos de Dios en procura de tan gran milagro ! Con 
estos desprendimientos no se ayunta el apetito de las 
cancillerías y de los vencedores. 

En nombre de las Provincias Unidas, debía agregar 
que “la independencia de su comercio y la prosperidad 
de su capital y más pingües provincias está en que el 
Río de la Plata, por todos sus puntos, pertenece exclu- 
sivamente a la nación que ellos constituyen”. Con lujo 
de detalles se encara la probabilidad de que “lo que 
acontezca sea qué el gobierno del Brasil prometa alia- 



94 


VJIS ALBERTO DE HERRERA 


nárse' a la •evacuación y desistimiento qúe se le exige, bajo 
la condición de algunas indemnizaciones pecuniarias”. . . 
En tal caso, el comisionado, luego de objetar la demanda., 
por improcedente, cederá, tratando ‘‘principalmente el 
dar lo menos posible de contado, el subdividir el pago y 
prolongar los plazos de él”. En compensación de todo 
lo que amigablemente se pide, ya que es contrario al 
derecho público que ‘‘ningún gobierno ni pueblo puedan 
adscribirse como parte integrante de su nación a pueblos 
que pertenecen a otra”, se promete que, ‘‘removido este 
inconveniente en que se halla el gobierno del Brasil para 
con el del estado de Buenos Aires, éste reconocerá, del 
modo más solemne, al emperador del Brasil”. Precio 
singularmente módico, como que se reduce a una reve- 
rencia de protocolo. Tendría gemelo en la contrapro- 
puesta de paz, hecha por Inhambupe a Ponsonby, que, 
en cambio del reconocimiento de nuestra incorporación 
al Imperio, prometía reconocer la independencia argen- 
tina ! 

Huelga preguntar cuál fué el resultado de la cando- 
rosa misión: don Valentín Gómez, a pesar de sus altas 
cualidades, retornó, como fuera, con las manos vacías. 

Veamos, ahora, en viaje a don Manuel José García. 
Han pasado cuatro años y se está en plena guerra. Hay 
en cuenta algunas nobles victorias, por mar y tierra. Sin 
embargo, sus instrucciones son indecisas. Ampliamente 
se le autoriza a ajustar “cualquier convención prelimi- 
nar o tratado que tienda a la cesación de la guerra”. 
Debe hacerlo “en términos honorables y con recíprocas 
garantías a ambos países y que tenga por base la devo- 
lución de la Provincia Oriental, o la creación y recono- 
cimiento de dicho territorio en un estado separado, libre 
e independiente, bajo las formas y reglas que sus propios 
habitantes eligieren y sancionaren, no debiendo exigirse 
en este último- caso, por ninguna de las partes deliberan- 
tes, compensación alguna”. 

Antes que nada¿ cumple destacar la amplia referencia 
a nuestra libertad, simple reiteración de otras, anteriores 
e igualmente categóricas, deslizadas desde el pedido de 
la mediación, en 1826. Frágil efectismo, pues, pretender 
derribar esta serie de circunstancias apoyándose en la 
nota restrictiva y aislada del ministro Rondeau, en 1828, 




LA MISIÓN PONSONBT 


95 


contradictoria con el espíritu general de los anteceden!^. 

Más adelante comentaremos esas instrucciones, impar- 
tidas con apuro, como que son 'grandes las dificultades 
y de ellas hay que salir pronto y como mejor se pueda. 
El drama de los unitarios y federales abre su prólogo. 
¿Qué éxito brillante esperar de una misión que va en 
solicitud de paz, sin armisticio, sin suspensión formal de 
hostilidades, a la metrópoli del adversario? 

El comisionado, así que llegue, “se pbndrá en comu- 
nicación con el señor Gordon, ministro plenipotenciario 
de la Gran Bretaña en la corte del Brasil, y, en el mo- 
mento que obtenga, por su intermedio, las seguridades 
de ser dignamente recibido por S. M. I., para tratar de 
la paz y, en consecuencia, el pasaporte competente, pro- 
cederá a su desembarco y a dar los demás pasos que co- 
rresponden al lleno de su misión”. Tan aleatoria esta 
probabilidad, librada al azar de la gracia imperial, con- 
tra las más elementales formas diplomáticas, que se ad- 
vierte: “Si, desgraciadamente, no puede esto obtenerse, 
regresará a esta capital en un buque de S. M. B., a cuj^o 
efecto pedirá los auxilios necesarios al expresado señor 
Gordon”. 

La clara conclusión que fluye de esos ensayos pacifis- 
tas, turnados con arrestos bélicos, es que, si bien argen- 
tinos e imperiales desean ardientemente llegar a un arre- 
glo, que quieren y necesitan, nunca ellos arribaran, por 
impulso propio, a la anhelada solución. Entre ambas 
partes cavan foso demasiados prejuicios heredados. In- 
dudablemente el mediador no tardó en apercibirse de la 
situación. Entonces, y a la vez de insistir en su gestión 
moderada junto a los beligerantes, pone su vista y su 
atención en los orientales, que asoman su persistente ter- 
cería; y si en Río de Janeiro ya formara juicio sobre la 
probable independencia nuestra, en Buenos Aires, más 
cerca de los hombres que la alientan y la sirven, per- 
fecciona y consolida aquel criterio. 


EL ADMIRABLE TRÁPANI 

Es entonces que al encuentro del huésped sale otro 
caballero, don Pedro Trápani. La amistad que 'estos dos 
espíritus sellan, además de su importancia, emana una 



96 


LUIS ' ALBERTO LE HEKBEBA 


i0bleza y sinceridad que seducen. Altamente colocado el 
mediador, humilde agente su interlocutor de una aspi- 
ración generosa y tantas veces infortunada, es tanta la 
diferencia de estaturas que aquella preciosa vinculación 
parece sencilla flor del campo, brotada junto al peñasco. 
Véase cómo Trápani entera de ella a Lavalleja, en carta 
de Mayo 5 de 1827 ; 

“ He tenido varias conversaciones con lord Ponsonby 
sobre nuestra provincia. El hace justicia a los orientales 
y habla de usted bien. Esta es una relación que procu- 
raré conservar. Él está muy empeñado en la paz, bajo 
la base que le tengo indicada. ” 

Clara es la alusión a lo nuestro, a nosotros, a nuestro 
derecho. 

Prosigue: “El gabinete inglés desea la paz porque con 
ella seguirá el comercio, prescindiendo de los motivos 
filantrópicos que tiene para desearla: el lord es un ca- 
ballero, en toda la fuerza de la expresión, y a sus ma- 
neras, tan civiles como amables, reúne las virtudes de 
franqueza y rectitud”. 

Por la precisión del comentario, merece destacarse pá- 
rrafo tan sobrio como expresivo. Hay en sus pocas líneas 
asertos llenos de exactitud. La sana investigación de 
aquel pasado tormentoso, conduce a la misma conclusión. 
Ahí encontramos, resumido, nuestro pensamiento sobre 
las calidades del mediador, sobre su significación en el 
gran episodio cuyo advenimiento preside; y a la ratifi- 
cación de aquel concepto justiciero llegamos, después de 
haber pedido su noticia a diversas fuentes. 

Por lo que informa, en su fraganciosa naturalidad, vale 
la pena reproducir el final de la carta: “No me parece 
estaría de más que usted le escribiese, pero, si lo hace, 
debe ser de su propia letra. Puede usted introducirse di- 
ciendo que, habiendo usted sido informado por mí de todo 
el empeño qué dicho señor ha tomado por conseguir una 
paz honrosa a la nación y ventajosa a la provincia de 
su nacimiento, y sabiendo usted, también, el modo gene- 
roso con que ha admitido el hacer por su hermano pri- 
sionero las diligencias posibles para conseguir se le dé 
buen trato, etc., no puee usted menos que tomarse la li- 
bertad de escribirle,- con el objeto de darle las más expre- 
sivas gracias, ofreciéndosele, etc., etc. (Al principio de 




LA MISIÓN PONSONBY 


97 


la carta, se pone mi lord, el tratamiento es de exa., y en 
el sobreescrito : Al noble lord Ponsonby, ministro pleni- 
potenciario de S. M. B., etc.., etc. Buenos Aires.) Yo me 
alegraré que por este medio consiga usted esta relación, 
que siempre nos hará honor y siempre puede sernos de 
gran utilidad ’ ’. Y sigue este concepto, omitido en el texto 
divulgado : ‘ ‘ Bueno es tener amigos y de esta clase no me 
parece nos será muy fácil el conseguirlos”. 

Testimonios de esta fuerza, derivada dé su propia con- 
fidencia, eran los preferidos por Taine para obtener y 
dar la sensación viva de los tiempos muertos. Mucho más 
que cualquier pliego oficial instruye este papel privado 
sobre los contactos iniciales entre el mediador y los pa- 
triotas de esta ribera. Así nace, se afirme, una gestión 
ajena a la notoriedad que, dentro de la reserva y sin 
volcarse en notas escritas, rinde los más brillantes resul- 
tados; quizás fuera más cierto denominarlos decisivos. 
Porque el consejo de Ponsonby a Trápani y su repercu- 
sión directa sobre Lavalleja, a través del amigo común, 
propicia soluciones que, al fin, se imponen y triunfan. 

Al conocimiento oficial no escapan estas afinidades y, 
con seguridad, se las sospechó inconvenientes, por cuanto 
de esa prevención ha quedado bien marcado el rastro. 
Con efecto, en Febrero 14 de 1828, Dorrego le escribe a 
Lavalleja: ‘“Desearía me dijese usted si don Pedro Trá- 
pani tiene alguna comisión de esa provincia, porque, de 
otro modo, «s ininteligible bajo qué carácter se ha acer- 
cado al lord Ponsonby a hablarle de asuntos de paz o 
guerra ”. 

La correspondencia de Trápani con Lavalleja abunda 
en conceptos fervorosos para el ideal independiente : apa- 
sionadamente vibra siempre esa cuerda. Vive abrasado 
por un constante encendimiento patriótico, que Lavalleja 
comparte. Escríbele aquél, en Diciembre 10 de 1827 : 
‘‘Querido amigo: He recibido la apreciable carta de us- 
ted, fecha 27 del pasado, y por ella veo que marchamos 
hasta la fecha en perfecta consonancia y que mis ideas 
no le desagradan”. 

Y más adelante: “Ni por un momento cedo al gober- 
nador Dorrego la preferencia en deseos por la felicidad 
de esa provincia”; y luego: “Hay más, en manos de us- 
ted está ahora la suerte de una infinidad de pueblos. Vea 



98 


LUIS ALBERTO J>E HERRERA 


usted si es necesario que usted mida sus pasos y obre 
ahora con más prudencia que nunca. Calcule usted que 
si ese ejército se pierde, cuál será nuestra suerte. Así, 
amigo, no se precipite; no aventure usted una. acción 
general si no la considerase ganada”. 

Y si se dudase de la inspiración de estos conceptos, 
sobre los cuales proyecta su resplandor una idea fija, 
léanse estas líneas finales, subrayadas en el texto y tam- 
bién por la pasión nativa, que rompe frenos y pruden- 
cias: “Pero he traslucido que el Dorrego trabaja por la 
presidencia a que Bustos se considera acreedor (aquí 
empieza el subrayado) : “En fin , que ellos se arreglen 
como puedan , vamos nosotros a ver si podemos echar a 
los portugueses de nuestra tierra, que, después, todo se 
ha de arreglar con el favor de Dios”. 

A flor de piel palpita el sentimiento nacional, con ese 
fuego sagrado que parece inundar el alma de los hom- 
bres del tiempo que pasó, talvez porque se formaron én 
la fragua del sacrificio y del dolor, que elevan y subli- 
man. Hasta físicamente se diferenciaron de nosotros, 
con aquella su gravedad, que traducía el pensamiento 
hondo que los absorbiera, con su compostura y dignidad 
castellana, con sus cabelleras y con sus barbas aleonadas 
y románticas. Fueron ellos de otro temple, de otra con- 
textura moral. Cuando hablaban de la patria, que era 
un ensueño, lo hacían con modo uncioso, cual sacerdotes 
de un supremo culto,, siempre servido por sus oficiantes 
con los brazos y el corazón en alto, como para apartarlo, 
lo más posible, de las miserias del suelo. Si miramos 
para atrás los que ya nos vamos y acicateamos el re- 
cuerdo, la pupila pronto descubre, allá, en los días de la 
niñez, alguna figura así, con cuño de aquellas genera- 
ciones primeras, que hicieron la patria. 

A esa estirpe de forjadores pertenece Trápani, cuyo 
archivo, por milagro salvado, es pedestal de una gloria 
cívica, condenada, de otro modo, a perderse en el mar de 
los olvidos, como que su abnegada actuación estaba re- 
ñida con la notoriedad. Jamás pensara el conjurado de 
la empresa inmortal, cuyo apellido sin tacha tan ínti- 
mamente se asocia a la hazaña de los Treinta y Tres, 
que sus cartas, escritas bajo apremio y en secreto — pára 
leídas y rotas — habían de iluminar, como ninguna otra 



LA MISIÓN PONSONBY 


99 


luz, el fondo incierto del cuadro. Sus revelaciones desci- 
fran los enigmas de la jornada diplomática, más ardua, 
aún, que la guerrera. 

¡“GANE USTED TIEMPO”! 

En la carta a Lavalleja, recién citada, formula, bajo 
membrete ‘‘reservada”, estas jugosas observaciones: “Me 
consta que el lord Ponsonby ha escrito al lord Dudley 
(que ha sucedido a Mr. Ganning en el ministerio de re- 
laciones exteriores) recomendando a usted por sus vir- 
tudes cívicas y viveza en el arte de la guerra; esta es 
una. consideración más que usted debe tener presente 
para que su conducta ulterior sea consiguiente a la que 
ha dado motivo a adquirir usted esta opinión; deje us- 
ted hablar a los perversos y maldicientes; obre usted con 
prudencia y firmeza, que usted adquirirá un nombre 
respetable entre las gentes de valer ; oiga mis consejos 
respecto a proceder con mucha vigilancia y pulso en esta 
campaña; por Dios, no vaya usted a precipitarse, lle- 
vado talvez de ese fuego patriótico que muchas veces 
suele perder a los mejores hombres; gane usted tiempo, 
cuando ya esté usted en paraje donde mantener el ejér- 
cito a costa del enemigo ; usted entiende lo que quiere 
decir gane usted tiempo, pues estando en el campo ene- 
migo, haciéndose respetar por la fuerza disciplinada que 
lo acompaña, y procediendo con la misma política que 
el año 25, estoy casi cierto que se conseguirá nuestro 
ob j eto ’ ’. 

Poseen tanta fuerza gráfica estos trazos nerviosos, en- 
trecortados por la emoción; tanto ilustran, por lo que 
dicen y por lo que dejan adivinar, que consideramos 
inestimable su testimonio. 

Le pide prudencia y firmeza al libertador; que no se 
precipite y, sobre todo, que “gane tiempo”. 

¿Para qué? La respuesta la dan el ambiente, los su- 
cesos, la devoción de los orientales por su autonomía : el 
fatalismo histórico, que otra vez se cumple. 

. . . “ Con circunspección, prudencia y un poco de pa- 
ciencia, conseguirá usted la independencia ” . . . , le escri- 
biría el mismo al mismo, en carta de Julio 22 de 1828. 
Siempre subrayando algunas frases o palabras cardina- 



100 


LITIS ALBERTO DE HERRERA 


les, cuaj. diciendo : “ ¡ por aquí, por aquí, es el camino 
para alcanzar el ideal que alienta en su corazón y que 
también arde en el mío! ”. 

Hay en la carta que .venimos extractando, siendo sen- 
sible no darla entera, una postdata, agregada con fecha 
13 de Diciembre del 27, o sea tres días después de escrito 
su cuerpo, que aporta nuevas claridades. Refiere a Do- 
rrego : “Yo no puedo ver a este hombre desde que se me 
manifestó tan opuesto a que la paz se hiciera bajo la 
base de la independencia absoluta de la provincia orien- 
tal ; pero, ahora, con otras cosas que voy viendo y expe- 
rimentando, se aumenta mi desprecio así a su política 
estrafalaria, y créame, mi querido amigo, que yo no he 
de parar hasta salir, y talvez para siempre, de esta tierra, 
por las injusticias que he experimentado en muchos de 
sus gobiernos”. 

Antes, notificándose de la noticia que le envía Lava- 
lleja de haberse elegido a don Baldomcro García para 
representarnos en la convención de Santa Fe, le repro- 
cha: “Sin tener más que añadir, sino preguntar a usted 
si no hay un oriental que nombrar para eso”. 

Pero lo más significativo es la siguiente alusión a Pon- 
sonby: “ Con este motivo, el lord me suplicó dijera a 
usted que estaba muy interesado en el buen éxito de 
nuestra causa y que estando, como está, cierto de los 
sentimientos patrióticos que a usted acompañaban, de- 
seaba ser útil a usted, y que si algo cree usted podía 
hacer en su obsequio, que le escribiera, seguro de que 
hará cuanto pueda por nuestra causa y por los orienta- 
listas (como él los llama), cuya causa y conducta están 
perfectamente simpatizando con su alma: lo que yo ase- 
guro a usted es que ya lo tengo orientálizado y que nos 
ha de servir de mucho su influjo en todo caso. El Do- 
rrego deberá tomar alguna medida sobre el nuevo Was- 
hington, aunque no tengo mucha esperanza que ella sea 
útil; en fin, veremos ”. 

Todos los escritos privados de Trápani —por eso más 
probatorios — abundan en manifestaciones de idéntico 
fervor localista. Se comprende mejor la ecuación y la 
solución obligada, inevitable, que ella tuvo, echando la 
vista sobre estos antecedentes, que afirman, en la hora, 
la personería deliberante de los orientales y que con ma- 
yor detención comentaremos mas adelante. 




LA MISIÓN PONSONBY 


101 


Escribe el 23 de Febrero del 28: “En suma, nuestra 
política será sacar para nuestra patria todas las ventajas 
que con prudencia podamos y que sin duda nos propor- 
cionarán esos molimientos, pero de ningún modo des- 
membrar nuestro poder, ni dejar de conservar esa posi- 
ción independiente, que algún día conocerán nuestros 
paisanos lo que vale”. 

Pero con ser muy interesantes las enunciadas expre- 
siones, que traducen el más ferviente patriotismo, redo- 
bla su significado cuando a ellas se asocia el nombre del 
mediador. Crece, entonces, extraordinariamente la auto- 
ridad de la palabra de Trápani. Al mérito que refleja 
la representación amistosa y genuina que tiene de Lava- 
lleja, general en jefe y también investido con el mando 
civil de su tierra, se aduna la relación, cordialísima, con 
el plenipotenciario inglés. Goza, en grado íntimo, de esas 
dos grandes confianzas, y de agente reservado del uno 
pasa a ser asesor confidencial de ambos en asunto que 
su alma adora. 


El. BINOMIO FECUNDO 

No tiene en vista otra finalidad que la libertad entera 
de su patria, y a su desarrollo y madurez dedica todas 
sus facultades y afiebrados insomnios. Vive y se consume 
en ese deslumbramiento. 

Su sordo influjo en el giro de los acontecimientos, to- 
lerado al principio, concluye por exasperar. En oficio dé 
Marzo 17 de 1828, del ministro Balcarce a Lavalleja, se 
alude a “las sospechas que la permanencia del señor Trá- 
pani en la Provincia Oriental pudiera inspirar, pues' se 
asegura de él que, desde las Vacas, mantiene una comu- 
nicación directa con el lord Ponsonby, lo que, si fuese 
cierto, bien conoce el señor general cuán peligroso sería”. 

Aunque larga la transcripción, tenemos que completar 
la anterior, que tanto sobresalto traduce, con otra., aún 
más atribulada, contenida en oficio de dos días antes: 
“ La causa de la conducta del señor Trápani no es un 
Aisterio. Su interferencia en asuntos de estado, cuando 
no tiene autorización, ni carácter alguno, es, al menos, 
una torpe intrusión. La relación de este individuo con 
extranjeros de categoría ; la protección decidida que presta 
con sus opiniones a los intereses de ellos, de quienes a su 



102 


LUIS ALBERTO DE HEHBEBA 


vez es considerado y protegido • las conferencias en que 
se ha mezclado la noche precedente al de su embarco; la 
calidad de las personas con quienes las ha tenido y otros 
incidentes que hay por medio., cuya naturaleza el gobierno 
sólo puede avalorar debidamente, hacen presentir al mismo 
gobierno que el señor Trápani trata de influir y trabajar, 
por cuantos arbitrios estén a su alcance, para que la Banda 
Oriental se ponga bajo el pupilaje de algún extranjero, 
como si necesitase de él en su prosperidad, cuando en su 
estado adverso no había implorado ni necesitado sus auxi- 
lios". 

A los ojos del patriotismo oriental, mayor elogio que 
esta irritada crítica no podría rendirse a la actuación de 
quien la recibe; de quien sufre injusto agravio por su 
fidelidad inquebrantable al ideal generoso. Admirable y 
fructífero valor civil, realzado por la oscuridad de su 
mismo anonimato, que alcanza hasta el heroísmo, por lo 
férreo y firme de su trayectoria, apesar de no desplegarse 
en un campo de batalla; porque batalla brava y muy 
desigual fué la sostenida para afianzar el pensamiento 
matriz de los héroes de la Agraciada! 

Considerado y protegido por Ponsonby presenta a Trá- 
pani el ministro Balcarce, a la vez de alarmarse ante su 
posible entregamiento al pupilaje de algún extranjero, 
que nunca — declara — ni en la mayor angustia, implorá- 
ramos. 

Es que los orientales no quieren ser parte de nadie, lo 
que se olvida. Con palabra tajante, se lo expresa Pon- 
sonby a Canning, en su nota de Julio 20 de 1827 : “Los 
orientales odian a ambas partes”. 

En realidad no era odio, sino desapego. Para el senti- 
miento nacional, que irrumpe, son diques de papel, tanto 
el acta de reincorporación al Imperio, de 1821, como el 
acta de reincorporación a las Provincias Unidas, de 1825. 
Declaraciones convencionales., sin raíz, que viven, de pres- 
tado, el espacio de tiempo que les concede el huracán 
antes de estallar y de barrerlas con su torbellino, i La 
revolución de Mayo no se hizo protestando acatamiento 
al poder colonial que hería de muerte? ¿Años después, 
no se combatía a las tropas del rey, en nombre del rey, 
en todos los sectores de América? Caso de excepción, en 
el drama continental, la admirable unidad de ideas y de 



LA MISIÓN PONSONBY 


103 


conducta de Artigas, bien sentido y comprendido por 
Calogeras, en su gran estudio histórico, cuando lo deno- 
mina “a figura máxima da independencia e da república 
no Prata, o cavalleiro andante do liberalismo e da fede- 
rado. Nenhum dos homens de Buenos Aires se lhe ap- 
proxima no vulto. San Martín pertence a outro cyclo, 
o do Pacífico. Os grandes nomes da Argentinas que pele- 
jaram e se cobriram de gloria no movimento libertador 
de sua patria., attingiram as fórmulas finaes de emanci- 
pado por exclusáo de termos medios e de compromissos, 
como soludo negativa, no dizer exacto de Calderón. Ar- 
tigas, ao contrario, desde o inicio tra<jou o rumo, e o seguiu 
sem desfallecer. Foi o precursor e serviu a seu ideal nao 
a si propio”. 

Y es su prole, la cría legítima del formidable visiona- 
rio, la que se agita, se estrella y brama en nuevas y duras 
jornadas; y es para interpretarla que alzan la acerada 
voz quienes bien saben lo que ella anhela y por lo que 
desesperadamente lucha. 

Como fiel mandatario suyo piensa La valle ja y habla 
Trápani. Certeramente define la situación Saldías cuando 
dice, aludiendo al primero, que “a los hombres de go- 
bierno no se les pudo ya ocultar que Lavalleja y, en ge- 
neral, todos los que habían alardeado de sentimiento ar- 
gentino, trabajaban, en realidad, por la segregación de la 
Provincia Oriental”; y cuando agrega, respecto al se- 
gundo, que “ya había iniciado, por cuenta exclusiva de 
éste (Lavalleja) preliminares de paz con lord Ponsonby”. 

Ese aspecto de la cuestión posee singular importancia, 
aunque los cronistas adversarios han preferido dismi- 
nuírsela, atribuyéndole, si acaso, caracteres ingratos. In- 
justicia grande, desde que el espíritu de independencia 
era instintivo en el pueblo oriental y superior a legalis- 
mos escritos. 

La vinculación entre Ponsonby y Trápani parece que 
se hubiera establecido, automáticamente, apenas llega 
aquél a Buenos Aires. Nada más lógico e impuesto que 
la aproximación, a quien procuraba la paz, del agente 
confidencial de Lavalleja. 

En carta a éste, de Marzo 17 de 1828, Dorrego refiere 
a “don Pedro Trápani, agente conocido del extranjero”... 
que “ha fugado de ésta, contra orden expresa de este 



104 


LUIS ALBERTO LE HERRERA 


gobierno, haciendo alarde de la amistad que usted le dis- 
pensa, como le informará Vidal”. 

> Termina: “La opinión pública se ha fijado, y ella no 
se tranquiliza si él no regresa inmediatamente a su casa, 
dejando de ingerirse en un negocio en que no reviste ca- 
rácter alguno”. 

¡ Cómo no había de revestirlo si, por encima de su lim- 
pio diploma moral, lucía el proveniente de su delicada 
misión ; y cómo no había de ingerirse en el asunto, si la 
suerte de su país se jugaba! 

Gratuita ofensa presentar cual elemento doloso a un 
ciudadano de calidad, culto, acaudalado, austero, que a 
sus méritos representativos sumaba el niuy descollante de 
haber sido alma y motor de la empresa de los Treinta y 
Tres y de poseer la confianza y la representación oficial 
del libertador. 

Era un patriota, en toda la hermosa extensión de la 
palabra. En el Archivo Nacional está, salvada del extra- 
vío, su correspondencia de aquella hora, bajo las buenas 
formas, intensamente dramática. 

Preciosa, a los fines de nuestra emancipación, fué la 
amistad sana del criollo y del bretón. En sus notas al 
Foreing Office, aunque en forma velada, Ponsonby a 
menudo alude a Trápani, que lo mismo hace, respecto a 
Ponsonby, en sus comunicaciones a Lavalleja. Escríbele 
en Mayo 4 de 1827 : 4 4 Entretanto, sepa usted que sus 
cartas me son muy interesantes y que ellas, bajo el su- 
puesto (que yo aseguro) de ser exactas y verdaderas, son 
leídas por un individuo que tiene una parte muy prin- 
cipal en nuestro bien”. 

Esa sencilla frase final dicta la leyenda que debe llevar 
el recuerdo objetivo que a Ponsonby le adeudamos. “Tuvo 
una parte muy principal en nuestro bien ” ■ . . 

No cabe duda que, por intermedio de Trápani, el me- 
diador se pone al habla con Lavalleja, citado siempre con 
alta estima en sus notas a Canning. 

Hasta Lavalleja llega la sensación auténtica del pen- 
samiento de Ponsonby, quien, desde su llegada a Amé- 
rica, vió claramente dónde estaba la solución del pro 
blema, la única real, la única posible,, la justa: la inde- 
pendencia del territorio tan disputado, ¿ Qué mucho que, 
desde su serenidad, él así lo pensara, si, apenas abiertos 



LA MISIÓN PONSONBY 


105 


a la expansión sincera, lo mismo creían los propios beli- 
gerantes? Sólo el temor de aparecer humillados los de- 
tiene. ¿No fué esa, acaso, una de las fórmulas iniciales 
sugeridas a Canning? Pero cuando un contrincante cede 
a la razón, el otro se hiergue exigente; y así por turnos. 
La primera propuesta argentina en tal sentido, vertida 
por Ponsonby en .Río de Janeiro, es totalmente repu- 
diada, como ya lo hemos visto. Tal ocurre en 1826. El 
año 1827 lo llena la interminable controversia y cuando, 
en 1828, después de largas dudas y contradicciones, el 
emperador se resuelve a aceptar lo que antes irritada- 
mente repudiara, en Buenos Aires se da marcha atrás, 
reproduciendo Dorrego la ajena incongruencia. 

En cada escenario, sinceramente, agota Ponsonby la 
sin guerra : sin los bienes de aquélla y con todas las cala- 
midades de ésta. 

En cada escenario, sinceramente, agota Ponsonby la 
discusión, no ocurriendo lo mismo con su paciencia, por- 
que entonces acreditó — con honra para él — poseerla in- 
agotable. 

Por convicción lealmente adquirida, él piensa que el 
arreglo lo dará la independencia oriental, a macha mar- 
tillo edificada por los criollos, por nuestros criollos, por 
la acumulación inmemorial de esfuerzos, que remontan, 
en su aspecto más tangible, a los días azarosos de la re- 
sistencia bravia, contra todo y contra todos! 



106 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


IV 

LA PROFUNDA RAIZ 

Autonomía que no brota esporádica, como que hay pá- 
rrafos enteros de su fe de bautismo,, con tanta sangre 
sellada, en las innúmeras luchas sostenidas contra el in 
vasor, desde la lejanía charrúa hasta Las Piedras, Gua- 
yabos y el Catalán. 

A brazo partido con el español y su conquista, en el 
tiempo indígena; contra los portugueses, contra los por- 
teños, contra el inglés, después. Siempre amagados por 
el ataque, siempre en la dura guardia: siempre en des- 
igualdad de fuerzas. Y ese mismo infortunio adoba la 
fibra y forma la raza, que sólo por la virilidad y el sa- 
crificio nacen y se consolidan las estirpes. 

La nacionalidad oriental se forja en esa cruda gimna- 
sia, en esa contienda, de centurias, que, a golpes, afirma 
las virtudes varoniles. Se marca, sin exactitud, su prin- 
, cipio cuando se le ubica en los días de Mayo. De mucho 
más atrás viene la irresistible impulsión colectiva. ¿De 
los memorables cabildos abiertos y de la primera Junta 
de Gobierno que hubo en el Plata, o sea de la nuestra, 
diréis? — De mucho más atrás. — ¿Acaso de las luchas 
con mamelucos, piratas y contrabandistas ? — Id aún más 
atrás. Haced memoria de las guerras libradas alrededor 
de la Colonia del Sacramento, de la fundación e infancia 
belicosa de Montevideo, con sus pobladores, más que bra- 
ceros, soldados en campo de atalaya, y evocad, también, 
el accidentado origen de sus otros núcleos civiles, cuyo 
contorno siempre husmea, en acecho, la indomable hosti- 
lidad nativa. 

¿Y por qué no internarse todavía más allá, en el ciclo 
crepuscular de la penetración europea, cuando en la sa- 
ñuda lidia se rompe, cien veces, en el pecho del indio 
corajudo,, la espada del dominador ? Al charrúa no se le 
pudo vencer del todo. Después de tres siglos de combate, 


LA MISIÓN PONSONBY 


107 


para reducirlo, se comete el crimen de a mansalva ani- 
quilarlo. Ño se resigna jamás a sufrir el yugo del intruso, 
a la vez de extender, por la constante embestida, su im- 
perio sobre los otros aborígenes. Para oponerse al espa- 
ñol, traban alianza, “ que debía durar hasta la completa 
extinción de ambas tribus o naciones”, según el erudito 
Benigno Martínez, minuanes y charrúas, o sea los dueños 
y señores de las márgenes del Uruguay. Aunque diluida 
sea, traen sangre de esas arterias los orientales y entre- 
rrianos, como de los araucanos, también irreductibles, 
heredan los chilenos su localismo altanero y belicoso. Si 
alguien lo duda, por creer que el tiempo largo y la mes- 
tización han borrado y barrido el germen primitivo, mire, 
a fondo, a un hijo cualquiera de nuestro campos, hecho 
a la delicia de sus aires libres, con bronce en la cara y 
en el pecho, y a través de sus ojos renegridos, de su modo 
estoico y sobrio, sin quejas y sin risa, de su pelo aclinado 
y de su amor al caballo, que es su orgullo, allá abajo, en 
lo más profundo, encontrará, firme, con el arco siempre 
tendido, a Yamandú el cacique! De allá, de esa olvidada 
y casi perdida vertiente, que no es manso manantial y, sí, 
arisca quebrada, venimos. 

La pasión autonómica en esta banda, ceñida por ríos 
que son fronteras, no deriva de una incidencia guerrillera. 
Su encarnación genuina f ué Artigas, descendiente de fun- 
dadores de Montevideo y definición humana de un for- 
midable sentimiento autóctono, tan ahincado en el alma 
popular que se sobrepone a crueles y agobiadores con- 
trastes y se. afirma y triunfa a la misma hora en que la 
conquista parecía inconmovible, la dispersión era com- 
pleta y el patriarca se hundía voluntariamente en las 
brumas del olvido ! 

Los contrincantes de 1825, se obstinaban en cerrar los 
oídos a la enseñanza dictada por los enunciados antece- 
dentes étnicos. Aun en esta nueva etapa, su polémica 
subsiste años, a pesar de que no encuentran manera de 
salir del conflicto y de su aprieto. 

Por auxilio pacificador ocurren, con insistencia, a In- 
glaterra, para encontrar reprochable su gestión apenas 
ella no encaja en la propia tesis, que se concreta siempre 
en la pretensión de sacar adelante, sin vencer, exigencias 
de vencedor. 



108 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Frente a la incurable argucia, que da un paso para 
adelante y dos para atrás, el mediador concluye por crear 
la fórmula conciliadora; mejor dicho,, por afianzarla en 
el tapete diplomático porque, en los hechos, ella ya existe. 

Entonces, entra en contactos directos con Lavalleja, 
todavía no bien conocidos, apesar de lo ya escrito.* Desde 
luego, es manifiesta la significación, decisiva, de esas re- 
laciones, honestamente trabadas por intermedio de Trá- 
pani, que provocan la sorda cólera de las partes y de su 
prensa. Escríbele, éste a aquél, en Abril 16 de 1827 : “La 
carta que usted me incluía para el extranjero, nuestro 
mutuo amigo, le fué entregada”. Hay irritación. 

Decía “El Tiempo” bonaerense que, “si estuviera en 
sus manos, evitaría que el noble lord se hallara en el Río 
de Janeiro durante las negociaciones”. 

También lo deseaba el emperador, desde mucho antes, 
según carta privada del ministro Gordon a Ponsonby, de 
fecha Diciembre 3 de 1827 : “ El emperador no tuvo es- 
crúpulos en decirme, a la cara, que Inglaterra era la 
causante de la continuación de la guerra; que él no me 
molestaría más para que ejerciera la misión de mediador, 
pero que trataría, por sus propios medios, de obtener la 
paz. Cuáles son ellos, dejo que V. E. los adivine, pues 
yo no los conozco”. 

En su oficio a Dudley, de Enero 18 de 1828, refiere 
Ponsonby a “la mala voluntad del actual emperador del 
Brasil para con Inglaterra”. 

Y, sin embargo, hasta el último instante necesitaron 
del mediador, suspendiendo las apuradas deliberaciones 
para solicitar su consejo y su apoyo. 

LA ANARQUIA ARGENTINA 

Es que gravitaba sobre los beligerantes la natural mor- 
tificación de sentirse cautivos de una situación compleja, 
de la que, por su solo esfuerzo, no podían salir, teniendo 
lord Ponsonby rol preponderante : el emanado de su in- 
vestidura, por todos considerada, apesar de displicencias, 
y el proveniente de su hábil y bien orientada gestión. 

. Hay en la tela más sombras que luces. El crisol en 
que fundían su metal las nacionalidades platinas, estaba 
a punto de estallar. Al hacerse cargo del gobierno y 



LA MISIÓN PONSONBY 


109 


prestar juramento ante los representantes del pueblo, 
bien lo dijo Dorrego, cual si el corazón ya le anunciara 
su propia tragedia: “La época es terrible: la senda está 
sembrada de espinas”. 

Pronto, su frente esclarecida las sentiría, sangrantes! 

Las llamaradas del incendio., que durará más de treinta 
años, van a soltarse ; sueltas ya están. La guerra del Brasil 
es un episodio del gran drama que empieza. El tremendo 
duelo entre unitarios y federales ya está escrito y nada 
ni nadie podrá evitarlo. Al galope, avanza el fratricidio. 
Se conspira en la ciudad y en el ejército. Otra vez,, habla 
el presentimiento en Dorrego cuando, en Junio 3 de 1828 
y en postdata “reservada”, le dice a Lava] leja: “Nuevos 
motivos me obligan a indicarle que, si fuese posible, des- 
tine al general Lavalle a obrar sobre el Río Grande, por 
la Manguera, o en otro punto distante de ese ejército, y, 
sobre todo, viva persuadido que obra de mala fe”. Re- 
pite, tenaz, lo que ya dijera en el cuerpo, de la carta : “ Si 
algún jefe debe obrar por la Manguera, que sea el general 
Lavalle”. 

Su correspondencia con el comando traduce una cons- 
tante inquietud: el mayor peligro no está en el ejército 
contrario, está en el propio, labra su disciplina, azuza 
las fuerzas oscuras. Se le encarece la vigilancia sobre los 
militares argentinos. A los orientales, con ser tan rebel- 
des, no se les teme. Insiste, ante Lavalle ja, el ministro 
Balcaree: “ Siguen los rumores de que el general Paz se 
retira del ejército, como que a este respecto, según noti- 
cias contestes, trabajan mucho los unitarios; lo mismo 
que acerca de la separación de todos los que pueden ser 
de algún provecho a la presente administración. Es ne- 
cesario que usted se conserve muy vigilante, porque estos 
hombres todo lo penetran . . . ”. 

“No dé licencias a los jefes argentinos”, reitera Do- 
rrego, cual si obedeciera siempre a la secreta voz. ¡ Como 
que ya el destino inclemente lo empuja hacia Navarro ! . . . 

De muy atrás venía la ansiedad, y para conjurar mayor 
catástrofe se mandara, antes, a Río al doctor García. 

Idéntica política e idéntico agente habían resuelto, en 
1816, las dificultades, creadas por la imposibilidad de 
quebrar el localismo oriental. ¿Y no se consiguió, enton- 
ces, aunque por prestada y portuguesa mano, limpiar de 




110 


LUIS ALBERTO BE HERRERA 


obstáculos el camino, aunque sólo por un rato fuera, y 
no se obtuvo, entonces, afianzar el dominio de una volun- 
tad y de su oligarquía, en la opuesta banda? 

¿Antes, no se libraron de Artigas? 

¿No se librarían también, ahora, de Dorrego, que en 
el propio solar tanto se le parece, apesar de tanto haberlo 
combatido, como que recoge y hereda sus principios fede- 
ralistas, acabando por rendirle loor? 

Cuando, después de incitarle a emprender la aventura, 
lo abandonan a su accidental infortunio, los que más le 
animaran a renovar la jornada de la oscura diplomacia 
banderiza, don Manuel José García definió así las ins- 
trucciones recibidas de Rivadavia: “La paz es el único 
punto de partida para todo. Si la guerra sigue, la anar- 
quía es inevitable. Si no puede obtenerse la paz. será 
preciso resignarnos al vandalaje”. 

También veía claro, en el caso, el presidente. Con cre- 
ciente encono, los bandos políticos se disputaban el pre- 
dominio, no cabiendo los dos, a la vez, en el mismo campo. 
Se está en los difíciles comienzos: recién la democracia 
es una palabra y, húmeda aún la tinta con que se la 
escribiera, ya exige subrayado de sangre, que a torrentes 
y por todos derramada correrá. 

El cisma de la vecindad próxima consigue infiltrarse, 
con cierto éxito, en nuestros asuntos: el suficiente para 
provocar la atención y la alarma de nuestros patriotas. 
La propaganda unitaria, encarnada en Rivadavia, se ex- 
tiende hasta el seno de nuestras autoridades civiles, ins- 
taladas en Canelones. Cuando cae la constitución del año 
26 y su máquina de gobierno, el acontecimiento repercute 
en nuestro medio. De acuerdo con los jefes orientales y 
en conformidad con los principios artigu-stas, desnatu- 
ralizados por la ajena maniobra, Lavalleja, general y 
gobernador, decide su disolución. Penosa medida, que da 
el síntoma de aquellos tiempos tan atormentados. La evo- 
camos, sólo a los efectos de señalar el movimiento de afir- 
mación que se diseña, con poca diferencia de tiempo, en 
ambas orillas y que prologa, en su última instancia, las 
negociaciones de paz. Tres nombres descuellan, entonces, 
con fuerza resolutoria: Dorrego, Lavalleja y Pcnsonby. 
Quizás, si se individualizara el influjo de cada uno, le 
correspondiera el primer sitio en la terna de honor al 




LA MISIÓN PÓNSONBY 


111 


británico ; pero dejemos que aparezca como último- quien 
en la gestión conciliadora se superó, ya que ni él, ni su 
nación, jamás hicieron caudal del gran servicio prestado 
y corresponde dar preferencia jerárquica a los nativos. 

En la penumbra — que de ella no quiere salir — siempre 
está el fiel, el habilísimo, el vigilante Trápani, a quien 
sólo interesa la libertad de su patria. 

Aquellos tres hombres se aproximan y se entienden, 
mientras el cuarto cuida; es decir, cuida la suerte de su 
tierra, que es lo suyo, que es como su carne y parte de 
su alma. 

IiA AMISTAD DE PONSONBY Y DOBREGO 

Ponsonby y Dorrego traban una amistad generosa, que 
sería para siempre, aunque la tragedia pronto la trunca. 

Ya hemos reproducido los conceptos, de suprema in- 
dignación, que arrancó al uno el asesinato del otro. Re- 
fiere La Madrid, en sus “Memorias”, que, cuando Lavalle 
resuelve sacrificarlo, Dorrego lo llamó a aquél para que 
ofreciera, en rescate de su vida, la garantía del plenipo- 
tenciario inglés. Al inexorable rechazo, contesta, entre 
otras disposiciones emocionantes de última voluntad, en- 
cargando a su hermano, don Luis, que escriba a lord Pon- 
sonby, ya en Rio de Janeiro, enterándole del luctuoso 
episodio y suplicándole que quiera “poner a cubierto, en 
cuanto pudiese, el crédito de la república Argentina y 
de Buenos Aires, de la mancha que iba a echarse en su 
historia por los que derramarían su sangre”. 

Esa carta fué escrita y publicada en “El Lucero 1 ” de 
de Noviembre 16 de 1829. 

Dorrego quiere y necesita la paz; pero, fogoso y pa- 
triota, a veces trepida bajo el deslumbramiento de una 
posible decisión por las armas, o aún por la conjuración 
más o menos extravagante, dentro del propio campo ene- 
migo, como ampliamente lo abona la aventura ideada y 
concertada con el alemán Bauer, en 1828, para obtener 
la segregación de Santa Catalina y hasta el secuestro del 
emperador. Cuando el glorioso suceso de las Misiones, 
de nuevo se abraza a la esperanza y lanza aquello de la 
independencia “temporaria”. 

Ante la reiterada comprobación de estos cambios de 




112 


LUIS ALBERTO DE HERBERA 


actitud en ambos países, el mediador decide robustecer 
su tesonera gestión y apoyarla, con especialidad, en los 
orientales, que quieren ser libres y tienen pleno derecho 
para serlo. Alienta la convicción de que los rivales nunca 
encontrarán términos hábiles de transacción, y no muy 
diverso cabe suponer el pensar de Gordon, ministro en 
Río, pues así le escribía, en Febrero 24 de 1828: “A me- 
nos que nos armemos de coraje y declaremos a ambas 
partes que el acuerdo que consideramos justo debe acep- 
tarse, me temo que nunca llegarán, espontáneamente, a 
entenderse entre sí”. 

Esa sensación, cuya exactitud plenamente abonarían 
los hechos, se adueña, desde el principio, del ánimo de 
Ponsonby. En nota de Diciembre 30 de 1826, le expresa 
su temor a Canning de que cualquier incidencia “hiera 
la vanidad, formidable obstáculo en cualquiera de los dos 
lados”; y en la de Junio 20 del año siguiente le insiste: 
“Yo creo que, actualmente, el motivo primordial que pro- 
longa la contienda es: el orgullo”. 

Muy lógico, pues, que creciese en su espíritu la idea 
de llegar a la solución, en lo íntimo por todos tan deseada, 
mediante la contribución de otros factores. Ninguno más 
eficiente y mejor templado que la tercería oriental. Sobre 
la independencia del disputado territorio pus de y debe 
fundarse la transacción, sin desmedro para nadie. 

Escribe a Canning, en tal sentido, con fecha Setiembre 
9 de 1827 : ‘ * Pero como estoy convencido que la paz sólo 
puede concertarse sobre la base del total renunciamiento 
de S. M. I. a la posesión de la Banda Oriental y como 
abrigo temores de que ni aún esa proposición pueda pros- 
perar al presente, por razones que más adelante expresaré, 
me ha parecido oportuno insinuarle al señor Gordon que, 
si S. M. I. estuviera dispuesta a hacer la paz sobre esa 
condición, le sería fácil obtenerla por medio de los orien- 
tales mismos. El general Lavalleja secundaría, solícita- 
mente, al emperador en esta empresa y la república debe, 
voluntariamente o no, hacer la paz, si los orientales la 
desean. Yo temo que S. M. I. no encontrará esta solución 
la más ventajosa para él”. 

Es la primitiva fórmula de la independencia uruguaya, 
qüe sigue imponiendo su virtualidad, como que ya está 
materializada, a despecho de las combinaciones diplomá- 
ticas, empeñadas en rehuirla. 




LA MISIÓN PONSONBT 


113 


El mediador, que no ve otra salida, redobla el esfuerzo 
persuasivo ante los gobernantes ; pero como ni en Río de 
Janeiro, ni en Buenos Aires consigue adelantar un paso 
en el sentido indicado, o en cualquier otro, lealmente 
apela a los propios interesados. De ahí arranca su vin- 
culación con Trápani, agente fidelísimo y confidencial 
de Lavalleja, cuyo nombre a menudo aparece en la co- 
rrespondencia del mediador y a quien Dorrego presenta, 
en su citada carta de Marzo 17 de 1828, como “haciendo 
alarde de la amistad que usted le dispensa, como le in- 
formará Vidal”. 

Vale la pena reproducir, aunque cortadas, algunas de 
sus frases, a fin de dar la medida de esa aproximación, 
que a tan importantes resultados condujera : ‘ ‘ Tuve opor- 
tunidad de leer una carta recién recibida de Lavalleja”. . . 

‘ ‘ La enfermedad que me aquejaba cuando zarpó el último 
paquete, me privó de remitir a V. E. algunos extractos 
de cartas del general Lavalleja a su más íntimo amigo 
aquí; ahora los envío”. . . “Según oigo, Lavalleja es un 
hombre honesto ”... “ Los planes secretos del general 

Lavalleja, quien ha partido a tomar el mando en jefe de 
la Banda Oriental. He recogido su noticia en fuente se- 
gura. Creo que el gobierno no los conoce”. . . “Sé por 
Lavalleja”. . . “He leído cartas recientes de Lavalleja”. . . 
Rastros epistolares muy denotativos. 

La naturalidad de esas expresiones, registradas en no- 
tas de Octubre 2 de 1826, Junio 6, Julio 30 y Diciembre 4 
del 27, elevadas a la cancillería inglesa, acredita el es- 
trecho contacto establecido entre el mediador y los orien- 
tales. Más lo destacan otras comunicaciones, de las cuales 
se desprende que su consejo moderador iníiuyó en las 
actitudes de Lavalleja, inclinándolo a no complicar, con 
actos irreflexivos, las negociaciones de paz. 

Escríbele Ponsonby a lord Dudley, sustituto de Can- 
ning, que acaba de morir, en Diciembre 4 de 1827 : “Es- 
toy más satisfecho, aún, de haber conseguido del mismo 
general Lavalleja la seguridad de que no tolerará ningún 
acto que pueda dar a la contienda otra significación que 
la de una lucha por la libertad de su patria de la domi- 
nación extranjera. El me ha enviado, además, la promesa 
de que no formará alianza con ninguno de los súbditos 
de S. M. I. que pretenda rebelarse contra su soberano, 


8 



114 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


lo que entorpecería la conclusión de la paz en el caso de 
que la Banda Oriental fuera rescatada del emperador. 
Ayudará, en todo lo posible, a los enemigos del empera- 
dor, pero sin hacer causa común con ellos. Confío que 
Y. B. aprobará mis esfuerzos, tendientes a evitar todo lo 
que pueda contribuir a darle a esta guerra un carácter 
político ’ ’. 

Antecedentes que permiten adivinar hasta dónde f\ié 
de amplia y fecunda la gestión británica. Su exhortación 
a la paz se extiende a todos los protagonistas, a la vez 
que se previenen nuevos peligros y se trata de limitar la 
contienda al campo militar. Mucho se había voceado el 
cambio del régimen monárquico en el Brasil, mediante 
combinaciones a base de algunos elementos inquietos de 
Río Oran de. Planes que no salieron del papel, al igual 
que la pregonada invasión de Bolívar, a título de implan- 
tar la república ; lo mismo ocurrió con el fomento de las 
deserciones en filas contrarias y con el soborno de sus 
enganchados, etc. 

Para la cordura del mediador era evidente la fragili- 
dad de esos proyectos, fruto de la afiebrada fantasía. 

CONTACTO DE PONSONBY Y LAVADLE JA 

El mayor riesgo radicaba en que Lavalleja, apesar de 
la escasez de sus elementos, tratara de promover disen- 
siones en el Imperio. Por irrealizable que fuera esta pers- 
pectiva, alejaba la posibilidad de arreglo. Debía ponerse 
todo empeño en evitarlo. Y a fin de que se aprecie hasta 
dónde la más alta imparcialidad regía tales actos, repro- 
ducimos este otro párrafo, tomado de la nota de Ponsonby 
a Canning, de Octubre 20 de 1826, en que refiere a una 
entrevista con Rivadavia: “Sin embargo, no tengo moti- 
vos para creer que el presidente adopte ninguna medida 
conducente al logro de este fin, hasta que la adversidad 
lo obligue; y yo temo, debo confesarlo, que la notoriedad 
de la mala situación de este país se haga tan evidente 
que el emperador se sienta tentado a exigir un incondi- 
cional sometimiento a todas sus demandas y que, final- 
mente, este país se vea obligado a ceder a ellas”. 

Persuadido de que ninguno de los beligerantes está en 
condiciones de triunfar, lord Ponsonby, en cuanto puede, 



LA MISIÓN PONSONBY 


115 


imprime a los sucesos la dirección capaz de llevar a la 
conciliación. 

Así, en todo momento ; por eso, lo vemos hacer suya 
la tesis del emperador, con respecto a la evacuación de 
las Misiones, cuando esa exigencia final complica, de 
nuevo, el resuelto problema. 

Se lo declara al general Lavalleja, al comunicarle la 
feliz y gran noticia, en su nota de Agosto 31 de 1828: 
“Yo, como ministro mediador, lo aconsejé del modo más 
enérgico a los ministros argentinos, y añadiré que, si no 
se hubiera convenido por ellos, las esperanzas de la paz 
y la cierta y segura independencia del país de V. E. hu- 
biesen sido sacrificadas por una negativa, Inglaterra ha- 
bría cesado de ser el mismo amigo que la república Argen- 
tina siempre ha encontrado en esa nación”. 

Restablecer la perdida armonía es el inalterable pro- 
pósito de la mediación inglesa. Agota ella su voluntad 
cordial, mientras el tiempo corre, en vano, para los beli- 
gerantes, que no van más allá de las promesas pacíficas. 

El entendimiento moral de Ponsonby con Lavalleja 
precipita, para bien, los sucesos. En su nota de Diciem- 
bre 27 de 1827, lo comunica a Dudley: “V. E. deberá 
tener siempre en cuenta que Lavalleja es gobernador y 
capitán general de su propia provincia y comandante en 
jefe del ejército de la república y es un funcionario pú- 
blico de quien, al presente, nuestros mayores intereses 
dependen: es, para mí, necesario saber exactamente sus 
decisiones con respecto a la paz y, por lo tanto, yo he 
mantenido una comunicación indirecta y privada con él, 
la cual, si es irregular, espero que no será desaprobada 
por V. E. porque ha sido esencial para habilitarme a 
cumplir las instrucciones del gobierno de S. M. y evitar 
el peligro de que la guerra llegue a ser una guerra de 
principios”. 

Estos jugosos conceptos dan singular relieve a la co- 
nexión espiritual establecida entre el mediador y el jefe 
patriota, sin que la menor deslealtad sombreara la acti- 
vidad de uno y otro, impulsada por el anhelo fervoroso 
de conseguir la paz. Ambos están contestes en que sólo 
por el reconocimiento de la independencia oriental a ella 
se llegará. 

Ya hemos visto cómo irritó al gobierno de Buenos Ai- 



116 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


res la aproximación de I á referencia, al extremo de pro- 
cederse contra Trápani — obligado a fugar de la ciudad — 
y de llamar sobre el caso la atención dé Lavalleja, tam- 
bién ya incómodo. Se le presenta como elemento sospe- 
choso, sin recordar que ese mismo ciudadano había sido 
mensajero de confianza al campamento de Durazno, en 
las postrimerías de 1825. como portador de oficios reser- 
vados sobre el plan de guerra. 

En efecto, el 16 de Noviembre, Lavalleja acusa recibo 
de los mismos, diciendo: “Al regreso del señor Trápani 
a Buenos Aires, llevará todas las instrucciones y facul- 
tades suficientes para la conclusión del expresado plan 
de entrar al continente del Brasil. La vuelta de dicho 
señor será tan pronto como lo permitan los objetos de 
interés general que ahora lo detienen”. 

Pero para el gobierno de Buenos Aires las superiores 
calidades de Trápani deponen en su cohtra, desde el 
instante en que su corazón de patriota dice lo que siente, 
lo que rebosa en el pecho y al labio sube. 

Por su intermedio, Ponsonby cultiva la valiosa rela- 
ción de nuestro gobernador y jefe. De continuo le exhorta 
a la cordura; a no dar carácter implacable a la guerra; 
a no hacerse eco de iniciativas tendientes a anarquizar 
el Imperio, creando la guerra de clases, cuyo único y po- 
sitivo resultado se reducía a exasperar al gobierno ata- 
cado y a alejar más las probabilidades de paz. Bien 
asoma ese punto de vista en esta frase de su oficio a 
Dudley: “ Las apariencias están muy en favor de los 
orientales, si Lavalleja obra con prudencia, como creo 
que lo hará ”. Presunción ciertamente fundada en el 
intercambio de opiniones sostenido, con toda reserva, a 
través del amigo común y caballeresco que era don Pedro 
Trápani, quien escribía a Lavalleja, en Febrero 23 de 
1828: “Ahora recordaré a usted que, en alguna de mis 
anteriores, manifesté a usted mi opinión respecto a la 
conducta que debíamos seguir, en caso que alguna revo- 
lución espantosa estallase en el Brasil; y como no tengo 
motivos para creer que aquéllo no pueda dejar de suceder, 
le recomiendo, de nuevo, esté alerta y que, en tal caso, 
guarde una posición circunspecta e independiente , pues 
‘ estamos acordes que nuestra causa es defender y libertar 
nuestra tierra y, de ningún modo, introducimos en ne- 




LA MISIÓN PONSONBY 


117 


gocios ajenos, ni menos, entrar en planes de asesinar em- 
peradores, como es probable que piensen hacerlo los que 
andan en esas empresas”. 

Aludía a la tentativa de convulsionar el orden en el 
Imperio, pactada, por contrato de fecha Noviembre 3 de 
1827, suscrito por el gobernador Dorrego y Federico 
Bauer en representación del contingente de alemanes que, 
según petición posterior del último al gobierno de Buenos 
Aires - — pidiendo, en 1829, recompensa por “los trabajos 
hechos en favor de la independencia de la provincia de 
Santa Catalina” — habría llevado a terminar la guerra, 
a “proclamar al Brasil libre e independiente para siem- 
pre” y a “sustraer a sus compatriotas de la «tiranía de 
aquel emperador”. 

Resultado de la aventura fue el fusilamiento de sus 
cabecillas, <a raíz del motín de Río d.e Janeiro, sin que la 
monarquía sufriera el menor trastorno. 

En su escrito y para abonar algunos de sus dichos, 
Bauer apela al testimonio del ex ministro de hacienda, 
don José María Roxas, que “puede dar a V. E. los datos 
más ciertos, más luminosos y más útiles sobre la mate- 
ria”. 

Muchos años después, en carta al general Juan Manuel 
de Rozas, de Abril 30 de 1851, aquel hombre público toca 
el tema : ‘ ‘ Dos conspiraciones había en la corte del Brasil, 
una contra el Imperio, otra contra la persona del empe- 
rador. Estaba a nuestra disposición concluir con aquél 
y recibir a éste en un corsario y traerlo a Buenos Aires. 
Lord Ponsonby había traslucido algo y escribió una carta 
fuerte sobre el particular al señor Dorrego”. Otra carta 
del mismo al mismo, sin fecha y posterior, amplía la in- 
formación sobre la extravagancia: “ Vuelvo al asunto 
principal, para terminar, porque ya he escrito a V. E., en 
otra carta, el modo con que concluyó la conspiración de 
los alemanes y la guerra misma; y para explicarle el 
motivo que tengo para remitirle los documentos originar 
les que conservaba. El señor Dorrego, viendo las dificul- 
tades que yo alegaba para no entregar todo el dinero que 
se necesitaba remitir al Janeiro, comenzó a desconfiar de 
mí y se hizo más reservado ”. 

Abunda el señor Roxas en revelaciones sobre aquel 
curioso enredo, más folletinesco que eficiente y que me- 



118 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


jor fuera no hubiera existido. ‘ * Otra conjuración parcial 
manejó por sí solo el señor Borrego. Esta fué la de un 
joven alemán, de la guardia escogida del emperador, que 
se quejaba de una ofensa grave inferida a él por el em- 
perador. La guardia se componía de trescientos hombres, 
que estaban permanentes en la quinta real de Bella Vista, 
sobre el puerto. Proponía entregar la persona del empe- 
rador, atado, a bordo de un corsario velero nuestro, que 
se presentase en la boca del puerto del Janeiro. Por orden 
del señor Dorrego, salió de aquí un bergantín corsario 
llamado el “Niger”, al mando del capitán Coe, de infame 
memoria; y para no ocupar lugar llevó de lastre bombas 
vacías de. fierro sacadas del parque de artillería. Tuve 
sospechas de que su comisión tenía relación con el pro- 
yecto del rapto imperial; pero no pasó de sospechas”. 

Sigue el breve relato de la brevísima aventura, que 
acabó con la embicada del barco, al salir del Plata, in- 
cendiado por las cañoneras brasileras. 

\ 

LA LEALTAD DE LA MEDIACION 

Más interesa esta referencia anterior : ‘ * Por otra parte 
lord Ponsonby había traslucido algo y sospechábamos 
fuese por el comisionado, el alemán don Antonio Martín 
Tin, que dejó aquí encargado Bauer para la correspon- 
dencia. Lord Ponsonby escribió a Dorrego una carta 
muy fuerte sobre el asunto. Aseguraba qué aquí había 
estado incógnito un personaje brasilero llamado José Bo- 
nifacio de Andrada y Silva, el mismo a quien dejó de 
tutor de su hijo menor el emperador actual”. 

Prescindimos de apreciar el alcance de la intriga en 
cuyas redes hasta el nombre del ilustre Andrada aparece 
envuelto. Difícil averiguar dónde empieza lo novelesco; 
por lo demás, motiva la transcripción dar relieve a ma- 
quinaciones de visible temeridad y, también, y 9obre todo, 
a su expreso repudio por parte del mediador. 

Incidencias diversas, acordonadas a lo largo de la^mi- 
s’ón inglesa, que acreditan la constancia del proposito 
honorable que la alentó. Remover, en forma decorosa 
para todos, los obstáculos que impedían el común enten- 
dimiento, fué su invariable afán. Constituía uno de esos 
impedimentos la recíproca desconfianza, fundada sobre re- 




LA. MISIÓN PONSONBY 


119 


celos tradicionales. A reducirla, ya que era imposible disi- 
parla, se dedican Gordon, en Río, y Ponsonby, en Buenos 
Aires. A esas prevenciones alude aquél en su nota a Can- 
ning, de Enero 6 de 1827, refiriendo a las sospechas del 
emperador por la conducta de su adversario, ‘ ‘ por las 
tentativas que está haciendo ahora para suscitar una in- 
surrección entre sus propios súbditos, unido al proyecto 
inhumano de incitar a los negros contra los blancos en 
sus dominios. En la opinión del emperador, tal conducta 
de parte de la república, está lejos de ser un esfuerzo 
leal y honesto para asegurar su propia existencia política 
y el dominio completo del Río de la Plata”. 

Empeñada estaba la guerra, con todos sus delirios, y 
válido era el recurso de debilitar las fuerzas del contra- 
rio; pero más ardua hacíase, todavía, la empresa del 
pacificador. 

Cuando la misión a Río de don Manuel José García, 
el ministro Gordon, que tanta buena voluntad pone en 
ayudarlo, le concreta las dificultades existentes, expre- 
sándole que “de ningún modo desesperaba de que pu- 
diera llegárse a la paz, pero que era absolutamente nece- 
sario preparar al emperador y desvanecer en su ánimo 
las impresiones profundas que tenía contra la política 
del gobierno de la república, las que había procurado 
destruir él mismo ; pero que el emperador le había re- 
plicado siempre que él no podía persuadirse fácilmente 
de que el gobierno de la república deseara sinceramente 
la consolidación del gobierno del Brasil, dado que, no 
sólo se fomentaba exprofeso en el pueblo de las Provin- 
cias Unidas un odio profundo contra su persona y contra 
la forma de su gobierno, sino que, además, se ponían en 
ejecución prácticas funestas para sublevar esclavos y para 
hacer degollar por ellos a sus señores”. 

En verdad, que la ignominiosa esclavitud nunca invito 
a la simpatía y menos pudo ser así en días de conflagra- 
ción. Por otra parte, el choque estaba planteado entre 
dos sistemas de gobierno y, por ende, de ideas. Era*pre- 
sumible y legítimo que sedujera la perspectiva de intro- 
ducir el desconcierto en el campo enemigo, agitando bellos 
anhelos de redención social; pero no escapaba al criterio 
del mediador que ese ensayo, por lo demás ya fracasado, 
de ofensiva, alejaba de la paz. 




320 


LUI8 ATiBEETO DE HERRERA 


Los contratiempos no abaten la firme voluntad de Pon- 
sonby; parecería que más bien redoblasen su afán conci- 
liador. No cesa de aplacar pasiones, sin que lo arredre 
la molestia de ser por ellas herido. 

También ha arraigado en su espíritu la persuasión de 
que la llave del arreglo está en el reconocimiento de la 
independencia oriental. Se impone reiterarlo y acumular 
pruebas, ya que, a menudo, se desnaturaliza el concepto 
del hermoso episodio, presentándolo como solución de 
emergencia, apurada y repentista. No hubo en ella nada 
de aleatorio porque, como lo escribiría el ministro Roxas, 
“ entonces los orientales meditaban ya emanciparse de 
Buenos Aires y obraron por su cuenta y riesgo”. 

NUESTRO IRREDUCTIBLE LOCALISMO 

Quizás nadie leyera tan claro en el inmediato futuro 
como don Pedro Feliciano Cavia, aquel interesante per- 
sonaje, secretario luego de la misión de 1828 a, Río Ja- 
neiro, a quien cupo el honor de ser portador, ante el 
congreso de Santa Fe, de la convención preliminar recién 
suscripta allá. 

Ardiente y de alta capacidad, sin embargo, de los la- 
bios que brotaran, cual lenguas de fuego, los más airados 
denuestos contra Artigas, cayeron, en el congreso cons- 
tituyente de 1826, palabras de este nervio y valentía: 
“Yo no tengo el honor de representar a la Provincia 
Oriental, pero me lisonjeo de que ella sea mi segunda 
patria. Su voto no debe considerarse por lo que hace en 
medio de la angustia del tiempo. Ella, cuando no tenía 
que temer lo que ahora, fué el germen de la federación, 
la que ha dado pasos enormes en esa carrera de que ja- 
más retrocederá; y aunque no tenga espíritu profético, 
soy vecino de allí, conozco a sus habitantes y sé que ellos 
no abandonan lo que una vez han sostenido, y si ahora 
ejecuta ese paso de resignación, es el ultimátum, de los 
sacrificios que hace esa benemérita provincia, por atender 
al objeto primario, que ahora tiene, de exterminar a ese 
Imperio usurpador Agudo análisis, lleno desacierto y 
así redondeado : ‘ ‘ Pero ella volverá a sus ider s, así que 
haya conseguido el objeto primario que ahora tiene, cual 




LA MISIÓN PONSONBY 


121 


es el de su independencia y su tranquilidad interior y, 
como se ha dicho muy bien, debe ésta afianzarse para 
conseguir la libertad ; ésta es la escala que no puede me- 
nos de guardarse y es el último de los sacrificios que ella 
hace. Esta es la razón de su pronunciamiento actual, 
pero, pasado* el momento de la crisis, volverá a tomar su 
primera fuerza”. 

No necesitaría este comentario de los subrayados que 
le pone el vehemente orador para destacar por su extra- 
ordinaria fuerza y veracidad. Talvez sólo lo iguala' la 
expresión similar de Ponsonby, quien también nos ha 
dejado juicios bien asertivos sobre el mismo tema. 

Sumemos otro más a los ya reproducidos, arrancado 
de la nota de Octubre 20 de 1826, elevada a Canning: 
“De todo lo que puedo deducir de este estado de cosas, 
concluyo que los orientales están tan poco dispuestos a 
permitir que Buenos Aires tenga predominio sobre ellos 
como a someterse a la soberanía de S. M. I. el emperador” 

Remacha : ‘ ‘ Ellos luchan contra los brasileros, pero es 
para rescatar a su país y librarse ellos mismos de una 
asfixiante esclavitud, no para colocarse bajo la autoridad 
de Buenos Aires; y si el emperador fuera alguna vez 
desalojado de la Banda Oriental, los orientales estarían 
igualmente prontos a luchar contra Buenos Aires, por 
su independencia, como lo hacen ahora contra el Brasil. 
La firme convicción que aliento acerca de estos hechos 
es la que me infunde tanta confianza en la fórmula su- 
gerida, que no sólo promete positivos beneficios a la 
república, librándola de una guerra civil, consecuencia, 
a mi juicio, de la anexión de la Banda Oriental a Buenos 
Aires, pero que tendría la positiva ventaja, si se utilizara, 
de aliviar al estado de todas sus dificultades presentes y 
asegurarle una nueva era de prosperidad”. 

Abundamos en estas referencias, imparciales y tan 
autorizadas, ya que tanto se ha insistido en oscurecer, 
cuando no callar, las razones profundas de nuestra eman- 
cipación, afianzada sobre antecedentes graníticos, que de 
paso hemos apuntado : rica savia que de la raíz asciende 
para dar hojas y cuajar en fruto. Es la rebeldía, de to- 
dos los tiempos, la que cobra derechos. La recogen y tra- 
ducen sus gloriosos montoneros, y cuando se creyera que 



122 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


al artiguismo lo ha aplastado, cual lápida, su inmenso y 
repetido’ infortunio, treinta y tres hombres, de nazareno 
desamparo, avenían, en días, las cenizas y fríos del desen- 
canto, probando, otra vez en la historia, que no hay do- 
minación extranjera, por fuerte que sea, más poderosa 
que el latido, jamás apagado, del sentimiento nacional. 

Es nuestro localismo, irreductible, la eausa de la guerra 
abierta entre las Provincias Unidas y el Imperio ; es nues- 
tro localismo el perturbador de todas las soluciones que 
pretenden desconocerlo ; es, en fin, nuestro localismo 
quien, en definitiva, la impone. 

Con toda claridad lo comprendió Ponsonby y así lo 
dijo a unos y a otros — a brasileros, a argentinos y a su 
cancillería — con singular sagacidad y cordura. Escríbele 
a Gordon, con fecha Enero 4 de 1827 : ‘ ‘ Una paz que 
dejara a la Banda Oriental en manos del Imperio, es, en 
sí, imposible. Ningún documento bastaría para someterla 
un año, seis meses; tal vez, ni uno solo. Los orientales 
jamás lo consentirían, y al emperador se le engaña, in- 
tencionalmente o por ignorancia de quienes le aseguran 
que los orientales se someterán ”. 

Escríbele a Dudley, en nota de Diciembre 4 del mismo 
año: “ Estoy convencido de que los partidarios de la 
independencia, en la Banda Oriental, no consentirán 
nunca ser súbditos del emperador, y creo que ningún 
gobierno puede existir en Buenos Aires lo suficiente 
poderoso para impedir a esa provincia renovar la gue- 
rra ”. . . 

Todos los yugos incomodan. No cabe duda que pesaba 
más el impuesto por otra raza, por otro idioma y por 
otro sistema y modalidad; pero tampoco puede dudarse 
de que también era insoportable el de las provincias her- 
manas. Vano rastrear en los documentos oficiales con- 
ceptos que esto último contradigan: también los habría 
para comprobar, según actas y proclamas públicas, que 
los vecindarios y cabildos. “ espontáneamente ”, hasta 
gustosos y entusiastas, aceptaron el fuero imperial. Lo 
aceptan y juran muchos de los patriotas y con Rivera 
al frente lo aclaman, en apariencia, los bravos Dragones 
de la resistencia artiguista. Otros, como Lavalleja y 
Oribe, se dispersan, concluyendo por emigrar, para reapa- 
recer en la Agraciada . . . 




LA MISIÓN PONSONBY 


323 


Más que todas las demostraciones fundadas en dichos, 
vale la que se configura por el hecho radiante. No juz- 
guéis a aquellos hombres, espiritualmente tan torturados 
y a veces perdidos en la tiniebla sin orillas, por el rasgo 
mal o bien trazado de sus escritos imperfectos, que malo 
debió ser porque su pupitre fué la carona, con la enemiga 
asechanza a todos los rumbos; juzgadlos por su devoción 
heroica al ideal que sube de las almas, impreciso en el 
contorno, pero orgánico en su esencia. Y todavía más 
convincente muéstrase la obra, la realidad autonómica 
cuya vibración viene de muy atrás, en la corriente de la 
infancia colonial, que se suelta cuando las invasiones 
inglesas, que se afirma cuando la primera junta — la 
nuestra — , que se intensifica con la aparición del inmor- 
tal blandengue, el de Las Piedras : el de la resistencia a 
muerte. 

De 1808 en adelante, con nadie quisimos ir, de nadie 
quisimos ser. Hacia el continuado sacrificio empuja algo 
superior a los hombres, que pasan ; lo que no pasa, aun- 
que eclipses parciales pueda sufrir, es la fuerza misteriosa, 
plena de fecundidad y de milagro, que crea las patrias, 
la misma que alienta en todas las matrices y que des- 
pierta a la semilla en el surco. 

La lógica escrita nada tiene que hacer, ni puede, con- 
tra esas formidables eclosiones del sentimiento colectivo. 

Y es, precisamente, su pujante influjo el que preside 
los sucesos que comentamos. 

Ni Lavalleja, ni el emperador, ni las Provincias Uni- 
das, se libran de su impulso, decisivo, apesar de cóleras y 
protestas. 


¡TRANSEN! 

Ponsonby tuvo el acierto de acusar el fenómeno y la 
recta energía de proclamarlo. 

Las partes se sienten mortificadas ante esa verdad, que 
duele: a la que tanto cuesta someterse. 

Entonces el mediador procura aplacar susceptibilida- 
des; es decir, llegar a lo mismo pero por otro camino, o 
sea con prescindencia de la denominación que lastima. 
Así le escribe a Canning, en Julio 20 de 1827: “Si mi 



124 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


proposición fuera exacta y bien fundada (como creo que 
cualquier hombre instruido e imparcial, ampliamente in- 
formado del estado de estos asuntos, la consideraría), 
juzgo que sería prudente dirigir los esfuerzos de los que 
pugnan por la pacificación al descubrimiento de medios 
para suavizar y adormecer esa violenta pasión. ¿ No sería 
posible lograr ese fin abriendo una negociación en la que 
ni una sola palabra se dijera del título o reclamo, de una 
u otra parte, sobre la disputada provincia, pero en la 
cual se comprometieran, simplemente, ambos beligerantes, 
a pactar la paz y a la adopción de una amistosa política 
y de relaciones comerciales cordiales? Por este procedi- 
miento, se ahorraría a S. M. I. el dolor de hacer una 
concesión cualquiera a la república”. 

Ni se abraza a ficciones, ni usa de procedimientos ar- 
tificiales. Cuantas veces sea necesario, su sinceridad re- 
petirá que la mejor fórmula de arreglo, quizás la única, 
consiste en declarar la independencia del codiciado solar. 

En la citada nota del 4 de Diciembre, le expresa a 
Dudley: “Si en este estado de cosas el emperador y la 
república tomaran como base la independencia de la 
Banda Oriental y convinieran mutuamente en garantirla, 
yo opino que podría concertarse una paz firme y estable, 
que contuviera las estipulaciones necesarias para aquietar 
completamente los temores y recelos de todos los bandos”. 

Honrada convicción, vertida en la confidencia al su- 
perior y destinada al hermético silencio de los archivos 
oficiales. Pero el mediador va aún más lejos. Él pone 
confianza en la patria naciente y así agrega: “Yo con- 
sidero que ninguna dificultad se opondría al estableci- 
miento de un gobierno en la Banda Oriental, que sería, 
por lo menos, como los de las provincias y el de Buenos 
Aires mismo”. Y, luego de mencionar a Lavalleja y de 
elogiar a sus “ tropas orientales, principalmente, pues 
éstas obedecen a sus oficiales y puede inducirlas a abste- 
nerse de cometer desmanes, más fácilmente que a otras”, 
termina: “ Además, los orientales son, por mucho, sus 
mejores soldados: son milicia, son subordinados y com- 
pañeros de sus oficiales y son considerados, bajo todos 
conceptos, la gente mejor de estas regiones ”. 

Comentario íntimo y sin dobleces, como que se articula 




LA MISIÓN PONSONBY 


.125 


en el curso de un informe a la propia cancillería, a fin 
de ponerla, en privado, al corriente de los acontecimien- 
tos. Y, cuando se manifiesta, el mediador ya lleva casi 
dos años de residencia en los países beligerantes, tan fá- 
ciles de. penetrar en sus ideas y costumbres, como que 
todo estaba en principio y se mecían en la inocencia casi 
paradisíaca de la primera infancia. 

Suscrita la paz, así se pronuncia Ponsonby, en nota de 
Octubre 13 de 1828, dirigida a lord Aberdeen, reempla- 
zante de Dudley : “ De las bases de la convención, la que 
se refiere, por ejemplo, a la independencia de la Banda 
Oriental, es, ciertamente, la única sobre la que puede ser 
fundada una posibilidad de paz duradera; pero be ob- 
servado siempre, y así lo be manifestado en distintas 
ocasiones, que mucha confusión y desorden debe presu- 
mirse que se originaran allí, provocados por los partidos 
contendientes, etc. ’ \ 

En nada se equivoca. .‘Él no cree en la venidera ^tran- 
quilidad interior” anunciada por -Cavia; y las turbulen- 
cias qué se suceden, cual exigencia congénita de estas 
sociedades en formación, certifican el ceñido júicio. Los 
conceptos que extractamos, bien abonan la clara concep- 
ción política de Ponsonby, servida por una ecuánime y 
sincera voluntad. Y esa sensación se desprende, cual fra- 
gancia, de los papeles viejos que recogen su meditado 
pensar sobre los asuntos del Plata. 

Tiene para nosotros el singular mérito de haber com- 
prendido, mejor que nadie, el significado, como fenómeno 
histórico, de la rebeldía oriental. En vez de negarse a su 
evidencia, repitiendo el craso error de otros, encara el 
acontecimiento en sus alcances y le atribuye toda la tras- 
cendencia que realmente posee. Por eso, entra en rela- 
ciones personales con Trápani y procura, por su digno 
intermedio, contactos con Lavalleja; genuino represen- 
tante, aquél, del patriotismo uruguayo, y su brazo ar- 
mado el segundo. 

Idéntica equidad mueve a los dos ministros británicos, 
pues si Ponsonby, desde Buenos Aires, le da personería 
moral a nuestro pueblo, durante las negociaciones, Gor- 
don la confirma, desde Río de Janeiro, cuando envía, en 
Febrero de 1828, al secretario de legación Fraser al eam- 



126 


LUIS ALBERTO BE HERRERA 


pamento de Lavalleja. Es portador de una nota impor- 
tantísima, comunicándole así, por cuerda separada, que 
el emperador acepta entrar a negociar sobre la base de 
nuestra libertad: “la independencia de su país nativo 
forma la base principar’. Confía, por tanto, que “no 
dejará de emplear sus esfuerzos para que sea aceptada 
por la república”; y concluye: “Ruego, además, a V. E. 
quiera ver en esta carta una prueba del interés que toma 
la Gran Bretaña por el bienestar de la Banda Oriental, 
así como por la terminación de la guerra, y usted puede 
estar seguro de que su cooperación en pro de un inmediato 
oese de hostilidades, asegurará los buenos oficios de aqué- 
lla en las subsiguientes negociaciones”. 

INGLATERRA NOS DA PERSONERIA 

Realza la nota, ya de sí tan jugosa, la forma excepcio- 
nal en que se envía, directamente y con prescindencia 
del gobierno de Buenos Aires, de quien Lavalleja de- 
pende, sin perjuicio de trasmitirle idéntica noticia. Des- 
pués de la tercera declaratoria de la Florida, nuestro país 
era parte integrante de las Provincias Unidas. En con- 
secuencia, la gestión externa de sus asuntos quedaba en- 
tregada, en exclusivo, al gobierno central, encarnado, 
antes, en Rivadavia, y, a esa altura de los sucesos, en 
Dorrego. 

Sin embargo, el emisario del ministro Gordon, con 
pliegos especiales, emprende viaje, cruza la campaña 
brasilera y, muchos días después, los entrega a Lavalleja, 
quien a esa hora reúne todos los poderes, pues disuelta 
está la Asamblea Provincial. Como antecedente intere- 
sante, recuérdese que decidió su caída la desviación uni- 
taria que le imprimiera el círculo rivadavianq, por medio 
de sus activos agentes en Canelones. 

Con palabra vigorosa, se le destaca a Lavalleja el in- 
terés que la potencia mediadora pone en nuestra prospe- 
ridad, con prescindencia de toda alusión al poder de 
quien depende. 

Todavía más : el secretario Fraser regresa por Buenos 
Aires y allí entrega a Ponsonby la respuesta de nuestro 
mandatario, quien, por otra parte, de muy atrás conocía 
auténticamente los anhelos libres del pueblo oriental, 




LA MISIÓN PONSONBY 


127 


como que antes consultara a sus autoridades y obtuviera 
su amplio beneplácito. Sigue viaje, desde el D.urazno, con 
Trápani, el cual, con fecha Abril 8 de 1828, asi le escribe 
a Lavalleja: “El señor Fraser me ha entregado su carta 
de recomendación ; nos hemos puesto acordes en todo, y 
será atendido por mí en cuanto yo valga. Mañana tem- 
prano salimos para Buenos Aires con él y Blanco”. 

El propio gobierno de Buenos Aires, talvez sin adver- 
tirlo, confirma esa personería cuando manda, ante La- 
valleja, al comisionado Vidal, a fin de enterarlo de las 
proposiciones de paz y conseguir su aprobación, etc. A no 
trabarse de un caso especial, lo regular habría sido llevar 
adelante las tratativas y comunicarlas, simplemente, al 
ejército, una vez suscriptas, como se hubiera hecho con 
el tratado García, a no mediar su rechazo. 

Es que la realidad, como siempre ocurre, imponía sus 
fueros; y, en la emergencia, ella proclamaba, a voces, que 
el derecho de decidir su destino radicaba en los propios 
orientales. Su disidencia, decretaba el fracaso de cual- 
quier arreglo ; sin su asentimiento, todo se perdía. Solu- 
ción que ellos no aceptaran, nacía muerta. El ministro 
Roxas, con franca expresión, bien lo precisa : ‘ ¿ Cual- 
quiera que sea hoy la opinión acerca de la independencia 
de la Banda Oriental, esa era la base convenida entre el 
presidente Rivadavia y lord Ponsonby como mediador. 
Los mismos orientales trabajaban por ella y no teníamos 
los medios de someterlos en una guerra civil, después de 
la que concluíamos con el Brasil ”... 

En su informe de Junio 22 de 1828, Ponsonby, al des- 
cribir la situación argentina, manifiesta que Dorrego ha 
sido aliviado, por la campaña de Misiones, de “la presión 
que la política y autoridad de Lavalleja le impusieran”. 

Evidentemente, nada definitivo puede hacerse, en 
cuanto a la paz, sin el visto bueno de Lavalleja, no por 
el poder material de sus tropas — muchas de ellas argen- 
tinas — sino por el poder material y moral de su pueblo, 
que a su espalda está y que él representa. 

Este aspecto de la cuestión, por largo tiempo empali- 
decido, obtiene en la actualidad creciente atención crítica, 
y por cierto que los documentos que reproducimos han 
de contribuir a acentuarlo. 



128 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Ya ha sido divulgada la nota que el mediador pasó al 
general Lavalleja, acompañando la convención del año 28. 
De fecha Setiembre 12, el cónsul en Montevideo, señor 
Tomás Hood. la entrega al coronel Manuel Oribe, quien 
la remite a Cerro Largo. Sale de las formas protocolares 
y desarrolla consideraciones calurosas sobre la necesidad, 
en favor de todos, de sellar la paz. Traduce una gran 
cordialidad y contiene conceptos bien significativos. No 
es el menor, el que así arranca: “Yo me congratulo de 
que V. E. se halle bien impuesto de mi conducta política 
y de los sentimientos por que ha sido dirigida desde que 
tuve el honor de ser ministro de S. M. B. en Sud Amé- 
rica”. . . 

Alude a que ha sido “reconocida” nuestra indepen- 
dencia y así termina: “V. E. tiene en los negocios de su 
país esa gran influencia que necesariamente pertenece a 
los grandes servicios y a una habilidad reconocida. Sé 
que V. E. debe conocer el mérito y beneficios resultantes 
a su país del tratado ; su influencia será puesta en acción 
con la prudencia y energía que también le pertenecen, 
si fuese necesario; y como V. E. ha roto las cadenas de 
sú país, debe vigilar cuidadosamente sobre su libertad 
naciente ’ \ 

¡ Oh noble e integérrimo Trápani, aunque mucha y ca- 
llada humildad pusieras en tu devoción a la patria, con- 
cebida en el delirio creador casi como flor de milagro, y 
aunque en el dulce anónimo de las dádivas filiales hu- 
bieras querido — que lo quisiste — esconder tus mereci- 
mientos de patriota eximio, en las notas de lord Ponsonby 
se refleja, a cada vuelta, su fulgor y ellas solas bastarían 
para afirmar* tu monumento! 

Si a raíz de la cruzada de los Treinta y Tres, los dele- 
gados en Buenos Aires, don Francisco J. Muñoz y don 
Loreto Gomensoro, informában, alborozados: “Trapani 
lo ha facilitado todo. Vamos a tener patria, y, si tan 
pronto la tendremos, se lo deberemos a su coraje y deci- 
sión ’ ’, ¡ qué no decir cuando la empresa heroica se corona, 
luego del inestimable concurso que otra vez presta para 
conseguir su culminación ! 




LA MISIÓN PONSONBY 


i 29 


LA PRINCIPAL FIGURA 

Pero no se necesita nombrar a John Ponsonby para 
saber cuál es la figura principal del cuadro.' No la me- 
dimos por el relieve de su investidura, superado por el 
de su talento y sin cuya luz poderosa aquélla habría sido 
un pesado e inútil arnés. 

Admira su cordura, su constancia, su adaptación al 
ambiente y a modos que no son los propios. 

Las notas que suscribe son de un extraordinario poder. 
En ellas, la forma y el fondo suman su eficiencia. Pone 
tanta naturalidad como esmero en el razonamiento, pa- 
reciendo que los argumentos se desenvuelven sin esfuerzo, 
aunque despacio se anudan y se traban hasta adquirir, 
homogeneizados, un singular empuje. 

Pone invariable elegancia en sus escritos. Detrás de 
cada párrafo está el gentleman. La fatiga, el hartazgo 
de oír, demasiadas veces, diríase, las mismas rebuscadas 
dialécticas, favoritas del temperamento criollo, pudieron 
llevarlo a la impaciencia, ya que no a la irritación. Pro- 
bablemente, en alguna oportunidad, sintió que desper- 
taba ; pero nunca llega a los labios. Esa suprema correc- 
ción señala una de sus aristas; a no haberla poseído, muy 
copiosa» imposible habría sido segu’r hasta su corona- 
miento la hermosa jornada pacificadora. 

Trae credenciales de excepción y representa a la nación 
más poderosa de la época. Con mal gesto, ante tanta 
divagación estéril, pudo haber dejado caer su reproche 
y retirarse ; pero, precisamente, por ser y significar tanto, 
se previene contra cualquier virulencia de lenguaje. En 
ocasiones, traducen fogosidad sus escritos y hasta asoma 
la censura ; pero sólo en casos extremos y, cuando cree en 
grave riesgo su gestión, como último recurso, siempre 
cuidando la frase, se expresa con severidad, sin perjuicio 
de atenuarla, en seguida, con expresiones consideradas, 
al igual del profesional que para quitar la molestia de la 
inyección, dada para bien, friega con presteza la sensible 
epidermis. 

Jamás un término irreparable, ni la grosera intimida- 
ción; si acaso, el consejo de amigo, con salvedades y con 
gravedad de concepto emitido, a fin de imprimirle fuerza. 


9 



130 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


A todos trata de reducir en sus pretensiones y, a esos 
efectos, exagera las dificultades, ya de sí tan grandes. 
Aunque frenada, vibra en su estilo la indignación, cuando 
juzga que se abusa de la maniobra y que la ajena infor- 
malidad crea situación desairada a su persona y a su 
carácter. 

El mismo día que se firma la paz, le escribe desde Río 
a Parish, que lo sustituye en Buenos Aires. Se siente 
angustiado por la contraorden de Dorrego a sus pleni- 
potenciarios, en sentido de ir a nuestra independencia 
temporaria, cuando con él acordara, antes de partir, que 
se declararía la independencia absoluta. 

Teme que se repita el fracaso de la convención García. 
Entonces, en la confidencia, pero presumiendo, segura- 
mente, que el colega haría llegar el eco de su dolorido 
reproche, escribe con esta firmeza: “No es en una situa- 
ción como la actual, ni en asunto de tan inmensa tras- 
cendencia para el bienestar de un país, que un hombre 
de inteligencia ordinaria y sentido común usaría un len- 
guaje de vanas cortesías; y un hombre de la alta capa- 
cidad mental del señor Dorrego, no dejaría de considerar 
tal lenguaje con el desprecio que merece”. 

Se lo dice a Parish para dinamizarlo y a fin de conju- 
rar el último e inminente peligro de fracaso. Prosigue: 
“ Por consiguiente, diré que Buenos Aires es un país 
débil comparado con la Gran Bretaña y que Inglaterra 
puede perjudicar a la república más que lo que cualquier 
otro estado puede hacerlo, si su justo resentimiento fuera 
provocado; y que entre los naturales efectos que la acti- 
tud hostil de Inglaterra causaría en el pueblo de Buenos 
Aires, no sería el menor su enojo contra el autor de la 
desavenencia, y el señor Dorrego destacaría prominente- 
mente, ante el concepto público, como ese hombre”. 

Dicho lo que ha necesitado decir, viene, inmediato, el 
concepto paliado: “Es, para mí, un deber muy grato de 
mi parte, poner en su conocimiento la inteligente, conci- 
liadora y patriótica conducta de los plenipotenciarios tan 
acertadamente elegidos por S. E. el señor gobernador 
para llevar a la práctica sus prudentes y sabias instruc- 
ciones”. 



PONSONBY 




LA MISIÓN POÑSONBY 


131 


El 30 da Agosto, dos días después de la carta anterior, 
le escribe a Dorrego, con la alta consideración que le 
profesa y que le debe, realzando los motivos, de toda 
índole, que imponen no desautorizar lo pactado. La con- 
veniencia del país y su propio prestigio, junto al deber 
patriótico, ordenan sobreponerse a los impulsos secunda- 
rios. “ Estoy convencido de que V. E. no se apartará 
nunca de las seguridades que me dio, pudiendo V. E. es- 
tar cierto de que yo sería el primero en relevarle de cual- 
quier compromiso que hubiera contraído conmigo, si pu- 
diera acarrearle algún perjuicio a su país o dañar a 
V. E. ,; . 

Y así, largamente se extiende en una alegación cálida, 
llena de color y de sentimientos amistosos, que amplia- 
mente correspondidos eran. 

La hidalguía le sobraba a Dorrego y no en vano ape- 
laría a ella su ilustre interlocutor: todo pasó sin mayor 
trastorno. 

Lo curioso es que quien tan eficazmente trabajaba el 
pensamiento escrito, encontrara enorme dificultad para 
producirse en público. Refiere alguno de sus biógrafos 
que en los Comunes nunca habló. Interrogado, con sor- 
presa, sobre la causa de su esquivez oratoria, conocidas 
como eran sus brillantes dotes, contestó : “ ¡ Dios me li- 
bre! El dominio de mis nervios apenas me alcanza para 
votar sí o no; y, eso, como un suspiro ”. 

El eje de la paz del año 28 fue Ponsonby. En máxima 
parte, suya es la obra, edificada sin descanso, sin amar- 
gura y también sin arrogancia. 

Comprende y apoya el ensueño de los orientales. 
Cuando se aleja, Trápani aquilata la pérdida irreparable 
y le escribe a Lavalleja párrafos divulgados, pero que es 
de equidad repetir, por toda la verdad que contienen: 
“Perdemos un amigo en el lord, diga cuanto quiera a ese 
respecto la maligna y torpe vulgaridad. Era preciso que 
usted leyese la nota que este ministro ha trasmitido a su 
gobierno, haciendo una narración desde la pasada de los 
Treinta y Tres a esa provincia. Talvez a ningún ameri- 
cano se le habrá ocurrido escribir esa época extraordina- 
ria y brillante para la historia ; esa nota, escrita por la 
mano de un anciano respetable de 64 años, está llena de 



132 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


conceptos tan exactos como justos y honorables a nuestra 
justa causa. Talvez, a la despedida, me atreva a solicitar 
de él una copia. El lord debe salir de aquí en todo Junio 
y estoy cierto que los orientales le deben mucho. Él me 
significó el deseo positivo que tenia de conocer a usted 
antes de dejar estos países”. . . 

Hay emoción y mucha gratitud en estas líneas, trazadas 
a la vera de sucesos ardientes. Mucho reconocimiento ates- 
tigua Trápani a Ponsonby, su interlocutor de tantas ve- 
ladas, iluminadas por el patriotismo. La posteridad no 
sacará ni una coma de su limpia sentencia; si acaso, am- 
plificará sus ecos, a fin de hacerlos más sonoros : .para que 
lleguen, en alas del afecto, a la patria del procer. 

SAN MARTIN ALABA LA PAZ 

Otra palabra, de autoridad suprema, se pronunció, en 
aquella gran hora, sobre la paz. La encontramos entre 
la correspondencia del general Guido y pertenece a don 
José de San Martín, quien así se manifiesta, en Julio 10 
de 1828 : ‘ ‘ En nuestra situación, es decir, sin un gobierno 
central y teniendo que gravitar todo el peso de la guerra 
sobre Buenos Aires, aniquilados ya todos sus recursos y 
crédito, es en mi opinión ventajosa, pues, aunque la in- 
dependencia de la Banda Oriental sea una pérdida sen- 
sible para las provincias de la Unión, resulta una gran 
ventaja el quitarnos del contacte brasilero, contacto que 
dejaba un germen de guerra en permanencia. De todos 
modos, demos gracias a la infame conducta del infante 
don Miguel, conducta que no dudo ha centribuído po- 
derosamente a hacer rebajar las exorbitantes pretensiones 
del Brasil”. 

Sanción sacramental, por venir del heroe de las eman- 
cipaciones americanas y por venir de lejos. Ya con el pie 
en los umbrales resplandecientes de la posteridad, el ge- 
neral San Martín aprueba lo hecho, con rectitud de pa- 
triota y serenidad de ausente. En otra carta, fechada en 
Bruselas el 6 de Enero de 1827, ya le describiera & Guido 
su callada existencia, lueg* de expresarle que, “en toda 
situación en que me halle, mi cuarto y puchero serán 
partidos con usted, con placer . . . 


LA MISIÓN PONSONBT 


133 


Traen tanto aroma de virtudes antiguas esas líneas, dé 
singular belleza moral, en su candorosa simplicidad, que 
ningún marco mejor tendría la fama del soldado de Cha- 
cabuco y Maipu, que busca, con deleite, la oscuridad: 
“Vivo en una casita de campo, a tres leguas de la ciudad, 
en compañía de un hermano mío (pues la niña está en 
un colegio). Las mañanas son ocupadas en la cultura de 
un pequeño jardín y en mi taller de carpintería; a la 
tarde, en paseo, y las noches en hacer apuntes y leer li- 
bros alegres y papeles públicos: he aquí mi vida”. . . 

Formidable lección de humildad, sin palabras, que en 
el continente sólo tiene igual en el ostracismo, también 
voluntario, de nuestro Artigas; aunque, quizás, éste su- 
pera a todos los martirios civiles del ciclo trágico, por su 
impresionante y terrible silencio de treinta años, mien- 
tras inclina la cabeza sobre el surco y gana el pan de cada 
día para él y para sus pobres. 

Fundador de patrias, aquél, y fundador de la nuestra 
y del federalismo, triunfante, éste, al final de la jornada 
humana se encuentran, ellos ¡ tan distintos ! todavía más 
grandes, sufriendo, sin lamento, el agravio de todos los 
olvidos. 

El libertador, alaba la convención del año 28; el após- 
tol del dogma republicano, nada dice, ni aun cuando, más 
tarde, Bompland le entrega un ejemplar de la constitu- 
ción sellada por su pueblo, herméticamente enmudecido, 
como si ya hubiera más bronce que carne en su envoltura 
física ! 

Destaquemos la coincidencia del general San Martín 
con lord Ponsonby, en cuanto a la conveniencia de esta- 
blecer una separación natural entre el Brasil y la Argen- 
tina, apoyada en la nacionalidad que surge. Libres de 
ofuscación y desde distintos puntos de vista, ambos con- 
vergen en el juicio, como que elevan el pensamiento por 
encima de las asperezas del momento y abrazan con mi- 
rada honda el ancho paisaje que se abre a las dos razas 
rivales, en vías de conciliación. 

Se le atribuye al mediador una expresión, muy espar- 
cida., según la cual nuestro país resultaría como un' al- 
godón puesto entre dos cristales, para evitar su fractura. 
No la hemos encontrado en los documentos recorridos, 
pero no cabe duda de su versión y, también, de su acer- 



134 


LUIS ALBEBTO LE HEBBEBA 


tado graficisrao. Por lo demás, las ideas de Ponsonby, 
desde el principio, se orientan, aunque no cerradamente, 
en ese sentido. Cree que no hay otra solución y, sin tor- 
tuosidades, la encara y examina. Tomamos un pasaje en 
que, con su habitual claridad, la precisa. Le escribe a 
Canning, en nota de Octubre 20 de 1826: “Parece ser 
que el único remedio para los males presentes es colocar 
una barrera entre las partes contendientes, y la idea 
sugerida en mis instrucciones, esto es, la independencia 
de la Banda Oriental, parece ser la más oportuna: yo 
creo que es la única de posible andamiento; pero, para 
hacer efectiva esa fórmula, será necesario que Inglaterra 
garanta a los beligerantes la libre navegación del Río de 
la Plata y, también, al tercero: el nuevo estado a crear”. 

Con la fe de un convencido, plantea la tesis lógica e 
inevitable, porque consagrada está por la realidad. 

En seguida, en tersa prosa, la desarrolla y afirma : 
“Sin esta salvaguardia, cualquier paz que pudiera ser 
suscrita no sería más que una tregua; y, con ella, yo 
imagino ambas seguras y permanentes, porque esos inte- 
reses y temores que, de otro modo, llevarían a las partes 
a la renovación de las hostilidades en la primera opor- 
tunidad, perderán completamente su fuerza, cuando el 
Brasil no tenga medios de herir a Buenos Aires en sus 
grandes intereses, ni tampoco de dañarle mayormente, y 
Buenos Aires no abrigue temores de que su, existencia o 
su prosperidad pueden correr riesgo por el bloqueo de su 
único canal de . comunicación con Europa”. 

¡Cuánta previsión política y qué exacto concepto del 
riesgo emanado del factor geográfico! 

Si los imperiales se hubieran adueñado de nuestra ri- 
bera, no son de imaginar las contingencias nacidas de la 
constante fricción y del recíproco recelo. Siempre amar- 
tillados los motivos de guerra. Aun sin ellos, la cuestión 
del Plata existe y quién sabe cómo la resuelve el futuro, 
siendo muchos los intereses y los destinos a ella ligados. 



LA MISIÓN PONSONBT 


135 


V 


SÍNTESIS DE LAS TRATATIVAS 

Suele calificarse el alcance y la intensidad de la me- 
diación británica: algunos le quitan importancia y no 
falta quien la presente bajo aspectos crudos. Talvez con- 
duce al último aserto la incomprensión de un modo di- 
plomático que no padece el mareo de las frases sonoras. 

Cabe, pues, aseverar que nunca el pacificador incurrió 
en la odiosa demasía verbal; en cambio, articuló, en su 
oportunidad, razones macizas, de esas que invitan a la 
reflexión. 

En cuanto a disminuir la magnitud de la mediación, 
por resultados tan felices coronada, sólo por apasionada 
ceguera puede ensayarse. Y, sin embargo, así acaba de 
hacerse. 

En vez de la rectificación rotunda, preferimos seguir 
evocando antecedentes y librarlos al lector. 

Vano empeño negar lo que es innegable y lo que a to- 
dos honra, porque a nadie deprimiera: el decisivo influjo 
de Inglaterra en el desarrollo de los sucesos. En nota de 
Agosto 27 de 1828, escríbele Ponsonby a Parish: “ El 
marqués de Aracaty me ha asegurado que su gobierno 
ha cedido en muchos puntos de esa convención accediendo 
a los deseos del gobierno de S. M. ” ; y le reitera, dos días 
después, a lord Aberdeen: “Al leerme el marqués de Ara- 
caty el texto de la convención preliminar, dijo, categóri- 
camente, que su gobierno había cedido, en muchos pun- 
tos, solamente para demostrar su consideración por el 
gobierno de S. M.”. 

En Setiembre 15 de 1828, Parish entera a Ponsonby 
de que tuvo la buena fortuna de hacer conocer del go- 
bernador la primicia: “S. E. leyó, en mi presencia, la 
copia de la convención, expresando su satisfacción, al 
fin de la lectura de cada artículo, y, cuando la hubo 


136 


LUIS ALBERTO LE HERRERA 


terminado, me manifestó, en la forma más calurosa, su 
aprobación de todo lo estipulado y su gratitud hacia la 
mediación de S. M., a la que él atribuye, principalmente, 
el honorable convenio que ha sido concertado por los dos 
países”. 

Pero Dorrego va más allá. Con fecha 17 del mismo 
mes, al contestar y agradecer las congratulaciones de 
Ponsonby, le expresa “la profunda gratitud de este país 
hacia el soberano de la Gran Bretaña, por su constante 
anhelo por el bien y prosperidad de esta república y, 
también, hacia V. E., en particular, por sus buenos ofi- 
cios y por la sabia energía y decisión puestos de mani- 
fiesto en la tramitación de este tan importante asunto. 
El nombre de S. E. quedará unido, para siempre, a la 
memoria de este tan importante asunto”. 

Pero como talvez se impugnen, cual simplemente pro- 
tocolares, estas manifestaciones, a pesar de su cálido con- 
cepto, se nos ocurre que una ojeada de conjunto sobre 
la negociación entera, apreciada en sus diversas etapas, 
permitirá abarcar y medir mejor su trascendental sig- 
nificado. 

A vuelo de pájaro, cruzaremos, pues, por encima de 
la montaña de papeles que historian documentalmente 
el conflicto y las tratativas que, de manera paulatina, 
preparan su dichosa solución. Aunque eficacísimo fuera, 
trataremos de reproducir los menos fragmentos posibles, 
a fin de no extendernos en demasía. La posterior lectura 
de las notas íntegras, facilitará el contralor de nuestras 
afirmaciones. 

El 28 de Febrero de 1826, Ponsonby recibe las últimas 
instrucciones de <Canning para el cumplimiento de la 
misión pacificadora requerida eon insistencia, por am- 
bos beligerantes, de la Gran Bretaña. De paso por Río 
de Janeiro, pues su destino es Buenos Aires, deberá hacer 
eonocer del gobierno imperial las primeras proposiciones 
de paz y, siendo decorosas, prestarse a llevar al Plata 
otras sustdtutivas. Llega a Río en Marzo y sigue para 
Buenos Aires el 27 de Agosto. Permanece, en consecuen- 
cia, seis meses en contacto con la cancillería y la sociedad 
brasileras. Ha sido portador de una comunicación de 
€!anning para Inhambupe. Repetidas- conferencias celebra 
con el último. El mediador sólo ocurre a las notas para 



LA MISIÓN PONSONBY 


137 


Atarear situaciones creadas por el cambio cordial de opi- 
niones. Una docena de largos y brillantes oficios, resu- 
men los argumentos, librados al texto escrito por una y 
otra parte. 

Inhambupe alega la espontánea adhesión de los orien- 
tales al Imperio, cuyo honor está comprometido ; que, por 
tanto, rechaza la fútil propuesta de Buenos Aires; que 
el Plata constituye la frontera natural de su país, al- 
zando una barrera contra la anarquía; que es inicuo 
pretender desprender la Cisplatina ; que el Imperio dará 
una aplastante lección a las Provincias Unidas, quedando 
para siempre Montevideo en su poder ; que es imposible 
ceder, pues el pueblo de la Cisplatina aclama el fuero 
imperial ; que no cabe más base de arreglo que el recono- 
cimiento de ese dominio, retribuido por el reconocimiento 
de las Provincias Unidas. Deplora que no haya nada que 
hacer y lamenta el alejamiento del mediador. 

Asá la primera parte. 

Las notas van y vienen. En las suyas, Ponsonby se re- 
fiere a los peligras de la situación; habla de Bolívar y 
del congreso de Panamá, lógicamente contrarios a la mo- 
narquía; de los ingentes sacrificios que demandará la 
campaña y del dudoso éxito imperial por las armas; de 
la pena que le produce la cerrada actitud brasilera, 
cuando el honor no está comprometido. Termina deplo- 
rando el fracaso de la obertura, pues considera agrá- 
viante para la otra parte la base que se le ofrece, y ma- 
nifestando que Inglaterra será estrictamente neutral, 
aunque deja constancia de que ella no ocultará su sim- 
patía a aquel de los beligerantes más inclinado a la paz, 
estando siempre pronta a trasmitir cualquier iniciativa, 
viable, en tal sentido. 

Más rápidamente se desarrolla la segunda parte, como 
que, probablemente, es fruto de la buena siembra de la 
primera. 

En resumen, luego de insistir Inhambupe, en varios 
oficios, sobre la intangibilidad de los derechos imperiales 
en cuanto a la Cisplatina, y de renovar el repudio de las 
bases propuestas, declara, en nota de Agosto 7 de 1826, 
que su gobierno, “estimando en su justo valor la media- 
ción cuyo desempeño ha sido conferido a V. E., se apre- 
sura a comunicarle, de manera formal y precisa., las bases 



138 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


que considera más adecuadas para hacer la paz y más 
conformes con el honor y derechos de S. M. I.”. 

Son ellas las contenidas en la nota del 10 de Junio, 
modificativas de la inicial, que el mediador se negara a 
trasmitir, y consistentes en que ‘ ‘ Buenos Aires reconozca, 
simple e ilimitadamente, la incorporación del estado Cis-' 
platino al Brasil, como parte de este Imperio y, en com- 
pensación, Montevideo será declarado puerto libre para 
todas las naciones ; además de esto, su puerto será un 
abrigo para los buques de Buenos Aires, sin pagar nin- 
gún derecho, y, sobre esta base, se hará un tratado de 
paz, comercio y navegación”... 

Aunque Ponsonby, según escribe a Canning, considera 
banal la contrapropuesta, acepta ser su mensajero por 
conceptuarla “suficientemente distinta de lo que fué”. 

Pide, pues, a Inhambupe — y así lo obtiene — el des- 
glose de “la proposición que S. M. I. ha determinado 
confiarme, en forma que yo pueda hacerla conocer au- 
ténticamente en Buenos Aires, separada de la carta pri- 
vada y confidencial, de cuyo contenida solo yo estoy en 
posesión”. 

Y sale para el Río de la Plata. Clausurado queda un 
capítulo, de penosa y abnegada brega, y ablandado el 
terreno. Lo esencial es que la negociación no se ha roto 
y que el Imperio contrapone una fórmula de paz. El 
tiempo, los sucesos y el talento del mediador, harán el 
resto. 

En los primeros días de Setiembre ele 1826, está Pon- 
sonby en Buenos Aires, donde permanece hasta mediados 
de Agosto de 1828. Dos años de incesante tarea, dedica- 
dos, con tanta discreción como persistencia, a trabajar 
por la conciliación de los dos pueblos en guerra. 

Espacio de tiempo muy largo, durante el cual, por la 
propia gravitación de los sucesos, madura, despacio, la 
deseada paz, complicada, aunque paradojal parezca, por 
el triunfo de Ituzaingó, que humilló al vencido y enar- 
deció al vencedor, sin decidir la contienda. En. su elo- 
cuente nota a Inhambupe, de Junio 4 de 1826, Ponsonby 
habla, con palabra de vaticinio: “Digo, por tanto, que 
demorar la paz es, en realidad, perder y no ganar una 
ventaja”. . . “Permítaseme preguntar en qué condición 
quedará ese honor, si las arma9 de S. M. I. sufrieran 



XjA misión ponsonby 


139 


reveses, lo que debe reconocerse que es posible”. . . “De- 
more, en cambio, su decisión y, ¿quién puede asegurar 
que un gran conjunto de fuerzas no amenace, por lo 
menos, los dominios de S. M. I.? ¿Podrá, entonces, es- 
cuchar proposiciones de paz, tan libre de sentimientos 
desagradables como puede hacerlo en el momento ac- 
tual? ”. 


SIGUE EL INDICE 

Reanudemos la exposición sintética. 

Apenas llega, Ponsonby confidencialmente entera a 
Rivadavia de la contrabase imperial, por cierto inacep- 
table, pero que presta motivo para proseguir la gestión; 
éste “la leyó atentamente y manifestó que no era digna 
de que se la discutiera”. 

En cambio, después de escucharle, se muestra favorable 
al proyecto de erigir a la Banda Oriental en nación in- 
dependiente, aunque exigiendo la garantía inglesa, que 
aquél rehúsa. 

El mediador propone, oficialmente, esa fórmula; el 
ministro Cruz la rechaza y rectifica la presunción de que 
Rivadavia la acepta, pues él se redujo a oiría, dado que 
“era, no sólo contraria a sus principios, sino que, entrar 
a apreciarla, sobrepasaba los límites de su autoridad”. 

Ponsonby impugna la rectificación: “No tiene memo- 
ria, en absoluto, de que el presidente le hiciera tal ma- 
nifestación de desaprobación de las bases sugeridas, sino 
que, por el contrario, aprobó la idea general, teniendo en 
cuenta el estado actual del país y el que puede crearse 
en el futuro”... 

Establece netamente Ponsonby que Inglaterra no ha 
propuesto nada; que, respecto a la apuntada — nuestra 
independencia — “el ministro encontrará, en los docu- 
mentos oficiales, que fué su propio gobierno quien pro- 
puso esas bases y que el gobierno británico las trasmitió 
a S. M. I. el emperador del Brasil, en nombre de las Pro- 
vincias Unidas del Río de la Plata”; que la Gran Bretaña 
obra como amiga desinteresada de los dos y “desea la 
restauración de la paz entre ellos, para su común bene- 
ficio”; que con profunda pena asiste al fracaso de sus 
esperanzas; y, finalmente, que, “con íntimo pesar, cum- 
plirá el deber de comunicar a su gobierno que, en ambos 



140 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


países, ha encontrado la misma determinación de conti- 
nuar la guerra, y que la mediación que S. M. B. les ha 
ofrecido, accediendo al deseo de los beligerantes, ha re- 
sultado estéril”. 

Necesario reproducir y realzar estos conceptos, que co- 
rrigen versiones usuales y corroboran que la iniciativa 
de reconocer la independencia oriental perteneció a la 
cancillería argentina, aunque, luego, ante su realidad, se 
trepidara varias veces y en distinto tiempo. 

Nuevos esfuerzos conciliadores de Ponsonby; ablanda- 
miento de la resistencia argentina; declaración, “en la 
forma mas solemne”, del ministro de la Cruz de que su 
gobierno “está convencido de la ventaja y, más aún, de 
la mutua necesidad de afianzar una paz honorable para 
ambas partes”. 

Al ministro don Manuel José García se dirige el me- 
diador solicitando “alguna seguridad, oficial y escrita, 
de que S. E. (refiere al presidente) admitirá como base 
de las negociaciones el proyecto ya sometido a su consi- 
deración”. . . 

Rivadavia se opone a formular ninguna declaración 
oficial, por entender que ello importaría una nueva pro- 
puesta, contraria a la decisión adoptada por el gobierno 
de no considerar ninguna base sin la previa seguridad 
de la aceptación imperial. Sin embargo, en carta “pri- 
vada y confidencial”, agrega el ministro: “Él le ruega 
a V. E. que, para su propia satisfacción, considere dos 
puntos: l.°, que este gobierno no puede rehusar su apro- 
bación al proyecto, una vez aceptado por el Brasil, por- 
que, si no lo hiciera así, le daría al Brasil una extraor- 
dinaria influencia moral sobre la opinión pública en la 
Banda Oriental ; 2.°, que el proyecto, una vez presentado 
a la legislatura de las Provincias Unidas, con la certeza 
de que la paz sólo depende de su decisión, haría gravitar 
tanto la fuerza de la opinión pública en favor del go- 
bierno que, fuese lo que fuere, el partido de la oposición 
no podría resistirlo”. 

Claro que el susodicho “proyecto” era la sugestión 
elevada a Canning al solicitar la mediación, cristalizada 
én las proposiciones de paz presentadas al ministro In- 
hambupe por lord Ponsonby : una de ellas, nuestra inde- 
pendencia absoluta. 



LA MISIÓN PONSONBT 


141 


Y lo sorprendente es que suscriba tan cautelosa nota 
el mismo hombre público que, antes de pocos meses, lle- 
garía al extremo de entregar al Imperio la Cisplatina ! 

Póngase suma indulgencia en la apreciación de las di- 
versas actitudes, porque los tiempos eran muy inciertos 
y las dificultades enormes. Pero, a la vez, estímese en 
mucho la inagotable ecuanimidad del mediador que, pro- 
bablemente por comprender esa común tribulación, supo 
disimular sus desaciertos, sus contradicciones y hasta su 
injusticia. 

Nota de Ponsonby al ministro de la Cruz enterándolo 
de que al día siguiente enviará al plenipotenciario Gor- 
don, en Río, su carta, que traduce los fervientes deseos 
del gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata 
por la pacífica terminación de la guerra sobre bases jus- 
tas y honorables”; que, en su sentir, Río Janeiro seria 
el sitio más aparente para la reunión de los plenipoten- 
ciarios o, en su defecto, Montevideo. Según el general de 
la Cruz, el presidente juzgaba que “la ciudad de Monte- 
video es el lugar más apropiado para la referida confe- 
rencia”. 

Para no extendernos en demasía, omitimos el 'extracto 
de la valiosa correspondencia cambiada por el mediador 
con Canning. Proyecta mucha luz y, en su mayor caudal, 
la ofrecemos en el segundo volumen. 

LA HONDA VISION 

Para acreditar hasta qué punto Ponsonby traducía el 
pensamiento conciliador del ilustre canciller, recordare- 
mos su nota de Diciembre 23 de 1826, que empieza: “El 
gobierno de S. M. hace plena justicia a los esfuerzos de 
V. E., desde su llegada a Buenos Aires, para crear allí 
un ambiente favorable a la negociación con el Brasil. 
Aunque apenados, no estamos desanimados por el fracaso 
de las gestiones”. . . Incluye un duplicado del despacho 
en que indica la conveniencia de abstenerse de remover 
el asunto de la mediación “hasta que el desarrollo de los 
acontecimientos ofrezca alguna oportunidad más favora- 
ble para suscitarlo con ventaja”. 

Pero, en esa misma fecha, el mediador escribe al minis- 
tro García, encareciendo que se aborde la negociación, 



142 


LUIS ALBERTO DE TTmtRintA 


porque la ocasión es la más oportuna; porque los per- 
juicios sufridos por ambas partes son grandes; porque 
“estamos, ahora, en un momento de expectativa: nadie 
puede saber para cuál de las partes reserva la fortuna 
los primeros éxitos o los primeros desastres. — ¿ Por qué, 
pues, no aprovechar esta oportunidad para intentar un 
arreglo ? ’ \ 

Se estaba a un rato de Ituzaingó. Pareciera que Pon- 
sonby, cual si lo sintiera venir, redoblara el apremio cor- 
dial, ante su inminencia, a fin de evitar que se hiciera 
más irreparable el cisma. 

El ministro García, en nota del 30, reitera las sinceras 
intenciones pacíficas de su gobierno. Este pasaje enal- 
tece a la cancillería argentina: “El ministro de relacio- 
nes exteriores me ha ordenado, al mismo tiempo, que ase- 
gure a Y. E. que la política del gobierno, a ese respecto, 
es tan decidida que, sea cual fuere la suerte de sus armas, 
no la modificará”. 

Luego, el choque de los ejércitos; después, largo inte- 
rregno, llenado por una activa correspondencia entre el 
mediador, Canning y Gordon, quien sigue en Río Janeiro 
su tarea moderadora. Cumpliendo lo prometido, la diplo- 
macia de las Provincias Unidas, apesar de la victoria 
alcanzada, mantiene su anterior punto de vista y afirma 
su implícita aprobación de la independencia oriental. 

Casi en la víspera, hay tres notas dignas de especial 
subrayado. Una, de Ponsonby a Gordon, de Enero 4 de 
1827, enterándolo de qjie, debido a su cordial sugestión 
al gobierno de las Provincias Unidas, de tentar otro en- 
sayo de paz y que “sería absolutamente necesario des- 
terrar toda argucia y formular las proposiciones que se 
consideraran convenientes, en forma directa y sencilla”, 
se había contestado autorizándolo ‘ ‘ a proponer a S. M. I. 
el proyecto qüe ya he tenido el honor de hacer conocer 
a V. E. y a asegurarle que el gobierno del Río de la Plata 
aceptaría ese proyecto, si S. M. I. lo admitía como base 
para negociar un tratado definitivo de paz”. Pero, ante 
las noticias, desfavorables al respecto, del propio Gordon, 
se acerca a Rivadavia “para informar al presidente de la 
exploración que V. E. había hecho de . la opinión del go- 
bierno del Brasil sobre el punto primordial del proyecto 



LA MISIÓN PONSONBY 


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— la independencia de la Banda Oriental — y del decidido 
rechazo, del gobierno de S. M. I. de esa proposición”. 

Agrega, luego: ‘‘Me siento muy feliz de haber encon- 
trado al gobierno de esta república firme en la decisión 
que había adoptado últimamente y consintiendo, solícito, 
en autorizarme a tomar cualquier medida que considerara 
conveniente para comunicar al gobierno del Brasil el an- 
tedicho proyecto. El presidente y sus ministros adhieren 
leal y honestamente a mí, para sostener el proyecto, si 
S. M. I. consiente en adoptarlo como base para discutir 
la paz. Por lo tanto, pido formalmente a Y. E. que so- 
meta al gobierno del Brasil el mencionado proyecto, ase- 
gurándole que yo puedo garantir que será fielmente cum- 
plido por el gobierno del Río de la Plata, bajo cuales- 
quiera circunstancias, tanto en el caso de una victoria 
como en el de una derrota”. 

El juicio imparcial, debe detenerse ante tan honorable 
actitud, bien certificada por el mediador, y rendirle 
elogio. 

Es de Canning la segunda nota, quien le expresa a 
Ponsonby su ‘‘completa aprobación de los esfuerzos rea- 
lizados para traer a razón al presidente, por lo menos en 
lo referente al último asunto”. Tiene fecha de Enero 20 
de 1827 y así termina: ‘‘Mucho temo que las calamidades 
de la guerra deban intensificarse, más aún, antes que 
cualquiera de las partes se incline a esa solución”. Ad- 
mira que a dos mil leguas, solicitado por tantas preocu- 
paciones europeas y sin conocer el medio y su gente, tu- 
viera tan clara sensación de la realidad. 

La tercera, de Gordon a Ponsonby, en Febrero 5 de 
1827, empieza manifestando ‘ ‘ que el emperador del Brasil 
no se muestra reacio a escuchar una propuesta que erija 
a la Banda Oriental en estado, independiente”. . . 

Nuevo y meritorio cambio de opinión del tornadizo 
soberano. Horas de suprema indecisión, atormentadas 
por las circunstancias más contradictorias, que deben 
juzgarse en conjunto y con el gran respeto que merece 
el patriotismo, puesto en cruz, de los beligerantes, que 
quisieran acabar la guerra, pero que retroceden ante la 
paz, cuya condición, ineludible, es la pérdida del rico 
solar que ñor propio tienen. Mucho duele el desgarro 
físico, pero todavía duele más el desgarro moral, im- 



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LUIS ALBERTO BE HERRERA 


puesto al orgullo nacional de cada parte ; además, el te- 
mor a la explotación política de los adversarios internos 
y a la asustadora reacción popular, como que cuesta re- 
signarse a la mutilación, impuesta por los acontecimientos 
y por el destino, que los conduce. 

“El señor García me visitó hoy, por mandato del pre- 
sidente, y, en su nombre, me confirmó su firme intención 
de llevar a efecto, con toda estrictez, todo lo que él se 
había comprometido a cumplir. Me dijo que, si encon- 
traba oposición en el congreso, o en cualquier otra parte, 
que le fuera imposible vencer, en tal caso, renunciaría a 
su cargo”. Asido comunica a su cancillería Ponsonby, 
en Marzo 9 de 1827, como fruto de su indagación, pues 
“abrigajba cierta ansiedad sobre cuáles serían los senti- 
mientos del presidente y de su gobierno, después del cam- 
bio de circunstancias creado por la victoria obtenida en 
Río Grande”. 

Doblado el realce de la proba conducta por las cre- 
cientes dificultades domésticas, con el federalismo ya 
rugiente bajo los pies. El unitarismo se sentía caer y 
Rivadavia procuraba conjurar el derrumbe, decretado 
por la reacción de las provincias, opuestas a su política 
centralista y a la nueva carta constitucional. La angus- 
tia aumenta: sólo por la paz se llegará a puerto. Plenos 
poderes para pactarla se le otorgan a García, mientras 
en la mediación inglesa se pone la secreta y ansiosa es- 
peranza. 


LA INDEPENDENCIA ORIENTAL 

En tanto, Canning le reitera a Ponsonby la ratificación 
de su confianza. Escríbele, en Mayo 9 de 1827: “ No 
tengo nada que agregar a las instrucciones en poder de 
V. E. y sólo encarecerle que prosiga en sus esfuerzos, en 
colaboración con el señor Gordon, para alcanzar el res- 
tablecimiento de la paz entre los dos países”. 

Sucédese la misión García a Río Janeiro y el amargo 
retorno. 

Nota de Ponsonby al ministro de la Cruz, anunciándole 
que, “en la opinión del suscripto, la mediación de S. M. B. 
cesaría inmediatamente de producido el rechazo de esa 
base por el gobierno, a menos que existieran razonables, 



LA MISIÓN PONSONBY 


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o se encontraran, muy plausibles motivos para creer que 
se podría llegar a un acuerdo, abierta esa negociación”. 

Agrega que, en la inteligencia de que se le ofrece una 
oportunidad de emitir juicio, se limita a “la breve expre- 
sión de su opinión, o sea: que la base firmada por el 
señor García es eminente e inesperadamente ventajosa 
para la república; que, en el hecho, da todo lo que su 
gobierno puede desear y, al emperador, sólo palabras, 
dejándole enormes dificultades que vencer”. 

La frase conocida y tan diversamente comentada. 

Bien enterado el mediador de que en el papel quedaría 
la reincorporación de la Banda Oriental al Imperio — pues 
la voluntad, ya victoriosa, de sus habitantes era irreduc- 
tible — para su buen sentido, seguramente, pesaba mucho 
más e6a razón positiva que su negación teórica. Por lo 
demás, en la paz, con tanta angustia pedida, radicaba el 
triunfo de todos, en el concepto sereno de la mediación. 

Notas copiosas, a que nos remitimos, arrojan luz sobre 
tan crítico momento. Dirigiéndose a Canning, Ponsopby 
le reprocha severamente a Rivadavia el azuzamiento de 
la pasión pública contra García. “En este estado de co- 
sas, consideré que era llegada la hora de buscar protec- 
ción, sin hacer ruido ; y entonces escribí al capitán Cogh- 
lan, del buque de S. M. “Porte”, quien, con su caracte- 
rístico celo y energía, inmediatamente penetró con la fra- 
gata en el río, habiendo solicitado permiso del almirante 
brasilero para cruzar la línea de bloqueo, en virtud de 
tener que trasmitirme, personalmente, asuntos de impor- 
tancia”. 

Cae Rivadavia; se aquietan los ánimos. Sube Dorrego 
y otro capítulo se inaugura. 

En la nota de Ponsonby a Canning, de Julio 20 de 
1827, hay un pasaje que resume su juicio: “Me permi- 
tiré, ahora, decir algunas palabras sobre ese asunto (la 
mediación). Estoy penetrado de su deseo de que estas 
gentes sean tratadas con dulzura, toda la razonable to- 
lerancia y tanta atención como pueden merecer del go- 
bierno de S. M. Es innegable que el gobierno del señor 
Rivadavia (aunque talvez tardíamente y por motivos in- 
debidos) accedió a todas las proposiciones o, por lo me- 
nos, a las partes esenciales, que yo había tenido el honor 
de ser autorizado a proponerle. 


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LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Es también innegable que es en Río Janeiro donde ve- 
mos la más acérrima persistencia y completa adhesión a 
todo lo que anteriormente había demandado ese gobierno, 
que es lo que un gobierno completamente victorioso po- 
dría exigir: la concesión de todo lo que se disputa por 
las armas”. 

Comentario vertido en la confidencia al jefe de la pro- 
pia Cancillería, no padece, pues, de artificio protocolar 
y, a la vez de realzar la ecuanimidad invariable de Pon- 
sonby, muestra que su reproche se reparte, aunque más 
acentuado para el imperial. 

) Luego, Ponsonby entera a Canning de sus entrevistas 
con el nuevo mandatario y de la franqueza en ellas puesta. 
Es entonces que sugiere el arreglo, sin referir expresa- 
mente a la Banda Oriental: “Por este procedimiento se 
ahorraría a S. M. I. el dolor de hacer una concesión cual- 
quiera a la república”. En otra: “He tenido con el pre- 
sidente varias conversaciones privadas; está en muy bue- 
nas' relaciones conmigo y supongo que también agradecido 
por el interés que he demostrado en allanar todas las di- 
ficultades. Le he expuesto mi opinión, lisa y llana, sobre 
la situación del país, en lo referente a sus asuntos inter- 
nos y externos, esforzándome en convencerlo de la im- 
periosa necesidad de obtener la paz, a menos que él pre- 
fiera exponer a la destrucción y a la ruina la prosperidad 
del país. Parece coincidir con mi modo de pensar; pero, 
naturalmente, se mostró muy parco en sus respuestas. 
No desespero de obtener su aceptación de algo muy se- 
mejante a las bases de paz que he mencionado en mi 
despacho n.° . . . ”. 

Nos violenta prolongar las transcripciones; pero es tan 
orientadora su noticia y, sobre todo, dan sensación tan 
marcada del largo y eficiente esfuerzo pacificador de la 
mediación británica, que las estimamos imprescindibles. 
¿Qué mejor réplica a quienes pretenden negarla? Poco 
vale la simple afirmación, por exacta que sea, si compa- 
rada al verídico testimonio de los archivos, que pródigo 
se acumula en honor de la brillante y fecunda acción di- 
plomática desarrollada por lord Ponsonby, baje la inspi- 
ración esclarecida de Canning. Nada iguala la fuerza de 
la prueba auténtica' y documental. 




LA MISIÓN PONSONBY 


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Poco falta ya para concluir su enunciado. En Agosto 
28 de 1827, Canning comenta, en forma poco favorable, 
la convención García: “Los términos en que está conce- 
bida no son ciertamente tales como para estimular a V. E. 
a apremiar por su aceptación, como podía haberlo hecho 
si aquéllos fueran más equitativos”. 

Siempre aparece el propósito de que, con decoro, salgan 
todos del conflicto. 

Prosigue la espinosa labor; la mediación redobla es- 
fuerzos; las notas se cruzan; el nombre de Lavalleja a 
menudo asoma: de nuevo retrocede la cancillería argen- 
tina ante la fórmula de nuestra independencia ; recrudece 
la intransigencia imperial; cede la imperial intransigen- 
cia ; cede, también, la argentina, después de similar vaci- 
lación ; y. otra vez, se aproxima, ya madura, la ocasión de 
ensayar el acuerdo. 

INAGOTABLE PACIENCIA 

El ly de Abril de 1828, Ponsonby comunica a Dudley 
que se entrará a la nueva tratativa: “Le he pedido al 
gobernador que no se impaciente si, en los primeros mo- 
mentos de la negociación, S. M. I. lanza fórmulas que no 
sean razonables”... “El gobernador me dijo, ayer, que 
estaba dispuesto a obrar con completa sinceridad, de 
acuerdo con los principios convenidos en las bases: él, 
cadentemente, deseaba informarme de que no iría más 
allá”. 

Salteamos notas de mucho interés. En Junio 22 de 
1828, Ponsonby informa a Dudley: “El gobernador de- 
clara haber obrado, al acceder al envío de la misión a 
Río, principalmente con el deseo de mostrar su deferencia 
a. los consejos del gobierno de S. M. y para probarle que 
anhela una paz en los términos que él considera justos y 
honorables ; y yo debo agregar que él ha hecho, en efecto, 
todo lo que se me ha ordenado proponerle sobre la cues- 
tión. Mis instrucciones no van más allá de recomendar la 
base sobre la independencia”. 

Momento álgido, en que los más encontrados impulsos 
asaltan a Dorrego, rodeado de opiniones contradictorias 
y, por lo general, excitadas. Suele perturbarlo la tenta- 
ción victoriosa ; pero, apenas medita, acepta la idea de 



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LUIS ALBERTO BE HERRERA 


paz, tan íntimamente ligada al problema interno. Claro 
lee Ponsonby en el fondo de aquel espíritu noble y afie- 
brado por el patriotismo: “Soy de opinión que el gober- 
nador cumplirá sus compromisos, a menos que el gobierno 
brasilero le dé una fácil oportunidad de escaparse de 
ellas”... “La perspectiva de éxito de las operaciones 
militares no dudo que lo entusiasmará y lo dispondrá a 
volver a sus viejas doctrinas, si puede”. 

La conquista fulminante de las Misiones, sacude al 
soldado: es como una clarinada. También sus propias y 
todavía frescas declaraciones contra la segregación de la 
Banda Oriental, complican su situación. 

Ya tocaremos de nuevo el punto. Probablemente la 
aventura Bauer, etc., ya estaba por medio. 

Ultima conferencia del mediador con Borrego. La re- 
fleja el oficio a Dudley, de Julio 12 de 1828: “El gober- 
nador »c ha apartado de su anterior compromiso conmigo ; 
pero no creí bien oponerme a lo que él ha propuesto, aun- 
que es evidente su intención de procurar el afianzamiento 
de su influencia sobre toda la Provincia Oriental y su 
ulterior anexión a la república”. 

Termina acusando recibo del despacho que “confirma 
las instrucciones originales del gobierno de S. M., apro- 
bando la separación de la provincia en disputa del do- 
minio de ambos beligerantes, pero, al mismo tiempo, rei- 
terando el deseo del restablecimiento de la paz”... 

Despedida; nota desde Río, de fecha Agosto 20, en 
respuesta, allí, a Balcarce y Guido, manifestándoles que 
‘ ‘ no tiene autorización de su gobierno para contraer nin- 
gún compromiso de garantía de ninguna convención pre- 
liminar o tratado definitivo de paz”; la solución ;' vi- 
brante nota de Ponsonby a Parish, a Buenos Aires, en- 
cargándole de abordar y persuadir a Dorrego. Hay un 
pasaje c ulminan te, referente a las entrevistas con éste 
celebradas: “En aquella ocasión, manifesté a S. E. el se- 
ñor Dorrego que yo consideraba a su gobierno y a ambos 
beligerantes (que habían deseado y aceptado la media- 
ción de S. M.) obligados, por un compromiso de honor, 
a cumplir con escrupulosa exactitud todos los convenios 
a que arribaran con el ministro de S. M. y que cualquier 
desviación, fuere cual fuese el pretexto que se alegare, 
de esos acuerdos, se convertiría en causa del más serio 


LA MISIÓN roNSONBY 


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conflicto entre el gobierno que los violara, o tratara de 
eludirlos, y S. M. el rey de Inglaterra”. 

En Agosto 29 de 1828, Ponsonby eleva a lord Aberdeen 
una copia de la memorable convención de paz, infor- 
mando, a la vez, sobre las incidencias finales - y los obs- 
táculos surgidos y eliminados: “Confío que V. E. en- 
contrará razón para sentirse satisfecho, en todo sentido, 
de ese documento”. . . “No han sido escasas las dificul- 
tades que ha habido que vencer para culminar en el per- 
feccionamiento de ese acuerdo, y yo he creído de mi deber 
usar un lenguaje enérgico”. . . “He escrito al señor Pa- 
rish, en la forma más enérgica, para que entere al señor 
Dorrego de las contingencias a que lo expondría cualquier 
tergiversación de su parte ”... 

Antes, ha referido a los obstruccionismos de la última 
etapa: “Pienso que la persona que más apoyo prestaba 
a esas resistencias, el general Balcarce, estaba influen- 
ciado, principalmente, por el temor de provocar discon- 
formidad en Buenos Aires, y yo, en consecuencia, tomé 
sobre mí ese peso que él temía cargar”. 

Aplaude, luego, sin restricciones, el amplio desempeño 
de la delegación imperial: “Me place, también, enterarlo 
de la franca y juiciosa conducta observada por el mar- 
qués de Aracaty y el gobierno imperial, lo que supongo 
será debido, no en poco, a la influencia del emperador. 
Creo que en el curso de la negociación ninguna objeción 
que no fuera razonable se formuló de parte del gobierno, 
si se tiene en cuenta el hábito de este pueblo de atribuir 
enorme importancia a meras palabras. Estoy, lo confieso, 
sorprendido de haber encontrado tan poca de esa demen- 
cia en el presente caso”. 

Entera, además, a su cancillería de las gestiones com- 
plementarias, que ya ha iniciado, para evitar un fracaso, 
y, refiriendo al marqués de Aracaty, dice: “Me pidió 
insistentemente le prometiera que el gobierno de Buenos 
Aires ratificaría la convención, manifestándome que es- 
peraba de mí que no se repetiría lo que había pasado con 
la convención firmada por el señor García”. 

El mediador contesta que, sin garantir que aquel go- 
bierno confirmaría lo pactado, pues no está facultado para 
hacerlo, tiene la convicción de que así lo cumplirá, y que 


150 


LUIS ALBERTO LE HERRERA 


“privadamente confiaba en la promesa del señor Dorrego, 
en cuanto a la ratificación de los términos convenidos 
por sus plenipotenciarios”. 

Así consolida su aserto: “Agregué que yo había expre- 
sado terminantemente al señor Dorrego que, cualquier 
transgresión de su parte a los compromisos contraídos 
conmigo, como ministro del soberano mediador, plantea- 
ría los más serios conflictos entre el gobierno de S. M. y 
la república Argentina, porque era claro constituiría una 
demostración de la mayor falta de respeto a nuestro mo- 
narca, si cualquiera de los beligerantes, después de haber 
solicitado la mediación de S. M. y haberse comprometido 
formalmente a adoptar ciertas condiciones sobre las que 
se fundaría la restauración de la paz, cambiara esas con- 
diciones e hiciera infructuosos, con su rechazo, los largos 
esfuerzos de S. M. por servir el interés de estos países. 
Pensé, por este medio, insinuar a S. E. la posición en 
que su propio gobierno debe considerarse colocado. Ya 
lo había hecho así antes, y en términos bastante enérgicos, 
y, entonces, como en esta liltima ocasión, el marqués dió 
un claro asentimiento a mi dicho”. 

GALLARDO RECUERDO 

En presencia de esta abundante serie de antecedentes, 
júzguese de la flaqueza de los argumentos que con arti- 
ficio se hilvanan para probar que el mediador y su po- 
tencia en nada intervinieron en la paz de Río Janeiro; 
y apréciese hasta dónde padeciera error el general Guido, 
posiblemente por no conocer estos interiores de las tra- 
tativas, cuando con arrogancia negara la acción directriz 
en ellas de lord Ponsonby. Palabras de pasión y de in- 
justicia, las pasadas como las presentes; ante los docu- 
mentos, caen. 

El 30 de Agosto, el mediador dirige a Dorrego una 
nota, que es un modelo, en su estilo, de habilidad y de 
eficiencia. A flor de carne está el afecto; respira, toda 
ella, sentimientos generosos y el anhelo de encaminar al 
gobernante hacia la paz, por el bien de su país y por su 
propio bien. Así empieza: “Confío que V. E. me permi- 
tirá presentarle mis más calurosas congratulaciones por 
el resultado de las inteligentes y prudentes medidas adop- 



LA. AUS1CKS PONSONBY 


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tadas por S. E. para devolver la paz a su país y, como 
consecuencia de esa bendición, obtener el desarrollo de 
las fuerzas vivas de Buenos Aires y su seguro avance 
hacia un lugar preminente entre las naciones del mundo ’ \ 

En Setiembre 17 de 1828, contéstale efusivamente Do- 
rrego, ya en marcha hacia la tumba, en la forma cordia- 
lísima ya apuntada. . . “V. E. puede, con absoluta con- 
fianza, garantir a S. M. el emperador del Brasil que la 
convención preliminar será ratificada y que la república 
desea sinceramente mantener una eterna paz con el em- 
perador del Brasil. Los intereses de ambos países lo exi- 
gen, como que sus respectivos gobiernos se unan cordial- 
mente”. . . 

Y, luego, la indignada negativa de Ponsonby para es- 
tablecer contactos con el sistema que a aquel varón sacri- 
ficara. Provoca su actitud la noticia, que le trasmite 
Parish, de que el general Guido volverá a 'Río Janeiro, 
en representación de la nueva situación política argen- 
tina, a suscribir el tratado definitivo. Así le contesta, en 
carta privada: “Con el gobierno provincial de Buenos 
Aires, destruido por la traición, ha expirado la autoridad 
delegada para la paz. Los traidores que asesinaron a su 
gobernante legal pueden, quizás, pretender, prescindiendo 
de la sanción del pueblo de La Plata, establecer un nuevo 
gobierno legal ; pero, como dije antes, ese gobierno no po- 
drá revivir el poder de que estaba investido el anterior ’ ’. 
Es la profunda reprobación de su alma caballeresca, que 
se alza por encima de los convencionalismos, que los rom- 
pe, y que así, confidencialmente, derrama su reproche por 
la iniquidad cometida. 

Entera a lord Aberdeen, su nuevo jefe, de su actitud, 
pidiendo ratificación, que le es negada, por nota muy 
cortés, pero discrepante. La replica, en términos siempre 
elevados, fijando su punto de vista sobre el desplome de 
la autoridad constitucional en lns Provincias Unidas y el 
significado de la nueva situación, que surge desarticulada 
del resto del país y sin poder, por tanto, invocar su per- 
sonería; y, dando prueba de ehnegTción, expresa: “Siento 
haber obrado contra la opinión que sé Y. E. sustenta, 
pero puedo asegurar que mi error no fué ocasionado por 
descuido, ni por ligereza: fué fru + o de meditada consi- 



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LUIS ALBERTO LE HERRERA 


deración del caso, y los defectos de mi criterio son, úni- 
camente, la causa de mi equivocación. Felizmente, no ha 
causado ningún daño la parte que tomé; y conocía de- 
masiado bien la situación de los negocios y del gobierno 
usurpador para abrigar la menor aprensión de que la 
guerra se reabriera ’ \ ¡ Hidalgo hasta el fin ! 

A las pocas semanas, por nota, breve, de Junio 28, 
anuncia su partida para Europa, “siendo necesario,, a 
causa de mi salud, aprovechar el término graciosamente 
concedido por S. M., para ausentarme, por algún tiempo, 
de mi puesto en este país”. 

Nunca volvió. 

Ahí está su obra, la de su nación, el índice, fragmen- 
tariamente ilustrado, de la gestión feliz, inteligente y, 
sobre todo, sabia, desarrollada en más de dos años de 
áspera lucha. Al comunicarle a lord Aberdeen el ventu- 
roso resultado obtenido, decíale, en Octubre 13 de 1828: 
“Considero que S. M. será por siempre reverenciado y 
amado como un protector y benefactor de la república”. 
Conceptos extensivos al Brasil; porque la acción pacifi- 
cadora de Inglaterra, imparcial y serena, fué benéfica 
para todos. 

Luego de mostrar, aunque sintéticamente, lo que ella 
significó, preguntamos si, culminante como fué, es posible 
pretender negarla. 

DIPLOMACIA QUE APLACA 

Pero el aspecto más considerable de la mediación, aun- 
que tanto volumen posean los indicados, lo defíne la 
pertinacia del esfuerzo pacificador. La afianzan argu- 
mentos, sobriamente articulados, pero que invitan a la 
meditación y enfrían los extremismos belicosos. 

Sin fatiga, se alegan razones moderadoras, a las que 
se suman observaciones de carácter práctico, cuando la 
ajena pasión pierde sus frenos. 

Eso es lo que se ha denominado “la presión inglesa”, 
cuya realidad sólo cerrando los ojos a la evidencia puede 
ignorarse. 

Y es ocioso empeñarse en su desmentido y acumular 
artificios en tal sentido, a título patriótico, desde el mo- 
mento que nada depresivo para estos pueblos se vincula 




LA MISIÓN P0NS0NB1' 


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a su recuerdo, a pesar de que bien pudo ser así, dada la 
incipiencia de aquellos días y la desproporción de esta- 
turas. 

Sin embargo, dígase en honor del mediador y de ambos 
beligerantes, que nada mancilla la fecunda negociación. 
Ningún vejamen a ella se asocia. Nada parecido al menor 
amago de fuerza ; ni siquiera la alegación severa, que muy 
justificada habría sido, por los daños materiales inferidos 
al comercio británico, el de más intenso desarrollo en es- 
tas regiones y, por tanto, el más perjudicado por la pro- 
longación del conflicto. En su libro posterior sobre el 
Plata, Parish da esta sensación gráfica: “Los precios 
módicos de las mercaderías inglesas,* especialmente los 
adecuados al consumo de la masa de la población de 
aquellos países, les aseguraron una general demanda, 
desde que se abrieron al comercio. Ellas se han hecho 
hoy artículos de primera necesidad en las clases modestas 
de Sud América. El gaucho se viste en todas partes con 
ellas. Tómense todas las piezas de su ropa; examínese 
todo lo que le rodea, y, exceptuando lo que sea de cuero, 
¿qué cosa habrá que no sea inglesa? Si su mujer tiene 
una pollera, hay diez probabilidades contra una de que 
será manufacturada en Manchester. La caldera u olla 
en que cocina su comida, la taza de loza ordinaria en que 
come, su cuchillo, sus espuelas, el freno, el poncho que 
lo cubre, todos sus efectos son llevados de Inglaterra”. 
Las anteriores líneas informan mejor que todas las es- 
tadísticas, sin perjuicio de agregar que éstas marcaban, 
con cifras muy expresivas, la declinación sufrida por las 
importaciones inglesas. 

Véase cómo se clasificaban, en pesos fuertes — antes de 
la guerra — en el puerto de Buenos Aires: Gran Bretaña, 
$ 4.000.000; Francia, $ 550.000; Norte de Europa, pe- 
sos 425.000; Gibraltar, España y el Mediterráneo, pesos 
575.000; Estados Unidos, $ 900.000; Brasil, $ 950.000; 
Habana y otros países, $ 425.000. 

La guerra perturba seriamente ese intercambio. 

En las notas sobre la paz, nunca se molesta a imperiales 
y argentinos con la referencia incónoda a esos daños; no 
se mezclan los dos asuntos. Se soportan, como cuadra, y, 
por cordón separado y con el respeto debido a una na- 




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LUIS ALBERTO DE HEBBERA 


eión constituida, se apela de las decisiones, conceptuadas 
ilegítimas, del jefe del bloqueo, almirante Pinto Guedes. 
Recuérdese que, por motivos similares, interpusieron pe- 
sada reclamación Estados Unidos, que retira su ministro, 
y Francia, cuya escuadra las apoya con su dura presencia. 
El 6 de Julio de 1828, doce navios, al mando del almirante 
Roussin, “veiu apoiar as reclamagoes, ja agora exigencias 
da legagáo de Franga. A entrada no Rio teve logar sem 
aviso, nem lieenga, forgando a barra e sem responder as 
salvas de estylo ’ \ Así se expresa Calogeras, verdadero 
historiador por la alta probidad de sus páginas, que re- 
cogen, por igual, sombras y luces. Idéntica firmeza pone 
en la crítica de les procederes del marino que ejerce el 
bloqueo del Plata .en forma arbitraria para el comercio 
neutral, “quasi sempre em desrespeito ás instrucgoes 
officiaes”. . . “com despotismo e irregularidade, o que 
trouxe grandes compromissos para o paiz, obrigado a 
indemnisar presas illegalmente feitas, sujeitándo-se ao 
vejame de protestos levados vnanu müitari por esquadras 
com o canhoes de morróes accesos”. 

El mismo escritor reproduce el siguiente pasaje de la 
memoria del ministerio de relaciones, de 1834: “Tal era 
o modo illegal com que se portava em táo desgragado 
bloqueio aquelle almirante, que se cpnsiderava como dono 
dos navios neutros que capturava, dispondo delles como 
sua propiedade, sem sentenga dos tribunaes competentes! 
Em verdade ferve no peito a indignagao quando se ve o 
deleixo, o abandono e a delapidagao com que foráo tra- 
tadas estas embarcagóes, por modo tal que da enorme 
somma que temos pago, no valor de 5.815>151$433, a dif- 
ferentes nagoes, apenas se recolheu ao thesouro a dimi- 
nuta quantia de 302,937$852! ! !”. 

Lapidaria palabra oficial, así comentada: “Com taes 
processos, evidente o fundamento do clamor geral dos 
neutros, prejudicados e roubados. . Existiam, comtudo, 
outros motivos de protesto”. 

Nacían ellos de las complicaciones creadas por un blo- 
queo extendido sobre veinte grados de latitud y que, aun 
limitado a la boca del Plata, no tenía toda la eficacia 
deseada. Situación difícil, complicada por su larga pro- 
longación y siempre abierta al reclamo por sus deficien- 




LA MISIÓN FONSONBT 


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cías orgánicas. “No fundo, o que havia era a desappro- 
va§áo da conducta do Brasil, quer pelos Estados Unidos, 
quer pela Inglaterra, desapprovagáo que se manifestava, 
sem qüebra de neutralidade, pelos obstáculos levantados 
a livre aetividade bellica contra os territorios platinos”... 
“Com os Estados Unidos, a situagáo dentro em breve 
apresentou urna tensao gravissima”. 

En resumen, Estados Unidos, Francia e Inglaterra, 
heridas en su derecho de neutrales por la conducta exce- 
siva de un almirante que desobedeciera las instrucciones 
del superior, creándole serios conflictos, entablan recla- 
maciones que, si en determinada incidencia tuvieron ex- 
terior desagradable, pronto se canalizan en forma normal, 
obteniendo sentencia favorable del tribunal de presas. 

Interesa establecer que en ningún instante el mediador 
mezcla esas quejas, por lesión de derecho, con su cometido 
pacificador. No incurre en tal error, ni comete ese acto 
de mal gusto. Se trata de asuntos diversos, ajenos en 
absoluto a la referida negociación. Por lo demás, mucha 
buena voluntad recíproca debió existir desde que la ges- 
tión cordial y directa de Ponsonby rápidamente las di- 
sipó. ‘ ‘ Aceres mentemos, entretanto, que só houve imposi- 
Qáo positiva do almirante francez. A do inglez foi infe- 
rida de suas manobras e da correspondencia com Pon- 
sonby”; posterior a la paz, obsérvese. 

Hecho este esclarecimiento, repitamos que la mediación 
regla su desempeño por la persistente voluntad de apla- 
car los ánimos, de convencer de la imposibilidad de re- 
solver el conflicto por las armas, de inducir a transar, 
desde que el tiempo y el estado indefinido de la con- 
tienda demostraban, acabadamente, que ninguno de los 
beligerantes alcanzaría la ansiada victoria. 

Y habilitado está el mediador para abordar el tema, 
porque precisamente, para abordarlo y ayudar a resol- 
verlo, se le ha llamado. 

A ese fin y desde las primeras conferencias en Río, 
desglosa del litigio el aspecto histórico, apercibido de que 
todavía se complicaría más la situación si se entrara a 
un debate, interminable y enredado, sobre los mejores 
títulos de cada cual al dominio de la Banda Oriental. 

En su eficiente carta confidencial, de Junio 4 de 1826, 



156 


LUIS ALBERTO BE HERRERA 


al ministro Inhambupe, escrita “como lord Ponsonby”, 
concreta el referido punto de vista : ‘ * En nuestra primera 
conversación me tomé la libertad de recalcar a V. E. mi 
deseo de evitar una discusión sobre los derechos de S. M. I. 
al territorio de la Banda Oriental y la ciudad de Monte- 
video; creí mejor considerar, simplemente, la cuestión 
política o la del interés real de S. M. I. y su para en la 
contienda en que están ahora comprometidos. Insistí en 
esto, porque me parecía que aquel punto debería ser dis- 
cutido más bien por los beligerantes y porque consideré 
la cuestión del derecho muy poco apropiada en el pre- 
sente caso para tener influencia en la decisión final de 
un conflicto en que tantos y poderosos intereses, tanto 
personales como políticos, han creado y aumentarán un 
intenso sentimiento de pasión en el corazón de la mayoría 
de los combatientes”. 

En seguida examina el lado vital del asunto, consistente 
para ambos contendientes en la seguridad de que el Plata 
no será exclusivo de uno solo. Si se prescinde del amor 
propio, más les vale esa seguridad que la posesión de un 
territorio en plena insurrección y, por tanto, difícil de 
retener. 

Alude, por otra parte, al peligro del contagio republi- 
cano, con algunos focos ya en el propio hogar. Bolívar, 
en plena gloria, incontrastable, está a la espalda. 

¿ Cuenta el Imperio con recursos para afrontar una 
larga guerra? Aunque establezca el bloqueo del Plata, 
l hállase en condiciones de evitar el corso ? ‘ ‘ La marina de 
S. M. I. está bien equipada, pero demanda constantes 
repuestos y grandes erogaciones”. Con discreción, apunta 
las dificultades económicas, para formular esta interro- 
gante y contestarla: “¿Puede el gobierno brasilero bus- 
car en Europa los recursos para satisfacer sus necesida- 
des pecuniarias, mediante un empréstito? Todos saben 
que el estado de cosas en Francia, así como en Inglaterra, 
hace imposible imaginar tal socorro”. 

Llamado a la realidad, que luego se repite en Buenos 
Aires y cuya cordura concluye por imponerse. Conven- 
cer a los rivales de que ninguno triunfará — como resultó 
evidente — , siendo impuesto, en consecuencia, llegar a 
una transacción digna e inevitable. 



LA MISIÓN PONSONBY 


157 


CON EL MAS PACIFICO 

El mediador también disipa cualquier esperanza de 
parcialidad, quizás derivada de la amistad tradicional 
de su país con Portugal, liberado por Wellington de la 
invasión napoleónica. Como inadvertidamente, fija cri- 
terio: “Los sentimientos de mi gobierno son muy deci- 
didos por la ventura de la casa de Braganza, aliada de 
Inglaterra en épocas pasadas; pero el honor, en su ver- 
dadero sentido, la justicia y la discreción imponen al 
rey, mi señor, mantener, en cualquier circunstancia, la 
más estricta neutralidad si la guerra, desgraciadamente, 
continuase ’ \ 

Como veremos, no expresa, en tal concepto, todo lo que 
estaba autorizado a manifestar. Concierta, con la deli- 
cadeza, la eficacia de sus dichos, pero con claridad lo 
establece: “Ningún hecho, sin embargo, por desastroso 
que pueda, resultar en el curso- de las hostilidades a uno 
de los beligerantes, inducirá a S. M. a prestar la menor 
ayuda a cualquiera de ellos”. 

Junto a la bien articulada dialéctica, otras razones de 
carácter más positivo : que el Imperio no se engañe, que 
no cuente con el apoyo de la potencia mediadora, por 
amiga que ella sea. Su propia investidura de tal, se lo 
prohibiría. 

En su nota a Canning, de Junio 5, Ponsonby explica 
los fundamentos de la anterior: “El estilo de mi carta 
lo adopté considerando algunas peculiaridades de la idio- 
sincrasia de S. M. I. y su gran extensión resultó del deseo 
de ser claro”. 

El motivo, incidental, de su explícita declaración sobre 
la neutralidad británica provenía de que “el otro punto 
que también había sido y es todavía tema favorito entre 
las personas allegadas a la corte, y que el vizconde insi- 
nuó, es la probabilidad de que Inglaterra ayudaría al 
emperador, si sus asuntos seriamente exigieran auxilio 
contra ataques, etc.”. 

La evocación de estos antecedentes rectifica más de un 
juicio apasionado y acredita la inspiración cordial de la 
mediación, mantenida siempre en un plano elevado. Per- 




158 


uUIS AliriJEBíO OE HERRERA 


mite comprobar, a la vez, la importancia de su palabra, 
ya que se ensaya desconocer su excepcional significado y 
peso en la emergencia. 

Y Ponsonby lleva su delicadeza al extremo de mani- 
festar apenas lo suficiente para ser comprendido, apesar 
de estar autorizado a mucho más. En efecto, más allá 
iban sus instrucciones. Por no haberlas cumplido, se 
disculpa con Canning, en nota de Junio 13: “Espero 
no incurrir en error si, bajo mi responsabilidad, reservo, 
por el momento, el contenido del siguiente párrafo de 
mis instrucciones, n.° 3, donde se me ordena declarar: 
“Que, aunque escrupulosamente neutral en su conducta, 
la simpatía del gobierno británico no puede dejar de pro- 
nunciarse en favor de aquel beligerante que haya mos- 
trado la más pronta disposición para traer la querella a 
una solución amistosa”. 

Huelga destacar el alcance de esta manifestación, irre- 
prochable y, simultáneamente, muy expresiva. Dentro de 
la tranquilidad del concepto, posee una evidente elocuen- 
cia de fondo. Mucho más entraña lo que sugiere que lo 
que dice, por cuanto la simpatía de la Gran Bretaña por 
aquel de los contendientes más inclinado a las soluciones 
pacíficas, habría importado, desde luego, un inestimable 
apoyo moral. 

Nuevas entrevistas entre el mediador y el canciller 
brasilero no modifican la situación; aquél, señala lo6 
riesgos de persistir en una guerra tan preñada de in- 
certidumbres y, éste, no cede en su intransigencia, que 
refleja la del propio emperador. Es recién entonces — el 
11 de Agosto del 26 — que Ponsonby comunica el texto, 
mucho tiempo callado, de sus instrucciones, que acaba- 
mos de mencionar: “Me ha sido ordenado no ocultar”. . . 
etc., etc. ... “y que, toda vez que el criterio, en Río Ja- 
neiro, asumiera un carácter más pacífico, tengo instruc- 
ciones de estar pronto para renovar, si el gobierno del 
Brasil así lo deseara, la gestión ahora tan infructuosa- 
mente iniciada y de ser intermediario, voluntario y solí- 
cito, de cualquier obertura que el emperador del Brasil 
encontrara conveniente entablar ante el gobierno de Bue- 
nos Aires”. 

Con la misma fecha, el mediador entera a Canning de 



LA MISIÓN PONSONBY 


159 


su actuación. Reviste especial interés la narración de sus 
conversaciones con Inhambupe, “apercibiéndome de que 
nuestras opiniones apenas diferían y de que él también 
ansiaba vivamente la paz ”... Sólo destacaremos las par- 
tes en que el mediador estrecha un poco más el círculo, 
haciendo sentir, en forma siempre correcta, las dificulta- 
des, frente a una realidad ingrata, que puede crearle al 
Imperio su obstinación belicosa. Obsérvale, primero, que 
“todas las naciones lesionadas en sus intereses comer- 
ciales estaban grandemente excitadas y demostraban sus 
sentimientos de disgusto y desaprobación contra los beli- 
gerantes y, especialmente, contra la parte que parecía 
menos dispuesta a escuchar proposiciones de paz”. 

Desarrolla el argumento y agrega que su país no podrá 
asistir impasible al choque de muchos de sus hijos, alis- 
tados en ambas marinas, y 1 ‘ que esa medida traería, como 
resultado, la total inhabilitación del Brasil para conti- 
nuar la guerra por mar, pues, como él bien lo sabía, las 
tripulaciones de los barcos bigisileros estaban compuestas, 
en su totalidad, por elementos extranjeros”. 

Son estas intimidades de la negociación, poco o nada 
divulgadas, las que fijan, con toda veracidad, su giro, 
su carácter y el apremio que debió usarse para llamar a 
la razón a quienes, en lo externo, contra ella se rebelaban, 
sin perjuicio de adherir a sus dictados, con calor, en la 
confidencia. 

Añade el mediador comentarios de orden económico: 
“que el crédito estaba agotado y que no había probabili- 
dad de más empréstitos”. Aserto sobrio, pero que invi- 
taba a la reflexión. Luego recuerda que “la Gran Bre- 
taña había sido la amiga más fiel de la casa de Braganza 
y, por consiguiente, había deseado y apoyado, en todo 
momento, la seguridad del trono y el honor del empera- 
dor”; que “como amigo y como soberano solicitado por 
el gobierno brasilero para mediar, los consejos del rey de 
Inglaterra debían ser considerados con gran atención”; 
que “el gobierno británico había prevenido claramente 
al gobierno del Brasil de las consecuencias que podría 
acarrearle la prosecución de una insistente política beli- 
cosa y que, por consiguiente, no podía ser responsable de 
lo que, a causa de ella, pudiera sobrevenir”. 



160 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


La moderación del lenguaje intenta atenuar, talvez en 
vano, la severidad del fondo, que en ningún momento 
importó desmedro de la ajena dignidad, porque alta y 
noble era la intención y nunca fué oscurecida por tér- 
minos odiosos. 

Canning, por nota de Agosto 21, le expresa sn satis- 
facción al mediador por su actuación en Río y por haber 
alegado, “tan eficaz y sagazmente”, razones justas en 
pro del oese de las hostilidades, que “debieran pesar en 
el ánimo de esos consejeros”. En su última nota, desde 
allí, a Canning, así resume Ponsonby su gestión: “Las 
medidas que oficialmente he tomado y otras de carácter 
más privado, han tenido por objeto ctunplir los deseos 
del gobierno de S. M. B., esto es: procurar la paz por 
medio de la amistosa intervención de S. M. el rey y, fra- 
casada ésta, prevenir al gobierno brasilero de los peligros 
a que voluntariamente se expone; absolver de toda res- 
ponsabilidad a mi gobierno, que queda en completa liber- 
tad de tomar las medidas ^ue crea necesarias, según el 
desarrollo de los acontecimientos; declarar su simpatía a 
aquel de ambos beligerantes que muestre más disposicio- 
nes pacíficas y que propicie, al mismo tiempo, cualquier 
obertura de paz”. 


EN BUENOS AIRES 

En Buenos Aires, Ponsonby se traza idéntica ruta ; es 
decir, empieza por el apaciguamiento y, a medida que 
surgen los obstáculos, opuestos por la pasión y la duda, 
intensifica — al igual que lo hiciera en el Brasil la 
fuerza de sus razonamientos, acentuando su demostración 
práctica. Peró corresponde establecer que en esta nueva 
etapa tropieza con menos dificultades, como que no se 
reproduce el caso de la obstinación imperial. 

A las conferencias se suceden las notas, que sólo exte- 
riorizan lo que es discreto decir con carácter oficial. 
Desde luego, el mediador disipa la presunción de que se 
contará con la garantía de su país para lo que se pacte. 
No puede ser más categórico: “Supongo que la dilación 
es provocada por la actitud de S. E. el presidente al 
perseverar en su demanda de la garantía inglesa para el 




LA MISIÓN PONSONBT 


161 


tratado. Si ese fuera en verdad el caso, no hay proba- 
bilidades de que el asunto adelante lo más mínimo”. 

Así le escribe al ministro García, en nota del 25 de 
Setiembre. En su informe a Canning, de fecha Octubre 
2, luego de historiar sus exploraciones, refiere a la visita 
del ministro de relaciones exteriores, a cuya demanda, de 
que presentara un proyecto propio de pacificación, se 
opone: “Rehusé hacerlo así, diciendo que yo sólo había 
actuado como un amistoso- consejero”. . . “pero que es- 
taba dispuesto a apoyar y sostener, calurosamente, cual- 
quier iniciativa pacífica que fuera necesario trasmitir al 
Brasil”. 

Procede destacar estos pasajes, que traducen un pro- 
pósito imparcial de conciliación, sin preferencia determi- 
nada, a fin de desvanecer cavilosidades injustas. Se apre- 
mia a unos y a otros. Vaya una nueva transcripción, bien 
expresiva, en tal sentido, del mismo documento: “Me 
guié, en este caso, como anteriormente y en caso análogo 
en Río de Janeiro, por el siguiente párrafo de mis ins- 
trucciones: “No corresponde al gobierno británico suge- 
rir ninguna especificada contraproposición, etc.”; y por 
la sospecha de que pudiera existir el intento, al estimu- 
larme a dar origen oficial a la proposición sometida al 
congreso, de despertar en esa asamblea la creencia de que 
Inglaterra contempla, principalmente, su propio y espe- 
cial interés y que, por consiguiente, más tarde o más 
temprano, ayudará a la república, idea que yo sabía había 
sido ya alentada por diversos personas y que, si arraigaba 
en el congreso, predispondría a sus miembros a adoptar 
la política de los partidarios de la guerra”. . . 

Temperamento idéntico al adoptado en Río. Se le 
plantean al ministro García los mismos puntos de vista, 
en cuanto a la abstención británica, expuestos al minis- 
tro Inhambupe: en ninguna circunstancia contarán los 
beligerantes con el apoyo de Inglaterra, por amiga que 
ella sea de cada uno. 

Esa rigurosa neutralidad aparejaba serios inconvenien- 
tes e invitaba a la reflexión. Los marinos ingleses, el di- 
nero inglés, la influencia diplomática inglesa, por indi- 
recta que fuese, desataban muchos nudos; y la esperanza 
de obtener tales concursos podía vigorizar el espíritu 


ii 



362 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


guerrero. Se le aplaca, desvaneciendo semejante ilusión. 
A la vez de lamentar el fracaso de su gestión, lo repite 
Ponsonby al expresarle al ministro de la Cruz que “teme, 
fundadamente, que sólo tendrá que limitarse a contem- 
plar la rápida y acelerada declinación de la prosperidad 
de estos estados, que debieran disfrutar de mejor stf&rte 
y a los que, posiblemente, tanto la victoria como la derrota 
les resultará igualmente desastrosa”. 

Continuada exhortación a la paz, que penetra en el 
pensamiento oficial, como que su cordura se impone. Por 
si Ponsonby flaqueara en la afirmación de la imparcia- 
lidad británica, Canning le ratifica, con fecha Noviembre 
27 de 1826 : ‘ ‘ En cuanto a tomar parte a favor de cual- 
quiera de los contendientes, V. E. nunca desvanecerá 
demasiado perentoriamente cualquier expectativa de esa 
naturaleza”. 

Lenguaje que no es de aparato, para la publicidad, sino 
que se usa en la correspondencia privada y que traduce 
la fiel intención de la cancillería. Intima es la persuasión 
— y. los sucesos ampliamente la confirmarían — de que por 
las armas no se llegaría a término. 

Cuando la convención García, el mediador, consultado 
por el gobierno argentino, se ratifica en su invariable 
actitud aconsejando que se la apruebe; y ya que se de- 
manda su opinión, agrega que el rechazo, si no fuera fun- 
dado, determinaría el cese de su misión. Advertencia que 
responde al sincero deseo de apurar el arreglo, y que en 
palabras queda. A ella ocurre el mediador para traer a 
quicio y como otro recurso legítimo de convicción. En su 
informe a Canning, de Julio 15 de 1827, le dice: “De 
consiguiente, cuidadosamente he evitado poner fin a la 
mediación. Por lo contrario, he estimulado al presidente 
(ya refiere a Dorrego) a mantenerla abierta, aventurán- 
dome a sugerirle el modo por el cual, sin comprometerse 
él ni su pueblo, pueda mantener abiertas las negociacio- 
nes de paz, bajo los auspicios poderosos de nuestro rey y 
señor ’ \ 

Abundamos en estas referencias, que comprueban la 
constante lealtad, para ambos contendientes, de la media- 
ción. Igual acción moderadora despliega ella en Río de 
Janeiro y en Buenos Aires. La cancillería imperial no 



LA MISIÓN PONSONBY 


163 


obtiene la adhesión de Ponsonby para sus exigencias y 
tampoco la obtiene la cancillería republicana para sus 
negativas, a pesar de no incurrir, ésta, en las intransi- 
gencias de aquélla. 

El ecuánime y autorizado Calogeras discrepa en el 
punto y, luego de referir a un documento secreto de la 
época, del agente brasilero en Londres, escribe: “Nenhum 
auxilio, pois, podía o Brasil esperar da Grá-Bretanha, 
cujos bons officios tinha solicitado. Entravam em con- 
flicto os interesses dos dous paizes, nesse assumpto”. 

Consideraremos, en seguida, ese aserto, a la vez de 
clausurar esta parte de la probanza; es decir, la que se 
refiere a la intensidad de la mediación inglesa. Hasta la 
evidencia, queda abonado que, contemplando el bienestar 
de estos países, Inglaterra pugnó denodadamente por lle- 
varlos a la reconciliación, como al fin lo consigue, y que, 
en la obstinada persecución de ese propósito, no ahorra 
esfuerzos, que llegan a la severidad, cuando la intempe- 
rancia amenaza destruirlo todo! 

IMPOTENCIA DE LOS ADVERSARIOS 

Como acaba de leerse, Calogeras atribuye a la media- 
ción preferencia por la causa de Buenos Aires. Antes de 
remontarnos a los antecedentes históricos que evoca, se- 
ñalaremos la poca equidad del juicio en cuanto a la ne- 
gociación en sí. Muy extensa y espinosa fué ; debió afron- 
tar las más difíciles situaciones, y también cóleras y jac- 
tancias. Sin embargo, no sabemos en qué hora incurrió 
en la parcialidad que, sin concretarla, se le imputa. 

Es que, en realidad, se le reprocha haber sustentado 
fórmulas siempre desagradables para el detentador del 
territorio discutido. En efecto, tanto la devolución de la 
Cisplatina a las Provincias Unidas, mediante la debida 
indemnización, como su independencia, malograban el 
anhelo nacional brasilero de retenerla. Sentimiento muy 
comprensible y que explica la mortificación sufrida por 
el resultado de la contienda. El propio autor, reconoce 
que diversos motivos amargaban a la opinión pública de 
su país. Refiere a Ituzaingó y, sin perjuicio de poner de 
manifiesto, exactamente, las imperfecciones de la jornada, 




164 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


apenas terminada con un. “mero ésfor§o de perseguigáo”, 
lo que es muy cierto, declara gallardamente: “Eem favor 
de Alvear milita o melhor e mais eloquente dos argumen- 
tos: venceu ’ \ 

Refiere al comentario público, y estampa: “Todos sen- 
tiam o assombro da victoria das Provincias Unidas, táo 
pequeñas, em rela^áo ao vasto Imperio. Ora o governo, 
ora a direcQáo technica das hostilidades, os ministros, 
Barbacena ou. o Imperador, eram alvos das mais crueis 
assacadilhas ’ \ 

Refiere al ambiente parlamentario y reproduce esta 
frase del futuro marqués de Abrantes : ‘ ‘ Todos faláo con- 
tra a guerra, mas nao duvido assegurar que é rarissimo 
o brasileiro que queira perder a Cisplatina. Concedamos, 
porem, que a guerra seja impopular, mais note-se que, se 
a paz fór feita com a perda da Cisplatina, essa paz será 
mais impopular ainda”. 

Y así fué hecha, como que de otro modo no era posible. 
Quizás, se hace culpa en el mediador de haberlo visto y 
dicho, con larga anticipación a la sentencia confirmatoria 
dictada por los acontecimientos. 

Dura realidad, que tampoco resultó satisfactoria en el 
campo argentino, pues, si a los efectos de la deliberación, 
se aceptaba la idea de la independencia uruguaya, sus 
sostenedores flaqueaban conforme ella adquiría consisten- 
cia. Bastaría recordar las alternativas de Rivadavia y las 
de Dorrego, quien, hasta última hora, procura introducir 
enmienda en lo que ya es irreparable. 

Por amputación tuvieron las dos partes, y tal fué, la 
segregación de la Cisplatina, de los unos, y de la Banda 
Oriental, de los otros. 

Incitada Inglaterra, por los adversarios, a ensayar la 
pacificación, la plantea en los términos que considera 
hábiles y sensatos : o la entrega a Buenos Aires de nues- 
tro solar, contra reparación en efectivo, o su emancipa- 
ción, como estado constituido. No había otra cosa que 
elegir, salvo que las armas decidieran la contienda; lo 
que nunca consiguieron. Al cabo de dos años de amenaza 
recíproca, más que de batallar, pues son pocos los en- 
cuentros en proporción al espacio de tiempo, las armas 
se caen de las manos, por fatiga, por impotencia, por la 


LA MISIÓN PONSONBY 


,165 


certidumbre adquirida de que a nada definitivo se. llegará 
por el choque de fuerzas. 

Desde entonces, como ya lo hemos observado, la paz 
estaba virtualmente hecha : sólo faltaba redactar su texto, 
bajo los auspicios de una tercera potencia cuya palabra, 
estimada y respetada, mereciera la común confianza. 

Con encarecimiento se solicitan, desde el principio, los 
buenos oficios de Inglaterra. Con benedictina paciencia 
los presta, sin que la suspicacia, por mucha que sea, 
pueda impugnar su corrección. El tiempo se encargó de 
madurar la base que el Imperio rechazara al iniciarse la 
negociación ; es decir, nuestra independencia, fundamen- 
talmente aceptada por las Provincias Unidas, aunque 
en determinado momento se vacilara. Pero, cuando esto 
ocurre, quien, al final, más empeño pone en declararla 
es el Imperio. Por manera, que cuesta encontrar motivo 
para reprocharle aparcerías, en la ocasión, a la canci- 
llería británica, que, por otra parte, nunca fué sospe- 
chada de auxiliar con elementos, de cualquier natura- 
leza, a ninguno de los contrincantes. 

Nadie ha señalado un acto suyo tendencioso, y hasta 
las prevenciones que articula, en casos extremos, no 
salen del papel; tal, por ejemplo, aquella, según la cual, 
la simpatía de Inglaterra se inclinaría hacia el belige- 
rante <más animado de propósitos pacíficos. Ni barcos, 
ni armas, ni dinero salen de las islas, en forma disfraz 
zada, para ayudar a los bandos; por el contrario, el 
mediador amaga con mandar retirar de ambas escua- 
dras a sus connacionales, pues, “la forma en que súb- 
ditos del mismo rey, hombres de la misma sangre, esta- 
ban ahora peleando, unos contra otros, por una causa 
completamente ajena y sin interés para ellos, era en 
sí misma chocante”. 

Tampoco pasó de palabras esta manifestación, inspi- 
rada en el sano deseo de apagar el entusiasmo bélico y 
que traduce el espíritu elevado de la propia cancillería. 

La misión inglesa no vino a alentar desavenencias, sino 
a sellar la concordia ; y lo obtiene, sin humillación para 
nadie y con honor para todos. Tuvo un constante obje- 
tivo : alcanzar la paz. No se abraza, en forma exclusiva, 
a fórmula determinada. Si los informes de Ponsonby, 
con la autoridad del que, en el terreno, oye, ve y analiza, 



166 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


no hubieran sido favorables al esfuerzo libertador de los 
orientales, la diplomacia británica habría prescindido de 
esta solución. Téngase presente que Canning, al ampliar 
las instrucciones, la señala, también, a la atención del 
mediador como sugestión recibida, cuya realización no 
sabe hasta dónde sea posible, pues ignora la aptitud so- 
berana de su población. Son sus referencias, tan precisas 
como elogiosas, sobre la personalidad moral y política del 
pueblo oriental, las que fortifican la presunción sometida 
a su estudio. 

En nota de Agosto 11 de 1826, Ponsonby, al darle 
cuenta a Canning de una conferencia celebrada con el mi- 
nistro Inhambupe, toca así el asunto, abordado, a fondo, 
en otras comunicaciones: “Me preguntó dónde se encon- 
trarían personas capaces de constituir el gobierno de la 
provincia. Le contesté lo siguiente: Los mismos que pue- 
den hacer la guerra podrán, probablemente, mantener la 
paz y en Montevideo — que ustedes retienen ahora por la 
fuerza — por lo menos, las tres cuartas partes de los ha- 
bitantes están decididamente contra ustedes, como nadie 
lo ignora; y una ciudad tan favorablemente colocada 
como esa, puede producir personas capaces de gobernar. 
Pero observé que sería más propio considerar ese punto 
más adelante, si la independencia fuera tomada como 
base para la negociación ’ \ 

La última frase, define con exactitud el pensamiento 
del mediador, que no trae el cometido de reconocer y dar 
plenos atributos a nuestra nacionalidad y, sí, procurar 
poner fin a la guerra. Convencido de que sólo por la 
segregación se llegará al arreglo, lo comunica así a su 
cancillería y lo reitera abiertamente a las partes que, en 
lo íntimo, están persuadidas de lo mismo, aunque el amor 
propio quiera disimularlo. 

EL FACIL OLVIDO 

El buen sentido sajón, tan opuesto al espíritu de tesis, 
adaptó su conducta y su juicio a la realidad. Ni siquiera 
cabe decir que colaboró en el reconocimiento de nuestra 
independencia por adhesión o simpatía a nosotros. Lo 
hizo, sencillamente, porque los sucesos así lo determina- 



LA MISIÓN PONSONBY 


167 


ban : acatando su incontrastable decreto. Ni amor, ni 
egoísmo: cordura. 

' Errado fuera suponer lo contrario, desde que nuestra 
existencia estaba en pañales, ningún contacto teníamos 
oon el mundo europeo y nada nos vinculaba a Inglaterra. 
Lo que no priva que le adeudemos gratitud, larga, por 
sü inestimable apoyo moral y por su exacto y valioso 
concepto de nuestro ser nacional. 

A la mano, tenemos el ejemplo de la mediación norte- 
americana para resolver el interminable pleito mantenido 
entre Perú y Chile, alrededor de Tacna y Arica. Jamás 
éstos se habrían entendido por negociaciones directas. Por 
inspiración feliz, acuerdan cumplir la cláusula, desaten- 
dida hasta entonces, que estipulaba el plebiscito para de- 
cidir dominio. Sólo la autoridad de una gran nación ins- 
pira confianza a las partes y les impondrá respeto. Ocu- 
rren a Estados Unidos. Bajo su auspicio, se prepara el 
padrón de electores; pero, cuando el mediador adquiere 
la sensación de que tampoco por ahí se llegará a término, 
siendo insanables los defectos, claramente lo declara, pro- 
vocando la crisis, de la cual sale la solución ; es decir, la 
transacción amigable. Como en el caso aquél, también en 
éste la cólera encrespa sus olas; pero la agitación pasa, 
la sensatez domina y, finalmente, se entrega el pleito, 
entero, al veredicto de la tercera potencia, que lo dicta, 
luego de recibir ambas alegaciones y de recogerse en un 
gran anhelo de equidad. Aquí o allá, algo habrá sufrido 
el derecho estricto de los contendientes, pero nada vale 
ni representa el detalle defectuoso ante el conjunto tras- 
cendental de la obra. Curado, para siempre extinguido, 
quedó el litigio del Pacífico, motivo permanente de in- 
quietud continental. La causa de la civilización y Amé- 
rica, en primera línea, alaban tan hermosa victoria de la 
concordia, sin recordar talvez, lo suficiente, que Estados 
Unidos pusiera la piedra angular y que, sin su enérgica 
y tenaz gestión, a nada definitivo se arribara. Y proba- 
blemente no faltará quién pretenda empañar el eminente 
servicio prestado, atribuyéndolo a apetitos imperialistas, 
a la ambición de una estación carbonera o a que no arrancó 
del corazón! 

Asociemos el espectáculo de esta deficiente justicia crí- 


168 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


tica sobre un suceso excepcional, que tenemos material- 
mente bajo los ojos, al recuerdo de la pacificación de 1828. 

Tanto la mediación británica de ayer, como la norte- 
ainerieana de hoy, señalan, cada una en su plano y en 
su ambiente, actitudes decisivas, que fueron la llave de 
la arquitectura que sustentan. El reconocimiento hidalgo 
de esa verdad y el éxito de fraternidad humana alcan- 
zado, bastan y sobran para glorificar el esfuerzo, tan 
dichoso, del amigable componedor. Lo demás. . . bien sa- 
bido es que la ingratitud y las espinas crecen en todas 
las sendas de la acción y del deber! 

Ya hemos visto que 'Canning, con gran visión de clínico, 
algo le escribió a Ponsonby sobre la natural inclinación 
de nuestro carácter “a sentir fastidio por el consejo ajeno 
y sospecha por el servicio desinteresado”... 

La ventaja legítima de Inglaterra coexistía y era per- 
fectamente compatible con la legítima ventaja de los be- 
ligerantes. En su nota a Canning, de Octubre 20 de 1826, 
con toda precisión lo declara Ponsonby: “La generosa 
política del gobierno británico no necesita otro estímulo 
para prestar su ayuda efectiva a la preservación de este 
país y servir al bienestar general de toda esta parte de 
Sud-Amériea, que la certeza del mucho bien que puede 
realizar ; y creo no perjudicar ese punto de vista llamando 
particularmente la atención de V. E. sobre los intereses 
británicos, que en tan alto grado pueden ser acrecentados, 
o talvez creados, por la seguridad de la libertad de co- 
mercio en el Río de la Plata”. 

Más adelante, examinaremos este aspecto de la cuestión, 
que nada de reprobable y, sí, mucha aptitud social deno- 
mina. Antes, deseamos cerrar nuestras apostillas a la 
opinión exteriorizada por Calogeras, en cuanto a la de- 
rivación tendenciosa de la mediación en favor de las Pro- 
vincias Unidas. Ningún antecedente la abona; ni siquiera 
denuncia su síntoma. La paz constituye su objetivo y si, 
para obtenerla, aquélla prestigia la fórmula de la segre- 
gación uruguaya, es por considerarla la más viable. Du- 
rante los años de tratativas, nadie encontró otra con an- 
damiento. Y, esa misma, condicionada a las variantes 
circunstancias. En efecto, en nota de Junio 6 de 1827, le 
expresa Ponsonby a C annin g : “Si la paz fuese concertada 


LA MISIÓN PON SONBY 


169 


sobre la base de la independencia de la Banda Oriental, 
necesariamente se suscitará la cuestión de la naturaleza 
y forma de gobierno a instituirse allí”. Va más lejos: 
“Tengo idea de que un gobierno aristocrático pudiera 
ser establecido allí, lo que no aparecería demasiado con- 
trario con los principios de la democracia, tan a la moda 
en estas regiones”. . . Antes, ha observado, respecto a la 
forma de gobierno: “El emperador, no lo dudo, se inte- 
resará vivamente en ella y probablemente ofrecerá una 
constitución de su propia creación”. 

De donde se desprende que el territorio discutido que- 
daría en manos del Imperio, lo que no sorprende, si se 
relacionan tales comentarios con la misión García, que fué 
contemporánea. 


LA MISION GARCIA 

Demostrativo de la imparcialidad con que se proce- 
diera, es el empeño que se puso 'en llevar adelante la re- 
ferida gestión. Cierto que se inicia en el entendido de 
que el debate giraría sobre la base de nuestra indepen- 
dencia; pero, cuando en la primera conferencia celebrada 
con el ministro García, el marqués de Queluz, según nota 
de aquél al ministerio, después de referir a la irritación 
del emperador, le manifestó que “una propuesta tal ce- 
rraría in limine toda negociación de paz”, el ministro 
Gordon abundó en argumentos para persuadirle de la 
conveniencia de no desistir: “Insistió el señor Gordon 
con sus reflexiones sobre la necesidad que tenía la repú- 
blica de poner fin a la guerra, sobre su posición falsa e 
incapaz de mejorarse por la vía de las armas, por felices 
que fuesen nuestros esfuerzos”; y, refiriendo al mismo 
diplomático, agrega: “Que él me protestaba sus deseos 
de auxiliarme en la obra de paz, que esperaba se obten- 
dría, después que había conocido mi manera de ver y 
obrar en la materia, pero que juzgaba que convendría 
más el excusar todo lo posible su intervención oficial; 
que el gobierno brasilero estaba celoso de ella y procu- 
raba mostrar su disgusto ; que así, yo me entendería me- 
jor, tratando inmediatamente, y él me auxiliaría más, 
manteniéndose fuera y reservándose para algún caso di- 
fícil e importante”. 



170 


LUIS ALBEBTO DE HERRERA 


Y sin tasa se da el prometido apoyo, tan decidido que 
del barco que lo conduce baja el ministro en un bote de 
la legación británica. Antes que con nadie entra en con-: 
tacto con el ministro Gordon, quien le entera de las di- 
ficultades surgidas. Esto ocurría el 7 de Mayo, a pocas 
semanas del día de Ituzaingó. Gordon le expresa que la' 
paz, aun sobre la base de la independencia, habría sido, 
“en efecto, posible dos meses ha; pero que, al presente, 
le parecía imposible que semejante base fuese admitida 
por el emperador”, que está “en un estado de exaspe- 
ración extraordinaria después de la desgracia de sus ar- 
mas, que miraba como una ignominia el triste resultado 
de sus operaciones militares, que estaba persuadido que, 
para no sufrir el desprecio de las potencias extranjeras 
y para no degradarse delante de sus propios súbditos, 
era necesario hacer los últimos sacrificios y que estaba 
dispuesto a hacerlos hasta reparar sus reveses”. 

A raíz de cada conferencia con el marqués de Queluz, 
el doctor García se entrevista con el ministro Gordon. 
Es él mismo quien así lo establece en su comunicación, 
oficial, que contiene todas las incidencias de la misión. 
En “la tercera conferencia con el ministro mediador”,, 
éste le informa y aconseja sobre la . mejor manera de evi- 
tar escollos: “Agradecí al señor Gordon sus oportunos 
avisos y le interpelé nuevamente por la continuación de 
sus auxilios y por su intervención directa como ministro 
mediador. Él me prometió todo cuanto pendiera de su 
arbitrio; pero repitió, con más extensión, cuanto antes 
me había dicho acerca de los inconvenientes de su inge- 
rencia oficial”. 

Se sucede la tercera conferencia con el marqués, quien 
entrega a García varias proposiciones, escritas de mano, 
del emperador, que, “agitado incesantemente por el es- 
tado de indecisión”, se las había pasado. Preguntado si 
eran sine qua non , “el ministro declaró que el emperador 
insistía en ellas absolutamente; que quizás podrían mo- 
dificarse algunas; más que, en cuanto al reconocimiento 
de la integridad del Imperio, inclusa la Provincia Cis- 
platina, y sobre la indemnización por los gastos de la 
guerra, creía que no serla posible rebajar en materia al- 
guna”. 


LA MISIÓN PONSONBT 


171 


Declara García : ‘ ‘ Antes de tomar una resolución de- 
finitiva, creí conveniente dirigirme al señor Gordon para 
instruirle de las proposiciones que se me habían pasado. 
Mi objetivo en este caso fué, en primer lugar, una con- 
secuencia de conducta franca y de entera confianza con 
el ministro mediador, obtener nuevas luces sobre las ver- 
daderas intenciones del ministro del Brasil y observar la 
impresión que hacían sobre el mismo señor Gordon”. 

La ordenada exposición del infortunado plenipoten- 
ciario permite seguir, sin equivocarse, en todas sus eta- 
pas, la ardua negociación. De la mano nos lleva y prosi- 
gue: “Él se manifestó muy disgustado del lenguaje y de 
las pretensiones, diciéndome que su opinión era la misma 
que me había dicho el día anterior y que creía que era 
conveniente responder con dignidad y moderación para 
poner al ministerio en la alternativa forzosa de acceder 
a la paz o mostrarse con miras ambiciosas e injustifica- 
bles, en cuyo caso, él mismo, como ministro mediador, 
tendría fundamento para representar de un modo que 
sería muy eficaz para el ministerio del Brasil. Esta con- 
ferencia, en la que se reprodujo y amplificó cuanto queda 
ya anunciado, acabó de convencerme de la necesidad de 
tomar un partido decisivo”. 

Nada equívoco hay en la conducta del ministro Gordon. 
Colabora con discreción en el negociado y concurre, en 
cuanto puede, a un desenlace de conciliación. No lo ha- 
bría hecho, si en su cancillería hubiera dominado espíritu 
tendencioso, por cuanto el emperador exigía el reconoci- 
miento de la incorporación del territorio oriental. Su 
escuchado consejo pudo apartar de esa solución. Ni en 
pro ni en contra se pronuncia; si acaso, mantiene su 
exhortación a la prudencia, lo que importaba un estímulo 
indirecto al arreglo. 

Así refiere el ministro García cómo eligió partido, op- 
tando por seguir adelante las conversaciones: “Dos se 
presentaban: el primero, conformarse al tenor de mis 
instrucciones y pedir mi pasaporte ; el segundo, traspasar 
aquéllas y buscar una base que, o diera a la república la 
paz de que tanto necesitaba, o justificase, al menos, su 
conducta para con la potencia cuya mediación se había 
solicitado”. 



172 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Nos apartaría del tema central de estas páginas engol- 
famos en el comentario de los episodios diplomáticos que 
se siguen, habiendo elegido el plenipotenciario, luego de 
amarga vacilación, el temperamento de servir a su país 
como mejor lo entendió, aunque exponiéndose a “la des- 
gracia de ver desaprobada su conducta”. 

Como se ve, el ministro Gordon prestó toda la posible 
ayuda al enviado; el propio doctor García lo certifica. 
Le ofrece su techo, toda su buena voluntad y su influen- 
cia, aunque delicadamente se coloca en un segundo plano. 
El comisionado ha relatado su aflictiva perplejidad y 
cómo se decidió: “Yo adopté este partido, porque sus- 
pender las negociaciones y pedir nuevas instrucciones ”... 
“no se presentaba posible ni conveniente”. Antes, ha di- 
cho: “La situación de nuestro país parecía demandar algo 
de mí”. 

Por el tratado, la república de las Provincias Unidas 
reconocía la integridad del Imperio, con expresa “renun- 
cia a todos los derechos que podría pretender al territorio 
de Montevideo, llamado hoy Cisplatino”. 

Y bien : la mediación inglesa pugna, afanosamente, por 
obtener su aprobación por el gobierno de Buenos Aires, 
ganándose la crítica popular allí, que llega a concretarse 
en amenazas contra la legación; casi igualada su situa- 
ción, en la emergencia, a la del perseguido doctor García. 
Es entonces que Ponsonby pide al capitán Coghlan, de 
estación en el estuario, el envío de un buque de guerra. 

Al respecto, le dice a Canning, en nota de Julio 15 de 
1827: “Sin embargo, opino que la llegada del barco fué 
sumamente provechosa, pues mostró, a quienes pudieran 
pensar en cometer atropellos, que sus actos no quedarían 
en la impunidad”. 

La irritación pública proviene de que el mediador ra- 
tifica la actitud de Gordon y la amplía, poniendo gran 
empeño en que se sancione la convención García. En caso 
contrario, anuncia el cese de sus buenos oficios. En tal 
sentido, se entrevista con el presidente Rivadavia. Por 
nota de Junio 23 de 1827, el ministro de la Cruz le co- 
munica que, el gobierno, “sin embargo de la resolucióo 
én que se halla de rechazar la convención preliminar ce- 
lebrada por el señor García, con el gobierno del Brasil, 


LA MISIÓN PONSONBY 


173 


ha acordado oir previamente las observaciones que S. E. 
lord Ponsonby desea hacer antes de tomar una resolución 
definitiva sobre aquel negocio”. 

Corren tan apurados los sucesos que el mediador con- 
testa en la misma fecha. Expresa que “estaba pronto a 
manifestar la mejor opinión que ha podido formar, en la 
ausencia de todo informe, sobre el grado de poder que 
resta al país para continuar la guerra, cuyo informe no 
ha creído el ministro conveniente darle”; pero, como “el 
gobierno no puede concederle las pocas horas necesarias 
para llenar su deber, en consecuencia, está obligado a 
limitarse a la más corta exposición de su parecer”. 

Sigue su conocida y debatida frase sobre la convención, 
“eminente e inesperadamente ventajosa para la repú- 
blica”, etc., que ya hemos reproducido. 

Esta desconcertante declaración, cuyo sentido real 
ahora se comprende mejor, viene en abono de la impar- 
cialidad, auténtica, de la mediación, que no se abraza a 
ninguna de las partes y que, por servir a ambas, como 
lealmente lo concibe, afronta hasta la hostilidad de un 
pueblo. Si tendenciosa hubiera sido su inspiración, le 
bastaba con alentar la resistencia general. No sólo no lo 
hace, sino que la censura; lo que explica suficientemente 
la ojeriza contra él levantada y que no se disipa. 

Enterado €anning de esa conducta, no la desaprueba. 
Después de oir al representante argentino en Londres, se 
limita a declarar que no es del todo equitativa, y así lo 
expresa a Ponsonby, por nota de Agosto 28 de 1827 : 
“Considerando, sin embargo, lo mucho que Buenos Aires 
ha sufrido por la prolongación de la contienda y que la 
terminación de las hostilidades es de mayor importancia 
que las condiciones exigidas para el restablecimiento de 
la paz, Y. E. aplicará acertadamente su influencia alla- 
nando las dificultades que el orgullo nacional pudiera 
levantar contra los artículos propuestos”. 

El párrafo siguiente, es también substancioso: “ Si, 
como parece probable, la Banda Oriental, motivo origi- 
nario de la contienda, aunque colocada por el tratado 
bajo el dominio nominal del emperador del Brasil, con- 
sigue obtener una especie de independencia, lo que fué, 


174 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


a primera vista, el gran obstáculo para el arreglo que- 
daría de hecho removido”. 

Interesante la calificación de nominal dada al poder 
extranjero sobre nuestro territorio, aunque los pactos 
escritos lo declararan efectivo. He ahí otro testimonio 
del concepto que sobre nuestra personalidad de pueblo 
irreductible al yugo tenía la cancillería inglesa, coinci- 
dente, también, con el del mediador, cuando le manifiesta 
al ministro de la Cruz que la convención García, ‘‘sólo 
palabras” le daba al emperador. 

Es realmente halagador para nuestro patriotismo com- 
probar, con tan autorizados juicios, cómo se reconocía y 
respetaba, aun en los días primeros, la efectividad del 
sentimiento nacional; y, a la vez, obtener otra evidencia 
de que nuestra libertad la fundaron, sostuvieron e impu- 
sieron los propios orientales. Es su indomable rebeldía, 
cuya diagonal de sacrificio y sangre arranca de 1811 , la 
que decide el curso de los acontecimientos, imprimiéndo- 
les rumbo. 

Poco sabe de nosotros Canning, cuando recoge y es- 
tampa la “sugestión” de reconocernos independientes. 
Si ese eco llega a sus oídos, tan lejos de aquí, es porque 
existe el hecho que lo motiva. Tampoco viene Ponsonby 
con el propósito firme de sostenerlo. Es la realidad quien 
manda ; es el inextirpable sentimiento nativo la causa que 
obliga. En vano, luego, la versión hostil de Juan Carlos 
Gómez, gran despechado, y la de sus corifeos, intentará 
empañar la gesta heroica: en su acero se rompe el so- 
fisma. Pero, ¿ cómo esperar de ellos opinión sobre nuestra 
independencia, que no fuera adversa, cuando la rehúsan, 
y, siempre en estrecha afinidad con el unitarismo, tuvie- 
ron a Artigas por gran bandolero? 

Dogmáticos y anexionistas, deploran nuestra emanci- 
pación gloriosa, porque ella defrauda el augurio nefasto 
de su soberbia, que, en tertulia de académicos, repudia 
los latidos enormes de la conciencia colectiva que des- 
pierta. 

A la desbandada se empieza. No hay armas, no hay 
,, pólvora, no hay orden : sólo hay y sobra ímpetu de su- 
blevación. Así arrancaron de Asencio los gauchos, bien 
o mal mandados, de Viera y Benavides, magistralmente 




LA MISIÓN PONSONBT 175 

trasladados por el artista a la tela cuando los presenta 
en furiosa y desordenada carrera, a impulso del vértigo 
sagrado, quizás sin saber a dónde van, pero yendo... 
desmelenados por dentro y por fuera ! 

Honda filosofía, destilada por la tragedia y por su 
historia, con más verdad escrita en las cuchillas del país 
que en el papel impreso, por muchos — entonces y des- 
pués — coléricamente negada y renegada. 

Con más acierto que ellos vió Canning, apesar de mirar 
desde tan lejos — talvez por eso—, y mejor que ellos com- 
prendió Ponsonby, apesar de ser extranjero y quizás, 
también, por eso. 

Su mismo desprendimiento pasional del asunto, lo lleva 
a plantearlo ante el superior tal como es. El conjunto de 
su correspondencia depone en favor de nuestra consu- 
mada libertad ; pero, como nunca se llega a la paz y eso 
es lo que por esencial tiene, toma por buena la convención 
García, dejando el resto al tiempo. Tutelar nuestro de- 
recho no constituye su objetivo; para defendemos, no se 
le envió a América. Si luego lo acepta y sustenta, es por- 
que su inteligencia no descubre otro modo de alcanzar la 
perseguida finalidad. La cuestión consiste en encontrar 
salida valedera. Todavía en Mayo 13 de 1828, le escribe 
a Dudley: “Queda por verse en qué terreno se colocará 
el gobierno imperial; es decir, qué significado dará a su 
palabra independencia, de la cual, imagino, dependerá el 
resultado ’ ’. 

Prosigue: “Si el gobierno de S. M. creyera del caso 
compeler a las partes a sellar la paz, podría hacerse, tai- 
vez, sin ejercer ninguna violencia aparente sobre la libre 
voluntad de cualquiera de ellas. Quiere decir, suponiendo 
que se crea procedente llevar a cabo la independencia’'. 
Es cierto que antes recuerda: “el gobernador me ha ase- 
gurado, repetidas veces, que está determinado a adherir 
escrupulosamente a su promesa de tratar sobre la base 
de la independencia”. 

En resumen, que a ella se f ué porque ella existía y 
nadie podía evitarla. 




176 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


VI 

IMPARCIALIDAD DE LA MEDIACION 

Apoyados en un cúmulo de antecedentes, apenas toca- 
dos en su periferia, pues su examen detenido reclamaría 
páginas muy copiosas, nos permitimos discrepar con el 
juicio de €alogeras, en euanto a la parcialidad que, en el 
litigio, atribuye a la cancillería inglesa y a su represen- 
tante. 

Si el mediador no traía la consigna de bregar por nues- 
tra autonomía; si acepta fórmulas que la desconocen; si 
a su servicio pone el mayor celo ; si su ecuánime conducta 
le depara gratuitas odiosidades en Buenos Aires, n nguna 
razón asiste para suponerlo sistemáticamente inclinado a 
determinada solución. 

Fehaciente el espectáculo producido cuando la misión 
García. Nadie sospechará de insincera la actitud de Pon- 
sonby y de Gordon, espontánea y firme. El primero la 
explica en su sesuda nota a Canning, de Julio 2C de 1827, 
de la cual sólo tomaremos un pasaje: “Estudiando la 
convención, juzgué que ofrecía muy grandes ventajas 
inmediatas y que aliviaba a este país de la presión que 
sufre, libertándolo de un estado de cosas que amenaza su 
desarrollo y prosperidad ; que, al m : smo tiempo, protegía 
la propiedad británica, aprisionada aquí y talvez expuesta 
a desaparecer. Además, aprecié los vehementes deseos de 
S. M., manifestados siempre en favor de la restauración 
de la paz”. 

Alude, luego, a una entrevista celebrada con Dorrego 
y a la animosidad encendida contra su país, atribuyendo 
móviles de dominación a su política: “Confío que esta 
aparente prevención contra Inglaterra (intencionalmente 
la denomino aparente) cesará cuando la influencia y el 
ejemplo del señor Rivadavia sean completamente extin- 
guidos”. • 

Todos, colazos de la limpia adhesión a las resultancias 
de la misión García, que era la paz. Y a su pulcritud 



LA MISIÓN l’ONSONBT 


177 


referimos, porque con la mayor buena fe se la apoya, 
cuando tan fácil habría sido aumentar, a extremos in- 
calculables la confusión, mediante una actitud reticente, 
ya que no de intriga; pero ni el gobierno inglés, ni su 
agente, aceptaban semejante falsía, en absoluto reñida 
con su honorable empeño conciliador, transparente al 
través de los documentos. 

No ya las notas oficiales, la correspondencia privada 
lo certifica así. Mucho después, se divulgaron cartas de 
Parish que traducen ardiente reproche por el fracaso de 
la convención García. 'Con fecha Agosto 28 de 1828, le 
escribe al padre, en la confidencia, formulando acerbas 
censuras contra Rivadavia, a quien, con exceso, acusa 
como causante de la descomposición interior. 

En otra epístola a Joseph Planta, subsecretario del Fo- 
reign Office, de Julio 21, dice: “Verá usted que la nego- 
ciación García, en Río Janeiro, para la paz, ha fracasado 
completamente. La base de ellas era la independencia 
de la Banda Oriental. Cedió la provincia al Brasil. Creo 
que no podía hacer otra cosa. Sabía que la paz era ne- 
cesaria a su país, costara lo que costara”... “su país, 
a lo menos, descansaría con un levantamiento del bloqueo 
y se colocaría en una posición más ventajosa para renovar 
la guerra”... “Sin embargo, convenía a Rivadavia le- 
vantar el grito contra esta medida y enceguecer al pueblo 
con un sentimiento falso de la honra nacional”. 

Cuadra observar que, si llana y correcta fué la política 
del mediador con el gobierno imperial, cuando la misión 
García, así igual con el gobierno republicano. Procede 
decirlo, ya que, en la época, ella fué zaherida en Buenos 
Aires, por sospecharla inclinada al Brasil, y ya que, con 
posterioridad, alguna vez el comentario platino la ha 
apreciado con aspereza, suponiéndola contradictoria y 
hasta maliciosa. 

Rotunda negativa se había opuesto en Río a las bases 
del mediador. Aunque más permeable, la cancillería ar- 
gentina no se decide a la aceptación de la independencia 
oriental, que duele como una mutilación. Se suceden las 
entrevistas con Rivadavia y sus ministros. En su nota 
a Canning, de Octubre 2 de 1826, refiere Ponsonby a 
esos primeros contactos, citando a don Manuel José Gar- 


12 



178 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


cía, con quien conversa largamente, por haber sido de- 
signado plenipotenciario en Inglaterra y “por tratarse 
de una persona de larga experiencia en los asuntos polí- 
ticos de este país”. 

Agrega : ‘ ‘Cuando le hube expuesto mis Opiniones, 
pude comprobar, con satisfacción, que éstas concordaban 
en absoluto con las suyas”. Le declara que un gran cam- 
bio se ha producido en las ideas del presidente, lo que le 
induce a pensar (a García) que “ahora estaría mejor 
dispuesto para acoger la propuesta de arreglo que yo 
pensaba presentarle” ; así, subrayado. ¿ Cuál era esa pro- 
puesta? En la línea inmediata lo dice: “Finalmente, de- 
cidí lanzar, en mi conversación con el presidente, el pro- 
yecto de erigir a la Banda Oriental en un estado inde- 
pendiente”. . . 

El gobernante escucha los razonamientos de Ponsonby 
en favor de esta fórmula, reconoce las dificultades en que 
está su gobierno y los peligros de la situación interna. 

Sigue Ponsonby: “Le manifesté la opinión que tenía 
sobre la independencia de la Banda Oriental, la única 
base posible sobre la cual, en los actuales momentos, cabe 
fundar unas negociaciones de paz con el emperador del 
Brasil, exponiendo las razones en que apoyaba esa opi- 
nión y los resultados que yo suponía se derivarían de esa 
medida para los intereses de Buenos Aires”. 

Creemos haber señalado antes este pasaje. No importa ; 
es necesario reproducirlo, ahora, a fin de evidenciar la 
clara conducta del mediador y su propósito de que la * 
nueva negociación girara sobre la independencia oriental. 
Más aún ; el propio García estaba de acuerdo en el punto. 
Oigamos, de nuevo, a Ponsonby: “Comuniqué al señor 
García el resultado de esa entrevista y me contestó que 
creía casi seguro que el presidente, al fin, adoptaría la 
actitud sugerida por mí y calurosamente me aconsejó que 
perseverara”. Deber es repetirlo, como alguna repara- 
ción siquiera a quien fuera arrastrado por el infortunio 
de la convención que, con intención honesta, luego sus- 
cribiría. 

En cuanto a Rivadavia, que acogiera favorablemente 
la propuesta del mediador, hizo cuestión capital de la 



LA MISIÓN PONSONBY 179 


garantía de Inglaterra, a lo que resistió aquél, en con- 
formidad con sus instrucciones. 

Expresa en la misma nota: “En este estado de eosas, 
tengo motivos para suponer que mañana recibiré del go- 
bierno un completo rechazo del proyecto de paz que el 
señor García, el hombre más ilustrado de la nación, les 
ha instado, con todo empeño, a adoptar y que estoy con- 
vencido será aceptado por el país, en general, cuando sea 
conocido”. 

Pero tal no ocurrió, desde que en seguida Ponsonby 
presenta al ministro de la Cruz un proyecto de bases de 
paz. Decía la 1.*: “La Provincia Oriental será declarada 
estado libre e independiente”. 

Sucédese una nota del ministro al mediador, de Octu- 
bre 3 de 1826, confidencial y de cauteloso retroceso. Es- 
trecha el punto de vista: “V. E. expuso la idea sobre la 
que el proyecto que ha tenido la bondad de enviar está 
basado y que adjunto a la carta que ahora contesto. S. E. 
el presidente manifestó inmediatamente a V. E. que una 
base de esa importancia, que era probable fuera fatal y 
que, desde luego, resultaba tan perjudicial para la exis- 
tencia de esta república, era, no sólo contraria a sus prin- 
cipios, sino que, entrar a apreciarla, sobrepasa los límites 
de su autoridad”. Agrega que, “si tal proposición fuera 
presentada oficial y directamente por el poder media- 
dor”..., “entonces se consideraría obligado a darle el 
trámite que corresponde, de acuerdo con las leyes del 
país”. 

Reviste, por otra parte, interés la evocación de estas 
memorias, afianzadas por la letra escrita, a fin de com- 
probar, otra vez, que ambos beligerantes resistieron 
cuanto pudieron el advenimiento de nuestra personali- 
dad internacional. 

Venimos de ver que Rivadavia la conceptuaba fatal y 
opuesta a sus principios. 

Prosigue de la Cruz: “Pero S. E. aprovechó la opor- 
tunidad para declarar, también, que él siempre juzgaría 
de su deber solicitar de la representación nacional el re- 
chazo de la proposición, a menos que, como parte esencial 
de la misma, la garantía del poder mediador y propo- 
nente pudiera ser lograda”. 




180 


LUIS ALBERTO BE HERRERA 


Procede, también, destacar estas manifestaciones, que 
plenamente abonan con cuánto afán se requirió la ga- 
rantía inglesa y la singular significación a ella atribuida. 

La anterior nota, desautoriza lo que en privado se ad- 
mitiera y pretende atribuir a la mediación la presenta- 
ción de un proyecto oficial de bases. Ponsonby se apre- 
sura a desbaratar la tentativa, en réplica vigorosa y elo- 
cuente, de Octubre 9 de 1826. Empieza: “El infrascripto 
lamenta profundamente comprobar que existe una dife- 
rencia de opinión sobre el significado de lo que fué dicho 
en la conversación que tuvo el honor de celebrar con S. E. 
el presidente”. Con cortesía, no exenta de fastidio, que 
se adivina, restablece lo que por verídico tiene. Prescinde 
de detalles, pues “considera perfectamente indiferente 
para la apreciación de la cuestión, si los hechos fueron o 
no de esa naturaleza; pero juzga oportuno afirmar, y así 
lo hace, que la presentación de las bases al presidente fué 
la inmediata consecuencia de las manifestaciones del pre- 
sidente y del vivo anhelo que manifestó por el restable- 
cimiento de la paz y de su lamentación por la prolonga- 
ción de la guerra”. Extiéndese en observaciones corro- 
borantes y reitera: “El infrascripto declara que sus re- 
cuerdos de esa conversación no concuerdan, de ninguna 
manera, con las reminiscencias de S. E. el presidente, 
pues no tiene memoria, en absolpto, de que el presidente 
le hiciera tal manifestación de desaprobación de las bases 
sugeridas, sino que, por el contrario, aprobó la idea ge- 
neral (teniendo en cuenta el estado actual del país y el 
que puede crearse en el futuro)”. Recuerda que “la 
objeción esencial formulada por S. E. “para darle el 
curso que le correspondía, era sólo esa carencia de segu- 
ridad que la - mala fe que él atribuye al gobierno del Bra- 
sil imprime a cualquier tratado y para cuya falta de 
seguridad el presidente sólo veía un posible remedio: la 
garantía de la Gran Bretaña para cualquier compromiso 
que fuera concertado entre el gobierno de la república y 
el Brasil”. 

Exposición serena y firme, que rectifica a su interlo- 
cutor, tanto en la referencia a los dichos del gobernante 
como en la denominación de “poder proponente de ba- 



LA MISIÓN PONSONBY 


181 


ses”, con respecto a Inglaterra, deslizada “en más de un 
párrafo”. No hay tal, pues Inglaterra no ha propuesto 
nada: “El infrascripto cree necesario llamar la atención 
del ministro de relaciones exteriores sobre este error, re- 
clamando su enmienda en lo relativo a la primera refe- 
rencia. El ministro encontrará en los documentos ofi- 
ciales que fué su propio gobierno quien propuso esas ba- 
ses y que el gobierno británico las trasmitió a S. M. I. el 
emperador del Brasil, en nombre de las Provincias Uni- 
das”. 

Refiere a la “sugestión” recibida por Canning y que 
figura en sus instrucciones, sobre la independencia 
oriental. 

Y, molestado seguramente por versiones desagradables 
y lesivas de su noble intención, añade que “es un error 
de primera magnitud suponer que Inglaterra pueda tener 
algún interés predominante en el arreglo de los asuntos 
de este país como para inducir al gobierno británico a 
alejarse de su reconocida política”. 

Documento elevado, de envergadura, que mereciera 
entera reproducción; pero debemos sintetizar. Las nego- 
ciaciones sufren aparente paralización; y decimos, apa- 
rente, porque los plenipotenciarios británicos continúan 
moderando las intransigencias iniciales, en Buenos Aires 
y en Río. En Octubre 24, Ponsonby le comunica al ge- 
neral de la Cruz que “ha recibido orden especial de su 
gobierno de poner de manifiesto ante el gobierno de las 
Provincias Unidas del Río de la Plata la conveniencia 
de realizar todos los esfuerzos para continuar la nego- 
ciación para la restauración de la paz”. . . Cumpliéndolo 
así, le ruega al ministro que lo comunique al presidente. 

El 26, se le contesta agradeciéndole la nueva obertura 
y manifestándole que el presidente, “inspirado en el no- 
ble deseo de poner término a la guerra”... “y con el 
propósito de dar a todo el mundo, y especialmente a 
S. M. B., una prueba evidente de la sinceridad de este 
anhelo”, autoriza a su ministro a que “repita a S. E. lord 
Ponsonby la siguiente declaración, que S. E. hace en la 
forma más solemne: que el gobierno de las Provincias 
Unidas del Río de la Plata está convencido de la ventaja 
y, más aún, de la mutua necesidad de afianzar una paz 


182 


LUIS ALBERTO BE HERRERA 


honorable para ambos beligerantes, en términos tales que 
no sea posible una renovación de la guerra; y que, a tal 
efecto, y en este sentido, tenderán sus esfuerzos, hasta 
donde lo permitan los intereses esenciales de la nación”. 

Agrégase: “El infrascripto, al trasmitir esta declara- 
ción, está igualmente autorizado para solicitar de lord 
Ponsonby que tenga la bondad de comunicarla así al mi- 
nistro de S. M. en la corte de Río Janeiro”. 

ORIGEN DE LA MISION GARCIA 

Así nació la misión García, ensayada seis meses después. 
Sus orígenes no pudieron ser más limpios y generosos. 
Reflejan honor, tanto sobre la cancillería argentina como 
sobre el mediador, que hábil y porfiadamente insiste, a la 
vez de aplacar muy comprensibles ímpetus y susceptibi- 
lidades. 

Rivadavia se resistía a formular bases, temiendo que 
se repitiera el rechazo sufrido ya en Río por el propio 
Ponsonby. Los sucesos probaron que no eran infundados 
sus recelos; pero de toda la jomada salen enaltecidos él 
y Ponsonby, por la entera buena fe y lealtad de sus pro- 
cederes. En cuanto al doctor García, fué una víctima 
ilustre de las circunstancias; y, todos, de la intransigen- 
cia del emperador, que, luego de alentar la misión, la 
condena al fracaso, por sus exigencias, tan poco equita- 
tivas para el sentimiento argentino, sobre todo después 
de Ituzaingó. 

Es cierto que antes de esta batalla, el 19 de Febrero de 
1827, el marqués de Queluz, en respuesta a una nota del 
ministro Gordon, “en la que manifiesta su satisfacción 
de ser el órgano encargado de trasmitir las bases que el 
presidente de Buenos Aires entregó al enviado británico 
cerca de aquella república”, declara que “ve con asom- 
bro que las bases ofrecidas para la deseada negociación 
empiezan proponiendo que S. M. I. abandone la Provin- 
cia C ispl atina ”.. . Y agrega que “no ve con menos 
asombro la proposición de abandonar asimismo al pueblo 
cisplatino para que forme un gobierno, esto es: abando- 
narlo a la ambición y tiranía del primer ocupante, como 
siempre lo estuvo, hasta que, para bien de la conservación 



LA MISIÓN PONSONBY 183 


propia, el gobierno del Brasil venció y expulsó al aven- 
turero. y revolucionario Artigas, que lo subyugaba”. . . 

Véase basta qué extremo es pueril proclamar, como 
ahora se intenta, apoyándose en el último, episodio del 
drama nacional, en 1828, cuando, después de tres años 
de guerra, nuestra independencia era efectiva e inevita- 
ble, que el emperador del Brasil fué su eficiente y radibal 
sostenedor. ¡ Sí, a última hora y luego de haber fracasado 
totalmente en su desesperado empeño de conservarla en 
su, poder por las armas, por la diplomacia : de todos mo- 
dos ! 

Se pretende convertir una incidencia del pleito, al fi- 
niquitarse, en el fondo mismo de la cuestión ; y porque, 
al error de Dorrego, que se agarra a la ilusión de nuestra 
independencia temporaria, opone el Imperio la tesis de 
que ella sea absoluta, se quiere reformar el concepto his- 
tórico, ya establecido, con prescindencia del conjunto de 
los sucesos y haciendo de lo accesorio lo principal. 

Dialéctica postuma, tan frágil como habilidosa, que se 
destruye sola, sin perjuicio de recordar qüe los plenipo- 
tenciarios republicanos rechazaron, en una memorable 
nota, la enmienda tardía e imposible de su mandante; y 
recordando, también, como cuadra a la verdad y a' la 
hidalguía, que durante dos años de resistencia victoriosa, 
los argentinos se habían fusionado, en el mismo esfuerzo 
militar, con los orientales y contra el Imperio. ¿ Cómo 
admitir, pues, que más colaboraron en nuestra emanci- 
pación los vencidos que los vencedores del Juncal, de 
Ituzaingó, del Ombú y de Bacacay, a título de que hubo 
de haber perplejidad en la redacción del acta escrita del 
hecho, en el terreno consagrado? 

Pero algo más cabe observar sobre los preliminares de 
la misión García, ya que la información fraccionaria ha 
motivado juicios injustos, suponiéndose casi insidiosa la 
conducta de la mediación. Y bien : no se yerra afirmando 
que ella no merece reproche. No es exacto que, en el afán 
desmesurado de defender el comercio británico, lord 
Ponsonby precipitó a una caída diplomática al gobierno 
republicano; y, sí lo es, que uno y otro fueron víctimas 
de la ajena inconsecuencia y de circunstancias imprevis- 
tas. Siempre será necesario insistir en la perturbación 




184 


LUIS ALBERTO DE HERR ERA 


derivada de Ituzaingó, etc., que redobla en el emperador, 
como era lógico, la fiebre de la revancha y lo lleva a 
pronunciar palabras irreparables en su mensaje, tan be- 
licoso, a la asamblea legislativa, frescas — con antigüedad 
de dos meses escasos — cuando don Manuel José García 
recala en Río Janeiro: ellas decretaban, por anticipado, 
el fracaso de cualquier tentativa de arreglo. 

Como fruto de una laboriosa gestión, obtiene Ponsonby 
que Rivadavia acceda a la obertura. Le escribe a Can- 
ning, en nota de Octubre 31 de 1826: “El presidente ha 
consentido que el señor Gordon quede en libertad de pre- 
sentar el proyecto al gobierno del Brasil”. . . Lo que no 
consigue es algo más, fuera de lo antes mencionado: “Lo 
que yo solicitaba del presidente, era una autorización 
confidencial, por escrito, de su parte, para hacer efectiva 
la cláusula, es decir, el proyecto, en caso que éste fuera 
aceptado por el Brasil. Me lo ha rehusado, tenazmente, 
alegando las razones que ya he expuesto ; razones que no 
considero muy procedentes”. 

La insistencia del mediador se funda en el anhelo de 
formalizar la nueva negociación, de darle base, a fin 
de robustecerla ante la otra parte. No lo consigue; sin 
embargo, persiste en el buen empeño y, por intermedio 
de su colega en Río, reinicia el esfuerzo conciliador. Así 
lo comunica a Canning, en la misma nota: “Enteraré al 
señor Gordon de mis impresiones sobre este asunto y él 
procederá como lo juzgue más conveniente, pues juzgo 
que está en más completa posesión de los propósitos del 
gobierno de S. M. que lo que yo pueda estar sobre la 
cuestión política en estos países”. 

Informes verídicos, sin artificio, como que son dirigi- 
dos al superior, para su exclusivo conocimiento, y que en 
ningún pasaje ofrecen rastro de artería y, sí, una cons- 
tante labor pacificadora, en lo íntimo, con angustia an- 
siada por ambos adversarios. 

A ese estado de espíritu también alude: “Debo agregar 
que mi opinión sobre la política que debiera adoptar este 
país, está fortificada, principalmente, por una conversa- 
ción que sostuve el 28 de este mes con el primer ministro, 
señor Agüero, quien admitió, en toda su extensión, mis 
apreciaciones sobre la debilidad de los recursos del país 



LA MISIÓN PONSONBY 


185 


y la destrucción de los mismos por . el bloqueo, y quien 
pone la única esperanza en una favorable terminación 
del conflicto con el destronamiento del emperador del 
Brasil, producido por alguna conmoción interna en sus 
dominios ’ \ 

Referencias que bien traducen la zozobra ambiente y 
sin cuya viva evocación queda incompleto el cuadro. 

En su oficio de Noviembre 6 de 1826, Ponsonby le 
trasmite a Canning nuevas impresiones: “El señor Gar- 
cía me llamó ayer, por deseo de S. E. el presidente, para 
reiterarme, en su nombre, las seguridades de su fidelidad 
a la palabra empeñada de favorecer, en la medida de sus 
fuerzas, el proyecto de independencia de la Banda Orien • 
tal, así como para informarme de que S. E. estaba ahora 
seguro de poder triunfar fácilmente de cualquier oposi- 
ción que se levantara aquí contra aquella propuesta y 
que nada impediría su estricto cumplimiento, si el go- 
bierno del Brasil la aceptara también”. 

A pesar de las reservas antes señaladas, Rivadavia 
acepta la solución, que finalmente se impuso porque no 
había otra. Con honesta intención y apremiado por las 
circunstancias externas e internas, hacia ella va. Pon- 
sonby ampliamente lo reconoce : ‘ ‘ Estoy convencido de la 
sinceridad del presidente y no he renovado mi pedido de 
un documento firmado por él, que ratifique su promesa ’ \ 
Pero siempre teme que se le deje en blanco, por una de 
las tantas contradicciones que ha presenciado. Va a tras- 
mitir una fórmula al Imperio y quiere garantías de se- 
riedad. Escribe : “ No puedo comprender las razones del 
presidente para oponerse a escribirme, secreta y confi- 
dencialmente, en el mismo sentido de sus mensajes ; pero 
creo que hay ancha base para confiar en que es sincero ’ ’. 
Y, si no lo fuera, observa que ya se cuenta con algunos 
elementos que configuran una actitud: “ Tenemos la de- 
claratoria escrita del señor García de que ha procedido 
por orden del presidente; y se halla en nuestro poder, 
también, escrita de su puño y letra, la copia del proyecto 
en sí, corregida por mandato del presidente”. 

La acción convincente del mediador reduce obstáculos. 
Rivadavia entra por la in lependencia oriental y, si por 
momentos frena, es porqu» ya la disensión doméstica lo 



186 


LUIS ALBERTO DE HEBEEBA 


envuelve y se afana en no dar flanco a la crítica popular. 
No escapan a su alta inte! igencia los riesgos de cualquier 
gesto, por patriótico y ablegado que sea: unitarios y fe- 
derales se aprestan al duelo mortal. 

Y no se engaña respecto al peligro inminente que lo 
acecha y del que no conseguirá luego librarse, ni aun 
haciendo derivar, con iniquidad, hacia el plenipotenciario 
García todo el peso de las responsabilidades. 

Corno si el instinto 1? dijera que se juega su propia 
suerte, la de su persona, la de su gobierno y la de su 
partido, procede con estudiada cautela, sin incurrir en 
falsía, pero ciñendo, hasta donde es posible, su lenguaje. 
A la vez, la situación interior, bajo diversos aspectos tan 
crítica, lo induce a procurar la paz como remedio, el 
único eficaz, contra lo que vendrá, contra lo que viene . . . 

Por su lado, Ponsonby tiene toda razón para pedir 
ciertas seguridades. No quiere exponerse a un fracaso, 
desairado e inútil. Las palabras se olvidan con facilidad, 
cuando la pasión sopla ; en cambio, el trazo escrito llama 
al cumplimiento de lo prometido. 

Sin embargo y a pesar de deficiencias, acepta, para 
empezar, el escaso material que encuentra, aunque no 
está satisfecho. Reviste interés la descripción del caso, 
emanada de su pluma y trasmitida a Canning en el ci- 
tado oficio: “Este asunto no ha sido conducido en la 
forma que yo considero mejor para su éxito, pero éste se 
logrará, lo mismo, si el señor Gordon encuentra disposi- 
ciones favorables a la paz en el gobierno del brasil. Me 
he esforzado tenazmente en conseguir que este gobierno 
haga la propuesta del proyecto, directa y abiertamente, 
creyendo que eso le haría difícil al emperador su rechazo 
y que el temperamento adoptado le da gran facilidad 
para eludirlo, en caso que esté resuelto a continuar la 
guerra; pero no he podido lograr el resultado apetecido”. 

PREPARANDO SU EXITO 

Bien claramente queda planteado el meritorio ensayo, 
a cuyo origen nada dudoso se asocia, como que, a la par, 
Ponsonby, Rivadavia y García proceden a impulso de 
los más sanos propósitos. Les anima el ardiente deseo de 




LA MISIÓN PONSONBY 


187 


llegar a una solución, que gira alrededor de nuestra in- 
dependencia.* Más allá, nadie piensa en ir; sin embargo, 
se fue, bajo la presión de circunstancias surgidas en una 
nueva etapa y en otro escenario. Desde Buenos Aires, 
poco o nada interviene Ponsonby en sucesos que se de- 
sarrollan y precipitan en Río Janeiro. El doctor García 
los ha historiado en su torturante realidad. 

Mucho importa dejar constancia de que el mediador 
concretó su gestión en la independencia oriental, que 
Rivadavia concluyó por ceder a ella y que García coin- 
cide con ese punto de vista. La incógnita está en la otra 
parte, representada y constituida, para las tratativas, por 
el emperador, pues, como le expresara Gordon al último, 
en Río, “debía advertirme que,, aun cuando el emperador 
autorizase al marqués de Queluz, o a cualquier otro, para 
tratar, la negociación se hacía realmente con el mismo 
emperador, de quien el plenipotenciario no sería más que 
un repetidor ” ; y, como le dijera, antes, el propio marqués 
de Queluz, * ‘ la dificultad se encontraba en el carácter del 
emperador, el cual se irritaba con los obstáculos y obraba 
con una impetuosidad que se aumentaba con la contra- 
dicción, que ni sus ministros, ni la asamblea misma, se- 
rían bastantes a separarlo de un propósito en que creyese 
comprometido su ho^or, o su dignidad, o cualquier bien 
considerable del Imperio”. 

Lógicamente, la paz debióse sellar entonces; pero el 
paciente esfuerzo madurado en Buenos Aires se frustró 
en Río Janeiro, arrollado por la omnímoda voluntad im- 
perial. 

Volvamos al mediador, quien se dirige al ministro de 
la Cruz, para enterarle de que se dispone a enviar al 
ministro Gordon “la carta de fecha Octubre 30, que el 
infrascripto tuvo el honor de recibir de S. E., en la que 
manifiesta los fervientes deseos del gobierno de las Pro- 
vincias Unidas del Río de la Plata por la pacífica termi- 
nación de la guerra, sobre bases justas y honorables para 
ambos beligerantes”. 

Con toda delicadeza y cual si quisiera evitar el menor 
equívoco, Ponsonby notifica cortesmente de su comuni- 
cación a Gordon ; y de la Cruz le contesta sin formular 
la menor observación, en cuanto al fondo del asunto, ya 




188 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


que el presidente está “siempre animado por los deseos, 
que en toda ocasión ha manifestado, de acelerar la ter- 
minación d:e las dificultades existentes”... Sólo indica 
que Montevideo sería “el lugar más apropiado” para la 
reunión de los plenipotenciarios. 

En Noviembre 6 de 1826, Ponsonby le escribe a Gordon 
acompañándole copia de la obertura cordial que la can- 
cillería argentina le ha autorizado a formular. Síguese 
un párrafo, muy ilustrativo, que es necesario transcribir 
íntegro: “Pero el proyecto que envío, acompañado de 
una carta de la misma fecha, del señor García, marcada 
“privada y confidencial”, me hace abrigar la esperanza 
de que pueda ofrecer terreno más propicio para cimentar 
la paz. El presidente, sin embargo, al prestar su apro- 
bación al proyecto, ha insistido sobre la estricta obser- 
vancia de ciertas condiciones, especialmente, que yo lo 
comunicaré al enviado de S. M. en Río, bajo el solemne 
compromiso de su parte de que no lo presentará al gobierno 
del Brasil, ni aun insinuará su existencia, hasta adquirir 
convencimiento, justificado, de que el gobierno brasilero 
sinceramente lo aceptará como base. Una vez que haya 
sido comunicado al gobierno brasilero y que reciba aco- 
gida favorable, asegura que el gobierno de La Plata está 
pronto, por su parte, a tratar”. # 

Con escrupulosa veracidad se da traslado de la palabra 
argentina, tal como ha sido recibida. En nada sufren 
reducción las reservas de Rivadavia, que los aconteci- 
mientos se encargarían de probar que no eran excesivas. 
Va asociado un proyecto del doctor García que, de 
acuerdo con lo tantas veces .conversado con el mediador, 
no podía tener otro fundamento que el reconocimiento 
de la independencia uruguaya.. 

Termina: “El presidente me ha instado, repetidamente, 
que le pida a V. E. se sirva comunicar aquí, tan rápida- 
mente como le sea posible, noticia de lo que haya hecho 
o piense hacer. Considero esta cuestión de suficiente 
magnitud como para solicitar el concurso de uno de^ los 
buques de guerra de S. M., si otro medio, seguro y expe- 
ditivo, no se encuentra”. 

Se trasluce el anhelo de paz de Rivadavia, muy com- 
prensible frente a tantas dificultades, y la correcta con- 




LA MISIÓN PONSONBY 


189 


ducta del mediador que, lealmente, pone de su parte todo 
lo posible para servir a los beligerantes y llevarlos a una 
solución. Obvio destacar el significado, más que prota- 
gonista, decisivo, de su gestión, eje y fianza de todas las 
tentativas pacificadoras. Buenos oficios, garantías, bu- 
ques para traer y llevar a los propios agentes, todo se 
pide al mediador y con mano abierta y noble se brinda» 
Ante tan multiplicadas comprobaciones, que fluyen abun- 
dantes, cuesta persuadirse de que se intente desconocer 
el considerable alcance de aquella jornada diplomática. 

En Noviembre 6, Ponsonby informa a Canning: “He 
celebrado la esperada entrevista con el señor Agüero. 
El admitió la imposibilidad en que se halla el país de 
continuar la guerra por tiempo indefinido y declaró el 
sincero deseo del gobierno de celebrar la paz”. 

Sensación viva, recogida en las mismas fuentes del 
gobierno. 

“ Me expresó, claramente, que su única esperanza de 
remedio, ante la posible desgracia de una manifiesta im- 
posibilidad de parte de su gobierno de continuar la gue- 
rra, y ante la consiguiente exigencia de parte del empe- 
rador del Brasil, en peores términos que los actuales, se 
funda en una confederación de los estados de América 
contra el Brasil, lanzados a una guerra de principios. 
Dijo que sabe que esa confederación es deseada por los 
estados de América, que Bolívar mandaría el ejército que 
penetraría en el Brasil ”... 

Pesimismo que aplasta, fundado en diversas razones. 
Bajo su peso se sueña con lo intangible: con la acción 
conjunta de la América republicana — deshecha por la 
anarquía — contra el Imperio bragantino y hasta con el 
libertador, que ya duda de las formas republicanas que 
ve. 'Así se manifiesta un ministro, el más representativo 
e influyente: “Me preguntó si yo abrigaba esperanzas de 
que el emperador aceptaría la proposición (si hecha)” 

Conversación que trasluce toda la desorientación y los 
desfallecimientos de la hora y que alivia la memoria del 
doctor Manuel José García, víctima expiatoria, como La- 
valle luego, en otro plano, de talentosos y tétricos impul- 
sores, que se esfuman cuando la responsabilidad golpea! 



190 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


LA INTRANSIGENCIA IMPERIAL 

En Noviembre 27 de 1826, Canning contesta informa- 
ciones, muy anteriores, deplorando el malogro de la ne- 
gociación: “El' fracaso de esa tentativa, aunque muy 
lamentable, no puede ser atribuido a carencia de celo o 
habilidad de parte de V. E., sino a la insensatez y obs- 
tinación del emperador del Brasil, cuyas consecuencias 
talvez tenga que palpar, algún día, S. M. I.”. Exacto el 
vaticinio!, como que su abdicación tuvo por origen indi- 
recto, entre otras causas, el desenlace de la Cisplatina. 

Sigue: “No es posible confiar, mayormente, en el éxito, 
en Buenos Aires, de ninguna proposición como la que 
Y. E. está solo autorizado a hacer en favor del Brasil”. 

Vale la pena destacar este dicho, tan categórico, de tan 
genuina procedencia oficial: la expresión de pesar, antes 
transcripta, por la negativa de Buenos Aires a aceptar 
la independencia oriental. “Por lo tanto, siendo tales las 
respectivas determinaciones de los dos gobiernos, con los 
cuales V. E. ha tenido que tratar, no veo que se pueda 
hacer otra cosa, por el momento, de parte de S. M., para 
producir un acercamiento entre ellos”. 

El mediador acusa recibo y agradece la sanción de sus 
actos, en nota de Diciembre 4: “Estoy satisfecho de su 
aprobación y más lamento que la manera en que ellos y 
el presidente me obligaron a plantear el proyecto, lo ha 
privado de sus mayores probabilidades de éxito”. 

Ponsonby mantiene su criterio, con insistencia decla- 
rado, de que la nueva obertura ha nacido débil, poco 
viable ; sin embargo,, la encamina y apoya, animado del 
mejor deseo. 

Nueva y expresa aprobación de Canning, en Diciem- 
bre 23. En. esa misma fecha, Ponsonby escribe, con ca- 
rácter privado, al ministro García, una larga y elocuente 
carta, dirigida a convencerle de que la ocas’.on, antes de 
que choquen los ejércitos, puede ser propicia para nn 
nuevo ensayo transaccional : ‘ ‘ Soy de opinión que el ac- 
tual momento sería favorable para tomar algunas medidas 
conducentes a la restauración de la paz”. 

Con si ng ular acierto, anuncia lo que ocurrirá, triunfe 
quien triunfe en el encuentro militar en ciernes, que, 




LA MISIÓN PONSONBY 


191 


desde luego, asevera que no decidirá la campaña — como 
efectivamente sucedería — y agrega: “Yo creo, firme- 
mente, como a menudo se lo he manifestado a usted, que 
la manera en que las últimas proposiciones fueron tras- 
mitidas al señor Gordon privaron a la iniciativa de toda 
probabilidad de éxito, en la acepción que en nuestro 
léxico se concede a esa palabra”. 

Franca expresión de opiniones, hecha con eficiente na- 
turalidad: “La república avanza ahora contra el empe- 
rador, perfectamente armada y llena de valor y de es- 
peranza. Ella exhibe un ejército que puede salir victo- 
rioso y que debe ser formidable. Nada más dignificante 
que ofrecer, en tales circunstancias, condiciones de paz 
razonables”. 

Callado testimonio de la elevación moral del mediador 
y de la alta imparcialidad de la mediación que¡, en todo 
tiempo, se sustrae a la inclinación tendenciosa, sin otra 
finalidad que la muy levantada de reconciliar a los pue- 
blos en litigio. 

Y en seguida de la eficaz exhortación, cual si asaltara 
el temor de haber abusado del consejo, este cierre: “Por 
eso, me he permitido molestarle con la expresión de mis 
sentimientos íntimos sobre los sucesos actuales, cono- 
ciendo su celo por el bienestar de su país y la libertad 
que usted me ha concedido de exponerle los puntos de 
vista y opiniones que juzgue dignos de consideración”. 

Carta cordial y muy sincera, que surte fecundos efec- 
tos y provoca nuevas conversaciones. A ellas refiere el 
doctor García en su nota de 30 de Diciembre de 1826, 
diciendo: “El 27 comuniqué 'a S. E. el presidente de la 
república el resultado de nuestra conferencia del 26. El 
consejo de gobierno se reunió los días 28 r y 29 y el mi- 
nistro de relaciones exteriores acaba de comunicarme que 
se ha resuelto autorizar a V. E. para hacer conocer di- 
rectamente al ministerio de S. M. el emperador del Bra- 
sil las sinceras pacíficas intenciones del gobierno de las 
Provincias Unidas y su disposición de tratar las bases 
del proyecto últimamente sugerido y entregado al señor 
Gordon, ministro de S. M. en el Brasil”. 

Sigue otro pasaje,, igualmente culminante y ya repro- 
ducido, muy enaltecedor para la cancillería que lo auto- 



192 


LUIS ALBERTO BE HERRERA 


riza, según el cual, fuere cual fuese el fallo de la batalla 
inminente, no se cambiaría la actitud pacífica acordada: 
“no la modificara”. 

Nota de gran importancia y de esclarecido cuño, como 
que rompe el modo ceremonioso y plenamente sanciona la 
gestión directa ante el contrario, saliendo de ios inaca- 
bables rodeos y reservas verbales. 

El mismo 30 de Diciembre, Ponsonby entera a Canning 
de esta actitud, que le arranca caluroso elogio: “Juzgo 
que este gobierno ha hecho, al fin, todo lo que de él podía 
desearse y que lo. ha hecho de una manera elegante”. . . 
“Imagino que la paz,, a cualquier precio, cimentada sobre 
bases duraderas y firmes, es su anhelo: la paz, porque 
aun una mala paz talvez despertara sentimientos pacífi- 
cos, de los cuales pudiera derivarse una paz perdurable. 
El gobierno de esta república se ha desenvuelto, en esta 
emergencia, de una manera especial, que casi me atrevería 
a calificar de sabia”. 

Insistimos siempre sobre el valor de sinceridad que les 
da a estos comentarios el hecho de emitirse, en privado, 
al superior. No cabe, pues, atribuirles otra interpretación 
que la genuina., emanada de sus propios términos. 

Alude, luego, a incidencias internas argentinas y bra- 
sileras y al inminente choque de sus ejércitos, y reanuda: 
“El gobierno tenía, en tales circunstancias, fáciles y plau- 
sibles excusas para diferir la cuestión ; pero la ha enca- 
rado virilmente. Personalmente, nada mas podía pedir : 
a todo lo que yo deseaba que se hiciera se ha excedido”. 

No recogemos conceptos favorables para una parte, ca- 
llando, en detrimento de la otra, los a ella propicios. Es 
que las notas ahora extractadas no los contienen. Lejos 
de nuestro .pensamiento escribir páginas unilaterales. 
Sencillamente,, tratamos de encontrar , la verdad, de es- 
clarecerla, de fijarla ; y por ella vamos a los papeles ori- 
ginales, interrogándolos y estando a su respuesta. 

Abordamos esa consulta, prevenidos, como es corriente, 
contra la misión García, por ejemplo. Y bien: a medida 
que el criterio se abre senda entre la maraña de los ar- 
chivos, el fallo adverso se suaviza y se experimenta sim- 
patía y piedad por aquellos honrados ciudadanos, llenos 



LA MISIÓN PONSONBY 


193 


de luces, precipitados casi a la deshonra por la terrible 
marejada de los tiempos. 

¡Vaya si repudiamos aquella convención del 27 los 
orientales, como que ella nos devolvía al Imperio,, contra 
nuestra pronunciada voluntad y cual bien realengo! 

Sin embargo, la. exploración del pasado, nos induce a 
pensar, ahora, lo que antes nunca pensáramos; es decir, 
que dar por escrito al conquistador, después de dos años 
de expulsión por las armas nativas, la provincia perdida, 
era tanto como no darle nada: ¡había que tomarla! En- 
tonces, todo se reduce a un expediente forzado, simple 
preliminar de paz, con cláusulas tan inaceptables para el 
sentimiento argentino como aquella que mandaba pagar 
al Imperio el valor de las presas hechas por los valientes 
corsarios platinos “cometiendo actos de piratería”. 

Todo eso no podía quedar así ; a ningún tratado de paz 
se incorporaría. 

Por eso, nos preguntamos : ¿ acaso no se buscó sólo una 
tregua, a fin de tomarse un respiro e ir — aplacada la 
fiebre guerrera — a solución más equitativa? 

Dudas de esa naturaleza asaltan al investigador escru- 
puloso, cuando se interna más allá de la primera línea 
de las versiones establecidas, y al deber hidalgo de esbo- 
zarlo así se suma la complacencia de hacerlo, aun en con- 
tra de las propias y orgánicas preferencias, como que 
cada vez sentimos mayor admiración por la causa encar- 
nada en el antiguo federalismo rioplatense. 

ELEVABA ACTITUD ARGENTINA 

El 4 de Enero de 1827, Ponsonby le escribe a Gordon. 
Acusa recibo de sus cartas y se notifica de la negativa 
imperial a negociar sobre la base de la independencia 
uruguaya. Léase: “Juzgué necesario reanudar comuni- 
caciones con el gobierno, dado el cambio de las circuns- 
tancias y, principalmente, para informar al presidente 
de la exploración que V. E. había hecho de la opinión 
del gobierno del Brasil sobre el punto primordial del 
proyecto — la independencia de la Banda Oriental — y 
del decidido rechazo del gobierno de S. M. I. de esa pro- 
posición. También consideré correcto enterar al gobierno 


13 



194 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


de los rumores circulantes en Rio de Janeiro respecto a 
las intenciones del gobierno de Norte América de auto- 
rizar a la escuadra americana a forzar el bloqueo del 
Plata, en cuanto afecte a buques de guerra”. . . 

Otra vez, acredita el mediador la invariable compostura 
de sus procederes. Apenas le comunica su colega la des- 
favorable manifestación imperial, la trasmite al gobierno 
argentino. Todo a la vista está. Nadie podrá suponer 
que se le lanza a una aventura y a sabiendas. El con- 
traste sufrido luego, en Río, a consecuencia de la obsti- 
nación del emperador, alcanza a todos los amigos de la 
paz y envuelve al gobierno de Buenos Aires, a Ponsonby 
y aun a los ministros del propio don Pedro I, como lo 
expresara al comisionado el marqués de Queluz. Habla 
el doctor García: ‘‘El señor ministro empezó por asegu- 
rarme que su opinión siempre había sido contraria a la 
guerra, así como fué contrario a la ocupación de la pro- 
vincia de Montevideo, lo cual, hasta el presente, sólo ha- 
bía producido gastos enormes, inquietaciones y disgustos 
al Brasil”. 

Ponsonby, en la nota comentada, entera a Gordon del 
resultado de su entrevista con los miembros del gobierno. 
No es posible pasar en silencio sus dichos: “Recalqué 
esos dos puntos de manera especial y me siento muy feliz 
de haber encontrado al gobierno de esta república firme 
en la decisión que había adoptado últimamente y consin- 
tiendo, solícito, en autorizarme a tomar cualquier medida 
que considerara conveniente para comunicar al gobierno 
del Brasil el antedicho proyecto. El presidente y sus 
ministros adhieren leal y honestamente a mi para soste- 
ner el proyecto, si S. M. I. consiente en adoptarlo como 
base para discutir la paz”. 

Narración tranquila e insospechable, como que nadie 
imaginará al ministro inglés en Buenos Aires induciendo 
a engaño al ministro inglés en Río y como que ambos sir- 
ven el mismo propósito diplomático. “Por lo tanto, pido 
formalmente a V. E. que someta al gobierno del Brasil 
el mencionado proyecto, asegurándole que yo puedo ga- 
rantir que será fielmente cumplido por el gobierno del 
Río de. la Plata, bajo cualesquiera circunstancias, tanto 
en el caso de una victoria como en el de una derrota. El 




LA MISIÓN PONSONBY 


195 


gobierno ha aquilatado la verdadera situación de este 
país y de toda Sud América y la determinación que ha 
tomado es fruto de una esclarecida y honrada política”. 

De donde se desprende que, a pesar de la resistencia 
imperial — que el mediador ni por un instante oculta a la 
otra parte — el gobierno de las Provincias Unidas acordó 
la renovación del esfuerzo pacífico, por intermedio de los 
ministros ingleses. Posición gallarda y liberal, que Pon- 
sonby alaba, por ser de justicia. Bien lo remacha : “Nadie 
que conozca la historia de los dos países y esté enterado 
de los términos efectivos de arreglo, propuestos por el 
gobierno 1 de La Plata, titubeará en asegurar que todo el 
peso de la responsabilidad de lá prolongación de las ca- 
lamidades y crímenes de la guerra, gravita exclusiva- 
mente sobre el gobierno- del Brasil. La república renun- 
cia a todo y sólo reclama garantías. Frente a cualquier 
título que el emperador alegue para justificar sus dere- 
chos sobre la provincia,, la república puede oponer el 
mismo título legítimo ; por lo menos, tan bien fundado en 
hechos y por actas”. 

Gira siempre el comentario alrededor del reconoci- 
miento de nuestra independencia. El aserto va implícito 
y flota y se precisa, a menudo, en el contexto de la co- 
rrespondencia. En esa misma nota se afirma, en forma 
la más categórica, ese concepto. Repitamos la frase, que 
es hermosa, por lo afirmativa y porque pondera justa- 
mente la heroica pasión nativa de nuestros mayores: 
“Una paz que dejara a la Banda Oriental en manos del 
Imperio, es, en sí, imposible”. 

Aseveraciones vertidas en la época, que no dejan lugar 
a duda en cuanto al resuelto intento de ir a la indepen- 
dencia oriental, base propuesta por el mediador y acep- 
tada, al fin, por el presidente Rivadavia; y según nota 
de Gordon a Ponsonby, de Febrero 5 de 1827, aún por 
don Pedro I. 

En oficio a Canning, de Febrero 21, Ponsonby expone 
que ha trasmitido al ministro de la Cruz “el extracto del 
despacho que el señor Gordon me dirigió desde Río,, con 
fecha 5 del actual”. Y procede con tan buen deseo y 
amplitud, que también le da conocimiento de “la copia 
de la nota oficial del señor Gordon al marqués de Queluz, 



196 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


de fecha 4 del corriente, enviada a S. B. con las bases 
dél proyeeto remitido por mí a Río de Janeiro, de parte 
del gobierno de la república del Plata”. 

A la vista están los eslabones de nna gestión irrepro- 
chable y altamente inspirada, sin celadas, sin reservas 
sutiles, limpia de toda maniobra. La tenacidad inteligente 
del mediador abre paso, con marcada habilidad, a la di- 
fícil negociación inicial; las Provincias Unidas, lucida- 
mente le secundan. Según, acaba de verse, también el 
emperador se pronuncia favorablemente; pero no persis- 
tiría en tal actitud., en parte, debido a sentirse “agitado 
incesantemente por el estado de indecisión”, a que refería 
el marqués de Queluz en su tercera conferencia con el 
doctor García, y, en parte, a consecuencia del contraste 
del 20 de Febrero y de su ardiente promesa de revancha, 
articulada en pleno parlamento. 

También el mediador expresa a Cannáng su optimismo, 
dado que “el señor Gordon abriga esperanzas sobre el 
éxito de los esfuerzos realizados para llegar a un amistoso 
arreglo de las diferencias existentes y que cree, asimismo, 
que ,S. M. I. realmente desea la paz”; lo que comunica al 
general de la Cruz. 

Laboriosas etapas de una gestión constantemente 'con- 
ciliadora, siempre iluminada por la nobleza, que tras- 
ciende de las actitudes cardinales a las notas que las 
reflejan y cuyo cuidado estilo resiste, aún, al desmedro de 
la traducción. 




LA MISIÓN PONSONBY 


197 


VII 

Eli FRACASO DE RIO 

En Abril 4 de 1827, el secretario Parish, por guardar 
cama el mediador, informa a Gordon, en su nombre, de lo 
que en Buenos Aires aquél ha hecho: “Lord Ponsonby 
ha comunicado, confidencialmente, a este gobierno, sin 
pérdida de tiempo, las notas cambiadas entre el ministro 
brasilero y V. E. sobre la proposición enviada desde aquí 
como base de paz. S. E. hizo conocer, a la vez, al general 
de la Cruz, ministro de relaciones exteriores, para cono- 
cimiento del presidente, vuestras opiniones sobre la pro- 
babilidad de que la base que concede independencia a la 
Banda Oriental, sea finalmente aceptada”... “Lord 
Ponsonby ha celebrado varias entrevistas con el general 
de la Cruz, respecto a varias comunicaciones, extractadas 
en el memorándum n.° 1, que acompaño”... “Lord 
Ponsonby tiene confianza en el éxito de esta nueva ges- 
tión, realizada de acuerdo con los deseos expresados a 
V. E. por S. M. I., y, si el señor García tiene alguna 
oportunidad de tratar personalmente con el gobierno de 
S. M. I., talvez pueda convencerle de la sinceridad con 
que la república está procediendo, en su anhelo de su- 
primir toda posible causa de discordia con su poderoso 
vecino, S. M. I. el emperador del Brasil”. 

Mucha esperanza se pone en el resultado que, mirados 
los sucesos desde el Plata, todo inclina a suponer feliz. 
Pleno éxito pacificador obtiene, ante las Provincias Uni- 
das, el plenipotenciario allí acreditado ; no así, su colega 
ante el Imperio. Salvo alguna nota suelta,, no se conoce 
la correspondencia cambiada en Río ; falta ese aro para 
completar la cadena. Sin embargo, hay tanta contunden- 
cia en la decisión imperial, que nada cuesta apercibirse 
de las enormes dificultades opuestas. 

El 7 de Febrero del 27, el ministro Gordon presenta 
al marqués de Queluz las bases que, aprobadas por el go- 
bierno de las Provincias Unidas, le remite el mediador. 
El canciller brasilero le pide que las suscriba y, a pesar 



198 


LUIS ALBERTO LE HERRERA 


de considerar excesiva tal exigencia, a ella accede. El 19, 
el marqués de Queluz se arranca con una detonante res- 
puesta que, por insistir en el térnfino, podría denominarse 
la nota de los asombros. Es tajante y ya la hemos co- 
mentado. Para medir su brío, bastaría leer el final: “En 
vista de esto, el infrascripto tuvo órdenes del mismo au- 
gusto señor para comunicar al señor Gordon que, haciendo 
justicia al espíritu conciliador que anima a los ministros 
de S. M. B., para conseguir la paz entre los dos países, 
tiene el disgusto de no poder asentir a tales proposiciones ; 
y sólo resta, por lo mismo, que el gobierno de Buenos Ai- 
res, reflexionando mejor sobre sus intereses, desista de 
tan extravagantes pretensiones ’ \ 

Negativa rotunda y también desdeñosa, como que ni 
siquiera da su debido tratamiento a la parte contraria. 
Se acusa recibo de la nota del ministro británico, “en la 
que (manifiesta su satisfacción de ser el órgano encargado 
de trasmitir las bases que el presidente de Buenos Aires, 
entregó al enviado británico cerca de aquella república”... 
No ; hay error inexcusable : era el presidente de las Pro- 
vincias Unidas. 

Pero si restara duda sobre la porfiada intransigencia 
imperial — la misma contra la cual se estrellara Ponsonby 
en Rio — ahí está la nota, publicada, que a éste dirige 
Gordon, acompañando copia de la anterior. 

Es posterior en dos días y resume lo ocurrido. Poco 
después de presentar las proposiciones de paz, “el mar- 
qués de Queluz me hizo la extraordinaria demanda de 
que yo pusiese mi firma en las expresadas proposiciones ,, . 

Integro es indispensable reproducir el párrafo si- 
guiente: “Aunque yo ignoraba los verdaderos motivos 
de la demanda del ministro, sin embargo, como él me dijo 
en conversación que no podía usarse de aquel documento 
sin algo que respondiese de su autenticidad (pues S. E. 
deseaba hacer uso de él sin mi nota a que iba agregado) , 
creí conveniente quitar a este gobierno aun los pretextos 
para diferir la negociación y, en su virtud, autorice la 
autenticidad del artículo del modo que usted vera por la 
inclusa copia de mi nota al marqués de Queluz”. 

Esa complacencia, que algún ardoroso cronista señala 
cual fruto victorioso de la energía de la cancillería im- 




LA MISIÓN PONSONBY 


199 


perial, sólo abona su exigente criterio y su resistencia a 
la paz. Con su asentimiento, el plenipotenciario inglés 
demostró su larga cordura. Prosigue : ‘ ‘ Apenas había re- 
cibido S. E. mi respuesta, cuando me trasmitió la inmo- 
derada réplica al memorándum de Buenos Aires, de que 
tengo el honor de incluir copia”. Refiere a la nota del 
marqués de Queluz, que venimos de mencionar. 

Con esos elementos, que proceden de textos oficiales, 
forme juicio sobre ella el lector. Por cortesía, preferimos 
callar el nuestro. 

En otro pasaje, y con respecto al fondo de la cuestión, 
expresa el ministro Gordon: “Aunque, según la opinión 
que formé cuando acompañé al emperador a Santa Cata- 
lina,, no estaba preparado a esperar que las proposiciones 
serían aceptadas, sin embargo, me he sorprendido al ver 
que no se ha reconocido en esta ocasión por el gobierno 
brasilero el principio de tratar de la paz sobre la base de 
la independencia de la Banda Oriental”. 

Es la voz de un testigo, ajeno al apasionamiento de la 
lucha, al que nada vincula al ambiente de] Plata, como 
que nunca lo conoció de cerca ni respiró. 

Nuestra lealtad crítica nos impone reproducir, también, 
el párrafo final : ‘ ‘ En estos últimos días he recibido ul- 
teriores seguridades de que el emperador consentiría en 
proclamar la independencia de aquella provincia, si para 
efectuarla se eligieran formas que no implicaran una 
renuncia de su actual derecho a gobernarla. Él está ofen- 
dido con la forma y tenor de los artículos del memorán- 
dum de Buenos Aires y ha replicado a ellos de un modo 
ofensivo. Pero, sin embargo, creo que está dispuesto a 
admitir que la independencia de la provincia disputada 
forme la base de una negociación para poner fin a la 
guerra”. 

Nada agraviante para el adversario contenía el memo- 
rándum argentino. Era el sometimiento liso y llano a la 
voluntad de la historia, que imponía, cual hecho irrevo- 
cable, nuestra libertad: “La Provincia Oriental se eri- 
girá en un estado libre, independiente y separado”. Se- 
guíanse las cláusulas corrientes en todos los tratados de 
paz; se establecía que “las fortificaciones de Montevideo 
y la Colonia serán arrasadas”; y se determinaba, en su 
artículo último, que “para asegurar al nuevo estado que 



200 


LUIS ALBEBTO DE HEBBERA 


debe erigirse en cumplimiento de esta convención y a las 
partes contratantes de la misma todos los beneficios re- 
sultantes de la restauración de la paz, las dichas partes 
contratantes se comprometen a pedir, juntas o separada- 
mente, a S. M. el rey de la Gran Bretaña,, soberano me- 
diador, el que preste a dicho nuevo estado y a las partes 
contratantes, a todas y cada una, respectivamente, aque- 
lla garantía que S. M. juzgue ser suficiente al dicho ob- 
jeto”. 

Ahí está, otra vez, el insistente pedido de la garantía 
de Inglaterra para lo que se pactara. Fianza que no se 
brinda, que se niega ; y, no obstante, siempre sobre ella 
se vuelve, lo que procede destacar, ya que tanto se pre- 
tenderá desfigurar, luego, la realidad de los hechos. 

El primitivo proyecto de bases enviado por Ponsonby 
a Gordon, a fin de que éste lo tomase como punto de 
partida de su exploración pacifista, no lo trasmite. 

“El memorándum de una convención que me ha man- 
dado lord Ponsonby, siguiendo las insinuaciones del pre- 
sidente, según he tenido el honor de informarle, no lo 
comuniqué al gobierno brasilero.” Y agrega Gordon, que 
lo ha enviado * ‘ de nuevo a Su Señoría, remodelado en la 
forma en la cual, según mi opinión, le sería aceptable al 
emperador del Brasil”. 

Así se expresa en nota a Canning, de Enero 6 de 1827 ; 
pero la airada nota del marqués de Queluz refiere a las 
proposiciones recibidas el 7 de Febrero. Procede decla- 
rar, en justicia, que el propio mediador había participado 
de aquella discrepancia. 

Categórica es la negativa y rota queda la obertura. 
Con la tranquila prudencia de los que, por ser fuertes, 
deben unás que nadie excusas al desplante de los débiles, 
el ministro Gordon se limitó a deplorar el rechazo im- 
perial, que comunicará a Ponsonby: “No sucedería lo 
mismo si el ministro del Imperio se hubiera dignado de- 
clarar sobre qué bases estaba dispuesto el Brasil a tratar 
de la paz, y si acaso esa base sería la independencia de la 
Banda Oriental ”. Añade su implícito reproche, como 
que “ jueces imparciales no dejarían de reconocer una 
disposición mucho menos pacífica en él procedimiento 
adoptado por él ministro brasilero para cerrar la puerta 
a una negociación amigable” . 




LA MISIÓN PONSONBY 


201 


Sin embargo, el rechazo era más aparente que real. 
También en Río, lo mismo que en Buenos Aires, se de- 
seaba, se quería, se necesitaba la paz. Lo que duele es 
su precio, tenido por muy caro : la inevitable segregación. 

Ya en su citada nota a Canning, adelanta Gordon que 
el emperador “no es del todo opuesto a la idea de esta - 
blecer un gobierno independiente en Montevideo 9 ’. 

El ministro escribe, desde Santa Catalina, hasta donde 
ha ido en el séquito del monarca, que se dirige a Río 
Grande. Esto ocurre el 6 de Enero. Ya se enfrentan los 
ejércitos. Relaciónense bien las fechas, porque ellas ayu- 
dan a descifrar incongruencias. “Él ha rehusado entrar 
conmigo en estipulaciones positivas sobre este asunto, 
antes de su vuelta a Río de Janeiro, pero, no obstante, 
mucho me ha alentado que urja el envío de un negocia- 
dor de Buenos Aires a esa ciudad, siendo perfectamente 
entendido que la independencia de la provincia en 
disputa habrá de ser la base de la negociación ’ \ 

Es cierto que más adelante observa : ‘ ‘ Diré 0 en primer 
lugar, que el emperador no consentiría que se diera al 
nuevo estado una forma de gobierno republicana, sino 
que, eomo salvaguardia para su propio gobierno, exigiría 
que el nuevo gobierno fuese fundado en principios más 
a gusto de la monarquía”. 

Lo que nada debe sorprender, dada la filiación dinás- 
tica de aquella nación. 

A pesar de representar a la república — por lo menos 
escrita — no mucho tiempo antes recorrieran Europa, en 
procura de coronados señores, algunos de los proceres de 
Mayo. 

Sorprendente, sí, es el siguiente pasaje: “De lo que 
he sabido, desde la llegada del emperador a ésta, creo 
que casi podría prometer que no habría mala voluntad 
para nombrar al general Alvear, el mismo generalísimo, 
para ser la cabeza del nuevo gobierno ; pero, de esto, po- 
dré dar más seguros datos cuando haya yo vuelto a Río 
de Janeiro”. 

Situación confusa; llena de enredos, cargada de inco- 
herencias. En ambos campos, se espera con ilusión — y 
también se teme — el fallo de las armas, que se anhela 
definitivo y favorable, y que nunca llegará así. — ¿Ga- 



202 


LUIS ALBERTO BE HERRERA 


nanoia o pérdida traerá la carta que se va a jugar? — 
Deliberemos, dicen todos; transemos, insinúan los pru- 
dentes; ¡ a triunfar ! proclama el orgullo. . . 

SOLO LOS ORIENTALES VIERON CLARO 

Los únicos que, desde el primer día, vieron claro, fue- 
ron los orientales, alzados en armas en loca aventura, 
vencedores aquí, allá, más allá: Rincón^ Sarandí, Santa 
Teresa. . . No habrá poder humano que rompa esa sen- 
tencia, porque así es de incontrastable la fuerza moral 
de los pueblos cuando, a su impulso milagroso, se ponen 
de pie y marchan . . . Por eso, el amanecer de la Agra- 
ciada desgarra tinieblas. Fue en ese minuto que cayeron 
las cadenas, quebradas ya por el plebiscito de las almas. 

Ponsonby lo comprende y así lo proclama: no habrá 
paz verdadera mientras, libre del cuerpo extraño, no 
cicatrice bien la herida. Consumada la convención Gar- 
cía, la acepta y la aplaude, aunque todo su esfuerzo lo 
pusiera en el reconocimiento, derecho, de la independen- 
cia oriental, porque, a pesar de su imperfección, ella 
marca un paso hacia la conciliación; y el tratado defi- 
nitivo y, por encima de él, hechos indomables impondrán 
su recia ley. 

Gordon se lo expresa al emperador y abunda en ra- 
zonamientos al efecto, pues, “aun cuando pudieran se- 
guir los actuales éxitos de S. M. contra el enemigo, no 
dejaría de ser teatro de una guerra perpetua”. 

Refiere a nuestro país, a nuestro suelo y a nuestra raza. 
Precisamente, la guerra perpetua, contra todo lo que 
fuera un yugo, decretada por la pasión autonómica, que 
arde en la sangre de los hijos de esta tierra ; la misma 
que, a un paso de nosotros, vibra en el solar riogran- 
dense, cuya afinidad con el nuestro, en el heroico pasado, 
ha realzado poderosamente la pluma de Alfredo Varela y 
que, algún día, ha de florecer en similares episodios rar 
diantes, que serán como el rebrote de la epopeya republi- 
cana del 35, dormida memoria, ahora, y que, sin embargo, 
ahí está, inextinguible, cual si esperara. . . 

Gauchos, dicen ellos, nuestros hermanos; orientales, 
decimos 1 nosotros, sus hermanos, y porque estas palabras 




LA MISIÓN PONSONBY 


203 


traducen un sentimiento hondísimo, nos parece que nunca 
se arquea más elocuente y firme el labio que cuando las 
pronuncia ! 

No pasan muchas semanas sin que se reabra el tema 
pacífico. El 5 de Febrero, Gordon le escribe a Ponsonby : 
“Me es grato comunicar a V. E. que el emperador no se 
muestra reacio a escuchar una propuesta que erija a la 
Banda Oriental en estado independiente, y este hecho me 
excusa de entrar en los varios tópicos del despacho que 
V. E. tuvo a bien dirigirme el 6 del pasado, que, aparen- 
temente, fué escrito bajo la impresión de que el empe- 
rador del Brasil de ningún modo abandonaría sus pre- 
tensiones al dominio de la disputada provincia”. 

Esta comunicación se cruza con la que el 6 Ponsonby 
ha enviado a Canning, cuidadosamente informativa : 
“Mis últimas notas, enviadas desde aquí, habrán enterado 
a V. E. de la completa modificación en el estado del 
asunto, es decir, que el gobierno de la república ha acep- 
tado la fórmula conciliadora propuesta — la independen- 
cia de la Banda Oriental — y que yo he procedido en 
consecuencia y, como me atrevo a esperar, de conformi- 
dad con los deseos e instrucciones de V. E.”. 

Tal la causa por la cual no paraliza la mediación, como 
lo dispusiera su cancillería,, por nota de Diciembre 23 del 
año recién vencido. “Presumo que las últimas instruc- 
ciones de V. E., contenidas en el despacho n.° 21, de de- 
clarar terminada la mediación, no son aplicables al estado 
actual de la cuestión, estando fundadas en la creencia de 
que este gobierno no accedería a la solución transaecio- 
nal sugerida ; y, también, porque el cese de la mediación, 
ahora, probablemente destruiría todas las posibilidades 
de paz, que no parecen, en manera alguna,, inconsisten- 
tes”. 

Cuando mucha debía ser ya la fatiga frente a la inaca- 
bable dialéctica criolla, se redobla el esfuerzo, con lujo 
de cordura, apesar de tener en cartera órdenes termi- 
nantes de suspender la gestión. Son de esta índole, ines- 
timable, los servicios que adeudan los tres pueblos al 
mediador insigne, que nunca se rinde en el anhelo, al- 
truista de alcanzar solución, como al fin victoriosamente 
lo consigue. 



204 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Se limita a conferenciar con Rivadavia: “Por lo tanto, 
he considerado conveniente comunicar verbal y confiden- 
cialmente a S. E. el presidente, la naturaleza de esas 
instrucciones y, al mismo tiempo, informarle de que, dado 
el nuevo aspecto de la cuestión, no cumpliré esas órdenes 
por ahora”. 

Junto a esa compostura suele pasarse, sin dar vuelta 
la cabeza, para no advertirla o para no estimarla. 

Es, entonces, que Ponsonby, alentado por las impre- 
siones optimistas que le trasmite Gordon, ensaya una 
nueva obertura, en activo contacto con el gobierno ante 
el cual está acreditado. Tres de esas conferencias, luego 
de concertada la acción, protocolizan lo acordado entre 
Ponsonby y el ministro de la Cruz. 

Etn la primera, aquél instruye a éste de la correspon- 
dencia cambiada con Gordon. Enterado, se dice, el pre- 
sidente de los documentos preindicados, como también de 
lo expuesto por el mediador, “con respecto a lo que el 
señor Gordon le aseguraba confidencialmente, de que 
S. M. el emperador del Brasil admitiría la base, en gene- 
ral, de la independencia de la Banda Oriental”, autoriza 
al general de la Cruz, entre otros puntos, a manifestar 
su invariable buena disposición, por encima de todo éxito 
de guerra. 

Vistas “las seguridades y opiniones del señor Gordon” 
el gobierno no estaría distante de enviar un ministro a Río, 
“ para tratar sobre la base de la independencia de la 
república Oriental, siempre que oyese de parte del señor 
enviado, indiciones suficientes que pudiesen servir al 
gobierno para asegurarle que el ministro sería digna- 
mente recibido por S. M. el emperador del Brasil para 
tratar sobre la base preindieada”. - 

“ S. E. lord Ponsonby pidió, entonces, que se difiriese 
este punto a otra conferencia y que, entretanto, “exa- 
minaría escrupulosamente la correspondencia del señor 
Gordon”. 

En la segunda conferencia, el mediador expresó que, 
“después de un detenido examen de la correspondencia 
del señor Gordon, podía nuevamente asegurar al señor 
ministro los dos hechos indicados anteriormente : a saber, 
primero, que el señor Gordon supo que S. M. I. mismo, que 


LA MISIÓN PONSONBT 


205 


vería eon la mayor satisfacción en la corte de Río de 
Janeiro un ministro de parte de las Provincias Unidas 
del Río de la Plata para tratar de la paz entre ambas 
naciones; y, segundo, que los ministros de S. M. I. le 
habían hecho entender que el gobierno brasilero' trataría 
de la paz eon el expresado ministro, sobre la base de la 
independencia del estado 1 Oriental ’ ’. 

En la tercera conferencia, se declara que„ impuesto el 
presidente de “los dos hechos que expresó S. E. lord 
Ponsonby”, ha acordado autorizar al ministro nombrado 
en Inglaterra — doctor García — a tratar de la paz en 
caso de que, a su paso por Río, “reciba, por conducto del 
señor Gordon, seguridades de ser dignamente recibido 
por S. M. I.”. 

El mediador manifiesta en seguida “la gran satisfac- 
ción con que había oído la exposición de S. E. el ministro, 
exposición que le confirmaba en su convencimiento de las 
verdaderas y sinceras disposiciones que animan a la re- 
pública en favor de la paz”. 

Sobrios y honorables documentos, que enaltecen al mi- 
nistro de la 'Cruz y al ministro Ponsonby, que los acuer- 
dan y suscriben. 

Varias razones nos han inducido a evocar las circuns- 
tancias diplomáticas en que se desarrolló la misión Gar- 
cíá ; y, no cuenta entre las menores, la oportunidad de 
ofrecer prueba, certificada,, de la corrección del mediador. 
Ni en su9 conversaciones con Rivadavia, ni en las notas, 
siempre hábiles y prudentes, que de ellas derivan, ni en 
su correspondencia con Gordon, ni en sus informes a 
Canning, asoma nunca la doblez. Escritos, todos, que, sin 
riesgo para nadie, pueden divulgarse,, como que de ellos 
emana un grande y constante anhelo de realizar el bien, 
sin frases ruidosas, pero con hechos radiantes. 

Ponsonby no lanza al gobierno de las Provincias Uni- 
das a una gestión pacífica desprovista de fundamento; 
por lo contrario, se fatiga, sin agotarse y hasta conse- 
guirlo, en encauzarla, a fin de asegurar su éxito. Nada 
dudoso, ni maniobrero, oscurece esos preliminares, que 
tanta voluntad generosa demandaran,, en vano gastada. 



206 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


NINGtJNO VENCERÁ 

Clarísima resulta, pues, la conducta del gobierno de 
Buenos Aires y la del mediador; también así la de Gor- 
don en Río. En su contra, no se ba oído reproche, y aun 
para el doctor García, arrastrado por el torbellino y cu- 
bierto por la sinceridad evidente del propósito, surge la 
atenuación, apenas amaina la cólera pública. Mas se oebó 
la fácil censura en Ponsonby, en su consejo, explícito, de 
aprobar la convención de Río Janeiro,, reiterado por nota 
en que se advierte que su rechazo provocará el cese de la 
mediación. 

Y bien : si algo comprueba, ampliamente, la correspon- 
dencia diplomática recién extractada, es que Ponsonby 
y Gordon hicieron lo indecible por reducir las exigencias 
imperiales; que la segregación de la Banda Oriental fué 
la fórmula de su predilección ; que por ella siempre pug- 
naron, sin cerrarse a otra solución viable, capaz de cica- 
trizar el conflicto. 

Tanto Rivadavia, como Ponsonby, como García, enten- 
dieron que sobre esa base se plantearía la negociación, 
al extremo que el último no emprende viaje hasta que su 
gobierno adquiere la sensación, trasmitida por Gordon a 
Ponsonby, de que el emperador, de quien todo dependía, 
no se rehusaba a abordar el tema. Pero toda esa paciente 
labor pacificadora la derrumbó el veto airado del mo- 
narca, empujado, a su vez, por motivos locales y circuns- 
tanciales que lo agobian, a raíz del desastre de sus armas. 
Justo es reconocerlo. 

En resumen, todos claman por el arreglo, presionados, 
además, por graves complicaciones internas que, sobre 
todo en las Provincias Unidas, anunciaban sucesos dra- 
máticos, que poco demoran en producirse. Se está a un 
paso de la disolución nacional y la caída de Rivadavia se 
vislumbra; sólo la paz podría evitarla, se supone. La 
trae, dura, el doctor García; pero la trae. Es entonces 
que el mediador le aporta su aprobación. Obra, movido 
por impulsos superiores y teniendo ante los ojos el es- 
pectáculo de la descomposición gubernamental, fruto de 
la creciente rebeldía. ¿Qué dique puede contener el to- 




LA MISIÓN PONSONBT 


207 


rrente que se desata? Quizás la paz, aun la deficiente 
que sobre el tapete está. 

Escríbele Ponsonby a Canning, con fecha Julio 20 de 
1827: “Estudiando la convención, juzgué que ofrecía 
muy grandes ventajas inmediatas y que aliviaba a este 
país de la presión que sufre, libertándole de un estado 
de cosas que amenaza su desarrolla y prosperidad ; que, 
al mismo tiempo,, protegía la propiedad británica, apri- 
sionada aquí y talvez expuesta a desaparecer. Además, 
aprecié los vehementes deseos del gobierno de S. M., ma- 
nifestados siempre en favor de la restauración de la paz”. 

Con vigorosa sobriedad, marca los fundamentos de su 
determinación. Esos fueron : alcanzar la normalidad, sal- 
var de mayores riesgos al comercio inglés y evitar nuevos 
males a las Provincias Unidas, cuya flaqueza militar era 
manifiesta, o, por lo menos, muy inferior a las exigencias 
de la guerra y a su complejidad. 

A esa debilidad, orgánica, perfectamente conocida por 
el Imperio — de ahí su apremio', — refiere el mediador en 
varios de sus informes ; pero sin que ello importe suponer 
la victoria del contrario. Nos apresuramos a decirlo, a 
fin de que no prospere la presunción de que su influjo 
moderador, en la. emergencia, tendió a salvar de la de- 
rrota a los republicanos. Nunca creyó en el éxito decisivo 
de ninguno de los beligerantes y, a menudo, insiste sobre 
la necesidad de acatar el hecho, consumado, de la inde- 
pendencia oriental, no viendo otra solución, sin perjuicio 
de aceptar otra fórmula, si posible, que conduzca ¡a la 
paz; tal el caso de la convención García. 

Así se expresa, en nota a 'Canning, de Setiembre 9 de 
1827: “No obstante ese estado de cosas, soy de opinión 
que, en los actuales momentos, se encontraran grandes 
dificultades para restablecer la paz y que ninguna pro- 
posición a su favor será escuchada, a menos que se funde 
en la libertad absoluta de la Banda Oriental respecto del 
Imperio del Brasil”. 

Al principio de la negociación, vierte apreciaciones 
muy sagaces y acertadas sobre el significado verdadero 
de la retención de la Cisplatina por el Imperio. Avanza, 
en su luminosa nota a Inhambupe, de Junio 4 de 1826, 
que le “parece que es necesario fijar mucho más la aten- 



208 


LUIS ALBERTO BE HERRERA 


ción sobre el precio que le costará al Brasil y sobre/ los 
sacrificios que tendrá que hacer para evitar tal perjuicio, 
que sobre la existencia, aisladamente considerada,, 4e la 
dificultad en sí 

En otra de sus comunicaciones, observa que el empe- 
rador resiste al arreglo, más que por la pérdida del dis- 
putado solar, por el prurito de que no pase a manos de 
su adversario. Léanse estos agudos juicios de su informe 
a Canning, de Octubre 2 de 1826 ; “Creo que el empe- 
rador ha empezado a sentir las dificultades de la guerra 
y a sospechar que está expuesto a considerables peligros, 
aun dentro de sus propios dominios. Creo,, también, que 
él está mucho más deseoso de evitar que la Banda Oriental 
vaya a las manos de Buenos Aires, que de cualquier otra 
cosa; que la pasión, no la política, es su mayor impulso. 
Y, en realidad, el Brasil tiene poco o ningún interés, di- 
recto o indirecto, en la posesión del Río de la Plata, a 
menos que el Brasil se haga la ilusión de conservar para 
siempre la Banda Oriental, esperanza que, dentro de todo 
lo que puedo presumir, es algo que creo debe considerarse 
quimérico ’ ’. 

En cuanto a la eficiencia bélica, no la encuentra en 
ninguna de las partes. Reconoce que el bloqueo causa 
serios trastornos, pero en seguida observa que “la repú- 
blica puede prolongar la contienda, talvez indefinida- 
mente”; pinta con sombríos colores las disidencias ar- 
gentinas, estableciendo, luego, que, apesar de ellas, “ni 
los repetidos cambios de gobierno, ni aun la bancarrota 
nacional, agotarán los medios y deseos de la comunidad 
de atacar al emperador en la Banda Oriental”. El 30 de 
Diciembre del 26 { le sintetiza así, desde Buenos Aires, su 
juicio a Canning: “El espíritu nacional parece agigan- 
tado y la defensa vigorosa del país es el sentimiento ge- 
neral”. 

Sin embargo, su buen sentido no se deja perturbar por 
entusiasmos que valen como signo de una gran vitalidad 
nativa, pero que no modifican en nada la esencia de la 
cuestión, esto es: que ninguno vencerá. 

Consultado por el gobierno de Rivadavia sobre la con- 
vención García, coloca su respuesta dentro de ese criterio. 

“ El ministro me pidió, entonces, mi opinión sobre esa 



LA MISIÓN PONSONBY 


209 


transacción ’ ’. Contesta la interrogación, haciéndole, a su 
vez, otra: “¿Creía, él, sinceramente, que la república te- 
nía los medios de continuar la guerra sin exponerse, en 
el más alto grado, a serios perjuicios y aun a la ruina? ” 

Prosigue : ‘ ‘ Dije que, si la república estaba en un es- 
tado que la imposibilitaba para la continuación de la 
guerra, la aceptación de los preliminares de paz era, evi- 
dentemente, un caso de necesidad política, que requería 
poco tiempo para decidir”. 

JTal su pensamiento, trasmitido con fidelidad a Can- 
ning, en informe de Julio 15 de 1827. Ya hemos men- 
cionado la plena aprobación, por este último, de la acti- 
tud del mediador. “Nuestra opinión, expresa, sería cier- 
tamente distinta, si la soberanía de la Banda Oriental 
pudiera aportar al emperador don Pedro un formidable 
acrecentamiento del poder en la inmediata vecindad del 
estado rival. Pero parece indudable que, sean cuales fue- 
ren las manos a que la letra del tratado pueda consignar 
ese territorio, éste no representará fuerza real y que lo 
que tan calurosamente se disputan ambas partes será, 
por tiempo por lo menos considerable, una ventaja más 
nominal que real”. 

Con singular intuición, seguramente servida por datos 
fidedignos, Canning adivina que, aunque lo contrario se 
escriba, nadie será, en lo sucesivo, dueño del territorio 
oriental, a no ser sus propios hijos. 

Agrega: “Sin embargo, al aconsejar la aceptación de 
proposiciones que indican el sacrificio del principal ori- 
gen de la contienda, nuestro lenguaje, por espíritu de 
justicia y de lógica, debe ser distinto del que hubiéramos 
empleado si ellas fueran más semejantes a las que nos- 
otros hemos sugerido”. 

La misma moderada apreciación que arranca a Pon- 
sonby el hecho producido. La cancillería inglesa sigue 
creyendo que la fórmula sabia y única de clausurar el 
conflicto actual, y los venideros, no la da la convención 
García; pero la acepta cual riel de una solución mejor, 
que puede surgir al perfeccionar las tratativas, en su 
etapa definitiva, como lo esboza la nota comentada: “Po- 
demos aconsejarles prudentemente, haciéndoles notar las 
dificultades de su propia situación, y, para evitar mayo- 




210 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


res males, transar con estas mortificaptes condiciones; 
pero no podemos juzgar su rechazo de ellas como un 
desprecio a nuestra mediación, ni amenazarles., como una 
consecuencia, con la pérdida de sus ventajas. Por el con- 
trario, continuaremos empleando nuestros buenos oficios 
cerca del emperador don Pedro, con el fin de inducirle 
a introducir algunas modificaciones, más en armonía con 
los términos originariamente sugeridos por el gobierno 
de S. M. El resultado, sin embargo, de cualquier media- 
ción, aun de la más poderosa, más amistosa y más impar- 
cial, está sujeto a grandes incertidumbres entre contrin- 
cantes como éstos”. 

¡Qué finura crítica y qué sensación tan exacta de la 
realidad, a través de la distancia! ¡Con qué extraordi- 
nario acierto lee Canning en el drama regional y cómo 
su aguileña mirada penetra en su fondo y desglosa lo 
sustantivo de lo circunstancial ! Parece que ante su ima- 
ginación ya tendiera su gran espectáculo el galopante 
progreso de estas sociedades, abrazadas en la fraternidad 
y en la paz, a que ahora nos es dado asistir, después de 
pasar por el padecimiento de tantas angustias. 

EL DESPACHO SECRETO DE IT ABATAN A 

Pero, lo que más seduce, es la cordura, la alta serenidad 
con que se juzgan las actitudes excesivas de los conten- 
dientes, llevadas a veces a la destemplanza contra el pro- 
pio mediador, cual si se comprendiera y ampliamente se 
disculpara la juvenil vehemencia de las nuevas naciones. 

Esa ecuanimidad se desprende de los conceptos ante- 
riores y de los que siguen: “Es sólo cuando el tiempo y 
la laxitud han calmado la violencia de los odios recípro- 
cos, que las concepciones más ambiciosas son reemplazadas 
por la apreciación prudente de las ventajas o desventajas 
de una prolongada contienda. El plan de pacificación 
que V. E. sugiere, está sujeto, por lo tanto, a esa objeción : 
demanda un grado de paciencia y discreción que ninguna 
de las partes en cuestión alcanza”. 

Esta importante nota, de fecha Octubre 26 de 182/, 
muestra, en toda su vigorosa naturalidad, la abierta 
orientación de la política británica frente al conflicto 
argentino-brasilero. 




LA MISIÓN PONSONBT 


211 


Hemos especializado el comentario de su conducta, 
cuando la convención García, a fin de dejar establecido 
que ningún propósito tortuoso llevó a prohijarla, después 
de suscripta; que el mediador procedió con la mayor co- 
rrección en el desarrollo de la laboriosa gestión que a ella 
condujo; que ni imperiales^ ni republicanos, objetaron esa 
gestión sincera, prodigándole, en contrario, cálido elogio ; 
que la diplomacia inglesa, aun entonces, consideró que la 
base deseable de paz habría sido la independencia orien- 
tal, hecho producido e incontrastable, superior a las pa- 
labras; que, por esa circunstancia, atribuyó escaso valer 
positivo a la cláusula impopular, compensado, a su en- 
tender, en mucho, por los inmensos beneficios dimanados 
de la transacción en sí, cuyos términos se estaba en tiempo 
de mejorar en el tratado definitivo. 

Pero, sobre todo, nos ha movido a destacarlo así, el 
aserto de Calogeras, antes recogido, que presenta a la 
Gran Bretaña plenamente parcial para las Provincias 
Unidas. Se apoya en versiones oficiales de la época, de 
fuente imperial, que así lo afirman. Su fragilidad es 
manifiesta. Alude a varios oficios del ministro brasilero 
en Londres. Resume el escritor los dichos del barón de 
Itabayana : “Quanto aos bous off icios que o Rio havia 
pedido, e que o secretario d ’Estado havia promettido, 
nenhuma confianza lhe mereciam, tal a parcialidade do 
inglez. Canning chegára a aventar urna soluqáo, narrava 
Gameiro a 30 de Novembro de 1825 : o abandono da Cis- 
platina mediante indemnisaqáo pecuniaria. Nao havia 
insistido, ante a forte repulsa do brasileiro. Pensava éste 
que tal preferencia por Buenos Aires derivava da impor- 
tancia attribuida a esas cidades no seu commercio com 
a Inglaterra, persuadida esta última que o Prata conti- 
nuaría a ser entreposto das ricas provincias de Alto 
Perú”. 

Nada tangible se desprende de lo transcripto. La im- 
putación tendenciosa parece fundarse en la propuesta 
transaccional, sin recordar que, en condiciones menos 
ventajosas y sin indemnización, se pactó la paz; aunque 
cierto que se trata de juicios anteriores a la guerra. 

En cuanto al deseo de restablecer su intercambio, en 
ningún momento lo oculta la cancillería inglesa; y esa 



212 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


corriente de negocios tanta importancia tenía en el mer- 
cado argentino como en el brasilero, . donde, dada la ex- 
tensión de costas y territorios, lógicamente debía ser más 
robusta. 

Oigamos otra vez : ‘ ‘ Mas a verdadera situa^áo do oaso, 
ante a corte de Saint James, vinha descripta em officio 
secreto e cifrado de Londres a Antonio Telles, de 15 de 
Abril de 1826 ’ \ Síguese la nota revelatriz y pronto se 
troca en decepción la curiosidad con que se inicia su 
lectura, como que se la imagina trascendental. 

Realmente sorprende que escritor tan serio le atribuya 
significación, pues, quitado el misterio, no excede en 
valor a una gacetilla, tegida con mucha fantasía e inge- 
nuidad. Llena una página, que empieza negando, acer- 
tadamente, la cooperación de Bolívar y la existencia de 
la liga republicana contra el Imperio. Deja la rota qui- 
mera y continúa : ‘ ‘ O verdadeiro auxiliar de Buenos Ai- 
res hé a Inglaterra, que quer dar a Montevideo a forma 
de cidade hanseatica sob a sua protecgáo, para ter ella 
a chave do Rio da Prata como tem a do Mediterráneo e 
Báltico. Míster Canning, já me revelou este inicuo pro- 
jeeto, e eu nao tardei em comunical-o a nossa córte. He 
pois para realisal-o que este governo quer ser mediador 
entre o Brasil e Buenos Aires: e quer sel-o tanto a forsa 
que me intimou que, se o Brasil nao fizer a paz com Bue- 
nos Aires dentro do prazo de seis meses, isto hé nao lhe 
ceder a Banda Oriental, a Inglaterra se declarará a favor 
de Buenos Aires e contra o Brasil”. 

Cierto que estas versiones detonantes pierden eco, si se 
advierte que fueron nerviosamente lanzadas cuando la 
mediación estaba en sus prolegómenos. 

Simples cavilaciones, se resuelven en relámpagos de ve- 
rano, porque no sobrevino la tremenda tormenta con es- 
pecial reserva anunciada: “Pique pois V. S. sciente disto: 
mas nao o diga a ninguem para que nao venha a sabel-o 
Inglaterra”. 

La gestión ecuánime y apaciguadora de Ponsonby, per- 
fectamente documentada por sus notas — ¡ que, esas sí, no 
piden secreto! — contesta, en forma categórica, a quienes, 
antes de que ella naciera, apuntaban peligros de absor- 
ción que nunca existieron y, por lo demás, de realización 
imposible. 



LA MISIÓN TONSONBY 


213 


No se crea que lo afirmamos así porque ya entonces el 
presidente Monroe hubiera acuñado su célebre doctrina, 
útil en la primera edad de las repúblicas occidentales, 
pero lo bastante plegadiza para tolerar, todavía treinta 
años después, la irrupción napoleónica en México. No; 
lo que no hicieran los nativos, en defensa de su suelo, 
nadie lo haría por ellos. Probado estaba ya que era em- 
presa dura disputárselo. 

En cuanto a los sucesos del Plata, Canning le habla 
abiertamente al ministro Itabayana, que convierte en 
motivo de formidable confidencia algo que no la necesi- 
tara, como que la conversación realizóse en Abril y ya 
en Febrero se habían impartido instrucciones a Ponsonby. 
sugiriendo, cual solución de equidad, la declaración de 
Montevideo como ciudad hanseática. Antecedente que 
demuestra que el poder mediador no se abraza a deter- 
minada fórmula, que su empeño se limita al restableci- 
miento de la paz y, en consecuencia, que nuestra eman- 
cipación fué, esencialmente, obra del denuedo y de la 
pertinacia heroica del pueblo oriental, cuya voluntad li- 
bre al fin impuso, a todos, su sagrado decreto. 

Por lo demás, cuesta creer que Canning le hiciera a 
Itabayana, en serio, la notificación que tanto alarmara 
a su interlocutor. Sin embargo, hay que admitirlo, por- 
que un ministro brasilero lo asevera. Pero esas presuntas 
palabras no pasan de espuma, siendo vigorosamente rec- 
tificadas por la realidad. La adhesión del mediador a la 
convención García, prueba exactamente lo contrario. 

No ya los seis meses fatídicos, pasan años, sin que se 
cumpla el anuncio de Itabayana. 

¿Cómo, pues, asignarle fuerza a un diálogo, inspirado, 
con mucha seguridad, en el preconcebido propósito de 
llamar a razón a la más recalcitrante de las partes? 

Y sufre mayor deterioro la nota comentada, si se ob- 
serva, contra su afirmación, que, si Inglaterra intervino 
como amigable componedora, fué por pedido, insistente, 
de ambos adversarios; que sus instrucciones le prohibían 
a Ponsonby ofrecer la garantía inglesa para un arreglo 
a base de nuestra independencia, “ni alentar ninguna 
demanda en ese sentido ’ ’ ; que inconmovible se mantuvo 
en tal posición, en todo tiempo, reiterándolo a los gene- 



214 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


rales Balcarce y Guido, que le solicitaran esa fianza, por 
nota de Agosto 20 de 1828; y, finalmente, que los clos 
beligerantes la deseaban y aún pactaron su ulterior ges- 
tión, como lo estipuló el artículo 13 de la convención 
García. En la de 1828, no se apean del tenaz anhelo y 
establecen que se recabará la garantía británica, durante 
quince años, para la libre navegación del Plata. En re- 
sumen, que si Inglaterra hubiera querido tener ingerencia 
en la solución y vincularla a sus cláusulas, más que ella 
lo quisieron los propios poderes combatientes. 

Por otra parte, en las mismas páginas de Calógeras, 
encontramos la mejor réplica — si la anterior no fuera 
suficiente — a los siniestros vaticinios del ministro Itaba- 
yana. En efecto, su extraordinario poder de investigación 
ha penetrado en la correspondencia imperial de la época 
y nos entera del encarecido llamado que a Inglaterra hace 
la cancillería de Río, en procura de apoyo diplomático, 
ante la inminencia de la conflagración : ‘ ‘ Quasi na mesma 
data, a 18 de Agosto, Carvalho e Mello enviava para 
Londres um despacho em que se le a inquietado. Toda 
a correspondencia de Stuart (ministro inglez en el Ja- 
neiro) com o Foreign Office é urna longa demonstrado 
desse estado d’alma e dos pedidos de auxilio a Grá-Bre- 
tanha para intervir em Buenos Aires com conselhos de 
paz”. “...Haviase f alado a sir Charles (Stuart), que 
ficara de escrever a Canning, mas exigindo nota official 
formulando o pedido”. 

Alude a la iniciativa del barón Marshall, ministro aus- 
tríaco, que “suggerira a intervendo offieiosa de Grá- 
Bretanha. O austríaco propunha-se a escrever a Metter- 
nich, affim de se auxiliar a Inglaterra nesse empenho. 
Ao imperador agradara o alvitre, dado os seus proprios 
desejos de boa armonía eom os paizes visinhcs”. 

Esto ocurría en 1825, después de la invasión de los 
Treinta y Tres y era su fruto. La hazaña inmortal trajo 
lo que ni el Imperio,, ni las Provincias Unidas querían; 
es decir, el conflicto armado y decisivo. Resulta real- 
mente incomprensible que, en Abril de 1826, Itabayana 
denunciara a su gobierno, cual grave revelación, que In- 
glaterra aspiraba a intervenir en los sucesos del Plata, 
cuando, en Agosto de 1825, con el beneplácito del mo- 



LA MISIÓN PONSONBY 


215 


narca, se solicitaba, con apremio,, su mediación; pedido, 
por lo demás, rechazado en su primera instancia, como 
consta de la respuesta de Canning al ministro Stuart, 
que se lo trasmitiera, y luego reiterado, en Londres, por 
los ministros del Brasil y de las Provincias Unidas. 

Ante estas evidencias, tan notorias como incontestables, 
queda reducida o a nada, o a muy poca cosa, la alarmante 
y secretísima nota del ministro Itabayana. 

CARGOS SIN BASE 

Calogeras reconoce y declara poderosa y decisiva aque- 
lla intervención, aunque es cierto que, más adelante, la 
descalifica, casi, cual tendenciosa. Nos atrevemos a decir 
que no ofrece prueba muy sólida de semejante aserto. 
Como que su valioso libro no es de tesis — agréguese en 
su justo elogio — en su mismo texto con facilidad se cose- 
cha preciosa información contraria a la mencionada pro- 
sunción. Baste apuntar, cuando refiere a las vísperas de 
la sublevación de los orientales, en 1825, que reconoce que 
la cancillería inglesa no escatimó datos ciertos a los agentes 
brasileros en Londres: “Mas, desde 14 de Julho de 1824, 
Caldeira Brant e Gameiro recebiam aviso insuspeito de 
Canning, participando que as Provincias Unidas se pre- 
paravam a mover hostilidades contra o Brasil, ao que os 
plenipotenciarios accrecentavam que, sendo assim, se 
tornava imprescindivel lhes dar licgáo duradoura, pois 
suppunham, atraz delles, maehinacóes de potencias eu- 
ropeas”. 

Lo que no pudo ser, por circunstancias que no es del 
caso examinar ; y de ahí dimana el gratuito reproche, 
que contra alguien ha de volverse. La flaca naturaleza 
humana elige siempre como víctima de su despecho al 
amistoso apartador; tal la recompensa comunmente de- 
parada al comedimiento. Ni las Provincias Unidas, ni el 
Imperio, habían de ser excepción a la regla de inconse- 
cuencia, que no falla y que arrancara a uno de sus más 
grandes sacrificados, el general San Martín, estas pala- 
bras, escritas desde Bruselas al general Guido: “¡Hola! 
Parece que usted se resiente de la ingratitud de los hom- 




216 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


bres ; es imposible que así deje de ser después que se les 
ha tratado. . . ”. 

La inquina guardó proporción con la magnitud del 
desencanto, y como el Imperio fuera el más defraudado 
en sus esperanzas, desahogó sobre la mediación y sus 
agentes toda su displicencia. 

El correr del tiempo moderó la encendida pasión, que 
aún intenta sobreponer sus vehementes dictados a la ver- 
dad que brota de los documentos. Menos así del lado 
argentino que del brasilero, aunque la elevación moral 
de un escritor de la garra de Calogeras, abre nueva ruta. 
Su veracidad le lleva a establecer que la paz “foi geral- 
mente mal recetada”. . . “Nos annaes da epocha, ñas 
narrativas de viagem dos visitantes de nossa térra, as 
opinioes coincidem em affirmar que ficaram multo ma- 
guados os brasileiros pela separagáo da Cisplatina”. . . 
“A falla do throno mencionara, apenas, finalmente, urna 
convengáo preliminar de paz com o govérno das Provin- 
cias Unidas do Rio da Prata”. 

Aprecia, luego, el violento debate sostenido, alrededor 
de su sanción, en el parlamento: “José Clemente, nego- 
ciador do tratado preliminar, a bem dizer, nada expli- 
cou”;'el diputado Vaseoneellos ataca el “desgracado tra- 
tado com a república Argentina”. “Nao se alterou a 
resposta a falla de throno, mas o silencio da maioria da 
eamara, ante as invectivas opposieionistas, já traduzia 
eloquente condemnagáo da obra pacificadora, nos termos 
em que fóra feita”. 

Menciona, luego, la discusión habida en el gabinete : 
“Na convoeagáo do dia 27 de Agosto, no mismo dia da 
assignatura, grande numero de membros do concelho 
arguiram o tratado de desegual e menos decoroso para 
o Brasil. Tanto o ministro de estrangeiros como o impe- 
rador, declararam quanto se fazia neeessario que se ter- 
minasse a guerra para se atalharem os planos subversivos 
e as maquinagóes para agitar o paiz, e sobretudo o Rio 
Grande ’ ’. 

Menos trabajo costó el voto aprobatorio en las esferas 
argentinas. Dorrego le imprime impulso al asunto, sella 
con su autorizada opinión lo acordado y la Asamblea de 
Santa Fe, en una sola sesión y sin mayor debate, tran- 



LA MISIÓN TONSONBY 


217 


quitamente presta su ratificación, como si se sacara un 
peso de encima; casi con alivio. 

En respuesta a una carta intensa y angustiada de 
Ponsonby y aplacando su alarma, habíale escrito Dorrego, 
en Setiembre 17 de 1828, prometiéndole lealmente esa 
ansiada sanción : ‘ ‘ Dentro de seis días recibiré la autori- 
zación de ese cuerpo para ratificar ese documento y V. E. 
puede .abrigar la plena seguridad de que ningún obstáculo 
se alzará en su camino ’ \ 

Allanado el camino, aquí; áspero allá, sin embargo la 
solución, como ocurre con todas las transacciones, a nadie 
dejó del todo satisfecho, salvo, naturalmente, a los orien- 
tales. Cómodo, entonces, echar la culpa sobre el poder 
mediador, cuya respetada y razonada palabra se impone 
a la virulencia. 

En el curso de la misma negociación, Ponsonby siente 
revolotear en su cercanía la mortificante y desdorosa sos- 
pecha: su cometido, íntimo, es apoderarse del país ajeno. 

Ya hemos recordado la forma clara y leal en que le 
plantea a Dorrego el tema. En su nota a Canning, de Se- 
tiembre 9 de 1827, le expresa: “Muchas personas asegu- 
ran tjue Inglaterra tendrá el dominio de la provincia de 
la Banda Oriental, dejándole la denominación y la ban- 
dera de un estado libre. Me ha sorprendido comprobar 
la poca o ninguna desaprobación de esas versiones, por 
parte de muchos que habían sido, hasta hace poco, los 
más vehementes contra Inglaterra”. 

Está ya tan habituado a oir el injusto murmullo, que 
le sorprende que ya no resuene. No le dedica mayor co- 
mentario. En cambio,, formula el siguiente, sobre la de- 
rivación, decisiva, que pueden dar a los sucesos los orien- 
tales, que quieren su independencia : ‘ ‘ Estas son algunas 
razones en que me baso para desear que el emperador se 
valga de los orientales para imponer la paz, porque con- 
sidero que S. M. I. sólo alcanzará deshonra para sus ar- 
mas y grave daño para sus finanzas, insistiendo en man- 
tener un título y una autoridad negada y rechazada por 
los mismos a quienes él no puede compeler a la sumisión ’ ’ 

Conceptos imparciales, que destacan la personalidad 
adquirida por el pueblo oriental en. rebeldía y que tanto 
se ha pretendido disminuir en su significado y mérito 
reales. 


218 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Ya, en su nota de Julio 20 de 1827, había referido al 
molesto rumor. Expresa, siempre a Canning: “He con- 
siderado de mi deber hacer resaltar este punto en mis 
conversaciones con el nuevo presidente, animado del de- 
seo de rectificar, si necesario, las absurdas versiones que 
malignamente se han^ hecho circular, atribuyendo a la 
Gran Bretaña intenciones determinadas y egoístas al in- 
tervenir, en la forma que lo ha hecho, en la diferencia 
pendiente entre los beligerantes. Tenía presente la parte 
final del despacho n.° 21, dirigido a mí, de 27 de Mayo 
de 1826, donde Y. E. aludía a los celos y las interpreta- 
ciones torcidas dadas a la intervención del gobierno bri- 
tánico ’ \ 

Se sucede la narración de su franca y categórica con- 
versación con Dorrego. Con idéntica rotundez lo expone, 
al cerrar una larga nota a Inhambupe, al iniciar su mi- 
sión y en Río, en Junio 4 de 1826: “Es incierto, como 
tuve el honor ya de asegurarlo a Y. E., que Inglaterra 
procure la adquisición de territorio. Rehusaría, perento- 
ria e instantáneamente, tal oferta, si le fuera hecha por 
alguna de las partes. Ella no consentirá en tomar la más 
pequeña participación en cualquier proyecto, presente o 
futuro, que tenga tal objeto como fin”. 

Es de imaginar que Gordon sufriera allá la misma 
maledicencia, como bien lo transparentan sus dichos al 
doctor García sobre los celos y recelos que su intervención 
despierta. 

E(ft el recién citado oficio, declara Ponsonby: “Ningún 
hecho, sin embargo, por desastroso que pueda resultar en 
el curso de las hostilidades a uno de los beligerantes, in- 
ducirá a S. M. a prestar la menor ayuda a cualquiera de 
ellos”. 

Y así estrictamente se cumple, con la misma esponta- 
neidad con que se habla, cuando tan fácil habría sido 
escribirlo y olvidarlo, siendo tan visible el perjuicio del 
comercio propio. 

LO QUE PUDO SER . . . 

Nada más expresivo que la inquebrantable negativa 
del mediador a prestar la garantía de su país para la 
fórmula de paz a que se arribe; y nada más testimonial 



LA MISIÓN PONSONBY 


219 


de la alta consideración moral que a todos merece Gran 
Bretaña que el porfiado requerimiento de su fianza. Y, a 
haber sustentado ella propósitos de extensión territorial, 
¿qué mejor riel tendido hacia ese fin que la aceptación 
de la ingerencia ulterior que en los destinos regionales se 
le ofrece? 

No se necesitaba ni siquiera sagacidad para compren- 
der que en el Plata y su inmediación estaba en hervor la 
tragedia, siendo devorante y de apariencia insoluble el 
conflicto de los partidos, que no podían, ni querían, en- 
tenderse. Desconcierto y sombra por todos los extremos; 
en cada provincia, el localismo perfilaba una república,, 
mientras, sobre el conjunto, ya soplaba la anarquía sus 
lenguas de fuego. 

Y bien: alentada la intención aviesa, era evidente que 
el otorgamiento de la garantía peticionada conducía, me- 
jor que cualquier otro modo, a servirla. 

A la vista estaba la venidera fricción entre el Uruguay 
y sus flamantes fronterizos, como que era imposible cor- 
tar, automáticamente, la afinidad pasional de sus distin- 
tas fuerzas políticas, que persistiría, para daño común, 
durante muchos lustros. Con meridiana claridad lo ve 
Ponsonby. Ya suscrita la paz, le escribe a lord Aberdeen, 
en Octubre 2 de 1828 : “ De las bases de la convención, la 
que refiere, por ejemplo, a la independencia de la Banda 
Oriental es, ciertamente, la única sobre la que puede ser 
fundada una posición de paz duradera; pero he obser- 
vado siempre, y así lo he manifestado en distintas ocasio- 
nes, que mucha confusión y desorden debe presumirse 
que se originaran allí, provocados por los partidos con- 
tendientes, etc.”. 

Se lo da a entender a Lavalleja, cual incitándolo a 
medir su responsabilidad, cuando le comunica, en Agosto 
31 de 1828, el radiante suceso. Hemos ganado la libertad 
del extranjero ; llega el tiempo, aún más difícil, de ven- 
cernos a nosotros mismos: de fundar el orden interno. 
Sobriamente así lo insinúa el mediador, poniendo hon- 
rada afección en sus líneas de saludo y de felices augu- 
rios, que también son de adiós. “Como V. E. ha roto las 
cadenas de su país, debe vigilar,, cuidadosamente, sobre 
su libertad naciente ”... 


220 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Pues si Inglaterra hubiera asentido a certificar nuestra 
emancipación, habría echado el sólido cimiento de su in- 
fluencia, con su secuela, bien conocida, de actos de domi- 
nio. Ese ha sido, habitualmente, el primer paso de la 
posesión. Con éxito infalible, aunque sin lucimiento, lo 
practica Estados Unidos en las pequeñas repúblicas cen- 
trales; con distinta etiqueta y en forma menos odiosa, lo 
hacen, también ahora, las potencias europeas, a título de 
ejercer “mandatos”... 

Aun sin existir esa obligación, nada tardaría el ofus- 
cado rencor en llamar, desesperadamente, a las escuadras 
aliadas para que se mezclaran en los asuntos del Plata y 
para que los resolvieran, a su paladar, por el peso de sus 
armas. La intervención francesa, de 1838, primero, y la 
anglo-francesa, después, con Montevideo convertido en 
una Salónica;, con los cañones extranjeros ejerciendo 
mando por diez años y con su dinero derramado para 
mantener la guerra civil, en beneficio único de los in- 
trusos y de su comercio, bien acreditan los riesgos inmen- 
sos — en aquella época incipiente — emanados de la con- 
mixtión con extraños. 

Sin ocurrir a estos extremos, de modo muy fácil y 
promisor, el inglés pudo poner principio a su posesión, 
entrando por la garantía, que tanto se le urge. Cuando 
Rivadavia de nuevo la pide, Ponsonby de nuevo la niega. 
Lo entera a Canning, por nota de Octubre 2 de 1826, de 
su réplica al presidente: “Le dije que la Gran Bretaña 
no accedería nunca a prestar tal garantía y que, al de- 
clarárselo así, lo hacía con perfecto conocimiento de causa, 
por lo cual no elevaría esa proposición a mi gobierno ’ \ 

No cabe el menor equívoco. La diplomacia, por lo ge- 
neral, no se pronuncia con tanta precisión. 

Continúa: “Poco después, volví a ver al señor García» 
quien había celebrado una entrevista con el presidente y 
discutido con él ampliamente la cuestión. Me pidió que 
le hablara por segunda vez, pues confiaba qne el presi- 
dente abandonaría la idea de esa inasequible garantía. 
En esa visita se acordó que yo maduraría la idea, hasta 
ese momento tratada solo verbalmente, y que la expondría 
por escrito”. 

En cualquier pasaje de la vigorosa correspondencia, 
siempre y sin procurarlo, aparece el rasgo decisivo de la 



LA MISIÓN PONSONBY 


221 


acción británica, verdaderamente conductora en la emer- 
gencia. ¡ Y todavía se edifica, con gran trabajo, alguna 
construcción dialéctica para empalidecerla! Inútil arti- 
ficio, desde que, sin el menor desmedro, todos los méritos 
se conciertan, habiendo sido muy elogiable aconsejar te- 
nazmente la conciliación, y, también, la aceptación, final, 
del sabio consejo por los beligerantes. 

Lo curioso es que, cual único y velado cargo, Se le re- 
procha al poder mediador que haya pugnado demasiado 
por la paz, o sea\, que haya aceptado aún la deficiente. 
En ambos escenarios, la pasión rival, por turnos, estalla 
en censuras: por conseguir el arreglo, Inglaterra encuen- 
tra buena cualquier transacción; con tal de salvar su 
comercio, sacrifica el bien de los otros. — Airados y pobres 
dichos, que se comprende recogieran la cólera de los ad- 
versarios, impotentes, en aquella hora, tan sombría, pero 
cuya repetición, en verdad, no se concibe en la actualidad, 
después de la riquísima cosecha de venturas que a la 
solución de 1828 adeudan quienes la sellaron. Esa fué 
la preferida de Ponsonby, la única que, en todo tiempo, 
considera viable; lo que no priva que aceptara la susti- 
tuyente convención García — que no era ciertamente la 
de su predilección — cuando circunstancias inesperadas 
maduran ésta y eclipsan aquélla. 

Por manera que la más grave falta de la mediación 
consistió en su afán ardoroso de alcanzar la paz. ¡ Liviana 
y honrosa culpa ante el tribunal de la historia ! Si turbia 
hubiera sido la intención de Inglaterra, si dudosa su ins- 
piración, lo lógico fuera avivar, en vez de aplacar, el 
conflicto interminable. A su merced estaba la enredada 
situación; fácil maniobra acrecer la inagotable riña y 
quedar a la espera de su beneficio. 

Pero semejante táctica no mancha el nombre de la me- 
diación británica, de brillante y limpia memoria. 

i Por ventura le quita lustre haber deseado mucho 
— demasiado, dirá algún cronista excesivo y actual — la 
consagración definitiva del fraternal acuerdo ? . . . 

LA OBRA ESCLARECIDA DEL 28 

Resta encarar el argumento de quienes indagan el mo- 
tivo prosaico de tal actitud y creen encontrarlo, o lo en- 
cuentran, si se quiere, en el anhelo de restablecer la co- 



222 


LUIS ALBERTO BE HERRERA. 


rriente, interrumpida, del intercambio británico. ¿Ahí 
radica., en último extremo, la razón del reproche? En el 
arranque de estos párrafos ya lo hemos comentado, des- 
tacando su flaqueza y, también, su manifiesta injusticia. 

Nadie puede dudar que los neutrales desearan el cese 
de la guerra, como que significaba la apertura de los 
nuevos mercados ; y, tampoco, que Inglaterra, de mayor 
fuerza exportadora, lo deseara más que ninguno. Nada 
hay que ocultar en el caso y nunca vaciló en alegarlo 
así su cancillería, a la par de la francesa y americana. 
Unos y otros articulan su queja por los daños derivados 
del bloqueo y del corso,, su reactivo, y de apresamientos 
que juzgan ilegítimos, y muy a menudo lo fueron, como 
declarado está ; pero, confundiendo dos cosas hasta cierto 
punto distintas, se culmina la exageración insinuando, 
pues no se llega a proclamarlo, que sólo la defensa de sus 
manufacturas movió el pensamiento pacificador de In- 
glaterra. 

Se le achica mucho, reduciéndolo a estos términos, y 
se le engrandece demasiado atribuyéndolo a simple al- 
truismo. Obedeció su actitud al impulso común de las 
acciones humanas y colectivas que, sin sufrir disminución, 
asocian lo útil y conveniente, a lo desinteresado. 

Complejos son los motivos que incitan al esfuerzo ; lo 
esencial, es que se asienten en la honestidad y que huyan 
de la bajeza. 

En el gobierno de las naciones, imprime ruta una tra- 
dición, servida por los hombres, que pasan. Conocida es 
la que caracteriza a. la propulsora de las instituciones 
representativas. 

Canning cumple el irresistible mandato racial, que lo 
empuja, cuando su genio político, luego de escuchar 
atento las nuevas voces que de abajo suben, comprende 
que se inaugura otra era y le pone pórtico. Falso criterio 
invocar el interés de una política para oscurecer la for- 
midable jornada medida. Con ese concepto, la obra con- 
quistadora y admirable de España en América dejaría 
de ser lo que realmente es y hasta la gloria de los liber- 
tadores entraría en debate. No; hay diferencia funda- 
mental entre la crítica histórica, que toma en conjunto a 
los grandes hombres y a las grandes empresas, y el aná- 



LA MISIÓN PONSONBY 


223 


lisis microscópico de sus lunares ; de lo contrario, se ne- 
cesitarían las condiciones minuciosas de un coleccionista 
para juzgarlos debidamente. 

Del mismo modo que la pupila recoge, de un solo trazo, 
el panorama tendido a su frente, así el investigador de 
los hechos pasados tiene que tomarlos, en síntesis, sin 
extraviarse en el detalle, que no los define, que es su 
obligado' accidente. 

Así hay que abrazar el juicio sobre la mediación bri- 
tánica, que señala, probablemente,, el suceso más trascen- 
dental, en el orden exterior, producido en estos países 
desde la emancipación, dado que, gracias a su esclarecida 
eficiencia, se clausuró, en 1828, el pleito secular de dos 
razas, que en vano intentara resolver la bula de Alejan- 
dro VI. 

De donde, lo que se denominara convención preliminar, 
ha constituido perdurable acto diplomático,, cuya vigencia 
ha excedido a la que le atribuyeran fus gestores, que sólo 
lo tuvieron por prólogo del tratado que a fondo resolvería 
la contienda histórica. 

Las circunstancias, tan inciertas y atormentadas, jamás 
permitieron suponer hasta dónde sería estable lo que por 
provisorio se tuvo, pues pedía complemento; aunque no 
lo ha necesitado, porque no hay definición más poderosa 
que el hecho vital, en sí, y la férrea voluntad autonómica 
de los orientales vale más que todos los papeles escritos. 

En 1828 se cierra el litigio de dominio que, a raíz de 
la conquista, se planteara entre España y Portugal; an- 
sioso, éste, de ubicar su límite en la ribera platina, e indo- 
mable, aquélla, en el afán de impedirlo. Disputa que dura 
siglos, que solicita la atención de las cancillerías europeas, 
que devora energías ingentes. Lleva el invasor su varonil 
audacia hasta echar, casi a la vista de la capital del vi- 
rreinato, los cimientos de la Colonia del Sacramento; sí, 
sacramentada por el sacrificio y la epopeya. También 
su guerrero apremio obliga a fundar Montevideo. Des- 
pués, las campañas victoriosas y reivindicadoras de Ce- 
vallos, que la debilidad de la metrópoli precediera y que 
su nueva debilidad malograra. Aquella permuta de los 
cuatro palmos de una ciudad por un territorio inmenso, 
ganado en la guerra y perdido en. la paz, mide, con su 
cicatriz, el tamaño de la contienda. Arremetidas y re- 



224 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


troeesos que son la prolongación, en el tiempo y en el 
espacio, del viejo duelo de las razas ibéricas. 

Y bien : la convención de 1828 le puso término en Amé- 
tánica, que señala, probablemente, el suceso más trasoen- 
rica. Nuestra república fué el amortiguador concebido 
por la fórmula ponsonbyana: el algodón colocado entre 
dos cristales para evitar su fractura. 

Ubérrimos han sido los resultados positivos, que a la 
vista están. Ribereños del Plata los dos tradicionales 
adversarios, su perpetua rivalidad, entonces sin pared 
medianera, habría estallado en conflictos sin orilla. 

Cierto que, de un día para otro, no quedó desvanecido 
el riesgo y que, con pedazos de nuestro territorio, com- 
pensóle, luego, un vecino al otro, la alianza de 1851, o sea 
el favor militar recibido y con tan inicua paga chance- 
lado ; pero también es cierto que, desde entonces, lan- 
guideció el heredado antagonismo, que ya sólo vive en el 
recuerdo. # 

Es, pues, la convención del 28 un gran mojón de paz, 
erigido por la sabiduría de la diplomacia inglesa, llamada 
a dirimir una nueva y dolorosa incidencia del pleito se- 
cular, en el límite de dos campos morales y políticos, para 
fijarles demarcación. 

EL INTERES BRITANICO 

Junto a obra tan esclarecida, por la sana intención y 
por los frutos de bendición recogidos, desliza su medio- 
cridad la lamentable objeción de que Inglaterra, al pro- 
curar la paz, tuvo en vista, también, las conveniencias de 
su comercio. 

No es necesario lanzarse al descubrimiento, entre otros, 
de este honorable y legítimo acicate. Si la lógica elemen- 
tal no lo señalara, ahí estaría franco su rastro en la co- 
rrespondencia del mediador. Sin tener el mal gusto de 
darle carácter preponderante, Ponsonby a menudo lo 
enuncia en sus elocuentes notas. 

Recordemos algunas de sus observaciones al respecto. 
Infórmale a Canning, en Octubre de 1826: “Ua situación 
de los comerciantes británicos, aquí, es de lo más cala- 
mitosa ; el comercio está completamente arruinado y , 
como el estado actual del cambio de este país se lo demos- 



LA MISIÓN PONSONBT 


225 


trará a V. E., sus capitales han quedado reducidos a me- 
nos aún de la mitad”. 

Al mismo, en Octubre 15 del año siguiente : ‘ ‘ He sido 
informado, por los comerciantes radicados aquí, que la 
propiedad británica, paralizada por el bloqueo, se per- 
derá, en gran parte, si no se consigue embarcar, en la 
época apropiada, los cueros; esto es, en plazo de siete 
meses”. 

A lord Aberdeen, en Agosto 29 del año inmediato, 
acompañándole la convención de paz firmada: “Confío 
que V. E. encontrará razón para sentirse satisfecho, en 
todo sentido, de ese documento, y estoy seguro que verá, 
en el cese de las hostilidades, alcanzado por ese medio, 
un importante beneficio para los intereses comerciales de 
los súbditos de S. M.”. 

Nótese que se trata de observaciones trasmitidas a la 
propia cancillería. Muy pocas ellas — como que no hay 
muchas más — rozan el tema con la naturalidad que se 
pone en el comentario de las cosas evidentes. 

Encuentro este otro en un oficio a Gordon, de Noviem- 
bre 6 de 1826: “Como ya he enviado a V. E. mis despa- 
chos dirigidos al ministro Canning, V. E. podrá apreciar 
mis puntos de vista sobre los grandes intereses (pura- 
mente británicos) envueltos, actual y eventualmente, en 
esta brega por la paz. Su elevado juicio y la más reciente 
oportunidad de conocer las opiniones del gobierno de 
S. M. sobre la cuestión, serán sus guías más seguros y 
no tomaré sobre mí la responsabilidad de decir nada más 
allá de lo manifestado en esos periódicos, para probar la 
necesidad de adoptar prontas y enérgicas medidas, a fin 
de salvar de la ruina a este país, de serios peligros al 
Brasil y, a toda Sud América, de continuos y crecientes 
trastornos e inseguridades”. 

Refiere, con toda probabilidad, a su extensa nota a 
Canning, de Octubre 20 del mismo año, o sea de pocos 
días antes; pero, desde luego, señalaremos la ausencia 
absoluta de todo concepto con caídas a la política absor- 
bente, al ulterior dominio o a la penetración, basada en 
la intriga y persiguiendo fines inconfesables. 

Nada parecido a eso. Simplemente, el explicable y jus- 
tísimo anhelo de ensanchar, por el intercambio, la propia 
prosperidad, a la vez de robustecer la ajena. 


19 



22a 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Se declara, en privado, lo que tanto se repitiera en 
público: que la prolongación de la guerra importaba un 
desastre para los beligerantes y grave perturbación para 
el continente. 

De existir la ambición territorial, no faltara, entonces, 
ocasión para servirla. En ninguna parte, ni en ningún 
momento, asoma, ni aun verbalmente, su ensayo. El pre- 
venido sentimiento público agitó mucbo, en ambos cam- 
pos, su sospecha. Comprensible temor, jamás confirmado, 
en lo mínimo, por la realidad y proveniente, en gran 
parte, de la sincera adhesión británica a la consumada 
independencia nuestra. La cavilación patriótica, más 
sensible en aquella época incipiente y de tanto desam- 
paro, imaginó que esa franca actitud, embozaba la exce- 
siva influencia del poder interventor, pronto a poner el 
pie y clavar, luego, su bandera en el débil solar. 

En forma seria, nadie recoge la explicable suspicacia. 
Apenas si hemos encontrado su rastro escrito, como ru- 
mor callejero, en una carta a San Martín del general 
Guido, de Octubre 23 de 1826: “En las primeras confe- 
rencias con el presidente Rivadavia, indicó, por vía de 
consejo , los medios que podían tentarse para provocar 
con buen éxito a una negociación pacífica al emperador, 
y, aunque no de modo ostensible, se ha llegado a tranpirar 
el que las propuestas del lord eran : ofrecer al emperador 
quince millones de pesos por vía de indemnización, paga- 
deros en quince años, y permitir, como garantía del tra- 
tado, la conservación de la Colonia del Sacramento bajo 
una guarnición inglesa ; todo esto, en cambio de la eva- 
cuación de la Banda Oriental por los portugueses hasta 
la línea del campo neutral, de que se habían posesionado 
éstas después del último tratado con España, etc.”. No 
existe el menor signo serio, de tal propósito, sin indicio. 

Ampliamente, contestan cien años de noble y desinte- 
resada amistad. 

Veamos, ahora, los párrafos de Ponsonby a Canning, 
aludidos por aquél, en su oficio a Gordon: “La generosa 
política del gobierno británico no necesita otro estímulo 
para prestar su ayuda efectiva a la preservación de este 
país y servir al bienestar general de toda esta parte de 
Sud América, que la certeza del mucho bien que puede 
realizar ; y creo no perjudicar ese punto de vista llamando 



LA MISIÓN PONSONBY 


227 


partí cularmente la atención de V. E. sobre los intereses 
británicos, que en tan alto grado pueden ser acrecentados, 
o talvez creados, por la seguridad de la libertad de co- 
mercio en el Río de la Plata”. 

Sagaz intuición del futuro y de las posibilidades ofre- 
cidas al trabajo por el suelo americano, virgen, entonces, 
y casi virgen todavía, como que, a pesar de lo mucho 
hecho, tanto aún falta por hacer en países inmensos, casi 
vacíos de gente. 

Continúa: “Salta, una de las provincias de la repú- 
blica Argentina, y Paraguay, suministran los mismos 
productos (en algunos casos de superior calidad) que 
los enviados por el Brasil a Inglaterra. Por el Plata y 
los grandes ríos que desembocan en él, alimentados por 
corrientes más pequeñas, que cruzan el territorio, todos 
esos productos podrían ser obtenidos por Inglaterra, a 
precio mucho más reducido que en el Brasil. Las már- 
genes de los grandes ríos abundan en maderas apropiadas 
para la construcción de barcos, lanchas y balsas, cuyos 
solos materiales serían vendidos a muy considerable pre- 
cio en los países de abajo”. 

Se extiende en el comentario de las ventajas ofrecidas 
a la iniciativa europea y, considerada desde el punto de 
vista del propio país, agrega: “ Sabemos en qué gran 
número los ingleses han acudido a los territorios de La 
Plata, como comerciantes, mecánicos y agricultores, y 
las grandes extensiones de tierra adquiridas en propie- 
dad por ellos. Conocemos, también, el deseo del gobierno 
y pueblo de esta república de alentar a los colonos y, más 
particularmente, a los colonos ingleses y ofrecerles faci- 
lidades para su rápido establecimiento, favorecido por la 
ausencia de bosques y otros obstáculos que, en otras par- 
tes, impiden el inmediato cultivo ”. 

En nada trasunta la codicia del bien ajeno. El tema 
lo constituye la apreciación de los beneficios que a la in- 
migración y al intercambio brindan estas regiones, que 
tan pródigo favor recibieran de la naturaleza. 

Cuando el tumulto todo lo domina y rompen los días 
y los años y los lustros de avasallante esterilidad econó- 
mica ; cuando la descomposición general avanza, en apa- 
riencia irrefrenable, y hasta la esperanza se agosta, y 



228 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


parece demencia conf iar en día» mejores, Ponsonby señala 
su seguro advenimiento y predice el brillante porvenir de 
los platinos. 

Poniendo siempre la mirada más allá del inmediato 
episodio, descubre horizontes radiantes, cuyo temprano 
anuncio, en plena tiniebla, pudo parecer delirio. 

Comprobemos su sereno y firme optimismo: “El co- 
lono encuentra aquí abundancia de caballos y ganados, 
un suelo rico y una fácil y constante comunicación con 
Inglaterra. La religión, no sólo es tolerada, sino respe- 
tada, y las personas y propiedades extranjeras están tan 
garantidas como las de los mismos nativos. Y, como pers- 
pectiva casi cierta, la probabilidad de que, por la indus- 
tria y la inteligencia, puede acumularse rápidamente una 
considerable fortuna. Bajo tales circunstancias, si la co- 
rriente inmigratoria no hubiera sido sofocada por el blo- 
queo, es de suponer que habría ido en aumento cada vez 
mayor, hasta formar en este país, en corto tiempo, una 
población suficiente para ocupar las tierras vacías, que 
son tan abundantes como asequibles”. 

Juicios certeros, no siendo el menos exacto y honroso 
para estas sociedades primerizas, la afirmación de la to- 
lerancia religiosa y del respeto a la propiedad extranjera. 

Y concluye: “Los ingleses traen consigo hábitos y gus- 
tos que sólo pueden ser satisfechos por los productos in- 
gleses, e Inglaterra debe ser, por años, el depósito de 
donde una numerosa y cada hora más creciente población 
proveerá sus necesidades y muchos de sus lujos. . . Pero 
todas las ventajas existentes ahora, o que puedan ser de- 
seadas en el futuro, dependen de la seguridad de la libre 
navegación del Plata ; porque todo aquí se basa en el 
comercio, y su interrupción produce (como los hechos 
actuales lo prueban ampliamente) un rápido decaimiento 
y parece amenazar las instituciones políticas del estado y 
sus leyes e integridad”. 

Aquí, Ponsonby hiere la esencia misma de la cuestión. 
Toca, con singular acierto, el punto donde radica uno de 
los más enredados nudos del drama regional, como que 
la liberación fluvial cuenta entre los motivos profundos 
de la pasada historia. Poco asoma a la superficie y, sin 
embargo, se cuenta entre las causas que deciden el curso 




LA MISIÓN PONSONBY 


229 


de la corriente humana. Nada saben de razones econó- 
micas las montoneras federales que clavan sus chuzas en 
la plaza de la Victoria y que aterran a la refinada capital 
con su pampeano alarido; sin embargo, aunque ellas no 
lo digan, no lo sepan y no lo comprendan, sus banderolas 
agitan, sin que la traigan escrita, la protesta clamorosa 
de los pueblos de tierra adentro contri la inicua reclusión 
que padecen. 

Desbrozando, apenas, este aspecto fundamental del 
viejo pleito, “la clausura de los ríos ” titulé a modestas 
páginas, de simple tanteo preliminar. Pero, cuando las 
escribiera, quedé asombrado del caudal de preciosos an- 
tecedentes que sobre la materia existen y esperan erudito 
examen. 



230 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


VIII 

¡ABRIR LOS RIOS! 

• 

Porque el Plata es obligada puerta de salida de mu- 
chas provincias argentinas y de varias naciones. Y bien : 
después de la emancipación, por más de cuarenta años 
estuvo herméticamente clausurada esa única vía de con- 
tacto comercial con los mercados trasatlánticos. El pro- 
blema que el talento de Ponsonby señala en 1826, recién 
lo resuelve Urquiza, en 1853. Después de tanta estéril 
protesta de las poblaciones mediterráneas, en esa gloriosa 
fecha el entrerriano- abre al mundo los ríos, que la so- 
berbia capital siempre quisiera y mantuviera cerrados. 

Cuando de esto se habla, es común derivar el tema a 
un plano muy distinto del verdadero y aludir a la do- 
minación del general Rozas, como exclusiva responsable 
de una política de encerramiento económico de los países 
interiores, que rigió, en todo tiempo, la conducta de Bue- 
nos Aires y de sus gobiernos, sin excepción. En la mate- 
ria, su coincidencia es absoluta. Rivadavia hace lo mismo 
que Rozas, con la especial diferencia de que éste, frente 
al constante asalto de las escuadras extranjeras, encarna, 
en aquella hora angustiada e imperfecta, la defensa, a 
muerte, de la soberanía americana contra la intentada y 
fracasada conquista europea, que en su formidable y 
trágica energía nativa se estrelló! 

Así lo dirá, haciendo justicia distributiva, la verdadera 
historia, que todavía no se ha escrito. Aunque en rápida, 
decadencia, aún ocupa espacio la ruidosa declamación 
unitaria, a. cuya literatura, tan sonora, nunca convino 
penetrar al examen de las razones orgánicas del histórico 
duelo. Mucho callaron sus brillantes voceros la crítica 
del centralismo económico de la ciudad de “abajo”, cuyo 
monopolio no dejará pasar a los de “arriba”. Buenos 
Aires cierra el río inmenso y sus tributarios con la misma 
rigidez con que lo hiciera España, salvo que, ésta, para 
arruinarse, como que, ni aprovecha, ni deja aprovechar, 
la riqueza yacente; en cambio, la submetrópoli, nacida 



LA, MISIÓN PONSONBT 


231 


con la revolución de Mayo, para enriquecerse, a costa de 
los demás. Suyo era el puerto: por eso, se llamarían 
“porteños”. 

En Buenos Aires alijan los navios; de Buenos Aires 
salen las cargas. Sólo a ella vendrán por aprovisiona- 
miento, única plaza de exportación, los vecindarios de 
territorios sin fin, sustituida por la dictadura insopor- 
table de una glotona geografía fiscal la sabiduría y la 
lógica de una generosa geografía física, que tendiera, 
cual arterias, hasta el fondo de las comarcas, la red pro- 
digiosa de sus ríos. 

No se le perdonó en la época a Alberdi haberlo visto 
y, sobre todo, haber tenido el cívico coraje de decirlo. 
El sordo rencor todavía le demora la estatua, decretada 
por el plebiscito de la conciencia nacional argentina, 
como que, todavía, su nombre, recién puesto a una ave- 
nida bonaerense, excita la protesta de la excluyente es- 
cuela, ya caída. En tiempos tan poco propicios para el 
análisis económico, él lo practica, sin detenerse en la 
proclamación de sus conclusiones, que resonaran a irre- 
verencia en el ambiente, aún virreinal. Por intolerable 
túvose este lenguaje, referente a la redención de los ríos : 
‘ ‘ Proclamad la libertad. Y para que sea permanente, para 
que la mano instable de nuestros gobiernos no derogue 
hoy lo que acordó ayer, firmad tratados perpetuos de li- 
bre navegación. Para escribir esos tratados, no leáis a 
Wattel, ni a Martens, no recordéis el Elba y el Misisipí. 
Leed en el libro de las necesidades de Sud América y lo 
que ellas dicten escribidlo con el trazo de Enrique VIII, 
sin temer la risa ni la reprobación de la incapacidad”. 

No pregona dogmas enfáticos y verbosos, señala cau- 
sas : la causa profunda. ‘ ‘ Para ejercer el monopolio, que 
era la esencia de su sistema, sólo dieron una puerta a la 
república Argentina; y nosotros hemos conservado, en 
nombre del patriotismo, el exclusivismo del sistema colo- 
nial. No más exclusión ni clausura, sea cual fuere el color 
que se invoque. No más exclusivismo en nombre de la 
patria ’ ’. 

Penetración honda de los problemas locales, que choca, 
por inelegante e incómoda, a quienes no se apean de la 
inútil diatriba y no admiten otro plano de lucha que la 


232 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


agotadora polémica, a base del odio de los partidos. Sobre 
ellos remonta el vuelo Alberdi y habla al porvenir, mien- 
tras Juan Carlos Gómez, siempre envuelto en su hinchada 
retórica, no sale de las dogmáticas alegaciones de su fa- 
lanje, sobre la barbarie federal y la civilización unitaria. 
131 gesto infalible, que es su característica, no le permite 
apartarse del silogismo sectario, que lo absorbe, del que 
no puede libertarse. Cuando se releen sus escritos, sor- 
prende su tenaz incomprensión de los nuevos aspectos de 
la evolución rioplatense, que — si por ellos obligado — • 
alguna vez enuncia, es para señalarlos como motivos de 
disolución, viendo decadencia en lo que era signo de la 
haciente prosperidad, para desplomarse, en seguida, en la 
tesis pragmática, que lo aprisiona, de la que no quiere des- 
prenderse. Con la misma irreductible pertinacia con que 
reniega de nuestra independencia y aún frente al monu- 
mento de la Florida, en 1878, reitera el veto de su orgullo 
herido, con la misma pertinacia viste, y desviste, durante 
lustros de pontificado bonaerense, sus apotegmas, estéri- 
les, cada día más alejados de la realidad vital que inunda 
el paisaje, que crece, que le sale a los flancos y al frente, 
que lo rodea y lo aisla, pero que su sentir monocorde 
jamás reconoce ni acepta. 

Todavía purga Alberdi la temeridad de haber roto, 
con su poderosa discrepancia, los unitarios asertos, luego 
de haberles prestado oído en su mocedad. Bien acompa- 
ñado está en la obra fecunda por el doctor Vicente López, 
que también alza su eminencia cuando, como ministro de 
Urquiza, sube a la tribuna y ampliamente vence, agitando 
en la mano el memorable acuerdo de San Nicolás, que, 
además de su significado político, suprimía las aduanas 
interprovineiales, que eran represalia lógica opuesta al 
monopolio porteño. 

Debate valiente, en que su frase medular imprime 
rumbo y sale triunfante, pese a la palabra apocalíptica 
del coronel Mitre, que repudia por “dictatorial, irres- 
ponsable, despótica y arbitraria”, la autoridad del en- 
trerriano. 

Así termina, en el estilo clásico de su escuela, que tan 
a hueco suena ahora: “La moral pública está caída: es 
necesario levantarla. Débil y flaca como es, yo le ofrezco 
mi brazo para que se apoye en él y lance contra sus ase- 




LA MISIÓN PONSONBY 


233 


6Ínos la sublime protesta que Jesucristo lanzó a sus ver- 
dugos, cuando se negó a humedecer sus labios en la es- 
ponja, empapada en hiel que le presentaban con mano 
sacrilega”. 

El trágico vaticinio no se cumple y otros inauguran 
una nueva y esclarecida era de liberalismo económico. 

“ ¡Nuestros ríos, nuestros ríos, he ahí nuestras arte- 
rias! ”, exclama el doctor López. Por eso los abre Ur- 
quiza, con su histórico decreto de Agosto 28 de 1852, 
completado por otro, de Octubre 3. Decisión insoportable 
para el monopolio bonaerense ; no figura., por cierto, en- 
tre las razones menores de la inmediata revolución del 
11 de Setiembre. La replica Urquiza, más que con el sitio 
militar de la rica y desafiante ciudad, con los tratados 
firmados en su campamento de San José de Flores, el 10 
de Julio de 1853, con los ministros de Francia e Ingla- 
terra, y el 27 con el de Estados Unidos, mediante los cua- 
les se entregan las aguas del Paraná al comercio m undia l. 

Era tan obsesionante la voluntad — en dura experiencia 
afirmada — de impedir que se restableciera el régimen 
anterior, que se estipula que, aun en caso de guerra, “la 
navegación de los ríos Paraná y Uruguay quedara libre 
para el pabellón mercantil de todas las naciones ’ Y, cual 
si todas las precauciones legales, frente al exceso de Bue- 
nos Aires, fueran pocas, ratifican lo pactado el congreso 
constituyente y la legislatura. Apesar de todo, el gobierno 
de Buenos Aires, en 31 de Agosto, protesta ante todas las 
naciones y, especialmente, ante. . . la república Argentina ! 

Para siempre cae el prejuicio, amorosamente cultivado 
por el interés local, que impusiera su tiranía, generadora, 
en mucho, de las otras. 

La protesta trae este tétrico vaticinio, que, natural- 
mente, no sale del papel: “Ese tratado, que destruye toa- 
dos los principios de nuestro sistema político y que encen- 
derá una eterna guerra en la república”. . . En contra- 
rio, apaga la que encendiera, por décadas, el abuso, que, a 
partir de entonces, cesa. 

Tanto padecimiento se asocia al prohibicionismo fluvial, 
tanta miseria creara a las provincias, condenadas y man- 
tenidas en la más rigurosa esclavitud económica, que to- 
das las precauciones resultan pocas para evitar su repe- 
tición. 



234 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


De ahí, que Alberdi pida “tratados perpetuos de libre 
navegación”; de ahí, que el diputado Zapata dijera en 
el congreso constituyente que, “sin esta libertad, bien 
garantida por tratados, subsistiría la posibilidad de que 
se reprodujera el monopolio y exclusivismo comercial, 
primera y principal causa de las guerras civiles que, por 
cuarenta años, habían ensangrentado a la república, de 
nuestro atraso y miseria y del irritante vasallaje en que 
se había tenido a las provincias confederadas”. 

Voces de singular eficiencia crítica, largo tiempo so- 
focadas por la preponderancia de sus adversarios, quie- 
nes asentarían su victoria material sobre el cimiento só- 
lido que aquellos precursores afianzaran para desapare- 
cer, luego, en el infortunio : con silencio de tumba sellada 
su memoria. Pero la reparación histórica, ya irresistible, 
está en marcha. . . 

Como una pesadilla gravita sobre el pensamiento de 
aquellos federales la obsesión de prevenirse contra la re- 
constitución del enclaustramiento que sufrieran. No es 
la liberación del yugo del general Rozas la que ellos más 
aclaman: es la liberación del yugo de Buenos Aires, de 
su formidable y despiadado centralismo. 

Véase cómo habla el congreso del Paraná, al aprobar 
los actos de Urquiza: “El puerto de Buenos Aires no es 
ya el único, el exclusivo de la república. La división 
hecha por el hombre, contra la voluntad de Dios, entre 
las aguas del Plata, del Paraná y Uruguay, no existe ya, 
desde- el día en que V. E. habilitó los puertos interiores 
para todas las banderas civilizadas y mercantes de la 
tierra. Este es uno de los grandes derechos conquistados 
en Caseros; conquistado para no perecer jamás, porque 
tiene por sostenedores a todos los gobiernos del mundo, 
que en el presente siglo reconocen, como ley anterior a 
toda otra, la de comerciar libremente”. 

PEDIDO DE LA GARANTIA INGLESA 

Sin desviarnos del tema central, como que no hemos 
salido de su obligada adyacencia, apuntada queda una 
de las razones orgánicas de las disensiones argentinas, 
fatalmente complicadas, entonces, con las uruguayas : 
recíproca la repercusión. 



LA MISIÓN PONSONBY 


235 


El factor puramente económico, creando, como de cos- 
tumbre, voluminosos sucesos políticos, cuya filiación 
exacta sólo la posterior serenidad indaga y realza. Im- 
pulsos iniciales, -de arrollador empuje, que, cual la loma 
que decide la caída de las aguas, también resuelven la 
vertiente. Difícil descubrirlos, luego, en la impetuosa 
correntada, acrecida por nuevos caudales de pasión y, 
menos aún, en la contienda posterior, que arrastra a na- 
ciones; y, sin embargo, eso es, en mucho, consecuencia 
de lejana y olvidada causa. 

Alrededor del Plata y su monopolio traban arduo 
pleito, no sólo las provincias interiores, sino también las 
litorales y, a su retaguardia geográfica — más sofocado 
que ninguna — el Paraguay, a quien se niega e impide, 
hasta 1852, el tránsito hacia el exterior por ríos que tam- 
bién son suyos. A las cansadas y como gran concesión, 
se consiente, caprichosamente, que hasta el “puerto pre- 
ciso” de Santa Pe lleguen los barcos. Más allá, no; y 
sólo por carreta, encarecido y demorado todo, practicaron 
su intercambio los países confinados. Rayo de pálida luz 
que se filtra por la enrejada grieta! 

En otro escrito sobre el asunto, afirmamos, alguna vez, 
que el prejuicio económico no desciende, como se diera 
antes en decir, por el río Paraná, sino que lo remonta. (1) 
No fué el doctor Francia — un hombre — quien lo clau- 
suró: fué Buenos Aires — una ciudad — quien puso ca- 
dena y guardia en su salida. La hosquedad de aquél con- 
testa y corresponde al prohibicionismo de ésta; de igual 
modo que las aduanas mediterráneas, alzadas por las pro- 
vincias contra la importación porteña, fueron natural re- 
presalia y réplica al monopolio de la capital, apoderada 
de las mercaderías trasatlánticas, de todos los productos 
exportables y de las rentas comunes. 

Estamos refiriendo a antagonismos económicos que 
arrancan del tiempo colonial, más acentuados y visibles 
a medida que crece la voluntad de existir y prosperar. 

Más a flor de carne muestra su huella la crisis del 53 
que la del año 20. Todavía el 59, en Cepeda, las armas 
victoriosas de Urquiza libran su última batalla contra el 


(1) “iLa clausura de los ríos”. 



236 


LUIS ALBERTO BE HERRERA 


centralismo aduanero, confundido con el centralismo po- 
lítico. 

En contacto ya con ese conflicto, que nace con la in- 
dependencia, los hombres públicos regionales que inter- 
vienen en las tratativas de paz de 1828 procuran asegu- 
rar la libre navegación del Plata, cual si adivinaran las 
venideras catástrofes y la humillación de las intervencio- 
nes extranjeras. 

Desde el primer momento, Ponsonby encara la cuestión 
bajo esta faz fundamental; y, así como rehúsa la fianza 
de su nación para nuestra autonomía, se inclina a gestio- 
narla para el estuario, abierto al mundo. 

Informa a Canning, en Octubre 2 de 1826, sobre sus 
actividades pacificadoras en Buenos Aires; sobre sus re- 
petidas conferencias con Rivadavia y con su ministro 
García. Preparado el ambiente oficial, expresa, como 
antes lo hemos recordado: “Fina-I mente, decidí lanzar 
en mi conversación con el presidente el proyecto de erigir 
a la Banda Oriental en un estado independiente y, tam- 
bién, insinuar que podía no ser imposible obtener del 
gobierno de S. M. B., a petición de los beligerantes, la 
garantía a las dos partes de la libre navegación del Río 
de la Plata”. 

Evidentemente a esto refiere, cuando agrega, en el 
párrafo inmediato : ‘ ‘ Estoy perfectamente enterado de 
que el gobierno de S. M., preferiría evitar antes que 
apoyar esa gestión ; pero, al mismo tiempo, estoy tan con- 
vencido de que, sin ella, n¡o sólo la fórmula en trámite 
sería rechazada por este gobierno, sino qne, aunque fuera 
considerada, no produciría los benéficos resultados que, 
e¡n mi opinión, se derivarían de la ejecución de todo el 
proyecto, incluyendo la garantía, que, en consecuencia, 
el fin primordial que persigue el gobierno de S. M. una 
paz duradera y sólida — se perdería, a causa de una con- 
sideración de menor importancia”. 

Como toda la correspondencia, de nuevo reflejan estas 
palabras, de expansión íntima, la lealtad del propósito 
alentado, su desinterés y su elevación, limpia de torcidas 
‘ intenciones : el * ‘ fin primordial ’ ’ que se persigue, es ‘ ‘ una 
paz sólida y duradera”. 

Así sintetiza el criterio de Rivadavia : * • Escucho mis 
palabras tan favorablemente como era de desear y, en su 




LA. MISIÓN FONSONBY 


237 


respuesta, recalcó, principalmente, sobre la necesidad de 
una garantía para afirmar la duración de tal arreglo y 
sobre su ineficacia para la conservación de la libertad 
en el Río de la Plata, de la cual depende la seguridad y, 
tal vez, la existencia de Buenos Aires”. 

SE PREFIERE NO DARLA 

Sólo alude el gobernante al estuario ; en nada a sus 
afluentes. Desvanecer los riesgos del bloqueo, en cuanto 
a Buenos Aires; el otro problema, complementario, lo 
constituiría el bloqueo perpetuo, por Buenos Aires, de 
las provincias y el Paraguay, mediante el cierre de las 
aguas del Paraná. Este aspecto del asunto, no interesa 
al centralismo porteño. 

Prosigue el mediador: “Le repliqué, entonces, que la 
garantía respecto al río, si pudiera ser obtenida, baria 
desaparecer ese peligro e insinué la posibilidad de que 
fuera lograda. Me formuló diversas preguntas sobre el 
particular y le contesté que, hablando como yo lo hacía, 
enteramente sin atribuciones, él debía tomar mis palabras 
como mi opinión individual; pero que yo creía que, si los 
beligerantes acudían al gobierno de S. M. B., éste quizás 
accediera a la demanda, cargando con la responsabilidad 
de garantir a las partes beligerantes la libre navegación 
del Rio de la Plata, si considerara neéesaria esa decisión 
para la obtención y estabilidad de la paz”. 

El mediador marca, netamente, los límites de la pre- 
sunta garantía británica, en caso de requerirse: trasmi- 
tirá el pedido a su cancillería, si refiere a la libertad del 
Plata, pero no lo trasmitirá si refiere a nuestra indepen- 
dencia. Y nótese bien que es un convencido de la exis- 
tencia de ésta y de la necesidad, inevitable, de ir dere- 
chamente a su reconocimiento; lo que habría ahorrado la 
jornada de Ituzaingó. Nada más demostrativo, repetimos, 
de la ausencia de toda segunda intención, que la tenaci- 
dad puesta en la negativa, como que ningún modo más 
confortable se ofrece a la ambición territorial de cumplir 
su anhelo que la ingerencia diplomática en los asuntos 
internos de los países débiles. Imagínese lo que habría 
significado, como un primer paso hacia la posesión, más 
o menos provisoria — y ya sabemos lo permanentes que 



238 


LUIS ALBERTO BE HERRERA 


suelen ser tales ocupaciones — la aceptación de la fianza 
por la cual tanto se encarece. 

Echado ese primer nudo, lo demás venía solo. Apenas 
constituidos en nación, en ambas fronteras brotan las 
conspiraciones contra nuestro flamante derecho, que in- 
fieren profunda mella a las dos primeras presidencias y 
que culminan con la intervención francesa. 

En otra conferencia, persiste Rivadavia en que Ingla- 
terra preste su garantía a la independencia: “y volvió 
a insistir en que, sin la garantía solicitada, no progresa- 
ría, por su parte, el asunto”. Agrega Ponsonby, en el 
citado informe a Canning: “A lo que repliqué que era 
inútil, entonces, seguir discutiéndolo, y que sólo me res- 
taba echar al fuego el documento (lo tenía en la mano) 
y comunicar a mi gobierno el fracaso absoluto de mis 
gestiones para producir algún movimiento en pro de la 
paz. El presidente me rogó, entonces, con alguna vehe- 
mencia, que no pusiera fin de esa manera a mi interven- 
ción y que le enviara el proyecto por la vía usual, es 
decir, por intermedio del ministro de relaciones exterio- 
res. Le repliqué que siempre tendría agrado en compla- 
cerle y corresponder a su pedido”. 

Intenso e histórico episodio, digno de ser reproducido 
en la tela. Otra incidencia más, que destaca el prestigio 
de la mediación, su empuje, la eficacia de su consejo y 
el respeto que de ella emana, como que ningún móvil 
subalterno y sospechoso la empaña. 

En sus instrucciones complementarias, de Marzo 18 
de 1826, 'Canning contempla el caso de que la Banda 
Oriental fuera incorporada, mediante compensación, a 
las Provincias Unidas, en cuya eventualidad, le dice a 
Ponsonby, “sería, además, razonable que se tomaran to- 
das las precauciones justas, según estipulaciones precisas, 
en el tratado de arreglo, a fin de asegurar al Brasil un 
ininterrumpido goce de la navegación del Río de la Plata. 
S. M. no rehusaría prestar, su garantí^ para la estricta 
observancia de tales estipulaciones, si le fuera requerida . 

Claro se extiende el pensamiento: “El gobierno inglés, 
por cierto, preferiría, en el deseo de evitar, en lo posible, 
compromisos de esa naturaleza, que el tratado fuera ajus- 
tado, a satisfacción de ambas partes, sin necesidad de esa 



LA MISIÓN PONSONBY 


239 


garantía. Pero, si ésta fuera solicitada por ambas partes, 
S. M. consentiría en darla, antes de que el tratado no se 
realizara”. 

Desde el principio de la negociación, se pugna por que 
los propios contendientes resuelvan sus diferencias, sin 
conexiones externas, en cuanto a la solución en sí : ayu- 
darlos a procurar un acuerdo y que ellos mismos lo con- 
cierten. 

No siendo eso posible, en último término, no se negará 
la seguridad, respecto a la navegación del Plata, que de 
la potencia mediadora se recabe. 

Ponsonby cierra su larga nota, de Octubre 2 de 1826, 
referente a sus entrevistas preparatorias con Rivadavia, 
así: “Confío en su indulgencia y reclamo su perdón si, 
en alguna manera, he contravenido la letra o el espíritu 
de mis instrucciones. No alcanzo a ver nada que lo haga 
presumir, a no ser haber insinuado la posibilidad de que 
el gobierno de S. M. B. pudiera otorgar la garantía ma- 
rítima; pero, al proceder así, puse especial cuidado en 
no mencionar a mi gobierno; lo hice en mi nombre, ex- 
clusivamente, y en ese punto, como en todos los otros, el 
nombre del gobierno de S. M. no ha sido comprometido” 

Véase cuánta mesura se pone en la acción conciliadora. 

Termina : ‘ ‘ Me aventuraré, sin embargo, a declarar que 
estoy convencido de que de esa medida se derivarían los 
más grandes beneficios para toda Sud América, pues ha- 
ría desaparecer la causa de muchas disputas, manteniendo 
siempre una libre entrada para el comercio en sus inmen- 
sos países, cuyos ríos son en su mayoría navegables, y, 
talvez, facilitando un intercambio comercial con el Para- 
guay, si se considerase conveniente”. 

Conceptos de médula, que resumen el pensamiento 
hondo del hombre de estado. Al formularlos, Ponsonby 
se adelanta, en mucho, a los estadistas bonaerenses, como 
que ellos limitan al estuario la suspirada libertad de na- 
vegación, en beneficio exclusivo de su capital, mientras 
que el mediador la quiere y concibe para todo el sistema 
fluvial que en el estuario desagua. Ha comprendido la 
elocuencia gráfica que del mapa regional se desprende y, 
como ningún prejuicio racial, ni recelo económico, ni la 
pasión, enturbian su criterio, abraza el problema en toda 




240 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


su amplitud, sin reducirlo a los términos del estrecho 
localismo. Habla, pues, como un precursor. Recién un 
cuarto de siglo después, de retorno todos de la venganza 
y de su hecatombe, suena la hora de la liberación fluvial, 
tal como aquel gran inglés la soñara, habiéndose necesi- 
tado el formidable sable de Urquiza para acabar con el 
preconcepto porteño, que sólo por la violencia, definiti- 
vamente repetida en Cepeda, en 1859, suelta el privilegio 
de sus amores. 

Elevándose sobre las anarquías reinantes, Ponsonby 
dicta, antes que nadie, con toda probabilidad, la fórmula 
sabia de lo venidero : el Plata y sus caudalosos tributarios 
abiertos al comercio universal. Todo el sistema arterial 
que ellos representan sirviendo, eficientemente, la causa 
de la civilización. Cual si adivinara la tragedia tremenda, 
nombra al Paraguay, también mantenido en secuestro, 
cuyo futuro dolor en mucho deriva de esa contienda de 
intereses sociales: uno que pide paso y otro que no deja 
pasar. 

Vuelve el mediador sobre el tema, en otro informe a 
Canning, de Octubre 20 de 1826: “Puedo, presumo, 
arriesgar una opinión, y es que, si tal caso llegara, podría 
ser ventajoso para Inglaterra ofrecer la garantía, tan a 
menudo mencionada, del libre comercio del Río de la 
Plata, porque esa medida salvaría de la ruina a las Pro- 
vincias Unidas de la Plata y a los cuantiosos intereses 
británicos, que correrían la misma suerte. Espero que 
V. E. me excusará por haber hablado sobre un punto que 
no está literalmente dentro de los términos de mis ins- 
trucciones, pero que yo considero lo suficiente en armonía 
con su espíritu como para esperar que seré disculpado 
por haberlo abordado”. 

Las excusas con que Ponsonby plantea la cuestión, pro- 
clamándola extraña a sus instrucciones, plenamente abo- 
nan la claridad de su cometido diplomático, ajeno a toda 
ulterior combinación digna de crítica, apesar de ser ello 
tan habitual en las cancillerías. 

Abiertamente señala la conveniencia mercantil de su 
nación, sometida a la competencia de las rivales. 



LA MISIÓN PONSONBY 


241 


“PODER TUTELAR EN EL RÍO” 

Recalca, en Diciembre 30 de 1826: “Veo casi generales 
perturbaciones, si no conflictos, prontos a llenar todo este 
hemisferio. Si Inglaterra pudiera conservar invulnera- 
bles a la violencia los derechos e intereses de un comercio 
mantenido durante ese tiempo, como ella tendría los me- 
dios de hacerlo, erigiéndose en poder tutelar en el río, 
creo que proporcionaría la más eficaz atenuación a los 
males de la guerra y que establecería la base más expe- 
ditiva y más segura para su terminación”. 

Con talento clínico, Ponsonby lee en la circundante 
sombra y anuncia lo que vendrá: la. descomposición, el 
desastre, la guerra civil. En pocas y serenas líneas, dada 
está la pavorosa definición. Para contener el estallido, 
si no conjurarlo, no encuentra otro remedio eficaz que 
la efectividad del acceso fluvial, asegurado por la in- 
fluencia indiscutida y tan solicitada de Inglaterra. 

Feliz expresión : poder tutelar en el río. De haber exis- 
tido, otorgado, en acto de derecho, por consenso de los 
beligerantes, ¡ cuántas desgracias, quizás, no se hubieran 
evitado ! Desde luego, no habríanse producido las des- 
dorosas intervenciones navales, que no tardan en llegar 
y que, en espacio de otros tantos años, refrendan, con las 
armas, el alegato de catorce reclamaciones diplomáticas. 

Ponsonby siente el ambiente poblado de espectros, que 
pronto se materializan en acontecimientos nefastos. Para 
afianzar el porvenir regional, afanosamente se empeña 
en armonizar los distintos intereses en pugna. 

En el orden político, el reconocimiento de la nueva 
república aplaca ambiciones de dominio, al defraudarlas 
un poco a todas; en el orden económico, la libre navega- 
ción del Plata, sólidamente afianzada por un tercero, a 
solicitud de las partes, habría dado amplia puerta de 
entrada y de salida al comercio de todas las banderas. 

El advenimiento de un nuevo ribereño, concurría a 
facilitar este último anhelo, en virtud de romper el mo- 
nopolio de las aguas y de ambas orillas. 

Al discutirse la convención de paz, los plenipotencia- 
rios argentinos encaran y miden la nueva situación que 


16 



242 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


se plantea: “ porque 1a. creación de un estado nuevo e 
independiente en la Banda Oriental, de una extensión 
litoral prolongada en el Río de la Plata, y dueño de los 
mejores puertos, exigía de parte de los ministros nego- 
ciadores la adopción de medidas preventivas contra todos 
los obstáculos que en el transcurso del tiempo pudiera 
hacer nacer el nuevo estado, ya por imposiciones o res- 
tricciones que en uso de su derecho reconocido intentase 
aplicar, ya porque una influencia extraña pudiera apo- 
derarse de los consejos de un gobierno naciente para 
conseguir privilegios en la navegación, con perjuicio de 
los intereses comerciales de ambos estados”. 

Observaciones de singular significación, no sólo por- 
que reconocen en la forma más explícita — y es la voz 
de los negociadores — nuestra plena jurisdicción en las 
aguas platinas, sino porque apuntan el peligro ,de las 
intervenciones extranjeras, que a un paso están. 

De ahí que Balcarce y Guido propongan este agregado : 
“Ambas altas partes contratantes se comprometen a so- 
licitar, juntas o separadamente, de S. M. el rey de la 
Gran Bretaña, su garantía para la libre navegación del 
Río de la Plata, por espacio de quince años”; o sea, la 
repetición, en términos más sobrios, del artículo 8.° de 
la convención García. Los plenipotenciarios brasileros 
eluden el punto, a título de que es mejor abordarlo en 
el tratado definitivo y porque quieren apartarse, en 
cuanto sea posible, de la anterior y malograda redacción. 

En realidad, sorprende esta reserva, desde que nadie 
estaba más interesado que el Imperio en asegurar la co- 
municación con sus estados interiores, ribereños de los 
ríos Paraná y Paraguay y embotellados por la negación 
porteña del libre tránsito. 

Es que del lado del emperador, había nervioso apuro 
en acabar el negociado, fuera de atribuirle existencia 
efímera y de no practicarse aún aquella navegación. 

Replican bien Balcarce y Guido que, “desde que se 
reconocía el principio de mutua utilidad que envolvía la 
libertad de la navegación del Río de la Plata, no debía 
excusarse medio alguno para darle toda la extensión y 
estabilidad posible, a cuyo fin juzgaban la garantía de 
Inglaterra de un poderoso influjo”. 



IiA MISIÓN PONSONBY 


243 


Gestionarla, evidentemente, habría demandado meses, 
pues para establecer contacto con Europa no se contaba 
con servicio regular. El mediador., por sí, no podía asen’ 
tir a esa garantía, debiendo remitirse a su gobierno, que 
únicamente la prestaría, si a ella se condicionaba la exis- 
tencia misma del tratado de paz, según rezaban las ins- 
trucciones de Canning, antes referidas. 

Finalmente, se acordó un artículo adicional a la con- 
vención, con “la misma fuerza y vigor como si estuviere 
inserto”, en los términos siguientes: “Ambas las altas 
partes contratantes se comprometen a emplear los medios 
que estén a su alcance a fin de que la navegación del Río 
de la Plata, y de todos los otros que desaguan en él, se 
conserve libre para el uso de los súbditos de una y otra 
nación, por el tiempo de quince años, en la forma que se 
ajustare en el tratado' definitivo de paz”. 

De cuyo texto resulta que el dueño de una margen del 
Plata, con prescindencia absoluta del dueño de la otra 
y de acuerdo con el Brasil, a quien pertenecen las cabe- 
ceras de los tributarios, se repartió con éste el derecho de 
surcar con sus naves el estuario. 

Según Calogeras, la apuntada cláusula poseía “inmenso 
alcance”; según Pereira Pinto, cupo al Imperio “a glo- 
ria de haver lanzado no novo mundo as bases do moderno 
direito publico relativo a livre navegagáo dos ríos ”... 

Por involuntario olvido, no considera el derecho de la 
nueva nación — el Uruguay — y de la antigua — el Pa- 
raguay^ y afirma, en consecuencia, que el artículo adi- 
cional “estabeleceu a livre navegagáo do Rio da Prata e 
de seus affluentes para todos os ribeirinhos”. Incurre en 
error: “para uso dos subditos de urna e outra nagáo”, 
dice el texto, refiriendo a la Argentina y el Imperio. 

Por tanto, y a pesar de la autoridad de esas opiniones, 
es imposible adherir a ellas, pues constituía una heregía 
jurídica privar, arbitrariamente, al nuevo estado de sus 
derechos naturales como condómino del Plata; no siendo 
menor la exclusión del derecho fluvial del Paraguay, in- 
dependiente desde el 14 de Mayo de 1811. Quizás se ale- 
gue que recién fué reconocida esta república, por la Ar- 
gentina, en 7 de Julio de 1856; mucho antes por el Im- 
perio, que, desde 1824, tenía cónsul y agente diplomático 
en la Asunción. 



244 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Contesta esas razones el heeho rotundo de una patria 
existente, en plena autonomía, desde que por las armas 
rechazara a Belgrano y lanzara la declaración de su li- 
bertad. 

Confinada por la geografía al corazón de América 
— talvez por ser corazón llamada a mayor sufrimiento — 
en 1828 se redobla un encierro que ella ya venía comba- 
tiendo. 

Por otra parte, no procedía semejante rigor en la apre- 
ciación de la ajena independencia, y del momento de su 
advenimiento, según los papeles oficiales, cuando, aun 
después del congreso de 1816, reunido en Tucumán, que 
solemnemente declaró la del pueblo argentino, se autori- 
zaron misiones diplomáticas para contradecirla. 

EN PROCURA DE SEÑOR 

Tan perdido a veces el rumbo por “la clase de casacas 
negras”, como la denominara Sarratea, en carta a don 
Manuel José García, que el presidente Rivadavia, de 1827, 
h'abía sido el. emisario solícito de 1815, junto con Bel- 
grano y de paso para Madrid, ante la princesa Carlota, 
por encargo del supremo director (Alvear), que “nos 
manda felicitar al príncipe y princesa precitada”... 
“que iguales deseos nos agitaban por tener el honor de 
besar la mano de nuestra infanta”. Así lo escribe Riva- 
davia a su gobierno, que todo aprueba. 

Recuérdese, también, a fin de reducir la exigencia con 
los otros, que la propuesta brasilera de paz de 1826 — que 
Ponsonby rehusó trasmitir — consistía en reconocer, re- 
cién, la independencia de las Provincias Unidas, cuya 
aceptación efectiva, por la Gran Bretaña, menos de un 
lustro antes, reclamara todo el empuje de Canning e im- 
portó un reto a las demás monarquías de Europa. 

Bien flamante lucía, también, la independencia del Bra- 
sil. Por tanto, no era del caso buscar lunares en la para- 
guaya, en realidad la más antigua de las tres, pues la del 
Brasil en 1825 la reconoció Portugal y recién el 30 de 
Elneroi de 1826 la Gran Bretaña. 

Contra el dicho de aquellos escritores, cabe asegurar 
que el artículo adicional dió la fórmula del más acabado 



LA MISIÓN PONSONBY 


245 


hermetismo fluvial, despojó de su derecho a quienes por 
derecho y por naturaleza lo poseían y acreció la proba- 
bilidad de venideras desgracias, como que ni el Uruguay 
se resignaría a esa suerte trunca, ni tampoco el Paraguay 
a ver desconocido su derecho de salir al mar. Todavía en 
1865, aunque se calle, anda en juego el semisecular litigio 
trabado sobre el libre tránsito ; y la triple alianza, con su 
gran iniquidad, de allá trae uno de sus motivos indirectos. 

¡ Qué diferencia enorme entre el estrecho criterio in- 
ternacional que protocolizan los beligerantes, en 1828, y 
el muy amplio que alienta en las notas esclarecidas de 
Ponsonby, cuando, con la fe de un visionario, proclama los 
bienes inmensos que de la libre navegación del Plata y 
sus afluentes derivarían! 

Por esencialísima tiene su declaratoria, que, a la vez 
de asegurar el intercambio, lo multiplicará, permitiendo 
al comercio universal derramar, a manos llenas, sus dones. 

Hasta el remoto y recluido Paraguay pueden llegar los 
navios y así lo concibe y así lo sueña, en los días iniciales, 
adelantándose a todos por la concepción profunda. 

Mas, como no escapa a su juicio que las nuevas nacio- 
nalidades son incapaces de garantir la efectividad de 
aquel gran derecho común y de sobreponerse a la tenta- 
ción de violarlo, en su particular beneficio, sugiere la 
conveniencia de que Inglaterra acepte ser su fiadora, 
como se le pide: el poder tutelar en el río, con tanto 
acierto definido. Ahí encuentra la mejor solución para 
el conflicto en pie y contra los que pudieran venir. Juzga 
que con la aconsejada fórmula se evitarían “muchas 
disputas”, que nada demoraron en llegar, conmoviendo, 
hasta la raíz, la suerte de estos países. 

Por lo demás, en vano estipulan los refrendatarios del 
artículo adicional que “se comprometen a emplear los 
medios que estén a su alcance” para sostener la libre 
navegación del estuario, aunque a los efectos de su ex- 
clusivo uso y voluntad, agréguese; y decimos, en vano, 
en virtud de que carecían del prestigio internacional y 
de la fuerza naval indispensables para consolidar su pa- 
labra escrita. Todo eso lo poseía la Gran Bretaña, pre- 
ponderante en el mar y en el debate de las cancillerías. 

La escuadra francesa no se habría apoderado, a caño- 



246 


LUIS ALBERTO LE HERRERA 


nazos, de Martín García, en 1838, con el consiguiente 
acompañamiento de humillaciones, si la potencia rival 
hubiera tenido título legal y moral para responsabilizarse 
por la libre navegación del estuario. 

Escritores serenos deploran la ausencia de esa cláusula 
previsora en la convención del 28, en la certidumbre de 
que ella habría conjurado graves dificultades. 

De cualquier modo, destaca, con toda evidencia, la 
constante oposición de la cancillería inglesa a aceptar el 
honroso mandato; por donde resulta más infundado el 
sórdido propósito de dominio que Antonio Telles, desde 
Londres, le atribuyera, en su muy secreto y ya comentado 
despacho : “ O verdadeiro auxiliar de Buenos Aires hé a 
Inglaterra, que quer dar a Montevideo a forma de cidade 
hanseatica sob a sua protecgao para ter ella a chave do 
Rio da Prata, como tem a do Mediterráneo e Báltico”. 

Y por cierto que sorprende que así no lo haya inten- 
tado, dado el desconcierto sudamericano, la debilidad de 
las incipientes naciones y el apremio con que ellas, pues- 
tas a un paso del abismo, solicitan auxilio. Ninguna oca- 
sión más propicia para arraigar el ambicioso propósito, 
sin ruido y sin dolor servidoi, como que más fácil posesión 
que las armas brindaba el tortuoso expediente diplomá- 
tico. 

Lejos de nosotros atribuir a singular desprendimiento 
la actitud británica; pero, también, lejos de nosotros la 
injusticia de negar la corrección de esa conducta, firme- 
mente orientada. 

Los pueblos, en la hora del apogeo, poco hermanan 
sus necesidades con el desinterés, sobre todo cuando pue- 
den satisfacerlas sin mayor riesgo y cortando en la carne, 
que no duele, de los otros. Ahí está el triste ejemplo de 
Estados Unidos, inventando una patria en Panamá, para 
clavar su pabellón en el itemo, apenas ayer; o dedicán- 
dose, hoy, a sofocar revoluciones en Nicaragua, provo- 
cadas por el mismo bochorno de su presencia intrusa, 
para adueñarse del otro canal que, por convenirle, allí 
proyecta. 

La castidad no es, ciertamente, la mayor virtud de las 
grandes naciones, entradas en celo a causa de su mismo 
poderío. 



LA MISIÓN PONSONBV 


247 


Y la oportunidad do tallar, con provecho material, en 
las discordias continentales, se le venía repitiendo a In- 
glaterra, sin que ella se rindiese a su tentación. 

ALVEAR PEDE EL PROTECTORADO 

Por tratarse de la más expresiva, evocaremos aquella 
misión confiada por el general Alvear, desde el gobierno, 
á don Manuel José García, encargado de pedir el pro- 
tectorado inglés, cual si gravitaba sobre su destino civi- 
lista el peso de los mensajes amargos : 1815, 1827. 

Lleva para lord Strangford, ministro británico en Río, 
una nota reservada, que luego de describir la crítica si- 
tuación de las Provincias Unidas, así concluye: “En es- 
tas circunstancias, sólo la generosa nación británica 
puede poner remedio eficaz a tantos males, acogiendo en 
sus brazos a estas provincias, que obedecerán su gobierno 
y recibirán sus leyes con placer, porque conocen que es 
el único medio de evitar la destrucción del país, a que 
están dispuestos antes que volver a la antigua servidum- 
bre, y esperan de la sabiduría de esa nación una subsis- 
tencia pacífica y dichosa”. 

No hay eufemismo; con tanta decisión como claridad 
se solicita el favor del yugo extranjero. Por resistir a 
todos, sin que ninguna inclemencia lo quebrara, se infamó 
tanto el nombre de Artigas, que ahora, cada día más res- 
plandeciente de gloria, ocupa sitio central entre los vi- 
dentes del primer ciclo. 

Era portador el doctor García de otra nota para el 
canciller de la Gran Bretaña; si posible, más categórica. 
En ella, se declaraba a los criollos incapaces “para go- 
bernarse a sí mismos y que necesitaban una mano exterior 
que les dirigiese y contuviese en la esfera del orden, antes 
que se precipitaran en los horrores de la anarquía”. 

Prosigue: “Estas provincias desean pertenecer a la 
Gran Bretaña, recibir sus leyes y vivir bajo su influjo 
poderoso. Ellas se abandonan, sin condición alguna, a 
.la generosidad y buena fe del gobierno inglés, y yo estoy 
resuelto a sostener tan justa solicitud para librarlas de 
los males que las afligen”. 

Y, acaso por si no se entendiera — que bien se enten- 



248 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


día — remata con este inaudito llamado: “Es necesario 
que se aprovechen los momentos, jque vengan tropas que 
impongan a. los genios díscolos y un jefe plenamente au- 
torizado que empiece a dar al país las formas que sean 
de su beneplácito, del rey y de la nación, a cuyo efecto, 
espero que Y. E. me dará sus avisos con la reserva y 
prontitud que conviene para preparar afortunadamente 
la ejecución”. 

Quien tanto decía era don Carlos María de Alvear, 
director supremo del estado! 

Hay que remontarse a los tiempos, hay que imaginar 
su inmensa desdicha, para explicarse tanto renuncia- 
miento en tan grandes patriotas. 

Eclipses de fe que, en algún momento, empalidecen la 
tremenda carrera de aquellos protagonistas, sin manchar 
su fama, porque fué pasajero el desmayo. No necesitó 
lavarlos la expiación, por cuanto no traían intención de 
pecado. Alienta por igual en ellos la frenética pasión y 
no es suya la culpa si, en lo hondo de la tempestad, que 
parece sin término, alguna vez hasta la esperanza desfa- 
llece. No es para todos la terrible disyuntiva de vencer 
por el heroísmo al huracán o hundirse con el propio barco, 
de pie en el puente de mando'. 

Por el acumulado desastre, llegan los primeros varones 
de la revolución a persuadirse de que sólo el ajeno im- 
perio — si coronado, mejor — salvará la libertad que ado- 
ran. Con exactitud califica ese estado de espíritu don 
Manuel José García, en carta a Sarratea, de Febrero 5 
de 1816: “En el país no se tenía por traición cualquier 
sacrificio en favor de los ingleses y aun la completa su- 
misión, en la alternativa de perteüecer otra vez a la Es- 
paña”. 

Frente a esa probabilidad insoportable, no se retrocede 
ante cualquier sacrificio ; y por el menor se tiene el pro- 
tectorado de una poderosa y libre nación. Imposible re- 
tornar al viejo coloniaje, desacreditado, caduco, incura- 
blemente reaccionario. Manifiesta es la incapacidad de 
la metrópoli para regir la evolución que se inicia y que 
no quiere, ni puede, detenerse. Todo, menos el antiguo 
pupilaje, sin libertad interior, sin gobierno propio, sin 
comercio; bajo el acosamiento de prejuicios de naturaleza 
varia y su cohorte de atrasos. 



LA MISIÓN PONSONBY 


249 


Y piénsese qué inminente era la partida de la formi- 
dable expedición Morillo. Por salvación, se ocurre a In- 
glaterra. 

No se exclame, pues, con reproche: ¡hombres de poca 
fe! Dígase, más bien, tiempos de terrible prueba! Pero, 
ya que así lo fueron, redóblese la admiración ante los 
espíritus caudales y los caudillos que jamás, en ninguna 
etapa del larguísimo trance, flaquearon. 

En nota complementaria, amplía el plenipotenciario 
García sus dichos: “Todo, hasta la esclavitud, es prefe- 
rible a la anarquía. En tales circunstancias, una sola 
palabra de la Gran Bretaña bastaría a hacer la felicidad 
de mil pueblos y abriría una escena gloriosa al nombre 
inglés y consolante de la humanidad”. 

¡ Ah no ! El lenguaje excesivo se hace dos veces repu- 
diable, ahora, cuando se llama al extranjero — aunque de 
la libre Inglaterra se trate — sustituyendo un patrón por 
otro, al solo fin de aplastar al adversario doméstico. 

Demencia pretender convertir, por arte de encanta- 
miento, por virtud de una sola palabra, en serenidad y 
cultura la agitación y la orgánica incultura de los días 
primerizos, y cambiar, por notas, el sesgo de la historia, 
y suprimir el modo hispánico para adoptar el inglés, con 
la misma simplicidad con que se reemplaza, por otra, una 
pieza de la propia indumentaria! 

Con razón y a tiempo dijeron su palabra, ¡esa sí vale- 
dera por auténtica e indígena!, las muchedumbres gau- 
chas que rompen su siesta para montar a caballo, para 
emprender marcha hacia la ciudad ! . . . 

REVOLUCION SOCIAL 

Ya estaban ensillando, ellas, cuando el ministro García 
se extraviaba en la blasfemia. Instintivamente, cual si 
volviera la cabeza, solicitado por el rumor de un eco, 
lejano, que pide atención, Rivadavia, también en Río de 
Janeiro, le escribe al director y general Alvear, expre- 
sándole su discrepancia: “Pero lo que me ha pasmado, 
sobre todo, es el pliego para Inglaterra y el otro, idéntico, 
para Strangford, aún más. Yo protesto que he descono- 
cido a usted en semejante paso, si es como me ha infor- 
mado García, pues yo no los he visto. Este avanzado 



250 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


procedimiento nos desarmaba del todo y -nos ponía a 
peligro de hacer la triste figura que hicieron los cata- 
lañes, en tiempo de Felipe IV, por haber dado un paso 
tan semejante con el cardenal Richelieu, ministro de 
Luis XIII 

Oportuna, aunque mortificante la reminiscencia, pues 
refería al entregamiento discrecional de aquéllos al rey 
de Francia, aclamado conde de Barcelona, y al insistente 
ruego de que interviniera en los asuntos locales, a título 
de identidad de origen y anhelos; lo que motivó la fa- 
mosa e irónica respuesta de Richelieu: “Pues bien, yo 
daré la ley a España y os haré ver que sé aprovecharme 
de las facilidades que me proporciona la provincia de 
Cataluña”. 

Pero olvidaba Rivadavia que él, también, andaba en 
malos pasos: a la búsqueda de otro conde de Barcelona! 

Lo que asombra, a través de estas temerarias actitudes, 
es que los proceres que las asumen reinciden en ellas, 
llegando, en algún caso, a proyectar la resurrección de 
la autoridad incásica, con prescindeneia total del medio 
social en que se agitan y viven. Hace el efecto de que no 
advierten que, a un paso, fermenta el trueno y, cuando 
se aperciben, porque ya el suelo materialmente trepida 
bajo sus pies, salen, a todos los rumbos, en procura de 
un nuevo amo y señor. 

Descollantes, por el propio valer y por la ilustración, 
sin embargo cruzan su volcánico tiempo embebidos en 
su abstracción y alzando diques de papel escrito en el 
camino de la revolución que se opera y que los barrerá 
con su formidable avenida. Parece que no midieran las 
trascendentales proyecciones del movimiento a que asis- 
ten y que con ingenuidad académica intentan conducir 
hacia él puerto de perfección que sueñan. Similitud ofre- 
cen los actores del primer capítulo en todas las grandes 
conmociones, devorados, en la segunda o tercera jornada, 
por la rebeldía que encendieran. 

Arranca la empresa con dogmas, de cuidada forma; 
y con estado mayor de directores, en ordenada línea, al 
frente, para degenerar, muy pronto, en entrevero de in- 
descriptible tumulto. 

Pórque hay algo del alud en la impetuosidad, creciente, * 
de las sacudidas públicas, cuyo impulso se redobla, hasta . 



LA MISIÓN PONSONBY 


251 . 


ser vértigo, a medida que se intensifica la onda pasional, 
cual si regida por la ley física. Si indecisa desatan su 
corriente los sucesos de Mayo, en el curso de algunos 
años ellos adquieren arrebato de torrente y rebalsan los 
cauces establecidos, donde inútilmente se les quiere man- 
tener. 

Cuando, después de llegar hasta el ecuador, retornan 
los veteranos de San Lorenzo, Chacabuco y Pichincha, 
desconocen el ambiente que en su ausencia se ha creado 
y por él se sienten desconocidos. Aun el propio general 
San Martín así lo experimenta. Refiere en una de sus 
cartas a Guido, sin amargara — pasado estaba de ellas— 
que hubo de ser tomado preso al cruzar de Mendoza a 
Buenos Aires. “¿Ignora usted, por ventura, que en el 
año 23, cuando, por ceder a las instancias de mi mujer, 
de venir a darle el último adiós, resolví, en Mayo,, venir 
a Buenos Aires, se apostaron partidas en el camino para 
prenderme como a un facineroso?”... Así lo escribe, 
desde Montevideo, en Abril 27 de 1829, de nuevo rene- 
gado y en viaje al definitivo ostracismo, no habiendo 
podido, siquiera, poner pie en la tierra que libertara! 

Es que concluyó por ser revolución social lo que em- 
pezara, por incidencia, como revolución política; del 
mismo modo que culmina en independencias y repúblicas 
lo que brotara como acto de fidelidad al desposeído so- 
berano ultramarino. 

La oligarquía centralista se desentiende del fenómeno, 
cuyo hervor tiene principio en las luchas contra Artigas. 
La iniquidad de la invasión portuguesa, sobre él despe- 
ñada, para aplastarlo, abruma al caudillo insigne, no así 
a sus ideas, que cual ola de fuego se extienden. Ño hay 
frontera bastante ancha para detenerlas. Cruza el arti- 
guismo el Uruguay, resbala sobre las aguas del Paraná 
y dilata hasta el confín la rebeldía federal que, herma- 
nada con otras, se consolida y robustece, hasta hacerse 
irresistible. Cuando su marea, vencedora, retorna, la oli- 
garquía dirigente, puesta recién en alarma, le opone su 
artificiosa diplomacia y se echa a los caminos del mundo 
en demanda de un ente coronado: hasta por un príncipe 
segundón y exótico, sacado de cualquier parte, transa. 

Entonces, sale a luz, como deslumbradora fórmula, el 



252 


LUIS ALBERTO BE HERRERA 


protectorado inglés. ¿Dónde más sólido apoyo? ¿'Cuál 
escudo superior en fuerza y resistencia? 

Acariciaron la quimera de pasar, sin dolor y sin san- 
gre, de un estado social a otro, cuando había y no había 
pueblo, cuando sueltos estaban los instintos, en contra- 
punto los intereses económicos y políticos y cobraba su 
derecho una clase advenediza, antes sometida e ignorante 
de su influjo, y desde ese instante soberbia y exigente. 
Y, de ahí, que la solución que los estadistas de coturno 
negociaban en extrañas tierras, surgiera, cual correspon- 
día, en la propia; pero dictada, suelta la crin, por la 
montonera y su tropel. 

Aterrados, asisten los graves hombres de pensamiento 
y de inadaptada doctrina al primer cuadro de la nueva 
contienda y de su tragedia. 

Creyendo evitarla, escribe el director Alyear al Foreign 
Office su carta, que quema, e incurre el ministro García 
en la aberración de redoblar la súplica del protectorado, 
ante lord Strangford, con expresiones tan dolorosas como 
aquella de que “la esclavitud es preferible a la anarquía”. 

La respuesta la da el estallido federal del año 20 y, en 
vez de señores importados, asientan su autoridad, irres- 
ponsable en las formas, recia y fundadora en esencia, 
apesar de su cuño primitivo, Ramírez, Estanislao López, 
Bustos y Quiroga. ¿No se quería un poder fuerte ? Pues 
la propia entraña se encarga de parirlo, a semejanza de 
la sociedad incipiente y defectuosa que durante treinta 
años de ensayo y de trabajosa y sangrienta afirmación 
representará y traduce en sus balbuceos. 

Así, de lanza en ristre y bota de potro, si cuadra, son 
los guías que engendra y quiere la imperfecta raza ame- 
ricana, cuyo legítimo localismo se exalta, viendo por todas 
partes traiciones, ante la anunciación del príncipe de 
Lucca., o de cualquier otro, que afanosamente y con lin- 
terna se busca en todos los rincones de Europa. 

Sentimiento dominante en el continente y que, si en 
el Plata no soporta intrusos, tampoco así en el lejano 
México, donde inexorablemente se castiga con el patíbulo 
a Iturbide, cuando olvida sus lauros de la independencia 
y ensaya convertirse en Agustín I. 




LA MISIÓN PONSONBY 


253 


LA REPERCUSION EUROPEA 

Por todos los extremos, amenaza estallar el inmenso 
crisol, bajo la presión de las pasiones desencadenadas, 
puestas al rojo blanco. ¡Es que está fundiendo su per- 
sonalidad la gente de veinte naciones! 

Inútil pretender allanar la azarosa vía: los excesos, 
persecuciones y desquicios traen la reacción despótica en 
que luego, por tiempo largo, se fondea. No hay historia 
humana sin esos obligados peldaños; no hay pueblo que 
pase sin perturbación, grave, de la infancia a la puber- 
tad, cuando ignora la vida institucional y todo está por 
aprenderlo. Mediara un abismo entre las repúblicas ame- 
ricanas de ayer y el Canadá, Australia o la Nueva Ze- 
landia, de hoy, que irradian ejemplo desde que empiezan 
a andar. 

Errado echar mano de otro poder extranjero — cual 
desesperado recurso — cuando ya las multitudes nativas 
habían entrado en ebullición. El escenario, entero, lo lle- 
naría el desenfreno. 

Para conjurar perspectiva de tan pavorosos aspectos, 
es que el director Alvear pide el protectorado inglés. 
Como que de parte de su gobierno no existe el menor 
propósito al respecto, lord iStrangford contesta a don 
Manuel José García que no tiene instrucciones. Según 
lo escribe Rivadavia: “...de García ya se ha desemba- 
razado, contestándole que se halla sin facultades algu- 
nas”. . . 

Y no podía tenerlas porque no estaba dentro de los 
planes de su gobierno tomar intervención de semejante 
naturaleza en la vida interior de los países americanos. 

En cuanto al mayor o menor apoyo que se presta a la 
insurrección continental, varía la política inglesa, medida 
y reglada por las alternativas de la política europea ; pero, 
en cuanto a sus relaciones con las repúblicas que nacen, 
la cancillería británica mantiene una conducta invariable, 
cristalizada en viva adhesión moral ; nunca en tentativas 
de dominio. 

Nos engolfaría en un estudio lateral, aunque muy in- 
teresante, el examen de esa inspiración diplomática, que 



254 


LUIS ALBERTO BE HERRERA 


conserva su línea, apesar de la serie de sucesos excepcio- 
nales y decisivos que llenan el ambiente desde antes de 
1810 a 1825. Basta señalar, como su eje, el imperialismo 
napoleónico, que durante un cuarto de siglo agita al 
mundo, y el resquebrajamiento, en patrias, del hemis- 
ferio occidental. 

Acontecimientos de tanto volumen, determinan las más 
extraordinarias consecuencias. El recuerdo de la reciente 
conflagración europea, permite comprenderlos mejor. En- 
tonces, como acabamos de verlo, se producen inesperadas 
combinaciones y alianzas: por esencial se tiene, como 
siempre, vencer. 

Lucha y expectativas que se prolongan por lustros, con 
derivaciones que, a veces, impresionan como contradicto- 
rias y que, si relacionadas con sus antecedentes, respon- 
den a la mayor lógica. 

Así suele ocurrir con la simpatía de la cancillería in- 
glesa a la revolución sudamericana, no siempre mantenida 
a la misma temperatura. Pero la apreciación íntima de 
las cosas lo explica, si se advierte que lo que ocurre en 
América es simple acción refleja de lo que pasa en Eu- 
ropa. 

Con anterioridad a la rebelión de las colonias, Ingla- 
terra es adversaria decidida de España, como que inte- 
reses antagónicos las separan : el prohibicionismo, de la 
una, se opone a la aspiración de libre comercio de la otra. 
Era, pues, obligado el auxilio a la sublevación de los 
súbditos ultramarinos que, en Londres, desde los días del 
precursor Miranda, encuentran acogida calurosa. 

> Pero cuando el imperialismo napoleónico crea nuevas 
circunstancias, se ofrece el caso, en apariencia paradojal, 
de que se abracen los rivales de la víspera, de que el 
agresor se convierta en aliado y tome el mando en jefe 
de la defensa ibérica. Miranda experimenta, el primero, 
las consecuencias : — para su empresa fatales — de tal cam- 
bio. “Fué ciertamente un momento dramático, cuando 
sir Arthur Wellesley puso en conocimiento de Miranda 
el. cambio dé los planes políticos ingleses”, refiere Ro- 
be rtson. 

El susodicho no era otro, que el futuro duque de Wel- 
lington, quien, muchos años después, declararía: “Creo 



LA MISIÓN rONSONBY 


255 


que nunca, tuve un asunto más difícil que cuando el go- 
bierno inglés me encargó de poner en conocimiento de 
Miranda que nada teníamos que ver con su plan”. . . 

Comprensible conflicto, desde que empeñados andaban 
ambos en la misma conspiración contra nuestra metrópoli, 
al extremo dé preparar una expedición militar para pre- 
cipitar el desmembramiento de sus colonias. 

ACIERTO DEL MINISTRO ROXAS 

Así fué hasta 1808. La prepotencia napoleónica, exten- 
dida hasta Madrid y Lisboa, con la consiguiente caída 
de sus pueblos y monarcas, impuso la repetición de la 
suprema resistencia, contra el déspota que ya asomaba 
su poderío y su intención de derramarlo por todas las 
costas. 

No hubo deslealtad y, sí, presión, abrumadora, de acon- 
tecimientos superiores al cálculo humano: antes que la 
aventura sudamericana, como un accidente, estaba, cual 
razón suprema, la salvación propia y continental. La 
fuerza mayor arrastró a la menor y el insigne venezolano 
siguió atado al infortunio, que fuera ley de su vida y que 
tanto lo engrandece en la muerte, levantándolo, como 
máxima figura, entre los prelibertadores que esperan 
justicia y merecen la gratitud de un mundo. 

De ahí en adelante, la diplomacia inglesa no se vuelve 
contra España, sol en ocaso. Más la preocupa Francia 
y, cual astro hacia el apogeo, Estados Unidos. 

Por lo demás, solos conquistan su libertad los sudame- 
ricanos. Clausurado, por varias razones de hecho y de 
derecho, está el capítulo de las conjuraciones redentoras, 
con base en el exterior. 

Descifrada la incógnita que se planteara en este he- 
misferio, la política inglesa limita su aspiración a la di- 
fusión de su comercio y al ensanche de sus mercados, 
con la consiguiente descongestión de sus manufacturas y 
de las ideas subversivas que pudieran contagiarse, a tra- 
vés del canal, a causa de acentuadas crisis económicas. 

De ese plano sereno, ya no se apartará, sin perjuicio 
de rendir servicio eminente y renovado a las patrias 
occidentales, en conjunto. Bastaría recordar que Ingla- 
terra fué la primera nación que les récoüoció personería 


256 


LUIS ALBERTO L>E HERRERA 


internacional ; que acreditó cónsules ante sus principales 
gobiernos ; que influyó, poderosamente, ante la metrópoli, 
para moderar su reacción armada; y, finalmente, que 
cruzó los planes reaccionarios de la Santa Alianza, 
abriendo ruta a la doctrina de Monroe, que si en la 
actualidad poco interesa a las repúblicas ded Sur, dueñas 
absolutas de sus destinos, en aquella época, trepidante, 
tuvo singular importancia y repercusión. 

Nadie hizo por la emancipación continental lo que la 
cancillería británica; de donde cabe deducir que fué 
muy valioso su auxilio diplomático o reducido el ajeno. 
Talvez sean exactos ambos asertos, pues la obra reden- 
tora de Canning, además de su eminencia, que lo inmor- 
taliza, no encontró quienes mayormente la secundaran en 
otros escenarios políticos de Europa. 

Corriendo tras las frases retumbantes, como es nuestra 
debilidad, solemos olvidar las rotundas evidencias, que 
ahí están. 

Por otra parte, los estadistas ingleses — con seguridad 
perfectamente informados — aquilataron, desde la pri- 
mera hora, el significado trascendental .de la revolución 
sudamericana. Reflexivos, por esencia, separan lo que en 
ella hay de profundo y orgánico, de la tosca apariencia. 
Antes que otros, comprendieron el enorme suceso, llamado 
a influir, benéficamente, sobre la política mundial; tam- 
bién lo tuvieron como irrevocable. Al nuevo tiempo adap- 
tan, pues, su gestión internacional, que, por lo demás, ya 
venía cavándose cauce desde los días, tan agitados, del 
intercambio con las colonias hispanas, apesar de las pro- 
hibiciones y amenazas de la metrópoli : contra ellas. 

Llena, entonces, la aspiración británica acrecer sus re- 
laciones cordiales y de comercio con los países que des- 
piertan. Nada más legítimo y conveniente para ambas 
partes. 

En consecuencia, el pedido de protectorado de Ingla- 
terra, para las Provincias Unidas o, mejor dicho, por el 
director Alvear, bajo su responsabilidad única, no excede 
de otra ocasional ocurrencia, condenada a perecer, apenas 
articulada. 

Ni Strangford, ni su gobierno, la toman en considera- 
ción. La pupila estaba puesta en un objetivo muy supe- 



LA MISIÓN rONSONBY 


257 


ríor a semejante aventura: la conquista,, pacífica, de los 
nuevos emporios. 

Por su incontrastable pujanza naviera, por su indus- 
trialismo, por el espíritu liberal de sus instituciones y 
por su genio fabril y marítimo, la Gran Bretaña destácase 
como una muy interesante y poderosa amiga de las re- 
públicas americanas. 

El ministro Roxas, que lo fuera de Dorrego, lo dijo, 
con todo acierto : “Desde que pensé en la política, siempre 
creí que la Inglaterra debía ser nuestra amiga y aliada 
natural, pues que la diferencia de productos así lo re- 
quería; y porque, chicos como somos, teníamos los ele- 
mentos necesarios para rejuvenecer esa vieja y grande 
nación, así como ella podía proveernos de los que nos 
faltan para presentarnos en el otro extremo del conti- 
nente americano, como un gigante que sale de la tierra 
ofreciendo hospitalidad y consuelo a la humanidad afli- 
gida”. 

Opinión de redoblada verdad, entonces ; porque, ahora, 
las corrientes de la actividad universal llenan el estuario, 
sin otra preferencia que la derivada de su propia enti- 
dad, mientras, en lo pasado, era grande la orfandad de 
recursos y faltaba sostén. 

EL ESTADO INTERMEDIO 

En otra de sus cartas, el señor Roxas refiere a una 
conversación con Ponsonby. “En esta complicación inex- 
tricable de conflictos, procuré tener una entrevista con 
lord Ponsonby, en casa de don Manuel García. De buenas 
a primeras, le dije: milord, la simpatía que se trasluce 
en usted a favor del Brasil en la reclamación injustifi- 
cable de las presas hechas, por nuestros corsarios, de bu- 
ques cargados de armas que tienen la corona y las ini- 
ciales del nombre del emperador dél Brasil, y, además, los 
papeles que acreditan su destino, prueba que el objeto 
principal de Inglaterra, en su mediación, es la indepen- 
dencia de la Banda Oriental para fraccionar las costas 
de la América del Sur”. 

Nótese el reproche de parcialidad al mediador, por 
suponerlo favorable al Imperio ; allá, el cargo se reprodu- 
cía, en sentido inverso. 


17 



258 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Prosigue : “Era un hombre que, aunque viejo, tenía 
pólvora en el cerebro. Sí, señor, me contestó con viveza. 
El gobierno inglés no ha traído a América a la familia 
real de Portugal para abandonarla. Y la Europa no con* 
sentirá jamás que sólo dos estados, el Brasil y la repú- 
blica Argentina, sean dueños exclusivos de las costas 
orientales de la América del Sur, desde más allá del 
ecuador basta el cabo de Hornos”. 

Aunque se trata de lejanos recuerdos, pues se les evoca 
en correspondencia privada con el general Rozas, en 1851, 
cabe atribuirles valor informativo, por la autoridad del 
declarante — personaje, en diversos sentidos — y, también, 
porque la respuesta que se pone en labios del mediador 
traduce el rasgo fundamental de la política que repre- 
senta, como que su aspiración, definida, es abrir al libre 
comercio las aguas platinas y las afluentes. 

Con exactitud se generaliza a toda Europa tal anhelo. 
Lo mismo que Inglaterra, quería Francia y querían las 
potencias menores : amplio acceso a los nuevos mercados. 
Pero lo que no destaca tanto es la rotunda decisión de 
impedir que sólo entre el Imperio y la Argentina se di- 
vidieran el dominio de las costas atlánticas. ¿En qué 
interés esencial les hería posibilidad semejante? No por 
eso había de disminuir su intercambio. Y, en cuanto a 
Inglaterra, basta tener presente las instrucciones de Pon- 
sonby para advertir que no pudo alentar aquel irrevo- 
cable y arbitrario criterio. Si el mediador traía el come- 
tido, notorio, de procurar la reintegración de la Banda 
Oriental a su antigua soberanía y si, luego, hasta sufrió 
agravio por aconsejar la aceptación de la convención 
García, que la devolvía al Brasil, ¿cómo creer que sus- 
tentara una opinión de tan inútil extremismo, reñido, 
por otra parte, con su elegancia espiritual e inalterable 
cordura? 

En ninguna de sus comunicaciones Canning deja adi- 
vinar propósito parecido y tampoco el mediador en sus 
respuestas e informes se expide con semejante imperio. 

Hay una nota suya, de Enero 18 de 1828, en que se 
extiende en comentarios sobre los inconvenientes que para 
el comercio — y en especial para el británico — pueden 
derivarse del dominio, por el Brasil, de la costa, entera, 



LA MISIÓN PONSONBY 


259 


desde el Amazonas al Plata. Ese enorme imperio marí- 
timo, en manos débiles para sostenerlo, ofrece, a su juicio, 
positivos riesgos, como que un propósito hostil estaría, en 
condiciones de pasarlo a poderes rivales. Refiere a fran- 
ceses y norteamericanos. La existencia de un estado in- 
termedio conjuraría semejante probabilidad. “La Gran 
Bretaña podrá, con facilidad y sin dar motivo justo de 
queja a otra nación cualquiera, contribuir mucho al pro- 
greso rápido de este estado, en cuyo establecimiento firme, 
yo creo, se halla la fuente segura de un interés y un poder 
para perpetuar una división geográfica de los estados, 
que beneficiaría a Inglaterra y al mundo ’ ’. 

Sin acento enfático, apunta, aquí, el pensamiento a que 
aludiera el ministro Roxas. 

La aspiración fundamental era abrir el estuario al co- 
mercio universal, en cuya estadística tan copioso renglón 
tocaba a Gran Bretaña. También contempla ese justo 
anhelo el “esbozo de un proyecto para formar un sistema 
de federación entre los estados litorales del Plata y del 
Paraná, para la seguridad de la libertad del comercio 
desde la boca del estuario hasta el Paraguay y la entrada 
del Bermejo en el Paraná; todo a culminarse con la ga- 
rantía de la Gran Bretaña como la piedra central y el 
conservador del sistema”. 

No necesitamos insistir sobre la categórica negativa de 
Londres a prestar fianzas de esa índole, lo que no era 
incompatible con el vivo y lógico interés de que fuera 
una realidad lo libre navegación fluvial. Tanto, o más, 
la anhelaban los núcleos poblados que en ella ponían 
la esperanza de su prosperidad. 

Cuestión vital, a la que en mucho se anuda el drama 
rioplatense. Bajo el clamor de la pasión política, ardía 
su brasa, como que llena medio siglo la atormentada pe- 
tición de derecho a salir con sus productos al estuario, 
o sea al mar, de paraguayos, entrerrianos, santafecinos 
y correntinos. La geografía los compensó de su condición 
mediterránea, mediante una privilegiada red hidrográ- 
fica, inutilizada, a los efectos del intercambio, por el 
prejuicio monopolista de Buenos Aires, hermético e irre- 
ductible ; se necesitó de la violencia y de mucha sangre 
para desmontarlo. Liberación que constituye uno de los 
mayores blasones de Urquiza. 



260 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Ya liemos referido a este interesante aspecto de la con- 
tienda regional, que, a sabiendas, suele dejarse de lado, 
coqio que su examen detenido lleva a conclusiones des- 
concertantes. , No es la menor, por cierto, comprobar que 
él provecho fiscal, a cuya voluntaria renuncia nunca se 
decidiera, condujo a la ciudad virreinal, foco mayor de 
civilización, a demorar, por egoísmo localista y aduanero, 
la evolución civilizada de las sociedades interiores. Im- 
penetrable se mantuvo a los argumentos de equidad eco- 
nómica. 

Cual si ya lo presumiera, escribe Ponsonby : ‘ ‘ Sin em- 
bargo, yo no creo que a Buenos Aires se pudiera confiar, 
con seguridad, el dominio del Río de la Plata. Creo que 
sucedería fácilmente que un partido dominante podría 
tener .intereses privados en emplear ese dominio para pro- 
pósitos franceses y norteamericanos, y aún podría seguir 
la política y unirse con el Brasil (como se ha sugerido), 
para satisfacer miras mezquinas y, con la posesión de la 
Banda Oriental, Buenos Aires podría hacer prosperar 
cualquier proyecto hostil que en Río se pudiera fraguar 
contra el comercio británico. Hay testimonios en la con- 
ducta del señr Rivadavia, . que demuestran su intención 
de establecer intereses franceses en este país”. 

Bien define el motivo de las largas desinteligencias 
exteriores e internas. A la vez, la ventaja, además de 
inglesa, de orden universal, derivada de la independencia 
uruguaya, que reparte la jurisdicción del Plata. 

Cavilación, aquélla, perfectamente fundada, que la in- 
mediata realidad .se encargaría de justificar. Piénsese 
que, ¿un en la actualidad, se escriben sendos libros para 
probar, echando mano de desesperadas argucias, que 
nuestra patria nació sin derechos ribereños ; y piénsese, 
también, que; cien años después, la cancillería británica 
agita la misma bandera de liberalismo político flameada 
en su representación por Ponsonby al proclamar, con 
pocas y jugosas palabras, que, para ella, rige en el estua- 
rio el criterio de las tres millas': el Plata pertenece al 
mundo. 

Sin entrar ¡al estudio de esta otra cuestión, que sobre 
el tapete está, nos limitamos a relacionarla con el proceso 
de nuestros orígenes y a observar que, bajo nuevos as- 



LA MISIÓN, PONSONBY 


261 


pectos, retoña, o se prolonga, el antiguo desarreglo de 
ideas. Antes, se discutió la libre navegación del estuario 
y sus grandes tributarios; al presente, contra todo de- 
recho y a trueque de hacer frente a la historia, a la doc- 
trina y al veredicto universal, se ensaya la reivindicación, 
como caudal propio, de las aguas del estuario ; por donde, 
el libre tránsito de las naciones sería favor acordado y 
más o menos precario y no el ejercicio del derecho ma- 
rítimo. 

Felizmente, el buen sentido no permitirá el auge de 
tan temeraria tesis ; pero, de cualquier modo, es motivo 
de singular complacencia constatar que, al cumplirse el 
centenario de nuestra constitución, el pensamiento uru- 
guayo, en cuanto a la amplia libertad del Río de la Plata, 
coincide, integralmente, con el pensamiento inglés: ¡en 
1830 como en 1930 ! 


HABLA EL MAPA 

Pero, en cuanto a los beligerantes, el problema del Plata 
se complicaba con el militar y el político, como que los 
choques armados eran causa de excitación belicosa, en 
virtud de no crear sucesos definitivos. 

De ahí el empeñoso afán británicoi de llegar a solución 
antes de que nuevas batallas enconaran más los ánimos 
y el , problema. 

Por otra parte, se procura eliminar todo debate alrede- 
dor del mejor título de los contendientes a la Banda Orien- 
tal. Ya lo dice Canning a Ponsonby en sus instrucciones, 
ampliadas, de Mayo 18 de 1826: “Con esos argumentos, 
confío que V. E. no encontrará difícil disuadir a los 
ministros brasileros de cualquier intento de convertir el 
litigio pendiente entre Brasil y Buenos Aires en una 
cuestión de derecho abstracto y da legitimidad”... 

Apartada esa inacabable pendencia dialéctica, queda 
desnuda la razón fundamental del desacuerdo: Montevi- 
deo y su territorio. De plano, la plantea Canning: “En 
cuanto a la otra objeción, más práctica, que presumo, de 
parte del gobierno de Río de Janeiro, sobre la entrega 
de Montevideo a Buenos Aires, no se le puede negar con- 
siderable fuerza”. 



262 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


¿ Por qué ? — Porque domina la entrada del gran río. 
Oigamos, otra vez, al canciller insigne : ‘ ‘ Arroje, cual- 
quier hombre., el más rápido vistazo sobre el mapa y verá 
que el comercio de todo' el antiguo virreinato de Buenos 
Aires y de todas las tierras vecinas, hasta las cordilleras, 
depende, completamente, para su salida al mar, de la 
libre navegación del Plata y que, cualquier poder adue- 
ñado de la Banda Oriental y de Montevideo, puede, 
cuando así lo quiera, cerrar o abrir a los otros el Río de 
la Plata. ¿Quién no está enterado de los antiguos estí- 
mulos que ahora incitan a las empresas comerciales, a 
través de todos los Estados Unidos de la Plata y las 
provincias del Alto Perú, etc., etc. ? Se ha abierto a esas 
poblaciones un nuevo mundo de aspiraciones, gustos y 
necesidades, cuya satisfacción depende del comercio del 
Plata. ¿Acaso, hombres nacidos recién al goce de upa 
nueva y mejor existencia, consentirán perderla, o sólo 
disfrutarla según el capricho de un rival ? ’ ’. 

Adivinamos la sorpresa del lector ante estos juicios 
emanados de un ilustre ausente, al que nunca supusiera 
aplicando su bella inteligencia, con tanta dedicación, al 
estudio de la controversia platina. 

Admira la exacta comprensión, por Canning revelada, 
de sus razones orgánicas. Evidentemente, en el río radi- 
caba, entonces, el nudo de la polémica, como radicó antes, 
como radicará siempre. 

De su lado, Inbambupe alega, con mucho brillo, las 
razones imperiales: “Es, también, con el mapa general 
de Sud América en la mano, que yo preguntaría, no sólo 
a un mediador bien intencionado, sino a todos los poderes 
imparciales del globo.: ¿a quién es más necesaria la po- 
sesión de la Provincia Cisplatina, al Brasil, llamado a 
ella por su configuración geográfica y por los límites del 
Paraguay y del Río de la Plata, o a las provincias que 
la naturaleza ha colocado más allá de esos ríos? ”. 

Conceptos hábiles, vertidos en su nota a Ponsonby, de 
Junio 10 de 1826, a los que sigue la ardiente lapidación 
del otro beligerante, en quien sólo descubre lacerías, bajo 
“la alegada necesidad de puertos y el furtivo temor de 
ser privados, en el futuro, de la libre navegación del Río 
de la Plata”. . . “ ¿No sería más obvio sugerir la idea 
de establecer alguna garantía que acallara sus temores 



IjA misión ponsonbt 


26 a 


imaginarios? Tal debiera haber sido, ciertamente, su con- 
ducta, si ellos hubieran procedido con la buena fe que 
tanto les falta”. 

Pasión incontenida, que se cierra a la cordura y que 
hierve en amenazas de castigo., si, no se acepta, como su- 
ficiente, “la libertad de los puertos de la Banda Oriental, 
que el gobierno de S. M. I. ha ofrecido”; y que se corona 
con ironía y jactancia que mejor fuera haber refrenado: 
“Veo, con dolor del corazón, que la titulada federación 
del Río de la Plata ha conseguido contagiar a V. E. los 
temores que se revelan a través del cordial interés que 
V. E. muestra por la suerte futura del Brasil. Desgra- 
ciadamente para Buenos Aires y sus aliados del Río de 
la Plata, el gobierno imperial no les ha concedido a esos 
amagos la importancia que, quizás, se les ha atribuido 
en otras partes”. 

La repercusión hablada del cisma tradicional. 

En resumen, unos y otros pretendían imperar en el 
estuario y a ambos les asistía razón ; pero, más razón que 
los dos juntos, tenía el dueño de la costa disputada: el 
pueblo oriental. 

Más que sobre el territorio situado a su espalda, por 
favorecido que fuera, la discusión gira alrededor de Mon- 
tevideo. Expresa don Valentín Gómez, al reivindicarlo, 
por nota fechada en Río el 15 de Setiembre de 1823, que 
las Provincias Unidas “ aventuraran, si es necesario, hasta 
su propia existencia por obtener la reincorporación de una 
plaza que es la llave del caudaloso río que baña sus costas, 
que abre los canales a su comercio y facilita la comuni- 
cación de una multitud de puntos de su dependencia”. 

Canning, rectamente, va al fondo de la cuestión y 
apunta la causa madre de la disidencia. La voluntad in- 
dependiente de los orientales complica, con su tercería, 
el litigio y, a la vez, le prepara solución. El problema se 
traslada al futuro, una vez que los beligerantes desisten 
de dominarnos, por indominables. Y el tiempo, sabia- 
mente, lo ha resuelto. Con nuestra emancipación, se ex- 
tingue — ya sin razón de ser — el pleito secular de las 
dos conquistas, como que brasileros y argentinos ya no 
discutirán con las armas un bien de otro, como lo hicie- 
ran, antes, españoles y portugueses por la Colonia y Mon- 
tevideo. 




264 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


La independencia uruguaya se erige cual marco de esa 
pacificación definitiva. 

La potencia mediadora no quiso garantirla, aunque 
tanto la apoyara en sus primeros ensayos. 

Tal intromisión no estaba dentro de sus normas. Quizás 
comprendió que le aparejaría complicaciones de toda na- 
turaleza; ademáis de calumniosa hostilidad. A este res- 
pecto, bastaría recordar cuanta palabra de injusticia debió 
sufrir Ponsonby, apesar de su elevado e insospechable 
desempeño. Como no amolda su conducta a determinada 
aspiración, todos se sienten más o menos defraudados y 
le obsequian con su f astidio. Escribíale el doctor Valentín 
Gómez al general Alvear, en Octubre 6 de 1826 : “ El lord 
Ponsonby nos ha salido por un registro que nos ha dejado 
fríos, ¿ Creerá usted que se haya atrevido a proponernos* 
el que ese territorio forme una república independiente 
y aun esto sin ninguna garantía de la Gran Bretaña? 
Entiendo que el señor presidente le ha resistido con ener- 
gía uña proposición tal, por lo que el Gran Lord se ha 
creído autorizado para desairarle, no admitiendo el con- 
vite a comer en el Fuerte con su señora, que se le hizo 
El tal proyecto, es funesto y es menester tener gran cui- 
dado de que no cunda en esa banda”. 

Frases que plasman el sentimiento de la hora y que 
corroboran lo tantas veces repetido ; o sea, que ni uno ni 
otro fronterizo quería nuestra independencia, ganada, a 
su despecho, por la viril constancia del pueblo oriental. 

Inaudita parece esa posibilidad al doctor Gómez, agra- 
vada por la negación de la fianza inglesa. 

Y bien: ningún elogio mayor que ese reproche, como 
que plenamente abona el desinterés de la mediación. 

Atribuir a egoísmo una conducta dictada por la mo- 
deración y por el sano propósito de no convertirse en 
parte en los asuntos americanos, importa confundir los 
términos y contestar con ingratitud al gran servicio re- 
cibido. ¿ Fué defecto no cobrarlo?. . . 

1812 - 1815 

Se olvida, por otra parte, que en Inglaterra tuvieron 
la más firme amiga las nuevas naciones. Tal así, al prin- 
cipio, por su antagonismo con España; a pesar de ser 



Ti A MISIÓN TONSONBY 


205 


monarquía, la impulsa, más adelante, junto con el apre- 
mio de su desarrollo industrial, la simpatía serena que en 
su pueblo provocan las democracias en ciernes. 

Londres fué hogar- y refugio de los libertadores ame- 
ricanos. Allí no sufren persecución y de allí arrancan 
sus empresas, vestidas de ensueño y tantas veces infor- 
tunadas ; sobre todo, las que tienen por escenario las cos- 
tas venezolanas. Mientras en Europa entera arde la reac- 
ción, más excitada por el reciente sobresalto, -en las islas 
en cuyo acantilado se rompió la ola napoleónica, sigue 
irradiando tranquila sus luces la innata libertad, que no 
es obra de reyes, ni de filósofos : que está en la sangre, al 
igual que en todos los % países norteños. 

La influencia de la diplomacia británica es decisiva en 
los destinos del Nuevo Mundo. En nada se asocia a la 
guerrera amenaza ; pero, posee tanto peso y autoridad 
moral, que resuelve. Ejemplo, bien ilustrativo, la me- 
diación encarnada en Ponsonby y la gravitación de los 
sucesos que determina. 

La probanza se multiplica, si se evocan las negociacio- 
nes ligadas a la representación inglesa en Río de Janeiro. 
Los ministros Strangford y Stuart desarrollan acción, 
más que protagonista, preponderante: de su palabra es- 
tán todos pendientes y, a menudo, ella desata graves si- 
tuaciones. Señalemos, desde luego, el activo influjo del 
primero para detener, en 1812, el arrollador avance del 
ejército portugués hacia el Plata ; su gestión consigue el 
armisticio Rademaker, que Pereira Pinto califica de 
“triumphos da influencia ingleza”. Agrega: “O interesse 
commercial britannico affagava carinhosamcnte o bem 
éxito da revolucáo das Provincias do Rio da Prata; era 
um novo e lucrativo mercado aborto as suas vastas espe- 
cula^oes, e portanto eonyinha conseguir a neutralidade 
do Brasil para que aquella revolugao nao pudesse ser 
suf focada ; e para semelhante resultado concorrería sem 
duvida aquelle armisticio, porque despontava o preludio 
da rendi§áo de Montevideo aos patriotas”. 

Comentario unilateral, y por demás excesivo, por 
cuanto ningún perjuicio habría inferido al comercio in- 
glés la dominación portuguesa en la Banda Oriental. En 
efecto, dos años atrás, en Febrero 19 de 1810, lord Strang- 
ford y el conde de Linares habían suscrito, en Río, un 


266 


LUIS ALBERTO DE TTF.RRVR 4 


tratado que disponía: “Haverá reciproca liberdade de 
commercio e navegagáo entre os respectivos vassallos das 
duas altas partes contratantes em todos, e em cada hum 
dos territorios e dominios de qualquer d 'ellas. Elles po- 
deráo negociar, viajar, residir, ou estabelecer-se em todos 
e cada hum dos portos, cidades, villas”. . . Siguen veinte 
y tres artículos. 

En blanco queda el apurado aserto. Es cierto que el 
propio Pereira Pinto critica, en el tratado de amistad y 
alianza, sellado por los mismos, en fecha idéntica, la cláu- 
sula que estipula la extinción de la esclavitud: “Pelo 
art. 10 deste ultimo tratado obrigou-se o principe regente 
a abolir gradualmente o trafico de escravos, limitando esse 
commercio aos dominios africanos da coróa de Portugal. 
Este pensamento, alias generoso' e philantropico., porém 
nao convenientemente sasonado e concluido, alem disso, 
sob a pressáo de circunstancias todas desfavoraveis ao 
reino de Portugal, marcou, com era de prever, a data de 
futuras contestacóes e immediatamente trouxe graves pe- 
rigos ao commercio portuguez. Na verdade, aquella im- 
política concessao affigurou^se desde logo a Inglaterra 
como dando-lhe asada opportunidade de extinguir a es- 
cravatura ñas térras do Brasil”... 

Sigamos adelante. 

En cuanto a sir Charles Stuart, digna de recordarse y 
de agradecerse era su mediación ante don Juan VI, en 
nombre del gobierno británico, coronada, felizmente, por 
el reconocimiento de la independencia brasilera. 

Lord Strangford poseía excepcional ascendiente en la 
corte del citado monarca. Acreditado en Lisboa, desde 
1806, lo acompaña a Río de Janeiro, donde permanece 
por años. En todo está ; cuida y vigila junto a la debili- 
tada cancillería lusitana, que nada hace sin mirar a Lon- 
dres, de donde esperaba todos los auxilios, materializados 
en el socorro militar de Wellington, allá, y en el amparo 
de una poderosa diplomacia, aquí y allá. Según Oliveira 
Lima, “o principe regente, no seu desejo de mostrar entáo 
acceder sempre aos conselhos britannicos, prometiera a 
lord Strangford, nao mais intrometter-se nos negocios do 
Rio da Prata ”... 

Al comentar el tratado de 1810, Pereira Pinto mani- 
fiesta que “difficil era, nessa conjunctura, ultimar urna 



JjA misión ponsonbt 


267 


convengáo internacional, na qual nao ficassem impressos 
os tragos da physionomia ingleza, attentos os servigos 
que a Grá Bretanha acabava de prestar ao senhor dom 
Joáo VI na sua violenta partida para a América e com os 
contingentes militares que enviara a Portugal para re- 
chagar a invasáo franceza”. . . 

Y no se sospechará de propicia al británico la opinión 
de quien con prevención, visible, lo encara. 

En el encabezamiento del referido tratado, se alude a 
la armonía y amistad de ambas coronas, ‘ ‘ que entre ellas 
subsiste ha quatro se culos ” ; a “os importantes e felizes 
effeitos que a sua mutua allianga tem produzido na pre- 
sente crise” y al reconocimiento de su casa real, que 
“tem constantemente recetado de S. M. B. o mais gene- 
roso e desinteresado socorro e ajuda, tanto em Portugal 
como nos seus outros dominios”. 

Es conveniente recoger esas expresiones, así, en su le- 
tra, por todo lo que exactamente ellas sugieren. 

Pero en Río de Janeiro también buscan el calor de la 
misión inglesa les hombres de Buenos Aires, adeudándole, 
pronto, relevantes servicios. No cuenta entre los menores 
el retroceso de la primera invasión portuguesa, atizada 
en 1811 , por ellos mismos, contra Artigas y cuya expan- 
sión concluye por alarmar. Algunos escritores aseveran 
que la diplomacia inglesa impuso el armisticio a la corte 
de Río; lo indudable, a pesar de que su nombre no 
aparece en la convención firmada, es que ella lo deter- 
mina. “Ajustado por instancias do representante da Grá 
Bretanha”, observa Campos, mientras Pe reira Pinto de- 
clara que “ a chave mestra para a explicagao desse in- 
explicavel aconteeimento, pode ser procurada na inter- 
vengáo, para se o concluir, da Grá Bretanha, intervengáo 
que se tem feito sentir em todas as questóes outr’ora de 
Portugal, e posteriormente do Brasil com o Estado Orien- 
tal do Rio da Prata, de urna forma sempre esquerda aos 
interesses do Imperio”. 

Sin entrar al estudio del suceso, procede reconocer su 
considerable volumen. 

Nacido, por lo menos, bajo la inspiración británica, fué 
el armisticio servicio eminente prestado a la causa de las 
Provincias Unidas, en circunstancias para ella muy crí- 




2G8 


LUIS ALBERTO LE ' HERR E RA 


ticas; batida en el Paraguay y en el Alto Perú, con Mon- 
tevideo aún en manos ibéricas. 

Motivo para el comentario áspero asiste a los historia- 
dores brasileros, como que entonces se malogró la primera 
tentativa de apoder amiento de nuestro territorio; la pri- 
mera, durante el ciclo revolucionario, porque incesante 
había sido en el período colonial el avance hacia el Sur. 

Aunque las armas, por pesadas que sean, no quiebran 
la cerviz de los pueblos apasionados por su autonomía, 
cual el nuestro, es indudable que desde 1812 pudo el 
invasor apoderarse de esta banda, anticipando., con menos 
dificultades, la campaña de 1816. Se lo impidió lord 
Strangford, a nombre de su cancillería, para la cual era 
el lusitano antiguo pupilo. 

En carta de Rivadavia, desde Río, al ministro Herrera, 
de Febrero 8 de 1815, le dice: “El lord Strangford, 
cuando le sorprendimos del modo que le comuniqué en 
mi última del 8 del corriente, nos aseguró que le tenía 
intimado expresamente de su corte, a ésta, que de ningún 
modo le permitiría ingerirse en los negocios políticos del 
Río de la Plata, ni menos atentar a su territorio. Y que, 
en suma, se le obligaría a este príncipe a cruzarse de brazos 
respecto de nuestros asuntos. Que esa era la voluntad y 
el interés de la Inglaterra. Eso, ya ve usted que es digno 
de notarse”; así subrayado. 

¡ Vaya si lo era ! Como que el alto y vuelta caras or- 
denado a don Diego de Souza, en pleno éxito y sin ene- 
migo capaz de resistirle al frente, evoca y es como la re- 
vancha histórica de aquel otro, impuesto a don Pedro de 
Ceballos, en 1777, cuando su avance victorioso sobre Santa 
Tecla, por similares manejos diplomáticos. Refiere el 
conde de San Leopoldo que don Juan VI declaraba dos 
grandes pesares, entre sus recuerdos de la estada en Río 
de Janeiro, siendo, uno, “este desairoso armisticio”. 

Prosigue Rivadavia: “Pero aun cuando esto fallase, 
por poco que se conozca la política inglesa, se deberá per- 
suadir que, teniendo fuerzas como las que posee con su- 
perioridad, no ha de permitir que sus amigos se engran- 
dezcan a costa de un amiguito que ellos van teniendo por 
su hechura, pues lo que decididamente apetecen esos se- 
ñores es tener muchos amigos pequeños”. 

Definición gráfica de una verdad. La cancillería bri- 



LA MISIÓN PONSONBY 269 


tánica sirvió, en forma excepcional, a las nuevas nacio- 
nalidades. A nadie adeudan tanto y tan positivo auxilio 
ia brasilera y las platinas ; pero lo indudable es que ella 
no quiso el dominio exclusivo y absorbente de ninguna. 
Quizás comprendió, antes que las propias partes, la ne- 
cesidad de zanjar su tradicional diferencia, cabiendo, muy 
holgadas, dentro de su inmenso escenario. El mucho es- 
pacio se encargaría de extinguir el prejuicio racial, cuyo 
eco acabaría por perderse en la soledad ilimitada. 

Actitudes de equidad, que son como el bosquejo de la 
que luego se afirma con el reconocimiento de nuestra in- 
dependencia. 


INGLATERRA Y ESPAÑA 

Cuando se frena la invasión de 1812, es para mantener 
el equilibrio de fuerzas: a fin de evitar, sobre todo, el 
aplastamiento del poder español en nuestra ribera y el de 
la revolución en ambas. 

No se obedece al afecto, que poco asoma en las gestiones 
de esta índole, sino a la derivación natural de los acon- 
tecimientos. A fondo analizada, la política inglesa, res- 
pecto a los sudamericanos, sigue una orientación persis- 
tente a través del tiempo. Ella consiste en no precipitar 
la declinación del dominio español y, mucho más, en im- 
pedir que otras naciones europeas ensayen la conquista 
en tierras de América. Dejar a sus hijos que libren la 
batalla por su emancipación ; ya al fin de la gran jornada, 
la doctrina de Monroe recogería este pensamiento inicial, 
aunque los norteamericanos no siempre lo reconozcan. Por 
lo demás, en lo íntimo, se descuenta y se desea el triunfo 
de los criollos, y, cuando algún peligro real dibuja su 
amenaza, la diplomacia inglesa concurre a conjurarlo. 
A ella se vuelven, angustiados, los patriotas. 

Tal el caso, a raíz de los desastres de Vilcapugio y 
Ayouma, cuando Sarratea, según lo escribiera el director 
Alvear, va a Río “a buscar la protección de una gran 
potencia (Inglaterra) y penetrar si estaba en sus prin- 
cipios políticos unirse a la España contra los intereses 
del Río de la Plata”. Tal el caso, frente al amago de la 
poderosa expedición Murillo, cuando Rivadavia y Bel- 
grano, en viaje a Europa, se detienen en Río, expresa- 



270 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


mente para obtener el apoyo de Strangford. Por lo de- 
más, su cometido, lo precisó el ministro Herrera : “Es tan 
necesario que se interponga la garantía de la Gran Bre- 
taña, pues sin ella no cree S. E. seguros los resultados de 
su comisión, ni las personas de VV. SS. En su conse- 
cuencia, deben dirigirse a Londres en su primera oportu- 
nidad”. 

Fresca la huella de estos gestores, los sigue don Manuel 
José García con el encargo, urgentísimo, de pedir el pro- 
tectorado inglés» 

Tanto prepondera en Río la influencia británica, que 
don Juan VI no adopta actitudes externas sin consultarla 
y contemplarla. 

Escríbele Rivadavia al ministro Herrera: “Nos consta 
que a él le está absolutamente 'prohibido por el gabinete 
inglés el ingerirse de modo alguno en los negocios del Río 
de la Plata, ni atentar a su' territorio; en cuya virtud, en 
nada más pudo ofendemos que en no querernos admitir 
a su presencia, sin dignarse dar el menor pretexto o dis- 
culpa”. 

Subordinación notoria., que no exige mayor demostra- 
ción, ‘ ‘ fazendo Portugal gala de seguir urna política irma 
da Grá Bretanha”, según Oliveira Lima, quien agrega, 
en cuanto a los sucesos del Plata, que “o principe regente 
declarava observar «urna prudente neutralidade», que o 
gabinete britannico lhe propuzera seguir”. 

Lo que no debe sorprender. Unos y otros, obedecen al 
imperio de las circunstancias. Inglaterra está al frente 
de las coaliciones contra el absolutismo napoleónico, que 
arrolla soberanías. Los vencidos, se acogen al único poder 
en pie, dueño de los mares y de su propio destino. Bajo 
este concepto, idéntico cuadro repite la reciente confla- 
gración europea. Las infanterías inglesas defendían el 
suelo portugués, abandonado por su rey ; las naves ingle- 
sas defendían las costas brasileras: ¿es necesario, pues, 
preguntar quién mandaba? 

No se impute a blandura de don Juan VI una situación 
hija de la rudeza de acontecimientos extraordinarios. Por 
haberlos provocado con su irrupción militar, Napoleón, 
con ser una encarnación despótica, fué, sin imaginarlo, 
autor principal de las independencias americanas. 

Lógico el viaje a Londres, capital de la resistencia ar- 



LA MISIÓN TONSONBY 


271 


mada y diplomática, de los comisionados Rivadavia y 
Belgrano; y, también, su primera apelación ante lord 
Strangford, que tan alta consideración disfruta, al ex- 
tremo de haber paralizado a don Diego de Souza, en la 
invasión concebida por el conde de Linares para dar “os 
golpes mais decisivos” a los insurgentes “desta banda do 
Uruguay”. 

Los misioneros no encuentran en aquél el apoyo que 
desean y que total quieren. Sin embargo, cuando llega 
a Río el anuncio del inminente arribo de Murillo y de su 
mucha gente de guerra, Rivadavia declara que “el que 
más altamente saltó fué el lord Strangford, y partió en 
el momento para Santa Cruz, llevando de refuerzo al al- 
mirante Berresford”. . . “y que de un día para otro ha 
aparecido el pabellón del almirante Berresford en todos 
los buques de guerra ingleses”. . . 

En anterior conferencia, habían sostenido este diálogo : 
“ — Milord, le dije: ¿Nada me dice usted de la expedición 
de Cádiz? A esto, me contestó: — Que ella no saldría 
mientras el rey don Sebastián no viniese de Africa a 
mandarla”. 

Y así fué, como que nunca vino. Lo' evidente es que 
Inglaterra a ella se oponía. Eh el caso, lo corrobora Ri- 
vadavia: “De todo lo dicho, debemos concluir que los 
portugueses no darán auxilio directo a los españoles. Ad- 
vierto a usted que hemos preguntado esto mismo, de un 
modo especial, al lord Strangford y él nos ha dicho que 
así se lo han asegurado y que él tratará de hacerlo cum- 
plir”. 

Es indispensable relacionar estas alternativas con las 
fechas en que ellas se producen y con la política europea, 
cuya simple repercusión traducen. 

Nada más ilustrativo, en tal sentido, que el cambio de 
la actitud británica frente a España, en 1808, consecuen- 
cia inmediata del cambio de la actitud de España respecto 
a Napoleón. Aliada de éste, fuera, por tanto, enemiga de 
aquélla; divorciada de él, por el levantamiento heroico 
del pueblo ibérico, se opera una transformación automá- 
tica y radical de conducta y, entonces, la escuadra de 
Sidney Smith, que traía el ataque al Río de la Plata, 
queda en el Janeiro, cual su defensora. 

Dentro de la misma orientación de 1808, como que la 



272 LUIS ALBERTO BE HERRERA 

alianza contra «1 corso opresor sigue en. pie, se. mantiene 
Inglaterra en 1812 ; y, por eso, apesar de su manifiesta 
simpatía por la emancipación sudamericana, concurre, 
con tanta eficacia al armisticio, que detiene al invasor 
portugués, que avanza, a título de auxiliar a Elío, refu- 
giado con el espectro de su autoridad en Montevideo. 
Cooperación más nominal que real y que alarma, en la 
persona del marqués de Casa Irujo, al propio favore- 
cido. . . Mayor sobresalto produce el socorro del aliado 
que la insurrección local. 

Volvamos a Rivadavia y Belgrano, sin olvidar que ya 
se asiste al alumbramiento de nuevos días. Es en Í815 ; 
después del terremoto, que abraza un cuarto de siglo, a 
cauce vuelven los pueblos del viejo mundo. 

Los comisionados, absorbidos, como fuera natural, por 
su asunto, insisten ante Strangford. Oigamos a Rivada- 
via: “Pero vamos al punto que nos debe ocupar, contra- 
yéndonos al recurso único que se presenta a ese país y 
al peligro que puede tener : esto es, lo que puede temer, 
o esperar, de Inglaterra. Que esta nación auxilie a los 
españoles contra esas provincias, es contra toda la opi- 
nión general, contra sus propios intereses, bajo cualquier 
aspecto que se miren, contra la opinión de la misma na- 
ción y es contra la conservación de su poder marítimo, 
pues ellos saben bien que, en el plan general de ataque 
que todas las naciones le preparan a su poder exclusivo 
marítimo, entra, como parte principal, cortar su comercio 
y navegación en todos los continentes de América ’ \ 

Juicios llenos de acierto que, por haber brotado al mar- 
gen de los sucesos, reflejan su exacto colorido. 

Efectivamente, Gran Bretaña no podía colaborar en el 
aplastamiento de las nuevas naciones. Su impulso civili- 
zador y su interés económico y moral, se lo impidieran ; 
y también su pueblo, si lo hubiera intentado, porque la 
opinión pública, que en aquella tierra no era ya entonces 
una mera definición, estaba bien pronunciada en favor 
de los rebeldes del otro hemisferio. Obedecen a esa cre- 
ciente presión los cancilleres y, acatándola, se distancian 
del absolutismo político, ya sea el encarnado en los po- 
deres autoeráticos que deliberan en Viena, o en Fer- 
nando VII,, su fiel hechura, cuya reposición en el trono, 
impuesta por la restauración francesa, provoca vehemen- 



I, A MISIÓN PONSONBY 273 ‘ 


tes reproches, al punto de , .exigirse que la diplomacia 
británica no la consienta. .1 

Así acentúa Rivadavia su opinión: “Con que podemos 
asentar con la verosimilitud que cabe en estas materias: 
que la Inglaterra no auxiliará a la España contra esos 
pueblos. El que nos auxilie a nosotros es lo más difícil 
de decir. El juicio que he podido formar de los datos 
adquiridos, es que, aquí, ningún auxilio se consigue de 
los ingleses, porque Strangford, aunque se pueda asegu- 
rar que está decidido a nuestro favor y cree imposible la 
conciliación con los españoles, no sólo tiene un medio le- 
gítimo de evadirse, sino que realmente está sin facultades, 
porque, para tenerlas, era preciso que el ministerio actual 
inglés variase sus principios y consiguientemente su con- 
ducta”. 

Síntesis sagaz, redoblada en méritos por la confirma- 
ción completa que le acoplan los hechos. La simpatía 
inglesa acompaña a los libres. Si lo olvidara, también su 
interés económico y social empujaría en ese sentido, como 
era el caso de las potencias rivales: todos se sabían más 
0 menos beneficiados por la liquidación del poder colonial 
de España, que era inevitable. 

Inglaterra no sintió la tentación de aprovechar la su- 
gestiva oportunidad; o supo sofocarla, aun cuando por 
su protectorado se insistiera. 

Estaba en su apogeo; era incontrastable en las aguas; 
su palabra decidía destinos. Sin embargo,, no la pronun- 
cia para abatir a su aliada de la víspera, al fin y al cabo, 
su antagonista de siglos. 

LAS COLONIAS AMERICANAS 

Bastárale prestar oídas a las voces de auxilio que se 
repiten: dejar hacer. No sólo parten del Plata,, antes y 
después de 1815. Aun con lás clarinadas de Ayacucho 
se confunden sus ecos, prestigiados por Bolívar, el ge- 
nio de la libertad americana. Apasionado por ella, duda 
de nuestra aptitud para realizarla en el orden interno, 
luego de afianzada en el externo: “Entre todos los 
países, los de la América del Sur son quizá los menos 
preparados para los gobiernos republicanos. ¿De quiénes 
está formada su población, sino de indios y de negros, 


18 



274 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


que son todavía más ignorantes que la raza vil de loa 
españoles de la cual acabamos de emanciparnos? Un pala 
representado y gobernado por tal gente, debe ir a la 
ruina ’ \ 

Conceptos casi trágicos, vertidos a raíz de la heca- 
tombe, cuando la anarquía asoma, con referencia especial 
a la zona norte del continente, cuya población ofrecía 
diverso aspecto a las del Sur, aunque idéntica fuera la 
incapacidad institucional de unos y otros. 

Amargos son los dichos del libertador, porque hay mu- 
cha amargura en su pecho. Viene de cumplir las más 
estupendas hazañas; nadie le iguala en la inmensidad 
de su gloria, que pide y tiene un mundo por pedestal. 
Pero el vencedor en tantas épicas jornadas, físicas y 
morales, se siente vencido por las fuerzas oscuras que, 
apenas nacida, conspiran contra la estabilidad de la 
magna obra: que lo rodean, que ya se juramentan, lo 
combaten y derrotan. 

Todo lo pudo contra el extranjero; nada puede contra 
el ambiente. Es un desengañado ; no cree posible edificar 
naciones con tan deficiente material humano. A la par 
de San Martín, y flanqueado por la misma iniquidad, 
piensa que sólo una tutela, fuerte y sabia, salvará a los 
pueblos en formación, que ya se despeñan en la guerra 
civil inacabable. 

Entonces la política británica pone su principal preocu- 
pación en evitar el peligro mayor que para ella puede 
derivarse de la gran caída, en provecho de sus antago- 
nistas. Del mismo modo que sus armas le aportan socorro 
a nuestra metrópoli, en el propio solar, su diplomacia 
defiende sus colonias, pactando, en 1809, la garantía de 
la integridad de la monarquía, comprendidos sus terri- 
torios, por entero. 

Y, como lo estipula, lo cumple. Én adelante, no cru- 
zarán las armas; lo que no priva la continuada discre- 
pancia de sus métodos y de tan diversas políticas. 

Inglaterra sostiene a España; pero sin ocultar la sim- 
patía que alienta por las sociedades rebeldes, bien rati- 
ficada por crecientes motivos económicos. No cabe, ni se 
intenta, disimulo en la materia. Por su propia estructura, 
el pueblo inglés marcha al frente del liberalismo europeo, 
entendido en el sentido orgánico que regla su evolución 



IjA misión ponsonby 


275 


institucional. Por eso, apenas roto el napoleonismo, opera 
su desenganche de la Santa Alianza — aun contra su rey — 
que encarna la resurrección del absolutismo ; por eso, en- 
tre Fernando VII y las patrias occidentales, está más cerca 
de éstas. 

Nada parecido a maquiavelismo hay en la gestión de la 
cancillería inglesa, que traduce, en el caso, la voluntad 
manifiesta de la opinión nacional. Gobierno representa- 
tivo el suyo, debía cuenta al parlamento, que exigía acti- 
tudes cada vez más definidas. La presión pública au- 
menta. Canning siente su hervor y también que la hora 
de las solemnes resoluciones se aproxima. 

La metrópoli rechaza el ofrecimiento, leal, de la me- 
diación británica para llegar a una solución de armonía 
con sus colonias, que ya han dejado de serlo. 

El embajador en Madrid, en Diciembre 31 de 1824, 
recibe encargo de repetir la. exhortación amistosa : “Las 
declaraciones del gobierno de S. M. a su parlamento, a 
sus aliados y a España misma, no han dejado duda res- 
pecto a sus intenciones sobre el tema de esta comunica- 
ción, cuando llegara el plazo de ponerlas en efecto”. 

No se trata de paso previo a ninguna acción belicosa; 
simplemente del reconocimiento de las repúblicas ameri- 
canas, con su emancipación declarada y conseguida de 
años atrás. 

Bien lo precisa Canning: “El gobierno británico ha 
declarado continuamente que, una vez llegada la época 
en que debiera darse este nuevo paso, el gobierno de S. M. 
se guiaría, primero, por las informaciones que pudiera 
recibir acerca del 'estado de cosas en las varias provincias 
americanas y, segundo, por las consideraciones acerca de 
los intereses esenciales de los súbditos de S. M. y por las 
relaciones del viejo mundo con el nuevo”. 

Irresistible impulso de las corrientes universales, que 
barre con los hombres y con su insensata veleidad, cuando 
intentan detener su torrente. Se impone destacarlo, como 
réplica al comentario estrecho, que se afana en desmedrar 
la colaboración extraña y, en primera línea, la británica, 
porque la presión industrial concurre a imprimirle mo- 
vimiento. 

Frente al trascendental suceso y a sus incalculables 
consecuencias humanas, relegadas a plano muy secunda- 



276 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

rio quedan observacibñes que no tocan el fondo del asunto! 

Ejemplo gráfico de tan apasionado desvío lo ofrece Pe- 
reira Pinto al juzgar la descollante acción desplegada por 
el gobierno, inglés para extinguir el comercio de esclavos ; 
motivo de cláusula especial en sus tratados, a partir de 
principios del siglo pasado. 

Véase hasta qué extremos violenta el raciocinio : 
“Quando meditamos na tenaz insistencia con que a Grá- 
Bretanhá tentava, depois de 1808, coinpellir a todos os 
paizes do mundo a abolir a escravidáo, assalta-nos ao es- 
pirito o desejo de inquirir se a essa infatigavel pertinacia 
poder-se-hia assignalar urna causa extreme de interesses 
internos, ou se ella tinha a sua origem só mente no desejo 
philantropico de acabar com o hediondo commercio de 
carne humana”. 

Apena semejante ofuscación crítica, desde que no puede 
admitirse que el ardiente escritor no tuviera noticia de 
la heroica lucha sostenida en el parlamento, hasta triun- 
far, por la abolición del tráfico negrero. Desesperada 
resistencia oponen las propias colonias, encabezadas por 
Jamaica; se alega el daño enorme que ellas sufrirán en 
su agricultura, así como la ruina naviera ; con el prestigio 
de la realeza, tan fascinadora entonces, el duque de Cla- 
rence toma la defensa de la tesis dolorosa. 

Nada importa; el pueblo inglés, concluye por imponer 
el fuero de la justicia. El nombre del juez Mansfield, 
que, en 1772, declara que “the claim of slavery can never 
be supported”, o sea que no se puede trabar litigio por 
la propiedad de un esclavo, marea el arranque de una 
revolución, que se prolonga por cuarenta años y tiene 
su héroe en Wilberforce, una de las más limpias glorias 
civiles de la humanidad. 

Después de cien combates verbales y de repetidas de- 
rrotas parlamentarias, triunfa plenamente el dogma 
santo, por ley de 25 de Marzo de 1807, fecha culminante 
para el derecho y la misericordia. Piénsese que más de 
medio siglo debió correr antes que Estados Unidos si- 
guiera la luminosa huella de liberación. 

Pero Pereira Pinto prefiere prescindir de tan formi- 
dables memorias y encuentra más sencillo preguntarse si, 
acaso, el interés' doméstico no fué la razón motriz de la 
esclarecida jornada. Pasa al lado de Wilberforce y de 



LA MISIÓN PONSONBY 277 


su apostolado y no lo ve, o no lo siente, o se vuelve para 
no advertirlo! 

En plano menor y en otras incidencias relacionadas 
con actividades de la diplomacia británica, en los incier- 
tos días de la revolución americana, se suelen reproducir 
juicios de parcialidad similar. El mismo celo que se pone 
en callar los bienes recibidos, o en disminuir su volumen, 
se aplica, en sentido inverso, a la presunción maliciosa: 
tal o cual actitud respondió al crudo interés, o le es 
atribuible. 

La misión pacificadora de lord Ponsonby, tan brillante 
y fecunda eomo fué, no se libra, a pesar de la altura 
moral en que siempre se mantuvo, de la insinuación tor- 
tuosa, que se pierde, es cierto, en el murmullo., 

Con la certidumbre de decir una gran verdad, puede, 
sin embargo, afirmarse que la mediación británica, cul- 
minada por la paz de 1828, señala el principio de una 
nueva época, pródiga en bienes, en esta parte del mundo. 



278 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


IX 

LOS PAPELES GORDON 

En capítulos anteriores, aludimos a la correspondencia 
oficial del ministro- Gordon y a lo sensible que era no 
conocerla. Felizmente, en tiempo todavía para utilizarlas, 
hemos recibido, gentilmente, remitidas desde Londres, nu 
morosas notas de aquel diplomático. Con mucha curiosi- 
dad, casi ansiosos, abordamos su lectura, pues ella podía 
enteramos de aspectos ignorados y contradictorios, qui- 
zás, con lo ya escrito e impreso. Pero este nuevo testimo- 
nio ninguna enmienda sensible introduce al criterio sen’ 
tado, siendo, más que confirmatorio, ampliatorio de la 
impresión recogida a través de los papeles de lord Pon- 
sonby. 

Ambos plenipotenciarios conciertan su acción pacifica- 
dora y hasta el fin y el éxito la llevan. Marcada eficacia 
tuvo la gestión, también larga y tenaz, del ministro Gor- 
don .ante el gobierno imperial. Reproduce en Río de Ja- 
neiro, con personalidad propia, la tarea moderadora de- 
sarrollada por su colega en Buenos Aires. Sus oficios, 
arrojan nueva luz sobre el conjunto de la negociación. 
Por tanto, de su examen, rápido,, no debemos prescindir, 
aunque se dilaten estas páginas y sufra alteración su plan. 

Los escritos de Gordon acrecen el conocimiento de la 
misión García. Al igual de Ponsomby, aquél consideró 
beneficiosa para las Provincias Unidas la convención sus- 
crita. Es cierto que entiende que le faltó decisión a su 
apoderado. Se lo expresa a Dudley, en su nota de Enero 
7 de 1828: “Si M. García, en el mes de Junio, hubiera 
cumplido las instrucciones de su gobierno (y desplegando 
más energía posiblemente lo hubiera hecho así) : , la inde- 
pendencia de la Banda Oriental hubiera sido acordada 
en una convención preliminar, pero no se hubiera consu- 



LA MISIÓN PONSONBY 


279 


mado sino después de la conclusión del tratado defini- 
tivo ’ \ 

En Abril 24 de 1827, Gordo n explica, en nota a Can- 
ning, los orígenes de la misión García. Tiene confianza 
en el resultado, siempre que se mejoren los términos por 
Buenos Aires y que se mande un representante a Río de 
Janeiro. Así se lo escribe a Pomsonby. Léase : “He urgido 
a S. E. que incline al presidente a hacer ciertas conce- 
siones que, por lo menos, nos darían una probabilidad de 
alcanzar el término de la guerra, sin perder de vista el 
objeto principal del gobierno de Buenos Aires, que he 
considerado debe ser asegurar la independencia de la 
Banda Oriental. Mas aún : he creído de mi deber apurar 
a S. E. para inducir a ese gobierno a mandar su repre- 
sentante a Río de Janeiro, para concluir un tratado de 
paz, convencido de que el efecto moral de su arribo aquí 
haría difícil al emperador rehusarse a escuchar justas y 
honradas propuestas, desde que umversalmente se clama 
por la paz en el Brasil, no sólo por el pueblo, sino 1 por 
todos los miembros de la administración”. 

Pero, a la vez, manifiesta que ‘ ‘ las esperanzas, que pa- 
recen ser tan grandes en Buenos Aires, de obEgar a ceder 
al emperador por medio de victorias navales y terrestres, 
no tienen fundamento exacto”. 

En nota a Ponsonby, de la misma fecha, reitera esos 
asertos. Mucho se desea la paz, .aunque, por encima de 
esa aspiración, flota el anhelo de conseguirla sin desme- 
dro. “No hace al fondo de la cuestión, si el general Al- 
vear vence al general Barbacena o si Brovvn despeja, o no, 
el Río de la Plata. Estos éxitos sólo pueden traer alivio 
pasajero; los recursos de este Imperio son inmensos y 
creyendo, como creo, que Brown, grande como es, no 
puede con su goleta aniquilar a la escuadra brasilera, 
tendrá usted el bloqueo restablecido' con creciente vigor. 
Con los mismos buques y medios que hoy posee el empe- 
rador, si dirigidos por un sistema bien organizado, estaría 
en su mano hundir a Brown y su pequeña embarcación 
y echar al fondo del río a la misma ciudad de Buenos 
Aires”. 

Abrimos espacio a estas transcripciones, que informan 
mejor que todos los comentarios actuales, paira abonar la 
amplitud de nuestra investigación, dirigida a desentrañar 




280 LUIS ALBERTO BE HERRERA 

la verdad que el tiempo sepultó. A ella nos aproximare- 
mos espigando en los documentos, que son fuente la más 
calificada. 

Nuestra noticia del ambiente brasilero de la época’ es 
deficiente y de ahí que sea común el error que supone al 
imperial vencido, en mérito al acumulado contraste de 
sus armas; la realidad es que no hirieron en sus centros 
vitales al contrario. No penetran más allá de la periferia, 
a pesar de su mucha gloria. Quizás todavía no poseemos 
en el Plata la sensación fiel de lo que por entonces era. y 
representaba el Brasil 1 , sin disputa, ya entonces la primera 
nación del continente y dueña de firme tradición, cuando 
las demás ensayaban sus primeros pasos. La palabra im- 
parcial de Gordon resuena; pues, oportuna. En Mayo 10 
de 1827, le dice a Canning; “Tengo gran satisfacción en 
comunicar a V. E. la llegada aquí de don Manuel J. Gar- 
cía, de Buenos Aires ”... “ Tampoco puedo ocultar a 
Y. E. que su probabilidad de buen éxito ha sido dismi- 
nuida por los recientes sucesos del Río de la Plata y de 
las provincias del Sur. Es cierto que, más de una vez, 
he declarado ser mi opinión que la independencia de la 
Banda Oriental podría posiblemente admitirse aquí, como 
base de un tratado de pacificación, y, en consecuencia, me 
regocija la llegada de don Manuel García, que robustece 
mi esperanza en esa. concesión ; no obstante, temo que sea 
más difícil obtenerla del emperador en derrota que vic- 
torioso”; aunque considera que la propuesta adelantada 
por el marqués de Queluz “es totalmente inadmisible”. 

Agrega: “No satisfecho con exigir un reconocimiento 
formal de los derechos del emperador a poseer la Banda 
Oriental, sin establecer ninguna estipulación sobre su fu- 
tura independencia, se reclama, además, una indemniza- 
ción pecuniaria por los gastos de la guerra. Se exige el 
licénciamiento, del ejército y de la flota de Buenos Aires, 
la entrega al Brasil de la isla de Martín García y que el 
tráfico del Paraná sea exclusivamente para uso de los 
súbditos de las partes contratantes”. 

Como se ve, la mediación estima inaceptable la fórmula 
imperial, cuya persistente reivindicación del solar uru- 
guayo, bien evidencia hasta dónde se agotó el esfuerzo 
para retenerlo. El cierre del Paraná al comercio univer- 
sal debe también destacarse. 




IA MISIÓN PÓNSONBV 283 . 


En pocos días se ultima la convención, con atenuación 
de aquellos términos. 

Gordon entera a Ponsonby, con fecha l.° de Junio, por 
nota que el historiador deberá tomar en cuenta y que 
aproxima más a la sensación del discutido suceso. 

Aplaude lo hecho y da las razones. Aunque el empe- 
rador no reconoce nuestra independencia, “sin embargó, 
se compromete a conceder, en seguida, lo que será equi- 
valente a la misma y, al negociar el tratado definitivo, 
se podrá obtener un ajuste final que satisfaga a toda® las 
partes ”. 

Completa su pensamiento: “El emperador pronto sé 
convencerá del desacierto de no proclamar, franca e in- 
mediatamente, la independencia de la provincia; y, cuan- 
do haya gozado del gusto de comunicar su tratado de paz 
a la nación brasilera, suscribirá, complacido, medidas que 
la habiliten a disfrutar de su beneficio”. 

El mediador pone más atención en la realidad que en 
las palabras y en su concepto, sagaz, poco importa que 
no se declare, por escrito, lo que adquirido está. 

Sintetiza su juicio: “Buenos Aires tiene motivo parÜ 
estar satisfecho: entra, de inmediato, en un estado de 
paz y regeneración, sin sacrificio alguno, pues se ve libre 
de una carga la más peligrosa, por. la renuncia de la 
Banda Oriental, y ni un chelín se le podrá arrancar, en 
virtud del artículo 5.° de la convención. Al Brasil, se le 
deja que luche con la disensión y con la revuelta, que 
continuará imperando en la provincia Cisplatina; aquí, 
todos los males de la guerra posiblemente continuarán, 
mientras que Buenos Aires, en paz y tranquilidad, curará 
sus heridas y podrá dedicar todos sus medios a conseguir 
su restablecimiento”. 

Juicio que se asienta ep la persuasión de ser vano todo 
lo que se pacte contra lo consumado y lo irrevocable; es 
decir, la emancipación oriental. Desde que, era imposible 
sofocarla, inútil y vacío el título de dominio. En cuanto 
al pago de las presas, “que se probase haber hecho a los 
súbditos brasileros” los corsarios republicanos, quedaba 
en promesa, pues la prueba nunca se obtendría. 

Por otra parte, Gordon mide la solución por las cir- 
cunstancias: “Si existiese siquiera una remota probabi- 
lidad de que, mediante la continuación de la guerra, se 


282 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


consiguiese algún resultado ventajoso para Buenos Aires, 
yo comprendería que se insistiera en demandar en otros 
términos de paz. De su lado, ciertamente, están los lau- 
reles, si es que durante esta guerra fatal han brotado 
los suficientes para tejer una corona. Pero si la república 
ha de guiarse, no por la vana gloria, sino por sus propios 
intereses y por un sentido práctico de los negocios, la 
convención del señor García será seguramente ratificada, 
sin hesitación”. 

Se prescindía de un factor imprescindible, o sea el 
espíritu público, para el cual sólo contaba el aspecto 
externo y desagradable de la fórmula, que presentaba, 
(jomo vencido, al vencedor en la mayoría de las jornadas 
libradas. El honor nacional, enardecido por los partidos, 
no consentía un arreglo de exterior tan penoso, aunque 
otra fuera su esencia. 

Gravitaba también la certidumbre de que el imperial 
no cedería. “Ni renovados esfuerzos, ni repetidos éxitos 
de parte de Buenos Aires, inducirán al emperador a hacer 
la paz en otros términos y ruego a V. E. quiera creer que 
41 también conserva elementos bastante para continuar la 
guerra; el señor García debe estar convencido de ello”. 
Para él abunda en elogios, dada “la elevada opinión que 
siento por el buen juicio del señor García, sus grandes 
capacidades y noble carácter”. Insiste: “No necesito 
elogiar al señor García a quien como V. E. conoce sus 
méritos”. Y luego de abundar en otras apreciaciones de 
médula, termina: “En resumen, lo que sólo claramente 
resulta de esta convención es el cese de las hostilidades. 
/ Esto es lo que más necesitamos ; estemos satisfechos: 
Dios lo manda ! Tal puede ser la exclamación del con- 
greso de las Provincias Unidas”. 

Opinión sincera y lealmente expuesta. Obsérvese que 
habla un diplomático y, sobre todo, un europeo, de otra 
construcción mental y con el concepto positivo de las 
cosas. Ante una guerra que casi no lo era y frente a una 
situación de otro modo insoluble — como los sucesos lo 
probaron — la tregua, aun deficiente, llevaba al fin ven- 
turoso. 



LA MISIÓN rONSONBY 


283 


NOTICIAS CONFIRMATORIAS 

En otra nota, do Junio 8 de 1827, Gordon renueva sus 
comentarios sobre la negociación, fatalmente condenada 
al fracaso. “Me asegura el señor García que tenía ins- 
trucciones de firmar una convención sólo sobre la base 
de la independencia de la provincia de Montevideo ; pero, 
como él se hallaba convencido de que a este estado de 
independencia no podía llegarse por cierto tiempo., y que, 
en realidad, era de poca importancia para Buenos Aires 
el destino de la provincia, siempre que sé le devolviera la 
tranquilidad, no vaciló en aceptar términos que, en todo 
otro sentido, estaban perfectamente de acuerdo con sus 
instrucciones 

Aspecto real, que suele olvidarse y que no carece de 
fuerza, por cuanto sólo como parte de su territorio inte- 
resaba a las Provincias Unidas reivindicar nuestro suelo ; 
mas si, como múltiples signos lo acreditaban, la reincor- 
poración constituía un recurso desesperado de los orien- 
tales, sin arraigo verdadero en la masa popular y, por 
tanto, de duración efímera, era lógico que se pensara en 
desglosar actitudes; con mayor motivo, ante el peligro, 
cada vez más apremiante, de la guerra interior. Nada la 
detendría, lo que no priva que, antes de estallar, se qui- 
siera y se creyera desarmarla con una pronta pacificación, 
por mediocre que fuera. 

Ahí apunta la idea dominante de la tratativa, bien se- 
ñalada por Gordon: “Ningún sacrificio se ha hecho con 
la pérdida de la Banda Oriental, desde que M. García ha 
declarado, más de una vez, que los ministros de la repú- 
blica también habían llegado a la convicción de que no 
era, ni político ni práctico, intervenir en el gobierno de 
aquella provincia y que preferían renunciar todo derecho 
sobre ella. Su único objetivo, ahora, era verla tranquila; 
y sólo tenía instrucciones de estipular su independencia, 
a fin de no aparecer abandonando por completo una causa 
que ellos por tanto tiempo han protegido, con peligro de 
su propia existencia”. 

Confirma: “M. García me ha asegurado, categórica- 
mente, que va no existían celos de parte del gobierno de 
Buenos Aires, en cuanto a la completa posesión de Mon- 




'28 A LUIS ALBERTO DE HERRERA 


tevidco por los brasileros y que su independencia se pedía 
solamente porque .era ^esperada por spg, habitantes, cuyo 
orden y tranquilidad eran necesarios a la paz y tranqui- 
lidad de sus . vecinos ’ 

Traemos al frente estos conceptos, porque ellos merecen 
ser considerados y meditados, sin perjuicio de compren- 
der la tempestad pasional desatada por tan discutido epi- 
sodio diplomático. Su aspecto externo no podía ser más 
escabroso, al extremo de no concebirse cómo se creyeron 
viables, ante la opinión pública, tan sensible al amor 
propio, aquellas claudicantes bases; pero es también evi- 
dente que el análisis frío las reduce a nada. Así lo es- 
tima Gordon, .aunque insinúa que quizás faltó entereza; 
y, porque así lo entendiera, no vacila en forzar sus propias 
instrucciones, como lo declara: “Al enterar a V. E. de 
los términos en que se espera llegar a una solución con 
Buenos Aires y del modo como han sido sostenidos por 
mis modestos esfuerzos, no escapará a V. E. que ellos, de 
ninguna manera, corresponden con los que en virtud de 
vuestras instrucciones he mantenido consecuentemente 
hasta la llegada del señor García a Río de Janeiro. Siendo 
la paz el primer objetivo en vista, no parecía existir razón 
para impugnar las pretensiones del Brasil e insistir en 
que ella se fundara sobre la base de la independencia 
absoluta de la disputada provincia. Desde el momento 
que esta demanda era abandonada por Buenos Aires, no 
había motivo para que la Gran Bretaña la exigiera ’ 

Observación final sin réplica. ¿¿Más realistas que el 
rey, acaso, cabía decir, aun tratándose de los actos de uno 
república ? 

Agrega el ministro: “En mi opinión, ha obrado sensa- 
tamente al aceptar una convención por la cual todo es 
ganancia para Buenos Aires, en virtud de la restauración 
de la paz, y nada cede, salvo un punto de honor, al no 
suscribirla según sus propios términos”. 

Estos antecedentes explican la inmediata actitud de 
Ponsonby, quien se solidariza con la de su colega de Río, 
sin haber tenido la menor intervención en ese desenlace. 
Producido, lo acepta y aplaude, porque aporta la anhelada 
paz y sus ingentes bienes. 

La necesitan el país, los neutrales y el comercio inglés, 
cuya defensa le está asignada. 



LA MISIÓN PONSONBY ?85 

En cuanto a la Banda Oriental, nadie se ilusiona : se- 
guirá siendo irreductible. Habla Gordon : “ M. García 
considera que ■el cese de las hostilidades entre el Brasil 
y Buenos Aires, de ningún modo asegurará, ni a.uno ni 
a otro, todos los beneficios de la paz, a menos que se lle- 
gue .a algún arreglo para contemplar a^os habitantes de 
la provincia de Montevideo. El Brasil, especialmente, 
quedará en estado de guerra, si esto no se efectúa, y, en 
este terreno, M. García me ha pedido que induzca al em- 
perador a conceder, por resolución propia, lo que se negó 
a hacer por convención mutua., He empleado supremos 
esfuerzos para llevar adelante este importante asunto; 
agregando a mi pedido personal el memorándum que in- 
cluyo, redactado en términos que he creído muy probable 
influyan en S. M. I., a quien lo presentaré”. 

Afanosa siempre la mediación británica en zanjar di- 
ficultades. No hay sombras que empañen su lealtad, y 
ninguna demostración más fehaciente de su imparcial 
.gestión que el empeño puesto, a pesar de las propias 
instrucciones, en dar andamiento a una convención que, 
aunque en apariencia fuera, satisfacía plenamente las 
ambiciones imperiales. 

A la vez, se señala, cual punto oscuro, la cuestión 
oriental. Allí está en hervor la tormenta: “Suponiendo 
que el gobierno de Buenos Aires ratifique la convención 
que ha sido firmada por su plenipotenciario, es de pre- 
sumir que los jefes de la insurrección en la provincia de 
Montevideo, se unirán para defender su libertad, aun 
después que el general Alvear se les haya separado ; mu- 
chas de sus tropas se juntarán, probablemente, a los in- 
surrectos, bajo el mando del general Lavalleja. El primer 
objeto, pues, del emperador, debiera ser apaciguar a este 
formidable adversario, a cuyo fin he pedido ardiente- 
mente a S. M. I. la libertad de su hermano”. . . 

La consigue. Expresivo reconocimiento de la persona- 
lidad del pueblo oriental. Ya no es Ponsonby, a quien 
pudiera suponerse influenciado por ,el delirante patrio- 
tismo de Trápani ; ahora es Gordon, extraño al ambiente 
platino y a sus hombres, quien se detiene ante nuestro 
localismo y lo encara con la gravedad que se plantea. 

Cuerpo extraño a ambos fronterizos, vanas serán las 
tratativas, como que ninguno alcanzará a asimilarlo. Los 




286 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


beligerantes demoran en rendirse a esa persuasión, lo que 
no sorprende, en presencia de sucesos tan decisivos y por 
cuanta, aun entre los propios ¡nativos, no faltaron los 
descreídos, cuya negación hincharía y prolongaría el des- 
vío y La retórica de Juan Carlos Gómez. 

El fracaso de la misión García, no extingue la voluntad 
de los pacificadores; y lo decimos en plural porque en 
ella rivalizan Ponsonby y Gordon, cada uno en su campo 
de acción. La obra se desarrolla bajo la directiva del pri- 
mero, pero los nuevos papeles que recién ahora conocemos 
y que con apremio comentamos, imprimen singular realce 
a la brillante tarea del segundo. 

En efecto, Gordon ignora el desmayo. Malograda una 
gestión, inicia otra. Le escribe a Dudley, en Agosto 18 
de 1827 : “A pesar del pésimo aspecto de los asuntos 
entre este país y Buenos Aires, desde la desaprobación 
a M. García por su gobierno, no he creído del caso inte- 
rrumpir mis esfuerzos para alcanzar un propósito de tan 
general utilidad, cual es el cese de las hostilidades, en* 
tanto no sean rechazadas, en absoluto, por el emperador 
dón Pedro”. 

Sugiere, entonces, que se vaya a la paz dejando de 
lado el caso de la Banda Oriental: “He propuesto a 
S. M. I. acceder a términos de paz según los cuales am- 
bas partes se reservarían sus derechos y pretensiones, ta- 
les como existían antes de la guerra, abandonando el 
asunto de la provincia Cisplatina, sobrentendiéndose que 
inmediatamente se iniciará una negociación para definir 
sus respectivos derechos y determinar el destino de esa 
provincia. Eis motivo de honda satisfacción para mí po- 
der informar a Y. E. que el emperador, accediendo a mi 
proposición, me ha autorizado a comunicar al gobierno 
de Buenos Aires que está deseoso de pactar la paz en los 
términos arriba mencionados”. 

Ya se enciende la estrella buena. Aún la paz demorará, 
pero virtualmente ya está hecha, sin que lo adviertan los 
beligerantes. “ S. M. I., sin embargo, considera esto más 
bien un armisticio, cuya duración anhela asegurar, al me- 
nos por dos años, para el cual gustoso aceptaría la garan- 
tía de la Gran Bretaña”. 

Unos y otros ponen el pensamiento, cuando de transar 
se trata, en la nación mediadora, cual si alentaran la cer- 


LA MISIÓN TONSONBY 


287 


teza de que su rúbrica afianzará impareialmente su dere- 
cho. “Naturalmente, que estonio he rehusado, prosigue; 
pero me he aventurado a manifestar que Inglaterra, con 
la mejor voluntad, extendería su mediación a la negocia- 
ción que se inicia respecto a la disputada provincia”; y 
termina: “No veo cómo la república de Buenos Aires 
puede resistir a la proposición, tal cual la ha aprobado 
el emperador. Me propongo adelantársela a lord Pon- 
sonby y sólo siento no tener otros medios de comunicár- 
sela”. . . 

Testimonios que, cuanto más se ahonda en el tema, más 
profusos aparecen, del influjo, decisivo, que tuvo la gran 
potencia amiga en el desenlace feliz del año 28. Sólo 
por ofuscación se concibe que se intente disminuir una 
evidencia que brota su verdad de todos los ángulos de la 
información. El estudio de estos nuevos antecedentes 
esclarece, aún más, nuestros orígenes libres. En el cruce 
de las soluciones, complicándolas y obligando a tomamos 
en cuenta, alza su varonil estorbo nuestra nacionalidad. 
Como una vocación que nace, o renace, avanza y retro- 
cede, para avanzar en seguida, con renovado brío 1 , el sen- 
timiento autonómico, que de lejos viene y que otra vez 
despierta ... A su empuje, apuran los corazones su la- 
tido y se dilata en los pechos una inmensa emoción. Sin 
decirlo, hecha pedazos ya está el acta de reincorporación. 

Gordon lo comprende y así lo declara a Dudley en su 
oficio del 21 de Setiembre de 1827 : “El convenio que 
ahora se intenta entre los beligerantes puede parecer poco 
satisfactorio, por cuanto no tiende a remover la causa 
originaria de la guerra; pero debe notarse que, en el he- 
cho, no está fuera del poder de las partes contratantes, 
aun coincidiendo en sus vistas, determinar el destino de 
la provincia 'Cisplatina, estando sus habitantes resueltos 
a lidiar por su propia causa y obtener su independencia”. 

Manifestación categórica, precisa, emanada de quien no 
padece contagio tendencioso y es dueño, por tanto, de alta 
autoridad crítica. Óigase bien: aunque se concierten las 
partes, de nada valdrá su acuerdo, porque los orientales 
seguirán luchando, porque ellos quieren tener patria. 

La propuesta de Gordon, de dejar ese espinoso asunto 
para después, tropieza con dificultades en la otra canci- 
llería. Exprésale a Dudley, en l.° de Octubre, que “ des- 




238 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


púés dé la equitativa transacción aceptada por el empe- 
rador del Brasil, explicad* en mi despacho del 21 último, 
es decir, dejar que el destino de la Banda Oriental se 
resuelva por negociación .amigable, la guerra sólo puede 
continuarse, por parte de Buenos Aires, con violación de 
uño de los más sólidos principios de la ley internacional. 
No puede fundarse ni en justicia ni en necesidad”. . . 

Esta vez, es del lado de las Provincias Unidas que surge, 
más que la dificultad, el Obstruccionismo. A la descon- 
fianza creada por sucesos recientes y desgraciados — la 
misión García, etc.— se agregan el temor de rodar en 
similar contraste y la íntima y tentadora esperanza de 
decidir militarmente la contienda. 

De ahí que se reclame la evacuación previa de los sitios 
fortificados, lo que encuentra improcedente Gordon, se- 
gún lo escribe a Dudley en Octubre 22 : ‘ ‘No necesito decir 
que no hay probabilidad de que las insinuaciones que con- 
tienen sean escuchadas por el emperador don Pedro. No se 
convencerá a S. M. I. de que ceda Montevideo; en verdad, 
no es de suponerse. Estaba en su poder al comenzar la 
guerra y, siendo suya ahora, cuando el enemigo se halla 
reducido a su último extremo, habiéndose operado, en rea- 
lidad, la disolución de la república, S. M. I., cuyos recur- 
sos no están exhaustos y que está sostenido por la opinión 
unánime del Brasil, al menos en cuanto a la ocupación 
de Montevideo refiere, seguramente no aceptará la paz 
sobre la base de una inexplicable cesión de esa fortaleza” 

Y no la aceptó, como se confirma en nota de Noviembre 
10: “El emperador, por su parte, se ha rehusado, termi- 
nantemente, a escuchar las contraproposiciones que aca- 
ban de llegar de Buenos Aires, requiriendo la inmediata 
evacuación de Montevideo por las fuerzas brasileras”. 

Rico filón esta correspondencia, que el historiador apro- 
vechará. Nuestro comentario se limita a la mediación, 
iluminada por estos trazos, cuya amplia transcripción, 
sin la menor preferencia, nos permite abonar la sincera 
intención que nos anima. 

TERCERÍA ORIENTAL 

•* Ante tan inacabables dialécticas, se abre camino la idea 
de' buscar la solución tratando, directamente, con los pro- 
pios orientales, dueños y señores del codiciado y discutido 



LA MISIÓN PONSONBY 


28 $ 


territorio'. ¿ Acaso no lo dominan y gobiernan, con excep- 
ción de su capital, trasplantada, de hecho, a Canelones, 
primero, y al Durazno, después? Enterados estamos de 
las exploraciones de Ponsonby, con tanta inteligencia y 
fervorosa devoción nativa secundado por Trápani. Idén- 
tica inclinación alienta la cancillería imperial. Gordon la 
señala: “En cuanto a tratar con el general Lavalleja, este 
gobierno ha tiempo está! en conocimiento del distancia- 
miento, de Buenos Aires, de ese oficial y sus compatriotas, 
y es bien sabido aquí que el destino de la Banda Oriental 
se resolverá solamente por una inteligencia con los orien- 
tales”. 

Nada más afirmativo de nuestra personalidad nacional. 
Imposible prescindir de ella y de su irrevocable existencia. 

Reitera, $n Enero 9 de 1828: “Luego, pues, la única 
posibilidad de paz para el Brasil, es llegar, primeramente, 
a un entendimiento con la Banda Oriental, donde la gue- 
rra civil está por estallar, y actuar, conjuntamente con 
los que están divididos entre sí, contra el gobierno de 
Buenos Aires”. Ha dicho, el 7 : “La promesa de negociar 
sobre estos términos, llevaría a un inmediato cese de hos- 
tilidades”. 

En esa común determinación del emperador y de la 
mediación, pone su arranque la misión del agregado Fra- 
ser, ante Lavalleja, como portador de las bases que sella- 
rían la paz. 

Pero, sin perjuicio de ensayar la negociación directa, 
comprende Gordon que el problema ofrece otros aspectos 
difíciles. Refiere a la pacificación en su nota del 9 de 
Enero a Dudley, “la que ahora sólo se obtendrá llegando, 
primero, a un avenimiento con el general Lavalleja. V. E. 
puede figurarse cuán grande es el dilema en que se ve el 
gobierno del Brasil, en común con los poderes neutrales 
que desean colaborar en la obra de pacificación. Un sim- 
ple acuerdo con las tropas enemigas en la Banda Oriental, 
no puede remover los dos grandes daños de la guerra : la 
piratería y el bloqueo. Elstos, cuya eliminación es prin- 
cipal objeto de nuestras negociaciones, son enteramente 
independientes de la causa e intereses del general Lava- 
lleja”. 

En consecuencia, sólo por el arreglo total se alcanzarán 
loe bienes por todos deseados. El entendimiento con La- 



290 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


valle ja, resuelve la guerra por tierra, pero no acaba la 
marítima, que depende exclusivamente de Buenos Aires. 
Las dos conformidades son necesarias y, por eso, a la vez 
de acordar la misión Fraser, se redoblan las gestiones en 
ambas capitales. Hora crítica y resolutoria, en que Pon- 
sonby y Gordon se sobrepujan. Comentada está la acción 
sabia y enérgica, dentro de la corrección, de aquél. En 
línea paralela, desarrolla, éste, la suya, mereciendo la 
aprobación de Dudley. Agradece, en 7 de Enero, “los 
conceptos Halagadores con que Y. E. se digna, en sus 
despachos de 10 y 24 de Noviembre, aludir a mis mo- 
destos esfuerzos para alcanzar el cese de hostilidades con 
Buenos Aires”. . . aunque “es motivo de verdadera pena 
para mí comprobar, sin embargo, que éstos han sido in- 
eficaces”. 

Ya a esa altura, el emperador acepta el hecho, consu- 
mado- de nuestra emancipación. “Creo firmemente que 
S. M. I. entraría, deseoso, en una negociación definitiva 
de paz sobre la independencia de la Banda Oriental ; pero 
él, acertadamente, reclama que esto se afirme sobre bases 
cuya solidez garanta la tranquilidad pública”. 

Es deber de lealtad expositiva prestar espacio a estas 
manifestaciones, elogiosas para el monarca, así confirma- 
das en Febrero 13 de 1828: “Es con mucha satisfacción 
que trasmito a V. E. el resultado de mis empeños para 
inducir al emperador don Pedro a asentir a bases sobre 
las cuales podemos razonablemente ver sellada la paz en 
este hemisferio”. 

Meritoria revocación de actitudes a que se llega por la 
fuerza de los sucesos y que no impide recordar que casi 
con anticipación de un año' y a raíz del éxito resonante 
de sus armas, las Provincias Unidas habían querido llegar 
a idéntica solución, estando pública y formalmente auto- 
rizado don Manuel José García a declarar la indepen- 
dencia oriental. Se estrelló, entonces, en la intransigencia 
y soberbia imperial. Escaldada queda la diplomacia pla- 
tina, que la recia voluntad de Dorrego robustece. 

Con mucho fundamento, porque todavía, en Mayo 17 
de 1828, según nota de Gordon a Ponsonby, el emperador 
declara que “la categoría del nuevo estado se regulará 
por un tratado definitivo que luego se negociará en Río 
Janeiro”. ¡Siempre algo por atar! 




LA MISIÓN I'ONSONBY 


291 


Prosigue Gordon en la nota que veníamos comentando : 
“Había, sin embargo, mucho que observar en las prime- 
ras proposiciones del emperador, y fue recién el 12 de] 
corriente que me las devolvió, modificadas, el marqués 
de Araeaty; confío que serán juzgadas por Y. E. sin 
reproche, según texto incluso n.° 2”. 

Véase hasta qué punto era oída y contemplada la opi- 
nión 'del mediador, a quien se someten y consultan las 
bases y cuyas observaciones se reciben y satisfacen, aun- 
que pronto el emperador intentará echarse atrás. ¿Qué 
mejor respuesta que estas referencias, irrefutables, a 
quienes pretenden adaptar los hechos a su vehemencia, sin 
decidirse a reconocer algo que no importa el menor agra- 
vio; o sea, el peso, resolutivo, del consejo inglés en las 
negociaciones de paz? 

Atención solicitamos para las declaraciones de Gordon 
que siguen: “Considerando a la Banda Oriental como 
un tercero, separado e independiente, cuyo asentimiento 
es necesario, sean cuales fueren las condiciones bajo las 
cual es' se espera terminar la guerra, y recordando lo espe- 
cial de la posición del general Lavalleja, en relación a 
Buenos Aires, he pensado sea beneficioso para la causa 
de la paz enterar directamente a ese jefe de las propo- 
siciones del emperador, dirigiéndole, a la vez, una carta 
cuya copia acompaño. 

No he dado este paso sin obtener, previamente, la apro- 
bación del emperador don Pedro; de acuerdo con ella, 
S. M. I. va a enviar órdenes al general Lecor para que 
concierte, de inmediato, el armisticio entre los ejércitos 
situados en las fronteras de Río Grande, si el general 
Lavalleja se inclinara a activar la pacificación con la 
influencia de su presencia en Buenos Aires”. 

Esos dos párrafos, sin necesidad de comentario, con- 
testan a quienes se agotan en la probanza de que la. so- 
lución maduró y se hizo con prescindencia de nosotros. 
Mal podíamos figurar suscribiendo un tratado, cuando 
éramos integrantes, en sentido legal, de una de las partes; 
pero, por encima de la forma protocolar, como aspecto 
dominante, fulgura la materialidad de esa independencia, 
ya en nuestras manos, que las cancillerías concluyen por 
reconocer y documentar y a la cual, en plena guerra, 
todos le otorgan personería. Por cuerda separada, aun- 



292 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


que en consonancia, Gordon procede como Ponsonby, sin 
que quepa la alegación de que Trápani lo sugestiona. Y 
el propio emperador sanciona la grave actitud del me- 
diador, que establece un hecho trascendental: el recono- 
cimiento práctico y afirmativo de nuestra libertad, sin 
consulta al otro beligerante. 

Termina Gordon: “El señor Fraser, agregado a esta 
legación, será portador de mi carta al general Lavalleja, 
y, como nos hallaremos capacitados, por su viaje, para 
adquirir noción exacta del verdadero estado de cosas en 
la Banda Oriental y de la forma en que se hace la guerra 
en la frontera del Imperio brasilero, espero que V. E. 
aprobará su envío con esa misión”. 

Entramos a leer una página de singular interés y cuya 
información rectifica versiones corrientes. Pero, ante 
todo>, se impone establecer que no hubo dos series de bases 
ni de comunicaciones a ellas atingentes. Tampoco es exacto 
que Fraser fuera mensajero de unas y de otras Trápani, 
bajo el auspicio éste de Ponsonby. En homenaje a la 
lealtad puesta por todos en esta etapa de la negociación, 
cumple manifestar que no existió tal duplicidad en nadie, 
aunque reconociendo que es explicable el yerro de algunos 
escritores, proveniente de otro mayor y completamente 
involuntario, de los ministros británicos, que los papeles 
del ministro Gordon esclarecen. 

A su texto nos remitimos, pues nos desviaría su dete- 
nido examen. Sólo apuntaremos que la mencionada con- 
fusión tuvo origen en la circunstancia de haber recibido 
Ponsonby, antes de las contraproposiciones brasileras, 
trasmitidas con anterioridad, una carta de Gordon, dando 
por aceptadas las proposiciones argentinas; dicho eso a 
título informativo. 

Tropiezo que lo retiene en Río, a pesar de que ya está 
designado Ponsonby para allí sustituirle. Así lo explica, 
en nota del 11 de Abril : “ El 17 de Febrero, oficialmente 
envié, por el buque de S. M. “Thetis”, las bases brasileras 
de paz, ya conocidas de V. E., y el 24 del mismo mes 
escribí una carta particular a lord Ponsonby, urgiendo 
el asentimiento del gobierno de Buenos Aires y tratando 
de demostrar que, en realidad, ambas partes coincidían 
en lo mismo. Desgraciadamente, mi carta privada alcanzó 
primero a lord Ponsonby y le ha parecido bien utilizarla 



LA MISIÓN PONSONBY 


293 


oficialmente y de modo que temo pueda, no sólo no al- 
canzar éxito, sino que frustre el objetivo que ambos tene- 
mos en vista”. 

En oficio del 26 del mismo mes, agrega: “La infortu- 
nada expresión de mis opiniones privadas a lord Pon- 
sonby y el aún más desdichado uso que se hizo de ellas, 
pueden, muy naturalmente, haber indispuesto al gobierno 
de Buenos Aires con las condiciones que luego llegaron 
como oficialmente trasmitidas por el gobierno brasilero ; 
y V. E. podrá juzgar del efecto producido aquí por la 
réplica del señor Balcarce, al recorrer la nota incluida, 
que acabo de recibir del marqués de Aracaty”. 

Mala interpretación, de efectos pasajeros, y que, sobre 
todo, sirvió de pretexto, en Río, para alzar, deliberada- 
mente, obstáculos en el camino de los propios y recientes 
asertos pacíficos. Gordon no vacila en echarse la culpa, 
repartida con su colega, limpios los dos del torcido pro- 
pósito que, sin fundamento, les atribuye algún escritor 
brasilero. Abona esa claridad de conducta, por si la 
explicación lógica no bastase, la nota, de Abril 21, que 
al marqués dirige aquél. Es sensible tomarla aquí en 
fragmento; en cambio, va, entera — como todos los do- 
cumentos a que nos referimos — en el segundo volumen. 
“Desgraciadamente, mi carta privada llegó a manos de 
lord Ponsonby antes de mis' despachos oficiales y parece 
que S. E., en el vivo deseo de alcanzar tan gran anhelo, 
ha anunciado al gobierno de Buenos Aires que S. M. I. 
ha accedido a tratar la paz, en los siguientes términos- 

1. ° La base de la independencia de la Banda Oriental; 

2. ° El nuevo estado no podrá unirse, por incorporación, 
a ningún otro; 3.° S. M. I. acepta entregar las plazas 
fuertes a los propios orientales. El gobierno republicano 
en seguida accedió a los términos arriba mencionados, 
ofreciendo mandar un plenipotenciario para negociar una 
paz fundada en ellos, ya sea en Montevideo o en Río de 
Janeiro”. 

Pero, cuando no era uno, era el otro quien objetaba, 
en el momento de hacerlas definitivas, las proposiciones 
que la víspera no resistiera. Gordon exterioriza su fatiga 
ante ese interminable diálogo de dos vencidos, al escribir, 
respecto a los unos, ‘ ‘ pero algún descuento hay que hacer 
a la obstinación y vanidad que inflama a las cabezas en 



294 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


estos climas”, y' cuando escribe, de los otros: “No se le 
debiera consentir al gobierno de Buenos Aires que siga 
apoyándose en tales nimiedades : en lo que puede llamarse 
una mojiganga de guerra, preñada de males para todos 
más que para ellos mismos”. 

LA MISIÓN FRASER 

Este suceso, marca un momento nuevo en las negocia- 
ciones. Después de .años de inútiles tratativas, se llega a 
la persuasión de que las partes, si no se intensifica el 
apremio, nunca encontrarán términos hábiles para tran- 
sar. Ese convencimiento motiva la misión Fraser, así 
explicada por Gordon a Ponsonby, en nota de Febrero 24 
de 1828, quien, a su vez, mueve a Trápani : ‘ ‘ Después de 
las insinuaciones y, en verdad, seguridades, que usted me 
ha dado con respecto a Lavalleja, creí que el modo más 
eficaz y expeditivo de traerlo a razón, era escribirle una 
amable carta y enterarlo de las bases brasileras, las que, 
si le parecieran aceptables, podría apoyar del modo que 
entendiera. He hecho esto con la idea de inducirlo a con- 
fiar en la negociación; y yo sinceramente espero que nues- 
tro gobierno garantirá procedimientos correctos por am- 
bas partes. He mandado mi carta con mi agregado, señor 
Fraser, y el general Lecor tiene órdenes de aquí de acep- 
tar cualquier cosa que Lavalleja proponga en sentido de 
una tregua, en tanto siguen las negociaciones. N-o puedo 
decir que yo esté seguro en cuanto al resultado de nues- 
tros esfuerzos, sean los que fueren, porque no he visto 
suficiente flexibilidad de parte de la república”. Y cierra 
con la frase recién citada, que refleja el cansancio frente 
a tanto verbalismo y que apunta la necesidad de concluir. 

Ya tenemos, pues, al emisario en viaje. Ante nosotros 
está, ahora, su posterior informe, fechado en Buenos Aires 
el 13 de Abril. Documento precioso, por su contenido y 
por la impresión auténtica que refleja, certificada con 
autoridad moral. Extensa y minuciosa exposición, toda 
su lectura posee gran interés. 

No es posible renunciar a su examen, aunque otros lo 
habrán con más detenimiento. 

La falta de medios de locomoción, demora la llegada 
de Fraser, al cuartel general brasilero, hasta el 24 de 



LA MISIÓN PONSONBY 


295 


Marzo. Es portador de “los preliminares que incluyo, 
que han sido aceptados por el emperador del Brasil”, y 
de la ama ble carta de que Gordon informara a Ponsonby. 
Con mucha probabilidad, la más jugosa fué la que no 
se escribió, confiada a la memoria y ai tacto del mensa- 
jero. Aquélla, de fecha Febrero 13, ya es conocida. 
“ . . . No me cabe duda de que V. E. saludará gozoso la 
oportunidad que hoy se ofrece para sellar la paz, de la 
cual la independencia de su país de origen constituye la 
feliz base, y que sus esfuerzos no faltarán para propender 
a que ella sea aceptada por la república. Ruego, por lo 
demás, a Y. E. quiera ver en esta carta una prueba del 
interés que la Gran Bretaña pone en el bienestar de la 
Banda Oriental, así como en la terminación de la guerra’ 5 

En efecto, esa actitud constituía una demostración 
excepcional, como que daba personería propia a los orien- 
tales, los incitaba a celebrar la paz en forma directa y 
ponía en sus manos las bases de arreglo del emperador, 
con su beneplácito y con prescindencia del gobierno de 
las Provincias Unidas, del cual, en concepto legal, éramos 
parte. 

Yerdadero golpe de estado diplomático, que precipita 
los acontecimientos y que trajo la paz. 

No en vano se alarmaría tanto el gobierno argentino, 
que, con apuro febril, manda ante Lavalleja, a su vez, 
al comisionado Vidal, no con otra serie de bases, como 
se ha dicho — pues llevó copia de las misma® — sino a 
contrarrestar la misión Fraser y a contener al jefe del 
ejército, del gobierno civil y del pueblo oriental. Caví 
lación sin el menor fundamento. Por lo mismo, se persi- 
gue a Trápani y empeñosamente se reclama su persona, 
aun en nuestra banda, por suponérsele emisario de Pon 
sonby, que procede de perfecto acuerdo con Górdon. A 
‘éste, contesta Lavalleja con dos pliegos separados. 

Alude, el primero, a las bases “aprobadas por el em- 
perador del Brasil’’, y prosigue: “El general en jefe está 
plenamente convencido de que una paz justa es el único 
fin legítimo de una guerra y, al recibir esta noticia del 
señor Gordon, el infrascrito sintió viva satisfacción al ver 
la proximidad de la conclusión de una guerra que tanto 
ha afligido a la humanidad”. 

Así traducido de la versión inglesa. 



296 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Declara., luego, que “mira con alegría las bases pro- 
puestas, mucho más así habiendo ya sido aceptadas por 
su gobierno”. Redacción cuidadosa y prudente, que 
muestra los frutos de la misión Vidal, que tranquiliza al 
gobierno central £n cuanto a la fidelidad de Lavalleja, 
quien agrega: “El interés con que la Gran Bretaña ha 
tomado tan activa parte en estas negociaciones, para lle- 
gar a la paz que se propone, será motivo de eterna gra- 
titud para la república Argentina y de ilimitado reco- 
nocimiento de parte del pueblo oriental”. 

El otro pliego, es de réplica a la carta. Inserta con- 
ceptos análogos, y dice : ‘ * El señor Fraser ha sido tratado 
con la más grande consideración, no sólo por su investi- 
dura, sino, también, en mérito a la manera especial en , 
que V. E. tuvo a bien recomendármelo. Va a partir de 
inmediato para Buenos Aires y tendré el honor de reco- 
mendarlo al gobierno de la república. La cesación de 
hostilidades depende, por entero, de mi gobierno; pero, 
entretanto, haré todo lo más que pueda para facilitar la 
rápida terminación de la guerra, empresa que V. E. ha 
afrontado con tan noble celo, en nombre de la nación 
inglesa”. 

Quizás acrecido, el mismo caluroso elogio que todos 
los hombres representativos de la hora rinden al país 
amigo, que en reconciliarlos se afana. 

Asociado a la gratitud, estilo muy terso, como para 
evitar la filtración de una duda en cuanto a su obediencia 
de soldado. 

Fraser alza un poco la cortina cuando escribe, refi- 
riendo a Lavalleja: “Aun cuando en público, y parti- 
cularmente en presencia de oficiales de las tropas de 
Buenos Aires, se mostró muy deseoso de pelear, llegando 
a decir que atacaría a Lecor en su fuerte posición actual, 
no obstante, me aseguró a mí que era su intención, si* 
posible fuera, mantener inactivas sus tropas hasta el final 
de las negociaciones de paz. Por la manera embarazada 
de explicarse Lavalleja, era evidente que había allí per- 
sonas en quienes tenía motivos para no confiar; y no 
tardé mucho en descubrir que una persona, de nombre 
Vidal, acababa de llegar de Buenos Aires, nominalmente, 
como superintendente de una rama del comisariado, pero, 
en realidad, para vigilar los movimientos del general; y, 




LA MISIÓN l’ONSONBY 


297 


más tarde, supe, en Durazno, que este hombre era un 
amigo íntimo del gobernador Dorrego y que había sido 
mandado por él para averiguar el objeto de mi viaje y, 
también, para inducir al general Lavalleja a adoptar 
alguna medida que diera pretexto para retirarlo del co- 
mando ’ ’. 

Henos aquí, de lleno, dentro del manuscrito de Fraser. 
Transcripción que es suficiente para aquilatar su impor- 
tancia histórica y que, luego, recoge y condensa las refe- 
rencias sobre el desarreglo latente, en el caso, entre los 
nativos de una y otra banda, que asi ratifica : Los ofi- 

ciales de la república, que desde hace tiempo saben que 
la Banda Oriental no podrá nunca pertenecer a su país,, 
no tienen escrúpulo en dar expansión a un sentimiento' 
de humillación por haber peleado tanto tiempo en favor- 
de “ bárbaros”; y los orientales, por su lado (sin excep- 
tuar al mismo general Lavalleja), miran con celos a sus 
auxiliares, que creen sólo han intervenido en la lucha a 
fin de asegurar, para su país, la posesión de los puertos 
de Montevideo y Colonia ; y tan poderosa es esta recíproca 
mala voluntad, que, si alguna vez se deponen las armas, 
hay pocas dudas de que Buenos Aires encontrará difícil, 
si no imposible, mandar otro ejército a la Banda Orien- 
tal”. 

Era el viejo, el incurable artiguismo, amamantado por 
la constante y varonil rebelión, que de nuevo mareaba su 
bendito signo nativo : antes que todo y que nada, orien- 
tales. 

Pero sigamos en su odisea y en su comentario a Fraser. 
Ya está en el campo de Lecor. ‘ ‘ Inmediatamente después 
de mi llegada, le fué dirigida una carta al general Lava- 
lleja por el vizconde de la Laguna,, enterándolo de la 
misma y pidiéndole fijara sitio y fecha en que yo pudiera 
celebrar una entrevista con él. Dos días se pasaron sin 
contestación alguna”. 

Finalmente, se acuerda el sitio y fecha de la conferen- 
cia: “Fui recibido por el general Lavalleja en la orilla 
Norte del Yaguarón, en una pequeña población llamada 
por los brasileros Cerrito y, por los bonaerenses, pueblo 
de La Laguna”. 

Pondera la situación del punto, que le promete porve- 
nir, y agrega esta observación, que colora con su pincelada 



298 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


el episodio: “Es casi seguro que fué sólo por la satisfac- 
ción de recibirme al Norte del Yaguar ón y en un estable- 
cimiento brasilero, que el general L aval leja se tomó la 
molestia de viajar sesenta millas desde su cuartel general 
en 'Cerro Largo, y hacer marchar, desde una considerable 
distancia, a su mejor brigada de caballería, que encontré 
montada y formada en la mañana de mi entrevista con él”. 

La narración que sigue es de palpitante interés y no 
reproducirla, en lo principal, importaría la renuncia a 
una probanza insustituible. 

“ Fué en este lugar, exemo. señor, que puse sus cartas 
en manos del general Lavalleja. Las leyó con cuidado y 
por repetidas veces me aseguró que estas proposiciones 
debían satisf acer a todos los habitantes de la Banda Orien- 
tal, pues les aseguraban la realización de los propósitos 
por los cuales habían batallado durante tres años. Más 
aún; afirmó que las proposiciones eran tales que, si le 
hubieran sido hechas a él en el año 1825, las hubiera 
admitido de inmediato y hubiera aceptado negociar con 
el emperador. No opuso objeción alguna en cuanto al 
fondo o redacción de las bases y concluyó asegurándome 
que escribiría de inmediato al gobierno de Buenos. Aires, 
recomendándole enérgicamente la inmediata aceptación 
de las mismas. En caso de que se opusieran algunas ob- 
jeciones, me declaró que él mismo tomaría sobre sí el 
removerlas. Cuando llamé su atención a esa parte de la 
carta de V. E. que parece sugerir que su presencia en 
Buenos Aires sería altamente útil para asegurar el. con- 
senso del gobierno a las bases del emperador, me aseguró 
que no tenía absolutamente ninguna influencia en Buenos 
Aires ; pero que, mientras permaneciera a la cabeza de su 
ejército, el gobierno estaría en la necesidad de consultar 
sus aspiraciones. En cuanto al cese inmediato de las hos- 
tilidades, que le informé el general Lecor tenía órdenes 
de aceptar., en el caso de decidirse a ir a Buenos Aires, 
declinó tomar tan importante resolución sin una autori- 
zación directa de su gobierno”. 

El mismo sano criterio .flota en su respuesta, de Marzo 
26, al oficio del ministro Balcarce, que le entrega Vidal. 
SI ha existido la menor sospecha, que no se le formula, 
sobre su lealtad militar, de un zarpazo la deshace: “El 
gobierno puede estar tranquilo y satisfecho de que el 



LA MISIÓN PONSONBY 


29!) 


general en jefe no dará un solo paso que desbarate la 
marcha de la negociación, ni menos exponerse a que las 
tropas del ejército sufran ninguna sorpresa del enemigo”. 

-Conceptos firmes y serenos como el pulso del ciudadano 
eminente que con sinceridad los suscribe y que repite, cual 
si se abriera el pecho para mostrar la pureza de su co- 
razón: “El gobierno puede entregarse tranquilo al cum 
plimiento de la negociación, seguro de que el general en 
jefe vela por la conservación del ejército y sobre cuanto 
tiene tendencia a robustecer la resolución del gobierno” 

Y aún lo confirma, en nota reservada, de la misma 
fecha: “S. El el señor ministro puede estar descuidado 
en que el general en jefe destinado a las operaciones del 
ejército, no entrará jamás en otras negociaciones que 
traspasen la línea de su deber”. 

LA CONSULTA A LAVALLEJA 

Interrumpimos la labor pa.r^ alzar la cabeza y fijar 
los ojos en el jefe de los Treinta y Tres. ¡ Qué poca jus- 
ticia se le ha hecho, a pesar de que nada mancilla su le- 
gendaria memoria! Se ha escrito para intentar dismi- 
nuirlo, sin que todavía haya aparecido el libro definitivo, 
que tanto merece. 

Su valor intrépido y su desinterés cruzan toda la pri- 
mera historia. Es de los herederos directos del blanden- 
gue, a cuyo lado se formara. Sufre largo cautiverio’, como 
castigo ; pero es indomable. Su respuesta la da el reto de 
la Agraciada, por independencia o muerte, como- reza su 
bandera. La de Artigas y la suya, fueron las únicas 
enseñas del ciclo heroico. 

Cuaja en realidad espléndida el ensueño de aquél y. 
como aquél, no conoce la recompensa adeudada a su de- 
voción sin tasa y a su hazaña. También condenado a 
engendrar honores para otros, cuando tantas virtudes 
guerreras y civiles se suman en su personalidad escla- 
recida. 

Denodado, incorruptible ; fiel a la patria, siempre y sin 
un desmayo ; al dominador intruso sólo le pide un campo 
para combatirlo y, si vencido, de él sólo acepta la gran 
adversidad. Constante y sin queja, el sacrificio es su 
escuela; su modestia excede, aún, a sus méritos de gran 




300 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


patriota, y su honradez de manos y de conducta militar 
y cívica es española: de la buena. 

Así lo vemos en la emergencia. Seductor era y fácil 
habría sido alzarse con la autoridad y pactar por cuenta 
propia. Estaba en juego la suerte de su pueblo y, más 
que nadie, él, su libertador, estaba asistido de derecho 
para influir en ella. El destino le depara la ocasión, des- 
lumbradora, de hacer y deshacer y de imponer su fuero. 
¿ Quién habría enfrenado su voluntad y roto su rebeldía, 
una vez arreglado con el Imperio, que le ofrece, directa- 
mente, la paz que, luego, se hizo? 

Sin embargo, recto como una espada entiende su deber 
y así lo practica en la eventualidad. Se le propone que 
suscriba el armisticio ; se le insinúa que vaya a Buenos 
Aires: se le da el éxitó. A todo contesta que no: quien 
debe decidir es “su gobierno”. Y así se manifiesta el 
soldado todopoderoso, que acaba de tallar una epopeya y 
que tanto anhela la liberación de su tierra ! 

Ese supremo equilibrio y esa abnegación, que no eran 
ciertamente la característica de aquella época y de los 
hombres con sable al cinto, redoblan el relieve patricio 
de Lavalleja, que, por ser tan íntegra, conoció tanta in- 
justicia. Todavía su grey no lo ha glorificado tanto cuanto 
debiera ! 

Prosigue Fraser: “Después de mi primera entrevista 
con el general Lavalleja, volví al cuartel general brasilero 
a prepararme para el viaje a Montevideo, hasta donde 
aquél prometió hacerme acompañar con una escolta. Lle- 
gué al cuartel general del ejército republicano, en Cerro 
Largo, el l.° del corriente y tuve, esa misma tarde, una 
larga conversación con el general Lavalleja, durante la 
cual me renovó todas las seguridades favorables que me 
había dado en la ocasión precedente. Me pidió quedara 
un día en el pueblo de Durazno, donde el gobierno pro- 
visorio de la Banda Oriental está ahora establecido, y me 
pidió que buscara a un amigo suyo, de nombre Trápani, 
que está allí y que me explicaría los sentimientos del ge- 
neral más claramente de lo que él mismo estaba en liber- 
tad de hacerlo ”. 

"Destaquemos la significación de estas sencillas palabras, 
trazadas sin pasión, cómo simple reflejo de lo sucedido y 
que, sin embargo, poseen verdadero valor por cuanto ilu- 



LA MISIÓN PONSONBY 


301 


minan nn aspecto, caá perdido y esencial, de aquel mo- 
mento histórico. Es el propio Lavalleja quien trae a co- 
lación, sin que el emisario inglés se lo solicite, a Trápani, 
con quien le encarece hable, a su paso por Durazno, pues 
él le trasmitirá, con mayor limpidez, su pensar y su sentir : 
con más libertad que él mismo. 

Todo está dicho. Lavalleja desglosa, con admirable tino, 
su deber de soldado y su deber de patriota. Será leal al 
gobierno, cuyas armas representa, pero también así al 
ideal nativo. Bn aquel carácter, impedido por su alta 
investidura y por las leyes del honor militar, él no puede 
expresar, en forma pública, todo cuanto arde en su cora- 
zón de criollo y que lo mantiene en ascua. ¡En cambio, 
hay una persona, de su absoluta confianza, que todo puede 
decirlo. 

¿Necesitamos recordar cuál era el pensamiento firmí- 
simo, de quién recibía tan especial distinción ? Por cierto 
que no. Trápani destaca como el evangelista de la inde- 
pendencia oriental, absoluta, completa; y, distante de su 
devoción estática, era un militante de ese ideal, en íntima 
comunidad con quienes lo compartían, señalándose, el pri- 
mero, Ponsonby. Inteligencia y energía, servidas por una 
arrobadora pureza de intenciones, puestas, por entero, al 
servicio de la patria libre. 

Y Lavalleja le manifiesta a Fraser que cuanto salga de 
esos labios traducirá su propio sentimiento. 

¿ Cómo, pues, no atribuir importancia ilustrativa al pa- 
saje que así lo atestigua y que prueba, a la evidencia, 
hasta dónde eran de artificiosos los dichos oficiales de 
Lavalleja, cuando se dirigía al poder central ? Sí, nuestra 
emancipación se declaró, para siempre, en la Florida, sin 
que en lo mínimo la empañen y la desvirtúen actas de 
incorporación efímeras y forzadas! 

Volvamos a Fraser: “Salí para Durazno el día 3 y 
llegué allí el 6 del corriente. La distancia es de más de 
ochenta leguas. El gobierno de la provincia ha sido re- 
movido aquí de Canelones; este último punto está ex- 
puesto a incursiones de la guarnición brasilera de Mon- 
tevideo. Allí encontré al señor Trápani, quien me mostró 
la carta original de V. E. al general Lavalleja y me re- 
novó, de parte del mismo, las más solemnes protestas de 
que estaba decididamente en favor de la paz; hasta me 



LUIS ALBERTO DE HERRERA 


302 


aseguró que, si fuera necesario, Lavalleja trataría sepa- 
radamente con el emperador. 

El señor Trápani es nativo de 'Montevideo y el íntimo 
amigo del general Lavalleja; goza de gran aprecio en 
Buenos Aires y es muy respetado por sus compatriotas. 
El gobernador, temiendo su influencia sobre el general, 
declaró embargadas todas las embarcaciones en el puerto 
de Buenos Aires. Este embargo consiguió eludirlo el se- 
ñor Trápani y se dirigía al ejército, cuando se le arrestó 
en el Durazno, por la intervención gratuita del diputado 
gobernador de la Banda Oriental”. 

Robustecido y ampliado el alcance de los anteriores 
asertos. Como se ve, Trápani gozaba de la confidencia 
de Lavalleja al extremo de estar en su poder — a pesar 
de nO' ejercer función pública — la carta autógrafa de 
Oordon al jefe de los Treinta y Tres. Obedeciendo órde- 
nes de Dorrego, el gobernador interino, Pérez, lo retiene 
en el Durazno, impidiéndole ponerse personalmente al 
habla con Lavalleja; pero nada puede impedir que éste 
le siga girando su ilimitada confianza, al punto de acep- 
tar, de antemano, como expresión de su íntimo pensa- 
miento sobre nuestros destinos, lo que aquél dijera. 

Agrega Fraser que, “hasta dónde se pueda confiar en 
las protestas de Lavalleja, estoy incapacitado de juzgar” ; 
el rumor, que luego recoge, de que planeaba una ofensiva 
sobre Río Grande, “no habla muy alto en favor de su 
buena fe”. 

Reproche inmerecido, por cuanto el libertador cumplió, 
con toda corrección, su promesa de mantenerse a la ex- 
pectativa. 

Alude el agregado a una curiosa incidencia. “No debo 
omitir que en la víspera de mi partida del cuartel general 
brasilero^ conversando con el general Lecor sobre los 
asuntos de la Banda Oriental, por accidente, puso en mis 
manos una serie de artículos, que diferían en su texto de 
las proposiciones de que yo era portador para el general 
Lavalleja. El se apercibió de su error, pero no antes de 
que yo hubiera, leído el segundo artículo, en el que se 
establecía, “que en caso de que la república de las Pro- 
vincias Unidas rehusara negociar sobre la base de la in- 
dependencia de la Banda Oriental, el ejército brasilero 
se uniría a las fuerzas de la Banda Oriental para obligar 




LA MISIÓN PONSONBY 


303 


a la república a acceder a esas proposiciones; y, más ade- 
lante, “que la forma de gobierno en la Banda Oriental 
sería monárquica y que la provincia se transformaría en 
un principado, gran ducado o ducado”. . 

Noticias fidedignas, aportadas por el azar. Reproduce 
Fraser lo que sus ojos vieron, merced a la inadvertencia 
de Lecor, quien, equivocando los papeles, le da a leer otros 
diferentes a los que trae. Para precipitar la paz, se ensaya 
el entendimiento' directo con los orientales, transando con 
su voluntad autonómica, inquebrantable; a la vez, acaricia 
la izquierda el proyecto de resolver el problema mediante 
una organización especial a darse a la tierra rebelde, como 
se prometiera cuando la misión García. 

Precisamente, la que fuera a negociar, a Europa, des- 
pués de reconocida nuestra independencia — lo que hace 
más indisculpable la doblez — el marqués de Santo Amaro. 

De ahí, que huelgue el elogio, que ahora se intenta te- 
jerle al monarca que asintió al advenimiento de nuestra 
nacionalidad — después de agotarse en el vano empeño de 
trabarlo — forzado por sucesos notorios y aún por algún 
otro, super decisivo, que poco tardaremos en señalar. 

Comentando el episodio, observa Fraser: “Es difícil 
decir si éstos eran sólo los deseos del emperador, O' si son 
la expresión de sus verdaderas intenciones; pero, si me 
es permitido ofrecer mi opinión sobre el particular, debo 
confesar que el lenguaje del vizconde de la Laguna pa- 
recía implicar que el emperador no toleraría el estable- 
cimiento de un gobierno republicano en la provincia; y 
tan general es la pasión por las repúblicas en esta parte 
del mundo, que tengo pocas dudas de que una proposición 
similar, desde el principio pondría en peligro el buen 
éxito, si totalmente no las frustra, de las negociaciones 
que están por iniciarse. 

Faltándome los medios de comunicar rápidamente esta 
noticia a V. E., cambié mi intención primera de ir a 
Montevideo, de modo de comunicarla al ministro de S. M. 
en esta república; y espero, señor, que este paso que me 
vi inducido a dar, en el anhelo de precisar las vistas del 
gobierno de S. M., merecerá la aprobación de V. E. Lle- 
gué aquí el 11 del corriente”. 

Después de recorrer este valioso documento, más claros 
se perfilan los sucesos. Vigorizada avanza nuestra perso- 




304 


LUIS ALBERTO LE HERRERA 


nulidad y bien demostrado queda que, mientras las pala- 
bras corrían en Buenos Aires y en Río Janeiro, quienes 
dictaban hechos, abriéndoles cauce, eran los orientales 
con su inquebrantable tercería. Inútiles los esfuerzos para 
disiparla, tantas veces ensayados. Cien apremios obligan 
a las partes a buscar y a encontrar una solución y ella no 
puede edificarse sino sobre la base de la inevitable inde- 
pendencia nuestra. 

Sobre el terreno., comprueba Fraser, enviado “para 
tener noción exacta del verdadero estado’ de cosas en la 
Banda Oriental — observador, como se usa decir ahora — , 
que la pasión nativa y republicana es arrolladora y que 
fracasaría cualquier gestión que conspirase contra el 
sentimiento dominante. Para comunicárselo a Ponsonby, 
apura el retorno y cambia de ruta, acompañado por Trá- 
pani desde el Durazno. Es de concebir cuánto habrá ca- 
vado en el tema de su adoración el patriota sin tacha ! 

Tuvo importancia decisiva ese viaje, que tantas cavi- 
losidades encendió en el gobierno de Buenos Aires y tan- 
tas esperanzas en el de Río Janeiro. Para los dos, fué 
el signo que abrió el último capítulo, anunciando que la 
paz — esa vez — se haría: entre ellos, o con Laval-leja. 

Ahí radica el significado trascendental del episodio. 
En su nota de Abril 11 de 1828, Gordon le expresa a 
Dudley que, no habiendo llegado Fraser, se halla “aún 
incapacitado de informar sobre la opinión del general 
Lavalleja, respecto a la actitud de este gobierno”. . . 

Un nuevo protagonista se ha incorporado a la escena 
y, si Lavalleja, el agente tangible del destino, no se hu- 
biera apercibido de lo que representaba, se habrían encar- 
gado de revelárselo las tres misiones que buscan su cuartel 
general: Fraser, enviado desde Río; Vidal, desde Buenos 
Aires, y Trápani, el emisario del mediador! 


RIO GRANDENSES Y ORIENTALES 

Hay en el memorial de Fraser otros datos, de positivo 
interés, sobre ambos ejércitos. Apenas los enunciaremos. 
Completan el juicio. “El ejército brasilero alcanza a unos 
9.000 hombres; casi 5.000 de éstos son de infantería”. 
Se extiende en su examen y en su elogio, bajo ciertos as- 
pectos. “Las mejores tropas en el ejército brasilero son 




LA MISIÓN PONSONBY 


305 


un batallón de alemanes y dos batallones casi enteramente 
compuestos de veteranos portugueses, pertenecientes a la 
división que el general Lecor trajo a este país en 1817. 
El resto de la infantería se compone, casi totalmente, de 
elementos de las provincias del Norte del Imperio y, aun- 
que bien disciplinada, tanto los oficiales como los solda- 
dos se supone sean desaf ectos e inclinados a prestar oído 
fácil a las violentas proclamas del canónigo Caldas, un 
sacerdote brasilero, anteriormente miembro de la facción 
de los Andrada, en la asamblea legislativa. Estuvo preso 
en Río Janeiro y, habiéndose escapado, ofreció sus servi- 
cios al gobierno de Buenos Aires, por el que fue nombrado 
capellán general del ejército. Devuelve la protección de 
la república lanzando proclamas en las que incita a las 
tropas de Bahía y las otras provincias del Norte a que 
sacudan el yugo del emperador y abracen la causa de la 
libertad ’ 

Referencia interesante al contagio de las ideas repu- 
blicanas y al malestar creciente que en las filas asoma. 

Pondera, luego, Fraser a los riograndenses, de hábitos 
regulares y estables, que le impresionan mucho mejor que 
nosotros. “La caballería brasilera es casi exclusivamente 
de la provincia de Río Grande. Los habitantes de esta 
provincia son, talvez, una raza mejor y ciertamente de 
traza mucho más civilizada que los orientales. Eístán lejos 
de ser deficientes en cuanto a valor personal ; pero, en la 
actualidad, están descorazonados por el nújnero de con- 
trastes sufridos. Están sinceramente unidos al emperador 
y sienten un odio innato por sus vecinos de la Banda 
Orientar’. 

Prevención fundada en la tradicional contienda de 
portugueses y españoles, que el tiempo felizmente ha 
desvanecido, sustituyéndola por una leal aproximación 
espiritual, al amparo de idénticas instituciones. 

Con alta imparcialidad, prosigue Fraser su estudio de 
los protagonistas. Destaca la fidelidad al gobierno im- 
perial de la población de Río Grande, que aporta gene- 
rosos recursos, cuyo empleo no luce en las operaciones, 
lo que despierta “gran disgusto e indignación entre los 
nativos de -todas las clases”. Insiste en que la generali- 
dad de la gente de Río Grande está, de tiempo atrás, 
acostumbrada a mirar la guerra con sus vecinos de la 



306 


LUIS ALBERTO I>E HERRERA 


Banda Oriental, como cosa do poco interés, porque las 
miserias de la guerra nunca han penetrado al corazón 
de su país ; pero no dudo que si la república de Buenos 
Aires llevara a efecto el plan con que amenaza, de retirar 
sus tropas regulares y empezar una guerra de destrucción 
en el Brasil, entrando a su territorio por donde quiera que 
esté abierto a la incursión de partidas merodeadoras, las 
energías adormecidas de la gente se despejarían y enton- 
ces tomarían una parte activísima en esas labores que 
ahora se empeñan en esquivar”. 

Consideramos dos veces procedente la reproducción de 
estos pasajes, tan medidos y de tanta exactitud, que con- 
curren a disipar el fácil aserto, con respecto a victorias 
totales y venideras — en la emergencia — de las armas 
platinas, muy pregonadas en las publicaciones corrientes. 

En efecto, las hostilidades no pasaron mis allá del 
contorno ; y así para ambos beligerantes, con la diferen 
cia, en favor del Imperio, de que sus centros vitales eran 
doblemente inaccesibles, por la mayor distancia, más ele- 
mentos para resistir y población mucho más densa. 

En consecuencia, la paz, luego de indefinido jaque, la 
impusieron la recíproca fatiga e impotencia y las compli- 
caciones internas y externas, coronadas por el apremio 
del británico. 

Juzga Fraser al otro beligerante. “El ejército repu- 
blicano es muy inferior al brasilero, en cuanto a número ; 
no excede de 5.000 hombres. De éstos, hay unos 1.700 de 
caballería regular de Buenos Aires. La 'infantería no ex- 
cede de 1.500 y, el resto, son gauchos, las tropas de la 
Banda Oriental. 

Las tropas de Buenos Aires son consideradas las me- 
jores en el ejército; casi todos, son veteranos que han 
luchado, bajo San Martín, en las guerras de la indepen- 
dencia de Chile y Perú. La infantería es lamentable y 
casi toda compuesta de negros, gran parte de los cuales 
son esclavos brasileros, escapados. Son de tan poca con- 
fianza, que se les retiene en Cerro Largo, a cuarenta 
millas a la retaguardia del ejército. La artillería consiste 
en diez y seis piezas de campaña; pero no puede compa- 
rarse con la brasilera”. 

Juicios insospechables, abonados con cifras, que todo 
inclina a creer fueron cuidadosamente controladas, que 



LA MISIÓN PONSONBY 


307 


dan la sensación de la cruda realidad, a menudo eludida 
por ¡los cronistas del Plata. 

Aunque depongan en contra, hay que recogerlos, sin 
quitarles fuerza y, tampoco, sin darles demasiada. 

Por lo demás, las opiniones no coincidían ; desde luego, 
las de Gordon y Ponsonby. Escríbele éste al primero, en 
Mayo 12 del 28: “V. E. y yo, por lo visto, tenemos opi- 
nión muy distinta del verdadero poder de las partes en 
lucha. No tiene importancia, en el estado actual de la 
cuestión, averiguar cuál de los dos está en lo cierto”. . . 
“'Creo que este gobierno puede y quiere (si fuera nece- 
sario) continuar la guerra contra el emperador”. 

Dice, en otra, de Enero 28: “Yo espero, a juzgar por 
los partes de Lavalleja, recién recibidos, respecto al de- 
sastroso estado del ejército imperial, que la causa de la 
paz ha recibido gran impulso y confío que, al fin, esta- 
mos acercándonos, rápidamente, al término de nuestras 
gestiones y que los deseos pacíficos del gobierno de S. M. 
serán cumplidos”. 

Con frases dulzonas no escribe sus párrafos la histo- 
ria: ahora, les toca el turno clínico a los nuestros. “Los 
gauchos, o tropas de la Banda Oriental, son una multitud 
indisciplinada, feroces al extremo, en hábitos y en apa- 
riencia parecidos a los gitanos de Europa. Son despre- 
ciados por las tropas más regulares de Buenos Aires, que, 
a la recíproca, son miradas por los gauchos con celos y 
odio”. 

Rudas palabras, deslizadas sin intención hostil, que 
traducen la impresión grabada en la retina y que, pro- 
bablemente, presentan a aquella legión de lanceros y sa- 
bleadores — retazo, al fin, de la gloriosa montonera — 
tales como ellos eran. No fueron, con toda seguridad, 
distintos los de las batallas artiguistas, ni más gratas a 
los ojos azorados de un europeo las escenas del éxodo ! 

Recuérdese que muy diversa era la opinión de Pon- 
sonby sobre la gente de nuestro territorio, que en nada 
conceptuara inferior a la vecina y, en algún aspecto, su- 
perior; así se lo expresa a Canning. 

“No tienen más ropa que un calzón de hilo y una ca- 
misa de lana, y sólo algunos estaban provistos de poncho, 
su única protección contra el frío”. Antes, ha dicho que, 



308 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


siendo la carne el único alimento del ejército republicano, 
“ésta abunda, suministrada por las correrías de los gau- 
chos por el flanco izquierdo y, a veces, aún a la retaguar- 
dia del ejército imperial. En una ocasión, una partida 
de estos merodeadores cruzó el Piratiní y avanzó hasta 
quince leguas de Río Grande”. . . 

Así los concebimos y así fueron nuestros mayores, los 
del tiempo 1 de hierro, que “en pelos” y sin poncho pe- 
learon por la independencia y por sus fueros y que sólo 
sofrenaron sus potros ante la patria constituida. 

Indisciplinados, rebeldes, duros de carne y de alma 
recia, desdeñados por gauchos y orgullosos de serlo, como 
lo estamos nosotros, sus descendientes, de traer aquel ori- 
gen que se hunde en la hazaña. 

Porque sólo varones de esa médula pudieron llevar a 
término la pasmosa aventura — tenida por demencia — 
de afianzar una autonomía, brotada en la tempestad,, con 
desafío de la cólera de codiciosos vecinos y rompiendo sn 
agobiadora autoridad e imperio. Esa'es la característica 
extraordinaria de nuestros principios: aquí, hubo que 
superarse para consumar el ensueño que, en otras partes, 
cuajó a su hora y sin mayor esfuerzo, al igual del fruto, 
pleno de madurez, que sólo cae de la rama, necesitándose,, 
apenas, inclinarse para recogerlo. 

Dolor, sangre, inmensos y renovados infortunios exigió 
nuestro pleito independiente. Lucha sin descanso, que se 
prolonga por lustros y que, cuando 1 parece agotada, re- 
nace bajo los mismos pies del conquistador con la proeza, 
sin par, de los Treinta y Tres. Debido premio tuvo tan 
desesperada e invencible resistencia, social, moral y gue- 
rrera, cuyos artesanos eran, sí, aquellos centauros, clinu- 
dos, sufridos y sin fatiga, como tártaros, que tanto im- 
presionaran al forastero inglés. 

Diversos, a través de los siglos, no debieron ser sus 
propios antepasados, ni los bretones, ni los francos del 
otro lado del canal ; ni los noruegos y germanos, que rom- 
pen la remota bruma europea. 

Sin virilidad, no salen al frente las razas ni se fundan 
naciones. Tan alto destino se cobra y no, se pide : se toma 
por asalto. 

A esa ley vital obedecen los pobladores de esta orilla 
cuando retan a la adversidad y con ella se baten, hasta 
rendirla. 



TjA MISION PONSONBY 


309 


Concluido queda el comentario del informe de Fraser. 
De él era imposible prescindir, siendo tanta su enjundia. 


HACIA LA PAZ 

La misión Fraser marcó el principio del fin. Ya que 
los beligerantes no encontraban términos hábiles para 
entenderse, las fuerzas externas a su conflicto,, por él 
grave y crecientemente perjudicadas, procurarían su 
pronto desenlace. 

Ese viaje fulminante a Cerro Largo, fué singularmente 
expresivo 1 , tanta por su motivo 1 real como por lo que pro- 
metía. Con el movimiento de una torre, anunciando ya 
el mate, empezaba la nueva y última partida. . . 

Desde luego, pudo 1 haberse producido, si Lavalleja lo 
hubiera querido; lo quería, pero guardando las formas. 
Su virtud de soldado, resistió a la negociación directa, 
que tentadora se le brindaba; sin perjuicio de imprimirle 
impulso definitivo 1 con su opinión enérgicamente aproba- 
toria, con tanto anhelo esperada por Gordon. 

En dos años, largos, no' se había desatado el nudo. Su 
voz, vino a cortarlo. Y lejos estuvo de ser impremeditada, 
como que traducía el notorio sentimiento nativo, que en 
él tenía su más genuina encarnación.' Era,, por lo demás, 
la fructificación de la siembra de Trápani, tan aproxi- 
mado a Ponsonby. Para comprobarlo, aunque tan claro 
está, bastaría recordar aquel párrafo del informe del úl- 
timo a Dudley, de Enero 28 de 1828: “He despachado, 
para entrevistarse con Lavalleja, a una persona en la que 
confío completamente (por ser del mayor interés para 
ella apoyar mis opiniones) , para concertar con aquel jefe 
las gestiones necesarias a seguir para el buen éxito de 
nuestra obra”. No en vano, el gobierno de Buenos Aires 
se empeñaría en impedir, a toda costa, que . llegara al 
cuartel general. 

Todavía la víspera, las cancillerías repiten sus copiosas 
alegaciones. Cualquier frase o mal entendido, verdadero 
o simulado, provoca nuevas controversias. Gráfico ejem- 
plo el enredo, artificioso en mucho, que se teje alrededor 
de la acepción que se presume diera Ponsonby al proyecto 
de bases enviadas por Gordon y que, a la distancia, a éste 
perturban, sin otra razón positiva que la recíproca duda. 



310 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Eln Mayo 12, Ponsonby, en nota a Gordon, todo lo 
aclara: “La palabra oficial, si incorrectamente aplicada, 
sólo quiso significar que yo había oficialmente recibido 
de V. E. su propio sumario de aquellas proposiciones, a 
las cuales el gobierno brasilero oficialmente había asen- 
tido. Nadie entendió aquí que el resumen de V. E. era 
obra del gobierno del emperador. Todos nosotros, natu- 
ralmente, creimos que era la esencia de lo contenido en 
las proposiciones, bajo distinta forma, sin responder en 
ningún grado por el modo o los medios de llevar a efecto 
el proyectado arreglo. Sentiré muchísimo que V. EL haya 
experimentado la menor molestia por este asunto. Tengo 
la satisfacción de decirle que aquí nada de eso se ha sen- 
tido y que yo estoy seguro de que grandes ventajas se han 
obtenido de ello”. 

Pero también en Buenos Aires se extreman las argu- 
cias. Diplomacia primeriza — 'más cuidada de las palabras 
que de los hechos — que obliga a perder el tiempo en la 
inútil minucia. 

A cada paso, aparecen las rectificaciones, por imputar 
al interlocutor lo que no dijo, -ni pensó. Antes, a de la 
Cruz, a Rivadavia y a García ; después, al mismo Dorrego 
y a Balcarce. A éste, Ponsonby vese obligado a oponerle 
otra enmienda, en Diciembre 30 de 1827: “En aquella 
nota, el que suscribe no intentó manifestar que él desig- 
naba o deseaba proponer al señor Gordon —en la carta 
que iba a escribir — que tratara de reanudar la negocia- 
ción en su totalidad, según fué propuesto por el ministerio 
de la república, sino sobre la independencia de la Banda 
Oriental ’ \ 

Nuevo equívoco, pocas semanas más tarde. A pesar de 
la clara redacción, se entienden mal las bases que vienen 
de Río. En Enero 28 de 1828, el mediador entera a Dud- 
ley de que, “temiendo que el general Balcarce pudiera 
o quisiera no interpretar su verdadero sentido, pedí a 
Parish la entregara (la nota) personalmente, explicando, 
en la conversación, los párrafos que creyera necesarios” 
Y bien abona que no era excesiva su precaución, lo que 
sigue: “El general Balcarce fundó el desgano del go- 
bierno para acceder a mis deseos en un concepto errado, 
casi increíble, de los hechos. Dijo que entendía que, al 
mencionar yo la independencia de la Banda Oriental, mi 



LA MISIÓN PONSONBY 


311 


intención era que el gobierno consintiese que el empera- 
dor continuase en posesión de las fortalezas de Montevi- 
deo y Colonia. El señor Parish se refirió a los documen- 
tos oficiales, en prueba de lo contrario', y el ministro ter- 
minó declarando su no conformidad con mis deseos”. . . 

Según nota del l.° del mismo mes, “enterado, de buena 
fuente, así como por lo que se dice en general, de que el 
señor gobernador ba declarado, por repetidas veces, su 
resolución de no¡ hacer la paz sobre la base de la inde- 
pendencia de la Banda Oriental, me pareció eficaz tratar 
de traer al gobierno a una declaración explícita de su 
sentir y¡, con tal objeto, elevé la nota cuya copia tengo 
el honor de incluir”. 

De donde nace la importante conferencia celebrada con 
Dorrego. No se puede prescindir del minucioso memo- 
rándum que la refleja, cuando se escribe sobre aquellos 
sucesos. 

Ignoramos si ya se ha publicado íntegro. Si no lo hu- 
biera sido, aún más interesante resultará. Deploramos no 
detenernos en el comentario de tan jugoso antecedente. 
Apenas tomaremos este pasaje: “Luego me preguntó 
(Dorrego) si la independencia de que yo había hablado, 
debería ser «permanente o temporaria»”. Le repliqué 
que permanente: una independencia absoluta, de ambos 
beligerantes y de todo otro poder, según se había acep- 
tado por el anterior gobierno de la república”. 

En todas las instancias de la difícil negociación apa- 
rece así, dirigente y decisiva, la palabra, siempre precisa, 
del mediador, de quien materialmente cabe afirmar que, 
en cuanto era posible, conducía la gestión. 

En Río Janeiro, tropieza Gordon con estorbos dialéc- 
ticos similares a los que desgastan la paciencia de su 
colega en Buenos Aires, sin agotarla ; mucha debió ser. 

Alude Gordon a esas enojosas dilatorias, cuando le 
expresa a Dudley, en Julio 12 de 1828: “No diré que el 
emperador no haya dado motivo a sus enemigos para 
sospechar tales intenciones y del significado que S. M. I. 
pudiera querer dar a la palabra independencia ; pero sin- 
ceramente afirmo que, si hubieran llegado aquí los pleni- 
potencias de Buenos Aires durante los últimos se's meses, 
se habrían firmado preliminares de paz a satisfacción de 
todas las partes y, en consecuencia, nunca lamentaré lo 



312 


LUIS ALBERTO PE HERRERA 


suficiente que tanto tiempo se haya perdido en previas 
discusiones especulativas”. 

Cabría observar que, mucho antes, habían llegado, sin 
alcanzar éxito. En efecto, el fracaso de la misión García 
sólo cometiendo evidente injusticia podría imputarse a las 
Provincias Unidas. Entonces debió surgir la paz, que la 
obsesión imperial malogró. La consecuencia de aquel in- 
merecido contraste fué una grande y comprensible reserva 
de parte de la cancillería argentina. Gordon la apunta en 
su* nota a Dudley de Octubre l.° de 1827 : “Las cartas que 
he recibido de lord Ponsonby, por el paquete que sigue 
para Inglaterra con el presente despacho, dan cuenta tan 
poco satisfactoria de la disposición del gobierno de Bue- 
nos Aires para hacer la paz, que temo que las proposi- 
ciones que tuve el honor de adelantar a V. E., en mi des- 
pacho n.° 21, sean rechazadas”. 

Hay que relacionar las fechas: recién se salía de la 
misión García. 

Por lo demás, estaba en el poder Dorrego, o sea otro 
partido, que venía de lapidar al antecesor y su política 
general. 




TiA MISIÓN PONSONBY 


313 


X 

DILATORIAS DE AMBOS BELIGERANTES 

Hemos buscado en. la prensa de la época el reflejo de la 
opinión dominante, entonces, a fin de orientar mejor el 
propio juicio. 

Cuando parten para Río Guido y Balcarce, así escribe 
“El Tiempo”, adversario de la nueva situación, en su 
número det Julio 15 de 1828: “Por lo que hace a las ne- 
gociaciones, han corrido tantos meses desde que están 
entabladas, han ido y venido tantos, ha recibido y enviado 
tantas comunicaciones el ministro mediador, en fin, se ha 
tenido tanto tiempo de meditar este asunto, de arreglar 
las' que deben ser sus bases y de calcular el resultado de 
la misión, que, supuesta la partida de los ministros, es de 
presumirse que no vayan sólo a tentar fortuna y que el 
gobierno que los ha enviado tenga probabilidades de un 
éxito favorable”. 

Bien puntualizada la interminable gestión, cuyas al- 
ternativas, por culpa de unos y otros — seguramente más 
de la parte imperial — habían concluido por llevar al es- 
cepticismo. Prosigue: “Cuando decimos favorable, no se 
limita solamente nuestro concepto a que se haga la paz, 
sino a que se haga de un modo honroso a la república. 
Si el gobierno no tiene una certidumbre moral de que 
van a lograr ambos objetos, en manera alguna debió con- 
sentir en el envío de plenipotenciarios por parte de la 
república”. 

Sobrado motivo existe para el resquemor. Se vuelve a 
la capital del contrario, apesar del mal recuerdo reciente. 

Sigamos leyendo: “Y a la verdad: ¿no sería haber 
puesto a la república en el punto de vista más humillante 
y degradarla hasta lo sumo, enviar por segunda vez mi- 
nistros a la corte del Brasil, sólo para que oigan perso- 



314 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


nalmente que el emperador no quiere hacer la paz, o que 
exige condiciones como las pactadas en la célebre conven- 
ción del 24 de Mayo?”. 

Continúa: “El Tiempo” ignora si las circunstancias 
que han influido en el envío de estos ministros guardan 
alguna relación con las que influyeron en que la presi- 
dencia diera igual comisión al señor don Manuel García, 
en 1827 ; pero está bien cierto que el gobierno de entonces 
no. se resolvió a dar este paso hasta que obtuvo segurida- 
des oficiales de quien, por su misión y su carácter, debía 
ser creído, de que la paz se haría con arreglo a las bases 
que sirvieron de instrucción al ministro mediador. Una 
fatalidad, seguramente, sería la que hizo que, al entablarse 
las negociaciones, empezaran a fallar las seguridades que 
había dado un diplomático que nada debió aventurar de 
que no estuviera completamente cierto y de que no pu- 
diera ser responsable”. 

Hemos considerado útil la reproducción de conceptos 
que con tan severa sobriedad concretan el cargo. Trans- 
parente la alusión a Ponsonby y palpable la injusticia, 
para cualquiera que se incline sobre los documentos y 
medite. La conducta de Ponsonby, clara y sincera, no 
necesita defensa: él se agotó, cuando la misión García, 
en el anhelo pacificador. Nada tortuoso se asocia a su 
preparación de la misma ; si acaso, una inalterable buena 
intención. Ya lo hemos evidenciado. ¿Pudo, por lo demás, 
presumir nadie lo que ocurrió? ¿Era posible responder, 
con afirmación absoluta, del emperador? 

No acabaron allí sus incoherencias en cuanto a la paz, 
que, repetidas veces, por ellas corre riesgo. Después de 
consentir, en 1828, que la negociación se localice en Mon- 
tevideo, exige que sea llevada, de nuevo, a Río. Y así 
ocurre al final, después de dos años de tira y afloja! 
Escríbele Gordon a Dudley, en Mayo 10 de 1828: ‘‘Da- 
das las desconfianzas inherentes sobre las verdaderas vis- 
tas del emperador, dominantes en Buenos Aires, es dudoso 
si de allí se mandará ahora un plenipotenciario con tal 
cometido ; pero, de todos modos, la probabilidad de un 
pronto cese de hostilidades sufre mucho daño con esta 
injusta retractación de las primeras propuestas de S. M. I. 
de firmar los preliminares en Montevideo”. 

Asertos emanados de un diplomático ajeno a la causa 



LA MISIÓN TONSONBY 


315 


platina y casi prevenido contra ella, como en algunos 
pasajes suele adivinarse. Los cierra así : “ Temiendo que 
la repulsa a mi última instancia haya sido en parte cau- 
sada por el artículo referente a nuestra mediación, de la 
cual desgraciadamente desconfía el ánimo rastrero de los 
políticos de este país, propondré al marqués de Aracaty 
suprimirlo totalmente; pero no puedo permitir que V. E. 
crea que esto va a evitar las tardanzas que parecen ahora 
buscarse por el gobierno brasilero”. 

Casi a mediados de 1828, todavía el monarca causa 
sobresalto con su veleidad incurable. La correspondencia 
de Gordon lo certifica y no será, ciertamente, la negación 
ruidosa la que destruya sus dichos. 

Comunícale a Dudley, en Mayo 17 : “Antes de recibir 
la contestación del marqués de Aracaty a mi nota del 14 
del corriente, le adelanté un proyecto de despacho a lord 
Ponsonby, para el cual deseaba obtener la aprobación de 
S. M. I. Por supuesto que la mencionada contestación del 
marqués ha inutilizado mi último esfuerzo,, y sólo trasmito 
los detalles del mismo a V. E. para que pueda juzgar hasta 
dónde estoy justificado al sospechar a este gobierno de 
mala fe en la presente circunstancia”. 

Estamos en presencia de inesperados elementos infor- 
mativos, con que no contáramos al articular los comen- 
tarios iniciales y que ahora los acrecen. 

Aún más acerba luce la censura en el despacho de 
Gordon al propio Aracaty, del 4 de Mayo, pocos días 
antes: “No sólo sorprende al infrascripto que se tenga 
por correcto, de parte del gobierno imperial, el desdecirse 
de un solo artículo del original de las proposiciones, en el 
preciso momento en que van a ser aceptadas, sino que ve 
en ello una falta de consideración a la mediación de la 
Gran Bretaña, de la que es modesto órgano ”. 

El reproche se dirige oficialmente al emperador, por 
intermedio de su canciller, y así se consolida: “Le cuesta 
convencerse de que sea ahora el objeto de S. M. I. entor- 
pecer la pacificación, que, después de tantos estériles es- 
fuerzos, había, al fin, con su propio consenso, llegado a 
un estado efectivo, que aseguraba su buen éxito; y asi- 
mismo es su deber, otra vez, indicar a S. E. el marqués 
de Aracaty que, transferir el arreglo de preliminares de 
Montevideo a Río de Janeiro, significa, en las actuales 



316 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


circunstancias, no sólo detener sino poner en peligro la 
paz y, en consecuencia, solicita de S. E. que insista con 
S. M. I. para que tenga la complacencia de mantener las 
proposiciones que, por su expresa y graciosa orden, se 
confiaron al infrascrito, con fecha 18 de Febrero”. 

Recogemos la voz insospechable de los documentos pú- 
blicos, cuya eficiencia testimonial no se contesta con ara- 
bescos literarios. 

En otra nota, del 17 de Mayo, Gordon entera a Pon- 
sonby de que, “apoyado en la autoridad de su comuni- 
cación a mí y como consecuencia de las seguridades traí- 
das, desde Buenos Aires, por el señor Fraser, he declarado 
al marqués de Aracaty que el gobierno republicano está 
dispuesto a firmar una convención preliminar sobre la 
base de esas proposiciones y tengo que anunciar a V. E. 
que S. M. I. graciosamente ha querido conceder plenos 
poderes a. . . para actuar como su plenipotenciario en 
Montevideo, autorizándolo a firmar en aquel sitio, con 
los plenipotenciarios de Buenos Aires, una convención 
preliminar de la cual forme parte el compromiso de 
S. M. I. de erigir a la Banda Oriental en estado inde- 
pendiente, la que, por lo demás, debe hallarse en confor- 
midad con el documento fechado el 18 de Febrero, que 
lleva la rúbrica del ministro brasilero de relaciones exte- 
riores”. 

En verdad que todo parece allanado. Sin embargo, no 
ocurrió así y la incongruencia imperial desbarata lo que 
la víspera se acordara : por notas oficiales trasmitido. La 
de Mayo 21 de 1828, pasada por Gordon a Aracaty, aun- 
que se inicia diciendo que no la inspira “el propósito de 
refutar los argumentos con que S. E. ha tenido a bien 
defender la determinación de S. M. I., al declinar el cum- 
plimiento de lo que se prometió por los cinco artículos de 
las bases del 18 de Febrero”, constituye una requisitoria, 
cuya severidád no es necesario destacar y que se explica, 
en presencia de tales contradicciones. Tomamos su nudo: 
“Pero después que las proposiciones, firmadas, fueron 
confiadas, de parte del Brasil, en sus comunicaciones de 
21 y 27 de Abril y de 14 y 17 de Mayo, el suscrito no se 
hallaba preparado a ver su mediación desacreditada y, en 
cierto modo, desautorizada por el presente abandono, por 
el Brasil, de cualquiera de los artículos de sus proposi- 



LA MISIÓN PONSONBY 


317 


ciones originales, retiro que ningún lenguaje, de clase 
alguna, desde el señor Balcarce hasta lord Ponsonby, 
puede justificar. En la opinión del infrascrito, es irri- 
sorio decir, ahora, que se fundan favorables perspectivas 
en la eficacia de la mediación británica; ni puede él, des- 
pués de lo sucedido, llegar a concebir cómo- al gobierno 
de Buenos Aires puede hacérsele reconocer la saludable 
influencia de esa misma mediación, de la manera mencio- 
nada por el marqués de Aracaty”. 

En ninguna otra de las muchas notas motivadas por 
la paz, encontramos tanta rudeza de fondo, que las for- 
mas no se empeñan mayormente en moderar. Difícil para 
un diplomático expresarse en términos más acerbos, ple- 
namente comprensibles, por lo demás, ante las acumula- 
das incongruencias del emperador, inestable siempre y 
que avasalla con su capricho absoluto a sus ministros. 

Termina Gordon : “ Si las proposiciones que fueron fir- 
madas por S. E. y confiadas al infrascrito el 18 de Fe- 
brero, hubieran quedado en ízanos de los ministros me- 
diadores de Inglaterra, para obrar según ellas, en vez de 
ser revocadas por el marqués de Aracaty, por su nota del 
23 de Abril, hay fundada razón para creer que una con- 
vención preliminar de paz se podría haber firmada en 
Montevideo en el curso del mes de Junio ”. 

Bien concreta la acusación : se ha faltado a lo que por 
escrito y oficialmente se prometiera ; y piénsese que estas 
rectificaciones de lo estipulado la víspera, se arrastran, 
por años, con el desairado acompañamiento de contradic- 
ciones que imponen los cambios de frente sin excusa ló- 
gica. 

A ellos alude Ponsonby cuando le expresa a Gordon, 
en carta de Marzo 9 de 1828: “ Comparto calurosamente 
su deseo de que Inglaterra vea juego limpio ’ \ Nos parece 
haber tropezado ya con un comentario idéntieo en sus 
anteriores escritos ; pero, esta vez, el reproche lo provocan 
los bonaerenses, que también se escurren, aunque razón 
para sentirse recelosos les asiste, después de la experiencia 
adquirida en anteriores ensayos. Y sin embargo — dígase 
con el elogio que el gesto merece — mandan sus plenipo- 
tenciarios a Río, cuando lo entendido era que se encon- 
trarían en Montevideo, plaza militar del otro beligerante. 


318 


LUIS ALBERTO EE HERRERA 


Pocos casos habrá de que un país, que no ha sido vencido, 
a tanto se allane en dos ocasiones y por el mismo litigio. 

Gordon entera a Dudley de las agotadoras fluctuaciones 
imperiales, que así aprecia en fecha Mayo 17 de 1828: 
“Pesando estas y muchas otras consideraciones, que tan 
terminantemente demandan el cese de las hostilidades en 
este hemisferio, no es sino con hondo pesar que he recibido 
esta mañana la respuesta, que incluyo, del marqués de 
Aracaty. Me confirma en la presunción de que enteré a 
V. E., en mi despacho del 10 de Mayo, de que el gobierno 
brasilero está engreído con la perspectiva de tomarle 
ventaja al enemigo finalmente y, en consecuencia, se han 
valido de un pretexto injustificable para retardar el 
acuerdo preliminar. Por el próximo paquete enviaré una 
copia de la réplica que me propongo dirigir al marqués 
de Aracaty, quien no sólo tergiversa mi lenguaje anterior, 
sino que, en mi opinión, desacredita completamente a la 
mediación británica, haciendo creer que obra de acuerdo 
con ella”... “El marqués de Aracaty no tiene justifi- 
cación en abusar de la franqueza con que le enteré de 
esa carta, valiéndose de ella para retirar las proposiciones 
ya a iüí confiadas y sobre las cuales sigo creyendo que la 
paz puede hacerse sin dificultad ni atraso”. 

Indispensable esta fatigosa documentación, ya que se 
intenta desnaturalizar, en forma tan extraordinaria, la 
realidad de los acontecimientos. 

Apenas ensayamos restablecerla, no con nuestra aseve- 
ración, sino con la emanada de tan altos e imparciales 
testimonios. 

A pocas semanas ya de la paz, sin embargo, todavía se 
le crean impedimentos verbales, que responden a la íntima 
esperanza de desviar su amplio sentido. A pesar de tantas 
intermitencias, al fin se cede. En confirmación, además 
de todo lo expuesto, en páginas ya muy próximas hemos 
de probar, aún con mayor eficacia, que, en vez de ser el 
emperador propulsor de la solución, simplemente se so- 
metió §1 apremio de circunstancias superiores a su volun- 
tad. Y el mismo concepto alcanza a Dorrego, que tampoco 
quería llegar a lo que tuvo que llegar, con la diferencia 
de que su oposición fue vencida con mayor facilidad. 

El dominio táctico, diremos así, de la negociación lo 
tenía la mediación. En todo tiempo, estuvo en sus manos, < 




LA MISIÓN PONSONBY 


319 


y no hay instancia do la ardua y larguísima gestión ajena 
a su directiva, sin la cual, en resumen, habría sido remoto 
el arreglo. Se alega, pues, con mucho simplismo — desde 
Guido hasta la fecha — cuando se pretende disminuir la 
influencia del poder mediador y acrecer la de los belige- 
rantes, que, sin quererlo, aceptan el inevitable desenlace, 
precipitado por la tercería que la misión Fraser reconoce 
al general Lavalleja y a sus orientales y por otros facto- 
res, también muy persuasivos, que en seguida señalare- 
mos. 


EL DAÑO AL COMERCIO 

* 

Referimos, desde luego, a las consecuencias del bloqueo, 
que determinan la crisis. 

El conocimiento de la correspondencia Gordon, nos 
permite acentuar las observaciones sobre ese tema, antes 
esbozadas. En oficio a Dudley, de Octubre l.° de 1827, 
abunda aquél en comentarios sobre “el extraordinario 
aspecto de esta guerra, que, si continúa, apesar de las 
bases últimamente propuestas, parece, en mi humilde opi- 
nión, demandar una intervención directa de la Gran Bre- 
taña; no sólo porque tal continuación no puede justifi- 
carse, con razón ni pretexto; no porque la guerra sea 
muy perniciosa para los intereses de la Gran Bretaña, 
haciendo peligrar su tráfico sudamericano, sino porque 
se hace desafiando la ley de las naciones, con pérdida de 
vidas^ británicas y a costa del honor británico”. 

Informes para uso exclusivo del superior, extraños a 
todo efectismo, que siguen: “Las principales y en reali- 
dad las únicas operaciones de la guerra, se hacen por mar. 
No entre brasileros y argentinos, sino por extranjeros, en 
su mayoría ingleses; y no es alejarse de la verdad decir 
que la guerra entre Brasil y Buenos Aires se mantiene 
actualmente entre ingleses, en directa contravención de 
las leyes de Inglaterra, con capital británico y, todavía, 
manifiestamente en contra de los intereses británicos. No 
hay menos de 1200 marinos ingleses en la flota brasilera 
y lamento tener que anunciar a V. E. que varios cente- 
nares de ellos son desertores de la armada de la Gran 
Bretaña”. 

Y, para abonarlo , agrega datos de cuya noticia sería 
sensible prescindir, como que estos antecedentes, sumados 



320 


LITIS ALBERTO DE HERRERA 


a otros muchos de análoga índole, redoblarían la voluntad 
pacificadora. 

“No entra a la bahía de Río Janeiro un solo buque 
británico que no pierda muchos de sus mejores tripulan- 
tes; lo que no puede evitarse, pues son atraídos por sus 
propios compatriotas, secuestradores consentidos por la 
ley, empleados por este gobierno para ofrecerles tentado- 
ras primas, lo que, luego, impide a las infortunadas vícti- 
mas acogerse a la protección de la bandera que tan lige- 
ramente han desertado. El jefe de la escuadra bloquea- 
dora en el Río de la Plata, es un inglés, y el jefe de la 
flota de Buenos Aires, lo mismo ; sus dotaciones inglesas, 
cuando caen prisioneras, sin vacilación se unen a sus 
compatriotas alistados del lado opuesto y, a veces, vuel- 
ven a cambiar, a causa de malos tratamientos o por in- 
clinación al saqueo. Las últimas noticias de Montevideo 
dicen que una hermosa goleta brasilera, de catorce caño- 
nes, con dotación de marinos ingleses, se pasó al ene- 
migo”. 

Recordará el lector que Ponsonby, con anterioridad, 
había hecho alusión a esta indebida y considerable inge- 
rencia de súbditos de su nación en el conflicto armado de 
otras. Ya en 1826, se lo expresa así a Inhambupe. 

Es otro agente diplomático quien ahora plantea el caso 
ante su propia cancillería, y quien llega a esta severa 
conclusión : ‘ ‘ Estos y otros incidentes alarmantes de esta 
guerra sin sentido, parecen afectar demasiado a los inte- 
reses de la Gran Bretaña para no demandar su rápida 
intervención. Espero sinceramente que Y. E. estará de 
acuerdo conmigo en que el mismo- empeño laudable que 
ha unido los esfuerzos de tres grandes potencias de Eu- 
ropa, para terminar con la lucha sangrienta entre las 
provincias griegas y la Puerta Otomana, puede emplearse, 
con igual justicia, para poner fin a los perjuicios de esta 
guerra en Sud América, que también lo necesita, por equi- 
dad, por sus intereses y por humanidad ’ 

Así se habla después de enumerar las especiales cir- 
cunstancias que rodean al litigio guerrero sudamericano, 
que no sale de su estado indefinido, clamando todos, en 
vano, por solución. 

Comprobada, a la evidencia, la incapacidad de decidir, 
en ambos beligerantes, la distancia geográfica alejó el 


LA MISIÓN PONSONBY 


321 


riesgo de la intervención coaligada de la diplomacia eu- 
ropea y, también así, la rivalidad existente entre las 
grandes potencias. 

Sin embargo, sus reclamaciones por perjuicios graves 
inferidos a su comercio, acompañadas, en algún caso, por 
demostraciones navales, ofrecen un primer síntoma de 
reacción que, luego, adquiere cuerpo con el retiro del mi- 
nistro de Estados Unidos y que, finalmente, se condensa 
en la firme resolución británica de llegar a la paz, como 
lo acredita el entendimiento directo con Lavalleja y, su 
signo externo, la misión Fraser, a la que sucede el intenso 
apremio, que pronto documentaremos y que impuso la 
transacción. De donde resulta que el emperador, a pesar 
de pregonarse lo contrario, debió adaptar su actitud a ese 
nuevo e incontrastable factor, que apenas necesitó dibu- 
jarse. 

Antes de producirse esa tirante situación moral, se 
acumulan sucesos que la preparan. 

De nuevo a ellos refiere Gordon, en su nota de Noviem- 
bre 10 de 1827, terminando con estas palabras: “Queda 
al gobierno de S. M. decidir qué otra actitud debe adop- 
tarse para obtener la terminación de una guerra que, cual 
ninguna, es^ injusta y desastrosa para todas las partes en 
ella comprendidas”. 

Ratifica, en Febrero 24 de 1823: “El emperador ve 
claramente que no puede ya forzar más su bloqueo sobre 
los barcos neutrales, y sólo me sorprende la paciencia de 
nuestras autoridades navales, que continúan reconociendo 
un bloqueo que, de hecho, puede decirse que sólo se hace 
efectivo contra la bandera británica”. 

Empresa superior a las fuerzas marítimas del Imperio : 
de una parte, el cierre efectivo de un inmenso estuario, 
frente al corso, por la otra autorizado, y miás eficaz por 
desarrollarse al margen de la ley y sin otro control que 
el capricho. 

Los escritores brasileros concuerdan, por lo común, en 
que la marina imperial incurrió en muchos abusos; los 
que provocaron hasta demostraciones navales de las po- 
tencias lesionadas en su comercio. “Ao almirante baráo 
do Rio da Prata, chefe da esquadra bloqueadora, cabe 
grande responsabilidade pelas complicacóes e enormes des- 


si 



322 


LUIS ALBERTO DE HERRERA. 


pezas que os exoessivos apresamentos de navios neutros 
trouxeráo ao Imperio”. 

Lo asevera Pereira Pinto, y se ratifica, a fondo: "O al- 
mirante Rodrigo Pinto Guedes deu causa com táo exótico 
comportamento a grandes desgostos para o paiz, e a avul- 
tados sacrificios pecuniarios, pelas indemnisacóes das re- 
feridas presas”. 

El perjuicio a los neutrales era creciente y con violación 
de principios internacionales establecidos. 

Diseña con toda exactitud el cuadro Gordon, en nota a 
Dudley, de Abril 26: “De su parte (Buenos Aires), todas 
las operaciones de la guerra se reducen a la piratería. De 
este lado, aunque en realidad puede decirse que no hay 
operaciones, sin embargo, una gran fuerza naval está es- 
tacionada en el Rió de la Plata y un ejército, que cuesta 
enormes gastos, considerada su insignificancia, se man- 
tiene en la frontera de Río Grande. Los principales actos 
de la guerra se desarrollan en realidad, por ambas partes, 
con violación de la ley de las naciones y la perspectiva 
para los neutrales es que prolonguen, por más tiempo 
aún, las más grandes calamidades a que podrían hallarse 
expuestos en el caso de la más activa y justa guerra sos- 
tenida entre países regidos por los gobiernos más regu- 
lares”. 

En algún capítulo anterior, recogimos juicios muy si- 
milares de Ponsonby, quien eleva a su gobierno una expo- 
sición de sus connacionales sobre la precaria situación'de 
sus negocios, provocada por el corso, fruto, a su vez, de 
un bloqueo, más denominado que efectivo. Ahora, la re- 
pite: “La memoria que tuve el honor de trasmitir a S. El 
(de los comerciantes aquí) y el conocimiento público y 
notorio de la insuficiencia total de las fuerzas bloquea- 
doras, me ofrecieron la oportunidad de asestar un golpe, 
que creí de efecto, sobre el partido de la guerra. Dije a 
una persona de mi relación que mi opinión personal era 
que el bloqueo debía levantarse ; que los hechos que prue- 
ban la ineficacia del bloqueo brasilero, eran indisputa- 
bles ; que la comisión de comerciantes (era uno de ellos) 
había proporcionado nueva prueba sobre el caso, todo lo 
que se había trasmitido a V. E. ; que la regla del bloqueo 
exige que resulte leal y honradamente eficiente ; que, muy 
probablemente, un resumen de los hechos debe haber sido 



LA MISTAN PONSONBY 


323 


enviado al gobierno de los Estados Unidos de Norte Amé- 
rica y que no era probable que un gobierno tan franca- 
mente hostil a bloqueos, dejara pasar esta oportunidad 
de romper éste; que si Norte América reclamaba, y se le 
permitía el derecho de desconocerlo, Inglaterra deman- 
daría igual derecho para ella; y, finalmente, que el blo- 
queo parecía destinado a romperse”. 

Agrega el mediador que su oyente pronto divulgó, al- 
terada y magnificada, esta conversación; “pero la gente 
creyó que emanaba de mí, y los fondos subieron, el precio 
del oro bajó y los especuladores de la guerra, alarmadí- 
simos, vendieron gran porción de sus mercaderías, etc. Las 
exageraciones y errores de la versión pronto se cor rigie- 
ron, pero creo que el partido pro guerra desistió, desde 
ese instante, de su juego”. 

No sólo interesante la transcripción porque ella con- 
densa los fundamentos lógicos de la oposición al deficiente 
bloqueo que se padecía, sino también por abonar, con un 
ejemplo práctico, la significación, resolutiva, de su posible 
desconocimiento. Una simple alusión a esa eventualidad, 
provoca gran zozobra en el mundo de los negocios ; lo que 
fuera muy natural, desde que, romper el bloqueo, impor- 
taba restablecer el intercambio y su normalidad ; es decir, 
la anulación del cierre y el final de la guerra marítima. 
La consecuencia directa de tal actitud er.a la paz, pues 
la fínica arma imperial, efectiva, la constituía el bloqueo. 
Quebrada ésta, automáticamente caían las otras. 

Ponsonby se expresaba así, a fin de abatir el espíritu 
del bando extremista, movido por la especulación y la 
gran ganancia, y para levantar el espíritu de los comer- 
ciantes de su bandera. Así lo comunica al Foreign Office : 
“Me vi obligado a emplear estos medios, por otros y muy 
serios motivos”. Pero el mediador ignoraba que, a la hora 
en que él enteraba a Dudley del episodio, ‘ ‘ por si le llega 
cualquier noticia inexacta al respecto”, su cancillería se 
preparaba a proceder en la forma definitiva que él anun- 
ciara, para volver a razón a los exagerados, ajeno a que ya 
traducía una verdad. 

En la misma nota, de fecha Enero 28 de 1828, expresa 
el mediador : “El gobernador sabe que se halla en peligro 
de verse forzado a pactar una paz que él ha creído tener 
interés privado en retardar. Muchos de aquellos que con 




324 


LUIS ALBERTO DE TTH-RBirnA 


más violencia pugnaban por la guerra, han tomado ahora 
opuesto rumbo, no poco influenciados, según creo, por la 
creencia prevaleciente, ahora, del levantamiento del blo- 
queo, sobre la duración del cual sus especulaciones depen- 
dían por entero y por las cuales solamente estaban indu- 
cidos a desear un prolongamiento de las hostilidades”. 

Los sucesos se precipitan. Por su recalcitrancia pala- 
brera, los beligerantes empiezan a perder su contralor. Ya 
se penetra en un nuevo capítulo, que será, con toda segu- 
ridad, el último : o se hace la paz, o se rompe el bloqueo, 
que, en efectividad, es lo mismo, como que esto traería 
aquello. 

•Gordon, en Mayo 17 — ya a tres meses de la solución — 
le señala a Ponsonby nuevos motivos de apremio, que im- 
ponen, en su entender, el cese de las hostilidades: “Entre 
las numerosas razones británicas que pueden alegarse, 
para apurar esto, hay algunas que talvez no se le han 
ocurrido a V. E. Mencionaré, por ejemplo: l.°, que si 
el bloqueo no se levanta, dentro de seis semanas, todas 
las mercaderías británicas, hasta el valor, por lo bajo, de 
un millón de esterlinas, que se han ido acumulando du- 
rante los dos últimos años en el puerto de Montevideo, 
con destino a Buenos Aires, serán obligadas a pagar un 
derecho de 24 % al Brasil; 2.°, además de la descarga 
de la mercadería inglesa paralizada en Buenos Aires, el 
levantamiento inmediato del bloqueo permitiría a nues- 
tros comerciantes transportarla a Europa — pues está 
invertida casi totalmente en cueros — antes que pase la 
estación para hacerlo, evitando, así, pérdidas muy consi- 
derables”. 

También señala las nuevas tarifas de aduana proyec- 
tadas para el Imperio y que duplicarían los derechos, 
“siendo evidente que la moneda nacional no puede recu- 
perar su valor hasta después de terminada la guerra”. 

Es imposible prescindir de estas referencias textuales, 
de insustituible fuerza. En materia histórica, la convic- 
ción no se edifica con divagaciones que, por sistema, hu- 
yen de los hechos, a fin de eludir su aspereza. Hay que 
afrontarlos, tomarlos como fueron y aceptar lealmente su 
resultancia, aun con mortificación. 

En el caso, es indispensable reunir datos ciertos sobre 
el perjuicio sufrido por los neutrales — en primera línea 


LA MISIÓX PONSONBY 


325 


por el comercio inglés — , cuya inmediata consecuencia la 
define la mayor y ya definitiva presión para conducir 
rápidamente a la paz. 

Más necesario todavía hacerlo así cuando se intenta 
desconocer aspecto tan esencial del desenlace. 

TOLERANCIA QUE SE ACABA 

Veamos, en lo pertinente, la réplica de Ponsonby a las 
observaciones de Gordon sobre el daño que sufren sus 
compatriotas: “La negativa o estorbo que V. E. ha no- 
tado respecto a la exportación de allí de mercadería bri- 
tánica, no significa nada. Si se concluye la paz, el asunto 
se arreglará de inmediato; si continúa la guerra y el 
bloqueo no puede mantenerse por el emperador, contra 
las naciones neutrales, como V. E. ha observado, y como 
parece ser necesariamente el caso, la mercadería inglesa 
deberá, entonces, estar libre para ser exportada, porque 
no puede haber pretexto alguno para impedir a los súb- 
ditos ingleses que saquen de este país sus bienes, ni tam- 
poco traer sns propios elementos de vida, no siendo con- 
trabando de guerra”. 

Ese “deberá”, subrayado, todo lo expresa. Ya que la 
exhortación prudente, prodigada durante dos años, por 
culpa de unos y otros, que se agotan en la fraseología 
mañosa, no consigue ablandar la recíproca intransigencia, 
se adoptará otra línea, más eficiente, de conducta. La 
mediación entra en su etapa final. 

Y no eabe reprocharle demasía. Nada ingrato se asocia 
a este último acto de su desarrollo. Ni se intima, ni se 
intimida. Simplemente, se encara la defensa del propio 
comercio y del derecho de los neutrales. A esos efectos, 
basta disponerse a desconocer el defectuoso bloqueo. 

Ante tal eventualidad, la cordura recupera sus fueros. 
Amago que no importa gesto de arbitrariedad, por cuanto 
el derecho internacional acepta aquel recurso de guerra, 
pero a condición dé que se haga efectivo. 

Apenas se marcó esa grieta, quedó decretada la paz, a 
la que eon apuro se va. Se lo escribe Ponsonby a Gordon, 
en Marzo 9 de 1828: “Siento un creciente deseo de traer 
este asunto a una terminación tan rápida como sea posible 
y ruego a V. E. que gestione el envío de un ministro bra- 



326 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


silero aquí, con plenos poderes. Dorrego, como usted ve, 
ha declarado, en términos muy elevados, que está pronto 
a mandar un ministro a Río. Si usted escoge esa manera 
de proceder, Dorrego será dueño de prolongar, hasta 
dónde le plazca, la duración de las negociaciones. Si tie- 
nen lugar acá, puedo obligar a Dorrego a concluirlas rá- 
pidamente”. 

Lenguaje vigoroso, afirmativo, que permite colegir 
quién imprime mayor movimiento a la escena. 

Y, sin embargo, todavía no se ha pasado de las reda- 
maciones, que siguen el trámite de las carteras. 

Cuadra observar que, en ningún instante, la mediación 
usa, como recurso, para llegar a su fin. actitudes reñidas 
con la rectitud. En tal concepto, también concurre a 
esclarecer el desempeño sin reproche de lord Ponsonby, 
su enérgica reprobación de la aventura auspiciada por 
Dorrego contra el Imperio y el emperador, a base de 
sobornos, sublevaciones y secuestros. 

Ya la hemos comentado, al pasar; agreguemos nuevas 
noticias, que se desprenden del oficio que, con fecha Fe- 
brero 12 de 1828, Poqsonby eleva a Dudley, reflejo del 
enviado a Gordon sobre el mismo asunto. Abunda en 
detalles interesantes, que nos tomarían mucho espacio. 

Refiere a la conjuración Andrada, apoyada por influ- 
yentes brasileros y robustecida por la adhesión de las 
tropas alemanas, de guarnición en Río : ‘ ‘ También fue- 
ron ganados los irlandeses últimamente llegados a Río 
de Janeiro y su agente fué a Buenos Aires, de donde 
zarpó, con Fournier, de regreso. Los alemanes e irlan- 
deses serán compensados con campos y dinero ; se supone 
que el emperador carece de tropas nacionales para sos- 
tenerle. Se intenta secuestrarlo, pero, solamente en caso 
de resistencia matarlo”. 

Sigue la descripción del plan: “No he podido aún ver 
los documentos donde este asunto se detalla, pero lo que 
antecede me viene de persona que los ha leído”. 

Más adelante, expresa: “El emperador talvez pudiera 
aún detener el golpe meditado, si concertara, de inme- 
diato, la paz con el general Lavalleja, y espero que haya 
inducido al general a prestar oído benevolente a términos 
razonables. Pienso que el emperador está en inminente 
peligro y temo que tendría malas consecuencias para los 
intereses británicos el éxito de la conspiración”. 



LA MISIÓN PONSONBY 


327 


Clara se percibe la derivación al entendimiento con los 
orientales. Ese riesgo, concretado en la misión Praser, 
crearía gran alarma en el beligerante platino, y, por 
ende, lo incitó a apearse de fórmulas rígidas. Hasta de 
la reunión de plenipotenciarios en Montevideo declina y 
apuradamente manda, otra vez, los suyos al Janeiro. 

Nueva situación diplomática, bien precisada por Pon- 
sonby en su despacho a Dudley, de Enero 28 de 1828: 
“Si el gobierno de S. M. se viera obligado (lo que es 
posible) a intervenir más decididamente de lo que hasta 
ahora lo ha hecho en la contienda, convendría tener a 
uno de los beligerantes comprometido en una política 
pacífiea, que justificará el tono de autoridad, si S. M. se 
viera obligado a usarlo”. 

Por lo demás, el buen sentido del mediador debía ser 
naturalmente opuesto a la enredada intriga, de proyec- 
ciones rocamboleseas, que, a última hora, tiende sus hilos. 
Su nación quería y necesitaba el afianzamiento en estos 
países del principio de autoridad para conquistar mer- 
cados estables y derramar normalmente su industria. 

Con membrete confidencial, Gordon, en 17 de Marzo, 
le manifiesta a Dudley: “He sido profundamente tur- 
bado por el despacho adjunto de lord Ponsonby”. No 
le da mayor asidero a la versión ; pero, recibida, considera 
que no debe demorar en ponerla en conocimiento del mo- 
narca. “Confieso que tiene tanta apariencia de una es- 
tratagema para precipitar al emperador a hacer la paz 
con el enemigo, según sus propios términos, que de' muy 
mala gana he cumplido lo que comprendo que es mi obli- 
gado deber”. 

Con idéntica lealtad procederá de nuevo Ponsonby 
cuando, ya en Río, se entera de que se conspira contra 
Dorrego. La hidalguía es una de las aristas de su ca- 
rácter. 

Escríbele a Aberdeen, en Diciembre 29 de 1828 : ‘ ‘ Hace 
mucho tiempo ya, recibí informes de los designios de los 
generales Alvear y Lavalle y oí que Riv adavia actuaba 
de acuerdo con ellos (no parece que hubiera tomado una. 
parte decidida en los sucesos), y escribí más de una vez 
ai señor Parish, al general Guido y a un íntimo amigo 
del señor Dorrego, enterándolos de lo que pasaba e in- 
citándolos a tomar precauciones”. 



328 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Actitudes invariablemente elevadas. 

En cuanto al movimiento brasilero, estalló, aunque, 
como ocurre por lo común en las conjuraciones, en forma 
fragmentaria. Producida la sublevación prometida — de 
los irlandeses y alemanes — la capital del Imperio pasó 
horas de gran sobresalto, y sólo por la represión san- 
grienta y con la ayuda de la marinería de la escuadra 
inglesa fué posible restablecer el orden. 

De manera que los sucesos se encargaron de comprobar 
el fundamento de la información de Pomsonby, quien, por 
considerar vituperables tales procedimientos, se los re- 
procha, severamente, al propio Dorrego. 

Le había escrito a Gordon, en Marzo: “Más aún; es 
necesario que yo proceda, sin un instante de demora, y 
obligue a Dorrego, a despecho de sí mismo, a obrar en 
directa contradicción con los compromisos secretos de los 
conspiradores y que consienta en hacer la paz con el em- 
perador”. . . “Yo debo anticipar el fracaso de la cons- 
piración de Dorrego y obtener un asentimiento a los tér- 
minos de paz propuestos, sobre los cuales nosotros (si ncs 
place) podamos insistir en cualquier circunstancia”. 

Correspondencia interna, que permite apreciar la in- 
tensidad del influjo británico, su paciente expectativa, a 
pesar de estar en sus manos el poder de decisión, y, sobre 
todo, la sincera conducta del mediador, cuando comunica 
la tentativa de secuestro, que tanto repudio le merece. 
Todavía en 20 de Agosto, ya desde Río, le dice a lord 
Aberdeen : ‘ ‘ Remito copia de una carta particular mía al 
gobernador de Buenos ^ Aires, escrita con la esperanza de 
inducirlo a abandonar todos los planes revolucionarios 
que más o* menos ha apoyado”. 

En la misma nota expresa: “El barón Mareschal me 
dijo que S. M. I. no cree aún en la existencia de ningún 
plan contra su gobierno e imagina que yo, o alguien más, 
inventó un cuento para intimidarlo. Talvez la apreciación 
del barón, en cuanto a la opinión actual de S. M. I. sobre 
este punto, no sea del todo cierta. Creo que es de poca 
importancia establecerlo, ahora”. 

Ya el mediador deja eso para atrás, por cuanto ha 
perdido oportunidad y todo peligro ha desaparecido: la 
paz estaba virtualmente hecha y dentro de la semana se 
suscribió. 



LA MISIÓN* PONSON'BY 


329 


Sólo por extrema suspicacia y ratificándose en su obs- 
tinación, podía el monarca seguir teniendo por imaginaria 
la conspiración, luego de los graves sucesos producidos en 
su misma capital. 

Gordon, que también de ella habla dudado, pero ya 
convencido, ante los hechos, le comunica a Dudley, en 
Julio 12: “Digo «desgraciadamente», porque las resolu- 
ciones del emperador pueden fluctuar, mientras que ahora 
están firmes a causa del pánico producido por la última 
sublevación de los alemanes y de su deseo de reconciliar 
a la opinión pública”. 

LA VÍSPERA DE LA CRISIS 

Por otra parte, en su recién citada nota a Dudley, Pon- 
sonby alude al reconocimiento — por su oportuna interven- 
ción en tierra, para sofocar el motín triunfante — testimo- 
niado por el monarca al jefe de la escuadra inglesa: “En 
consecuencia de la rápida y efectiva ayuda prestada por 
el vicealmirante sir Robert Otway, en ocasión de los pe- 
ligrosos disturbios ocurridos en esta ciudad, S. M. I. ha 
manifestado gran deferencia hacia ese distinguido jefe”. 

Otway : guárdese memoria de este nombre, al que asocia 
el destino — como ya lo veremos — el argumento que acaba 
con la indecisión de los beligerantes y que enérgicamente 
empuja a la paz. 

Eta cuanto a Ponsonby, su gestión se caracterizó por 
el firme propósito de servir la causa del orden y de la 
organización, en ambos países. Acreditado plenipotencia- 
rio ante uno, y con el cometido de propiciar la armonía 
de los dos, no cae, como tan fácil fuera, en el apasiona- 
miento tendencioso. Sirve, por igual y sin preferencia, 
el interés fundamental de las dos partes, sin dejar de 
mano el de su propia nación, que con su pacificación tan 
bien se concierta. 

Se aleja, como regla, de sus extremismos. Sabe que las 
armas no darán la solución y, por eso, tanto insiste en el 
arreglo, a que se llegaría. Declara que no cree que el 
emperador pueda triunfar. 

Para disipar toda presunción de parcialidad, bastaría 
recordar que, a la vez, insiste, ante las Provincias Unidas, 
sobre su impotencia, evidente, para vencer a les imperiales, 



330 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


y la eficacia con que cruzara las desatadas conjuraciones 
allá tejidas. Sin vacilar, afronta odiosidades, que pronto 
se disiparían, como bien lo abona la marcada cordialidad 
oficial que lo despide. En el banquete, en su honor, brin- 
dado en el Fuerte, el 23 de Julio de 1828, Borrego con- 
testa el sobrio discurso del mediador — quien destaca que 
su gestión ha obtenido la aprobación de su gobierno — 
reiterándole su reconocimiento; y “no puede prescindir 
de traer a la memoria que, cuando se dignó (el rey) 
aceptar la mediación en nuestra actual contienda, au- 
mentó la gratitud de la república mandando cerca de ella 
a una persona tan ilustre y recomendable. Dignaos, pues, 
trasmitir a vuestro gobierno que el de las Provincias Uni- 
das del Río de la Plata aprecia altamente los buenos y 
filantrópicos oficios que nos presta, los que, por nuestra 
parte, han sido secundados satisfactoriamente”. 

Las discrepancias de la contienda diplomática no em- 
pañan la amistad que el gobernante y el mediador sella- 
ran, siendo probable que ella creció en el curso de ese 
ardoroso debate, en el que todos ponían generosa pasión. 

Cavando el cauce de lo venidero, Ponsonby trata de 
moderar las recíprocas exigencias y de evitar nuevas per- 
turbaciones, cuya consecuencia habría sido entorpecer 
inútilmente las negociaciones y extender la anarquía. Por 
ese rumbo, no se vislumbra la solución fecunda que se 
anhela; si acaso, mayores desgracias. 

Convicción honorable que lo lleva a aconsejar a nuestro 
libertador. Así se lo participa a Gordon, en Marzo 9 de 
1828: “En una palabra, descanso en Lavalleja para el 
rechazo y derrota del propósito de levantar en Sud Amé- 
rica el estandarte del republicanismo contra la monarquía. 
Lavalleja me ha prometido que no se combinará, de nin- 
gún modo, con los súbditos rebeldes del emperador. Ha 
prometido limitarse a asegurar la independencia de su 
propio país y detenerse ahí”. 

¿ Qué demostración más clara del contacto establecido 
entre ambos personajes y de la coordinación de sus opi- 
niones sobre el inmediato futuro? Nada más denunciativo 
que la intimidad amistosa dispensada a Trápani, su emi- 
sario, en Marzo de 1828, ante Lavalleja, por esa circuns- 
tancia, reservadísima, detenido en el Durazno. 

En Marzo 30 de 1828 escríbele Ponsonby a Dudley: 



LA MISIÓN PONSONBY 


333 


“Estoy celosamente dedicado a conseguir que Lavalleja 
cumpla su compromiso de no agitar principios políticos 
eomo grito de guerra y de no entrar en arreglos con las 
provincias • de S. M. I., que pudieran impedir una paz 
general”. 

Inspiración ecuánime, que nunca se destempla y que le 
valió el reproche, en Bueno% Aires, de inclinarse a la 
parte contraria, mientras en el Imperio se le presenta 
como aparcero de los platinos. 

En efectividad, lo que incomodó, tanto a unos como a 
otros, fué la pérdida del territorio oriental ; mezclados 
el interés y el puntillo. 

Hecho político que surge solo e impone su fuerza. 
Cuando la convención García lo desconoce, nada cambia: 
sigue en pie su gran obstáculo. Ponsonby acata su elo- 
cuencia y comprende que de allí saldrá la solución que 
la polémica de los rivales no fructifica. 

Es un convencido de la necesidad y de la ventaja de 
dar personería internacional al núcleo racial que ya se la 
ha tomado, sin pedir permiso. 

Bien afirmativamente se lo expresa a Gordon en Marzo 
9: “¡La independencia de la Banda Oriental será la mejor 
garantía futura para la tranquilidad; y, si nuestro país 
quiere, como es muy evidente ser su interés, favorecer a 
la Banda Oriental y proteger a Lavalleja tanto cuanto 
pueda, confío que el emperador habrá ganado incalcula- 
bles ventajas por la derrota de sus propios planes de 
usurpación, etc.”. 

Apréciese la agudeza de concepto : el mayor favor a 
prestarle al monarca es defenderlo de su propia tentación 
de dominio. Sin la C.'splatina, será más dichosa su na- 
ción. “En cuanto a la cuestión de límites, agrega, podrá 
surgir, más adelante, bastante preocupación ; pero creo 
que estará bien inclinarse al emperador en ese punto, por 
cuanto él ha cedido (aunque por fuerza) en la cuestión 
principal”. 

Parece que Ponsonby ya tuviera ante los ojos todo lo 
que vino después. 

A esta altura, el criterio de Ponsonby no coincide en 
un todo con el de Gordon, pues aquél juzga necesaria la 
independencia oriental, en beneficio de sus lejos y de los 
beligerantes, mientras éste considera que como, una. vez 




332 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


abatidas las armas, la lucha no so reanudará, lo mejor 
es prescindir de aquel arduo litigio. 

Expónele Ponsonby, en Marzo 31 de 1828: “Si se sus- 
cribe una paz satisfactoria, soy de opinión qúe este país 
no volverá a entrar en ninguna empresa hostil contra 
S. M. I., por más turbulento que sea el temple y hábitos 
de esta nación. La Banda Oriental será una barrera su- 
ficientemente fuerte para impedir ataques desde allí y 
está muy intensamente interesada en evitarlos ; ni puede 
la Banda Oriental ser, en modo alguno, motivo de peligro 
para el emperador”. 

Verdaderos apotegmas, que el tiempo ampliamente ha 
sancionado y que en aquellas circunstancias debieron so- 
nar a temeridad ; de ahí el mayor mérito de su acertado 
vaticinio. 

Habla Gordon, en Mayo 17 : “ Estoy convencido de que 
es nuestro deber apurar la firma de una convención pre- 
liminar, que sería seguida de un inmediato cese de hosti- 
lidades, sin detenernos a averiguar nada respecto a la 
fecha o modo de erigir a la Banda Oriental en estado 
independiente. Cuanto más de cerca examinemos este 
asunto, más lejos estaremos de adelantar los intereses de 
la Gran Bretaña y sin esperanza, como es la intención, 
de traer a los beligerantes a ponerse de acuerdo sobre la 
dicha cuestión; todo tenemos que temerlo de ligar con 
ella la continua interrupción de nuestro comercio”. 

Ajeno al ambiente del Plata, Gordon prescinde dema- 
siado de un factor cuya intensidad ignora: el localismo 
oriental. 

Insiste: “No viene al caso, ahora, argumentar para 
probar de qué lado la buena o la mala fe predomina. En 
mi opinión, si se llegara a una suspensión de las hostili- 
dades, ellas nunca se reanudarían y ambas partes se 
guiarían por los consejos del poder mediador para pro- 
veer medios de asegurar la independencia de la disputada 
provincia”. 

Y así ratifica su pensamiento: “La Gran Bretaña ayu- 
dará a concertar arreglos ulteriores, q.ue debieran consi- 
derarse como suficiente garantía para el más sagaz repu- 
blicano u orientalista”. 

El buen sentido le dice a Gordon que el cansancio 
pondrá punto final a la guerra, apenas el armisticio 




LA MISIÓN PONSONBY 


333 


conceda un pretexto ; por otra parte, le absorbe el pro- 
blema del propio comercio. Pero el estadista que anida 
en Ponsonby encara con más hondura el asunto, relacio- 
nando con el político sus aspectos económicos y referido, 
todo, a los intereses permanentes de su nación. 

A su juicio, es indispensable contemplar y resolver el 
fenómeno oriental. Ahí radica la clave de la solución, 
sólida y duradera como él la concibe y quiere. Cree en 
la existencia del pueblo que heroicamente lucha por su 
libertad; lo ha sentido; está bajo la vibración de ese 
enorme suceso local. Sabe que nuestros criollos no quie- 
ren ser parte die nadie. Con persuasión, siempre lo. pro- 
clama así; de nuevo, cuando en Marzo 9 de 1828 le es- 
cribe a Gordon, con alusión a Lavalleja: “Es, en abso- 
luto, tan hostil al dominio de esta república sobre su 
país como S. M. I. puede serlo. Todos sus intereses, así 
como sus pasiones, lo estimulan a asegurar la indepen- 
dencia de su tierra. Nuestro objetivo debiera ser ayu- 
darlo en ese propósito y apartar, para siempre, toda in- 
tervención en su destino del emperador y de los bonae- 
re!nses ,, . 

Frases de sabiduría, cuya lectura hace bien y que, con 
la espontaneidad de su precioso testimonio, acrecen el 
renombre de Lavalleja y aventar las pobres versiones 
que han pretendido discutir el alcance libertador de su 
obra cívica, 

Y en plano superior, muy cerca del mármol, cruza 
esquiva, eludiendo la notoriedad, sin conseguirlo, la si- 
lueta adorable del pujante Trápani, del que jamás dudó! 


OTWAY 

Nos aproximamos a la crisis; es decir, al momento en 
que el gobierno británico cambia de actitud frente al 
constante y creciente daño creado por el bloqueo a su 
comercio. 

Ya hemos apuntado los reclamos que la larga pertur- 
bación provoca. Fué su consecuencia directa la nota de 
fecha 4 de Junio de 1828, del ministro Gordon al go- 
bierno imperial, en nombre del suyo, señalando la imper- 
fección del bloqueo y la situación irregular que tal evi- 
dencia creaba. 



334 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


En su despacho a Dudley, de Junio 18, exprésale : 
‘‘Mientras que es de presumir que la representación que, 
por deseo de V. E., he hecho a este gobierno respecto a 
la ineficacia del bloqueo del Río de la Plata, provocará 
su total abandono, es justo declarar que el sistema de 
corsarios ha llegado al colmo y que continuará así, tan 
ilegalmente mantenido, del lado de Buenos Aires. 

Sería tan fácil al Brasil prometer someterse a la ley y 
vigorizar, como se debe, sus derechos de beligerante, como 
ha sido para Buenos Aires formular promesas similares 
respecto a los corsarios. A la par, es igualmente evidente 
la incapacidad de ambas partes para cumplirlo”. 

Asertos de otra naturaleza. Se ha salido ya de las 
exhortaciones pacíficas y, ahora, ante su persistente fra- 
caso, se plaptea de otro modo, por cuenta propia, el caso. 

Estamos en presencia de una nueva y perentoria situa- 
ción: si los orientales, con su tercería, apuran la paz, el 
derrumbe del bloqueo — su simple anuncio — la decide. 

Véase cómo refleja Gordon, en el mismo informe, la 
agravada incidencia: “Les comerciantes británicos en 
ésta, están exasperados, más allá de lo imaginable, por 
el despojo de sus mercaderías, que continúa practicán- 
dose por los corsarios, a la vista de este puerto. Be esta 
manera, el “George Canning” y el “Eliza”, buques 
mercantes, han sido detenidos y saqueados y sus patro- 
nes maltratados, este último mes. El final del “Clorinda” 
habrá sido comunicado por el cónsul de -S. M., y de la 
captura del “Néstor” ya enteré a V. E.”. 

Los motivos de disgusto seguían acumulándose y no 
era difícil presumir su consecuencia: el desconocimiento 
del bloqueo, cuya resultancia inmediata — el quebranta- 
miento de la ofensiva natal del Imperio — tampoco cos- 
taba adivinar. 

La importante nota del 4 de Junio, que abría nn nuevo 
capítulo, demora en ser contestada; y nunea lo fué, por 
la sencilla razón de que la paz entró en plena madurez. 

Gom única Gordon a Dudley, en Julio 12 de 1828 : 
“Hasta ahora he insistido en vano, tanto verbalmente 
como por carta, para obtener contestación a mi nota del 
•4 de Junio. Esto es, sin duda, atribuible a la confiada 
expectativa que se ha tenido de la llegada d? los pleni- 
potenciarios de -Buenos Aires, con quienes el emperador 
ha determinado, positivamente, firmar los preliminares . 




IiA MISIÓN PONSONBY 


335 


El efecto estaba producido. Y, para que se aprecie el 
nuevo sesgo de la política británica respecto a la guerra, 
reproducimos el primer párrafo de la misma nota: “Es 
muy notable que, mientras he tenido que hacer presente 
a este gobierno que el bloqueo del Río de la Plata, como 
se ha llevado hasta ahora, no puede ser respetado por 
más tiempo, por el gobierno de S. M., ha circulado en 
Río de Janeiro una comunicación oficial del gobierno de 
Francia, declarando la validez efectiva de aquel bloqueo ” 

En nada modificaba el amago la posible disidencia de 
la potencia rival. Su gravedad residía en que, rechazado 
por un neutral, además de tratarse de nación tan pode- 
rosa, significaba lá anulación del bloqueo. 

Pero es tan vivo el anhelo de no disminuir la eficiencia 
de uno de los beligerantes, a los efectos de la discusión 
de la paz y sus términos, que se pone el mayor cuidado 
en no divulgar la noticia de la actitud naciente. 

Exprésale, a su vez, Ponsonby a Gordon: “Encuentro 
en la situación del bloqueo, otra razón más para obrar 
urgentemente ante este gobierno. Si supiera que se ter- 
minaba, de facto, podría utilizar ese conocimiento en 
apoyo de sus deseos íntimos de continuar la guerra. Por 
lo tanto, no he dicho nada del bloqueo”. 

Para aquilatar el peso resolutivo de la medida en bos- 
quejo, huelgan las consideraciones. Recuérdese que un 
rumor,, que se supuso emanado del mediador, sobre la 
cuestión, determinó alteraciones súbitas en el mercado y 
en la opinión bonaerenses. 

La extractada nota de Ponsonby es del 9 de Marzo. 
Ya en esa data y en plena controversia bizantina de las 
cancillerías beligerantes, alrededor de las palabras dichas 
y contradichas, se sabía el inmediato viraje de la diplo- 
macia inglesa. Sin embargo, se hace estricto silencio res- 
pecto a lo que vendrá ; en Buenos Aires, para no alentar 
a los espíritus belicosos y, en Río de Janeiro — fuera del 
gobierno — para no desmoralizar a la contraparte. 

Había señalado un primer cambio de postura, la misión 
Fraser ante el general Lavalleja, jefe del ejército y re- 
presentante moral y civil de los orientales; apunta el 
segundo, la nota del 4 de Junio. 

Tanto celo se pone en no desequilibrar la fuerza con- 



336 


LT 7 TS ALBERTO DE HERRERA 


tratante del imperial, que en la nota a Dudley, de Junio 
18, ya mencionada, después de hacer la reseña de los bar- 
cos asaltados, asá se manifiesta Gordon : “Si el bloqueo 
se levanta, antes de que se haga la paz, este merodeo de 
los corsarios aumentará en grado enorme y los medios y 
recursos de Buenos Aires para ir contra los brasileros, se 
doblarán, mientras que nosotros habremos arrancado de 
manos de los últimos la única arma eficaz que hasta ahora 
han podido esgrimir, con buen éxito, contra su enemigo”. 

Una palabra pronunciada, decretaba, obligadamente, 
el epílogo de la copiosa controversia entre los adversarios 
y barría con los daños sufridos por el pujante neutral; 
sin embargo, esa palabra no se pronuncia y, hasta se omite 
el cumplimiento de lo mandado por el superior, para no 
inferir daño inútil y dar tiempo a que la razón se abriera 
senda. 

Más aún: a pesar de no recibir respuesta de la canci- 
llería imperial, Gordon deja correr los días. Actitud 
moderada, que excusa de nuevo, ante Dudley, en la nota 
del 12 de Junio: “V. E. sabrá, por lord Ponsonby, que 
los plenipotenciarios deben llegar en el próximo paquete 
de Buenos Aires y como la negociación pro paz debe, en 
consecuencia, empezarse a principios de Agosto, confío 
que V. E. aprobará que previamente yo no pida al almi- 
rante Otway que levante el bloqueo, pues hacerlo com- 
pletamente eficiente está más allá del poder de la. armada 
brasilera ’ ’. 

Conceptos tolerantes, que acreditan el deseo sincero de 
resolver buenamente las dificultades en pie, propiciando 
el arreglo de las partes, entre sí, y evitando la menor le- 
sión a su amor propio. 

Termina Gordon : “De otro modo, el gobierno de Bue- 
nos Aires no se vería inducido a hacer la paz y el Brasil 
se hallaría a su merced, al tratar con ellos ; mientras que 
el conocimiento de que nuestro almirante debe efectiva- 
mente cumplir sus instrucciones, necesariamente detendrá 
cualquier pretensión injusta, la que se sospecha pueda 
tener S. M. I. respecto al destino futuro de la Banda 
Oriental ’ 

Un poco más de paciencia solicita de su cancillería, y 
por su cuenta la otorga, a fin de no debilitar la posición, 
al discutirse las bases, del imperial. A la vez, la noticia 



LA MISIÓN PONSONBY 


337 


del trascendental suceso en puerta, invitará al emperador 
a una cordura que en los negociaciones antes le faltara, 
renunciando a cualquier “pretensión injusta” sobre el 
territorio tan disputado. 

El gobierno imperial no ignoraba, pues, cuál era la si- 
tuación, ya en vísperas de plantearse en términos irre- 
vocables. Gordon claramente había anunciado el desco- 
nocimiento, por su país, del bloqueo. La respuesta no le 
viene, .a pesar de recabarla, con reiteración, por escrito y 
en conferencias ministeriales. Eludirla era imposible; se 
la demora apurando, en tanto, la voluntad pacífica que, 
ahora sí, avanza. 

Como eso, únicamente eso, era lo que se anhelaba, des- 
pués de una espera cercana a los tres años, no se ocurre 
al apremio. Afírmese más : se detiene la aplicación de las 
órdepes recibidas, como que ya la cancillería británica 
penetra, resueltamente, en otro plano de acción en de- 
fensa de su comercio. 

Por ser tan serio este aserto, necesitamos abonarlo en 
la forma, más auténtica. Quizás Sea esta la única nota que 
reproducimos entera ; pero su jugoso contenido lo explica 
y nos excusa. Dice así ; 

“Río de Janeiro, Agosto l.° de 1828. — Señor almirante: 
Como de un momento a otro se espera la llegada de los 
plenipotenciarios de Buenos Aires y como puede presu- 
mirse que esto lleve a una pronta terminación de la gue- 
rra, he considerado que cualquier actitud que pueda usted 
tomar, en la hora presente, respecto al bloqueo del Río 
de la Plata, podría hacer peligrar el buen éxito de la 
negociación a iniciarse y frustrar, así, el principal obje- 
tivo del gobierno de S. M. 

Al mismo tiempo, si no hubiera perspectiva de que se 
firmaran los preliminares hacia el fin de este mes y si la 
información que usted reciba del Río de la Plata evidencia 
satisfactoriamente que el bloqueo no se ha intensificado, 
a consecuencia de mi nota del 4 de Junio, no vacilo en 
manifestarle que no se debe permitir, por más tiempo, 
que se intercepte el comercio británico, y que creo habrá 
llegado la oportunidad de que usted haga efectivas las 
instrucciones que ha recibido, a fin de dar justa protec- 
ción a nuestro comercio oon Buenos Aires. 

Las razones que he tenido el honor de exponer más 



33S 


I U1S A LBERTO BE HERRERA 


arriba, para esperar, basta fin de mea, el resoltado de las 
tratativas preliminares de paz, me inducen a aconsejar 
qoe las medidas que usted crea del caso adoptar, en cuanto 
al bloqueo, no sean hechas públicas hasta que aquel mo- 
mento haya llegado. Tengo el honor, etc. — (firmado) 
R. Gordon. 

A S. E. el vicealmirante sir B. W. Otway, etc., ete. ” 

Comprenderá el lector por qué antes le pedimos que 
no echara en olvido este nombre. 

El mejor comentario del anterior documento emana de 
sus propios conceptos, que hasta el último instante se re- 
servan, a fin de facilitar el arreglo amigable y directo 
entre los beligerantes.- Era, sin ruido, ni conminaciones 
ásperas, la liquidación del asunto. Ya que los conten- 
dientes nunca acababan de encontrar términos hábiles 
para entenderse, el más perjudicado de los neutrales to- 
maba actitud propia. 

Queda demostrado que el jefe de la escuadra inglesa, 
fondeada en Rio, tenia ya instrucciones de desconocer el 
bloqueo ; que, bajo su responsabilidad, el ministro Gordon 
le ordena qne suspenda su cumplimiento, pues hay pro- 
babilidad de que la paz se suscriba ; que, al mismo tiempo, 
le expresa que habrá sonado la hora de hacerlas efectivas, 
si esa paz no se consigue; que, por tanto, espere basta fin 
de mes. 

Así se expresa Gordos» tí 1.* de Agosto de 1828 : el 27, 
estaba firmada la paz. 

Ya el 20 — al día siguiente de oeupar su eargo en Río — 
lord Ponsonby le escribe a lord Aberdeen: “S. M. L, des- 
pués de mi,, llegada aquí, ha llamado al almirante a su 
presencia, quien me dice que nota en el emperador dispo- 
sición de arreglar todo en conformidad con los deseos de 
nuestro soberano”. 

Ninguna referencia sobre este suceso culminante, qne 
decide la suerte dtí pleito, descubrimos en los autores 
brasileros. Algunos, lealmente, pero sin entrar en deta- 
lles, reconocen que la influencia británica trajo la pacifi- 
cación ; otros, con arrogancia, le niegan ese poder. 

La reciente y sólida obra de Calogeras, no menciona 
el episodio. En sus nutridas páginas, ni una sola vez se 
nombra al almirante Otway. Ex ministro de relaciones 
exteriores y publicista de mucha probidad, todo indina 




ImA. misión poksonbt 


339 


& suponer que careció de información al respecto. Nanea 
se habría excasado de considerarlo. 

Aunque, entre las cansas apremiantes de la paz inme- 
diata, apunta, la última, sin perjuicio de que talvez fuese 
la primera: “E por comnlo de todo, naqóes extranhas e 
poderosas eome§avam a ingerir-se em nossas querellas até 
com asneabas expressas de fazer levantar o Woqueio da 
nossa esquadra-em o Rio da Prata”. 

Por lo demás, nada de humillante haj en el caso. Ni 
es de suponer que el Imperio adoptara medidas violentas 
contra la potencia mediadora y amiga, ni era intención 
de ésta lesionar el honor — que no sufre el menor des- 
medro— r de la nación brasilera. 

La opinión pública siempre tuvo juicio exacto sobre la 
emergencia, a pesar de no conocer sus interiores. 

Sn revelación tranquila, tantos años después, afirma, 
con carácter definitivo, la verdad sobre acontecimientos 
que aun mi la actualidad se ensaya desnaturalizar, atri- 
buyéndole al emperador una aetitnd voluntaria y liberal 
en la declaratoria de nuestra independencia, a fórceps 
arrancada. 

La independencia oriental la afianzó el esfuerzo deno- 
dado y el inquebrantable tesón de los propios orientales, 
sin desconocer el generoso y eminente auxilio del pueblo 
argentino. Al hecho consumado e inevitable se rindió el 
monarca y en su veleidad, restrictiva de nuestro derecho, 
es vencido Dorrego. cuando la cancillería inglesa, agotada 
su paciencia, acordó tomar la palabra ! 

Semanas después de sellada la paz, en Setiembre 22 de 
1828, así le escribe Ponsonby a Aberdeen : “No molestaré 
a V. E. con detalles sobre el particular ; pero me aventu- 
raré a manifestarle que mis medidas han sido concertadas 
para obtener por la presión, si fuere necesario, el fiel 
cumplimiento de lo que Dorrego se ha comprometido a 
hacer, como parte, para el perfeccionamiento de la rati- 
ficación final de la convención preliminar, aunque la 
sometiera a la asamblea de Santa Fe y fuese alterada o 
rechazada por aquel cuerpo”. 

Lenguaje y actitudes irrevocables, que a los dos beli- 
gerantes alcanzan. 

También reclama revisión el aserto qne hace derivar la 
eoneertación de la paz de la conquista de las Mánones: 



340 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


del efecto que su noticia produjera en el ánimo del em- 
perador. 

Cuando se realiza esa hazaña, que acrece el brillo de 
nuestros blasones y más descollante cuanto más desvalida 
de recursos, ya está resuelto por el gobierno inglés el 
desconocimiento del bloqueo, que es la razón, orgánica, 
que determina la paz, como que arrolla todas las resis- 
tencias. Su prólogo lo constituye la misión Fraser, a fines 
de Febrero de 1828. 

Hemos visto que, con fecha 9 de Marzo, ya Ponsonby 
da por establecida, en nota a Gordon, la ruptura del blo- 
queo. Sonada esa hora, puede afirmarse que la paz está 
hecha, con prescindeneia del choque de las armas, de re- 
sultado siempre indefinido y, a esa altura y ante resolu- 
ción tan decisiva, de secundaria importancia. 

La mediación adquiere, entonces, perfil más ejecutivo. 
Fiel al espíritu de equidad que le 'diera origen, bien re- 
flejado en sus instrucciones, sólo aspira a reconciliar a las 
jóvenes naciones en pugna. Lejos de su pensamiento, teñir 
dé parcialidad sus procederes. La cancillería inglesa había 
sido llamada por las dos partes, obteniendo doble y hon- 
rosa confianza, para zanjar, con justicia, sus diferencias. 

Así lo cumplirá hasta el último momento de su gestión 
amistosa. 

De ahí que,, a la vez de precipitar la solución con su 
propósito de romper el bloqueo, que ni siquiera tiene ne- 
cesidad de cumplir — bastando el anuncio de la medida — 
haga oír su voz en favor de una transacción que duela lo 
menos posible. 

Cuesta comprender cómo pudo negar el general Guido, 
en la época, esa fuerza inmanente, de poder resolutorio, 
usada con tanto tacto y delicadeza, para no herir; pero 
que, sin embargo, se adivina, a flor de piel, a pesar del 
esmero que se pone en no exhibirla. 

Es candoroso negarla, a título de que todo, en aparien- 
cia, estaba hecho, o casi hecho, cuando llegó Ponsonby a 
Río de Janeiro, quien, de intento, parte de Buenos Aires 
después de los negociadores. Sf, todo estaba hecho, como 
puede estarlo la escritura, pronta para firmarse, antes de 
que se firme ! 

Estudiado ya ha sido el punto. El mediador no parti- 
cipa oficialmente de las deliberaciones; pero, en cambio, 



LA MISIÓN PONSONBY 


341 


éstas suelen suspenderse para solicitar su opinión. Tam- 
poco participara G-ordon, en 1827, de las mantenidas 
cuando la convención García: ¿cabe, por ello, duda sobre 
la eficiencia de su concurso? 

Dándole cuenta de su desempeño, le escribe a Ponsonby, 
en Junio l.° de 1827: “Seguro como estaba yo, desde el 
principio, del éxito del señor García, no vi razón para 
intervenir en las conferencias, como aquél me lo propuso. 
Este gobierno no expresó ningún deseo al respecto y creí 
ser más. útil, para prestar ayuda, detrás del telón. Nec 
Deus intersit nisi dignus vindice nodus”. 

Observaciones que idénticamente pudo repetir Pon- 
soñby en la nueva y definitiva emergencia pacificadora. 
No asiste a las conferencias y, sin embargo, en ellas cola- 
bora. Es el suyo un “estado de presencia”, a que ni el 
emperador, ni los delegados platinos, pueden sustraerse, 
para bien común. 

Cuando, en Agosto l.°, Gordon comunica a Aberdeen 
su regreso, de acuerdo con lo dispuesto por su cancillería, 
expresa que su ausencia no originará perjuicio, “desde 
que nada puede progresarse, en sentido de la paz con 
Buenos Aires, basta la llegada de los plenipotenciarios 
de allí; y, como lord Ponsonby llegará a Río de Janeiro 
más o menos al mismo tiempo, los beneficios a esperarse 
de la mediación de un ministro británico se hallarán per- 
fectamente asegurados por la presencia de S. E.”. 

Y aquí se cierra el comentario de las instrucciones del 
almirante Otway. . . 


EL MEDIADOR 

Mucho hemos escrito sobre la labor diplomática de 
Ponsonby y nada, todavía, sobre el protagonista en sí. 

¿Quién era, qué significaba, qué puntos calzó por su 
valer espiritual y moral? 

Sin haberlo dicho, todo eso dicho está por su obra de 
hombre público, por su correspondencia, por la donosura 
de su estilo y de su conducta. Efectivamente, nada su- 
balterno se asocia a sus manifestaciones oficiales y pri- 
vadas. Inalterable es su cordura y la elevación de su 
expresión. Hasta cuando pone severidad en sus concep- 
tos, motivada por . actitudes acreedoras, en su sentir, a 
reproche, lo hace en forma airosa y nunca airada, cual 
si lo asaltase siempre el temor, delicado, de ofender y, 




342 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


sobre todo, de ofender al débil, lo que para persona de 
tanta selección sería aún más inexcusable. 

Y bien: hablemos, ahora, del sujeto. 

John Ponsonby perteneció a una familia de tradición, 
por sus antecedentes y patriotismo ardoroso, que diera a 
Inglaterra servidores de relieve en diversos campes de la 
acción y del pensamiento. 

Ya en tieinpos de Eduardo el Confesor, se encuentra 
rastro de esta estirpe, netamente británica, cuyo origen 
arraiga en el condado de Cumberland y empieza con John 
Ponsonby of Halé, cuyo hijo, del mismo nombre, organiza 
un regimiento, en la lucha interna, a favor del parla- 
mento; en 1649, a órdenes de Cronwell, se alista eñ el 
ejército lanzado a la reconquista de Irlanda. Por sus^ 
servicios, alcanza título y recompensa de tierras en el 
país subyugado; de donde viene el aditivo de Bessbo- 
rough. Representa el condado de Kilkennv en el primer 
parlamento irlandés. Incorporados quedan los suyos al 
nuevo 'escenario, donde se caracterizan por su fidelidad 
a las ideas puritanas encarnadas en el Protector. Inter- 
vienen, pues, siempre al mando de tropas, en la gran 
revolución inglesa. Posteriormente, sostienen a Carlos II, 
cuando cruza, por apoyo, a Irlanda, prestándoselo muy 
enérgico. Se les premia con nuevos honores. 

El tercer John Ponsonby, “miembro de una de las 
grandes familias que monopolizaron en la época el go- 
bierno de Irlanda”, fué calificado político y presidente, 
en 1756, del parlamento local. Su descendencia milita 
eficientemente en las filas de los “whigs”, o sea liberales, 
en la acepción inglesa, muy diversa de la continental, 
como que sólo refiere a ideas políticas. Ciudadanos y 
soldados, otro Ponsonby — Henry — manda, antes, la ex- 
pedición de Flandes, en socorro de la reina de Hungría; 
luego, cae en-Fontenoy, al frente de su división. 

Brabanzon Ponsonby. por seis veces “lord justice”, le 
extendió a Irlanda el derecho de sufragio y dijo en el 
parlamento inglés, en aquellos días aún de exceso y per- 
secución religiosa, que “la más sabia política era tratar 
al pueblo de Irlanda como al de Inglaterra”. 

' El mayor general Federico Ponsonby, hace toda la 
guerra de España; arrolla en la acometida de Barossa; 
herido en Santarem y en la retirada de Burgos. En Sa- 
lamanca, rompe su espada en la lucha, cuerpo a cuerpo, 



LA MISIÓN PONSONBY 


343 


con la infantería francesa; “la carga del 23.° regimiento, 
escribió Palmerston, fné de las más intrépidas que jamás 
se dieron”. Pero nada como su página de Waterloo, de 
recuerdo popular. Lanceado y sableado, siete veces he- 
rido, queda toda la noche en el campo; un escuadrón de 
caballería lo pisotea. Dice Creasy: “Uno de los más in- 
teresantes episodios de aventura personal en Waterloo, 
es el del coronel Federico Ponsonby, del 12.° de drago- 
nes”. Pero no murió. Convaleciente, le escribe sencilla- 
mente a su madre, atribuyendo su salvación a la mucha 
sangre perdida: “saved by excessive bleeding”. Quedó 
manco. El poeta Rogers canta su heroísmo. Acabó sus 
días como general, después de ser gobernador de Malta. 

Su hijo, Henry Ponsonby, soldado de Crimea y también 
general, fué secretario privado de la reina Victoria, desde 
1870 hasta su fallecimiento, en 1875. Su hijo, a su vez, 
le ha sucedido como tesorero particular del rey Jorge V. 
Tuvimos ocasión de conocerle, cuando la embajada de 
1928. El azar, reunió en la misma mesa, en Buckingham 
Palace, a la misión uruguaya y a un alto funcionario, 
también heredero del nombre tan ligado a nosotros, en 
el centenario de la convención de paz. Con autorización, 
que en nuestra presencia le diera el rey, sir Frederick 
obtuvo en el Foreign Office muchas de las notas que 
ahora reproducimos. Su hermano, el mayor general John 
Ponsonby, nos facilitó interesantes datos, igualmente muy 
agradecidos. Otro, es miembro del parlamento. 

Pero fijemos la atención en nuestro protagonista. Fué 
hijo de William Brabanzon Ponsonby, miembro del par- 
lamento irlandés, primero, y del inglés, luego; por sus 
servicios civiles, se le otorga el título de lord. John Pon- 
sonby nace en 1771 y muere en 1855. Es el mayor de 
tres hermanos; obispo de Derry, uno, sin mayor perso- 
nalidad; en cambio, el otro, general William Ponsonby, 
concurre, con su victoriosa carga, a decidir la jornada 
de Waterloo, que paga con su vida: ese día, la sangre 
de los Ponsonby corre abundante en homenaje a la patria. 
En el parte de la batalla, así se comenta su sacrificio: 
“Inglaterra no tiene soldado más completo”... “Su 
conducta justificó su elección, porque probablemente 
nunca una carga fué más oportuna que la mandada por 
el general Ponsonby en la mañana del 18, tomando 2000 
prisioneros y dos águilas; él cayó cubierto de heridas y 
de gloria ”... 



344 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Cuando la guerra europea, cien años después, esa fa- 
milia de varones fuerte's sigue dando sufridos y valerosos 
ejemplares: mayor de granaderos de la guardia, Cyril 
Ponsonby, herido en Iprés y muerto en Loos, en 1915; 
capitán de fusileros, Gerald Ponsonby, muerto, en Fran- 
cia, en 1914; capitán Ashley Ponsonby, muerto en Fran- 
cia, en 1915 ; teniente de rifleros reales, C'yril Thomas 
Ponsonby, muerto en Francia, en 1916; teniente de gra- 
naderos de la guardia, Michael Ponsonby, muerto en 
Francia, en 1918 ; teniente Spencer Ponsonby, muerto en 
Francia, en 1916; cadete Bertie Ponsonby, vuela con el 
acorazado “Bulwark”, en 1914... 

Tabla de inmolaciones, que acrece el brillo de un gran 
nombre y que inclina a descubrirse, como ante una reite- 
rada citación en la orden del día. 

Baza esclarecida por la inteligencia y por el sentimiento 
hondo del deber cívico, en todos los campos de la acción 
intensa con ellos se tropieza. Da docenas de soldados, de 
miembros del parlamento, de marinos; y muchos juristas 
y diplomáticos. No faltan, tampoco, mujeres de singular 
personalidad, cuyo recuerdo no se extingue, porque dejan 
huella como escritoras y poetisas. 

La tempestuosa pasión por Byron, le arranca, a Caro- 
lina Ponsonby, en la hora del olvido, a que no se resigna, 
versos desesperados: “London, farewell! Yain world, 
vain life, adieu !...”. 

En cambio, Mary Ponsonby, única hermana del em- 
bajador al Plata, se ofrece como un modelo de madre. 
Poseyó todas las bellezas. De la física, escribía lady Mal- 
mesbury, con espiritual halago, que, de tener ella una 
hija tan hermosa, estaría siempre distraída, mirándola. 
De la moral, el gran Thackeray se expresa con entu- 
siasmo, admirando su sencilla virtud, cuando por su salón 
habían desfilado, durante medio siglo, tantas celebridades 
y grandezas. 

Esposa del conde Grey, primer ministro, diole abun- 
dante prole y el relieve de su extraordinaria capacidad. 
Ha dejado páginas a la vez finas y profundas. 

Antes de penetrar en el recuerdo personal de John 
Ponsonby, hemos creído conveniente subrayar el signifi- 
cado de su nombre, pasado de una, generación a la si- 
guiente, acrecido en mérito y honores. No pertenece a la 



LA MISIÓN PONSONBY 


345 


estéril nobleza que se agotara en la muelle indolencia, 
viviendo de memorias caducas, sin aptitud para hacerse 
digna de la tradición recibida en herencia. Son estos 
vástagos, en cambio, -luchadores de todas las palestras. 

Por lo demás, las palmas de embajador no lo sacan de 
la oscuridad, que difícilmente se asocia con la cría de 
hombres pujantes que desde siglos colaboran, en diversos 
planos, por el engrandecimiento del propio país. 

Cuando, en 1826, Canning designa a Ponsonby su 
agente diplomático, elige a un elegido, por sus altas fa- 
cultades y como que ya ha. sido miembro del parlamento 
de Irlanda, en 1798, y del parlamento del Reino Unido, 
en 1801, habiendo desempeñado un cometido oficial en 
las Islas Jónicas. Trae título de lord, de su padre, que 
ya aportara otros de sus antecesores. Por carta real de 
1647, se declara al coronel John Ponsonby “descendiente 
de noble y muy antigua familia de ese nombre”, y por 
sus buenos y fieles servicios a la nación, se enaltece su 
memoria, que “may by some lasting monument be recom- 
mended unto posterity”. 

Por todo concepto, poseía, pues, personalidad propia 
el mediador. 

Coinciden sus biógrafos en considerarlo un espléndido 
tipo humano: “The most handsome man of his time”. 
También refieren que esa circunstancia lo salvó de la 
guillotina, en París. Su presencia, lo denuncia como in- 
glés y como aristócrata, mientras se pasea por la rué 
Saint Honoré. La multitud lo toma y lo arrastra hacia 
la cuchilla, que a un paso de allí está, en la actual plaza 
de la Concordia, al grito de “Voilá un agent de Pitt, un 
sacré anglais: a la lanterne!”. Dice la crónica, que mu- 
jeres del pueblo lo salvaron, diciendo: “C’est un trop 
joli garqon pour étre pendu!”. 

Como su hermana, la condesa Grey, agregaba altas 
dotes espirituales que destacaban, aún más, su persona. 
No sorprenderá, saberlo protagonista en sonadas aven- 
turas juveniles, por cuanto “he was run after by all the 
beauties of the day, from his boyhood, owing to his oharm 
of manner and his extraordinary good looks”. 

Afírmase que gozó de la preferencia de lady Conyn- 
gham, favorita del rey, y que Jorge IV, para librarse de 
tan incómodo rival, le pidió a Canning que lo enviara en 



346 LUIS ALBERTO DE HERRERA 


misión al extranjero. Si tal fué el caso, presumiblemente 
no refiere a la misión a Buenos Aires, como se establece 
en alguna noticia biográfica, por cuanto, en 1826, John 
Ponsonby frisaba ya los cincuenta y cinco años. Sin 
embargo, ¡vaya a saberse! 

Parish, que fué su secretario de legación, conoció la ver- 
sión galante. En la excelente biografía de éste, Kay Shut- 
tleworth, su nieta, alude a la extrañeza que le causara que 
Ponsonby, tan estrechamente emparentado con lord Grey, 
ocupara un cargo inferior a su categoría; pero, “aunque 
él le dijo que su escasa renta era la razón de que hubiera 
aceptado el puesto, es ahora sabido que Jorge IV tuvo 
sus motivos particulares para enviarlo a país tan remoto; 
el rey estaba indudablemente celoso de la preferencia de 
lady Conyngham por lord Ponsonby, quien, a pesar de su 
edad, era todavía un arrogante hombre y sentía pasión 
por la atrayente dama, que desde la ascensión del citado 
monarca era todopoderosa en la corte”. 

Motivos mundanos y económicos, a los que se sobrepone 
el propósito de Canning de dar realce a las nuevas na- 
ciones. “El paquete de Diciembre, llegó a fines de Fe- 
brero con la noticia de la designación, como enviado ple- 
nipotenciario, de lord Ponsonby; y habiendo recibido Pa- 
rish orden de destacar ante el gobierno de las Provincias 
Unidas el gran honor que importaba la designación de un 
par del reino como primer representante británico, inme- 
diatamente pidió audiencia al nuevo presidente, Rivada- 
via, y le enteró de la distinción hecha al país por «el 
nombramiento de una persona de tan distinguido rango», 
desarrollándose la conferencia con todo éxito”. 

No son de desdeñar estas' noticias complementarias, so- 
bre los antecedentes de una misión memorable. Para que 
se aprecie hasta qué extremo ella mereció cuidadosa aten- 
ción de Canning, transcribimos las siguientes líneas del 
subsecretario Joseph Planta, de la íntima confianza del 
canciller, quien se dirige a Parish, por indicación de su 
jefe, que así se expresara: “Me dijo que confiaba que yo 
le escribiría a Parish para manifestarle que el nombra- 
miento de lord Ponsonby en nada importaba desaprobar 
la conducta de aquél”. Había agregado: “Si hubiera 
sido la política del país acreditar un ministro de modesto 
rango en Buenos Aires, Parish habría quedado como tal 



LA MISIÓN PONSONBY 


347 


ministro ; pero, cuando se determinó hacer una distinción 
a los nuevos estados y elevarlos en el concierto de las 
naciones — por el envío de ministros de la más alta ge- 
rarquía — entonces, naturalmente, se hizo necesario enviar 
un representante de calidad plenipotenciaria, casi la más 
alta categoría diplomática, no pudiendo, en consecuencia, 
recaer ella en Parish”. 

Este, describe a su jefe como hombre “de cerca de 
sesenta años, con vestigios de una gran belleza física”. 
Agrega: “Por muchos que sean sus talentos, un rancio 
aristócrata está poco indicado para tratar con demócratas, 
lo peor de lo peor, con que tenemos que vernos aquí ’ ’. 

En su estudio, la nieta de Parish dice de Ponsonby que 
“fué incapaz de comprender el temperamento sudameri- 
cano y de adoptar una actitud amistosa y útil hacia el 
gobierno, como lo hiciera Parish en época anterior y lo 
haría, luego, con tan favorable resultado”. 

Es corriente, sobre todo en el género biográfico’, para 
dar realce a un protagonista, reducir al otro, aunque en el 
caso de Parish sea innecesario, pues éste destaca por sus 
propio mérito, en varios aspectos. 

Lo indudable es que para un sibarita pasar, sin tran- 
sición, en aquel tiempo, del ambiente europeo, tan refi- 
nado, al de estas sociedades iniciales, tan deficientes, era 
salto demasiado brusco. Ponsonby así lo experimenta y 
su alma, además de su piel, parece quejarse, casi deses- 
perada, cuando, en la expansión íntima, le escribe a su 
amigo, sir Charles Bagot, en carta, mucho después pu- 
blicada: “Nadie vió jamás un sitio tan desagradable como 
Buenos Aires. Difícil expresarlo. Nunca ningún paraje 
me disgustó tanto y suspiro cuando pienso que podré 
quedar aquí. Siempre tengo a Italia en la memoria, para 
aumentar mi mortificación en esta localidad de barro y 
pútridas osamentas: no hay carreras, ni caminos, ni ca- 
sas. . ., ni. libros, ni teatro soportable. . . Nada buíno, no 
siendo carne. Estamos en Abril aquí y ya he visto hielo. 
En Río, yo estaba encantado”. Evidentemente, echa de 
menos las tibiezas del trópico y de una corte. 

La severidad del juicio le presta gracia; mucho más si 
se relaciona tan áspera crítica con la ciudad admirable 
de la actualidad, que se ostenta como cumbre civilizada. 

Dígase, en disculpa del mediador, que de muy mal hú- 



348 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


mor le pusiera la pérdida de su equipaje y del de su es- 
posa, al desembarcar; clama por el rápido envío de re- 
puestos. ¿Cómo encontrarlos, adaptados a su gusto y a 
su exigencia elegante, en el ingenuo poblado platino? Por 
lo demás, las capitales de ambas bandas no eran muy 
superiores a la agria descripción del forastero, que aún 
no había gustado la nobleza de la hospitalidad nativa y 
la hermosura de los hogares criollos. 

Costumbres tres veces austeras; sentimientos candoro- 
sos; vida sin complicaciones; ventanas con barrotes; ter- 
tulias clausuradas al caer la noche. En cuanto al resto, 
sí, cuando no mucho polvo, mucho barro, etc.: sociedades 
en principio, apenas brotadas a la orilla del desierto. 

Parish, ya incorporado al medio, escribió que Ponsonby 
“había llegado en circunstancias singularmente infortu- 
nadas : la situación interna era tan mala como la externa, 
generalizada la subversión civil, habiéndose señalado el 
gobierno de Rivadavia como el peor tenido por Buenos 
Aires’'. 

Hace el efecto de que el protagonista nunca se adaptó 
mayormente al ambiente ; apenas lo soportó. A los cin- 
cuenta y tantos años no se cambian los propios hábitos; 
sobre todo, en forma regresiva. La república, y menos 
aún en su imperfecto y a menudo grotesco ensayo sud- 
americano 1 , no podía convencer al hombre de gerarquía y 
de blasones, cuya existencia se deslizara en las ruedas 
exquisitas, al calor amable de la espiritualidad y de la 
cortesanía. 

En carta a lord Warden, le exterioriza el hastío que lo 
consume, en términos aún más adustos, que no es nece- 
sario reproducir en total. No se reconcilia — se ve — con 
el medio físico ni social. “Clima detestable, con tempe- 
raturas que saltan, en un día, 20 % ; pero nunca falta 
polvo y barro para cubrir o salpicar al transeúnte; ade- 
más, la jactancia republicana en todo su vigor. Intolera- 
ble sitio”. 

Pasada la primera impresión, evidentemente penosa, 
Ponsonby declina de su inicial disgusto, que, por otra 
parte, jamás se reflejó en sus notas y actitudes públicas, 
de las cuales fluye siempre estima para las Provincias 
Unidas — como también la demostrara al Imperio — y 
una voluntad firme de servir lealmente la causa de la 
paz y de afianzar su destino, cuyo brillante porvenir 
columbró ; a pesar del barro y de las pútridas osamentas... 




LADY PONSONBY 



LA MISIÓN PONSONBY 


349 


Y tan fecundos frutos se han derivado de la obra in- 
ternacional cuyo eje fuera, que su desapego — de epider- 
mis — en aquella hora de tan agotadoras discusiones, en 
nada disminuye el caudal de gratitud y de honores que 
estos países le adeudan, como obrero, admirablemente 
intuitivo, de su felicidad. 

Pero, a fin de que no se le atribuya gratuita displicen- 
cia, vale la pena recoger los párrafos siguientes de una 
carta, de fines de 1827, de Parish al subsecretario Planta: 
“Oreo que los recientes sucesos aquí, habrán persuadido 
definitivamente al gobierno de S. M. de que éste no es país 
para acreditar un ministro del rango de lord Ponsonby, 
siendo imposible asegurarle la consideración y el respeto 
que debe provocar, en cualquier parte, el representante 
de S. M. ¡ Qué poco le gustaría a S. M. ver la poca cor- 
tesía prestada a su ministro en el cumplimiento de su 
mediación, por estos rústicos e incivilizados demócratas! 
Dudo que ningún ministro del rey nunca se haya visto 
colocado en una situación más desairada”. 

Recuérdese que, a raíz de la convención García y por 
entenderla viable, el mediador sufrió vejámenes y conoció 
amenazas que lo indujeron a solicitar un buque de su 
bandera. Para protegerlo, contra cualquier eventualidad, 
cruzó la línea de bloqueo el capitán Coghlan. 

Incidencias que se neutralizan y que nada lesionan el 
fondo de la cuestión: sin perjuicio de que su picante 
evocación fije mejor el paisaje y acrezca su exactitud. 

Ya hemos apreciado la acción diplomática de Ponsonby 
en Sud América. Da la impresión de que esa era su 
cuerda. Sus talentos culminan en las situaciones difíciles, 
servidos por una exquisita cultura y tacto que se sobre- 
pone a todas las dificultades, que las orillan y desatan : 
un caballero y una mentalidad. 

Bien lo atestiguan sus notas, aunque maltratadas por 
la traducción, y mejor lo diría el conocimiento, que no 
poseemos, de las hábiles y pacientes tratativas que no 
pasaron al papel. 

Su posterior actuación, acentúa su relieve de hombre 
público. En 1830, desempeña una misión especial en 
Bélgica; en 1832, pasa al reino de Nápoles; de 1832 a 
1841, inviste la representación de su país en Constanti- 
nopla, y, en Viena, de 1846 a 1850. En el dintel de los 



350 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


ochenta años, se retira, y a los ochenta y cuatro se extin- 
gue, ya recogido, como para morir, en la paz del nativo 
hogar. 

Como se ve, su vida se desarrolló en el extranjero ; fué, 
esencialmente, un diplomático. 

En 1803 había casado con lady Francés Yilliers, mujer 
de singular distinción, que poderosamente le secunda y le 
acompaña al Plata. No dejó prole. 

Publicó, en 1854, “Prívate letters on the Eastern 
Questions”, donde trata los conflictos que al intercambio 
mundial creara el monopolio que de las aguas del mar. 
Negro se atribuyeran sus ribereños y que figura entre 
los motivos orgánicos de la guerra de Crimea. En esas 
páginas, se opone al autocratismo ruso y pide que no se 
restablezca, en su beneficio, la clausura del Bosforo. 

Con ser tan diversos los escenarios y las circunstancias, 
la misma tesis liberal alegada en el Plata con respecto 
a la apertura de sus aguas a la navegación universal. 

BÉLGICA Y URUGUAY 

Pero la similitud de la actuación es mayor en el caso 
de Bélgica, en ocasión muy semejante y casi por la misma 
época. 

En Diciembre de 1830, es allí enviado en misión espe- 
cial. El pueblo belga se ha alzado en armas, reivindicando 
su derecho a ser libre. Quiere la independencia absoluta 
del dominio de Holanda. A ella se le incorpora, en 1815 
— como nosotros a Portugal, poco después — y, también, 
como nosotros, no se amalgama con el dominador. El 
movimiento, que desvalido empieza — así los Treinta y 
Tres — adquiere irresistible impulso. Enciéndese en Bru- 
selas la primera chispa con el célebre cartel pegado por 
nadie en las paredes, como programa de la fiesta real: 
“23 de Agosto, fuegos artificiales; 24 de Agosto, cum- 
pleaños del rey; 25 de Agosto, revolución”. El último 
número, se cumplió. 

Idéntica trayectoria describen los acontecimientos : 
como en este hemisferio los orientales, en aquél, los bel- 
gas, arrollan todos los obstáculos y se declaran dueños 
de sus destinos. Rota su autoridad e impotente para re- 
constituirla, Holanda apela al socorro diplomático de 



bA MISIÓN PONSONBY 


851 


Francia e Inglaterra; pero la heroica resistencia del 
pueblo, pequeño y ejemplar, encuentra simpatía en am- 
bas naciones y, probablemente, coincide con su interés 
internacional. La candidatura al trono de Leopoldo de 
Saxe Caburgo, estrechamente vinculado a la casa rei- 
nante, allana dificultades en París; Londres, tampoco 
las opone. Bélgica quiere ser independiente, ha demos- 
trado aptitudes para serlo y su sacrificio, que la victoria 
premia, recibe la aprobación europea. 

Lord Ponsonby va a Bruselas a coronar la obra de los 
patriotas, cual si su feliz cometido público fuera presidir 
el advenimiento de nuevas nacionalidades. Lo cumple 
con vigor y acierto. La representación plena que inviste, 
hace decisiva su influencia, al extremo de poder afirmarse 
que conduce los sucesos finales y que apadrina la deseada 
solución, con la consiguiente hostilidad de la opinión 
holandesa. 

Recoge el irritado alegato de ésta un panfleto, publi- 
cado, en 1831, por el abate Van Geel, bajo el título de 
“The guet-a pens diplomacy of lord Ponsonby at Brus- 
sels”, por “un patriota devoto de su rey”; claro que 
refiere al del país dominante. 

Basta el epígrafe para comprender que se presenta al 
emisario inglés como socavando el poder de Holanda en 
beneficio de la insurrección belga; idéntico reproche al 
que articularan, aquí, los imperiales. 

Tuvimos en Europa la curiosidad de recorrer este fo- 
lleto, en el deseo de penetrar más a fondo en la actuación 
de Ponsonby; y, a la verdad, que no nos arrepentimos, 
pues se trata de un alegato cuyos fundamentos son, en 
otro ambiente, la reproducción de los que tejiera la des- 
pechada pasión de los fronterizos con respecto a nosotros, 
ante el hecho, que no pudieran evitar, de nuestra segre- 
gación. 

Es, pues, procedente enunciar algunos de sus asertos. 
Condena la repercusión en el país de la revolución de 
1830, en Francia ; reclama la restauración de la casa 
de Nassau, por las armas desalojada; denomina a Bél- 
gica, aborto político y reprocha a Francia e Inglaterra 
sus preferencias por la causa rebelde ; desdeña la insu- 
rrección; la atribuye a vociferaciones y la define cual 
fuego devastador, desprovista de todo carácter. 



352 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Como que mira el cuadro desdo el punto de vista ho- 
landés, predice las mayores calamidades, consecuencia de 
la proclamada emancipación, y compara el pasado de 
prosperidad con el cercano futuro, de ruina, que anuncia. 
A su juicio, lo impuesto y lo mejor sería restablecer el 
fuero del príncipe de Orange, librando del desenfreno 
local a Bélgica que, al principio, pidió “simplemente 
separación administrativa”; que, luego., pugnó por “la 
separación política” y, finalmente, fué a “la completa 
independencia”. 

Los mismos comentarios que provocara la nuestra. Es 
que el proceso se repite, a pesar de la diferencia de razas 
y de medio, acentuada por todo el desnivel que puede 
mediar entre una sociedad secular y otra en pañales. 
Antes y ahora, nada más parecido que la evolución de 
los dos pueblos que en 1830 realizan definitivamente su 
íntima aspiración. 

No en vano se le llama al Uruguay la Bélgica de la 
América del Sur. 

Hasta se da la casualidad de que el mismo mediador 
intervenga en ambas liberaciones. 

En efecto, John Ponsonby cumple allá igual decisiva 
función que la que venía de desarrollar en el Plata ; sólo 
que ésta le demandó casi tres años y culmina aquélla en 
seis meses. 

Inculpado, contra él se vuelve, airado, el abate Van 
Geel. Lo acusa de haber dejado extender la anarquía y 
de haberla fomentado ; de dejar caer, en el momento de 
mayor desconcierto, el nombre de Leopoldo, “del mismo 
modo que se arrojan proyectiles incendiados en las plazas 
sitiadas”; lo denomina “viejo diplomático de las revolu- 
ciones, iniciado, por tantos años, en su oscuro arte”. 

Imputa, al “habilidoso negociador”, haber llevado a 
Londres, el mismo día, la noticia de la elección del rey 
de los belgas, ‘ ‘ para gozar allí la satisfacción de anunciar, 
personalmente, el resultado de su odiosa maquinación ; 
luego, lo da por apedreado, al retorno a Bruselas, donde 
lo presenta entrando subrepticiamente. 

Señala, más adelante, al gabinete de Saint James como 
pronto siempre a sacrificar gente y reyes en beneficio 
de sus intereses comerciales y ambiciosas vistas . Así 




LA MISIÓN PONSONBY 


353 


termina: ‘‘Y vosotros, hombres débiles y crédulos, de 
todas las clases, convenceos de una verdad que la expe- 
riencia de los siglos abona, esto es: que la libertad se 
concede, no se toma; y si alguno de esos emisarios de 
revolución se os aproxima, amable y halagador, en nom- 
bre de esa quimera, que ellos llaman soberanía del pue- 
blo, no le creáis, porque anidan en su corazón siete abo- 
minaciones’ \ 

Sobran estos conceptos, que el subrayado, además, des- 
taca como anuncio apocalíptico, para medir el carácter 
reaccionario de la impugnación ardorosa, que es un cartel 
de desafío, no sólo a la patria que nace, sino, también, 
lanzado al espíritu moderno. Pero todo se explica recor- 
dando que se trata de un escritor holandés, o sea. de un 
miembro de la nación que sufre el desgaje. Idénticos 
estallidos de pasión, a veces respetable, se produjeron, a 
nuestro respecto, en las sociedades limítrofes; idénticas 
negaciones de nuestra aptitud social y cívica; iguales y 
definitivos juicios, en algún caso con eco doloroso en el 
propio solar, conoció nuestra nacionalidad al erguirse y 
cobrar su derecho. 

Y lord Ponsonby, protagonista, aquí y allá, de sucesos 
genésicos, recibe, a la par de su nación, los mismos apos- 
trofes en ambos escenarios. Los desposeídos, no se con- 
forman con el desmembramiento y prefieren olvidar que 
les es impuesto por las soberanías sublevadas y atribuir el 
episodio, que trae causas profundas, a la complicidad de 
terceros. Prescinden de la palpitante realidad; callan 
su impotencia material ante el victorioso alzamiento na- 
tivo y rápida sube al .labio la imputación amarga contra 
el poder mediador, que no viene solo: a quien se llama. 

En el momento, sólo madura la gratitud de los pueblos 
que adquieren personería y se incorporan al concierto 
internacional. Pródiga la dieron orientales y belgas a la 
acción liberal y prudente de la Gran Bretaña, a través 
de su ilustre embajador especial. 

Sin embargo, la protesta del abate Van Geel repercute 
en los Comunes. La contienda de los partidos ingleses 
hace arma de sus argumentos. Vehemente es el antago- 
nismo entre “tories” y “whigs”. Rigen la situación los 
segundos y, por ende, los primeros lanzan su ataque por 
boca de earl Aberdeen, quien, en la sesión de Junio 24 


ss 


354 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


de 1831, pide explicaciones al gobierno sobre la política 
seguida con Holanda, antigua aliada de Inglaterra, a la 
que la separación de Bélgica le significa la pérdida de 
media nación. 

Reprocha la conducta de Ponsonby, que, en su enten- 
der, ha desobedecido los acuerdos de la conferencia de 
Londres; elogia al pueblo holandés y declara que, “si el 
gabinete reconoció el derecho del pueblo belga para reglar 
sus propios asuntos, bien pudo, también, prestar atención 
a los indudables derechos del rey de Holanda”. 

No es la primera vez que se cruzan los caminos y las 
ideas de Ponsonby y Aberdeen. Recuérdese la desauto- 
rización de éste, como jefe del gobierno, cuando aquél se 
niega, desde Río, a oír al agente de la situación creada 
en Buenos Aires por el sacrificio de Dorrego, y pide li- 
cencia. Era algo más que una posible prevención de per- 
sonas: era el choque de dos escuelas, como que, si Aber- 
deen encarnaba la representación conservadora, Ponsonby, 
por herencia espiritual y por propia convicción, pertene- 
cía al liberalismo británico. 

La crítica había sido articulada en ocasión de contestar 
al discurso del trono. La recoge el primer ministro, conde 
Grey, diciendo que a fondo la examinará cuando se plan- 
tee el debate; pero, desde luego, en cuanto a la presunta 
desobediencia del mediador, declara que el plenipoten- 
ciario francés había considerado necesario y expeditivo 
adoptar el mismo procedimiento del inglés y que juzgaba 
que, cuando el punto se dilucidara, en su oportunidad, 
sería muy satisfactoriamente explicado”. 

Prosigue: “Por lo pronto, debía manifestar que un 
“nobleman” más honorable, más capacitado o mejor ca- 
lificado para tratar una negociación compleja y delicada, 
nunca lo tuvo el servicio de la nación. Más aún ; debía 
decir que él y el gobierno estaban completamente satis- 
fechos con la conducta del citado plenipotenciario en la 
negociación a que refería earl Aberdeen y que, si culpa- 
ble hubiera sido del más ligero acto de desobediencia, él 
habría tomado sobre sí esa responsabilidad, en circunstan- 
cias muy difíciles, con los mejores propósitos y obrando 
en una emergencia que el exponente entendía justificado 
haberla asumido con la energía y firmezas dignas del re- 
presentante de una gran nación en tan ardua ocasión”. 



LA MISIÓN PONSONBY 


355 


Con excepcional vigor, se aprueba y alaba la gestión 
de Ponsonby. Su hermano político es quien así lo hace, 
cabe observar; a la vez, habla el primer ministro del 
reino : más alta que el parentesco ondea la investidura y 
su responsabilidad. 

Por otra parte, los frutos no han defraudado la espe- 
ranza puesta en su cosecha, por cuanto Bélgica es uno 
de los florones de la civilización europea y su indepen- 
dencia, gloriosamente consagrada, es inconmovible, pues 
respondió a una profunda aspiración local. 

Ponsonby concurre al advenimiento de esta y aquella 
soberanía. Su preclaro nombra se asocia a dos emanci- 
paciones: la de los orientales y la de los belgas. Bien 
grabado está, pues, en dos aceros. Sin embargo, en nues- 
tra tierra todavía no hay siquiera una calle que evoque 
su alta memoria! 




SEGUNDA PARTE 




LA MISIÓN PONSONBY 


35 » 


XI 

TRES PROTAGONISTAS 

Virtualmente, ha llegado a su término este comentario 
preliminar. Presentada queda la misión Ponsonby. Pero 
la tela carece de marco., como que no hemos abordado el 
estudio de los sucesos dentro de los cuales encaja y que 
explican y relacionan sus diversas incidencias. 

Para reparar, en algo, esa grave omisión, se nos ocurre 
dar algunas impresiones sobre las circunstancias ambien- 
tes, leídas a través de figuras que cruzan, a la misma 
hora, el escenario e intervienen, distintamente, en el 
desenlace. 

Ellas pueden ser, García, como genuino exponente del 
centralismo bonaerense; Dorrego, como representante, no 
menos genuino, del pensamiento federal, y Trápani, cual 
símbolo viviente del nativo ensueño. 

Sin entrar a la biografía y tomadas sólo en lo perti- 
nente, veamos cómo rompen su luz en esos prismas, el 
talento del estadista, la generosidad del soldado y el fer- 
vor del patriota. Son muy diferentes y traducen criterios 
antagónicos; por eso, tanto interesan. 

Expresóle don Manuel José García al general Alvear, 
en ocasión de Ituzaingó: “Felicito a usted cordialmente 
por lo ya hecho y me anticipo a felicitarlo por lo que 
resta que hacer para acelerar una buena paz, objeto úni- 
camente digno de una buena guerra”. 

Con fidelidad revelan esas líneas, y su implícita insi- 
nuación, el estado de espíritu de aquel ciudadano, que 
también alude a la satisfacción que el referido suceso 
causa, “especialmente a aquellos que conocen a fondo la 
verdadera situación de nuestro país”. 

Naturalmente que refiere a los riesgos de la situación 
interna y a sus crecientes dificultades. Por la paz, se 



360 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


confía conjurarlos; de ahí que por ella se clame y se 
concluya por quererla, a todo trance, y por aceptarla 
de cualquier manera. En Febrero, adelanta el doctor 
García la definición de lo que hará en Junio; recoge el 
pensamiento y la angustia de su oligarquía. Al propio 
Alvear le escribe, en Marzo 20 de 1827 — por esos mismos 
días — don Valentín Gómez: “Los horizontes, mi amigo, 
presentan un aspecto más cargado que en el año 20. No 
crea usted que yo exagero, porque, al fin, ¿qué interés 
podría yo tener en ello?”. 

A nadie se oculta ya la próxima tempestad, sin que 
puedan calcularse sus consecuencias : peor que el año 20, 
se la pronostica. Y para manifestarse asi el doctor Gó- 
mez necesita desprenderse de acariciados optimismos. 
Cuando la misión a Londres del general Alvear, en 1824, 
una y otra vez los exterioriza. Le dice, en 19 de Setiem- 
bre : “Felizmente, se consolida el orden en ésta y el país 
prospera de un modo admirable. Todo el invierno se han 
trabajado edificios y no hay brazos para las obras que 
van a emprenderse este verano”. Justo un mes después: 
“Gozamos de una paz octaviana. En Buenos Aires no 
aparecen los menores síntomas de inquietud”. 

Con el tiempo, flaquea su seguridad ; es cierto que han 
pasado tres años y han brotado inesperadas perturbacio- 
nes. Cobra su personería un nuevo protagonista: la mu- 
chedumbre. Ya se sabe cuánto ella incomodó siempre a 
las oligarquías ilustradas, que, lo más que aceptan, es 
invocar su nombre para prescindir, en seguida, de sus 
veredictos. 

En vano se agota el denuesto — por imperfecta e ile- 
trada— contra la masa rural, que encarna el federalismo 
naciente, oponiéndole, cual fórmula salvadora, el sistema 
de la unidad, repudiado por el consenso popular. 

¡ Cara y - sangrienta suele ser la rectificación de lo 
obrado sin su anuencia ! 

Se impone la presidencia unitaria de Rivadavia y, al 
mismo tiempo, se decreta la reacción, irresistible, que, si 
al principio se mira con desdén, muy pronto arredra. 

El doctor García obedece a esa tribulación de su bando 
cívico al suspirar por la paz; pero al suscribirla, en tér- 
minos desairados, que suenan a claudicación, apuró, pre- 
cisamente, la catástrofe que creyera evitar. 



LA MISIÓN PONSONBY 


361 


Al proceder así, es lógico consigo mismo y con su es- 
cuela. Entre 1816 y 1827:, sólo hay diferencia de fechas: 
es la misma política, en dos momentos distintos. 

Antes, para deshacerse de Artigas, gestiona la invasión 
portuguesa; la segunda vez, para deshacerse del nuevo 
adversario interno, pacta la devolución, al poder intruso, 
del suelo por las armas reconquistado. 

Con palabra lapidaria, proclamó Dorrego, desde “El 
Tribuno’\ que se había buscado salvar un régimen, 
cuando lo esencial era salvar el honor nacional. 

Es que el choque de tendencias nació con la revolución. 
Ya sus proceres se dividen, al discutir el modo de consul- 
tar a los pueblos. Cuando el gran caudillo oriental plasma, 
en hechos audaces, la idea federativa, contra él se vuelve 
la amenaza, el ruego y la iniquidad de los directorios 
porteños. Legalmente se le decapita, poniendo a precio 
su cabeza, y diplomáticamente se decapita a su patria, 
entregándola al dominador extranjero. 

El resultado de esos gestos., severamente condenados 
por la historia, fué, como siempre ocurre., contraprodu- 
cente, pues la epopeya de los Treinta y Tres recoge el 
sentimiento local — o sea el artiguismo, multiplicado en 
sus energías — y la sublevación general de las provincias 
contra el centralismo repite, amplificado en sus ecos, ese 
mismo verbo. 

Para contener el incontenible pampero que empieza a 
soplar, alza su endeble tabique la cancillería bonaerense 
y suscribe el tratado, contra natura, de 1827. 

Tuvo, quizás, la ventaja ocasional de persuadir al em- 
perador de la imposibilidad absoluta de adueñarse del 
disputado solar, dada la indignada resistencia que pro- 
vocó, acrecida por los rivadavi anos, que se incorporan a 
los acusadores en la esperanza, postrera, de salvar su 
sistema. 

Y, sin embargo,, el doctor García ha obrado como su 
genuino representante espiritual. 

En efecto, la Banda Oriental siempre fué origen de 
los mayores quebrantos de cabeza y de conducta para los 
políticos de Buenos Aires. De ese ángulo arrancó, mu- 
chas veces, el aquilón. En ese suelo, como en ningún otro 
del antiguo virreinato, prenden los principios federales, 
cuyo apogeo, bajo el cuidado solícito del formidable blan- 



362 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


dengue, lo convierte en almáeigo de endemoniadas rebel- 
días. Contra ellas, se usan todas las armas y se estrellan, 
estérilmente, los más diversos recursos. Inútil: no hay 
manera de sofocar la insubordinación localista, que con- 
cluye por contagiarse al cuerpo social. Ante el inminente 
peligro, pronto confirmado, se ocurre a los métodos más 
radicales y se piensa en la amputación, que detenga la 
gangrena. ¿No fué, acaso, un modo de realizarla, llamar 
al portugués, para que acabara con Artigas y con el 
maldecido artiguismo ? 

Pero ni aun así desaparece el estorbo, fuera de que ya 
es tarde, porque hecha está la copulación y Ramírez y 
Estanislao López y los que siguen, buena prole del cau- 
dillo máximo, dilatan el dogma de la federación, culmi- 
nado y sazonado por Urquiza y “los hombres del Pa- 
raná/”, en 1853, después de treinta años de trágico con- 
trapunto ! 

Pero, como los orientales no se resignan al extranjero 
yugo, el conflicto retoña, con más crudeza, cuando, a raíz 
de nuestras victorias y, sobre todo, de Sarandí, el gene- 
roso pueblo de Buenos Aires, con su ardiente pronuncia- 
miento, obliga a sus gobernantes a tomar actitud belicosa. 

A poco rato y a pesar de la declarada reincorporación, 
se acredita que los orientales mantienen, íntegro, su ideal 
autonómico. De nuevo se plantean la interrogación los 
viejos unitarios: — ¿Conviene retenerlos, cuando es noto- 
rio que se quieren ir ? — ¡ Pues que se vayan, si así ha de 
ser !, razonan, en el gabinete, sus guías. Quizás sea para 

bien de todos : ¡ más adelante se verá ! ¿ Acaso desde el 

primer día de Mayo no está perdido el dominio, real, de 
la otra banda? — ¿De qué han valido, para qué han ser- 
vido, todos los ensáyos dirigidos a recuperarlo ? 

Resumiendo sus conferencias ccn Rivadavia, en su in- 
forme de Octubre 2 de 1826, exprésale Ponsonby a Can- 
ning : “ Si me es permitido emitir una opinión, diré que, 
según mi modo de ver las cosas, la actitud del presidente 
responde, en mucho, a móviles puramente personales. El 
cree que los partidarios de la guerra son numerosísimos 
en el país; pero, no obstante, está convencido de que la 
paz es absolutamente necesaria y de que talvez sea mejor 
que, bajo cualquier circunstancia, la Banda Oriental sea 
separada de Buenos Aires, en vez de quedar unida a el a 



LA MISIÓN PONSONBY 


363 


En sus conversaciones conmigo, lia admitido que así sea. 
No puedo creer que no esté convencido de que la garantía 
del río produciría toda la seguridad deseable para los 
intereses positivos de este estado”. 

Lo presumible es que Rivadavia aceptaba simplemente 
la segregación, desde que no otra fórmula prestigia el 
mediador; sin embargo, el problema oriental, que tan 
directamente influía en los otros, más cercanos, como que 
se sentían más propios, había concluido por ser un inso- 
portable estorbo. 

Lealmente inspirado, el doctor García quiso y creyó 
quitarlo del camino. Bajo la obsesión patriótica de res- 
taurar el orden y con olvido, a pesar de su poderoso ta- 
lento, de la psicología popular y de la tremenda reacción 
que provocaba y a que se exponía, cerró los ojos al re- 
nunciamiento circunstancial, poniéndolos, seguramente, 
en el lejano ensueño, más allá de la torturante actualidad. 

Así lo explica, él mismo, en el texto oficial de las con- 
ferencias y lo ratifica en su manifiesto a la opinión, 
cuando de todo, con demasía, se le acusa. Probablemente, 
el error dimanó de haberlo elegido como mandante, sa- 
biendo hasta dónde alcanzaba su flexibilidad frente a lo 
que él suponía supremo deber de salvación pública: qui- 
zás, por eso, se le prefirió. 

¿Acaso era distinto el pensamiento íntimo,, y también 
el confeso, de Agüero, del Carril y sus corifeos? ¿Podían 
espantarse de lo obrado los mismos que alentaran la con- 
quista portuguesa y que legitimaran su frontera sobre el 
Plata ? 


GARCÍA EN LA CORTE 

Fuera por blandura de espíritu o por concepto de 
fondo, lo indudable es que el doctor García siempre mar- 
chó de completo acuerdo con la política imperial, al ex- 
tremo de que cabe denominarlo, como a don Andrés La- 
mas, después, hombre de Río Janeiro, con la d ferencia 
de que no le alcanza la presunción, como a este otro agente 
diplomático, de haberse excedido sospechosamente en su 
entregamiento. 

Del doctor García no puede decirse que llegara al punto 
de no saberse a quién representaba más : si a su país o al 



LUIS ALBERTO DE HERRERA 


361 


contrario. Sin embargo, en mucho se parecen ambos. 
Desde luego, por su excepcional talento e ilustración; 
quizás, también, por sus pocos reparos cívicos o descrei- 
miento. En su relativo descargo, sería de equidad recor- 
dar que, por idiosincrasia, ellos no se avenían con las 
multitudes, ni con su tumulto, según la característica de 
su clase. 

En el Brasil, idéntica es su abdicación, cual si el clima 
fluminense los enervara, por fuera y por dentro, o, tam- 
bién, en virtud de la larga residencia, que conduce a la 
demasiada afinidad. 

Amigo dilecto de don Pedro II, el doctor Lamas; 
“ grande amigo de dom Joao e do Brasil ”, el doctor 
García, según confirma Calogeras, no abundan en la ne- 
gativa a la exigencia adversaria. De ahí, el elogio que el 
antagonista les prodiga y que, respecto al doctor García, 
reedita, ahora, el historiador recién citado, deplorando, 
como una calamidad, su ausencia de Río, a partir de 1820. 
‘‘E por infeliz coincidencia, desde Junho desse mesmo 
anno cessara de assistir no Rio de Janeiro o notavel ho- 
mem de Estado platino que mais esforgos tinha despen- 
dido para harmonisar interesses e politica do Brasil e das 
Provincias Unidas: dom Manuel José García sahía da 
capital do reino americano precisamente no instante em 
que mais uteis poderiam ser suas luzes, sua experiencia 
e seu patriotismo”. 

Recuerda, en seguida, que ‘ ‘ havia sido auxiliar cons- 
ciente, embora resignado a forga, da conquista da mar- 
geni oriental do rio”. . . Antes, lo ha definido “curiosa 
figura, de notavel intelligencia, cuja biographia, para 
melhor elucidagáo da historia continental, fóra de alta 
conveniencia investigar por miude, mais do que o pouco 
que della se sabe”. 

García, como Lamas, recogen, pues, los más cálidos 
ditirambos de la contraparte, lo que no concurre, cierta- 
mente, a convencer a los platinos de su feliz gestión en 
episodios tan debatidos y tan penosos. Usan de parecidos 
procedimientos y, con extralimitación de sus poderes, re- 
frendan soluciones igualmente temerarias, epilogadas por 
la misma pública reprobación. 

García, en 1816, a la par de Lamas, en 1851, pactan el 
avance portugués, allá, brasilero, aquí. Aquél, entrega 



LA MISIÓN PONSONBY 


365 


al extranjero la Banda Oriental, todavía sin personalidad 
internacional; éste, le documenta, definitivamente, casi 
la mitad de nuestro territorio, cuando ya éramos nación 
constituida. En 1827 y en 1851, obran los dos por propia 
cuenta, pasando por todo y sin medir el abismo a que se 
precipitan. ¡ Con razón tantas ponderaciones merecen del 
antagonista, como que a todo dijeron que sí ! 

Ambos agentes quisieron obtener,, a cualquier precio, la 
liquidación de una situación y el triunfo de su partido. 
¿Cuál más disculpable? Con seguridad, el de los días 
inciertos de la emancipación, cuando aún no se ha salido 
del caos inicial y, a los cuatro rumbos, la misma espesa 
sombra desorienta. 

Son figuras, bajo' cierto aspecto, enigmáticas. ¿Dónde 
acaba su sinceridad, dónde pone comienzo su escepti- 
cismo? Lamas convence menos, mucho menos, que Gar- 
cía, aunque los dos, por su elevado linaje espiritual, 
reclaman especial tratamiento crítico, sin perjuicio, de 
que su mismo talento acrezca su responsabilidad. Los 
aproximan la estructura de sus ideas y los procedimientos 
usados, aun cuando sea muy diverso el volumen de su 
error, desde que García traspasa al Imperio un solar que, 
en efectividad, ya no pertenece a su país, mientras Lamas 
le escritura una fracción inmensa del propio, trayendo 
la frontera todavía media legua más abajo del Cebollatí 
y del Tacuarí! 

Nada hay comparable en América, en iniquidad diplo- 
mática, a los tratados del 51, que adueñaron militarmente 
al Imperio de nuestra patria, que nos despojaron de te- 
rritorios jamás discutidos, que nos infirieron despiadada 
mutilación, que nos convertían, con efecto retroactivo!, en 
carceleros de sus esclavos fugitivos; que nos impusiera, 
por la fuerza, aquella nota del ministro Oarneiro Leáo 
que concedía plazo de tres días para aprobarlos, con el 
ejército imperial acampado a pocas jornadas de Monte- 
video ! ✓ 

No; en esencia, no cabe paralelo entre el fruto de am- 
bas misiones. ¡ Siquiera la de García, además de doler 
mucho menos, quedó sólo en palabras^ mientras que la 
otra ! . . . 

Por lo demás, se impone reconocer que, éste, con pos- 
terioridad a la política “aportuguesada” que representó. 



366 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


durante años, ante la corte de San Cristóbal, modifica, 
en cierto sentido, sus puntos de vista respecto a la in- 
fluencia imperial en el Plata. 

En las instrucciones impartidas, a fines de 1824, a don 
Ignacio Alvarez Thomas, en su misión ante el Perú y 
Bolívar, se refiere a “las razones que existen para pensar 
que los principios del gabinete de Río Janeiro pudieran 
hacerse inconsistentes con los que han adoptado los demás 
estados americanos y prestar un apoyo a la política eu- 
ropea,, en el caso de pretender la destrucción, en esta parte 
del mundo, de todo gobierno que conozca d : stinta base de 
la que ellos se empeñan en consagrar”. Por tanto, “el 
señor ministro plenipotenciario se esforzará por conseguir 
que el gobierno del Perú se obligue a garantir la integri- 
dad de los territorios contra todo otro poder que no sea 
de los nuevamente formados en el territorio de la América 
llamada antes española”. 

Suscribe ese documento, el doctor García, como minis- 
tro de Las Heras. En Junio 17 de 1825, se instruye al 
enviado 1 , con más precisión, sobre su actitud en la entre- 
vista a celebrar con Bolívar: “...se esforzará a demos 
trar a S. E. cuán peligrosa es a la independencia y li- 
bertad de América la política adoptada por la corte del 
Brasil y que ha desplegado con más fuerzas después de 
la disolución de la asamblea del Imperio; como igual- 
mente la aversión con que el emperador mira a las nue- 
vas repúblicas y su decidida oposición a todo cuanto 
pueda consolidarlas ’ ’. 

Se adentra en la cuestión y agrega : ‘ ‘ En comprobación 
de esto y de los principios que rigen a aquella corte, el 
señor plenipotenciario informará detalladamente de la 
conducta insidiosa con que pretende usurpar la provincia 
Oriental y de los pasos que ha dado el gobierno de Buenos 
Aires para recuperarla, como también del estado en que 
se halla este negocio. Que, por tanto, será de grande im- 
portancia el estrechar las relaciones de las cuatro repú- 
blicas de Colombia, Perú, Chile y Provincias del Río de 
la Plata., para obrar de acuerdo, a fin de hacer entrar en 
razón al emperador del Brasil y obligarlo a restituirse a 
sus límites”. 

- Ninguna reprobación más eficaz de la política del cen- 
tralismo porteño, que trajera al lusitano hasta las riberas 



I,A MISIÓN POXSONBY 


367 


del Plata, que la emanada del propio hombre público en 
la oscura aventura antes complicado. Más que legitimada, 
glorificada está la resistencia artiguista al invasor, que 
otros traen; pero la posterior rectificación de quien ges- 
tionara el trágico atentado, agrega una nueva y expresiva 
reparación. 

Se dice más: “Que una intimación hecha a nombre de 
estas repúblicas para que deje la provincia de Montevideo 
en libertad de disponer de su suerte, protestando, en caso 
contrarío, de usar de todos sus medios para libertarla, 
haría un grande efecto, y mucho más si era acompañada 
de un tratado definitivo entre dichas repúblicas y el Bra- 
sil, garantido, si se creyese así conveniente, por la Gran 
Bretaña ’ \ 

Años antes de la mediación, ya se piensa en Inglaterra 
como fiadora de soluciones, seguramente por su signifi- 
cación moral y material; quizás, en esa virtud, se la 
prefiere. 

De dejarnos en libertad de resolver nuestro destino 
habla, en documento oficial, el ministro García. Merece 
realce la enmienda introducida en sus ideas y debe rela- 
cionársela ccn hechos ulteriores. Y tan lejos va en la nueva 
orientación, que insiste en la designación de un plenipo- 
tenciario que, “a nombre de las repúblicas aliadas, pase 
a la corte del Brasil a llenar los objetos que van indi- 
cados”. . . “Si, desgraciadamente, no tuviese esa medida 
el resultado que es de esperarse, se procederá, entonces, 
a arreglar, por un tratado especial, la forma en que haya 
de concurrir cada una de las repúblicas aliadas para 
obtener, por la fuerza, la desocupación de la Banda 
Oriental ’ ’. 

Estos conceptos, categóricos, traducen el anhelo de 
desalojar al conquistador de nuestro suelo, al que antes 
se le lanzara. Se debe reconocer así, en atenuación del 
error anterior, y aún del posterior, del doctor García. 

Consultado, luego, por Alvear y Díaz VéLez, en cuanto 
al cumplimiento efectivo de sus instrucciones, en la parte 
referida, les manifiesta que., en caso de concertarse el 
tratado especial para arrojar por las armas al imperial, 
las Provincias Unidas cooperarían “con un cuerpo de 
cuatro mil hombres, cuando menos, sobre la Banda Orien- 
tal”. 



868 


LTJJS ALBERTO DE HERRERA 


Los comisionados proponen bases, concretas, que rece- 
gen lo ordenado, o sea : la intimación al Imperio, en nom- 
bre de las repúblicas, por la ocupación de Moxos. Chiqui- 
tos y la Banda Oriental y la invitación de suscribir un 
tratado entre ambas partes, ‘ ‘ garantido por la Gran Bre- 
taña, pues, empeñada esta potencia en terminar las dife- 
rencias de Portugal y el Brasil, sobre la base de la inde- 
pendencia, y en evitar una guerra entre los nuevos esta- 
dos, por bien obvias razones, hay datos para persuadirse 
que emplearía todos los medios de convencer a la corte 
del Brasil de la justicia y conveniencia de terminar ami- 
gablemente la cuestión de la Banda Oriental”. 

Los ojos siempre puestos en la influencia conciliadora 
y notoriamente eficaz de Inglaterra: “Esta idea sería 
quizás más verificable aprovechando la oportunidad del 
arribo del embajador inglés al Brasil, donde, según se 
sabe, permanecería hasta el fin de año”. 

Recibida la misión en Potosí, en Octubre 19 de 1825, y 
clausurada en Agosto 6 de 1826, es interesante destacar 
que, desde su iniciación, alud : ó a la mediación británica, 
anunciando la estada de su titular en Río de Janeiro. Ya, 
entonces, se la menciona a Bolívar. 

También se dice: “3.° Sin perjuicio de la intimación 
propuesta, y para el caso de que ella sea desechada, sería 
muy útil que se reglase, desde ahora, por un tratado 
eventual, la cooperación a la guerra del Brasil de cada 
Una de las repúblicas nominadas, teniéndose esto secreto 
hasta el momento de su ejecución y que deberá propo- 
nerse por objeto, no sólo la satisfacción y reparación de 
los insultos hechos a las indicadas repúblicas, sino el 
hacer desaparecer ese espíritu voraz de conquista que ha 
desplegado esta corte, llevando, si fuese posible, la guerra 
y la insurrección al centro mismo del Imperio”. 

Bolívar refiere al consejo de estado estas bases, en 
nada diferentes a las formuladas, en Lima, por Alvarez 
Thomas. 

En su discurso de despedida, Alvear expresa: “Mas 
el suelo sagrado de la patria se halla profanado por las 
plantas de un impío extranjero. El emperador del Bra- 
sil, con violación de todos los derechos, se ha atrevido a 
provocar a los libres de Colón, pretendiendo usurpar la 
provincia de la Banda Oriental a la nación argentina”. . . 



LA MJSIÚN PONSONBY 


369 


— ¿ Pero ustedes no me incitaron a tomar esa actitud ?. . . 
pudo observar, irónicamente, el flamante monarca. 

Contesta el libertador que “el pueblo argentino debe 
contar siempre con que nuestro corazón no se apartará 
jamás de su futura suerte”; y alude al Imperio, “que 
ocupa todavía una provincia y una plaza fuerte que no 
le pertenecen ’ \ 

Aquí no se detiene la cancillería ilustrada por el talento 
y experiencia del doctor García. También a Chile “se le 
invitó a que manifestase si se hallaba en disposición de 
cooperar con algún número de reclutas, como también con 
las fuerzas navales que se hallaban en el Pacífico”; tales 
las palabras del memorándum oficial de Febrero 20 de 
1826., “después de manifestársele la necesidad de una liga 
entre todos los nuevos estados del continente para defen- 
der su libertad y seguridad, amenazadas por la política 
de aquel gabinete”. Claro que refiere ál Brasil. 

Corrobora lo expuesto, el importante memorándum, 
cuyo conocimiento adeudo, como otros muchos datos va- 
liosos, al austero investigador doctor Felipe Ferreiro. 
“La legación propuso al general Bolívar, como encar- 
gado del mando supremo del Perú, la celebración de un 
tratado de alianza ofensiva y defensiva contra el Brasil, 
entre las Provincias Unidas y las del Alto Perú”. 

Enfrió los entusiasmos por la liga la proposición del 
libertador de invadir el Paraguay y el concepto de que 
su opinión sobre el congreso de Panamá “está reducida, 
a que ella debía ser un cuerpo perfecto y estrictamente 
federal de todos los estados americanos”; puntos de vista 
que despertaban recelos en aquella hora, llenada por su 
refulgente gloria y apogeo. 

Alvear lo transparenta en carta al doctor García, fe- 
chada en Potosí el 23 de Octubre de 1825 : “ El libertador 
desea ardientemente tomar parte en la guerra, pero quiere 
hacerlo con acuerdo de Colombia y Lima y dice a usted 
que, si éstos se niegan, él lo hará solo con este estado. 
Pero yo he traspirado una cosa, que quién sabe si nos 
acomodará; por mi voto, no me prestaría”. 


24 



370 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


“NUESTRO AMIGO” 

Indispensables han sido estas evocaciones, pues, sin su 
evidencia, costaría persuadirse de que fuera la misma 
persona el manso negociador de 1827 y el ministro beli- 
coso de 1824. A primera vista, no es fácil explicarse 
actitudes tan incongruentes, ni por qué se cambian los 
frenos. Más intrincado se hace el asunto cuando, en la 
correspondencia con Lavalleja del integérrimo Trápani, 
cruza, repetidas veces, la alusión a un personaje que 
trabaja por la independencia oriental y que — nosotros 
somos los primeros sorprendidos — visiblemente es don 
Manuel José García. 

Intentaremos demostrarlo, por tratarse de un aspecto 
muy revelador y útil para formar juicio de conjunto. 

Escribe Trápani, en Enero l.° de 1826: “Hice presente 
a nuestro amigo lo que usted me dice de las cañoneras”. 
Desde luego, la fecha de la carta nos permite afirmar que 
no alude a Ponsonby — en carácter similar a menudo ci- 
tado, al extremo de crear, más adelante, confusión — por- 
que todavía éste no había salido de Inglaterra, ni estaba 
comunicado su nombramiento, efectuado con días de an- 
ticipación. 

Escribe en Abril 12 de 1827 : “ La patria está enferma 
y con los padres a la cabecera: será un remedio eficaz 
la paz, sobre la base de la independencia absoluta de la 
Banda Oriental ; al efecto, sale nuestro amigo. ¡ Vea, us- 
ted, pues, cómo va el mundo: “nuestro amigo , ahora, es 
bueno! Antes, según ellos, era el diablo. Ya usted sabe 
lo que le han dicho de él. ¡Ah, miserables pasiones hu- 
manas ! ’ \ 

Más acentuado ya el perfil: el amigo es quien va a 
pactar la paz. Relacionadas las fechas y como que no 
hubo otro comisionado a Río, el nombre del doctor García 
surge de las entrelineas. 

Otra confirmación, de Abril 16 de 1827 : “En segundo 
lugar, es preciso informar a los orientales de formalidad, 
patriotismo y honradez, que la negociación eon el Brasil 
tendrá lugar sobre la base de la independencia de la pro- 
vincia Oriental, que ella deberá formar un estado que se 
gobernará por las leyes y reglamentos que él mismo se dé, 



LA MISIÓN PONSONBY 


371 


en cuya formación ninguna influencia extranjera tendrá 
derecho a intervenir ; a este fin, sale el señor don Manuel 
García para el Janeiro, en tres días de la fecha, y va, 
porque tengo datos positivos para asegurar que el em- 
perador desea ahora vaya un comisionado, al efecto de 
tratar de la paz por parte de nuestro gobierno. Ahora 
bien, si la paz se consigue tan honorífica como se pro- 
pone, ¿no es la mayor de las felicidades que en nuestro 
presente estado de cosas podría venirnos a consolar ? ’ \ 

Juicios de mucho mérito, como todo el resto, que con 
sentimiento omitimos, apremiados por el anhelo de termi- 
nar estas páginas 1 , ya demasiado extensas. 

Plena transparencia adquiere ahí la vinculación y 
acuerdo con el doctor García, que — ya con seguridad 
puede afirmarse — por esa época coincide con los orien- 
tales en la necesidad de ir, como la solución más viable, 
a nuestra independencia. 

Ya lo hemos visto, secundando, en tal sentido, desde 
el ministerio, a Ponsonby, a quien estimula a no des- 
mayar en su esfuerzo pacificador. No impulsa al doctor 
García mayor interés por nosotros, sino, el que tiene por 
supremo, de solucionar la contienda, de otro modo sin 
salida. En su atenuación y en homenaje al honrado pro- 
pósito, cumple reconocerlo. Librado, luego, en Río a su 
sola inspiración y, en realidad, investido de plenos pode- 
res, aunque verbales fueran, cae en la claudicación irre- 
parable, defraudando — más que a nadie — a Trápami. 

En el mismo escrito, expresa éste : “ La carta que usted 
me incluía para el extranjero, nuestro mutuo amigo, le 
fué entregada. El misrto va y Manuelito será aliviado y, 
talvez. . . nuestro amigo es muy particularmente encar- 
gado por mí de hacer lo que pueda a este respecto y me 
encarga asegure a usted descanse sobre esta seguridad”. 

Uno de los casos, a que refiriéramos, en que se mezcla 
la alusión a los dos personajes amigos. La calificación de 
extranjero, respecto al uno, ligada con renovadas men- 
ciones semejantes, certifica que se trata de lord Pon- 
sonby; en cuanto al otro, tampoco cabe duda de que sea 
el doctor García. 

Si se quiere aún más claro, léase, en carta de Abril 26 
de 1827 : ‘ ‘ En fin, antes de concluirse los tratados, uste- 
des los han de ver y me parece regular que los sanciona- 



372 


I UIS ALBERTO DE HERRERA 


ran, si les acomodasen; en fin, nuestro amigo está en ese 
negocio y ojalá sea tan feliz como deseo, para confusión 
de sus villanos enemigos: entonces, sabrán los orientales 
quiénes son sus amigos sinceros, supuesto que, hasta la 
fecha, no tienen ojos para distinguirlos”. 

Hasta ese entonces, los puntos de vista del mediador, 
aceptados por el doctor García y que se confundían con 
los de Trápani, eran nuestra independencia absoluta. 

Nueva confirmación, de Mayo 4 de 1827 : “Ahora, pues, 
mi humilde opinión es que se conserve ese ejército, que 
no se aventure a una acción que pueda traernos una de- 
rrota y que se espere un par de meses el resultado de la 
comisión que lleva el señor don Manuel García. Ojalá 
Dios permita que él consiga el objeto y que él traiga a 
la patria una paz honrosa, que es para lo que hemos 
entrado en una guerra sangrienta, y entonces verán to- 
dos los americanos quién es el hombre a quien hasta de 
traidor se le ha tratado y contra quien se han mandado 
a esa provincia comisarios con el villano e injusto plan 
de desacreditarlo : pero eso no lo conseguirán, a lo menos 
así lo espero”. 

Fervorosa y bien fundada confianza, a muy inmediato 
desencanto abocada ! Cuesta imaginar la sacudida moral 
que habrá sufrido el patriota ejemplar, que tanta espe- 
ranza pusiera en “el bien meditado proyecto de paz”, 
ante el enorme descalabro que con ella acaba. 

Anhelante espera la gran noticia. En Mayo 23, le co- 
munica a Lavalleja que el paquete aún no ha traído nada, 
pero, “el que debe llegar de un día a otro, nos traerá 
tal vez algo de positivo”. 

En Mayo 30 y refiriendo al coronel Manuel Lavalleja: 
“De lo dicho, se deduce que nada puede faltarle y como, 
a la fecha, considero ha llegado allí nuestro amigo, espero 
que hará todo cuanto deseamos, pues fué bien empeñado 
en ello ”... 

Siempre con subrayado, cual si quisiera destacar, es- 
pecialmente, la importancia del vínculo existente. 

Escribe, en Junio 16, sobre el mismo punto: “Ya antes 
de ahora, he dicho a usted las diligencias practicadas 
anteriormente, pero en el último paquete ha salido un 
amigo nuestro que va también particularmente encargado 
de hacer todo lo que se pueda en su obsequio”. 



LA MISIÓN PONSONBY 


373 


En las cartas* siguientes no encontramos el menor co- 
mentario sobre la misión García ; por lo menos así, en las 
copias a la vista. Recién en Agosto 11 y refiriendo al 
nuevo gobierno, expresa: “Moreno ha sido casi forzado 
a admitir. Me constan los empeños de don Manuel Do- 
rrego para conseguirlo : ya van pareciendo útiles los trai- 
dores; no será milagro que otros le sigan”. 

Nadie sospechará que el ideal separatista de Trápani 
flaqueara. En eso, era inconmovible, integral: granítica 
su fe. Escribíale a Lavalleja, en Agosto 25 de 1827 : “Por 
lo demás, ya sabe usted la opinión del señor Dorrego; 
sabe usted la mía, la que, siendo conforme a la de usted 
en un todo, espero que el cielo ayudará nuestros deseos, 
pues ellos sólo tienen por objeto la libertad absoluta de 
nuestra patria”. 

En Setiembre 10 del 27, comunica: “Lea en “La Ga- 
ceta” de hoy el artículo “Rumores de paz”, lo que se 
principia a discurrir ya a ese respecto. Incluyo también 
los proyectos firmados por Roxas; léalos con cuidado 
y sepa para su gobierno que son obras de nuestro amigo 
exclusivamente; ya verán, a su pesar, los sabios del an- 
terior régimen que tenemos recursos”. 

Se remite a las iniciativas financieras del nuevo min's- 
tro de hacienda. Claramente se ve que no ha disminuido 
su aprecio por nuestro amigo, a pesar del percance de Río 
de Janeiro. 

Lo corrobora, en Octubre 8 del mismo año: “Oonse- 
cueqte con mis principios, que ya deben ser bien conoci- 
dos de usted, he seguido trabajando en nuestro propósito, 
mediante los buenos oficios de nuestro amigo y otros de 
mayor calibre; el resultado es que, según las mejores 
combinaciones, no será extraño que para principios de 
Enero, o antes, vengan con algunas propuestas, que tai- 
vez no nos desagraden.’ ’ . . . 

He aquí otro de los casos en que se cruzan las alusiones 
a García y a Ponsonby, pues todo induce a afirmar que 
éste, y no otro, era el amigo de mayor calibre de la refe- 
rencia. En cuanto al primero y por si todavía restara 
alguna duda, observaremos, finalmente, que, mucho des- 
pués de la partida del mediador, en Mayo 4 de 1830, así 
le escribe Trápani a Lavalleja, jefe del gobierno propio : 
“Usted no puede figurarse lo que tengo andado estos 




374 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


días, a fin de que se mandase la comisión de que tam- 
bién le hablo en mi anterior. Ya estaban convencidos de 
ello mister Parish, ntro. amigo , y don Juan Ramón Bal- 
carce (que también escribe a usted), y tan convenidos 
estaban, que ntro. amigo me preguntó si yo quería ir, a 
lo que contesté no convenía, por ser yo interesado en el 
negocio y por ser oriental, pues debía ser un hombre de 
respeto y natural de esta tierra: con ese motivo, le in- 
diqué a don Manuel Moreno”. 

También ilustra este otro párrafo : “No sé por qué no 
ha querido usted seguir su comunicación con el agente 
británico de ésta; ella le sería a usted más útil que lo 
que usted se persuade”. 

De donde se desprende que la valiosa vinculación na- 
cida entre el comisionado oriental y lord Ponsonby, se 
prolonga en su sucesor Parish. Por lo demás, bien esta- 
blecida y documentada queda la afinidad amistosa exis- 
tente, en todo tiempo, entre Trápani y el doctor García. 
La negociación de Río Janeiro no la debilita. No debe 
callarse esta comprobación, casi desconcertante ; y, si ella 
favorece al infortunado diplomático, que en buena hora 
así sea, porque, proyectar la luz sólo en determinada di- 
rección, lleva a sustituir la historia por la versión ten- 
denciosa y, por incompleta, falsa. 


LA CONSUMADA SEGREGACIÓN 

¿ Cómo explicarse que, siendo Trápani constante y apa- 
sionado obrero de la independencia oriental, absoluta, y 
defraudadas — al menos en la apariencia escrita — las 
esperanzas de su patriotismo, por el tratado doloroso del 
año 27, continuara poniendo su confianza, entera, en 
nuestro amigo, que no era otro que el doctor García? 

Por esencial, digno es el punto de ser aclarado por 
investigadores de mayor erudición. 

Nos limitamos a señalarlo, esbozando, apenas, la pre- 
sunción de que la causa de esa larga confianza, que se 
sobrepone al contraste, radicó, primero, en que para el 
fiel Trápani los verdaderos y únicos enemigos de nuestra 
independencia estaban en el círculo unitario — sin per- 
juicio de extender a menudo el reproche al propio Do- 



LA MISIÓN PONSONBY 


375 


rrego — y, luego, en que la devolución declarada de nues- 
tro territorio no era la devolución efectiva, fuera de que 
no se registra rastro de su asentimiento a la fórmula sus- 
crita. 

¿No se buscó una dilatoria, ganar tiempo? — ¿Fué el 
ministra García envuelto por sus adversarios? — ¿Pactó 
creyendo, o no, en la estabilidad de las cláusulas, exce- 
sivas, a que asentía? 

No nos consideramos en aptitud de sostener categóri- 
camente este o aquel extremo. Cuando escribe a Pon- 
sonby, antes de la dramática misión, concorde en la ne- 
cesidad de la paz y de nuestra libertad, obra con gran 
sabiduría ; cuando, por alcanzar aquélla, reniega de ésta, 
aparece el hombre de Río Janeiro , seducido, enervado, 
que se entrega y que entrega, cual si hubiera perdido la 
noción de la realidad, o por tenerla demasiado pesimista. 

Da esa penosa impresión su carta confidencial al mar- 
qués de Queluz, fechada en Botafcgo en Mayo 22 de 1827. 
La escribe, en fluido portugués, quien años acariciadores 
ha vivido en aquella corte. 

Después de tanto ceder, se trata de algp secundario: 
de las indemnizaciones que, todavía, se exigen de las 
Provincias Unidas., por las presas hechas por sus glorio- 
sos corsarios y a las que, también, al fin se accede, como 
que la carta mencionada, a pesar de su mucha blandura, 
no tuvo éxito. 

Conocida es. Arranca : “ A luz da paz nos da nos olhos. 
¿ Será que se torne a escurecer e isto por a razao de di- 
nheiro ? ” . . . 

Todo puede arreglarse, aún, echando sobre “a minha 
fraca pessoa a responsabilidade”. . . “Agora bem: eu 
desejaria pedir no meu carácter privado a S. M. I. se 
digne convir com isto é estar certo de que um homen de 
bem e muito amigo do Brasil le diz : que urna tal conde- 
sendencia será correspondida bem presto con vantagems 
immensas. Que S. M. pronuncie ja essa palabra de crea- 
$áo para istos paizes: paz”. 

Definido queda, por el dócil estilo, el carácter de la 
negociación. Cuando al discutir, de parte a parte, las 
bases de una transacción, se apela, en vez de defender 
con afán la propia tesis, a la magnanimidad del contrario, 
la causa está perdida. 

Concluye: “Si S. M. quer accordar este ponto, amanha 




LUIS ALBERTO DE HERRERA 


a combaremos' a redagao e trabalhando a fio podremos 
celebrar a convengáo no dia 24, que sempre o contaremos 
entre os mais felices da nossa vida”. 

El emperador no declinó, pero, de igual modo, el tra- 
tado se hizo: espiritualmente, el doctor García estaba 
rendido, sin ser prisionero', lo que fué más triste. 

Y, sin embargo, considerada la filiación de sus ideas 
en la materia, él obedece a cierta lógica, porque sólo por 
incidencia pregona la guerra contra el Imperio, cuando 
la gestión ante Bolívar; en seguida, se reintegra a su 
natural postura, que era la pacífica. Con tal de salvar 
la nave, poco importa echar al agua parte de la carga, 
y si tan lejos llevara este criterio en 1816, cuando se 
complica en el llamado de la invasión portuguesa, para 
librarse — como creyérase — de la federación, no debe 
extrañar que, en 1827, cuando su cancillería decide re- 
conocer nuestra segregación, suscriba documentos que la 
estipulan. 

Esa razón la articuló el doctor García en su manifiesto 
explicativo: ‘‘Desde que la república estuvo de acuerdo 
en que la Banda. Oriental se separase y formara un estado 
independiente, la guerra no tuvo objeto”. 

La completó con esta otra: “La paz es el único punto 
de partida para todo ; si la guerra continúa, la anarquía 
es inevitable. Si no nos fuera posible alcanzar la paz, 
será menester resignarse al vandalismo”. 

Hay alguna cruda verdad en el primer argumento: si 
resuelto estaba que no seríamos argentinos, ¿a qué se- 
guirse desangrando por nosotros? De ella tampoco está 
desposeído el segundo: si la descomposición social es in- 
minente y por la paz podemos evitarla, ¿cómo no acor- 
darla lo más pronto posible? 

Probablemente, el error consistió en olvidarse de la 
psicología popular, de Sarandí e Ituzaingó y de que lo 
conveniente, en sentido material, suele no ser lo posible, 
ni lo decoroso. 

El tratado, en los términos pactados, más que un arre- 
glo, era un desafío. Con esmero trabajada en el gabinete, 
la obra del doctor García murió apenas la rozaron los 
aires de la calle. 

Partiendo de la base de que la existencia de la nación 
dependía de la paz, a todo precio procurarla. 



LA MISIÓN PONSONBY 


377 


Falso silogismo, que los sucesos no tardaron en pul- 
verizar, pues precisamente la anarquía, alimentada con 
nuevos combustibles, redobló a la conclusión de la guerra, 
como que respondía a causas profundas e inevitables. 

El mediador británico vió en aquella convención pre- 
liminar el principio del arreglo, en beneficio de todos. 

En la adversidad, sostiene, en cuanto discretamente 
puede, al negociador, un poco indignado, quizás, de que 
los mismos que lo impulsaran lo abandonasen, en la hora 
amarga, sin escasearle su apostrofe. 

Ampliamos anteriores dichos suyos. Decíale a Canning, 
en Julio 15 de 1827: “Estas manifestaciones quitaron al 
presidente casi todas las probabilidades y esperanzas de 
mantenerse en el poder; pero yo pienso que él creyó ver 
en la convención firmada por el señor García el medio de 
reconquistar su perdida popularidad y, talvez, de hacer 
frente a sus adversarios. Este plan parece que no estaba 
mal concebido y pudo obtener éxito, si él no hubiera sido 
personalmente odiado”. 

En la misma fecha, lo que demuestra el apremio 1 de las 
circunstancias, despacha otro oficio a su cancillería, más 
categórico: “En fin, era evidente que el supremo magis- 
trado, que debía ser guardián de la paz y de las leyes, 
estaba estimulando al, populacho ignorante al desorden y 
a la violencia. Yo presentía que, de un momento a otro, 
podrían ser atacados los súbditos ingleses y sus propie- 
dades y aún insultada la legación de S. M., y que el señor 
García pudiera ser encarcelado por el presidente para 
ser sacrificado a sus actuales propósitos”. 

En toda su correspondencia, habla Ponsonby, con es- 
pecial consideración, de don Manuel José García. Alaba 
su alto valer y le agradece la ayuda inteligente y muy 
eficaz que le presta. Hace el efecto, de que lo juzga el 
hombre público con más talla de estadista del Río de la 
Plata; lo afirma. 

Cuando el infortunio lo golpea, él no le vuelve la es- 
palda, ni se incorpora al número de sus atacantes. Es 
entonces que le ofrece escudo y que le tiende, bien abierta, 
la mano, acreditando poseer la nobleza que más vale : la 
del sentimiento. 



378 


LUIS ALBERTO I)E HERRERA 


DORREGO Y NOSOTROS 

Entramos a leer la independencia oriental, a través de 
Dorrego, en relación con la mediación británica. 

Según sea el momento qúe se elija de su actuación 
pública, distinto será el juicio a que se arribe, porque 
distancia media entre el soldado resuelto de las guerras 
contra el artiguismo, en 1815, y el gobernante de 1827 : 
entre el ardoroso periodista y caudillo opositor y el en- 
cargado de los asuntos exteriores de las Provincias Uni- 
das. 

Pero, desde luego, se impone establecer que Dorrego 
era fundamentalmente opuesto a nuestra emancipación, 
en lo que no divergía de la opinión dominante en su 
pueblo. 

Bien comprensible. Formábamos parte del mismo 
cuerpo administrativo y político. Así desde los orígenes 
organizados. La creación del virreinato consolidó esa in- 
tegración, que pareció irrompible. Sin embargo, sucesos 
de carácter definitivo demostrarían lo contrario. Las dis- 
crepancias iniciales se convirtieron en desacuerdo pro- 
fundo y por ,1a grieta que ellas abrieron deslizó su torrente 
la nativa pasión, labrando, para siempre, una frontera. 
Probablemente, antes que ella la trazó la geografía, pues 
basta inclinarse sobre el mapa para comprender que los 
grandes ríos que nos abrazan, al Oeste y Sur, constituyen 
límites arcifineos. 

Por todas las razones, nuestro desgaje debía resultar 
doloroso al sistema territorial y político que lo sufriera. 
El natural anhelo de Buenos Aires y de sus dirigentes 
fué mantener, íntegro*, el patrimonio heredado de España. 
Talvez la intransigencia de este concepto y el abuso del 
centralismo, precipitaron el tan resistido desmembra- 
miento. 

Contra nuestro localismo, se agotan los más radicales 
remedios. Si acaso, sólo se consigue exacerbarlo. 

Si no existe conformidad para el desprendimiento del 
Paraguay y del Alto Perú, tan remotos, en realidad tan 
apartados y desconocidos, ¿cómo tenerla ante la segre- 
gación del rico solar que a la vista está, dueño del mejor 



LA MISIÓN PONSONBY 


379 


puerto y estratégicamente colocado en la puerta del es- 
tuario ? 

Además de los sentidos, lastimaba el amor propio este 
separatismo, juzgado inicua e insoportable mutilación. 

Recuérdese que al Paraguay, con su independencia 
declarada y efectiva desde 1811, y que mucho menos 
interesaba, recién en 1856 se le reconoció como nación 
constituida. Las armas incontrastables de Bolívar y Su- 
cre impusieron la separación de Bolivia, a la que también 
se tarda en reconocer personería. Uno de los motivos de 
la misión Alvear-Díaz Vélez es reclamar Tarija. 

Consanguíneas las sociedades del Plata, era muy lógico 
que doliera el tajo que cortó su vínculo, que acabó con la 
vieja gerarquía y con una tradición. Intimidad de origen 
y de vida que ahora desdoblan, dichosas, en la palpitación 
de su progreso, las repúblicas hermanas, dueña cada cual 
de su destino. 

Si durante tiempo largo no faltaron nativos — Gómez 
y sus adherentes — adictos a la reincorporación, no puede 
extrañar que, en los primeros arranques, hicieran lo in- 
decible por evitar nuestra independencia los hijos de la 
otra ribera. 

Asombroso habría sido que a ella asintiesen; por trai- 
ción a la patria se tuviera su lisa y llana aceptación. Aun 
los mismos que incurren en la demencia de castigar nues- 
tra rebeldía con el flagelo y el riesgo de la invasión lusi- 
tana, reaccionan, muy luego, y ensayan recuperar la pro- 
vincia perdida: la solicitan, ingenuamente, del propio 
detentador, ocurren por justicia a Bolívar y ponen la 
reincorporación como condición de auxilio, después. 

En resumen, ni brasileros, ni argentinos se habrían 
desprendido jamás, espontáneamente, de nuestro territo- 
rio: los unos, en el comprensible afán de redondear su 
frontera, poniéndola donde siempre la soñaran ; los oíros, 
por idéntico motivo y por afectividad. 

Dorrego no se sustrae a esa norma del sentimiento y 
del ideal colectivos. A sus órdenes y sirviéndolo con su 
habitual denuedo, cruza el estuario, a fin de batir, cuerpo 
a cuerpo, la sublevación regional, entendida como un ata- 
que a la integridad de la patria, cuyos límites se confun- 
den con los del antiguo virreinato. 

En Marmarajá destroza a Otorgués, según el parte de 




380 


LUIS ALBERTO BE HERRERA 


Alvear, “un cuerpo de tropas de 900 hombres, dirigidos 
por el coronel Dorrego con excelentes oficiales, marchando 
con toda la rapidez y s : gilo que exigían mis desees”. . . 

Así ocurría el 4 de Octubre de 1814. “Antes de la 
noche, continúa, habían caído ya en poder del coronel 
Dorrego la artillería y municiones, todo el equipaje de 
Otorgues, su mujer, su hijo y la multitud de familias 
que seguían al grueso de su mando ’ ’. 

La represión arrolla, triunfadora, todos los obstáculos. 
“He ordenado al comandante de la 'Colonia, que en el 
primer buque remita, para entregar a orden de V. S., 
diez y siete presos tomados a los bandidos; los restantes, 
hasta cuarenta, por ser vecinos, fueron sueltos. . . ” Firma 
Dorrego y la fecha es Diciembre 17 de 1814. Como mojón, 
es bueno destacarla. ¡Ya cambiará Dorrego! Por susten- 
tar, luego, las ideas de los bandidos — por ellas contagiado 
o vacunado — conocerá, en 1828, el martirio y alcanzará 
la más alta gloria cívica. 

Lección amplia le dan, que nunca olvidará, en Guaya- 
bos. Ese día memorable, el bravo coronel Fructuoso Ri- 
vera sablea a sus. milicias y, también, a su arrogancia. 
En su parte, Dorrego declara su derrota, aunque “todo 
se hubiera salvado, pero creció tanto el terror de nuestros 
soldados que, luego que se aproximaron algunos enemigos, 
las guerrillas se replegaron, sin poder ser contenidas”. 

Escribe al general Soler, refiriendo a su “indecente 
pérdida” y manifestando que, “si la pérdida debe ser 
castigada, como lo creo, recaiga sobre mí todo el castigo”; 
para, intentar la revancha, pide, a la vez, refuerzos. De- 
fine sus calidades: brío, nobleza, impetuosidad y ánimo 
generoso. 

Todo induce a suponer que esa campaña militar fué 
para Dorrego como el camino de Damasco. Con frenesí, 
a ella se lanza y, talvez s"n advertirlo, de la Banda Orien- 
tal vuelve convertido en el San Pablo de la causa que 
combatiera; más que vencido por sus armas, convencido 
por sus principios. Según lo ordenara el director Alvear 
a Soler, su cometido es “precaver los gravísimos males 
que prepara a la patria la obstinación del desnaturalizado 
don José Artigas”. 

Al aceptar el mando de tropas, que por ejecutivo e 
intrépido se le confía, Dorrego expresa: “Yo tendré el 



LA MISIÓN PONSONBY 


381 


mayor gusto en contribuir a la destrucción de Artigas”. 
Emprende la jornada en la persuasión de salvar a la 
nación y también con certidumbre de afrontar a malos 
patriotas, o sea a los “montoneros”. Una y otra vez, 
les denomina bandidos. Dirígese al general Viamonte, 
destacado en Entre Ríos: “Espero que usted se servirá 
comunicarme cuantas noticias tuviere importantes acerca 
de los bandidos”. 

Y, sin embargo, algo nuevo traía, de retorno, aquel 
coronel de menos de treinta años y sin reproche, derro- 
tado por las armas y, lo que más esencial sería para su 
suerte, en sus prejuicios. 

En el gran debate legislativo de 1826, con motivo de 
la elección de sistema de gobierno, se presenta como ilu- 
minado campeón de las ideas federales, que entonces eran 
pecado . . . “ Por estas razones, yo siempre he creído, y 
es de creerse desde muy atrás, talvez desde el año 15, 
que está decidida (la república) por el sistema de la fe- 
deración. . . Finalmente, a juicio del que habla,, no sólo 
en conformidad de la provincia que representa, sino de 
todas, el sistema federal es el único adoptable en las cir- 
cunstancias, porque es aquel que una mayoría excesiva 
designa y es el que pide”. . . “El sistema federal puede 
hacer nuestra felicidad, tanto más cuanto es un sistema 
más análogo a los sentimientos 'de todos, porque está más 
en contacto con el pueblo”. 

Eso dijeron las célebres instrucciones del año XIII. 
Ya Dorrego habla como los bandidos . . . ¡No se lo per- 
donarán — y con intereses han de cobrárselo — sus impla- 
cables adversarios! 

Giran a cuenta de la represalia, en 1816, con su des- 
tierro. Arranca el decreto de Pueyrredón: “Siendo tan 
criminales y escandalosos los actos de insubordinación y 
altanería con que el coronel Dorrego ha marcado sus ser- 
vicios”. .. ; y termina: “...he creído, pues, un deber 
preciso de mi autoridad y del orden sancionado por el 
augusto cuerpo, castigar ejemplarmente tan graves como 
públicos y justificados crímenes, extrañando para siempre 
a don Manuel Dorrego, como así le extraño de estas pro- 
vincias”. . . Destacamos este otro fundamento de la re- 
solución: “Y lo que es más criminal, llegando al extremo 
de amenazar, con audacia, a la misma autoridad suprema 


3S2 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


de los pueblos, de que se pasaría a la montonera, si no se 
le otorgaban sus pretensiones ’ \ 

En sus elocuentes y acusadoras cartas de Baltimore, 
replica el proscripto. Si nunca pensó incorporarse a la 
montonera, como lo afirma — ya sin palabras de agravio — 
en cambio, su espíritu bacía ella volaba : ya había volado. 

. . . “ Sepan mis amigos y sepan los nobles y valerosos 
habitantes de esos pueblos, que mi único crimen, mi único 
delito, es el de no haber querido desertar, cobarde y trai- 
doramente, de las banderas de su libertad y de su inde- 
pendencia, y sepan, también, que jamás, jamás, ni aun 
más allá del sepulcro, me retractaré de mi laudable y 
honroso crimen”... 

Aludía a la política nefaria, representada por Puey- 
rredón y el ministro Tagle, que, para aplastar nuestra 
rebeldía, irreductible, concertó y aplaudió la invasión 
extranjera. 

En su segunda carta, de Junio 13 de 1817, explica el 
caso. Tomaremos apenas lo suficiente para ilustrar al 
lector. Bajo la mayor reserva, el doctor Tagle le entera 
del plan. “Ha llegado, me dijo, el teniente coronel don 
Juan Pedro Luna, y con él los pliegos. Debe usted estar 
contento, pues los portugueses no esperan más que el que 
se les designe el tiempo para dar en tierra con Artigas y 
tomar posesión de la Banda Oriental. Yo soy el único 
agente de este importante negocio, que no gira por se- 
cretaría. Un hijo de don Pedro Andrés García, los con- 
ducirá a su hermano al Brasil”. 

Ya don Manuel José, encarnando otra escuela y otras 
ideas, practicaba con don Juan VI las flaquezas que pro- 
longaría con don Pedro I. 

Sigue el ministro: “Se nos ordena que para la conse- 
cución de él se aleje a los que se crea hacen oposición; 
a Soler lo juzgo tal, y es indudable que, luego que venga 
el nuevo director., se le destinará a la campaña de Chile. 
Si usted quisiera estarse con su madama, sin moverse de 
la provincia de Buenós Aires, no tiene más que decir 
que sí”. 

Pero Dorrego diría, rotundamente, que no. Con acento 
esclarecido, así lo narra: “Él creía, sin duda, que, como 
yo había hecho la guerra a don José Artigas, deseaba su 
ruina a todo trance; y aun continuara más este malvado 



XA. MISIÓN TONSONBY 


383 


traidor, si no hubiera sido que, montando en cólera, rompí 
el violento sileneio, y después de haberle dicho lo que me- 
recía tal propuesta, le pregunté que quién le había dado 
dominio sobro la Banda Oriental. Que, aun supuesto ese 
oaso, ¿ cuál era la autoridad que existía en las provincias 
facultada para semejantes (faltan palabras) ; qué bienes 
nos podría traer la proximidad de los portugueses, al 
mismo tiempo-, si lo creía él accesible? Que yo lo creía 
tan perjudicial, antipolítico, fuera de orden, que aunque 
los mismos pueblos tuviesen el delirio de esclavizarse, yo, 
por mi parte, les diría lo que Catón : causa victrix placuit 
(lux sed vicia Catoni”. 

. . . “ Llamé al día siguiente a uno de los jefes de la 
guarnición, don Manuel Pintos, y le dije que estaba per- 
suadido se traicionaba al país ”... Abona este aserto con 
el testimonio de personas que presenciaron la última es- 
cena y que nombra. 

De manifiesto están la hidalguía y el severo patriotismo 
del procer máximo de la federación, después de Artigas. 

EL PALADÍN FEDERAL 

Al mucho arrebato de su temperamento, en el cual tanto 
manda su corazón, henchido de sentimiento, se suma la 
pasión de la juventud y de su propia y viril carrera. Pisa 
recién los treinta años, que cumple en el destierro ; pero 
la acción intensa que irradia, sus hazañas y sus derrotas, 
lo ungen héroe y caudillo. Difícil sustraerse al conmo- 
vedor arrastre de su vida, que el hado truncó. Estudia 
en Chile ; interviene en su revolución y sale de allí capi- 
tán de granaderos y condecorado como “benemérito de la 
patria”; corre a incorporarse a las armas de la propia y 
cae gravemente herido en la jornada augural de Suipacha. 
Antes, lo ha sido en el combate del Nazareno. ¡Ajustado 
el nombre del sitio donde derramara su primera sangre 
¡quien por un ideal sería inmolado ! 

Jefe de graduación y de empuje en Tucumán y en 
Salta, avanza en la notoriedad, siendo el desprendimiento, 
el olvido de sí mismo, una de sus más bellas faces. Cuando, 
en Agosto de 1828, la leg : slatura proyecta ascenderlo, en 
premio a la paz recién sellada y de la cual fuera figura 
protagonista, se opone, porque “ha tenido por principio 
constante en su carrera no aceptar grado alguno que no 



384 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


le fuera otorgado en premio de acción de guerra o algún 
suceso remarcable y que, firme en este propósito, rehusó, 
en los años 1816 y 1820, aceptar el empleo con que hoy 
se pretende distinguirlo y aun el último en la clase mili- 
tar, en retribución de servicios, aunque importantes a la 
provincia, prestados en la guerra interior”. 

Tiene el horror de la lucha fratricida, cual si respon- 
diera a una secreta voz. ... ¡La patria ! Ella por encima 
de todo. 

A medida que afirma el vuelo, domina nuevos espacios. 
Posee el impulso torrencial de los predestinados. Su trazo 
es corto en extensión, pero de una riqueza dramática cual 
pocos ; sin paralelo en su escenario. José Miguel Carrera 
se le parece, hasta en su gran infortunio. A los cuarenta 
años, todo lo ha sido en su país; uno más, y ganará las 
únicas palmas que le faltan: ya que no quisiera las de 
general, las del martirio. 

Bien pudo decir su compañera, al impetrar justicia, 
cuando el primer ostracismo : “Yo lo imploro, reclamando 
enérgicamente el cumplimiento de las leyes en favor de 
quien, con veinte y una heridas recibidas de los enemigos 
de la libertad, padece, sin saber por qué motivo y sin di- 5 
visar horizonte a su persecución”. 

Otra de sus glorias, haber resistido a la tenebrosa in- 
triga que nos entregara al lusitano. Lapidaria su res- 
puesta a Tagle. Para ganarlo, se le presenta, como re- 
vancha infalible de su propia derrota, el exterminio del 
artiguismo — de sus ideas y de su gente — sin imaginar 
que de sus lab 1 ' os caerá, como sentencia adelantada de la 
historia, la condena de la maquinación que se cree debiera 
seducirlo. Ese solo episodio, pone, para nosotros, resplan- 
dor en la fama de Dorrego. Coraje ciudadano que supera, 
en mucho, al que su brazo prodigara en los campos de 
batalla, a pesar de ser éste tanto. 

Alma que planea en las más altas cumbres; por lo mis- 
mo, tan odiado por aquellos a quienes su magnanimidad 
vence, una y otra vez, sin conseguir desarmarlos: quizás 
más exacerbados. Torvas pasiones que se reconcentran y 
aguardan . . . 

En su primer artículo, al lanzarse a la prensa, había 
escrito: “El Tribuno”, afortunadamente, tiene un temple 
feliz para no temer sino el crimen”. ¡Ya estaba casi en 
su acecho! 




LA MISIÓN PONSONBY 


385 


Por negarse a ser cómplice de nuestra inmolación, lo 
echan a la mar en un corsario, que deberá desembarcarlo 
en Santo Domingo. Prisionero de los ingleses en Jamaica, 
recala su desventura en Estados Unidos. Tres años, de 
observación fecunda — de cívica escolaridad — le corren, 
allí, despacio. Sobreviene el regreso triunfal. Según sus 
biógrafos, al pasar por Río Janeiro, se entrevista con los 
prisioneros orientales — ¿con Lavalleja, quizás? — y de 
manos de ellos recibe cartas para Artigas y Ramírez. 

¡ Quién se lo dijera en los días en que se lanzara, frené- 
tico, a acabar con la mala siembra del primero, tan di- 
fundida, en la entrerriana margen, por el segundo! 

El día siguiente de los desterrados por un ideal es la 
victoria. Dorrego conoce su consoladora reparación al 
restituirse a su ciudad, cuyo mando toma y a la que de- 
fiende de la invasión. Cuando sus perseguidores esperan, 
aterrados, sufrir su venganza, encuentran su clemencia. 
Más adelante, escribirá, en “El Tribuno”, que “en las 
guerras civiles no hay culpables sino solamente vencedo- 
res y vencidos”. Como vencido, conocerá la terrible saña 
que él no practica, ni tolera; como vencedor, su nobleza 
cautiva,, siendo clásico episodio su amparo al doctor Tagle, 
en desgracia, causante principal de la propia, poco antes. 

En una nueva faz, se incorpora a la legislatura. Te- 
mible espada también resulta su palabra, apasionada, viril 
y que de frente emplaza y ataca los nuevos temas, que a 
iniquidad resuenan al oído del unitarismo. Cree en su 
pueblo y se inflama en la lidia por su derecho. Inorgá- 
nico y amorfo lo sabe ; pero comprende y alienta los prin- 
cipios, todavía confusos, que en su entraña hierven. Se 
ha batido con el santafecino López; sobre él triunfa, en 
Pavón, y con él celebra conferencias, para volverse a 
batir y ser arrollado en el Gamonal. En tanto, se acentúa 
su federalismo vital, que brota en sus luchas con los 
caudillos orientales y que madura en su lucha con los 
caudillos argentinos que, por eso, alzaran su voz de ven- 
gadores cuando otros lo sacrifican. 

La azarosa brega redobla el vigor de su convicción cí- 
vica: la consolida. Para mejor, aunque por camino de 
amargura, ha llegado al escenario de la democracia ejem- 
plar y vivido, años, en Estados Unidos, recibiendo la 
constante lección cívica que fluye su sabiduría de los 
hechos más que de los textos escritos. 


*5 



386 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Sí, allá consolida sus ideales y, como tiene la ventura 
de no padecer el defecto retórico, que tanto se pega en 
los claustros del Sur, torciendo el temperamento y ense- 
ñando a desnaturalizar la verdad, de sus labios varoniles 
ella saldrá entera, como arde en su corazón de gran 
patriota y de él asciende. 

Óigasele: “Señores, gran argumento es que no hay abo- 
gados. Como se suele decir, en el pueblo donde hay menos 
médicos hay más salud y donde hay menos abogados, se 
pleitea menos”. . . “¿Pues qué, es un crimen sostener el 
sistema federal? Nuestra queja del gobierno peninsular, 
¿ cuál era ? El que todo lo teníamos que llevar a Madrid, 
y yo pregunto, ¿bajo el sistema de unidad no será cierto 
que todo o la mayor parte habrá que traerlo a la capital ? 
¿No es regular que los pueblos se resientan de aquello 
mismo?”. 

Cuando, en 1823. el cabildo de Montevideo se dirige, 
por ayuda, al gobierno de Buenos Aires, en ocasión de 
la desinteligencia entre imperiales y lusitanos, para li- 
brarse de ambos, Borrego, contra, una mayoría abruma- 
dora, reclama que .se acuda, sin dilación, en socorro de 
los hei manos oprimidos. No lo consigue. Tampoco es 
escuchado cuando, a raíz de la cruzada de los Treinta y 
Tres, encarece que se abrace su causa. La política do- 
minante, que trilla el sendero de la de 1816, desdeña el 
consejo avisor del soldado-tribuno; pero, no importa, los 
sucesos darán toda la razón a sus viriles conceptos, que 
no se han perdido: “Hagan las provincias del Río de la 
Plata lo que deben. Apresuren la libertad de su territorio 
de todo poder extranjero. Lo han jurado; sacrifiqúense 
por conseguirlo; no sigamos apáticos; las vías pacíficas 
son malas. Es preciso hacer la guerra para hacer la paz 
y alcanzar la independencia. . . La riqueza de la Banda 
Oriental se consume, sus habitantes se acostumbran al 
servilismo. . . La opresión de cincuenta mil almas es más 
fuerte que la vida de cinco mil hombres y el gasto de tres 
o cuatro millones. ¡ Que el 25 de Mayo de 1826, se cante 
el himno patrio sobre las murallas de Montevideo! ”. 

Su clara intuición revela el porvenir. En 1824, Alvear 
lo presenta, en Chuquisaea, a Simón Bolívar. Se le pa- 
rece ; sin ser él — único en el hemisferio — es de los suyos, 
como que también trae ímpetu volcánico y desprende ce- 



LA MISIÓN PONSONBY 


387 


gadora luz astral, en su breve tránsito, de honores y do- 
lores, por el cielo americano. 

A la ida y al retorno, concierta la venidera conducta 
con los señores feudales de tierra adentro ; los del litoral, 
ya son sus amigos y sus aliados, después de cruzar con él, 
bravamente, los hierros. Se asiste al advenimiento del 
apóstol de la federación en tierra argentina. 

Antes, sufre su segundo destierro, por orden del gober- 
nador Rodríguez, en virtud, según se expone, de “las 
calidades que lo singularizan entre los que se lisonjean 
en llamarse descontentos”. Tal el cargo genérico: “La 
junta juzgará si esto es ser Svlla, como el antiguo, o como 
el que modernamente ha descubierto en el país el coronel 
Dorrego ”... 

También se le acusa de sostener comunicaciones con los 
elementos desafectos de Montevideo . . . Llamado a pre- 
sencia del gobernador, se le notifica la orden de extraña- 
miento; pide se le permita pasar a la Colonia. “Le hice 
entender que era indispensable designase uno de estos tres 
puntos: Mendoza, o San Juan en la provincia de Cuyo, 
o el estado de Chile”. 

A todo trance, se le quiere alejar de la cuenca platina, 
con razón juzgada temible, como que fue la matriz del 
federalismo y de ese rumbo vino siempre lo que por abo- 
minable contaminación se tiene. ¡ Frágiles barreras opues- 
tas a la inquietud y rebeldía provincianas ! 

Así ocurre a fines de 1821. Dorrego, trasladado a Mon- 
tevideo, adquiere sensación propia sobre nuestra sorda 
resistencia al pasajero y lusitano dominador. Ya no es 
el hombre de 1815 ; aquel que, sable en mallo, quisiera 
acabar, en horas, con nuestro localismo. 

Bajo otro prisma lo aprecia: como expresión neta y 
legítima del federalismo. Por cierto que no atraviesa por 
su mente la idea de nuestra segregación, de indeciso con- 
torno, todavía, en el alma de los propios nativos ; pero, 
cuando aboga, en 1824, por el inmediato y decidido auxi- 
lio a nuestro cabildo, pone en el empeño fervor fraterno. 

EN EL PODER 

La exaltación al gobierno, no modifica fundamental- 
mente las ideas de Dorrego a nuestro respecto. Ningún 
reparo le arranca la autonomía oriental, por amplio que 



388 


LUIS A1BERT0 DE HERRERA 


sea su concepto, extendido a todas las demás provincias; 
pero sí lo opone a la creación de una patria independiente. 
Por desgarro tiene ese gran acontecimiento, que incita a 
la imitación con su secuela de peligros. 

Su ardiente patriotismo no se resigna a la disminución 
del patrimonio recibido en herencia; y, naturalmente, 
debió costarle sacrificio sellar con su rúbrica un suceso, 
tan doloroso para el nativo orgullo y que jamás pensó 
encontrar en su senda. Trata de evitarlo y, cuando no 
lo puede, procura atemperar los efectos del hecho tras- 
cendental en que las circunstancias lo envuelven. 

De ahí que se le haya exhibido como hostil a nuestra 
libertad ; a lo que contesta la opuesta y también tenden- 
ciosa pasión, denominándolo fundador de la independen- 
cia oriental. Colocarse a una discreta distancia de tales 
extremos, aproxima a la verdad, sin desmedro para la 
memoria del procer. 

Sería mucha redundancia insistir sobre la hondura del 
sentimiento local, aquí; sobre la personalidad moral ad- 
quirida desde la infancia colonial ; sobre la trágica y tenaz 
trayectoria de ese impulso, superior a todas las adversi- 
dades: desde el primer día, la gente de esta banda quiso 
mandarse ella misma. 

En consecuencia, la emancipación uruguaya tiene su 
causa y razón en esa serie de acumulados factores y sa- 
crificios. Mal pudo, pues, ser Dorrego su fundador, en 
virtud de suscribirla como gobernante y tan vencido por 
la fatalidad de las cosas como el antagonista imperial. 

Los dos abatieron su íntima aspiración, con pena, ante 
lo consumado. 

Entrando, ahora, al examen del otro aserto, que declara 
a Dorrego adversario de nuestra independencia, cabe pre- 
guntar: ¿pero quién, a no ser los orientales, la quería? 
Con apuro triunfal oímos contestar : el emperador del 
Brasil. — ¿Por qué? Precipítase la réplica. — En virtud 
de que don Pedro pugnó por la segregación absoluta y 
Dorrego, hasta última hora, la reclamó temporaria. 

Argumento de cierta apariencia, que se respalda en 
constancias escritas, reducidas a nada, si se las relaciona 
con sus antecedentes y con su inmediata y solapada re- 
negación. Desde luego, repítase que el mérito de la paz 
no pertenece a los beligerantes, «que, forzados por la si- 
tuación interna y bajo el irresistible apremio externo, la 



LA MISIÓN PONSONBY 


389 


sellaron. Evóquese la nota de Gordon, a la vez generosa 
y perentoria, al almirante Otway: espere usted — le or- 
dena en Agosto — hasta fin de mes, pero, si entonces no 
estuviera hecha la paz, cumpla sus instrucciones y rompa 
el bloqueo. 

En otro plano, la decisión liberal del monarca recién 
aparece en 1828. A la sugestión de Ponsonby, en favor 
de nuestra independencia, categórica negativa opone, en 
1826 ; la reproduce, en 1827, en oportunidad de la misión 
García, ampliamente autorizado por Rivadavia para pac- 
tarla. Y aún en 1828, cuando se rectifica, abunda en re- 
ticencias, que provocan severas observaciones de Gordon, 
como que se sale de una contradicción para incurrir en 
otra. 

Reconozcamos que, al fin. hace suya la tesis radical en 
nuestro favor y recoge la bandera que antes agitara la 
cancillería de las Provincias Unidas y que parece caerse 
de la diestra de Dorrego, al que le cuesta resignarse a la 
definitiva separación. 

Contra él depone esta exterioridad; sin embargo, ana- 
lizada su conducta, ella ofrece una sinceridad de que ca- 
rece la imperial. 

Desde que él, como todos, era contrario al desmembra- 
miento del territorio del antiguo virreinato, lógico es que 
lo resistiera; pero, acordado, lo sostiene. 

En su importante memorándum, sobre la decisiva en- 
trevista que celebraran. Ponsonby informa a Dudley, con 
fecha Etoero 28 de 1828, del pensamiento de Dorrego y 
del debate que sobre el punto mantuvieran. Ya lo anuncia, 
en nota del l.° del mismo mes: “Mi propósito es conseguir 
medios para impugnar al coronel Dorrego, si llega a la 
temeridad de insistir sobre la continuación de la guerra, 
después de tener a su alcance los medios justos y razo- 
nables para hacer la paz”. 

En la conferencia, Dorrego agota su esfuerzo dialéctico 
para evitar la pérdida irreparable de la provincia her- 
mana. Ponsonby resueltamente le contesta : la independen- 
cia debe declararse completa. Ya hemos reproducido esta 
parte del interesante dialogado. El gobernador se es:uda 
en su situación; que “estaba encargado de las relaciones 
exteriores, hasta la reunión de la convención”; que “sus 
poderes, derivados de las varias provincias, diferían de 
grado”; que particularmente no podía suscribir ningún 



390 


LUIS ALBERTO OE HERRERA 


arreglo definitivo de paz, sin someterlo, primero, al go- 
bierno de la Banda Oriental para su asentimiento. 

Argumentos más formales que positivos, netamente 
desbaratados por el mediador. 

Dorrego quema sus últimos cartuchos. “El gobernador 
manifestó que le sería mucho más fácil persuadir a la 
gente en favor de un arreglo que tuviera la apariencia 
de ser provisorio que en favor de una renuncia incondi- 
cional, para siempre, de todos sus derechos a la Banda 
Oriental, como él calificaba la admisión de su indepen- 
dencia”. 

Objeciones no desprovistas de verdad, por cuanto la 
separación absoluta, llegada la hora de consumarla, dolía 
mucho (más que mientras de ella se hablara, en teoría, cual 
solución posible, en la íntima esperanza de evitarla. Há- 
gase memoria de la controversia, análoga, sostenida con 
Rivadavia y con el ministro de la Cruz, quienes igual- 
mente quisieron eludir un pronunciamiento categórico, 
cuando llegó el momento obligado de hacerlo. 

La caída del presidente tuvo por causa aparente esa 
misma paz, que también a Dorrego le cuesta suscribir, 
por el desmedro de territorio y de orgullo nacional que 
supone y cuyo precio fué, probablemente, su propia vida, 
como que en el tizón de ese descontento avivan su fuego 
y su llamarada la inmediata conspiración y el motín, que 
en él se ceban. 

En Mayo 2 ide 1828, escribíale Lavalle a don Juan 
Correas, su padre político: “Pero no hay más que dos 
partidos a elegir : o servirse de las vías de hecho, o aban- 
donar nuestro pobre país al vandalaje. Por supuesto la 
paz (con el Brasil) es ignominiosa y perdemos la Banda 
Oriental”. 

Sigue Ponsonby : “ Le repliqué que yo entendía que los 
beligerantes aceptarían tomar como base la independen- 
cia y que la Banda Oriental podría comprometerse, por 
un tiempo determinado, a no incorporarse a ninguno de 
los limítrofes, etc. ; pero que quedaría libre, al expirar 
aquel plazo, de tomar la actitud que creyera conveniente, 
quedando en libertad de contemplar sus propios intereses, 
al igual de cualquier estado soberano, y pregunté si yo 
podría esperar del gobierno una contestación en favor 
de tal principio. El gobernador contestó que sí”. 

Dorrego se extiende, luego, en comentarios optimistas 
sobre la situación militar, enunciando diversos éxitos. 



LA MISIÓN PONSONBY 


391 


miás presuntos que efectivos; “pero que, no obstante todo 
esto, él sabía que la paz era necesaria al país y que la 
prefería a la certidumbre de todas las ventajas a espera'r 
de la continuación de la guerra”. 

El mediador no niega eficiencia a las armas republi- 
canas; pero más que en éxitos decisivos — en los que 
nunca, agreguemos, creyó — confía en los bienes deriva- 
dos de “una paz justa, honorable y duradera”. 

Resume el resultado de la conferencia, diciendo: “Dejé 
al gobernador bajo el definido entendimiento, entre nos- 
otros, de que este gobierno está pronto a aceptar el prin- 
cipio de la absoluta independencia de la Banda Oriental, 
como base para tratar los preliminares de paz”. 

Fueron estos pujos los que provocaron el parto. Sin 
negar el merecimiento de los plenipotenciarios enviados, 
más tarde, a Río Janeiro, salta a la vista que el nudo de 
la negociación radicó en estas gestiones, simultáneamente 
desarrolladas por Ponsonby y Gordon ante los gobiernos 
rivales y que el general Guido no tuviera presentes al 
desconocer, en un gesto unilateral, el influjo británico. 

En cuanto a Dorrego, lo mismo que el emperador, 
incurre en inconsecuencia, seducido por la perspectiva 
— que en ocasiones juzga fácil — de retener el solar dis- 
putado. Sin géneio de duda, lo prueban las instruccio- 
nes, ampliatorias, de fecha Julio 26 de 1828, a Guido 
y Balcarce, sobre la independencia temporaria; aun con 
la salvedad de que, “cualquier embarazo que se oponga, 
con este motivo, a la realización del objeto a que han sido 
enviados los señores ministros plenipotenciarios , por la 
variación expresa y terminante resolución, no deben por 
eso romperse las negociaciones, sino continuarse, dando 
tiempo a que la reflexión y el convencimiento obren en el 
ánimo del emperador, forzado principalmente por los su- 
cesos, que nuevamente aumentan en favor nuestro”. 

Pone la postrera esperanza en los tumultos estallados 
en Río, en el refuerzo de la escuadra, en la expedición 
del Norte, en los buques que adquirirá Fournier en Es- 
tados Unidos. Por todas esas razones, “los señores minis- 
tros no deben consentir en entrar a estipular ninguna 
clase de tratados que tengan por objeto especial reconocer 
la absoluta independencia de la provincia Oriental, erigida 
en un estado nuevo”. 



392 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Vana la tentativa de remontar la corriente, irrevocable, 
de los acontecimientos. ¡Antes de un mes, se declararía 
nuestra libertad ! El emperador también había procurado 
evitarla; pero, ya a esa altura, acata lo consumado. La 
inminencia de la caída del bloqueo, concluye con sus va- 
cilaciones. Más arriesgada su situacicn, cedió más pronto 
que Dorrego. 

Ninguno de ellos merece reproche por sus perplejidades, 
que traducían sus alternativas de ilusión o desaliento. La 
obra pacificadora se desenvolvía en plena guerra., s'n que 
mediara armisticio. Por tanto, perfecto derecho asistiera 
a los poderes beligerantes para ensanchar o encoger sus 
ideas, en armonía con sus posibilidades bélicas. Lo único 
condenable fué que, luego de comprometerse oficialmente 
y por escrito con el mediador — siempre indulgente con 
su informalidad — quebraran sus dichos, oficiales y co- 
municados. 

Deplorables retractaciones, que se reproducen por am- 
bos lados, sin conseguir otra cosa que demorar la honrada 
solución y acarrear descrédito sobre esa diplomacia. 

Una vez que Dorrego, aunque de mala gana, asintió a 
la proposición británica de la independencia absoluta y 
autorizó que fuera trasmitida al otro beligerante, no pudo 
honorablemente retroceder; sin embargo, lo hizo. Mucho 
menos así, sin dar noticia al mediador. Pero, en alivio 
de esta irregularidad, obsérvese que la otra parte no lo 
hacía mejor; y, en beneficio de ambas, afírmese, también, 
que su contradicción obedeció a la angustia patriótica. 
¡ Costaba resignarse a reducir el paño territorial y cargar 
ante la historia con esa desventura! Desvío nacido del 
desconcierto, nunca de calculada mala fe; en esa etapa, 
al menos. 

Por cierto tiempo, Dorrego guarda ley a lo prometido. 
Envía un emisario a Lavalleja con las bases proyectadas 
por el mediador y por él aceptadas, cuya piedra angular 
era nuestra independencia absoluta. 

En Marzo 26 de 1828, contesta el libertador la nota 
que “ha recibido por mano de don José Vidal, enviado 
por el gobierno encargado de la dirección de la guerra. 
Debe decir que queda íntimamente persuadido de la ur- 
gente medida de no comprometer acción alguna donde 
no estén visiblemente comprobadas las ventajas que pue- 
dan resultar al ejército, evitando, con un suceso desgra- 



LA MISIÓN PON SONBY 


393 


ciado, que se entorpezcan las negociaciones de paz que se 
invocan entre el gobierno y el emperador del Brasil”. 

Evidente el deseo conciliador ; la sana voluntad de clau- 
surar las hostilidades, mediante un amigable acuerdo. 

E¡n otro oficio, de la misma fecha, al ministro Balcaree, 
quien remite las bases estipuladas con la mediación, ma- 
nifiesta Lavalleja que “está conforme, en todas sus par- 
tes, con las expresadas bases y está altamente penetrado 
da las justas razones que obligan al gobierno para su 
aceptación, como que con ellas desaparecerán los males 
y las escaseces que fuerzan al gobierno, pon'éndolo cada 
día más imposibilitado de hacer frente a los enormes 
gastos de la guerra. La independencia de la Banda Orien- 
tal, erigiéndose en un nuevo estado, no será nunca un 
motivo que haga olvidar a estos habitantes la alianza y 
amistad con que deben conducirse con la república Ar- 
gentina, a quien en este caso había pertenecido en otro 
tiempo ’ ’. 

Lenguaje preciso, que guarda armonía con la sólida 
base de independencia total a que refieren las proposi- 
ciones británicas, por entonces integralmente aceptadas. 
La duplicidad estaba reñida con ^1 temperamento abierto 
y generoso de Dorrego, que con estas expresiones despi- 
diera a Ponsonby, en el Fuerte: “El sentimiento que 
produce nuestra separación solamente es templado con la 
fundada esperanza, que con razón debemos concebir, de 
que, en el lugar de vuistro nuevo destino, persuadiréis al 
emperador del Brasil de que esta república, aunque dis- 
puesta a los combates, en que confía serán, como hasta 
hoy, sus ventajas en proporción de la justicia que la 
asiste, está animada de los votos más sinceros de paz y 
cordialidad que la estrechan con una nación que la na- 
turaleza ha destinado a ser su aliada y amiga”. 

Tiempo después y cuando sus plenipotenciarios están 
en Río, Dorrego sufre la fascinación de una victoria im- 
posible y ensaya, inútilmente, detener el advenimiento del 
gran suceso. 

Eclipse pasajero, que, si de tal no pasó, no fué gracias 
a su voluntad, batida por la resuelta negativa imperial. 
Se está en el epílogo y sobre todos los actores gravita, 
serena pero inconmovible, la presión inglesa. 

En esta instancia, ya nadie, aunque lo qu'era, puede 
retroceder. Suele asaltar a los contendientes la veleidad 



394 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


de dar un salto atrás, como en esgrima, pero la fugaz 
intención rebelde perece frente a los obstáeulos irreduc- 
tibles que alzan su muralla al flanco de los protagonistas 
y que los obligan a marchar hacia adelante. Ellos se 
aproximan al impuesto desenlace, menos libres de lo que 
se creen, como que van escoltados por las circunstancias, 
excepcionales y más fuertes que ellos. 

Guido y Balcarce lo comprenden, están penetrados de 
esa convicción y así lo expresan en su nota de 18 de 
Agosto de 1828 a su gobierno, que contesta con tanta 
eficacia y brillo las nuevas órdenes recibidas, que “están 
en tan manifiesta contradicción con su convicción íntima, 
con su conciencia y que, en cierto modo, destruyen una 
parte de sus primeras instrucciones”. 

Es el indicado uno de los mejores documentos de aque- 
lla jornada y enaltece a los ilustres patriotas que lo sus- 
criben, para honor de la diplomacia que representan, li- 
brada de culpa por su valiente disidencia. 

En efecto, el gobierno de Dorregp, contra lo prometido, 
por deplorable y vituperable ofuscación, disponía que, 
“por el contrario, en todos los casos precisos han de dejar 
conocer la oposición que ofrece para ella el pronuncia- 
miento de la opinión, conforme y general a este respecto, 
y el fatal ejemplo que se daría de reconocer el principio 
de poderse ceder o disponer de una parte del territorio 
en obsequio del resto”. 

Y se lleva tan lejos la retractación, que hasta la segre- 
gación temporaria que se admite, es simplemente para 
que luego se opte por uno de los vecinos; y tan rotundo 
es el propósito, que se prohibe reconocer nuestro fuero. 
Se les manda a los ministros: “En este concepto, sola- 
mente se consideren autorizados para negociar que, ya 
en el caso de convención, armisticio o por el tratado, quede 
sujeta aquella provincia a una independencia temporaria, 
que sirva de ensayo para conocer su disposición a las me- 
joras que haya adquirido con la experiencia de lo pasado, 
y al final de la cual se pronuncie en favor de uno de los 
dos estados a que quiera pertenecer”. 

Los plenipotenciarios refutan, con incontrastable efica- 
cia, la azarosa tesis. En cumplimiento de lo ordenado por 
su cancillería, tienen la abnegación de lanzar, sin sentirla, 
la nueva propuesta, restrictiva de nuestro derecho ; aun- 



LA MISIÓN PONSONBY 


395 


que seguros de su rechazo, pues nada modificará ya la 
ruta. Saben, y así ocurre, que chocarán con la oposición, 
resuelta, de los negociadores imperiales. 

Su poderosa réplica al propio gobierno, está cuajada 
de razones de fondo. Ella puede calificarse como el parte, 
adelantado, de la derrota, forzosa, a que el ajeno error 
los somete. 

Dice un pasaje: “Si se combinan estas observaciones 
con otras que nacen del conocimiento de circunstancias 
que los plenipotenciarios tienen presentes, adquiere ma- 
yor peso la opinión que han llegado a formar de que es 
poco menos que un imposible moral el que llegue a ne- 
gociarse la paz bajo otra base que la d.e la independencia 
absoluta de la provincia Oriental”. 

Y se relaciona este argumento y su innegable elocuencia 
con el hecho de tratarse de una base sostenida por el Bra- 
sil, “propuesta por él, de antemano aceptada por la re- 
pública, comunicada por su gobierno al jefe de los orien- 
tales y aceptada por él satisfactoriamente”. 

Un eco directo de la misión Fraser, que significó el 
reconocimiento de nuestro derecho y de nuestra potestad 
deliberante en la discusión de nuestro destino. 

Se agrega, luego, que la independencia absoluta “cuenta 
en su favor con la opinión general de la parte pensadora 
de ambos estados, con la del pueblo oriental, que afecta 
y conoce sus verdaderos intereses, y con el sufragio de 'la 
potencia mediadora, cuya última circunstancia es notoria, 
hasta la evidencia, a los ministros que suscriben ’ \ 

Una de las pocas veces que en la correspondencia ofi- 
cial, tan copiosamente derramada entonces, se contempla 
la cosa viva que es la realidad, sin desnaturalizar su sen- 
tido con la habitual fraseología. 

Bien fijada, como sobre un trípode, la solución, única, 
definitiva y posible, o sea la independencia absoluta: por- 
que la apoyan los hombres sensatos de ambos países be- 
ligerantes, porque la quiere la soberanía oriental y porque 
la confirma el poder mediador 

Con mayor motivo, pudo el general Guido poner su 
halago en este hermoso memorial, suficiente para desta- 
carlo como estadista, que en la pueril pretensión de per- 
suadir que para nada interviniera en la celebración de 
la paz — también en el epílogo — la mediación británica. 



396 


üíJlS ALBERTO DE HERRERA 


DESGAJE QUE DUELE 

En Buenos Aires se le acaba de erigir un magnífico 
monumento — ampliamente merecido — a Dorrego. Entre 
los altos títulos del procer, incluye el bronce : ‘ * fundación 
de la nación uruguaya”. Repetimos que no le corresponde. 
A pesar de sí mismo, tuvo la gloria cívica de suscribirla. 
Eso fué todo. Por evitarla, hizo todo lo posible; y tal 
comprobación, dígase otra vez, ni siquiera provoca repro- 
che, por cuanto era lógico que así ocurriese : el interés de 
una banda no coincidía con el de la otra. 

Fuera de que a nuestra nacionalidad no la creó un 
golpe de pluma ; sí, un largo denuedo, de lustros, que el 
constante sacrificio esmaltó. 

Pero sería equivocado confundir con inquina hacia 
nuestro localismo esa tenaz disidencia del gobernador. 
Es nuestro hermano ; quiere nuestro bien ; vibra con nos- 
otros. Banal oponer a la memoria de su generosa simpa- 
tía frases sueltas, como aquella que lo presenta denomi- 
nando a nuestro país “una linda estancia” y nada más. 

La diferencia estribó en que para él, como para sus 
contemporáneos, esa fraternidad y ese bien consistía en 
luchar por nuestro derecho, como integrante del derecho 
de las Provincias Unidas; mientras nuestros mayores 
pensaban en la independencia. Cuando después de heroi- 
cas jornadas y en vísperas de la solución, se hizo alto para 
acordar su fórmula, surgió, redoblada, la discrepancia 
del tiempo primero. 

Dorrego no oculta su pensamiento y, si cede a las cir- 
cunstancias y a los razonamientos del mediador, es porque 
los sucesos lo asedian y porque el último apremia. 

En la carta citada, al general Rozas, escrita en 1852, 
con reminiscencias de la época, el ex ministro Roxas ase- 
gura que “Dorrego, al fin, veía bien clara la situación”. 
Las instrucciones complementarias, enviadas a Guido y 
Balcaroe, con fecha 26 de Julio, es decir, un mes antes 
de suscribirse la paz, inclinan a suponer lo contrario, pues, 
de haberse acatado lo dispuesto en ese codicilo, aquélla se 
habría entorpecido. 

Lo presumible es que el ardiente patriota y mandatario 
no ponía entusiasmo en la negociación, como que acari- 
ciaba, aún, el ideal victorioso^ por las armas sustentado. 


LA MISIÓN PONSONBY 


397 


A la vez de alentarlo a la acción intensa, deoíale a La- 
valleja, en 22 de Abril: “La no. llegada de los plenipo- 
tenciarios a Montevideo, nos da tiempo para reportar aún 
grandes ventajas, que servirán, al tiempo de tratarse la 
paz; y, si ésta no se realizase, tanto mejor para la conti- 
nuación de la campaña”. 

Soldado hasta la médula, corre alucinado tras el éxito 
total, que le ahorre el dolor de entregar achicado el te- 
rritorio nacional a quien le suceda. Ensueño legítimo, 
que le agita, con posterioridad de meses, a la declaración 
favorable al desmembramiento, arrancada por Ponsomby, 
como que la guerra continúa, pues no se ha pactado 
tregua. 

Escríbele Trápani a Lavalleja: “Ya. he dicho a usted 
que yo no veo a Dorrego — tampoco ha habido necesidad 
de hacerlo — , pero ya he dicho a usted que él es de opi- 
nión que la provincia Oriental sea unida a las demás, 
bajo el gobierno federal”. 

Desespera al comisionado esta desviac'ón — inadmisi- 
ble — del afán nativo, que genuino recoge y cuida, cual 
ú montara guardia junto a un sagrario. 

Véase otra apreciación suya: “Me aseguran que Do- 
rrego está en el plan de formar más infantería y cambiar 
el plan de campaña; yo me alegraría ver a usted en el 
territorio enemigo, antes que este Fierabrás comience a 
desplegar sus nuevos planes. Yo no puedo ver a este 
hombre desde que se me manifestó tan opuesto a que la 
paz se hiciese bajo la base de la independencia absoluta 
de la provincia Oriental; pero, ahora, con otras cosas 
que voy viendo y experimentando, se aumenta mi despre- 
cio hacia, su política estrafalaria”. . . 

Crudos giros, que es indispensable reproducir, aun sin 
compartirlos en todo, a fin de presentar bien tendida la 
tela y su crítica. 

Conceptos ardorosos, datados en Diciembre 13 de 1827, 
que se explican, porque todos tenían razón y les alcanza la 
atenuante de que su incomprensión nacía de su distinto 
paisaje interior. ¿Cómo era posible que se identificaran 
dos aspiraciones fundamentalmente tan discrepantes? 

Por la verdad histórica y en homenaje a aquellos es- 
clarecidos varones, hay conveniencia en salir de las ver- 
siones convencionales, que desnaturalizan su actuación. 
La rectificación de lo inexacto, por propicio que suene, 




398 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


en nada los perjudica; apenas los emplaza mejor, sobre 
el eje de los sucesos en que intervinieron. 

La noble memoria de Dorrego no sufre mella grave, si 
relacionada con nuestra libertad. 

Fervorosamente la quiso, dentro de la gran hermandad 
platina. Con fiebre patriótica comparte nuestra angustia 
y, desde el gobierno, imprime singular brío a la resisten- 
cia. Por ese solo servicio, sería para nosotros bien amado 
su recuerdo. 

Pero se les inculpa a él y a su cancillería porque — en 
el acto final — el uno, se abraza ¡ aún ! a la quimera de 
reintegrarnos al viejo hogar y, la otra, le secunda en el 
error sincero y también muda el paso; aunque Guido y 
Balcarce, con clara visión, amenguan su extravío. 

Censura plenamente justificada, como aspecto inciden- 
tal, que no compromete, en el caso, la general corrección 
de la política de las Provincias Unidas, tomada en con- 
junto, desde las tratativas iniciales del año 26. 

Se prefiere mantenernos incorporados; pero, si la an- 
siada paz se condiciona a la segregación, que en buena 
hora se produzca, como lo alegan nuestra rebeldía y el 
mediador. 


LA ACTITUD IMPERIAL 

Muestra el reverso, la diplomacia imperial, que repeti- 
das veces -Avisto está — opone su veto a la independencia 
de la Cisplatina. Porque luego asiente a ella y la reclama 
total, contra la desgraciada tentativa restrictiva de su 
adversario, se ensaya, ahora, exhibir al monarca como de- 
cisivo en la consumación del gran acontecimiento, creado 
por el esfuerzo de nuestros mayores y que sólo en la me- 
diación británica encontró leal apoyo. 

Ya hemos apuntado la oposición de Dorrego a nuestra 
independencia, aunque a ratos aceptada; muy poco nos 
costará evidenciar la del emperador, con la agravajnte de 
que éste la reniega, de nuevo, después de suscribirla, 
mientras aquél, una vez pactada, concurre con resuelto 
empeño a su inmediata sanción, con apuro demandada a 
la asamblea de Santa Fe, a ese efecto principal instalada. 

En cambio, don Pedro I, todavía húmeda la tinta con 
que bajo su -acicate suscriben sus apoderados la conven- 
ción preliminar, se lanza a la tarea de anularla. Con la 



LA' MISIÓN PONSONBY 


399 


izquierda derriba lo que su derecha aparenta sostener. 
Para comprobarlo, basta remitirse a los documentos ofi' 
ciales. Irrefragable es su testimonio, que pone al descu- 
bierto la doblez. 

¿Cómo, pues, alabar cual eximia la colaboración en la 
obra de quien sólo bajo la presión cede — de palabra — 
para desmentirse al siguiente día? 

Las instrucciones, a nuestro respecto, del marqués le 
Santo Amaro, apuradamente enviado ante las cortes eu- 
ropeas, desvirtúan cualquier argucia : no dan escape. Lle- 
vaba dos pliegos, con órdenes secretas, motivados por la 
sucesión al trono de Portugal y por la Cisplatina, a pesar 
de ser ya, esta, patria independiente. 

“Missáo complexa, contradictoria e difficil de louvar”, 
dice gallardamente Calogeras.; observa, luego, que su ob- 
jeto era “obter da Inglaterra máos l.ivres no Prata”. 

Luego de historiar la ingrata aventura, resume así su 
juicio: “Pensamento inferior que foi, entretanto, nao 
deixou de trazer em si proprio o merecido castigo”. 

Véase, en lo atingente, su texto, arrancado del silencio 
hermético, gracias a la copia, conseguida en Londres, por 
el ministro Moreno, en 1845: ; £ Quanto ao novo Estado 
Oriental ou a provincia Cisplatina, que nao faz^parte do 
territorio argentino, que já estove encorporada ao Brasil, 
e que nao pode existir independenle de outro estado, 
V. E. tratará opportunamente, e com franqueza, de pro- 
var a necessidade de encorporalla outra vez ao Imperio. 
He o único lado vulneravel do Brasil ”... * ‘ He o limite 
natural do Imperio”. 

Cuando todavía discutían nuestros constituyentes la 
carta de la nueva república, ya el emperador andaba en 
malos pasos, renegando lo que solemnemente había pro- 
metido cumplir. Bajo rúbrica, dijera de la convención 
don Pedro I que, “examinado por nos tudo o que nella 
se contem, sendo ouvido o nosso conselho de estado, a 
approvamos, ratificamos e confirmamos, assim no todo 
como em cada um idos seus artigos e estipulaQÓes”. . . 
“prometiendo, em fe de palavra imperial, observal-a e 
cumprilla, e f azel-a observar e cumprir por. qualquer modo 
que possa ser”. Así lo firmó 1 , en Agosto 28 de 1828 ; pero, 
la misma voz ordena a Sanio Amaro, en Abril 21 die 1830, 
que vaya a Europa a destruir nuestra independencia. . . 
¡ Penoso ejemplo de falsía ! 



400 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Sin la menor sospecha de lo que en la tinebla contra 
él se trama, jura nuestro pueblo, con delirante entusiasmo, 
su constitución, el memorable 18 de Julio de 1830. 

Para medir la iniquidad, hay que alinear las fechas. 

Que allá se procure excusa para semejante aberración, 
si se quiere; lo extravagante es presentar a quien así pro- 
cede como fautor de nuestra libertad, contra la que siem- 
pre estuviera, en todos los campos, por años, y al fin 
reconocida, de forma, para desmentirla y seguir comba- 
tiéndola, apenas brotada. 

Sarcasmo mencionar esa colaboración. Ni a don Pe- 
dro I ni a Dorrego, adeudamos nuestra independencia; 
pero, si éste la resiste, antes de estar acordada, la apoya 
resueltamente, luego, mientras aquél se ofrece como su 
adherente, para en seguida contra ella conspirar ante las 
Cancillerías. Fácil deducir cuál de las d~s conductas fué 
menos observable. 

Carece de importancia el gesto imperial, pues su se- 
gunda parte lo anula y desautoriza; y tampoco la tiene 
la disidencia del gobernador, que, obligado, acepta nuestra 
segregación, aunque condicionada a un próximo plebiscito. 
Ni en favor, ni en contra, deponen ambas actitudes: por 
artificiosa, aquella, por anodina, esta. 

Dorrego nunca fué partidario de nuestra independen- 
cia. A la par del emperador, admitió su posibilidad, for- 
zado por los acontecimientos. La diferencia radica en que, 
una vez suscrita, se rinde al hecho consumado y con leal 
empeño le presta firrre apoyo. En efecto, la asamblea de 
Santa Fe, sin constituir, se reúne apresuradamente, por 
apremio del gobernador, a su vez urgido por la media- 
ción. Nada cuesta adivinar lo sencillo que fuera es'orbar 
su pronunciamiento. 

Ponsonby así lo temió ; que su debate derrumbara la 
buena obra pacificadora, con tanto trabajo erigida. Sin 
circunloquios, lo expresa a Dorrego, en carta de Agosto 
23 de 1828, después de ponderar los bienes de la solución 
amigable: “Sé que V. E. tiene influencia personal, pre- 
ponderante, sobre esa asamblea y que, como gobernador 
de Buenos Aires, puede ordenar a hombres que reciben 
de esa provincia la importancia que tienen y apoyo pe- 
cuniario”. 

Argumenta, luego, cjue basta la aprobación del encar- 
gado de las relaciones exteriores para validar la conven- 




LA MISIÓN PONSONBY 


401 


ción. “V. E. está en completa libertad de ratificarla, ái 
la constitución estuviera sancionada, sería necesario so- 
meter el tratado definitivo a la aprobación del soberano, 
o de un cuerpo legislativo, etc. ; pero yo considero que' 
una convención preliminar es, en esencia, una cosa de 
índole completamente distinta”. 

Larga y medulosa exposición de ideas, inspirada en el 
anhelo de que no perezca lo construido, trazada con afec- 
tuoso calor de intimidad: “Confío que V. E. creerá en 
el sincero buen deseo por su prosperidad que me ha in- 
ducido a escribir esta carta”. 

Cumple destacar otro concepto, elogioso para don Pe- 
dro: “S. M. I. ha observado una conducta, aquí, que, al 
mismo tiempo que pone de manifiesto su sincero deseo de 
paz, acredita una política firme, digna del jefe de una 
nación. Él fué clamorosamente solicitado por algunos 
para que sometiera la convención preliminar a la consi- 
deración de la asamblea, antes de firmarla. Él la suscri- 
bió, desatendiendo el consejo que se le daba, e hizo bien”. 

Sensible su posterior cambio de frente, que poco de- 
mora en producirse. 

Dorrego contesta al mediador, en Setiembre 17, expre- 
sándole “la profunda gratitud de este país hacia el so- 
berano de la Gran Bretaña, por su constante anhelo por 
el bien y prosperidad de esta república y, también, hacia 
V. E., en particular, por sus buenos oficios y por la sabia 
energía y decisión pu'st s de manifiesto en la tramitación 
de este tan importante asunto”. 

Palabras de gran acierto, porque, además de su cons- 
tancia y cordura, la tenacidad del mediador llevó a la paz. 
Sin esa infatigable voluntad, a veces necesariamente recia, 
los contendientes no habrían llegado al acuerdo, prolon- 
gándose, por tiempo indefin'do y quién sabe con qué de- 
rivaciones, su conflicto y su ruina. 

El gobernador disipa todas las dudas de Ponsonby. “La 
convención preliminar será en breve ratifícala”. Insiste: 
“Dentro de seis días, recibiré la autorización de ese cuerpo 
para ratificar ese documento y V. E. puede abrigar ‘la 
plena seguridad de que ningún obstáculo se alzará en su 
camino”. De nuevo: “Esto lo repito y se lo aseguro a 
V. E. de la manera más dec : dida y formal. La naturaleza 
e importancia del trabado, la dignidad de S. M. el empe- 


se 



402 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


radar del Brasil y el respeto debido a la alta potencia 
mediadora, requieren que el acto mencionado sea revestido 
de toda legalidad y solemnidad, a fin de imprimirle, al 
mismo tiempo, mayor fuerza y duración”. 

Lenguaje que traduce buena fe y que anuncia firme- 
mente lo que estrictamente se haría. Las líneas finales, 
reiteran, aún, la honrada promesa: “V. E. puede, con 
absoluta confianza, garantir a S. M. el emperador del 
Brasil que la convención preliminar será ratificada y que 
la república desea sinceramente mantener una eterna paz 
con el emperador del Brasil. Los intereses de ambos paí- 
ses lo exigen, así como que sus respectivos gobiernos se 
unan, cordialmente, para garantir el orden social que 
afirme y acreciente el bienestar de las dos naciones y 
contribuya al desarrollo de la civilización del continente”. 

¡ Cual si se sacara un peso de encima ! Hace el efecto 
de que se le agradece al buen componedor, no sólo la paz, 
sino también que haya acabado con una pesadilla y, más 
todavía, con la mala tentación. 

Porque la verdad inconcosa es esa: ninguna de las 
partes quería nuestra emancipación. Lógico y humano 
que así ocurriese; sorprendente fuera lo contrario. Por 
descontarlo, ni haríamos mención del impulso, a menudo 
contradictorio, de sus dirigentes; nadie abandona, sin 
pena, un dominio que por legítimo tiene y, mucho más, 
cuando andan de por medio el pundonor y la gloria 
militar. En la disputa del territorio uruguayo, se agotan 
pasionalmente los rivales. Más obstinado que ninguno, el 
emperador; nos remitimos a las diversas gestiones pací- 
ficas, que su rotunda oposición malogra. ¿Cómo, pues, 
atribuirle un lauro que ni aun a Dorrego cabe otorgarle, 
por cuanto, en realidad, quienes deciden el gran suceso 
son las circunstancias, nuestra rebeldía y, en primera lí- 
nea, la presión británica? 

No se olvide, por lo demás, que la lucha estaba también 
planteada entre imperiales y republicanos. Sólo la me- 
moria de las varias invasiones sufridas y de la resistencia 
a su yugo, nos ligara a los unos; mientras, con los otros, 
hasta el día anterior habíamos convivido en la misma 
rueda familiar. 

Dorrego quiere la federación: cada provincia libre y, 
unidas en haz, todas, bajo las mismas instituciones de- 



LA MISIÓN PONSONBY 


403 


mocráticas. ■en tanto que don Pedro I sordamente trabaja 
por arrebatarnos la independencia y convertirnos en du- 
cado. Más aún; intenta generalizar la monarquía en el 
continente. Se asiste, pues, al choque de dos sistemas 
antagónicos. Las instrucciones de Santo Amaro son bien 
expresivas e irrefutables. “Consta ao governo imperial 
fyue os soberanos preponderantes da Europa, depois de 
estabelecerem a nova monarquía grega tencionáo occu- 
par-se do meio de pacificar a América, chamada ainda 
hespanhola ’ \ 

El comisionado tratará de convencer de la necesidad 
que existe de fundar “monarchías constitucionáes ou re- 
presentativas nos differentes estados que se achao inde- 
pendentes ”... “O México, Colombia, Perú, Chile, Boli- 
via e as Provincias Argentinas podém.ser outras tantas 
monarchías distinctas e separadas”. 

Nuestra suerte la fijaba la cláusula ya reproducida.. 
Se pretendía reincorporarnos al Imperio, sin recordar 
que, meses antes, se había 'escrito, en un documento in- 
ternacional, ratificado: “ambas altas partes contratantes 
se obligan a defender la independencia e integridad de la 
provincia de Montevideo”. . . 

Estipulaba el artículo l.° de la misma convención: 
‘ ‘ S. M. el emperador del Brasil declara a la provincia de 
Montevideo, llamada hoy Cisplatina, separada del terri- 
torio del Imperio del Brasil, para que pueda 'Constituirse 
en estado libre e independiente de toda y cualquier na- 
ción”. . . ¿Qué valor moral conserva ese ruidoso dicho 
que el inmediato hecho, con perjurio, destruye? 

Si dificultada la reabsorción de nuestra nacionalidad, 
se nos convertirá en principado: “E no caso que a In- 
glaterra e a Franca se opponháo a esta reuniao ao Brasil, 
V. E. insistirá, por meio de razóes obvias e .solidas, em 
que o estado Oriental se conserve independente, consti- 
tuido em grao ducado o principado, de modo que nao 
venha de modo algum a formar parte da monarchía ar- 
gentina”. 

Reprobable re-negación de la fe pública: señalarla, es 
condenarla. 

Poco importa que la definitiva caída, en 1830, del ab- 
solutismo europeo, haya roto este ensayo de reacción en 
América; basta comprobarlo, para apreciar y medir, me- 
jor, la sinceridad imperial en 1828 ! 



404 


LITIS ALBERTO DE HERRERA 


Y bien: acusación semejante no puede articularse con- 
tra la política de las Provincias Unidas. Cuando Dorrego, 
por creer en la imposible victoria de las armas, a último 
momento da máquina atrás, Guido y Balearee lo libran 
de mancha con su memorable réplica y„ sobre todo, con 
su varonil desobediencia; proceden, por entero, en armo- 
nía con sus primeras y fundamentales instrucciones, 

Y el propio gobernador nada demora en adherir a la 
enmienda. Como se lo prometiera a Ponsonby, se afana 
en llegar a la ratificación legislativa. Su ministro Ron- 
deau, comunica, en 14 de Setiembre de 1828, al presidente 
interino de la asamblea de Santa Fe, “que acaba de llegar 
el paquete inglés con la plausible noticia de que han sido 
firmados en la corte del Río de Janeiro los tratados de 
paz”; anuncia que el señor Cavia los trae y encarece que 
se instale el cuerpo, con los miembros presentes, “pues 
difícilmente habrá uno que no esté penetrado que el mo- 
tivo que hoy ,1a reclamaría, no sólo es de la mayor tras- 
cendencia, sino que su urgencia permite salvar cuales- 
quiera obstáculo que se oponga a la pronta realización”. 

Por tanto, y aludiendo a los diputados, el gobierno 
“espera que inmediatamente secundarán sus loables in- 
tenciones, poniéndose en estado de recibir los expresados 
tratados, pues que no retardará en ponerlos en su consi- 
deración, tan luego como sepa hallarse instalados”. 

En previsión de cualquier objeción reglamentaria, se 
declara que, aun »,uando no hubiere dos terceras partes 
de representantes reunidos, esa circunstancia “no es ni 
puede ser jamás un obstáculo que impida su instalación, 
tratándose de un caso especial, que motivó el objeto de la 
convocación”. 

En nota del 18 de 'Setiembre, el gobierno manifiesta 
que, enterado de la instalación de la asamblea, “no ha 
querido perder momento en dirigirse a ella, para sujetar 
a su consideración los tratados”, ya ratificados por el 
Imperio,, porque “los considera decorosos y satisfactorios, 
razón por la que no se detiene en detallar sus ventajas” 

Y ‘ ‘ deseoso de abreviar los instantes para que comience 
la república a gustar la benéfica influencia de la paz”, 
se remite a la exposición que, de viva voz, harán los se- 
ñores Moreno y Cavia. 

Cierra: “El gobierno confía demasiado en la bondad 


LA MISIÓN PONSONBY 


405 


de los tratados y en el patriotismo de los señores repre- 
sentantes, para dudar que el alto interés nacional y el 
decoro de la misma república (no (haya procurado, antes 
de este momento, la solemne instalación de esa corpora- 
ción, a efecto de poderse expedir, con la celeridad que 
este negocio exige, sobre los demás que serán el digno 
objeto de la atención de las provincias”. 

Aprobado todo, en oficio de Setiembre 29 Dorrego se 
dirige “a los representantes de la nación para manifes- 
tarles su gratitud por la elevada confianza que se han 
dignado dispensarle, autorizándolo para la ratificación de 
la convención preliminar de paz”. 

Bien evidenciado el caluroso anhelo de confirmar lo 
pactado; si otra hubiera sido la íntima intención, ni obs- 
truccionismo habríase necesitado, en aquella hora agitada, 
para que lo obrado por los plenipotenciarios se malograse'. 

En la asamblea de Santa Fe representaban a la pro- 
vincia Oriental don José Ugarteche y don Baldomero 
G-arcía. Nacido el país a la vida libre, cesan en su man- 
dato. En la sesión del 4 de Noviembre, expuso el diputado 
Ugarteche que “había concurrido por la última vez a la 
sala, con su honorable colega, para felicitar, a nombre de 
la provincia Oriental, su comitente, al cuerpo nacional, 
por el heroísmo que había manifestado la república en 
la guerra que acaba de terminar tan dichosamente ; que 
tenía orden de asegurar que los sentimientos de amistad 
y gratitud de los orientales hacia este pueblo serían inal- 
terables”. 

Agrega el acta que, ‘ ‘ a esta alocución, contestó el señor 
presidente de la sala que ella y los pueblos representa 
estaban poseídos de los mismos sentimientos de confra- 
ternidad hacia la provincia independiente, cuyos diputa- 
dos se presentaban a despedirse y podrían estar seguros 
del deseo que tienen de ver logrados por el pueblo oriental 
los beneficios de la paz”. 

MONARQUIA Y REPUBLICANOS 

Expresiones cordiales, signo de afectividad verdadera, 
que rumorosamente se exterioriza porque cálida ella existe. 
Ahí estriba la diferencia fundamental: a las Provincias 
Unidas todo nos atraía; del Imperio, todo nos separaba. 



406 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


Aquí, sólo la dominación, por las armas impuesta y jamás 
aceptada por la conciencia pública; allá, el hogar y las 
raíces profundas del común recuerdo. En un caso, vasta- 
gos de la misma raza, con igual idioma, con idénticas ins- 
tituciones en bosquejo, similares en la aspiración demo- 
crática, enlazados por todos los parentescos espirituales, 
morales e históricos ; en el otro, ninguno de esos puentes : 
distinta estirpe, distinta lengua, distinto régimen, distin- 
tas memorias. 

Republicanos, unos; monárquicos, los otros. Todo está 
dicho. 

Hoy no es así; pero así fué. Del mismo modo que ya 
ha desaparecido el hondo antagonismo que nos divorciara 
del norteño y que nunca excediera de amistosa rivalidad 
con el otro pueblo platino. 

Porque poseíamos personalidad propia, nos emancipa- 
mos del dominio de ambos fronterizos, sin perjuicio de 
reconocer que diversos factores nos acercaban a las Pro- 
vincias Unidas y otra serie nos distanciaba del Imperio 
y de su tradición. El origen, la infancia, el mismo ajetreo 
cívico y patriótico, nos confundiera con aquéllas; a éste, 
asociaban su crudeza aquellas asoladoras expediciones 
portuguesas, que hincan la garra en nuestro territorio y 
le arrancan girones. Contra ellas, juntos resisten ambos 
ribereños, con virreyes y gobernadores al frente, antes y 
después de Zabala, hasta Vertiz y Caballos. Luego, la 
gran hermandad de la revolución, precedida, cual anun- 
ciador relámpago, por la victoria heroica sobre el inglés. 

Éramos, pues, plantas del mismo elima social. Enton- 
ces, como ahora, los núcleos surgidos al borde del estuario, 
vivían en íntimo contacto, sólo diferenciados por el noble 
afán de superarse. A un paso, los unos de los otrcs, geo- 
gráficamente y también así en el sentimiento y hasta 
aproximados por la emulación triunfal y por su ardoroso 
y pasajero debate. Ninguna de tales comuniones existía 
con el Imperio, del que también espacios, el viejo recelo 
y el mutuo desconocimiento nos alejaban. 

Y todavía falta observar que en la reciente contienda 
habíamos estado junto a los unos para combatir y batir 
al otro. ¿Cómo conceder, por tanto, que la incidencia 
diplomática de 1828, en virtud de que el emperador supo- 




LA MISIÓN PONSONBY 407 


ci liar con más astucia su intención, altere y aún invierta 
la filosofía de una etapa histórica que arranca de la in- 
vasión de los Treinta y Tres, sucesivas jornadas culminan 
y nuestra independencia clausura? ¿Puede un episodio, 
sin importancia positiva, sustituirse a lo principal? 

No; será muy habilidosa la paradoja, pero no resiste 
a la simple elocuencia emanada de los hechos y de su 
coordinación. Las verdaderas batallas por nuestro dere- 
cho, se escribieron, con sangre, desde Sarandí hasta Itu- 
zaingó y el Juncal. . En cuanto a las negociaciones de 
cancillería que a su reconocimiento llevaron, sólo tienen 
significación de segundo plano, si comparadas con aque- 
llas, que llenan y desbordan el primero. Por lo demás, 
bien probado está que los ministros de ambos beligerantes 
pasaron años divagando, en constante quite y contradic- 
ción, hasta que la firme actitud del mediador los enca- 
rrila. Abandonados a su propio impulso, nunca habrían 
llegado al concierto de voluntades indispensable para se- 
llar la paz, porque ninguno se decidla a perder el solar 
disputado. Pero también hay diferencia en la índole de 
esa aspiración, definida como abierta conquista, por parte 
del Imperio, y como desacuerdo de familia, del lado de 
las Provincias Unidas. Aquello, era la dominación ex- 
tranjera, el yugo ; esto, la disensión, la consecuencia fatal 
del desgaje del mismo tronco, como ocurriera antes con 
el Paraguay y con Bolivia, después. 

El poder intruso viene de lejos; lo que está cerca es 
el centralismo porteño, quebrado por la insurrección de 
las provincias 1 , que reaccionan bajo el contagio federalista 
que difundiera Artigas. 

Dorrego, que recoge sus ideas, cree salvar con ese em- 
blema la unidad nacional. Por eso, y sin medir en toda 
su amplitud el alcance de nuestra segregación, pugna por 
dar carácter temporario a lo que ya era definitivo. Confía 
en, una ulterior consulta a la soberanía, olvidando que 
ésta ya hablara cien veces y a través de más de cien años 
de sorda o confesada pasión autonómica. 

Inflamado por su verbo, Dorrego había afirmado en el 
congreso del año 26, en réplica a otros diputados, que era 
“la opinión verdadera de la provincia Oriental decidida 
por el sistema federal”. A su juicio, “es indudable que 
está tan clara, patente y manifiesta en ella esta opinión. 



408 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


que sólo con ojos de ictericia se puede buscar allí el sis- 
tema de unidad”. 

Ese acierto y valentía en la defensa de nuestro fuero, 
es lo que a nosotros acerca el nombre esclarecido de Bo- 
rrego, precursor y mártir. 

Combate bravamente — allá en 1815 — nuestro loca- 
lismo; pero en la hora de la conversión, tocado de un 
nuevo ideal, que tiene, entonces, mucho de ensueño, pone 
idéntico denuedo en la rectificación generosa. 

Por repudiar, indignado, la invas'ón portuguesa, se le 
destierra, arrancado de su suelo, como planta maldita, 
“para siempre”. 

En la víspera de la epopeya de la Agraciada, clama, 
desde su escaño legislativo, antes que nadie, por que se 
nos preste amplio auxilio ; exaltado al poder, así lo cumple, 
con recio empuje. Pero, al igual que la masa de sus conciu- 
dadanos, es opuesto a nuestra emancipación, sin perjuicio 
de acatar el hecho consumado y de encararlo con aquella 
altura de espíritu que lo llevara a enaltecer el dogma 
artiguista, luego de ser cruzado de la contraria tesis, y 
que lo conduce a ponderar a Rivera — también su ven- 
cedor — de quien escribiera a Lavalleja, antes de las Mi- 
siones, “el tal don Frutos o don Diablo”, y de quien, 
noblemente, di cele a raíz- de la hazaña: “Mi amigo don 
Frutos ha cohonestado sus grandes extravíos con estos 
sucesos ; así es que, como amigo, manifiesto mi opinión de 
suspender toda hostilidad contra él”. 

En el credo federal, que aprendió y lo vacuna — sin 
él advertirlo — mientras tras nuestra montonera corre, 
para aplastarla, en el inútil afán de extinguir lo inextin- 
guib’e, y cuyo conocimiento perfeccionara en el aula, cier- 
tamente menos rústica, ofrecida por la democracia norte- 
americana, creyó Dorrego encontrar la fórmula que evi- 
tara la disolución nacional y hasta la deplorada pérdida 
de nuestro suelo. 

A un paso se está de la total disolución y, cual áncora 
salvadora, pregona el bien y la justicia de las autonomías 
que, al aflojar la autoridad, conjuraran el peligro de su 
rompimiento total,* como en el caso nuestro, que siente 
venir. Había afirmado en la asamblea legislativa, que, 
por desoirlo, precipitó el derrumbe : ‘ ‘ Opino por el sistema 
federal, porque creo que es el que únicamente aceptarán. 

¡ Ojalá me equivocase, pues en ese caso el error sería de 



LA MISIÓN PONSONBY 


409 


un hombre cuya escasez de conocimientos jamás ha negado 
y cuya carrera tampoco le pone en el caso de poseerlos a 
fondo”. 

Y ante el apremio que se muestra en cerrar el debate 
y llevarlo “como entierro de pobre”, dictando la consti- 
tución unitaria, exclama: “Abrevíese cuanto se quiera, 
acábese mañana, si se desea, hagan ellos la felicidad del 
país del modo que les parezca. ¡Ojalá lo hagan y no lo 
yerren, porque esto ha de traer consecuencias muy fata- 
les! ”. ¡Poco demorarían! 

La acción externa y la interna prestan perfil riopla- 
tense a la figura de Dorrego. Las frases aisladas, nada 
dan, ni quitan, al procer de la independencia, de la de- 
mocracia y de la federación. 

Sin escondido propósito, nos ofrendó el calor de su 
gran corazón y sirvió nuestra causa, como mejor lo en- 
tendió, en circunstancias oscuras y complejas. 

Muy calumniado y muy ofendido, en la vida y en la 
muerte, probablemente la primera justicia rendida a la 
nobleza de su inspiración partió del mediador británico. 
Sus pensamientos se cruzan, con emoción, en la hora de 
la partida, cada uno para tan distinto rumbo . . . 

El labio viril de Dorrego pronuncia el nombre de Pon- 
sonby, antes de enmudecer. Ya le apuntan al pecho los 
tiradores y todavía piensa en defender el buen nombre 
de su país, cual si midiera la inmensidad del cisma y 
del drama que su sangre de patriota inaugura y salpica. 
Reproducimos los párrafos principales de la carta, enton- 
ces publicada, que, en Diciembre 29 de 1829, dirigió el 
hermano de la víctima a Ponsonby. ‘ ‘ Milord : Un encargo 
sagrado para mí, por su asunto, por la persona y por las 
circunstancias en que se me hizo, me impone el deber de 
dirigir a V. E. esta carta. Si para cumplirlo, necesito 
recoger todas las fuerzas de mi alma, para describir el 
horrendo acontecimiento, cuyo recuerdo voy a presentar 
a V. E., me siento agobiado, tanto es el desorden de mis 
ideas”. 

Expone, luego, el desarrollo de la tragedia y, ya ante 
la inmolación, inminente, agrega: “Al instante, como si 
leyese en el destino, se penetró la víctima que estaba re- 
suelto el sacrificio. En posición tan crítica, no fijó mi 
hermano sus dolorosas miradas en la orfandad de su fa- 
milia, porque su puesto era antes que todo y debía co- 




410 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


rresponder a su elevación. La república Argentina, su 
crédito exterior, absorbían toda su atención. Entonces 
fué cuando me impuso el deber de instruir, en su nombre, 
al honorable lord Ponsonby de la horrible situación a 
que había descendido y de rogarle, sobre todo, que no 
tuviese la severidad de hacer de este tremendo suceso la 
medida de comparación del carácter nacional”. 

Conmovedora grandeza de alma. En el terrible trance, 
junto a los afectos del hogar, casi sob reponiéndose a ellos, 
— digno de su investidura hasta el fin — Dorrego pone 
su ansiedad en el descrédito que pueda acarrear a la 
patria el crimen que se va a cometer.. A quienes exigen 
su vida, creyendo* decapitar, de un golpe, al federalismo, 
porque, como escribiera siniestramente del Carril, “la 
revolución es un juego de azar, en el que se gana hasta la 
vida de los vencidos”, y refrenda Juan Cruz Yarela, va- 
ticinando todos los males, “si andamos a medias...”, 
contesta Dorrego, ya de cara al patíbulo, por el delito de 
ser inocente, con su ruego á Ponsonby de que no juzgue 
mal a su país por lo que va a suceder y expresándole a 
Estanislao López : * 1 Ignoro la causa de mi muerte, pero, 
de todos modos, perdono a mis perseguidores”. 

¡Qué página, qué tragedia, qué consecuencias! 

Sigue el triste relato de don Luis Dorrego: “Las rela- 
ciones que había mantenido con S. E. lord Ponsonby las 
recordó con distinción. Lisonjeaba su aprecio la memoria 
de haber Y. E. ayudado poderosamente, en su carácter, 
a preparar el mayor bien que dejaba a su patria: la paz 
exterior. Mi hermano quiso que V. E. fuese circunstan- 
ciadamente instruido del fin, puesto que presentía estarle 
preparado, y tuvo el consuelo de confiar en que sería por 
V. E. aceptada la súplica que le hacía de poner a cubierto, 
en cuanto pudiese, el crédito de la república y de Buenos 
Aires, de la mancha que iba a echarse sobre su historia, 
por los que derramarían su sangre. Este es el doloroso 
título que tengo, señor, para escribir a V. E. esta carta”. 

Se extiende en otras consideraciones y así termina : 
“Escribió, en la hora que se le concedía, más que cual- 
quier otro en día de calma, y expiró, a su término, digno 
de su puesto, lleno de valor y de serenidad. A la fúnebre 
función religiosa que se le hizo como a un particular, el 
día 19, nadie fué convidado especialmente y jamás Bue- 
nos Aires ha visto concurrencia igual de todas clases y 




LA MISIÓN PONSONBY 


4Í1 


ambos sexos, ni consternación más explicada. He cum- 
plido ya, señor, con la obligación que me impuso mi ilus- 
tre hermano”. 

¿Qué comentarios agregar a la oprimente lectura de 
estas cláusulas testamentarias, de tanta elevación moral? 
Evocan mucho dolor y bien certifican cuanto estimara y 
agradeciera el infortunado mandatario el resuelto con- 
curso pacificador de Ponsonby, quien, anticipándole a ese 
postumo recuerdo, escribía a Parish, en Agosto 27 de 
1828 , es decir, el mismo día en que se suscribió la con- 
vención preliminar: “Ruego a S. S. que explique deteni- 
damente todo esto a S. E. el gobernador, haciéndole notar 
la responsabilidad que he contraído sobre mí, proveniente 
de mi absoluta confianza en su proceder, basada en el 
conocimiento que de él he adquirido”. 

Vuélvase a su sitio, con blandura, la losa que cubre 
sus despojos mortales y evoca un nombre, inmortal, en los 
anales de la democracia sudamericana ! 



412 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


XII 

TRÁPANI Y LA INDEPENDENCIA 

Las cartas de Trápani a Lavalleja son un tesoro de 
información retrospectiva. Copiadas, tenemos a la vista 
un centenar de ellas, siendo muy de lamentar que se ha- 
yan perdido las respuestas; aunque se afirma que están 
en Río. Seguramente no fueron muchas, porque si el ex- 
pedidor era incesante en La correspondencia, el destina- 
tario, hasta en razón del cargo, no podía imitarlo; tam- 
bién, con probabilidad, 'debió ser menos explícito. 

Alguna vez, Trápani alude al extravío de pliegos que 
se le anuncian y que no le llegan. De su mortificado 
comentario brota la sospecha: ha mediado malicia y han 
ido a manos interesadas. 

Así lo insinúa, repetidamente: “Hasta la fecha, no he 
tenido noticias de las cartas que usted me escribió por el 
señor Lapido; algunos me aseguran que fueron a manos 
del gobierno y aún se extienden a decir que el gobierno 
las mandó al señor Alvear”. 

Expresa, en otra, que las comunicaciones “se han ex- 
traviado en ésta”, dando a entender algún manejo ilícito, 
en cuya presunción se ratifica en Enero 6 de 1827, pre- 
venido contra el portador citado, pues de nuevo las cartas 
“se han perdido en el mismo Buenos Aires”. 

Reitera, en Junio 16: “Dios quiera que sus cartas no 
hayan vuelto a caer en las manos de los fariseos, pues 
entonces correrán la misma suerte que las anteriores”. 

Las cartas de Trápani iluminan el fondo de la escena, 
siendo de un singular poder evocador. Su testimonio se 
impone, por la energía del pensamiento, por la pujante 
frase, por el valor cívico, llevado hasta la intrepidez mo- 
ral, por la profunda convicción que irradia. Destacan por 
su recia voluntad, que no se quiebra ni se dobla; por el 
desinterés y la clarovidente sensación del cercano porvenir 
que impregna esas páginas íntimas, sólo escritas para el 
compatriota y el amigo. 



LA MISIÓN PONSONBY 


413 


Porque Trápani es un devoto de la independencia na- 
cional. Vive para este ideal, casi por él delira, en la fiebre 
de verlo encamado. Pudiera definírsele, por el fervor 
de su culto, como un poseído del patriotismo, si, además, 
no se sindicara como hombre de estado. Hay en sus acti- 
tudes y en sus conceptos una decisión y una fuerza, que 
raramente se encuentran en los papeles de la época, con el 
agregado de que, éstos, señalan el desarrollo de una 'con- 
ducta conciente y valerosa, tendida a lo largo del lustro 
fundador, hasta que se asiste a la plena consagración del 
ensueño. 

Cruzado de la gran causa, tiene intervención protago- 
nista en la empresa de los Treinta y Tres — 'donde va uno 
de sus hermanos — y prolonga sus servicios eminentes 
durante toda la gesta, sin desfallecer jamás. Una de sus 
últimas cartas a LavaUeja es de Mayo 4 de 1830, provo- 
cada por las nacientes disidencias. “Sí, amigo, en la gue- 
rra civil siempre se pierde, nunca se gana y, sobre todo, 
si su compadre y usted son los que deben motivarla, llá- 
melo usted a un desafío de hombre a hombre y no se 
sacrifique todo un país”. . . 

Igual cordura y la misma firmeza, colocando a la patria 
por encima de las fracciones, se sorprende siempre en sus 
viriles escritos, de pura médula, como que poco o nada 
preocupa al autor el estilo: su obsesión, sí, es la libertad 
de su tierra. 

Apenas hojearemos tan valioso material y sólo así a 
los efectos de mostrar cuál fué el pensamiento de nuestros 
mayores en el ciclo augural. Ñadie nos ilustrará mejor, 
ni con más acierto, ni con más virtud. 

Adivínase que una amistad fraterna unió a Lavalleja 
y a Trápani. Como su “comisionado” en Buenos Aires, 
goza éste de toda la confianza — ilimitada confianza — 
del héroe de la Agraciada. No se exagera llamándolo 
también su consejero y el confidente de sus ideas más 
reservadas; recuérdese el episodio, al respecto, de la mi- 
sión Fraser. 

Trápani tenía personalidad propia y una cultura poco 
común entonces entre los dirigentes, sumada a la buena 
posición económica y a la calidad social. Era un caballero 
y un carácter; sobre ese sólido basamento, erguíase el 
patriota. 




414 


LUIS ALBERTO DF, HERRERA 


Nuestra reincorporación a las Provincias Unidas h'zo 
difícil la situación de Trápani. Nada hubo que objetar, 
mientras representó a la revolución oriental, juntando 
recursos para sostenerla; con entusiasmo se le a uxi lia 
Las cosas cambian cuando, convertido Lavalleja en gene- 
ral de las fuerzas nacionales, establece relaciones de su- 
bordinado, como correspondía, con el gobierno central. 
Entonces, su comisionado empieza a incomodar; a eso 
contribuye, seguramente, la notoriedad de sus sentimien- 
tos, decididos por nuestra independencia 

Se opone estorbo a su gestión ; se le desconoce ; se le 
sospecha, por rebelde, por amigo de Ponsonbv, después: 
es demasiado oriental. 

Hostilizado, no disimula su mortificación, sin que nunca 
se consiga arredrarlo. Escríbele a Lavalleja, en Enero l.° 
de 1826, aludiendo a “ cómo se cacarea lo escandaloso que 
es, a más de lo dispendioso , el que se mantenga en esta 
ciudad un comisionado oriental. Digan cuanto gusten los 
santos varones que lo escriben ; ellos desean arrancar las 
entrañas al comisionado oriental". Refiere a las opiniones 
de un periódico, que incluye, y prosigue ; ‘ 1 Pero no tienen 
razón justa para ello, porque el comisionado oriental no 
se acuerda de ellos ni de nadie ; pero ellos usan de unas 
ármas tan negras como el manto que los cubre: porque 
el comisionado oriental no puede ni debe darles satisfac- 
ción, aunque lo quemen vivo. Yo bien sé que el ataque es 
a los gobiernos que mantienen al tal comisionado orien- 
tal ”. . . 

De manifiesto su fibra. Espíritu indomable, superior 
a cualquier contraste, siempre que de la patria se trate. 
Hay hierro en ese -temperamento, que nada abate. 

No se pierde en divagaciones ; va rectamente a su tema, 
que es único, absorbente: vive para su poema. Son sus 
enemigos, quienes lo resisten ; y, como los unitarios marcan 
la oposición, contra ellos, retador, se vuelve. 

Dice, en Mayo 5 del 27 : “Yo no tengo nada que hacer 
con el gobierno, pues yo fui comisionado por las autori- 
dades de esa provincia, etc. ; pero quiero que los que nos 
ayudaron en tiempos apurados, se persuadan que, por mi 
parte, no ha quedado cosa alguna que hacer ; pero yo veo 
la cosa de mala vuelta. Lo cierto es que ya son dos años 
que metido (con gusto) en estos asuntos, he desatendido 
mis negocios particulares”. 



LA MISIÓN PONSONBY 


415 


Su mayor prevención es contra el círculo rivadaviano. 
Le reprocha a su jefe — el presidente — haber acrecido su 
burocracia en Canelones, pues “mandó Rivadavia un en- 
jambre de empleados, prohibió el comercio ; ahora, aquél 
quedó paralizado, pero los empleados existen para honra 
y gloria de los sabios, que nos han dejado como el gallo 
de Morón”. 

Sin vacilación, señala a esa administración como hostil 
a nuestra libertad e intereses: “Don Bernardino Rivada- 
via, escribe en Setiembre 15 del 27, quitó a don Manuel 
Oribe del sitio de Montevideo y retiró la adiianilla orien- 
tal, suplantando otra nacional, que aún existe. Si los hom- 
bres no se convencen por los prácticos resultados de lo que 
mejor les conviene, no sé a qué argumentos apelar para 
persuadirlos; quien ha sufrido sitio hasta ahora, después 
de los decretos de muerte, ha sido el pobre vecindario 
oriental y tendrá que seguir siendo víctima, mientras que 
los que dirigen los negocios no marchen en sentido con- 
trario del que marchó la administración del señor Riva- 
davia”. 

La alusión va contra Dorrego, a quien le une vincula- 
ción social, cada vez menos cultivada, en virtud de consi- 
derarlo también opuesto a la segregación. Al principio 1 , 
le comunica a Lavalleja que ha entregado la carta que le 
enviara para Dorrego, a quien luego cesa de ver, no aho- 
rrándole su crítica. ‘ ‘ Este caballero es algo fogoso y para 
el lugar que ocupa se necesita reposo”, dice en Octubre 
25 del 27. Semanas antes, el 15 de Setiembre, había expre- 
sado: “El señor Dorrego es bastante firme en sus opi- 
niones. Estoy muy distante de negarle el lugar preferente 
que le corresponde por sus talentos y bravuras, como mi- 
litar y representante; pero, si no oye los consejos que 
puede* darle los hombres que ahora tiene a su lado, no 
extrañaría que hiciera algo que nos perjudicase mucho”. 

Divergencia que rápidamente crece y que — cómo ya 
hemos visto— estalla, pronto, en iracunda reprobación. 

Temperamentos de igual intensidad pasional y que cho- 
can, porque discrepan en el fin perseguido. Trápani se 
indigna. En cambio, nunca sufre mella su afinidad con 
don Manuel Moreno y con “nuestro amigo”, en quien 
se confunde don Manuel José García, sin que le pierda 
confianza, aun después de su fracaso diplomático. 



LUIS ALBERTO DE HERRERA 


4]'<5 


Escribe, en Octubre 8: “Consecuente con mis princi- 
pios, que ya deben ser bien conocidos de usted, he seguido 
trabajando en nuestros propósitos, mediante los buenos 
oficios de nuestro amigo y otros de mayor calibre ; el re- 
sultado es que, según las* mejores combinaciones, no será 
extraño que, para principio de Enero, o antes, vengan con 
algunas propuestas, que talvez no nos desagraden”. 

La insinuación debió referir a las nuevas gestiones de 
Ponsonby en sentido de la paz y de nuestra independencia. 

En la misma carta, condena a los orientales que en su 
país colaboran en los planes del centralismo bonaerense : 
“Los principales agentes de esa gavilla están en ésta y, 
aunque en esa provincia no faltan buenos peones, con 
todo, el dueño de la casa los ha surtido y es muy de es- 
perar que cumpla con los deberes de un verdadero pa- 
dre”. 

Se trata de la influencia unitaria, retoñada en Cane- 
lones, capital provisoria de la provincia ; es decir, junto 
a las autoridades civiles. 

A la par, le preocupa la acción enervadora de los ele- 
mentos aportuguesados: “Ahora, volviendo a nuestro 
asunto grande, debo asegurarle que, según noticias que 
he adquirido hoy, por conducto seguro, el emperador no 
piensa ahora en paz. Ya le dije en mi anterior que el 
general Lecor traía sus armas favoritas, la discordia; en 
el mismo sentido trabajará don Tomás García, y no será 
extraño que algunos paisanitos de los de la gavilla con- 
sabida de Canelones y ésta, trabajen de acuerdo con los 
portugueses, máxime todos aquellos que, en tiempos an- 
teriores, estaban bien hallados con ellos, desempeñando 
empleos y recibiendo distinciones”. 

Cierra esa postdata a su carta del 8 de Octubre de 1827 : 
“Así, es de urgente necesidad que no haya en la provincia 
más que una voz y que se separe de una manera muy 
seria de ese teatro todo individuo que directa o indirec- 
tamente trate de llevar adelante la desunión. Reitero a 
usted que esté alerta, que encargue lo mismo a Oribe 
sobre Montevideo y que tome usted todas las med’das 
más eficaces al fin de poder dar golpes firmes, cuando 
preciso fuere. No se descuide, amigo ; Lecor es intrigante, 
el .amigo Perca vendrá con baraja de cola de palo, García 
y toda la pandilla de Montevideo seguirán el plan de 



LA MISIÓN PONSONBY 


417 


iniquidad; por consiguiente, firmeza, pero con pulso en 
sus determinaciones y no perder momento, que yo pro- 
curaré hacer cuanto pueda aquí, para que sigan auxilios, 
etc., etc., etc.”. 

En otra, de Noviembre l.° : “ Peno, ¿ de qué sirve predicar 
en desierto? Yo bien sé que esa gavilla de porteños fin- 
gidos., entre ellos algunos godos, y, otros, orientales afi- 
dalgados, lo que desean es el exterminio del pueblo orien- 
tal, sin más razón que haber ese pueblo, con sus chaquetas 
y sus sables, enseñiádoles la senda del honor ; y mortificado 
el amor propio de esos falsos políticos, que en e'1 año 23 
nos dejaron en las astas del toro portugués, etc., etc. Pero 
son tan perversos que hasta el mismo Buenos Aires han 
tratado y tratan de sacrificar a sus ambiciosas miras de 
mandar; en hora buena, hagan lo que quieran en este 
pueblo, tan patriota como sufrido, pero guárdese usted y 
guárdense los verdaderos orientales de permitir se intro- 
duzca en esa provincia esa caterva de talentos de primer 
orden, pues, en tal caso, lloraríamos lágrimas amargas”. 

Conceptos de singular fuerza y color. Tan fervorosos 
como ejecutivos, apuntan las ansiedades que asaetan al 
patriota, que del lado de ambos beligerantes descubre 
riesgos para su quimera. Frente a tantos peligros, tiene* 
por escasos todos los cuidados. Carta de gran importan- 
cia, como casi todas las que dirige a Lavalleja, está repleta 
de rica información. Parece que éste le ha expresado su 
reconocimiento por la ayuda que le aporta, pues, al darle 
cuenta de que ha conseguido se remita una paga al ejér- 
cito, termina: ‘‘A bien que ya ha visto usted la cara a la 
miseria ; por lo demás, nada tiene usted que agradecerme, 
pues por los orientales haré gustoso hasta el último sacri- 
ficio, y crea usted que en esta nueva cuestión, o me han 
de llevar los diablos o hemos de salir airosos”. 

¡Qué admirable fe, en días tan oscuros, cuando todos 
ios caminos parecen cerrados! 

HOSTILIZADO EN BUENOS AIRES 

La palabra de Trápani es como el verbo mismo del 
sentimiento nacional, que encarna en frases siempre vi- 
riles. Nadie le iguala en la rotunda afirmación indepen- 
diente. Es un evangelista de la patria ; voluntad que no 


n 



418 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


se «rrodla ante ningún obstáculo ; y eso que tantos se le 
oponen. 

La notoriedad de su pensar, le crea en Buenos Aires 
dificultades de todo género. Se amargan sus días, sin 
conseguir intimidarlo. 

En párrafos ardientes, en Abril 12 del 27, suelta su 
indignación, por tantos díceres inicuos que a su respecto 
se lanzan y que desprecia: “ . . .unos decían que yo había 
desaparecido, por haber quebrado, y, otros, que estaba 
preso, por estar en relación con los portugueses. ¡ Ah, pai- 
sanos, mire que son linóes para la calumnia, pues ellos 
saben que de ella ¡algo queda ! 

Pone esta postdata, en carta de seis meses después: 
‘ ‘ Mande usted leer con cuidado los impresos y por ellos 
conocerá usted el grado de miseria a que han llegado los 
editores del órgano de los unitarios, “El Constitucional ”, 
cuyo papel por indecente no lo remito”. 

Nunca disimula su animosidad contra el viejo centra- 
lismo, contra la escuela que persiguió y sacrificara a Ar- 
tigas. No se deja deslumbrar por sus doctrinaremos y 
abomina de sus actitudes dogmáticas. Encara, en forma 
diversa, el problema político de estos países, como lo ex- 
presa en Noviembre ó de 1827: “Una política justa y 
sencilla es la que nos conviene. Los grandes talentos nau- 
fragan en nuestros desiertos inmensos. Yo creo haber 
dicho a usted, otra vez, que, en mi humilde opinión, sólo 
la paz y el comercio podrán preparar el campo a las 
grandes mejoras que los grandes talentos quieren intro- 
ducir prematuramente ; estamos sufriendo las consecuen- 
cias : antes, trabajaban por la unidad a su modo , ahora, 
por la división; talvez en esto tengan razón (dejando a 
Dios alcanzar sus instrucciones), pero, entretanto, ellos 
hacen un mal, porque hay ciertas cosas que es mejor 
hacerlas que decirlas ”. 

Está libre Trápani del cuño retórico que imprimen las 
academias sudamericanas, desde antaño — y más, si po- 
sible, antes que ahora — en sus egresados. Por eso, en 
vez de extraviarse en la definición de los problemas pú- 
blicos, prefiere estudiarlos de frente y en su realidad 
cruda. Un gran bun sentido robustece su clara inteligen- 
cia y lo inclina al respeto de la soberanía de los pueblos, 
por rústicos que aún sean. Huye de las abstracciones 




LA MISIÓN PONSONBY 


419 


unitarias y es un entusiasta del sistema federal; pero, 
esto, en segundo plano y eomo un accidente de la gran 
empresa, de la primordial : nuestra independencia. A ella, 
que es su devoción inmensa, todo lo subordina y todo lo 
da, desde su pensamiento y sus insomnios hasta su caudal. 
En homenaje a ese ideal, parécenle pocas todas las ofren- 
das y sacrificios. 

Dice, en Setiembre l.° de 1827 : “ . . .pues usted ya me 
conoce y sabe que le digo mi opinión en todo con fran- 
queza y que no tengo más interés que el ver este país 
tranquilo y nuestra provincia libre de tira/nos ”. 

En la citada, de Noviembre l.°: “Pero, amigo, no nos 
cansemos en vano : unión, firmeza y golpes positivos, nos 
darán independencia y libertad”. 

Refiere, en la de Setiembre 26, a la virulencia con que 
las hojas unitarias “salen ahora echando diablos de la 
manera más insolente contra usted, sobre la remesa que 
usted hizo de los dos doctores”, y prosigue : “pero si esto 
es despreciable, en el momento, debe ser una lección más 
para que los orientales se convenzan que, mientras que 
tengan que depender de otros, jamás tendrán ni felicidad, 
ni sosiego. Es en vano cansarse con la paz exterior e in- 
terior; formándose las provincias cada una, o uniéndose 
algunas — en pequeños estados — podrán, a mi parecer, 
ser más dichosas que al presente. La provincia Oriental 
está convidando y destinada a eso y si ella, en su dicha 
y sosiego, no perjudica a las demás provincias, antes al 
contrario, divide con ellas (como es debido) todas las 
ventajas que da el comercio, el pastoreo, la agricultura, 
etc., etc., i qué motivo habrá para oponerse a su libertad 
e independencia? ¿Y será posible que haya orientales 
que no alcancen estas ventajas? ”. 

Concepción certera y bien abonada por la honda me- 
ditación, que así se expide: “Podrá ser que yo me engañe, 
pero una experiencia de 17 años me ha enseñado que no 
estamos dispuestos para formar esa república, y, ahora., 
menos que nunca por las ocurrencias tan desagradables 
como funestas que han tenido lugar. Si las provincias, 
gobernándose por sí solas, no se organizan y viven sin 
discordias, a nadie tendrán que echar la culpa de sus 
desgracias. Muchos argumentos teóricos se harán contra 
este plan; pero la experiencia nos ha dado por resultado 



420 


LUIS ALBERTO DE HERRERA 


la guerra civil: tanto en el sistema de unidad como en el 
de federación. 

En suma, muy débil «s la voz de un simple particular 
para ser oída y, así, no hay más que dejar al tiempo que 
desengañe a los hombres”. 

Sin prosopopeya, expone Trápani su acendrada con- 
vicción. No obedece sólo al ardor nativo. Cree que ra- 
zones de fondo, que el tiempo ampliamente ha confir- 
mado, imponen nuestra S3gregación. Cruza la mirada 
por los sucesos volcánicos que arrancan de la revolución 
de Mayo y desentraña su filosofía, que no es, por cierto, 
consoladora, en cuanto al inmediato porvenir de las na- 
cientes repúblicas, asaltadas por problemas insolubles. Su 
espíritu, en asiduo contacto con la realidad áspera, que 
tanto enseña, desconfía del verbalismo y de sus alquimias. 
De alhl su irónica alusión a los “grandes talentos” re- 
formadores, que, como lo asegura, sagazmente y con feliz 
graf icismo, naufragarán en el desierto inmenso, que todo 
lo domina y aplasta. 

En pocas palabras, la explicación, comprimida, del 
drama que se gesta y cuyo estallido conmoverá en sus 
cimientos a las nuevas patrias. 

Trápani flamea ideas de afirmación, que lo colocan en 
primer rango y que procer alguno, de ambas riberas, 
iguala en la época ; ninguno tan coordinado y certero.. 

Asombra la lógica de sus orientaciones, siempre al Norte, 
como la brújula, que ningún oleaje consigue desviar; y 
acrece el mérito, si se piensa en su desfavorable posición, 
aislado, fuera de su país, sin recibir calor de su gente. 
Se bate tenaz, rectilíneo, contra fuerzas que en todo, me- 
nos en desinterés, lo aventajan. 

Es de imaginar lo que le significaría, en días tan ator- 
mentados, la amistad y el apoyo moral del mediador bri- 
tánico; a la inversa, cuánta sorda hostilidad provocada 
por su inquebrantable fidelidad al terruño.. Sus escritos 
lo trasuntan. A unas trabas suceden otras: incomoda. 
Pero, como no hay fuerza superior a su voluntad de ser- 
vir a la causa de sus amores, no se puede apartarlo de la 
senda. Eso es lo que él quiere : ser útil a la patria y sufrir 
'por ella, cual si gozara en padecer flagelo, al igual de los 
ascetas, por su devoción. 

Das cuentas del ejército que, por encargo de Lavalleja, 



UA. MISIÓN PONSONBY 


42-1 


entrega al gobierno, son cansa de larga contrariedad. A 
menudo a ellas alude, agraviado por la aprobación que 
nunca llega. “Yo no he tenido nada que hacer, a este 
respecto, observa, con la presente administración ”... 

‘ ‘es por eso que ellos han pedido a usted las cuentas ge- 
nerales ; yo he mandado a usted las mías, que es a quien 
debo presentarlas : porque yo he sido comisionado del 
gobierno oriental y no de don Santiago Vázquez, que 
quiere ahora residenciarme^ . 

Así escribe en Junio 15 del 26. La contaduría argen- 
tina le solicita, el 21 del mismo mes, ‘ ‘ la cuenta que se le 
ha pedido”. 

Contesta briosamente Trápani, en la misma fecha, que, 
“después de lo que expuso en su anterior nota del 17, 
nada tiene que hacer el infrascripto sino presentar al 
señor contador su libro, en que se halla el cargo y extracto 
de todos los documentos que componen su cuenta general, 
debiendo poner en conocimiento del señor contador que 
conserva en su poder el certificado del comisionado del 
excmo. señor general don Jtran Antonio Lavalleja, el se- 
ñor Pedro Lenguas, en el que se halla el finiquito de sus 
cuentas”. 

Pone tanto celo en la defensa del nativo fuero que, en 
todos los terrenos, para él reclama primacía y así lo ex- 
presa en nota al libertador, de Junio 27 de 1826, al his- 
toriarlo sucedido: “Por la copia n.° 1, observará V. E. el 
empeño con que se ha pretendido abrogarme el derecho 
del reconocimiento de unas cuentas que no podían ser 
inspeccionadas sino por la autoridad de que han ema- 
nado las órdenes para la inversión de las sumas que ellas 
contienen. Felizmente, era ya en mi poder el certificado 
del comisionado de V. E., el señor secretario de la guerra, 
don Pedro Lenguas, que contiene el finiquito de mis 
cuentas, según lo expresó a V. E. el que suscribe, en su 
antecitada nota del 20 del actual ; y también el recibo de 
los doscientos ochenta documentos comprobantes de su 
cuenta general, que entregó el infrascripto al mismo se- 
ñor comisionado para que los trasmita a V. E., y, en con- 
secuencia de ello, dirigió su nota n.° 2 ; pero no ha trepi- 
dado en manifestar sus libros, porque el que obra con 
legalidad, nada teme”. 

Sacamos del olvido estos antecedentes, que vigorizan la 




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LUIS ALBERTO DE HERRERA 


fisonomía moral del personaje, lleno de entereza para 
todas las contiendas. Rudamente cilioca, también, con el 
gobierno delegado de Canelones y con don Santiago Váz- 
quez, sü representante en Buenos Aires, a quien no le 
escatima duros reproches: “por lo demás, usted y los 
orientales saben los servicios que les ha prestado el señor 
don Santiago en la empresa más heroica que hemos visto 
en nuestra revolución ”... 

Desde el primer momento, le impresiona mal la influen- 
cia que el círculo rivadaviano desarrolla en la sede del 
gobierno oriental, tan visible y excesiva que determinaría 
su disolución, por Lavalleja, a la caída del presidente y 
de acuerdo con Dorrego. Bien establecida está su intriga 
política en Canelones, dirigida a enervar nuestra autono- 
mía y que culmina con el voto favorable de nuestra dele- 
gación al congreso de las Provincias Unidas por el sistema 
centralista, con renegación del ideal propio y de la arti- 
guista y gloriosa tradición. 

No escapa a la aguda percepción de Trápani este hibri- 
dismo, que enérgicamente condena. A la vez de encare- 
cerle a Lavalleja, en Setiembre 26 de 1827, que organice 
la economía de la provincia, que “es el fundamento para 
lo sucesivo”, expresa: “Esto, es verdad que no puede 
usted ponerlo en práctica por las atenciones de la guerra, 
y ahora verá que quien podría hacerlo está en hostilidad 
directa contra usted, tal es el gobierno delegado y junta 
provincial. Nada extraño yo de la tal junta, después de 
ser la única que ha reconocido al gobierno y constitución 
de Rivadavia”. 

Cuando éste se derrumba y se piensa en elegirle sucesor, 
escribe: “que no salga la provincia Oriental en un caso 
de esos haciendo el papel que ha hecho en el reconoci- 
miento de la constitución y sistema de unidad”. 

Su opinión es rotunda en cuanto al desmedro de la 
autoridad civil que funciona en Canelones. “Así seguirán 
obrando, en el mismo sentido, y bien puede usted llenarse 
de laureles en el campo de Marte, pero esté seguro que, 
si no deshace para siempre esa colmena, sus triunfos ser- 
virán para que otros los disfruten, como usted lo sabe ya 
por la experiencia. ¡ Qué canallas ! Ahora he sabido que 
tratan de ganar a Manuel Oribe; no creo que ese joven 
apreciable dé oídos a sugestiones inicuas. Él se ha labrado 



LA MISIÓN PONSONBY 


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una reputación, por medios los más nobles y decentes, y 
no es posible quiera manchar su brillante carrera con 
agregarse a una facción tan funesta”. 

Clara visión de lo venidero, en el orden general. 

Quien con ese acierto se manifiesta, conoce a los hom- 
bres, el ambiente y, sobre todo, posee singular aptitud 
para exprimir la enseñanza de los sucesos y prever su 
derivación. 

Súmese este juicio terminal: “Yo creía que usted, en 
su viaje a Canelones, había arreglado con Suárez todo lo 
que convenía al sistema que debía seguirse y, cuando vi 
encabezar los decretos de usted como gobernador de la 
provincia, me persuadí más en que, o usted había supri- 
mido la delegación, o habría nombrado otro en lugar de 
Suárez, a quien usted conoce ; y yo creo que este hombre 
es de buenas intenciones y que, rodeado de las abejas 
que componen la colmena, en la que no faltarán zánganos, 
habrán hecho de él la cera en la que imprimirán todas las 
ideas que al gran colmenar convenga”. 

Fino observador, que no se anda por la orilla de los 
temas, por espinosos que sean. De frente los aborda, sin 
dejarse impresionar por la apariencia, ni por el fuste de 
los actores. Piensa por cuenta propia y, derechamente, 
dice lo que piensa. No acicala la frase, sólo interesado 
en reflejar, sin circunloquios, su íntimoi sentir; pero, esa 
misma ausencia de veleidad literaria, redobla el vigor de 
su palabra, siempre escueta y precisa en la expresión. El 
subrayado, que usa mucho, acrece, por la sugestión, la 
eficacia del dicho. 

“ME HAN HECHO CASI DELIRAR” 

Retornemos a las cuentas de Trápani. Se indigna por 
lá mortificación que le crean en Buenos Aires y, también, 
en Canelones. Escribe, en Noviembre 10 del 26: “Acabo 
de recibir una carta del señor don Joaquín Suárez, en 
que me dice haber recibido mis cuentas, sin compro!) ant és ; 
esto no puede menos que ser una equivocación, que no sé 
a qué atribuirla, pues usted sabe que todos los documentos 
justificativos los llevó Lenguas, quien me avisó, con fecha 
31 de Agosto, haberlos entregado a usted mismo. Si Suá- 
rez me escribe esto, natural es que lo diga así al gobierno 
general, y es lo único que faltaba para completar la copa 



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LUIS ALBERTO DE HERRERA 


de amarguras que he sufrido por haber servido a mi patria 
de una manera que talvez no tenga igual”. 

A pecho y como lesión a su honor, toma un mal enten- 
dido. “En fin, estoy muy fatigado de hablar a usted so- 
bre este asunto y espero que usted haga que Lenguas en- 
tregue, a quienes corresponda, los documentos que por 
orden de usted recibió de mí, como consta de documentos 
que existen en mi poder. Este nuevo incidente me tiene 
bastante disgustado y me priva por ahora de ser más 
largo”. 

No espera impasible Trápani la conformación de sus 
cuentas. Con la necesaria amplitud, las ha rendido y 
exige, por tanto, pronunciamiento. 

A la semana de entregar su libro, como se le requiriera, 
solicita del contador su devolución, pues tiempo suficiente 
ha existido ‘ ‘ para esclarecer alguna duda, que es el objeto 
que, a juicio del que suscribe, ha podido impulsar su ma- 
nifestación”. 

Agrega que lo induce “a este reclamo, a más de otras 
graves consideraciones, la de que él ha invitado a todos 
los generosos ciudadanos que íhan acompañado la heroica 
empresa de libertar la provincia Oriental de sus opreso- 
res, a que pasen a la casa del infrascripto a reconocer la 
inversión que han tenido las sumas que ellos han desem- 
bolsado y de las que se hallan aún en descubierto ; y no 
es decoroso al que suscribe manifestarles el borrador de 
su cuenta, que es lo único que conserva en su poder”. 

Dice otra vez : ‘ ‘ Aún no se ha determinado cosa alguna 
sobre abonar el saldo de mis cuentas”; refiere, probable- 
mente, al fondo “que varios amigos y yo hemos suplido”, 
y que el gobierno general ha prometido restituirles. 

En Marzo 23 de 1827, escríbele a Lavalleja: “Querido 
amigo: Acabo de recibir de la contaduría general la nota 
cuya copia acompaño; ya parecen haber pasado mis po- 
bres cuentas por todas las purificaciones. Veremos, ahora, 
qué dice el señor ministro de hacienda; pienso volverme 
a presentar y de su resultado le avisaré”. 

■Como corren las semanas y nada definitivo se le comu- 
qiea, estalla en carta del 12 de Abril. Su reproche alcanza 
a los dos gobiernos: al nacional y al provincial: “i Qué 
quieren de mí, señor? Mis cuentas fueron examinadas 
por un comisionado de usted ; lo fueron por cinco co- 



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merciantes de reputación conocida y de los principales 
capitalistas de esta ciudad; lo serían por usted, pues es- 
tuvieron en su poder ; lo serían, sin duda, por el gobierno 
oriental, pues todas ellas, con sus comprobantes, pasaron 
por sus manos, existiendo allí parte de éstos una porción 
de tiempo ; al fin, lo han sido por la contaduría general 
de este gobierno, como consta de documentos que existen 
en mi poder. Conque, si después de todas estas purifi- 
caciones, hay manchas que lavar, salgan con mil diablos 
a luz mis enemigos ; tienen en su poder las armas, porque 
tienen el poder. Yo no sé con qué nombre denominar 
estos manejos”. 

Y prosigue, volcando toda su exasperación: “Me iban 
insultado y me han hecho casi delirar. Señor, que no se 
pague la parte que a mí corresponda y, si se quiere exi- 
gírseme fianzas, por las que me obligue a satisfacer, a 
quien corresponda, los cargos que en cualquier tiempo se 
me hagan, estoy pronto y resuelto a darlas, gustosísimo, 
con tal de cubrir el crédito y honor de mi tierra”. 

En Abril 27, luego de poner apasionadamente su aten- 
ción en la suerte de la patria, escribe que ve ‘ ‘ rebosar la 
copa del sufrimiento”. Registra, en Mayo 30: “Nada se 
ha resuelto aún por el gobierno respecto al pago de mis 
cuentas. Yo deseaba que, de un modo u otro, determina- 
ran, pues tengo intenciones de pasar a esa banda y, si 
hallo un pedazo de tierra, ponerme a criar vacas”. 

A ese extremo, lo lleva su amargura. Se precisó que 
cayera Rivadavia, para que se le diera la adeudada 'repa- 
ración. Le relata y Lavalleja el desplome de la presiden- 
cia j agrega que, habiendo ascendido al mando Dorrego, 
a los dos días se contempla su justa petición. “El go- 
bierno general dió orden para pagar mis cuentas, pero 
se me ha dicho que no hay dinero. La libranza fué para 
que se pagara a la vista, y yo debía haber protestado; 
pero no he querido dar campanada, porque al instante 
dinan los malvados : oriental y basta. Así que no* se diga 
que nosotros apuramos así los conflictos; suframos, pues, 
supuesto que la suerte así lo quiere”. Em Setiembre 20, 
comunica que el enojoso asunlo ha tenido punto final, 
siendo el decreto referente, tirado por el nuevo gobierno, 
“bastante honorífico”. 

Clausurada queda la incidencia, aunque no el agravio 



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del patriota sin mancilla que, en el seno de la confidencia, 
derrama su indignación por las hostilidades que a su 
rededor siente y que debilitan su esfuerzo, sin reducir 
su fe. 

En Febrero 17 del 27, dice que por las demoras en 
aprobar sus cuentas, ‘ ‘ después de unos apuros como usted 
sabe, me tienen en tortura”; y agrega "que tenía pen- 
sado acompañar a los orientales en esa expedición: siem- 
pre hubiera servido de estorbo , al menos, y me habría 
librado de presenciar aquí cosas que no convienen a mi 
modo de pensar”. 

Su discordancia con Rivadavia y su sistema, que im- 
planta sucursal en Canelones, es absoluta. De ahí su 
aserto de que no ve la hora de salir de la capital. 

Lo confirma en Agosto 7: "Yo estoy en espinas;' no 
olvide lo que le dije en nuestra despedida : si yo no sirvo 
aquí a los orientales, podré servir en esa para caballerizo 
siquiera”. Se reconcentra en lo que interesa a su patria. 
Es el tema constante de sus cavilaciones y sin cesar lo 
aborda. Debiera publicarse íntegra esa correspondencia, 
que constituye un verdadero catecismo de nacionalidad. 
Se ofrece tan nutrida y valiosa, que resulta imposible 
abrazarla en esta exploración. 

Escúchese cómo habla, en Octubre 8 de 1827: "Y yo, 
por mi parte, seguiré su marcha, inalterable como hasta 
aquí, aunque sea contra viento y marea, y, si venciendo 
todos los obstáculos que se nos han presentado y presen- 
taran, llegamos a la orilla deseada, deberemos reputamos 
muy felices, aunque sea con una pierna y un brazo me- 
nos”. 

Sigue: "Yo no extraño que mis ideas no agraden a 
muchos; extrañaré, sí, que ellas no tengan cabida en 
pechos orientales. Ellos son los hombres que han demos- 
trado, por su padecimiento y por sus resoluciones, ser 
dignos de una suerte más propicia y sería la mayor de 
las desgracias que ellos, desconociendo ahora sus más sa- 
grados intereses, mostrasen debilidad o desunión . . . ¡ Dios 
me quite la vida antes de ver semejante cosa! ”. , 

^Sentimiento de patria, siempre encendido, que pone 
elocuencia en el juicio. "Pero no puedo dejar de decir a 
usted que una razón más sublime tenía yo en vista haee 
mucho tiempo para recomendar la medida que usted 



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mismo tomó en ■el año 25. Tal es, que yo deseo que la 
provincia se acostumbre a vivir de sus propios recursos; 
que comenzara a tentar sus rentas propias, y demás in- 
gresos, que son exclusivamente de ella, bien sea para po- 
der hacer frente a los compromisos que la guerra le oca- 
sione, o bien para vivir por sí sola y de sus propios fon- 
dos, si Dios (como deseo y espero) la pone algún día en 
un estado de absoluta independencia ; porque, amigo que- 
rido, haj r muchos hombres que no alcanzan a ver más allá 
de sus narices y, éstos, que masquen lana, cuando les lle- 
gue su turno, como ha sucedido a los demás. Después de 
todo lo dicho, me parece que, en lo sustancial, estamos 
acordes* y, al fin, como somos hombres de chaqueta, no 
podremos llevar mucho más allá nuestros discursos y de- 
jaremos al corazón y a la ejecución lo que falta 'de retó- 
rica”. 

Sin que se intente, asoma la autoridad del consejero; 
bueno, por cierto, como que en tensión están su celo y 
vigilancia. Se dirige a Lavalleja 'con la naturailidad de 
un camarada, cual si de los bancos de la escuela viniera 
su intimidad, porque nunca excusa su brioso pronuncia- 
miento ante el jefe: dialoga con el amigo, con el camarada. 

“Es una medida. sabia la que usted adopta en no juzgar 
en esa a los individuos de las otras provincias. Todos, más 
o menos, es natural se afecten de esto que llaman pro- 
vincialismo, porque eso de nación, cada uno la desea a 
su modo y es preciso dejar a cada loro con su tema: va- 
mos a echar a los portugueses, que es lo que interesa, y 
dejarla correr”. 

Otra muestra: “Van los papeles públicos — esos son los 
más decentes — ; lea usted y ¡hallará a qué grado de mi- 
seria han arribado nuestros políticos : esta sí que es anar- 
quía de principios. ¿ Y éstas son las fuentes puras en que 
las demás provincias deben beber los decantados princi- 
pios? De manera que, por los impresos, se deduce que, 
si no se degüellan, no es por falta de voluntad. ¿Y de 
estas fuentes han de emanar los encargados de hacer fe- 
lices a los demás pueblos? ¡Ay, amigo, esto es muy 
triste! Cada vez me aferró más en mi pingo”. 

No hay cuidado que sufra perturbación en¡ sus ideales, 
rígidamente definidos. Infranqueable cisma lo separa de 
los unitarios y de su centralismo, que pretende abrir es- 



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cuela también en nuestro medio — “la misma pandilla”, 
dice — a pesar de la historia. “Estos diablos creerán, sin 
duda, hacer un bien al país desacreditando al gobierno 
e introduciendo la discordia. No harían más los mismos 
portugueses, a qui